La Editorial González Porto (ese era el nombre de mi nuevo empleador), que tenía sus dos sedes centrales en Barcelona, España y Ciudad de México, iba a abrir una sucursal en nuestra ciudad, e iba a ser gerenciada en Guayaquil por un joven ecuatoriano nacido y criado en Ibarra, provincia de Imbabura, de 24 años, sin ningún conocimiento de la ciudad de Guayaquil, y, por tanto, estaba buscando personas jóvenes que se encargara de cobrar a los clientes las letras de cambio por sus ventas a crédito de los libros. Hernan Daza era el joven ejecutivo, y su familia había tenido nexos de amistad con la familia del marido de mi hermana Letty. Aprovechando el contacto, Letty le pidió y el aceptó, que yo fuera reclutado para un puesto de cobrador. Mi conocimiento en detalle de la ciudad (producto de mi trabajo anterior como repartidor de pan) era un activo valioso para mi nuevo trabajo.
Fue en septiembre de 1958 que yo empecé a trabajar en mi nuevo empleo. La compañía ya tenía documentos por cobrar a sus clientes en Guayaquil, originadas en las ventas hechas por sus agentes que trabajaban desde Quito. Me asignaron un portafolio de clientes entre los cuales había abogados, ingenieros, banqueros, profesores y simples ciudadanos que habían comprado sus libros en la Editorial que era hoy mi empleador. Hugo Larrea Bellolio, un chico de dieciocho años era el otro cobrador, pronto hicimos una gran amistad y nos ayudábamos mutuamente en nuestro trabajo. Como el número de letras por cobrar diariamente no era muy grande, Hugo y yo empezamos a visitar juntos a nuestros clientes, caminando sin cesar por las calles de Guayaquil, las que conocíamos como a las palmas de nuestras manos. Cada uno de nosotros tenía una carterita de cuero en la que guardábamos las letras por cobrar y el dinero y/o los cheques que nos pagaban los clientes, de hecho, nos ayudábamos mutuamente a cuidar los valores que portábamos, aunque la delincuencia en Guayaquil, en esa época no era tan peligrosa como hoy
Mi nueva remuneración inmediatamente tuvo un substancial incremento sobre la que tenía en la panadería. Mi sueldo básico era de $150 mensuales, pero ganaba una comisión sobre cobranzas, del 5%. Estaba tan feliz que no sabía que iba a hacer con toda la plata que ganara. Para el final del primer trimestre en mi nuevo empleo, yo estaba promediando un ingreso de 600 sucres mensuales, una suma astronómica comparada con mi sueldo anterior, y muy buena para cualquier joven adulto y padre de familia, pero mucho mejor para un chico de dieciséis años como yo, sin cuentas que pagar ni compromisos que cumplir. Me sentía poderoso con tanto dinero en mi bolsillo. Abrí por primera vez una cuenta bancaria y comencé a ahorrar en ella.
Invitado por mis hermanos, me mude a vivir con ellos en la calle Diez de Agosto, frente al entonces Teatro Central, pero pronto resulto obvio que mi decisión no era la mejor. Como llegaba del colegio a altas horas de la noche, mis hermanos debían bajar del tercer piso a abrirme la puerta para que yo entrara. Un dia que me quede a estudiar para un examen y llegue a la casa a la una y media de la madrugada, llamé para que me abrieran la puerta y ninguno de mis hermanos quiso hacerlo. Tuve que quedarme afuera e ir a dormir en una banca de la estación de bomberos junto a la Panadería La Delicia, donde había gente que me conocía y me cuidaría. Mas me molestó aquella noche la actitud de mis hermanos que los mosquitos, que no dejaron un espacio de mi cuerpo sin picar, pero eso me dio la pauta que necesitaba para buscar mi independencia.
Busque y encontré una casa de familia donde por una pensión de 200 sucres mensuales me daban casa y comida. Fue mi grito de independencia. La casa estaba ubicada en la calle Sucre 540 y Boyacá, a solo unos cuantos metros de distancia (casi al frente) del Colegio Municipal Nocturno Cesar Borja Lavayen, a donde me había cambiado en razón de la distancia y de que era un buen colegio municipal, donde todos los estudiantes eran jóvenes adultos, que como yo, trabajaban a tiempo completo y eran autosuficientes.
Fue por esa época que acordamos con mis hermanos mayores que uniéramos esfuerzos y trajéramos a nuestra madre, junto con el ultimo de nuestros hermanos (Guido), a vivir en Guayaquil porque ella ya había cumplido su tarea de criarnos y encarrilarnos, y, por tanto había llegado el momento de que ella dejara su duro trabajo de la panadería y viniera a vivir con sus hijos en la gran ciudad. Lo consultamos con nuestra madre y ella nos hizo ver que eso implicaba dejar solo a nuestro padre en Pallatanga, un asunto que ella, comprensiblemente, consideraba que sería problema. Consultamos con nuestro padre y el acepto quedarse porque debía cuidar sus tierras, sus sembríos y sus animales.
Lo discutimos también con nuestras tres hermanas mayores, quienes ofrecieron su ayuda, y así el plan se concretó. Finalmente logramos traer a Guayaquil a nuestra madre. Conseguimos un apartamento en la calle Chile, casi en la esquina con la calle Sucre, donde, una hormiguita trabajadora como ella siempre fue, comenzó a buscar, y encontró, personas que quisieran comer en nuestra casa como comensales, y así ella también pudo generar ingresos para cubrir los gastos de la casa. Nuestro apartamento estaba a solo una cuadra del Colegio Cesar Borja Lavayen donde yo ya estaba cursando el tercer año de colegio.
Uno de los comensales de mi madre era el señor Dienner, un ciudadano europeo que decía ser alemán y de quien nunca logramos saber cómo fue exactamente que llego al país. Era un buen hombre, hablaba muy poco y comía como un pajarito, pero mi madre decía que era como un reloj suizo a fin de mes a la hora de pagar por su mensualidad. Nunca logramos satisfacer nuestra curiosidad sobre el señor Dienner, a quien simplemente no le interesaba hablar sobre su pasado y peor sobre la Segunda Guerra Mundial. Solo nos había dicho que el recibía una pensión del gobierno alemán. Solo unos meses más tarde el señor Dienner murió llevándose su secreto a la tumba.
La montaña rusa de mi vida iba a hacer un nuevo y brusco viraje. Ya no solamente sería un chico de dieciséis años independiente, maduro, autosuficiente, sino que además, iba a ser parcialmente responsable de ayudar a mantener un hogar, el nuestro, bajo el mando de nuestra madre, pero apuntalado con los ingresos de sus hijos y ayudando a nuestro hermano menor, Guido, el mimado de todos. el último, el apairote, que tenía que terminar la primaria y comenzar sus estudios secundarios.
Yo creo ahora, como lo creía entonces, que lo que yo estaba haciendo no era nada extraordinario, estaba simplemente haciendo lo que había que hacer, estaba poniendo mi cuota de esfuerzo para mantener la familia unida. De hecho, yo encuentro por lo menos extraño que ahora hay mucha gente, especialmente en la política del país y del mundo que encuentra detestable que los adolescentes trabajen, porque “pobrecitos, hay que protegerlos, hay que evitar que el trabajo les saque de su actividad principal que son los estudios”. Son gente que siempre debe haber tenido a mamita y papito fondeando sus estudios hasta que se graduaron de la universidad, gente que no ha conocido ni ha vivido una vida con esfuerzo propio, que ha vivido siempre en la comodidad conseguida con el esfuerzo de otros.
Yo creo que fui bendecido por la oportunidad de trabajar y estudiar simultáneamente desde muy temprana edad, por la oportunidad de ser autosuficiente, de tener responsabilidades de adulto mientras todavía era un niño, y de haber salido adelante con mi propio esfuerzo, con mi propio sudor y también algunas veces con mis lágrimas. Eso me hizo un individuo fuerte frente a la adversidad, me hizo responsable de mi propio destino, nunca tuve que seguir mi camino con muletas provistas por la familia ni por nadie. Si yo tuviera que vivir nuevamente, no dudaría ni un instante en volver a embarcarme en esa montaña rusa a la que ya disfruté.
Mi nuevo horario de trabajo ya no me permitía la siesta que tenía cuando trabajaba en la panadería, a cambio, ya no tenía que despertarme a las cuatro de la mañana con la voz de Lolo diciéndome; Rafico Ya!; ahora era la dulce voz de mi madre que, rascándome la cabeza, se sentaba al filo de mi cama y me decía al oído “mijito, ya son las siete de la mañana, el desayuno está listo, es hora de levantarse”, que bello cambio!.
Mi cambio al colegio Cesar Borja Lavayen requirió de un permiso especial del Ministerio de Educación, porque este era un colegio para chicos mayores de dieciocho años y yo solo tenía dieciséis. El permiso se consiguió después de usar lo que en Ecuador se conoce como “algunas palancas”, porque entonces, como ahora, en el país solo se bautiza el que tiene padrinos.
El negocio de la Editorial en Guayaquil tomó rápido impulso, principalmente debido a que había una buena fuerza de ventas encabezada por cuatro ciudadanos españoles exiliados del franquismo, que eran gente preparada para las ventas y hacia buen uso de su condición de extranjeros al momento de ejecutar una venta en un ambiente donde la gente se fascinaba con sus historias (ciertas o inventadas) sobre lo que los ecuatorianos hemos llamado siempre la “madre patria”. Como resultado del incremento en las ventas, pronto el portafolio de cobranzas se incrementó de tal manera que los cobradores teníamos cada vez mas (bienvenido) trabajo y por tanto más comisiones. Como resultado, mi amigo y colega Hugo y yo ya no podíamos caminar juntos para hacer nuestras cobranzas y empezamos a tener que hacerlo solos. Como resultado, tuve que comprarme una bicicleta para poder cubrir el territorio que se me había asignado. Esta me costó 1540 sucres, que los financie a dieciocho meses plazo y con letras de cien sucres mensuales. Me llené de orgullo, ahora ya era dueño de un vehículo, y eso me dio independencia, libertad de movimientos, me sentía con poder más allá de lo que podía haberme imaginado. Era increíble como la autonomía de movimiento me dio la sensación de independencia, de poder, de libertad. Cambió mi vida
Todo iba como a pedir de boca, podía hacer mi trabajo más eficientemente, podía tener una cartera por cobrar más grande y por tanto podía ganar más dinero a través de mis comisiones. De hecho, en los dos primeros meses en que usé mi bicicleta, mis ingresos aumentaron en un 100%. Ahora ganaba más de mil sucres mensuales, ganaba tanto que no podía creerlo, pero, de pronto la realidad me castigo sin misericordia.
Un dia que hacia una cobranza al Abogado Rigail (quien entonces era el intendente General de Policía), en el edificio que esta junto al entonces Banco de Descuento, en la calle Pichincha, en cuestión de veinte segundos, me robaron la bicicleta. Todo ocurrió tan rápido que hasta ahora me pregunto si los ladrones no habían ya estado cazándome desde antes y lo que hicieron fue solo ejecutar una operación que la habían planeado de antemano. Habiendo dejado mi bicicleta con candado, subí veinte escalones hasta el primer piso del edificio, solo para constatar, después de timbrar tres veces, que la oficina de Rigail estaba cerrada. Cuando bajé, mi bicicleta ya no estaba en el sitio que la dejé, había desaparecido como por encanto. Los contrabandistas que hacían su mercado en los bajos del edificio pusieron cara de idiotas, cuando llorando, les pregunté si habían visto quien se había robado mi bicicleta. Me sentí mareado, desesperado, no sabía qué hacer. Solo atiné a caminar aun llorando hacia nuestra oficina que quedaba a pocas cuadras, en la esquina de la calle Vélez con Escobedo. Allí le conté mi tragedia a Hernan Daza, mi jefe.
En mi próximo episodio: CONOCIENDO VICIOS Y VIRTUDES DE GENTE IMPORTANTE
Este blog es el vehiculo para contar mis recuerdos a mis hijos, a mis nietos, a mis familiares y mis amigos, para que ellos puedan unirse a mi mientras repito el viaje que por setenta años hice en la "montaña rusa" pasando por los valles profundos de la mas grande probreza, hasta las alturas de la realización personal, pasando por por las suaves praderas de la felicidad de tener una familia maravillosa, unos nietos adorables y amigos entrañables. Bienvenidos a este viaje
Wednesday, February 15, 2012
Sunday, February 12, 2012
ENAMORADO POR PRIMERA VEZ
A la vez que trabajaba a tiempo complete en la panadería, yo asistía al tercer año de la sección nocturna de la secundaria en el Colegio Eloy Alfaro. Yo comenzaba las clases a las siete de la noche y terminaba a las once. Para llegar al colegio, que quedaba en la calle Eloy Alfaro en la intersección con Letamendi, yo tomaba el bus de la línea 1, que me dejaba a solo una cuadra del colegio, y al regreso, como a esa hora ya no habían buses, tomaba el colectivo de la misma línea y me quedaba en la esquina de la casa de mi hermana Lilita, que es donde yo vivía. Llegaba a la casa a las once y media de la noche, cansado, muy cansado y dormía unas cuatro horas hasta que escuchaba la conocida pero no esperada voz de Lolo; Rafico, YA! Y me levantaba inmediatamente para comenzar el trabajo diario. Después de mediodía, sin embargo, tenía tiempo para almorzar y hacer una siesta de dos horas que reparaba mi cuerpo y mi mente y me permitía hacer mis deberes y estudiar mis lecciones.
Mi desempeño en el Colegio fué sobre promedio, tanto que al final de año, y a pesar de haber entrado a las clases casi con un trimestre de retraso, estuve en la lista de alumnos mas destacados.
Fue a mediados de 1958, mientras era el encargado de las entregas de pan a las tiendas del lado sur de la ciudad, que sentí por primera vez el cosquilleo de lo que yo pensé que era el amor a una chica.
No ocurrió de repente. Lenta pero consistentemente empecé a sentir una necesidad especial de estar cerca de esa linda chica de dieciocho años, de pelo y ojos negros de aproximadamente 1:55 de estatura de cara hermosa , dientes blanquísimos y tés trigueña con quien yo tenía que trabajar en la panadería porque ella era la cajera y yo debía entregarle diariamente el dinero de las entregas del pan. Su nombre era Rosita y era hija de mi cuñado Lolo, producto de una relación pre matrimonial, cuando el, joven y apuesto, se había bien ganado en Pallatanga la reputación de gigoló del pueblo; antes de que se casara con mi hermana Lilita, quien aparentemente logró frenar sus ímpetus de Don Juan.
Conocía a Rosita desde que éramos niños muy pequeños en Pallatanga y solíamos participar en juegos infantiles, ella era dos años y medio mayor que yo, pero vivíamos en el mismo barrio. Los años pasaron, y ella, de pronto empezó a mostrar su cara y su figura de señorita, y yo empecé a crecer y a convertirme en un adolescente; comencé a notar que mis sentimientos hacia ella ya no eran simplemente los de la amistad de siempre, sino que había una atracción especial, comenzó a sentir que estar a su lado, mirarla, y más que mirarla, contemplarla, me hacia feliz, me transportaba a un mundo hasta entonces desconocido para mi, una especie de sonambulismo despierto en el que veía a ella convertirse en mi enamorada.
Empecé a pensar en ella a cada instante. En la mañana, en la noche, en el dia, mientras manejaba la bicicleta de reparto y mientras estaba en el colegio. Pero tenía un temor terrible de decírselo a ella, era el temor del debutante, el temor del novato, el temor de no saber encontrar las palabras adecuadas en el momento adecuado, pero sobre todo, era el temor a ser rechazado.
