Wednesday, February 8, 2012

UN AMIGO PARA TODA LA VIDA

Mi trabajo era entregar el pan fresco de cada dia a las tiendas de un sector de la ciudad, muy temprano en la mañana. Comenzaba las entregas a las 5:30, todos los días (excepto el domingo), y luego debía cobrar a nuestros clientes por la entrega del dia anterior. Las fundas de pan que se entregaban contenían un valor de entre 10 y 20 sucres. Al comienzo tuve ciertas dificultades para pedalear una pesada bicicleta que al frente tenía una canasta metálica que sostenía la canasta de mimbre que contenía las fundas de pan, la bicicleta era demasiado grande para mí, pero me las arreglé para mover ese vehículo con su carga y, al poco tiempo lo hacía sin dificultad. Encontré que el trabajo era difícil, pero que representaba un desafío que había que vencer, y por eso me empezó a gustar y pronto lo hice bien!
Cumpliendo con mi tarea conocí a mucha gente, adultos casi todos, muchos con mujer e hijos que trabajaban en la misma tienda, esta gente había estado en el mismo sitio por diez, quince o veinte años, y algunos por más de una generación. Eran parte importante de su barrio, conocían a toda la gente de su calle, eran muy trabajadores, algunos de ellos tenían muy poca o ninguna educación formal, pero eran gente profundamente honesta. Ellos notaron que yo era muy joven, quizás demasiado joven y pequeño para hacer el trabajo que estaba haciendo, pero apreciaban y admiraban el hecho de que siendo tan joven y pequeño, trabajara tan temprano y además fuera al colegio por las noches, ninguno de estos hombres y mujeres trató nunca de desanimarme de lo que yo hacía, por el contrario, ellos me daban ánimo para seguir adelante, sembrando la semilla para cosechar más tarde un mejor futuro.

A eso de las siete yo hacia mi última entrega de la mañana, pero a las once volvía a las calles a hacer la segunda entrega del dia, que terminaba a las 12:30PM, a la hora de irme a descansar después de haber cumplido una jornada de intenso trabajo. Mientras tanto, entre entrega y entrega, seguía haciendo limpieza de la panadería.
Mi trabajo era duro, pero a la vez era agradable. Una de las tiendas a las que yo entregaba el pan por la mañana estaba localizada en la esquina nor-occidental de las calles Portete y Chile, era de propiedad de un hombre solitario, don Pedro Quevedo, un hombre viudo que nunca había tenido hijos y que era un fanático del futbol, cuya tienda estaba a solo una cuadra del barrio del Astillero, la cuna de los dos equipos de futbol más populares de Guayaquil. Don Pedro, más que un aficionado al futbol, era un súper fanático de Emelec, el archi rival de Barcelona, el equipo más popular de la ciudad. Este hombre estaba siempre enfrascado en conversaciones con sus clientes acerca del futbol y de Emelec, hablaba de lo extraordinarios que eran los jugadores de su equipo, entre ellos “el “flaco” Raffo, el “loco Balseca”, el “chino” Ciprino Yu Lee, entre otros.
Don Pedro siempre estaba enfrascado en conversaciones y a veces en discusiones acaloradas sobre el último partido o acerca del próximo. Lo cierto es que el tema para él nunca se agotaba. Su vida giraba alrededor de un circulo que solo incluía su tienda, el futbol como deporte y por cierto, el Emelec, el equipo de sus amores. Sus discusiones con los fanáticos de Barcelona eran interminables.

Por esa época, a pesar de que yo había siempre amado y practicado el futbol como deporte, aun no había desarrollado una afición clara