Sentía un impulso irresistible de acercarme a ella, de abrazarle, de besarle y hablarle sobre mis sentimientos internos, todo resumido, sentía el deseo de decirle que estaba enamorado de ella, que soñaba dormido y despierto en ella y que quería que me aceptara como su enamorado. Mi terrible problema es que no encontraba ni las palabras, ni el momento, ni el coraje para hacerlo y siempre me frenaba en el último segundo. Debe haber sido patético, porque muchas veces creía que había reunido las fuerzas interiores, el momento propicio, el coraje, la decisión, el valor para hacerlo, pero de repente, en el último momento me echaba para atrás y le empezaba a hablar de cosas sin importancia, como desvariando, como queriendo salir de un túnel que no me conducía a ninguna parte. Debo haber lucido como un verdadero tonto, y en mi interior yo mismo sabía que era un gran cobarde y pensaba para mis adentros “porque no lo hiciste, flojo, ella debe haber estado esperando que se lo digas y tu fallaste…gran pendejo, no has tenido las agallas para hacerlo, has vuelto a fallar, te has vuelto a quedar en la puerta del horno, y se te va a quemar el pan…
Deben haber pasado al menos tres meses de ese constante batallar entre mis sentimientos interiores y mi falta de coraje para sacarlos afuera, hasta que un buen dia decidí que no podía seguir siendo tan cobarde, que suficiente es suficiente y que lo haría de una vez por todas, mi mente se sentía como un globo al que le han inflado hasta que está a punto de reventar y dije “es hoy o nunca”. Fue un dia en que ella y yo estábamos en la panadería solos, no había clientes a la vista, yo acababa de entregarle el dinero de las ventas del dia anterior y estaba cerca, muy cerca de ella, tan cerca que podía oler su delicado perfume. Ella estaba entonces reconciliando las cifras de la caja de la mañana con su depósito al banco mientras yo la miraba extasiado y estaba juntando la fuerza que necesitaba para hablarle. Debo haber estado casi tan pálido como el papel, mis piernas me temblaban, mientras mis manos casi derramaban, como goteando, el frio sudor que de ellas brotaba. Mis nervios estaban a punto de estallar; pero decidí entonces tomar su mano derecha y apretándola medio torpemente y mirándole a sus ojos, saqué cada palabra de mi boca como si fueran pesadas piedras, para decirle: “Rosita, quiero que sepa que me he enamorado de usted, que estoy locamente enamorado y quiero pedirle que me corresponda”. Debo haber lucido para ella como un mendigo pidiendo limosna a la puerta de una iglesia, con la esperanza de que una mano caritativa le extienda una moneda que le permitirá comer. Ella me miró directamente a los ojos y con la calma de un profesional, con la lógica de una maestra dando una lección a sus minios de la escuela, me dijo:”Rafico, debe haber un error, nosotros somos amigos desde muy pequeños, no es así?”, y agregó, “ Siento mucho decirle, pero debe haber una terrible confusión de su parte, lo que usted siente por mí no debe ser amor, simplemente no puede ser, por favor piénselo y finalmente estaría de acuerdo conmigo”. Y continuó con la misma calma y con la misma lógica; No puedo aceptar a usted como mi enamorado, nosotros hemos sido siempre y quiero que sigamos siendo amigos y eso no puede cambiar de un momento a otro, comprende Rafico?”, y siguió diciendo;” Yo soy mucho mayor que usted, Rafico, usted es todavía casi un niño y yo ya tengo dieciocho años, ya soy casi una mujer”.
Me quería morir, mi decepción era tan grande que me sentía abrumado, derrotado, hundido en la obscuridad y sin luz al final del túnel. Quería desaparecer; la mujer en quien soñaba y a quien pensaba y amaba como Don Quijote a Dulcinea, me acababa de rechazar y peor aún, me había dado un golpe fatal al decirme que yo solo era un niño, cuando en la vida real yo ya era un hombre hecho y derecho, un hombre que trabajaba a tiempo completo y se sostenía solo en la vida mientras luchaba por ser mejor. Me sentía abrumado y frente a una muralla que me bloqueaba conseguir lo que yo creía lo que era mi mayor ilusión, mi sueño juvenil...
No obstante que fue muy delicada en su respuesta, ella no dejo ninguna duda de que era firme, no dejó ningún espacio para dudas ni esperanzas, fue muy clara, no había razón para pensar que ella tuviera alguna pisca de amor por mí. Fue duro, muy duro tener que aceptarlo. Muchas noches perdí el sueño pensando en lo que tendría que hacer para desechar mis sentimientos hacia ella, me parecía imposible. Solía pensar en ella como el único amor de mi vida, como el amor para una vida entera. Intenté insistir unos días después, pero su respuesta fue tan firme y a la vez delicada como la primera vez. Una cosa estaba bien clara para mi, ella sabia como decir no y mantenerse firme en ello cuantas veces fuera necesario. Me tomo varias semanas, quizás meses el poder sacarme de adentro la idea de conseguir que ella fuera mi enamorada, pero al fin lo conseguí, hasta que al final pensé; “lo que no se puede, no se puede, punto”. Aprendí a reconocer que en la vida no siempre puedes conseguir lo que deseas...
Mi vida siguió sin grandes cambios en los meses siguientes, por lo menos sin nada que amerite recordarlo ahora. Continué teniendo de vez en cuando intermitentes, pero cada vez mas distanciados flashes de ganas de intentarlo nuevamente con Rosita, pero al fin y al cabo, fueron mi trabajo y mi intenso bregar con los estudios los que lograron que me olvidara de la idea y terminara con esa terrible ansiedad, con ese sentimiento de frustración y de derrota que me llevó a pensar que la vida no valía la pena vivirla sin amor…
He visto a Rosita solo unas pocas veces desde que deje de trabajar en la panadería. La última vez que la vi, unos veinte años atrás, ella no era la sombra de la chica que yo recordaba, ella se había casado, había tenido tres hijos y se había convertido en abuela de varios nietos. Su piel arrugada, su mirada triste, la falta de algunos dientes, sus deficiencias de oído y de la vista y su pelo totalmente gris denotaban un prematuro envejecimiento. No era ni la sombra de la linda chica de sonrisa amplia y de dientes blancos como la nieve de quien me enamore cuando yo apenas tenía quince años y ella me consideraba solo un niño, mientras yo creía que ya era un hombre. Sentí mucha pena por ella y no pude evitar pensar en lo diferentes que nuestras vidas se habían tornado
Mantuve mi trabajo como el muchacho de la entrega de pan en la Panadería La Delicia por aproximadamente un año y medio, un dia, sin embargo el hombre que había desempeñado ese trabajo antes que yo, el hombre a quien yo reemplacé, quien estaba casado y era padre de cuatro hijos regresó a la panadería y pidió a Lolo que le permitiera retomar su trabajo. Jorge Rivera, un hombre de pequeña estatura y más conocido desde sus tiempos de la escuela primaria en Pallatanga como “el Mono” Rivera, necesitaba con urgencia su trabajo. MI cuñado consulto conmigo sobre el tema, y yo no tuve ningún problema, porque por la misma fecha yo había solicitado un trabajo en la Editorial española González Porto que estaba a punto de abrir sus oficinas en Guayaquil, y su jefe de oficina, Hernan Daza, un gran amigo de mi hermana Letty, le había ofrecido a ella que yo sería asignado el trabajo de cobrador. Me sentí feliz tanto por El Mono, quien era unos seis años mayor que yo y a quien yo había conocido bien desde mi niñez en Pallatanga, como por mí mismo porque estaba a punto de subir un escalón en la larga escalera del progreso personal que me había propuesto…
Mucho más tarde, con el correr de los años, El Mono, se hizo fotógrafo social, era un hombre muy inteligente a quien la vida no le fue muy generosa. Años después, cuando yo era el director gerente de Molinos del Ecuador, pedí que le contrataran para que fuera el fotógrafo de eventos sociales del molino, con ese motivo lo vi algunas veces. Siempre cariñoso, siempre alegre, siempre emelecista de alma y corazón Hace pocos años, aquejado por un terrible cáncer al estomago, Jorge Rivera, mi amigo y compañero de trabajo “El Mono: Rivera, había muerto en una cama del Hospital Luis Vernaza, acompañado solo por su esposa y sus hijos. Este es otro de mis amigos que se ha ido para no volver. Que descanse en paz!.
En mi próximo capítulo: UN POCO DE PODER PERSONAL E INDEPENDENCIA
Mi desempeño en el Colegio fué sobre promedio, tanto que al final de año, y a pesar de haber entrado a las clases casi con un trimestre de retraso, estuve en la lista de alumnos mas destacados.
Fue a mediados de 1958, mientras era el encargado de las entregas de pan a las tiendas del lado sur de la ciudad, que sentí por primera vez el cosquilleo de lo que yo pensé que era el amor a una chica.
No ocurrió de repente. Lenta pero consistentemente empecé a sentir una necesidad especial de estar cerca de esa linda chica de dieciocho años, de pelo y ojos negros de aproximadamente 1:55 de estatura de cara hermosa , dientes blanquísimos y tés trigueña con quien yo tenía que trabajar en la panadería porque ella era la cajera y yo debía entregarle diariamente el dinero de las entregas del pan. Su nombre era Rosita y era hija de mi cuñado Lolo, producto de una relación pre matrimonial, cuando el, joven y apuesto, se había bien ganado en Pallatanga la reputación de gigoló del pueblo; antes de que se casara con mi hermana Lilita, quien aparentemente logró frenar sus ímpetus de Don Juan.
Conocía a Rosita desde que éramos niños muy pequeños en Pallatanga y solíamos participar en juegos infantiles, ella era dos años y medio mayor que yo, pero vivíamos en el mismo barrio. Los años pasaron, y ella, de pronto empezó a mostrar su cara y su figura de señorita, y yo empecé a crecer y a convertirme en un adolescente; comencé a notar que mis sentimientos hacia ella ya no eran simplemente los de la amistad de siempre, sino que había una atracción especial, comenzó a sentir que estar a su lado, mirarla, y más que mirarla, contemplarla, me hacia feliz, me transportaba a un mundo hasta entonces desconocido para mi, una especie de sonambulismo despierto en el que veía a ella convertirse en mi enamorada.
Empecé a pensar en ella a cada instante. En la mañana, en la noche, en el dia, mientras manejaba la bicicleta de reparto y mientras estaba en el colegio. Pero tenía un temor terrible de decírselo a ella, era el temor del debutante, el temor del novato, el temor de no saber encontrar las palabras adecuadas en el momento adecuado, pero sobre todo, era el temor a ser rechazado.
Sentía un impulso irresistible de acercarme a ella, de abrazarle, de besarle y hablarle sobre mis sentimientos internos, todo resumido, sentía el deseo de decirle que estaba enamorado de ella, que soñaba dormido y despierto en ella y que quería que me aceptara como su enamorado. Mi terrible problema es que no encontraba ni las palabras, ni el momento, ni el coraje para hacerlo y siempre me frenaba en el último segundo. Debe haber sido patético, porque muchas veces creía que había reunido las fuerzas interiores, el momento propicio, el coraje, la decisión, el valor para hacerlo, pero de repente, en el último momento me echaba para atrás y le empezaba a hablar de cosas sin importancia, como desvariando, como queriendo salir de un túnel que no me conducía a ninguna parte. Debo haber lucido como un verdadero tonto, y en mi interior yo mismo sabía que era un gran cobarde y pensaba para mis adentros “porque no lo hiciste, flojo, ella debe haber estado esperando que se lo digas y tu fallaste…gran pendejo, no has tenido las agallas para hacerlo, has vuelto a fallar, te has vuelto a quedar en la puerta del horno, y se te va a quemar el pan…
Deben haber pasado al menos tres meses de ese constante batallar entre mis sentimientos interiores y mi falta de coraje para sacarlos afuera, hasta que un buen dia decidí que no podía seguir siendo tan cobarde, que suficiente es suficiente y que lo haría de una vez por todas, mi mente se sentía como un globo al que le han inflado hasta que está a punto de reventar y dije “es hoy o nunca”. Fue un dia en que ella y yo estábamos en la panadería solos, no había clientes a la vista, yo acababa de entregarle el dinero de las ventas del dia anterior y estaba cerca, muy cerca de ella, tan cerca que podía oler su delicado perfume. Ella estaba entonces reconciliando las cifras de la caja de la mañana con su depósito al banco mientras yo la miraba extasiado y estaba juntando la fuerza que necesitaba para hablarle. Debo haber estado casi tan pálido como el papel, mis piernas me temblaban, mientras mis manos casi derramaban, como goteando, el frio sudor que de ellas brotaba. Mis nervios estaban a punto de estallar; pero decidí entonces tomar su mano derecha y apretándola medio torpemente y mirándole a sus ojos, saqué cada palabra de mi boca como si fueran pesadas piedras, para decirle: “Rosita, quiero que sepa que me he enamorado de usted, que estoy locamente enamorado y quiero pedirle que me corresponda”. Debo haber lucido para ella como un mendigo pidiendo limosna a la puerta de una iglesia, con la esperanza de que una mano caritativa le extienda una moneda que le permitirá comer. Ella me miró directamente a los ojos y con la calma de un profesional, con la lógica de una maestra dando una lección a sus minios de la escuela, me dijo:”Rafico, debe haber un error, nosotros somos amigos desde muy pequeños, no es así?”, y agregó, “ Siento mucho decirle, pero debe haber una terrible confusión de su parte, lo que usted siente por mí no debe ser amor, simplemente no puede ser, por favor piénselo y finalmente estaría de acuerdo conmigo”. Y continuó con la misma calma y con la misma lógica; No puedo aceptar a usted como mi enamorado, nosotros hemos sido siempre y quiero que sigamos siendo amigos y eso no puede cambiar de un momento a otro, comprende Rafico?”, y siguió diciendo;” Yo soy mucho mayor que usted, Rafico, usted es todavía casi un niño y yo ya tengo dieciocho años, ya soy casi una mujer”.
Me quería morir, mi decepción era tan grande que me sentía abrumado, derrotado, hundido en la obscuridad y sin luz al final del túnel. Quería desaparecer; la mujer en quien soñaba y a quien pensaba y amaba como Don Quijote a Dulcinea, me acababa de rechazar y peor aún, me había dado un golpe fatal al decirme que yo solo era un niño, cuando en la vida real yo ya era un hombre hecho y derecho, un hombre que trabajaba a tiempo completo y se sostenía solo en la vida mientras luchaba por ser mejor. Me sentía abrumado y frente a una muralla que me bloqueaba conseguir lo que yo creía lo que era mi mayor ilusión, mi sueño juvenil...
No obstante que fue muy delicada en su respuesta, ella no dejo ninguna duda de que era firme, no dejó ningún espacio para dudas ni esperanzas, fue muy clara, no había razón para pensar que ella tuviera alguna pisca de amor por mí. Fue duro, muy duro tener que aceptarlo. Muchas noches perdí el sueño pensando en lo que tendría que hacer para desechar mis sentimientos hacia ella, me parecía imposible. Solía pensar en ella como el único amor de mi vida, como el amor para una vida entera. Intenté insistir unos días después, pero su respuesta fue tan firme y a la vez delicada como la primera vez. Una cosa estaba bien clara para mi, ella sabia como decir no y mantenerse firme en ello cuantas veces fuera necesario. Me tomo varias semanas, quizás meses el poder sacarme de adentro la idea de conseguir que ella fuera mi enamorada, pero al fin lo conseguí, hasta que al final pensé; “lo que no se puede, no se puede, punto”. Aprendí a reconocer que en la vida no siempre puedes conseguir lo que deseas...
Mi vida siguió sin grandes cambios en los meses siguientes, por lo menos sin nada que amerite recordarlo ahora. Continué teniendo de vez en cuando intermitentes, pero cada vez mas distanciados flashes de ganas de intentarlo nuevamente con Rosita, pero al fin y al cabo, fueron mi trabajo y mi intenso bregar con los estudios los que lograron que me olvidara de la idea y terminara con esa terrible ansiedad, con ese sentimiento de frustración y de derrota que me llevó a pensar que la vida no valía la pena vivirla sin amor…
He visto a Rosita solo unas pocas veces desde que deje de trabajar en la panadería. La última vez que la vi, unos veinte años atrás, ella no era la sombra de la chica que yo recordaba, ella se había casado, había tenido tres hijos y se había convertido en abuela de varios nietos. Su piel arrugada, su mirada triste, la falta de algunos dientes, sus deficiencias de oído y de la vista y su pelo totalmente gris denotaban un prematuro envejecimiento. No era ni la sombra de la linda chica de sonrisa amplia y de dientes blancos como la nieve de quien me enamore cuando yo apenas tenía quince años y ella me consideraba solo un niño, mientras yo creía que ya era un hombre. Sentí mucha pena por ella y no pude evitar pensar en lo diferentes que nuestras vidas se habían tornado
Mantuve mi trabajo como el muchacho de la entrega de pan en la Panadería La Delicia por aproximadamente un año y medio, un dia, sin embargo el hombre que había desempeñado ese trabajo antes que yo, el hombre a quien yo reemplacé, quien estaba casado y era padre de cuatro hijos regresó a la panadería y pidió a Lolo que le permitiera retomar su trabajo. Jorge Rivera, un hombre de pequeña estatura y más conocido desde sus tiempos de la escuela primaria en Pallatanga como “el Mono” Rivera, necesitaba con urgencia su trabajo. MI cuñado consulto conmigo sobre el tema, y yo no tuve ningún problema, porque por la misma fecha yo había solicitado un trabajo en la Editorial española González Porto que estaba a punto de abrir sus oficinas en Guayaquil, y su jefe de oficina, Hernan Daza, un gran amigo de mi hermana Letty, le había ofrecido a ella que yo sería asignado el trabajo de cobrador. Me sentí feliz tanto por El Mono, quien era unos seis años mayor que yo y a quien yo había conocido bien desde mi niñez en Pallatanga, como por mí mismo porque estaba a punto de subir un escalón en la larga escalera del progreso personal que me había propuesto…
Mucho más tarde, con el correr de los años, El Mono, se hizo fotógrafo social, era un hombre muy inteligente a quien la vida no le fue muy generosa. Años después, cuando yo era el director gerente de Molinos del Ecuador, pedí que le contrataran para que fuera el fotógrafo de eventos sociales del molino, con ese motivo lo vi algunas veces. Siempre cariñoso, siempre alegre, siempre emelecista de alma y corazón Hace pocos años, aquejado por un terrible cáncer al estomago, Jorge Rivera, mi amigo y compañero de trabajo “El Mono: Rivera, había muerto en una cama del Hospital Luis Vernaza, acompañado solo por su esposa y sus hijos. Este es otro de mis amigos que se ha ido para no volver. Que descanse en paz!.
En mi próximo capítulo: UN POCO DE PODER PERSONAL E INDEPENDENCIA
Wednesday, February 8, 2012
UN AMIGO PARA TODA LA VIDA
Mi trabajo era entregar el pan fresco de cada dia a las tiendas de un sector de la ciudad, muy temprano en la mañana. Comenzaba las entregas a las 5:30, todos los días (excepto el domingo), y luego debía cobrar a nuestros clientes por la entrega del dia anterior. Las fundas de pan que se entregaban contenían un valor de entre 10 y 20 sucres. Al comienzo tuve ciertas dificultades para pedalear una pesada bicicleta que al frente tenía una canasta metálica que sostenía la canasta de mimbre que contenía las fundas de pan, la bicicleta era demasiado grande para mí, pero me las arreglé para mover ese vehículo con su carga y, al poco tiempo lo hacía sin dificultad. Encontré que el trabajo era difícil, pero que representaba un desafío que había que vencer, y por eso me empezó a gustar y pronto lo hice bien!
Cumpliendo con mi tarea conocí a mucha gente, adultos casi todos, muchos con mujer e hijos que trabajaban en la misma tienda, esta gente había estado en el mismo sitio por diez, quince o veinte años, y algunos por más de una generación. Eran parte importante de su barrio, conocían a toda la gente de su calle, eran muy trabajadores, algunos de ellos tenían muy poca o ninguna educación formal, pero eran gente profundamente honesta. Ellos notaron que yo era muy joven, quizás demasiado joven y pequeño para hacer el trabajo que estaba haciendo, pero apreciaban y admiraban el hecho de que siendo tan joven y pequeño, trabajara tan temprano y además fuera al colegio por las noches, ninguno de estos hombres y mujeres trató nunca de desanimarme de lo que yo hacía, por el contrario, ellos me daban ánimo para seguir adelante, sembrando la semilla para cosechar más tarde un mejor futuro.
A eso de las siete yo hacia mi última entrega de la mañana, pero a las once volvía a las calles a hacer la segunda entrega del dia, que terminaba a las 12:30PM, a la hora de irme a descansar después de haber cumplido una jornada de intenso trabajo. Mientras tanto, entre entrega y entrega, seguía haciendo limpieza de la panadería.
Mi trabajo era duro, pero a la vez era agradable. Una de las tiendas a las que yo entregaba el pan por la mañana estaba localizada en la esquina nor-occidental de las calles Portete y Chile, era de propiedad de un hombre solitario, don Pedro Quevedo, un hombre viudo que nunca había tenido hijos y que era un fanático del futbol, cuya tienda estaba a solo una cuadra del barrio del Astillero, la cuna de los dos equipos de futbol más populares de Guayaquil. Don Pedro, más que un aficionado al futbol, era un súper fanático de Emelec, el archi rival de Barcelona, el equipo más popular de la ciudad. Este hombre estaba siempre enfrascado en conversaciones con sus clientes acerca del futbol y de Emelec, hablaba de lo extraordinarios que eran los jugadores de su equipo, entre ellos “el “flaco” Raffo, el “loco Balseca”, el “chino” Ciprino Yu Lee, entre otros.
Don Pedro siempre estaba enfrascado en conversaciones y a veces en discusiones acaloradas sobre el último partido o acerca del próximo. Lo cierto es que el tema para él nunca se agotaba. Su vida giraba alrededor de un circulo que solo incluía su tienda, el futbol como deporte y por cierto, el Emelec, el equipo de sus amores. Sus discusiones con los fanáticos de Barcelona eran interminables.
Por esa época, a pesar de que yo había siempre amado y practicado el futbol como deporte, aun no había desarrollado una afición clara sobre ninguno de los equipos de la ciudad, así que don Pedro vio que había la posibilidad de influir para que me hiciera un hincha de su equipo. Un dia viernes, mientras le entregaba el pan de la mañana, me entrego, junto con el dinero del pan del dia anterior, una entrada para el partido del domingo, en el estadio Capwell, que quedaba a unas pocas cuadras de la tienda de don Pedro. Hecho esto, don Pedro me sugirió que nos encontráramos el domingo, a la entrada del estadio, para poder ver juntos el partido. El partido era nada menos que el clásico del Astillero, en el que se enfrentaban Emelec y Barcelona disputando la punta del campeonato local de futbol.
Así lo hice. El dia del partido, a pesar de que llegamos unos cuarenta y cinco minutos antes del inicio del partido, el estadio, que tenía una capacidad para quince mil espectadores, estaba ya completamente lleno y ya no cabía ni un alfiler parado en las graderías del lado de la calle Quito, así que tuvimos que dar la vuelta y buscar un asiento en la parte más baja de las graderías, del lado de la calle Pio Montufar. El juego comenzó a las seis en punto de la tarde. Yo me sentía emocionado, nunca había visto una multitud tan grande en un espacio tan pequeño y menos en un ambiente de tensionada emoción como la que se podía sentir aquella tarde y noche.
Las luces se prendieron a eso de las seis y media de la tarde y me sentí transportado a otro mundo, en un estadio iluminado, con miles de aficionados llenando el estadio y gritando sin cesar para alentar al equipo de sus amores. El estadio me parecía inmensamente grande, gigantesco. El ruido de las barras, el sonido retumbante de los tambores podría haberse oído a kilómetros de distancia. Las barras estaban divididas en partes casi iguales, los hinchas del Barcelona vestían camisas amarillas y los de Emelec, que blandían sus banderas azules al viento, vestían camisas azul celeste, los colores de la camisa de su equipo.
El partido era vibrante, los dos equipos atacaban sin cesar, y se defendían con orden. Al final de los primeros cuarenta y cinco minutos del partido, Barcelona le había sacado una ventaja de un gol al Emelec. Don Pedro, que nunca dejó de alentar a su equipo, se pasó los quince minutos de descanso, discutiendo sobre que el gol de Barcelona debió haber sido anulado por una posición fuera de juego de uno de los jugadores atacantes. Poca o ninguna atención le prestaban los hinchas que estaban cerca de nosotros, y cuando me preguntó a mi si estaba de acuerdo, me limité a decirle que no me había fijado en ese detalle porque la jugada había sido demasiado rápida. Don Pedro debe haber estado equivocado, porque los periódicos del dia siguiente no mencionaron siquiera el supuesto off side, y tampoco lo hicieron los comentaristas deportivos esa noche.
Al comenzar el segundo tiempo del partido, las barras intensificaron los gritos de aliento a sus equipos, la multitud estaba en un estado de semi locura. Unos diez minutos después de iniciada la segunda etapa, Emelec igualó el score mediante un soberbio gol ejecutado por “el flaco Raffo” tras una linda combinación entre “el Loco” Balseca y Raffo, el goleador del equipo. Fue una obra maestra de endiablado dribbling del número siete de Emelec, el inolvidable “loco” que dejó en el suelo al defensor de Barcelona encargado de cuidarlo y cuando vio la posición descubierta de su compañero Raffo, hizo el pase preciso para que el goleador fusilara al arquero de Barcelona que quedó en el piso, mordiendo el polvo y golpeando el suelo con sus manos en señal de rabia y frustración. Un Golazo para el recuerdo. Locura en el estadio, las graderías de madera vibraban tanto que parecía que iban a colapsar; las banderas azules echadas al viento parecían olas del mar embravecido. Era el éxtasis en el estadio Capwell, el único estadio de la ciudad, y el estadio del equipo de Emelec.
Con el partido empatado a un gol por bando, don Pedro estaba eufórico, saltaba de su asiento en cada ocasión que un jugador de Emelec hacia un buen pase. En un momento de calma, se volvió hacia mí y me dijo con voz enronquecida; “ya ves Rafael, cuando estos dos jugadores deciden jugar su mejor futbol, no hay nadie, pero nadie que pueda detenerlos”.
Los minutos avanzaban y el estadio era una verdadera caldera hirviendo, era como un manicomio lleno de locos eufóricos. Cuando faltaba solo unos pocos minutos para concluir el partido, un defensor del Barcelona cometió una falta contra el “flaco” Raffo y lo derribó dentro de la zona de las dieciocho yardas cuando el goleador se apretaba a fusilar nuevamente al portero. Sin dudar un solo instante pero ante las protestas de los jugadores y los hinchas del equipo amarillo, el árbitro del partido decretó la pena máxima. El propio “flaco” se encargó de ejecutar y convertir e gol, dejando sin chance al guardapalos amarillo. Un par de minutos después finalizó el partido, ganó Emelec por 2-1 y en cuestión de cuatro o cinco minutos el estadio quedó solo con hinchas de camisas azules que eufóricos festejaban la victoria y hacían mofa de sus oponentes. Los amarillos habían salido del estadio sin mirar hacia atrás y deseando no haber venido al estadio.
Nunca vi a don Pedro tan feliz como aquella noche. Ese fue el dia en que me convertí en hincha de Emelec y así se lo hice saber a don Pedro, el estaba tan contento que me ofreció comprar las entradas a todos los clásicos del Astillero de allí en adelante por el resto del campeonato. “tú vas a ser mi compañero para venir al estadio a todos los clásicos de aquí en adelante”, me dijo, y yo complacido acepté su oferta. Ese dia aprendí una gran lección y gané un amigo para toda la vida.
Don Pedro era un hombre solitario, sencillo, de alma muy noble y corazón de abuelo, que había encontrado un refugio para su soledad en su amor por el futbol y por Emelec, el equipo que sin ninguna duda hubiera dado la vida por siempre verlo victorioso. Don Pedro tenía unos cincuenta años y había perdido a su mujer a los cuarenta y cinco. Nunca tuvo hijos y desesperadamente necesitaba tener un verdadero amigo.
Después de la muerte de su esposa, Emelec se convirtió en la razón de su vida. Yo me convertí en el amigo verdadero que el necesitaba. Veinte años más tarde, el dia que me gradué con los máximos honores como economista en la Universidad de Guayaquil, le invite a venir a la ceremonia de mi graduación, y, a pesar de que entonces ya estaba muy enfermo, asistió al paraninfo de la Universidad, y, mientras me abrazaba y sollozaba de la emoción, me dijo que con mucho orgullo se sentía feliz de verme cerca de la cima a donde el siempre creyó que yo llegaría. Me dijo que en cierta forma el me veía como al hijo que nunca tuvo y que siempre quiso tener. Don Pedro murió en el Hospital Luis Vernaza solo unos dos meses después de mi graduación y a su funeral solo asistieron once personas, entre ellos yo. Los demás acompañantes en el velorio eran vecinos del barrio del Astillero.
Esa fue la primera vez que sentí que había perdido un gran amigo, un amigo que nunca olvidare.
En mi próximo capítulo: ENAMORADO POR PRIMERA VEZ
Cumpliendo con mi tarea conocí a mucha gente, adultos casi todos, muchos con mujer e hijos que trabajaban en la misma tienda, esta gente había estado en el mismo sitio por diez, quince o veinte años, y algunos por más de una generación. Eran parte importante de su barrio, conocían a toda la gente de su calle, eran muy trabajadores, algunos de ellos tenían muy poca o ninguna educación formal, pero eran gente profundamente honesta. Ellos notaron que yo era muy joven, quizás demasiado joven y pequeño para hacer el trabajo que estaba haciendo, pero apreciaban y admiraban el hecho de que siendo tan joven y pequeño, trabajara tan temprano y además fuera al colegio por las noches, ninguno de estos hombres y mujeres trató nunca de desanimarme de lo que yo hacía, por el contrario, ellos me daban ánimo para seguir adelante, sembrando la semilla para cosechar más tarde un mejor futuro.
A eso de las siete yo hacia mi última entrega de la mañana, pero a las once volvía a las calles a hacer la segunda entrega del dia, que terminaba a las 12:30PM, a la hora de irme a descansar después de haber cumplido una jornada de intenso trabajo. Mientras tanto, entre entrega y entrega, seguía haciendo limpieza de la panadería.
Mi trabajo era duro, pero a la vez era agradable. Una de las tiendas a las que yo entregaba el pan por la mañana estaba localizada en la esquina nor-occidental de las calles Portete y Chile, era de propiedad de un hombre solitario, don Pedro Quevedo, un hombre viudo que nunca había tenido hijos y que era un fanático del futbol, cuya tienda estaba a solo una cuadra del barrio del Astillero, la cuna de los dos equipos de futbol más populares de Guayaquil. Don Pedro, más que un aficionado al futbol, era un súper fanático de Emelec, el archi rival de Barcelona, el equipo más popular de la ciudad. Este hombre estaba siempre enfrascado en conversaciones con sus clientes acerca del futbol y de Emelec, hablaba de lo extraordinarios que eran los jugadores de su equipo, entre ellos “el “flaco” Raffo, el “loco Balseca”, el “chino” Ciprino Yu Lee, entre otros.
Don Pedro siempre estaba enfrascado en conversaciones y a veces en discusiones acaloradas sobre el último partido o acerca del próximo. Lo cierto es que el tema para él nunca se agotaba. Su vida giraba alrededor de un circulo que solo incluía su tienda, el futbol como deporte y por cierto, el Emelec, el equipo de sus amores. Sus discusiones con los fanáticos de Barcelona eran interminables.
Por esa época, a pesar de que yo había siempre amado y practicado el futbol como deporte, aun no había desarrollado una afición clara sobre ninguno de los equipos de la ciudad, así que don Pedro vio que había la posibilidad de influir para que me hiciera un hincha de su equipo. Un dia viernes, mientras le entregaba el pan de la mañana, me entrego, junto con el dinero del pan del dia anterior, una entrada para el partido del domingo, en el estadio Capwell, que quedaba a unas pocas cuadras de la tienda de don Pedro. Hecho esto, don Pedro me sugirió que nos encontráramos el domingo, a la entrada del estadio, para poder ver juntos el partido. El partido era nada menos que el clásico del Astillero, en el que se enfrentaban Emelec y Barcelona disputando la punta del campeonato local de futbol.
Así lo hice. El dia del partido, a pesar de que llegamos unos cuarenta y cinco minutos antes del inicio del partido, el estadio, que tenía una capacidad para quince mil espectadores, estaba ya completamente lleno y ya no cabía ni un alfiler parado en las graderías del lado de la calle Quito, así que tuvimos que dar la vuelta y buscar un asiento en la parte más baja de las graderías, del lado de la calle Pio Montufar. El juego comenzó a las seis en punto de la tarde. Yo me sentía emocionado, nunca había visto una multitud tan grande en un espacio tan pequeño y menos en un ambiente de tensionada emoción como la que se podía sentir aquella tarde y noche.
Las luces se prendieron a eso de las seis y media de la tarde y me sentí transportado a otro mundo, en un estadio iluminado, con miles de aficionados llenando el estadio y gritando sin cesar para alentar al equipo de sus amores. El estadio me parecía inmensamente grande, gigantesco. El ruido de las barras, el sonido retumbante de los tambores podría haberse oído a kilómetros de distancia. Las barras estaban divididas en partes casi iguales, los hinchas del Barcelona vestían camisas amarillas y los de Emelec, que blandían sus banderas azules al viento, vestían camisas azul celeste, los colores de la camisa de su equipo.
El partido era vibrante, los dos equipos atacaban sin cesar, y se defendían con orden. Al final de los primeros cuarenta y cinco minutos del partido, Barcelona le había sacado una ventaja de un gol al Emelec. Don Pedro, que nunca dejó de alentar a su equipo, se pasó los quince minutos de descanso, discutiendo sobre que el gol de Barcelona debió haber sido anulado por una posición fuera de juego de uno de los jugadores atacantes. Poca o ninguna atención le prestaban los hinchas que estaban cerca de nosotros, y cuando me preguntó a mi si estaba de acuerdo, me limité a decirle que no me había fijado en ese detalle porque la jugada había sido demasiado rápida. Don Pedro debe haber estado equivocado, porque los periódicos del dia siguiente no mencionaron siquiera el supuesto off side, y tampoco lo hicieron los comentaristas deportivos esa noche.
Al comenzar el segundo tiempo del partido, las barras intensificaron los gritos de aliento a sus equipos, la multitud estaba en un estado de semi locura. Unos diez minutos después de iniciada la segunda etapa, Emelec igualó el score mediante un soberbio gol ejecutado por “el flaco Raffo” tras una linda combinación entre “el Loco” Balseca y Raffo, el goleador del equipo. Fue una obra maestra de endiablado dribbling del número siete de Emelec, el inolvidable “loco” que dejó en el suelo al defensor de Barcelona encargado de cuidarlo y cuando vio la posición descubierta de su compañero Raffo, hizo el pase preciso para que el goleador fusilara al arquero de Barcelona que quedó en el piso, mordiendo el polvo y golpeando el suelo con sus manos en señal de rabia y frustración. Un Golazo para el recuerdo. Locura en el estadio, las graderías de madera vibraban tanto que parecía que iban a colapsar; las banderas azules echadas al viento parecían olas del mar embravecido. Era el éxtasis en el estadio Capwell, el único estadio de la ciudad, y el estadio del equipo de Emelec.
Con el partido empatado a un gol por bando, don Pedro estaba eufórico, saltaba de su asiento en cada ocasión que un jugador de Emelec hacia un buen pase. En un momento de calma, se volvió hacia mí y me dijo con voz enronquecida; “ya ves Rafael, cuando estos dos jugadores deciden jugar su mejor futbol, no hay nadie, pero nadie que pueda detenerlos”.
Los minutos avanzaban y el estadio era una verdadera caldera hirviendo, era como un manicomio lleno de locos eufóricos. Cuando faltaba solo unos pocos minutos para concluir el partido, un defensor del Barcelona cometió una falta contra el “flaco” Raffo y lo derribó dentro de la zona de las dieciocho yardas cuando el goleador se apretaba a fusilar nuevamente al portero. Sin dudar un solo instante pero ante las protestas de los jugadores y los hinchas del equipo amarillo, el árbitro del partido decretó la pena máxima. El propio “flaco” se encargó de ejecutar y convertir e gol, dejando sin chance al guardapalos amarillo. Un par de minutos después finalizó el partido, ganó Emelec por 2-1 y en cuestión de cuatro o cinco minutos el estadio quedó solo con hinchas de camisas azules que eufóricos festejaban la victoria y hacían mofa de sus oponentes. Los amarillos habían salido del estadio sin mirar hacia atrás y deseando no haber venido al estadio.
Nunca vi a don Pedro tan feliz como aquella noche. Ese fue el dia en que me convertí en hincha de Emelec y así se lo hice saber a don Pedro, el estaba tan contento que me ofreció comprar las entradas a todos los clásicos del Astillero de allí en adelante por el resto del campeonato. “tú vas a ser mi compañero para venir al estadio a todos los clásicos de aquí en adelante”, me dijo, y yo complacido acepté su oferta. Ese dia aprendí una gran lección y gané un amigo para toda la vida.
Don Pedro era un hombre solitario, sencillo, de alma muy noble y corazón de abuelo, que había encontrado un refugio para su soledad en su amor por el futbol y por Emelec, el equipo que sin ninguna duda hubiera dado la vida por siempre verlo victorioso. Don Pedro tenía unos cincuenta años y había perdido a su mujer a los cuarenta y cinco. Nunca tuvo hijos y desesperadamente necesitaba tener un verdadero amigo.
Después de la muerte de su esposa, Emelec se convirtió en la razón de su vida. Yo me convertí en el amigo verdadero que el necesitaba. Veinte años más tarde, el dia que me gradué con los máximos honores como economista en la Universidad de Guayaquil, le invite a venir a la ceremonia de mi graduación, y, a pesar de que entonces ya estaba muy enfermo, asistió al paraninfo de la Universidad, y, mientras me abrazaba y sollozaba de la emoción, me dijo que con mucho orgullo se sentía feliz de verme cerca de la cima a donde el siempre creyó que yo llegaría. Me dijo que en cierta forma el me veía como al hijo que nunca tuvo y que siempre quiso tener. Don Pedro murió en el Hospital Luis Vernaza solo unos dos meses después de mi graduación y a su funeral solo asistieron once personas, entre ellos yo. Los demás acompañantes en el velorio eran vecinos del barrio del Astillero.
Esa fue la primera vez que sentí que había perdido un gran amigo, un amigo que nunca olvidare.
En mi próximo capítulo: ENAMORADO POR PRIMERA VEZ
A TRABAJAR A LA EDAD DE 14
Mientras tanto, mi mamá y Letty, sentadas en la mesa, conmigo de por medio, se miraban entre si y me miraban de reojo, sin saber que decir o que hacer. De repente yo me levanté y caminé directo hacia mi padre con mis brazos abiertos y mirándolo a los ojos; el me recibió en sus brazos, nos abrazamos fuertemente y mientras lo hacíamos, el me besaba en mi cabeza y en mis orejas mientras sollozando me decía: “mijito, yo te quiero mucho”. Entonces, yo también comencé a llorar a lágrima viva mientras apretaba a mi padre en un abrazo profundo, en un abrazo que no necesitaba palabras para expresar mis sentimientos. Ya más tranquilos todos, mi padre se sentó en su puesto y me sentó en sus piernas, en la misma forma en que solía hacerlo cuando quería compartir conmigo su plato cuando yo tenía cinco años.
Lloramos por algunos minutos, y con sus ojos aun enrojecidos por el llanto pero con voz calmada y aun musitando me dijo: “hijito, no sé lo que vamos a hacer contigo, no sé lo que va a pasar, pero quiero que sepas que te quiero y te queremos todos por lo que eres, y no por lo que pudieras haber sido”, y continuó hablando; “tenemos que ver, tenemos que hablar con el resto de la familia y encontrar alguna solución que sea buena para ti”. Inmediatamente después, como despertando de una pesadilla y buscando un puente para acomodarse a la cruda realidad, mi padre continuó hablando, y esta vez muy tranquilo me dijo: “ bueno mijo, ahora muéstreme esos diplomas y la libreta de calificaciones del colegio, vamos mijo!, vaya buscarlos que yo quiero verlos, necesito verlos!”
Una decisión acerca de mi futuro debía tomarse muy pronto, porque mis padres debían regresar a Pallatanga y a su vida normal en nuestro pueblo. Para todos nosotros estaba bien claro que mis padres no tenían los recursos para matricularme en un colegio comparable al que yo ya no podía volver, pero, no sólo eso, sino que en Guayaquil no había un colegio comparable, ni siquiera en el resto del país, por lo tanto, era claro que yo no podría volver a un colegio como el Seminario. No obstante, también era claro para casi todos que yo debía continuar mis estudios secundarios, el no hacerlo, simplemente no era una alternativa aceptable para nadie en la familia. Mi madre nos había metido en la cabeza desde que éramos muy pequeños, la idea de que la única forma de subir la escalera de la vida era a través del estudio y que el hacerlo no era una opción, sino una obligación sin alternativa.
La idea que alguna vez mi padre había sugerido (mas por su deseo de tenerme cerca a que por privarnos de la educación), de que volviera a vivir en Pallatanga ayudándole a él en sus variadas actividades, nunca fue aceptable para mi madre, y en este campo, era la opinión de ella la que siempre prevalecía, gracias a su convicción profunda, a su sutil pero firme forma de encaminar sus ideas, y a que, a la postre, era ella la que se encargaba de pagar los costos. Mi padre en cambio solía pensar que volver al pueblo y convertirme en agricultor o comerciante, no era más que seguir una tradición de generaciones y no había nada de malo en ello; después de todo, el decía, “yo soy agricultor, mis padres fueron agricultores, mis abuelos y mas antepasados lo fueron, entonces, porque no?”, y una vez añadió “yo estaré siempre junto a él, no solo como padre, sino como tutor, estoy seguro que Rafico puede hacerse un buen agricultor, o un buen comerciante”.
Mi mamá en cambio estaba radicalmente opuesta a la idea de que yo retornara a vivir en Pallatanga y me hiciera un agricultor, para ella, regresar a Pallatanga era como regresar a la “edad media después de haber vivido en la edad moderna. En los siguientes dos días se discutió el asunto en un concilio familiar más amplio en el que participaron mis padres y mis tres hermanas mayores como consejeras, al cabo de los cuales era claro, y se llego al consenso de que la única alternativa posible era que yo encontrara un trabajo que me permitiera auto sustentarme y estudiar en un colegio nocturno al mismo tiempo, y que había que buscar ese trabajo inmediatamente.
No iba a ser fácil, simplemente porque encontrar un trabajo nunca ha sido fácil en nuestro país, pero era aun más difícil encontrarle un trabajo a un adolescente, casi un niño de 14 años, un trabajo en el que me pudiera desempeñar bien y me permitiera ganar suficiente para poder auto mantenerme y a la vez me permitiera ser un estudiante a tiempo completo en un colegio nocturno.
Dos días después y gracias a mi hermana Lilita y su esposo Lolo, pudimos ver una luz al final del túnel. Ellos estaban casados desde hacían seis años y tenían ya cuatro hijos. Lolo era el dueño de una panadería en el centro de Guayaquil, casi en la esquina de la avenida Colon y la calle Chimborazo, a solo unas dos cuadras de la vieja casona de la Universidad de Guayaquil. Mi hermana Lilita se ofreció voluntariamente a hablar con su esposo para ver si él me podía emplear a tiempo complete en su panadería.
Casi inmediatamente Lilita nos hizo saber que por coincidencia, Lolo estaba buscando una persona que a partir de las cuatro y media de la mañana hiciera diariamente el trabajo de barrido y limpieza de la panadería, limpieza de sus vitrinas y perchas, y el arreglo del pan recién salido del horno, en las vitrinas, para su venta a partir de las 5:30 de la mañana que era la hora de llegada de los clientes más madrugadores que venían a comprar el pan y la leche para su desayuno.
El trabajo incluía la limpieza de las refrigeradoras donde se almacenaba la leche que se vendía junto con el pan de la mañana. El trabajo estaba hecho casi como un anillo al dedo para mí, porque este me permitiría estudiar en la noche y trabajar en el dia. El horario era de 4:30 AM a 12:30PM, mi sueldo seria ciento cincuenta sucres mensuales, e incluía alojamiento y comida en la casa de mi hermana, a sólo dos cuadras de la Panadería “La Delicia”.
Bingo!, ya tenía trabajo y podía comenzar inmediatamente. Este trabajo me calzaba como un guante. Mi dia comenzaría muy temprano, pero también terminaría temprano, me permitiría hacer una siesta para completar mis seis horas de sueño y luego hacer mis tareas escolares, estudiar, y luego asistir al colegio nocturno cuyas clases se iniciaban a las siete de la noche y terminaban a las once. Ahora había que buscar un colegio que me aceptara cuando casi se acababa el primer trimestre escolar y así no perdería un año con el cambio de la Sierra a la Costa. Lo encontramos, sería el Colegio particular Eloy Alfaro, Sección Nocturna, donde mi hermana Letty era profesora de primaria en la sección diurna. La pensión mensual era de $50, que yo la podía pagar con mi sueldazo.
No me sentí como haber conseguido el mejor trabajo del mundo o como haber alcanzado el cielo con la mano pero me sentí muy contento de poder seguir mis estudios y ser autosuficiente. Alli termino terminó abruptamente mi niñez y comenzó mi vida de adulto con todas sus responsabilidades; comenzaba muy temprano, cosa que al común de los mortales no le ocurría sino bien pasados los veinte años y terminados los estudios secundarios.
El colegio escogido era bueno, mis compañeros en el tercer año eran jóvenes adultos de más de dieciocho años que también habían comenzado temprano sus vidas de trabajo. Lo mejor de este colegio era el profesor de matemáticas, el emblemático don Nicolás Escandón, famoso en todo Guayaquil por su capacidad para enseñar las matemáticas, y, también por su temperamento fuerte. Escandón, que había sido en su juventud un “Hermano Cristiano de La Salle”, era un hombre de muy baja estatura, que trabajaba un promedio de doce horas diarias como profesor en varios colegios de la ciudad y se daba el lujo de corregir diariamente y en el más grande detalle, los deberes de más de trescientos estudiantes de la ciudad. Nunca nadie llegó a descifrar su secreto de resistencia al trabajo y de capacidad para el detalle. En Escandón encontré el profesor que necesitaba para desarrollar mi innata capacidad para las matemáticas y las ciencias exactas.
Mi trabajo, era muy fuerte, especialmente debido a que tenía que levantarme muy temprano. Los niños de la edad que yo tenia entonces, normalmente duermen desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana, esto es, entre ocho y nueve horas. Yo podía dormir apenas cuatro horas, y, mientras las madres despiertan a sus hijos con abrazos y con besos, yo debía levantarme a las cuatro de la mañana a la voz de mi cuñado Lolo que golpeando la puerta de mi cuarto fuertemente decía: “Rafico, YA!, era una sola llamada y yo debía estar listo en quince minutos para salir con él a la panadería, todos los días, de lunes a sábado (domingo descansaba). Algunas veces llegué a odiar esa voz…Rafico YA!, que me sonaba como “despierta ocioso que ya es hora de trabajar!”, o algo parecido. No ha pasado esa frase al archivo de mis frases favoritas, pero ella me recuerda del viejo refrán que dice “al que madruga Dios le ayuda”, que en esos días, yo prefería pensar más bien en el otro refrán que dice “no por mucho madrugar amanece más temprano!
No me tomó mucho tiempo aprender mi trabajo. Al final de la cuarta semana ya estaba haciendo eficientemente todo lo que se me había enseñado a hacer, y todo aquello que se me pedía hacer aunque no fuera parte de mi trabajo. En realidad las tareas asignadas las hacía en la mitad del tiempo asignado. Fue por esta época que el hombre encargado del triciclo de reparto de pan a las tiendas se enfermó y dejó de asistir a su trabajo.
Lolo, mi cuñado, entonces pensó que yo, a pesar de mis cortas piernas y mi edad, podría sustituir temporalmente al “mono Rivera” el repartidor del pan. Lolo me pidió que lo intentara, y lo hice, pero creo que no tenía alternativa. Hubo que bajar el asiento de la bicicleta hasta donde no daba más, y tuve que extremar mis fuerzas para manejar el triciclo, pero lo hice!, y por varias semanas, hasta que el “mono Rivera” regresara a su trabajo, yo fui el repartidor de pan de “la Delicia”. De repente me encontré a mi mismo en las calles de Guayaquil, manejando un triciclo hecho para ser manejado por un adulto, cargando una enorme canasta llena de fundas de pan y entregándolas de tienda en tienda a lo largo de las calles Chimborazo (a la ida) y Chile (al regreso, comenzando a las cinco de la mañana y terminando a las seis y media. Mi destino de viajero empezaba a tomar forma!
The old U of G building at Chile St. in 1930. This was the point of start of my route to deliver bread in my tricycle when I was 14
Así es como yo comencé mi Carrera como un chico conocedor de los detalles y lo trucos de las calles de Guayaquil. Mi trabajo requería muchas cosas, pero entre las más importantes, requería saber tratar y manejarse con adultos que tenían varias veces mi edad, algunos de los cuales no eran muy educados ni conocían la palabra cortesía, pero todos, sin distinción eran gente honesta, gente trabajadora, gente sacrificada, la mayoría de ellos eran serranos que habían venido a Guayaquil desde muy jóvenes, que amaban a su tierra pero querían mucho a Guayaquil, porque allí ellos se formaron, porque allí hicieron sus familias, porque allí estaban sus hijos educándose y formándose como hombres de bien, sin prejuicios y de vergüenza de sus orígenes humildes, tal como yo...
Yo tenía que manejarme con números para hacer las cuentas y cobrarles lo justo; yo tenía que ser paciente, debía ser puntual (el pan que llegaba tarde no lo aceptaban): tomé mis primeras lecciones de diplomacia cuando tenía que reírme de un mal chiste o tenía que aguantarme una palabra o una expresión grosera dirigida hacia mi cuando insistía en cobrar lo que me debían. Fue aquí donde empecé a aprender el lenguaje de la calle, la lengua de la gente común, de los barrios de Guayaquil. Esta fue para mí, la universidad de la vida, en su más genuina expresión.
Para la mayoría de la gente con quien yo trataba, su condición de dueño de una pequeña tiendita en la gran ciudad de Guayaquil era como la realización de un sueño, era el punto de partida para dejar atrás las pobrezas y las limitaciones del pasado, era el pasaporte para que sus hijos pudieran educarse en la gran ciudad, era el puente estrecho y peligroso que les permitiría a sus hijos pasar a una nueva vida, llena de desafíos pero también de esperanzas, era el precio para obtener la visa para que sus hijos entraran a la universidad.
En Guayaquil hay miles de exitosos profesionales médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, economistas y otros profesionales cuyos padres fueron parte de ese grupo humano con quien yo trataba allá, en la segunda mitad de la década de los cincuenta. La mayoría de estas gentes eran serranos por nacimiento, de origen humilde, generalmente agricultores que venían de todas las provincias de la Sierra, dejando atrás a sus padres y al resto de sus familias, estaban orgullosos de su origen serrano, y sin embargo eran guayaquileños de corazón genuinamente guayaquileños que amaban la ciudad que los acogió, porque era su destino escogido. Guayaquil era su nueva casa y entonces era lo que hoy y siempre ha sido, una ciudad luchadora, rebelde, industriosa, orgullosa de su pasado y forjadora diaria de su gran futuro.
Yo era uno más de ellos, excepto que nunca aspiré a ser dueño de una tienda. Por alguna razón que debe estar enraizada en los genes de mi madre, siempre aspiré a ser parte de un mundo más ancho, de un mundo sin límites visibles, donde solo el cielo era el limite, y yo sabía que para llegar a eso había un solo camino, un camino que no estaba sembrado de flores, un camino que sería difícil, que comenzaba con trabajo muy fuerte y que exigía cada vez más sacrificios. Allí estaba la semilla, era solo cuestión de tiempo y sacrificio para que germinara, y ya había comenzado a germinar, solo faltaba darle tiempo, sangre, sudor y lagrimas...
En mi proximo capitulo:
Lloramos por algunos minutos, y con sus ojos aun enrojecidos por el llanto pero con voz calmada y aun musitando me dijo: “hijito, no sé lo que vamos a hacer contigo, no sé lo que va a pasar, pero quiero que sepas que te quiero y te queremos todos por lo que eres, y no por lo que pudieras haber sido”, y continuó hablando; “tenemos que ver, tenemos que hablar con el resto de la familia y encontrar alguna solución que sea buena para ti”. Inmediatamente después, como despertando de una pesadilla y buscando un puente para acomodarse a la cruda realidad, mi padre continuó hablando, y esta vez muy tranquilo me dijo: “ bueno mijo, ahora muéstreme esos diplomas y la libreta de calificaciones del colegio, vamos mijo!, vaya buscarlos que yo quiero verlos, necesito verlos!”
Una decisión acerca de mi futuro debía tomarse muy pronto, porque mis padres debían regresar a Pallatanga y a su vida normal en nuestro pueblo. Para todos nosotros estaba bien claro que mis padres no tenían los recursos para matricularme en un colegio comparable al que yo ya no podía volver, pero, no sólo eso, sino que en Guayaquil no había un colegio comparable, ni siquiera en el resto del país, por lo tanto, era claro que yo no podría volver a un colegio como el Seminario. No obstante, también era claro para casi todos que yo debía continuar mis estudios secundarios, el no hacerlo, simplemente no era una alternativa aceptable para nadie en la familia. Mi madre nos había metido en la cabeza desde que éramos muy pequeños, la idea de que la única forma de subir la escalera de la vida era a través del estudio y que el hacerlo no era una opción, sino una obligación sin alternativa.
La idea que alguna vez mi padre había sugerido (mas por su deseo de tenerme cerca a que por privarnos de la educación), de que volviera a vivir en Pallatanga ayudándole a él en sus variadas actividades, nunca fue aceptable para mi madre, y en este campo, era la opinión de ella la que siempre prevalecía, gracias a su convicción profunda, a su sutil pero firme forma de encaminar sus ideas, y a que, a la postre, era ella la que se encargaba de pagar los costos. Mi padre en cambio solía pensar que volver al pueblo y convertirme en agricultor o comerciante, no era más que seguir una tradición de generaciones y no había nada de malo en ello; después de todo, el decía, “yo soy agricultor, mis padres fueron agricultores, mis abuelos y mas antepasados lo fueron, entonces, porque no?”, y una vez añadió “yo estaré siempre junto a él, no solo como padre, sino como tutor, estoy seguro que Rafico puede hacerse un buen agricultor, o un buen comerciante”.
Mi mamá en cambio estaba radicalmente opuesta a la idea de que yo retornara a vivir en Pallatanga y me hiciera un agricultor, para ella, regresar a Pallatanga era como regresar a la “edad media después de haber vivido en la edad moderna. En los siguientes dos días se discutió el asunto en un concilio familiar más amplio en el que participaron mis padres y mis tres hermanas mayores como consejeras, al cabo de los cuales era claro, y se llego al consenso de que la única alternativa posible era que yo encontrara un trabajo que me permitiera auto sustentarme y estudiar en un colegio nocturno al mismo tiempo, y que había que buscar ese trabajo inmediatamente.
No iba a ser fácil, simplemente porque encontrar un trabajo nunca ha sido fácil en nuestro país, pero era aun más difícil encontrarle un trabajo a un adolescente, casi un niño de 14 años, un trabajo en el que me pudiera desempeñar bien y me permitiera ganar suficiente para poder auto mantenerme y a la vez me permitiera ser un estudiante a tiempo completo en un colegio nocturno.
Dos días después y gracias a mi hermana Lilita y su esposo Lolo, pudimos ver una luz al final del túnel. Ellos estaban casados desde hacían seis años y tenían ya cuatro hijos. Lolo era el dueño de una panadería en el centro de Guayaquil, casi en la esquina de la avenida Colon y la calle Chimborazo, a solo unas dos cuadras de la vieja casona de la Universidad de Guayaquil. Mi hermana Lilita se ofreció voluntariamente a hablar con su esposo para ver si él me podía emplear a tiempo complete en su panadería.
Casi inmediatamente Lilita nos hizo saber que por coincidencia, Lolo estaba buscando una persona que a partir de las cuatro y media de la mañana hiciera diariamente el trabajo de barrido y limpieza de la panadería, limpieza de sus vitrinas y perchas, y el arreglo del pan recién salido del horno, en las vitrinas, para su venta a partir de las 5:30 de la mañana que era la hora de llegada de los clientes más madrugadores que venían a comprar el pan y la leche para su desayuno.
El trabajo incluía la limpieza de las refrigeradoras donde se almacenaba la leche que se vendía junto con el pan de la mañana. El trabajo estaba hecho casi como un anillo al dedo para mí, porque este me permitiría estudiar en la noche y trabajar en el dia. El horario era de 4:30 AM a 12:30PM, mi sueldo seria ciento cincuenta sucres mensuales, e incluía alojamiento y comida en la casa de mi hermana, a sólo dos cuadras de la Panadería “La Delicia”.
Bingo!, ya tenía trabajo y podía comenzar inmediatamente. Este trabajo me calzaba como un guante. Mi dia comenzaría muy temprano, pero también terminaría temprano, me permitiría hacer una siesta para completar mis seis horas de sueño y luego hacer mis tareas escolares, estudiar, y luego asistir al colegio nocturno cuyas clases se iniciaban a las siete de la noche y terminaban a las once. Ahora había que buscar un colegio que me aceptara cuando casi se acababa el primer trimestre escolar y así no perdería un año con el cambio de la Sierra a la Costa. Lo encontramos, sería el Colegio particular Eloy Alfaro, Sección Nocturna, donde mi hermana Letty era profesora de primaria en la sección diurna. La pensión mensual era de $50, que yo la podía pagar con mi sueldazo.
No me sentí como haber conseguido el mejor trabajo del mundo o como haber alcanzado el cielo con la mano pero me sentí muy contento de poder seguir mis estudios y ser autosuficiente. Alli termino terminó abruptamente mi niñez y comenzó mi vida de adulto con todas sus responsabilidades; comenzaba muy temprano, cosa que al común de los mortales no le ocurría sino bien pasados los veinte años y terminados los estudios secundarios.
El colegio escogido era bueno, mis compañeros en el tercer año eran jóvenes adultos de más de dieciocho años que también habían comenzado temprano sus vidas de trabajo. Lo mejor de este colegio era el profesor de matemáticas, el emblemático don Nicolás Escandón, famoso en todo Guayaquil por su capacidad para enseñar las matemáticas, y, también por su temperamento fuerte. Escandón, que había sido en su juventud un “Hermano Cristiano de La Salle”, era un hombre de muy baja estatura, que trabajaba un promedio de doce horas diarias como profesor en varios colegios de la ciudad y se daba el lujo de corregir diariamente y en el más grande detalle, los deberes de más de trescientos estudiantes de la ciudad. Nunca nadie llegó a descifrar su secreto de resistencia al trabajo y de capacidad para el detalle. En Escandón encontré el profesor que necesitaba para desarrollar mi innata capacidad para las matemáticas y las ciencias exactas.
Mi trabajo, era muy fuerte, especialmente debido a que tenía que levantarme muy temprano. Los niños de la edad que yo tenia entonces, normalmente duermen desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana, esto es, entre ocho y nueve horas. Yo podía dormir apenas cuatro horas, y, mientras las madres despiertan a sus hijos con abrazos y con besos, yo debía levantarme a las cuatro de la mañana a la voz de mi cuñado Lolo que golpeando la puerta de mi cuarto fuertemente decía: “Rafico, YA!, era una sola llamada y yo debía estar listo en quince minutos para salir con él a la panadería, todos los días, de lunes a sábado (domingo descansaba). Algunas veces llegué a odiar esa voz…Rafico YA!, que me sonaba como “despierta ocioso que ya es hora de trabajar!”, o algo parecido. No ha pasado esa frase al archivo de mis frases favoritas, pero ella me recuerda del viejo refrán que dice “al que madruga Dios le ayuda”, que en esos días, yo prefería pensar más bien en el otro refrán que dice “no por mucho madrugar amanece más temprano!
No me tomó mucho tiempo aprender mi trabajo. Al final de la cuarta semana ya estaba haciendo eficientemente todo lo que se me había enseñado a hacer, y todo aquello que se me pedía hacer aunque no fuera parte de mi trabajo. En realidad las tareas asignadas las hacía en la mitad del tiempo asignado. Fue por esta época que el hombre encargado del triciclo de reparto de pan a las tiendas se enfermó y dejó de asistir a su trabajo.
Lolo, mi cuñado, entonces pensó que yo, a pesar de mis cortas piernas y mi edad, podría sustituir temporalmente al “mono Rivera” el repartidor del pan. Lolo me pidió que lo intentara, y lo hice, pero creo que no tenía alternativa. Hubo que bajar el asiento de la bicicleta hasta donde no daba más, y tuve que extremar mis fuerzas para manejar el triciclo, pero lo hice!, y por varias semanas, hasta que el “mono Rivera” regresara a su trabajo, yo fui el repartidor de pan de “la Delicia”. De repente me encontré a mi mismo en las calles de Guayaquil, manejando un triciclo hecho para ser manejado por un adulto, cargando una enorme canasta llena de fundas de pan y entregándolas de tienda en tienda a lo largo de las calles Chimborazo (a la ida) y Chile (al regreso, comenzando a las cinco de la mañana y terminando a las seis y media. Mi destino de viajero empezaba a tomar forma!
The old U of G building at Chile St. in 1930. This was the point of start of my route to deliver bread in my tricycle when I was 14
Así es como yo comencé mi Carrera como un chico conocedor de los detalles y lo trucos de las calles de Guayaquil. Mi trabajo requería muchas cosas, pero entre las más importantes, requería saber tratar y manejarse con adultos que tenían varias veces mi edad, algunos de los cuales no eran muy educados ni conocían la palabra cortesía, pero todos, sin distinción eran gente honesta, gente trabajadora, gente sacrificada, la mayoría de ellos eran serranos que habían venido a Guayaquil desde muy jóvenes, que amaban a su tierra pero querían mucho a Guayaquil, porque allí ellos se formaron, porque allí hicieron sus familias, porque allí estaban sus hijos educándose y formándose como hombres de bien, sin prejuicios y de vergüenza de sus orígenes humildes, tal como yo...
Yo tenía que manejarme con números para hacer las cuentas y cobrarles lo justo; yo tenía que ser paciente, debía ser puntual (el pan que llegaba tarde no lo aceptaban): tomé mis primeras lecciones de diplomacia cuando tenía que reírme de un mal chiste o tenía que aguantarme una palabra o una expresión grosera dirigida hacia mi cuando insistía en cobrar lo que me debían. Fue aquí donde empecé a aprender el lenguaje de la calle, la lengua de la gente común, de los barrios de Guayaquil. Esta fue para mí, la universidad de la vida, en su más genuina expresión.
Para la mayoría de la gente con quien yo trataba, su condición de dueño de una pequeña tiendita en la gran ciudad de Guayaquil era como la realización de un sueño, era el punto de partida para dejar atrás las pobrezas y las limitaciones del pasado, era el pasaporte para que sus hijos pudieran educarse en la gran ciudad, era el puente estrecho y peligroso que les permitiría a sus hijos pasar a una nueva vida, llena de desafíos pero también de esperanzas, era el precio para obtener la visa para que sus hijos entraran a la universidad.
En Guayaquil hay miles de exitosos profesionales médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, economistas y otros profesionales cuyos padres fueron parte de ese grupo humano con quien yo trataba allá, en la segunda mitad de la década de los cincuenta. La mayoría de estas gentes eran serranos por nacimiento, de origen humilde, generalmente agricultores que venían de todas las provincias de la Sierra, dejando atrás a sus padres y al resto de sus familias, estaban orgullosos de su origen serrano, y sin embargo eran guayaquileños de corazón genuinamente guayaquileños que amaban la ciudad que los acogió, porque era su destino escogido. Guayaquil era su nueva casa y entonces era lo que hoy y siempre ha sido, una ciudad luchadora, rebelde, industriosa, orgullosa de su pasado y forjadora diaria de su gran futuro.
Yo era uno más de ellos, excepto que nunca aspiré a ser dueño de una tienda. Por alguna razón que debe estar enraizada en los genes de mi madre, siempre aspiré a ser parte de un mundo más ancho, de un mundo sin límites visibles, donde solo el cielo era el limite, y yo sabía que para llegar a eso había un solo camino, un camino que no estaba sembrado de flores, un camino que sería difícil, que comenzaba con trabajo muy fuerte y que exigía cada vez más sacrificios. Allí estaba la semilla, era solo cuestión de tiempo y sacrificio para que germinara, y ya había comenzado a germinar, solo faltaba darle tiempo, sangre, sudor y lagrimas...
En mi proximo capitulo:
Saturday, February 4, 2012
FRENTE AL JUEZ
La nuestra era una familia de nueve; nuestros padres y siete hijos, tres mujeres y cuatro varones. Todas las hijas mujeres habían nacido antes que los cuatro varones. Mi padre amaba muchísimo a sus hijos, sin lugar a dudas, pero no lo recuerdo a él excesivamente afectuoso o tierno con sus hijos varones. Por otro lado, el siempre fue muy tierno y cariñoso con sus hijas mujeres. Su falta de ternura en el trato con sus hijos, posiblemente se originaba en la forma en que a él lo criaron, y especialmente a la influencia de su tío Juan Celio. Es probable que el pensara que darles ternura a los hijos varones era un asunto de su maima, que el padre no debía hacerlo porque hubiera sido como darles una señal de debilidad, y “la debilidad (en aquellos tiempos), era una cosa de mujeres”. Según el decir de aquellos días, “Los varones DEBEN ser criados duros, fuertes y valientes”, y ciertamente, sin ninguna duda, a nosotros nos criaron así.
Para la época de este relato, las tres hijas mujeres ya se habían casado, Letty, como ya lo he dicho antes, tenía una hija adoptiva de cinco años. Mi segunda hermana, Lilita, que también vivía en Guayaquil, tenía ya cuatro hijos, y Florcita, la más joven de las mujeres se había casado mientras yo estaba en el Seminario y estaba esperando su primer bebé. En cuanto a mis tres hermanos varones, el mayor tenía entonces dieciocho años y trabajaba como contador en un almacén de abarrotes mayoristas; Pancho el segundo varón, tenia dieciséis años, estudiaba en el Colegio Nocturno Cesar Boja Lavayen y estaba en el proceso de encontrar un trabajo, mientras que el más joven de mis hermanos, Guido, de once años, estaba aun en la escuela primaria, en Pallatanga, bajo la estricta supervisión de mi madre.
El departamento donde vivía Letty tenía las paredes que separaban un cuarto de otro, hechas con tablas de madera, sus junturas a menudo dejaban rendijas que se disimulaban con papel periódico o simplemente con periódicos usados, pegados con engrudo. Esto permitía que las conversaciones en un cuarto se escucharan en el cuarto de al lado. Mi hermana Letty había escuchado (curiosa, como mujer al fin) la conversación que habíamos sostenido mi mamá y yo aquella mañana, y mientras desayunábamos el acostumbrado café con leche y pan, ella nos lo hizo saber. Nos expresó además su simpatía y su solidaridad con mi causa, al tiempo que nos ofrecía tomar parte y ayudarnos en la conversación que deberíamos tener con mi padre más tarde aquel mismo día.
Letty era la primera hija, y como tal, la hija favorita de mi padre, así que cuando se ofreció a ayudarnos, mi reacción instantánea fue de júbilo: “gracias a Dios, ahora ya somos tres para hablar con mi papa”, pensé para mis adentros. Allí mismo acordamos que íbamos a dejar que mi papa comience con sus preguntas y que entonces seria Letty quien empezaría a hablar, luego lo haría mi mamá y finalmente yo, una vez que el camino hubiese sido “allanado”. Esa iba a ser la estrategia que usaríamos cuando mi papá llegue y tengamos que enfrentar sus preguntas.
Al medio dia regresó mi papá después de visitar a sus clientes en el mercado central, donde había vendido los cereales que traía desde Pallatanga (principalmente lenteja, alverja y frejol). Como era su costumbre y con el respeto que le debía, Letty invitó a mi padre a presidir la mesa. Después de las oraciones y bendiciones de costumbre, de lo cual se encargaba siempre mi madre, el almuerzo fue servido. Sin seguir la vieja costumbre de que yo me sentara inmediatamente a la izquierda de mi padre, esta vez, como buscando escudos humanaos para protegerme, me senté en medio de mi madre y de mi hermana Letty. Inmediatamente comenzamos a almorzar, y esta vez, fiel a su forma directa de hablar, pero sin mostrar rudeza, mi padre comenzó a hablar. “mientras almorzamos”, dijo, y agregó mirándome fijamente a los ojos: “mijo, volvamos a la conversación que anoche tuvimos que interrumpir por tu cansancio”, y siguió; “que es lo que tienes que decirnos Rafico?”, y continuó: “creo que anoche tenias un poco de temor de hablar, no es así?. Por favor, dinos ahora, de una vez por todas lo que tienes que decirnos”.
Como lo habíamos planeado aquella mañana, Letty comenzó a hablar y comenzio: “papacito”, pero fue abruptamente interrumpida por mi padre, quien dijo: “Letty, perdóname pero estoy preguntando a Rafico, no a ti, mijita”. En ese momento mi padre lucia como un severo juez llamando al orden en la sala, interrumpiendo al abogado defensor y pidiendo al acusado que hable por sí mismo. Sus ojos estaban bien abiertos y mirándome fijamente, su mentón en alto y su boca cerrada indicaban que no había espacio para dilataciones. Después de alrededor de un minuto de tenso silencio en la mesa, mi padre volvió a hablar diciendo: “Rafico, por favor, no demoremos mas esta conversación”. Mi corazón se me quería salir del pecho, este me sonaba como el tambor mas grande en un desfile militar; mis manos estaban húmedas y frías mientras mi mandíbulas permanecían cerradas como si estuvieran con candado. Me había quedado completamente mudo. Mi boca simplemente no respondía a las órdenes de mi cerebro.
En ese momento, mi Ángel, mi madre, salió una vez más a mi rescate. Se levantó de la mesa y me sirvió un vaso de agua mientras decía: “No tengas miedo de decirle a tu papá lo que me has explicado a mi esta mañana” mijito, y agregó: “Tu papá te quiere tanto como yo, él es una persona cariñosa, razonable e inteligente, y, tal como yo lo hice esta mañana, también él lo va a entender". y siguió luego, "Vamos, explícale a tu papá lo que tienes que explicarle, hazlo sin temor”, y con su sonrisa de Ángel, como para darme la confianza que yo necesitaba, me miró a los ojos y me dijo “vamos hazlo ya mijito”.
Fue como si mi madre hubiera dicho las palabras mágicas. De pronto sentí que me venía subiendo el valor que yo necesitaba desde alguna parte de mi pecho, desde lo más profundo de mi ser; respiré bien hondo mientras comencé a pensar y a articular la respuesta a mi padre, mientras al mismo tiempo sentía que mis mandíbulas y mi boca empezaban a soltarse del candado que las tenia cerradas, y entonces comencé a hablar: “Papacito”, dije; “lo siento mucho pero a usted no le va a gustar lo que le voy a decir”, “de hecho”, agregué; “probablemente usted se va a sentir seriamente decepcionado, y tal vez hasta enojado conmigo, pero, por favor, se lo suplico, por favor, escúcheme cuidadosamente antes de reaccionar”, y casi sin tomar aliento para seguir, continué; “yo no creo ni siento que haya hecho absolutamente nada malo y no haría conscientemente nada que pueda hacerles daño a ustedes mis padres, o al resto de mi familia”. Yo estaba aún medio asustado, pero pude disimular y mantener la calma antes de terminar de exponer mi punto. Estaba yo mismo francamente admirado de la calma que hasta ese momento había empezado a mostrar, no sabía de donde estaba saliendo mi fuerza y mi calma para hablar, pero continué haciendo uso de ambas para concluir. En este momento, lenta, pero firmemente fui exponiéndole a mi padre las razones que me había dado el padre González (a quien mi padre conocía muy bien) en el Seminario para pedirme que no vuelva. Me tomé el tiempo para relatar en detalle toda la conversación con el Superior del Colegio, su expresión de pesar porque tenía que decirme algo que no hubiera querido hacer, les hice saber también los buenos deseos del padre González de Rivera incluyendo sus predicción de que me iría bien en cualquier cosa que decidiera hacer en mi vida, así como las expresiones de afecto de todos mis profesores; y conté también sobre mis premios académicos y mis excelentes calificaciones.
Un silencio total se hizo en el comedor de la casa, mi padre estaba absolutamente inmóvil y con la vista como perdida en el espacio. Mi mamá, Letty y yo nos mirábamos como tratando de adivinar que era lo que iba a pasar, como esperando lo mejor pero sabiendo que podía pasar lo peor. Finalmente mi padre se levantó de su silla y empezó a caminar lentamente alrededor de la mesa, como si estuviera totalmente confundido, estaba pálido, lucia como desesperado y cubría su cara con sus dos manos mientras sacudía su cabeza repetidamente. Después de un par de minutos de silencio y de tensión que me parecieron una eternidad, el hombre se echó a llorar como un niño…
Esa fue la primera vez que vi llorar a mi padre a quien yo siempre admiré por su valentía ante toda clase de dificultades, reveses y peligros. Solo lo vi llorar una vez más, trece años después, en julio de 1969, en el Cementerio General de Guayaquil, cuando el ataúd que contenía los restos de mi madre era introducido en lo que iba a ser su morada final…
En mi próximo Capitulo: A TRABAJAR A LA EDAD DE 14
Para la época de este relato, las tres hijas mujeres ya se habían casado, Letty, como ya lo he dicho antes, tenía una hija adoptiva de cinco años. Mi segunda hermana, Lilita, que también vivía en Guayaquil, tenía ya cuatro hijos, y Florcita, la más joven de las mujeres se había casado mientras yo estaba en el Seminario y estaba esperando su primer bebé. En cuanto a mis tres hermanos varones, el mayor tenía entonces dieciocho años y trabajaba como contador en un almacén de abarrotes mayoristas; Pancho el segundo varón, tenia dieciséis años, estudiaba en el Colegio Nocturno Cesar Boja Lavayen y estaba en el proceso de encontrar un trabajo, mientras que el más joven de mis hermanos, Guido, de once años, estaba aun en la escuela primaria, en Pallatanga, bajo la estricta supervisión de mi madre.
El departamento donde vivía Letty tenía las paredes que separaban un cuarto de otro, hechas con tablas de madera, sus junturas a menudo dejaban rendijas que se disimulaban con papel periódico o simplemente con periódicos usados, pegados con engrudo. Esto permitía que las conversaciones en un cuarto se escucharan en el cuarto de al lado. Mi hermana Letty había escuchado (curiosa, como mujer al fin) la conversación que habíamos sostenido mi mamá y yo aquella mañana, y mientras desayunábamos el acostumbrado café con leche y pan, ella nos lo hizo saber. Nos expresó además su simpatía y su solidaridad con mi causa, al tiempo que nos ofrecía tomar parte y ayudarnos en la conversación que deberíamos tener con mi padre más tarde aquel mismo día.
Letty era la primera hija, y como tal, la hija favorita de mi padre, así que cuando se ofreció a ayudarnos, mi reacción instantánea fue de júbilo: “gracias a Dios, ahora ya somos tres para hablar con mi papa”, pensé para mis adentros. Allí mismo acordamos que íbamos a dejar que mi papa comience con sus preguntas y que entonces seria Letty quien empezaría a hablar, luego lo haría mi mamá y finalmente yo, una vez que el camino hubiese sido “allanado”. Esa iba a ser la estrategia que usaríamos cuando mi papá llegue y tengamos que enfrentar sus preguntas.
Al medio dia regresó mi papá después de visitar a sus clientes en el mercado central, donde había vendido los cereales que traía desde Pallatanga (principalmente lenteja, alverja y frejol). Como era su costumbre y con el respeto que le debía, Letty invitó a mi padre a presidir la mesa. Después de las oraciones y bendiciones de costumbre, de lo cual se encargaba siempre mi madre, el almuerzo fue servido. Sin seguir la vieja costumbre de que yo me sentara inmediatamente a la izquierda de mi padre, esta vez, como buscando escudos humanaos para protegerme, me senté en medio de mi madre y de mi hermana Letty. Inmediatamente comenzamos a almorzar, y esta vez, fiel a su forma directa de hablar, pero sin mostrar rudeza, mi padre comenzó a hablar. “mientras almorzamos”, dijo, y agregó mirándome fijamente a los ojos: “mijo, volvamos a la conversación que anoche tuvimos que interrumpir por tu cansancio”, y siguió; “que es lo que tienes que decirnos Rafico?”, y continuó: “creo que anoche tenias un poco de temor de hablar, no es así?. Por favor, dinos ahora, de una vez por todas lo que tienes que decirnos”.
Como lo habíamos planeado aquella mañana, Letty comenzó a hablar y comenzio: “papacito”, pero fue abruptamente interrumpida por mi padre, quien dijo: “Letty, perdóname pero estoy preguntando a Rafico, no a ti, mijita”. En ese momento mi padre lucia como un severo juez llamando al orden en la sala, interrumpiendo al abogado defensor y pidiendo al acusado que hable por sí mismo. Sus ojos estaban bien abiertos y mirándome fijamente, su mentón en alto y su boca cerrada indicaban que no había espacio para dilataciones. Después de alrededor de un minuto de tenso silencio en la mesa, mi padre volvió a hablar diciendo: “Rafico, por favor, no demoremos mas esta conversación”. Mi corazón se me quería salir del pecho, este me sonaba como el tambor mas grande en un desfile militar; mis manos estaban húmedas y frías mientras mi mandíbulas permanecían cerradas como si estuvieran con candado. Me había quedado completamente mudo. Mi boca simplemente no respondía a las órdenes de mi cerebro.
En ese momento, mi Ángel, mi madre, salió una vez más a mi rescate. Se levantó de la mesa y me sirvió un vaso de agua mientras decía: “No tengas miedo de decirle a tu papá lo que me has explicado a mi esta mañana” mijito, y agregó: “Tu papá te quiere tanto como yo, él es una persona cariñosa, razonable e inteligente, y, tal como yo lo hice esta mañana, también él lo va a entender". y siguió luego, "Vamos, explícale a tu papá lo que tienes que explicarle, hazlo sin temor”, y con su sonrisa de Ángel, como para darme la confianza que yo necesitaba, me miró a los ojos y me dijo “vamos hazlo ya mijito”.
Fue como si mi madre hubiera dicho las palabras mágicas. De pronto sentí que me venía subiendo el valor que yo necesitaba desde alguna parte de mi pecho, desde lo más profundo de mi ser; respiré bien hondo mientras comencé a pensar y a articular la respuesta a mi padre, mientras al mismo tiempo sentía que mis mandíbulas y mi boca empezaban a soltarse del candado que las tenia cerradas, y entonces comencé a hablar: “Papacito”, dije; “lo siento mucho pero a usted no le va a gustar lo que le voy a decir”, “de hecho”, agregué; “probablemente usted se va a sentir seriamente decepcionado, y tal vez hasta enojado conmigo, pero, por favor, se lo suplico, por favor, escúcheme cuidadosamente antes de reaccionar”, y casi sin tomar aliento para seguir, continué; “yo no creo ni siento que haya hecho absolutamente nada malo y no haría conscientemente nada que pueda hacerles daño a ustedes mis padres, o al resto de mi familia”. Yo estaba aún medio asustado, pero pude disimular y mantener la calma antes de terminar de exponer mi punto. Estaba yo mismo francamente admirado de la calma que hasta ese momento había empezado a mostrar, no sabía de donde estaba saliendo mi fuerza y mi calma para hablar, pero continué haciendo uso de ambas para concluir. En este momento, lenta, pero firmemente fui exponiéndole a mi padre las razones que me había dado el padre González (a quien mi padre conocía muy bien) en el Seminario para pedirme que no vuelva. Me tomé el tiempo para relatar en detalle toda la conversación con el Superior del Colegio, su expresión de pesar porque tenía que decirme algo que no hubiera querido hacer, les hice saber también los buenos deseos del padre González de Rivera incluyendo sus predicción de que me iría bien en cualquier cosa que decidiera hacer en mi vida, así como las expresiones de afecto de todos mis profesores; y conté también sobre mis premios académicos y mis excelentes calificaciones.
Un silencio total se hizo en el comedor de la casa, mi padre estaba absolutamente inmóvil y con la vista como perdida en el espacio. Mi mamá, Letty y yo nos mirábamos como tratando de adivinar que era lo que iba a pasar, como esperando lo mejor pero sabiendo que podía pasar lo peor. Finalmente mi padre se levantó de su silla y empezó a caminar lentamente alrededor de la mesa, como si estuviera totalmente confundido, estaba pálido, lucia como desesperado y cubría su cara con sus dos manos mientras sacudía su cabeza repetidamente. Después de un par de minutos de silencio y de tensión que me parecieron una eternidad, el hombre se echó a llorar como un niño…
Esa fue la primera vez que vi llorar a mi padre a quien yo siempre admiré por su valentía ante toda clase de dificultades, reveses y peligros. Solo lo vi llorar una vez más, trece años después, en julio de 1969, en el Cementerio General de Guayaquil, cuando el ataúd que contenía los restos de mi madre era introducido en lo que iba a ser su morada final…
En mi próximo Capitulo: A TRABAJAR A LA EDAD DE 14
Tuesday, January 31, 2012
GUAYAQUIL- CARA A CARA CON MIS PADRES
Con tres largos y estruendosas pitadas, la locomotora anunció que saldríamos de Milagro para seguir nuestro viaje, esta vez sólo nos faltaba una estación (Yaguachi) antes de llegar a la última parada en Duran, donde nos debíamos bajar para tomar el vapor Galápagos, que nos llevaría a través del Rio Guayas a Guayaquil.
Cuando llegamos a Duran, eran alrededor de las cinco y media de la tarde. El clima era fresco y la brisa del caudaloso Guayas lo hacía muy agradable. Tan pronto el tren llegó a Duran, comenzó el movimiento de pasajeros que apresuradamente se dirigían hacia el muelle para encontrar la mejor ubicación posible en el vapor.
Todos los pasajeros del tren pasamos al Galápagos y en media hora estábamos ya esperando su partida hacia el muelle número cinco de Guayaquil. También con varios ruidosos pitos el barco anuncio su salida y a las seis y media de la tarde, cuando empezaban a encenderse las luces de la ciudad al otro lado del rio, el barco partió. Veinte minutos más tarde acoderaba en el muelle después del corto crucero en dirección sur-suroeste y los pasajeros se apresuraban a descender para dirigirse a su destino final.
Durante los veinte minutos del viaje sobre las oscuras aguas del rio Guayas, dos viejos estibadores sentados sobre dos grandes llantas de camión muy cerca de la popa del barco, cantaban con poco ritmo pero con mucha nostalgia, como añorando los viejos tiempos, una canción que habían oído en la Radio Zenit, según ellos, más de veinticinco años atrás. Era el comercial de una bombonería que había estado ubicada en la calle Nueve de Octubre y que decía más o menos así:
”Bombonería tengo yo en el boulevard
Que lo frecuenta lo más chic de la sociedad.
Venga usted y disfrute de nuestro bar
Deje atrás esa carga de soledad,
Y para que usted quede con la satisfacción,
Le daremos un besito y un bombón”
Cantaban a dúo, y con nostalgia decía uno de ellos: “esos eran los viejos tiempos”, y el otro le respondía: “sí, claro, esos eran los buenos tiempos de nuestro Guayaquil antiguo, tiempos que nunca volverán”, y el otro hombre movía su cabeza como mostrándose de acuerdo. Nunca llegue a oír mas esa canción, pero tanto la letra como la melodía se quedaron grabados en mi mente. Esta es la primera vez que lo pongo por escrito, también con melancolía, también yo puedo decir ahora: “esos eran los viejos tiempos, de mi viejo Guayaquil, tiempos idos y que nunca volverán…”
Yo espere que descendiera del barco la masa de gente apresurada y mientras lo hacía, alcancé a ver a lo lejos a mis padres que acompañados de mi hermana Letty me esperaban fuera del muelle. Mi corazón latió aceleradamente por la alegría de llegar, hacia casi nueve meses que no había visto a ningún miembro de mi familia, y ahora estaban allí, esperándome, mi padre, mi madre y mi hermana. Durante esos nueve meses, mi hermana Flor se había casado y pronto tendría su primer hijo.
Cuando desembarqué del Galápagos, mis padres estaban allí para recibirme. Primero me abrasó y me besó repetidamente mi madre, con ese amor profundo que solo ella solía darme, luego me abrasó y me besó mi hermana Letty, y finalmente me abrasó y me besó mi padre. Mientras viajábamos en el taxi que nos conduciría a casa de Letty, mi madre me continúo abrazando, juntando su cabeza con la mía e intentando poner en orden mi siempre desordenada cabellera.
Al llegar a casa, eran más de las siete de la noche, era hora de comer, yo estaba cansado pero tenía mucha hambre, y gracias a Dios, Letty, que siempre fue una excelente cocinera, ya había dejado la comida lista. Yo podía oler el suave y añorado aroma del arroz con menestra, un aroma que no tenía paralelo, olía el plátano frito, y claro, también olía el más exquisito aroma del pan fresco que mi madre había hecho aquella tarde.
Cuando todos nos habíamos sentado en la mesa y habíamos agradecido a Dios por los alimentos que nos íbamos a servir, mi padre, de manera ceremoniosa quiso decir unas palabras: “Demos todos Gracias a Dios por el retorno de nuestro hijo Rafico que ha estado mucho tiempo ausente de nuestra casa y por el destino que EL ha escogido para nuestro hijo” y añadió: ”comamos ya, porque NUESTRO CURITA debe estar hambriento, verdad mijo?”. Sus palabras, que deben haber salido de lo más profundo de su corazón, a mi me sonaron casi sarcásticas, especialmente cuando dijo “NUESTRO CURITA debe estar hambriento…”
Después de más de catorce horas sin comer, yo tenía tanta hambre que no podía esperar más, mis jugos gástricos daban rienda suelta a una danza frenética en mi estomago, así que solo alcancé a decir, “si papacito” (así llamaba yo a mi padre), tengo mucha hambre y estoy muy cansado y quisiera dormir lo antes posible”. De alguna manera yo estaba buscando un milagro que me permitiera evadir el momento de abordar el tema que me angustiaba tanto. Mi temor debe haber sido evidente, tan evidente que mi madre, que siempre, y hasta ahora, después de 43 años de su muerte, yo he creído que podía leer mi mente, pronto vino a mi rescate después de que yo había”devorado” mi arroz con menestra. Ella jugó un momento con sus callosas y cariñosas manos sobre mi cabeza de pelos lacios y necios y me sacó de la mesa; me llevo al baño, donde me ayudo a lavarme los dientes y la cara y me llevó a la cama. “Tienes que descansar hijito”, dijo y me ayudó a vestirme para dormir.
Simulé estar con mucho sueño, luego, como solía hacer siempre con ella, le pedí su bendición antes de acostarme. “Hasta mañana mamita, la bendición” dije y me acosté. Como era su costumbre, ella hizo con su mano derecha una cruz sobre mi frente y dijo: “Que Dios te bendiga siempre mi querido hijito, y que tengas un lindo sueño, hasta mañana, que duermas bien”.
Aquella fue la primera vez que entendí el concepto de la palabra insomnio. Oh Señor, hubiera querido poder abordar un tren volador para irme lejos, muy, muy lejos donde yo pudiera esconder mi deshonra y mi vergüenza, para no tener que enfrentar cara a cara a mis padres con mi mala noticia. Deben haber sido por lo menos las dos de la mañana cuando deje de darme vueltas en la cama y de tener pesadillas hasta que por fin me quedé dormido
.
A las siete y media de la mañana, mi madre vino a mi cama, se sentó en ella y suavemente empezó a sobar mi cabeza con sus dulces manos, como si estuviera tratando de arreglar mi siempre indomable pelo. Repetidamente besó mi cabeza y mis manos hasta que me desperté bien, me besó en mi cabeza y mi frente y luego me abrazó, lo hizo fuertemente, estrechándome contra su pecho, luego me hizo sentar y suavemente, como susurrando, me dijo: “mijo querido, que te está pasando?”: “creo que hay algo muy serio que te está molestando y que no has querido decirnos anoche, pero aquí estoy ahora para escucharte, y me lo vas a decir. Cualquier cosa que sea, por favor dímelo, lo necesito saber, soy tu mama, tienes que contármelo todo, confía en mí. Yo te quiero mucho, puedes estar seguro de eso”.
Mientras ella hablaba yo sentía una mezcla de angustia y esperanza, ella era tan amorosa mientras estaba sentada junto a mí, sin embargo, yo sabía que ella no era precisamente blanda cuando tenía que lidiar con las fechorías infantiles de sus hijos. Finalmente, al ver que había una puerta entreabierta a la esperanza, y que no me quedaba otra alternativa que decir lo que tenía que decir, extraje fuerzas desde dentro de mi alma y empecé a hablar mientras sollozaba: “mamita, yo ya no merezco su amor, le he fallado a usted y a mi familia, ya no merezco sus caricias y su cuidado, ya no soy bueno para la familia, lo siento mucho, pero esa es la verdad, mamita”.
Ella se tomo un par de minutos antes de reaccionar a mis palabras y luego, calmadamente me dijo “porque dices eso mijo querido?”, y agregó, “porqué te juzgas tan severamente a ti mismo? , tienes que decirme que es lo que sientes, porque sientes tanta ansiedad, porqué estas tan preocupado?”. Mientras aun sollozaba y hablando con palabras entrecortadas, finalmente pude articular; “me han dicho en el Seminario que no voy a poder ser un cura, que yo no sería un buen cura y que por eso no podre volver al colegio en el mes de octubre”, luego pausé por un instante y agregué; “mamita, yo pensaba que podía ser un cura, que podía ser un buen cura, pero ahora ya no puedo regresar al Seminario, al colegio que tanto quiero y que voy a extrañar mucho” y con gruesas lagrimas en los ojos agregué: “estoy terminado mamita, no valgo para nada, nuestro sueño de tener un sacerdote en la familia se ha hecho pedazos y nadie tiene la culpa sino sólo yo, y agregué, aun sollozando, “le juro mamita que me hubiera gustado seguir en el seminario y hacerme un cura, porque eso les hubiera hecho felices a usted y a mi papa, así es mamita”, y continúe diciendo “no hay nada en el mundo que yo racionalmente pudiera hacer para hacerle a usted infeliz, usted lo sabe, verdad mamita?”. Mi madre escuchaba con la mayor atención y sus ojos empezaron a brillar como si ella también fuera a llorar. Durante todo este dialogo, mi madre se mantuvo en silencio pero muy atenta y calmada, extremadamente, increíblemente calmada, en mi opinión, casi absurdamente calmada.
Su calma era para mí totalmente inesperada, tan inesperada que yo no la alcanzaba a comprender; sin embargo, muy dentro de mi corazón empecé a sentir que una puerta que conducía a la esperanza empezaba a abrirse, entonces dije para mis adentros “oh Señor, me estas abriendo una puerta para salir de esto sin tener que sufrir más”.
Después de varios minutos de silenciosas caricias y besos, mi madre recomenzó el dialogo y empezó diciendo; “no mijito, yo nunca quise que te hicieras un sacerdote para que me hicieras feliz a mí, yo siempre he querido y le he pedido a Dios que te haga feliz a ti” y agregó a continuación: me habría hecho terriblemente infeliz si tú te hubieras hecho cura y hubieras sido un mal cura”, y agregó inmediatamente: “cálmate hijito querido, todo estará bien, yo no lo entiendo todo todavía, pero ya me lo explicaras, por el momento sólo , tenemos que preparémonos para que podamos hablar con tu papa, y espero que el también, de alguna manera entienda todos esto”. Y continuó; “Me alegro que ahora vamos a ser dos los que hablemos con tu papa” y preguntó inmediatamente, “a propósito mijito, como te fue en los estudios?; estoy segura que te debe haber ido muy bien, verdad?”, “si” le dije, ya más tranquilo y con voz firme, e inmediatamente empecé a buscar en la vieja maletita de madera en la que había traído mis cosas personales, y le mostré los premios académicos y mi libreta de calificaciones. En retorno, mi madre me mostró su más bella sonrisa, esa sonrisa que solo ella solía darme, y me volvió a abrazar y a besar. “Lo sabía”, dijo
Mi padre no estaba esta mañana en casa, eso me facilitó las cosas a mí y supongo que también a mi mama, el había salido al mercado central muy temprano por asuntos de su negocio. Mi papa era un hombre de temperamento muy fuerte, a quien yo amaba pero a la vez temía, pero después de hablar con mi mama, yo sabía que la tendría a ella de mi lado, ya no me sentí solo, la tenía a ella de mi lado, no había en el mundo un mejor aliado para enfrentar lo que se podía venir.
En mi próximo capítulo: COMO FRENTE A UN JUEZ
Cuando llegamos a Duran, eran alrededor de las cinco y media de la tarde. El clima era fresco y la brisa del caudaloso Guayas lo hacía muy agradable. Tan pronto el tren llegó a Duran, comenzó el movimiento de pasajeros que apresuradamente se dirigían hacia el muelle para encontrar la mejor ubicación posible en el vapor.
Todos los pasajeros del tren pasamos al Galápagos y en media hora estábamos ya esperando su partida hacia el muelle número cinco de Guayaquil. También con varios ruidosos pitos el barco anuncio su salida y a las seis y media de la tarde, cuando empezaban a encenderse las luces de la ciudad al otro lado del rio, el barco partió. Veinte minutos más tarde acoderaba en el muelle después del corto crucero en dirección sur-suroeste y los pasajeros se apresuraban a descender para dirigirse a su destino final.
Durante los veinte minutos del viaje sobre las oscuras aguas del rio Guayas, dos viejos estibadores sentados sobre dos grandes llantas de camión muy cerca de la popa del barco, cantaban con poco ritmo pero con mucha nostalgia, como añorando los viejos tiempos, una canción que habían oído en la Radio Zenit, según ellos, más de veinticinco años atrás. Era el comercial de una bombonería que había estado ubicada en la calle Nueve de Octubre y que decía más o menos así:
”Bombonería tengo yo en el boulevard
Que lo frecuenta lo más chic de la sociedad.
Venga usted y disfrute de nuestro bar
Deje atrás esa carga de soledad,
Y para que usted quede con la satisfacción,
Le daremos un besito y un bombón”
Cantaban a dúo, y con nostalgia decía uno de ellos: “esos eran los viejos tiempos”, y el otro le respondía: “sí, claro, esos eran los buenos tiempos de nuestro Guayaquil antiguo, tiempos que nunca volverán”, y el otro hombre movía su cabeza como mostrándose de acuerdo. Nunca llegue a oír mas esa canción, pero tanto la letra como la melodía se quedaron grabados en mi mente. Esta es la primera vez que lo pongo por escrito, también con melancolía, también yo puedo decir ahora: “esos eran los viejos tiempos, de mi viejo Guayaquil, tiempos idos y que nunca volverán…”
Yo espere que descendiera del barco la masa de gente apresurada y mientras lo hacía, alcancé a ver a lo lejos a mis padres que acompañados de mi hermana Letty me esperaban fuera del muelle. Mi corazón latió aceleradamente por la alegría de llegar, hacia casi nueve meses que no había visto a ningún miembro de mi familia, y ahora estaban allí, esperándome, mi padre, mi madre y mi hermana. Durante esos nueve meses, mi hermana Flor se había casado y pronto tendría su primer hijo.
Cuando desembarqué del Galápagos, mis padres estaban allí para recibirme. Primero me abrasó y me besó repetidamente mi madre, con ese amor profundo que solo ella solía darme, luego me abrasó y me besó mi hermana Letty, y finalmente me abrasó y me besó mi padre. Mientras viajábamos en el taxi que nos conduciría a casa de Letty, mi madre me continúo abrazando, juntando su cabeza con la mía e intentando poner en orden mi siempre desordenada cabellera.
Al llegar a casa, eran más de las siete de la noche, era hora de comer, yo estaba cansado pero tenía mucha hambre, y gracias a Dios, Letty, que siempre fue una excelente cocinera, ya había dejado la comida lista. Yo podía oler el suave y añorado aroma del arroz con menestra, un aroma que no tenía paralelo, olía el plátano frito, y claro, también olía el más exquisito aroma del pan fresco que mi madre había hecho aquella tarde.
Cuando todos nos habíamos sentado en la mesa y habíamos agradecido a Dios por los alimentos que nos íbamos a servir, mi padre, de manera ceremoniosa quiso decir unas palabras: “Demos todos Gracias a Dios por el retorno de nuestro hijo Rafico que ha estado mucho tiempo ausente de nuestra casa y por el destino que EL ha escogido para nuestro hijo” y añadió: ”comamos ya, porque NUESTRO CURITA debe estar hambriento, verdad mijo?”. Sus palabras, que deben haber salido de lo más profundo de su corazón, a mi me sonaron casi sarcásticas, especialmente cuando dijo “NUESTRO CURITA debe estar hambriento…”
Después de más de catorce horas sin comer, yo tenía tanta hambre que no podía esperar más, mis jugos gástricos daban rienda suelta a una danza frenética en mi estomago, así que solo alcancé a decir, “si papacito” (así llamaba yo a mi padre), tengo mucha hambre y estoy muy cansado y quisiera dormir lo antes posible”. De alguna manera yo estaba buscando un milagro que me permitiera evadir el momento de abordar el tema que me angustiaba tanto. Mi temor debe haber sido evidente, tan evidente que mi madre, que siempre, y hasta ahora, después de 43 años de su muerte, yo he creído que podía leer mi mente, pronto vino a mi rescate después de que yo había”devorado” mi arroz con menestra. Ella jugó un momento con sus callosas y cariñosas manos sobre mi cabeza de pelos lacios y necios y me sacó de la mesa; me llevo al baño, donde me ayudo a lavarme los dientes y la cara y me llevó a la cama. “Tienes que descansar hijito”, dijo y me ayudó a vestirme para dormir.
Simulé estar con mucho sueño, luego, como solía hacer siempre con ella, le pedí su bendición antes de acostarme. “Hasta mañana mamita, la bendición” dije y me acosté. Como era su costumbre, ella hizo con su mano derecha una cruz sobre mi frente y dijo: “Que Dios te bendiga siempre mi querido hijito, y que tengas un lindo sueño, hasta mañana, que duermas bien”.
Aquella fue la primera vez que entendí el concepto de la palabra insomnio. Oh Señor, hubiera querido poder abordar un tren volador para irme lejos, muy, muy lejos donde yo pudiera esconder mi deshonra y mi vergüenza, para no tener que enfrentar cara a cara a mis padres con mi mala noticia. Deben haber sido por lo menos las dos de la mañana cuando deje de darme vueltas en la cama y de tener pesadillas hasta que por fin me quedé dormido
.
A las siete y media de la mañana, mi madre vino a mi cama, se sentó en ella y suavemente empezó a sobar mi cabeza con sus dulces manos, como si estuviera tratando de arreglar mi siempre indomable pelo. Repetidamente besó mi cabeza y mis manos hasta que me desperté bien, me besó en mi cabeza y mi frente y luego me abrazó, lo hizo fuertemente, estrechándome contra su pecho, luego me hizo sentar y suavemente, como susurrando, me dijo: “mijo querido, que te está pasando?”: “creo que hay algo muy serio que te está molestando y que no has querido decirnos anoche, pero aquí estoy ahora para escucharte, y me lo vas a decir. Cualquier cosa que sea, por favor dímelo, lo necesito saber, soy tu mama, tienes que contármelo todo, confía en mí. Yo te quiero mucho, puedes estar seguro de eso”.
Mientras ella hablaba yo sentía una mezcla de angustia y esperanza, ella era tan amorosa mientras estaba sentada junto a mí, sin embargo, yo sabía que ella no era precisamente blanda cuando tenía que lidiar con las fechorías infantiles de sus hijos. Finalmente, al ver que había una puerta entreabierta a la esperanza, y que no me quedaba otra alternativa que decir lo que tenía que decir, extraje fuerzas desde dentro de mi alma y empecé a hablar mientras sollozaba: “mamita, yo ya no merezco su amor, le he fallado a usted y a mi familia, ya no merezco sus caricias y su cuidado, ya no soy bueno para la familia, lo siento mucho, pero esa es la verdad, mamita”.
Ella se tomo un par de minutos antes de reaccionar a mis palabras y luego, calmadamente me dijo “porque dices eso mijo querido?”, y agregó, “porqué te juzgas tan severamente a ti mismo? , tienes que decirme que es lo que sientes, porque sientes tanta ansiedad, porqué estas tan preocupado?”. Mientras aun sollozaba y hablando con palabras entrecortadas, finalmente pude articular; “me han dicho en el Seminario que no voy a poder ser un cura, que yo no sería un buen cura y que por eso no podre volver al colegio en el mes de octubre”, luego pausé por un instante y agregué; “mamita, yo pensaba que podía ser un cura, que podía ser un buen cura, pero ahora ya no puedo regresar al Seminario, al colegio que tanto quiero y que voy a extrañar mucho” y con gruesas lagrimas en los ojos agregué: “estoy terminado mamita, no valgo para nada, nuestro sueño de tener un sacerdote en la familia se ha hecho pedazos y nadie tiene la culpa sino sólo yo, y agregué, aun sollozando, “le juro mamita que me hubiera gustado seguir en el seminario y hacerme un cura, porque eso les hubiera hecho felices a usted y a mi papa, así es mamita”, y continúe diciendo “no hay nada en el mundo que yo racionalmente pudiera hacer para hacerle a usted infeliz, usted lo sabe, verdad mamita?”. Mi madre escuchaba con la mayor atención y sus ojos empezaron a brillar como si ella también fuera a llorar. Durante todo este dialogo, mi madre se mantuvo en silencio pero muy atenta y calmada, extremadamente, increíblemente calmada, en mi opinión, casi absurdamente calmada.
Su calma era para mí totalmente inesperada, tan inesperada que yo no la alcanzaba a comprender; sin embargo, muy dentro de mi corazón empecé a sentir que una puerta que conducía a la esperanza empezaba a abrirse, entonces dije para mis adentros “oh Señor, me estas abriendo una puerta para salir de esto sin tener que sufrir más”.
Después de varios minutos de silenciosas caricias y besos, mi madre recomenzó el dialogo y empezó diciendo; “no mijito, yo nunca quise que te hicieras un sacerdote para que me hicieras feliz a mí, yo siempre he querido y le he pedido a Dios que te haga feliz a ti” y agregó a continuación: me habría hecho terriblemente infeliz si tú te hubieras hecho cura y hubieras sido un mal cura”, y agregó inmediatamente: “cálmate hijito querido, todo estará bien, yo no lo entiendo todo todavía, pero ya me lo explicaras, por el momento sólo , tenemos que preparémonos para que podamos hablar con tu papa, y espero que el también, de alguna manera entienda todos esto”. Y continuó; “Me alegro que ahora vamos a ser dos los que hablemos con tu papa” y preguntó inmediatamente, “a propósito mijito, como te fue en los estudios?; estoy segura que te debe haber ido muy bien, verdad?”, “si” le dije, ya más tranquilo y con voz firme, e inmediatamente empecé a buscar en la vieja maletita de madera en la que había traído mis cosas personales, y le mostré los premios académicos y mi libreta de calificaciones. En retorno, mi madre me mostró su más bella sonrisa, esa sonrisa que solo ella solía darme, y me volvió a abrazar y a besar. “Lo sabía”, dijo
Mi padre no estaba esta mañana en casa, eso me facilitó las cosas a mí y supongo que también a mi mama, el había salido al mercado central muy temprano por asuntos de su negocio. Mi papa era un hombre de temperamento muy fuerte, a quien yo amaba pero a la vez temía, pero después de hablar con mi mama, yo sabía que la tendría a ella de mi lado, ya no me sentí solo, la tenía a ella de mi lado, no había en el mundo un mejor aliado para enfrentar lo que se podía venir.
En mi próximo capítulo: COMO FRENTE A UN JUEZ
Wednesday, January 25, 2012
EN LA RUTA HACIA A GUAYAQUIL
DESAFIANDO LOS ANDESEN LA NARIZ DEL DIABLO
De pronto comenzamos a descender por la “Nariz del Diablo” , en una operación en la que el tren avanza un kilometro hacia adelante en la estrecha ruta abierta en la sólida roca, a la vez que va descendiendo en una fuerte pendiente para luego de hacer un cambio, dar retro otro kilometro casi hasta llegar a la distancia del punto de inicio continuando su descenso, para luego hacer nuevamente el cambio y retomar la ruta hacia adelante hasta llegar a la estación de Tixan, que es la estación al fondo de La Nariz del Diablo, a unos seiscientos metros debajo de la cima de la imponente roca desde donde se inicio el descenso.
Fue sólo la más avanzada técnica de ingeniería de construcción de ferrocarriles de finales del siglo XIX la que hizo posible la construcción de La Nariz del Diablo. Al llegar abajo, junto al rio Chan Chan, en la estación de Tixan, la temperatura y la humedad son dramáticamente diferentes a las que se sentían unos minutos antes cuando comenzamos el descenso por esa monumental obra de ingeniería ferrocarrilera
En solo unos pocos minutos todo cambia, la vegetación, la temperatura, el paisaje en general son distintos, se siente que ya no estás en La Sierra, que estás entrando al trópico, a la Costa cálida y húmeda. En Tixan la locomotora se reabastece de agua para continuar el viaje de descenso. Ahora viene la ruta llena de curvas y de puentes sobre el rio que serpenteante y rugiendo baja por la montaña. La próxima estación es Huigra, también un pintoresco pueblo de clima muy agradable, donde a las once y media de la mañana las siempre presentes vendedoras, en voz alta anuncian “un caldo de gallina calientito”, que algunos pasajeros lo compran y se lo sirven en tres o cuatro minutos.

EL TREN LLEGA A BUCAY
Unos sesenta kilómetros y unos quince pequeños puentes sobre el Chan Chan más adelante, a la una de la tarde el tren llegó a la estación de Bucay, ya en la provincia del Guayas, apenas a 100 metros sobre el nivel del mar y a 100 kilómetros de Guayaquil. Habíamos llegado al llano costeño, al trópico exuberante, cálido y húmedo, a ese trópico que había sido poblado por migrantes de la Sierra, ansiosos de trabajar, de producir, de labrarse ellos y labrar para sus hijos un mejor futuro que el que les ofrecía su tierra natal en la sierra. Después de cuatro horas más de viaje llegaremos a Duran, la estación final del tren donde tomaremos un barco para llegar a Guayaquil, la bella, la gran ciudad que “manso lame el caudaloso Guayas”, la capital económica del Ecuador y mi destino final en este viaje.
En Bucay el tren hizo una parada especial de media hora, para cambiar la tripulación y la locomotora, esta es la que nos llevara hasta Guayaquil, ella es más liviana, menos poderosa pero mas veloz, es de color rojo y está preparada para viajar en el llano costeño, con temperaturas más altas, con pocas y no pronunciadas curvas y sin subidas y bajadas que le impidan tomar velocidad. Bucay es la estación donde los pasajeros pueden bajarse, extender un poco sus piernas después de seis horas de viaje, y almorzar. Las vendedoras de almuerzos hacen su agosto aquí, igual que las vendedoras de plátanos “oritos”, esos plátanos pequeñitos que ahora los gringos llaman “lady fingers” o deditos de dama, por su tamaño y por su dulzura.

LA LOCOMOTORA ROJA QUE HALA
EL TREN DE BUCAY A GUAYAQUIL
A la una y media de la tarde, con locomotora y tripulación frescas, el tren partió de nuevo hacia su destino final. Después de una serie de paradas de pocos minutos en varios pueblitos de la ruta, y a alrededor de las tres y media de la tarde, paramos en la ciudad de Milagro, una ciudad relativamente grande, la cuarta más grande del Ecuador, productora piñas y de azúcar. La bulla que producen los vendedores de toda clase de productos de la costa es casi ensordecedora, pero las que se llevan el premio por el “marketing” de su producto son las vendedoras de piñas. “A UN PAR DE PINAAAASSS” es el grito que más se escucha, ellas ofrecen las piñas mas dulces, grandes y hermosas de todo el país, ellas saben que su producto es bueno y empujan su venta a pulmón lleno, tienen unos quince minutos para hacerlo y aprovechan cada uno de ellos al máximo.
Milagro era (y sigue siendo hoy) una ciudad agroindustrial de una actividad muy intensa. Es el centro azucarero del Ecuador, allí, o muy cerca de allí estan los dos ingenios más grandes del país, complejos industriales que ocupan a miles de obreros agrícolas provenientes de varias provincias del país, que se encargan de cultivar, cuidar y cosechar la caña de azúcar con sus callosas manos y sus afilados machetes.
Al llegar el tiempo de la zafra o cosecha de la caña (a finales de mayo o principios de junio), los canteros de caña son quemados en lo que es realmente un incendio forestal bajo control, para eliminar las hojas y dejar solo el tronco de la caña, que es el que contiene la sacarosa de donde se extrae el azúcar. Luego comienza el proceso de corte de los troncos de la caña, el mismo que se hacía entonces a puro machete manejado por los trabajadores manuales. La caña es transportada en camiones o pequeños ferrocarriles al ingenio azucarero o centro industrial, donde es molida en inmensos molinos llamados trapiches, para extraer el jugo que luego se lo hierve a altas temperaturas y se mezcla con pequeños volúmenes de azufre. Esta mezcla pasa luego por un proceso al vacío para granular y “blanquear” el producto que sale de allí a unos grandes depósitos a granel, desde donde sale el producto para ser ensacado y embarcado a los mercados de todo el país. Todos estos procesos eran entonces casi puramente manuales y daban empleo a miles de obreros.
A más del azúcar, la zona de Milagro ha sido desde hace mucho tiempo la productora estrella de la piña tradicional del Ecuador, piña muy grande y muy dulce, de color amarillo anaranjado por fuera y muy blanco por dentro, y muy jugosa. Una piña de Milagro puede llegar a pesar hasta cinco libras y sin lugar a dudas puede servir de postre para una familia de seis a ocho personas.
Los anuncios hechos a voz muy alta por las mujeres vendedoras de piña que entraban y salían del tren no podían ser ignorados por nadie, ni siquiera por mí, que estaba abstraído en mis propios pensamientos y temores; además, a mi me gustaban mucho las piñas y a toda mi familia también, así que decidí comprar un par de esas piñas y me gaste casi la mitad de mis reservas de capital. Pagué cuatro de los diez sucres que “atesoraba” en mi bolsillo. Ese sería el regalo que yo llevaría a mi hermana Letty, en cuya casa, mis padres, que estaban visitándola por unos días, estarían esperándome aquel dia.
Mi hermana Letty era una bella mujer trigueña de mas o menos un metro cincuenta y cinco de estatura, de ojos cafés muy grandes y vivaces, con pestañas largas suavemente curvadas, tenía un corazón y alma cariñosos y puros, de pelo negro lacio y fino, con labios rosados y blanquísimos dientes que hacían de su sonrisa, siempre a flor de labios, un poema a la vida. Ella tenía entonces unos 32 años, se había casado el año que yo nací (1942), y vivía desde hacía catorce años con su marido y su hija María (“Marujita”), en el piso bajo de una vieja casa de madera, de tres pisos, de propiedad de su suegra que estaba ubicada en el numero 639 de la calle Luque en Guayaquil. Cuando nuestros padres la visitaban (cosa que ocurría una o dos veces al año y por no más de dos semana cada vez, casi siempre por razones de salud), Letty les asignaba un cuarto de su apartamento para ellos. Allí es donde yo llegaría aquel dia de julio de 1956, cuando regresaba del Seminario sin chance a volver.
Letty estaba casada con un hombre unos años mayor que ella, sin profesión conocida y con un espíritu poco predispuesto al trabajo. Su hobby era acostarse en la hamaca todo el largo dia. Después de algunos años de matrimonio, Letty no había podido concebir un niño, y los médicos le habían indicado que no lo podría hacer en el futuro, así que su marido se había dedicado a una búsqueda frenética de una mujer para tener un hijo. En esto tuvo éxito y en el año 1949, le trajo a mi hermana una niña que había tenido en una de sus aventuras extramatrimoniales. Mi hermana acogió a la niña como solo una verdadera madre puede hacerlo, y la inscribió en Registro Civil como su propia hija, y así la crió y la quiso, dedicándole todo el amor y la dulzura que solo una verdadera madre puede dar a un hijo. Esa niña era Marujita, a quien toda nuestra familia adoptó también como si fuera de nuestra propia sangre. Unos años después, su esposo repitió la “proeza” y le trajo a mi hermana un niño de casi un año, al que Letty volvió a adoptar, a querer y criar como si fuera su propio hijo, con todo el amor y la dedicación que solo una madre de verdad puede dar a un hijo. En el fondo de su actitud de amor y de dedicación a la crianza de los hijos de su marido, debe haber habido una especie de “compensación” por ella debió sentirse culpable de no haber podido darle descendencia a su marido, a quien ella quería entrañablemente y por quien evidentemente no era bien correspondida.
Casi cuarenta años después, en 1992, con cincuenta años de matrimonio, mi hermana Letty, en su lecho de muerte me pidió que después de su partida final, yo me encargara de cuidar a su viejo y desgastado marido. Que Dios Todopoderoso me perdone, en ese momento no pude decir a mi hermana que no lo haría, pero en ningún momento sentí deseos de ayudar a este malvado hombre que se comporto tan despiadadamente mal con ella. Sé que no fue noble, pero no lo hice, no es ni ha sido nunca mi estilo el negarle ayuda a quien la necesita, pero no lo ayudé, no me salía del alma hacerlo, creo que fue una forma de mostrarle a este hombre que al final de cuentas todos debemos pagar las deudas que contrajimos en la vida, y la de él con mi hermana era muy grande.
No me siento culpable por no haberlo hecho! Este hombre murió en 1994, solo un par de años después que mi hermana.
En mi proximo capitulo: GUAYAQUIL-CARA A CARA CON MIS PADRES
Subscribe to:
Posts (Atom)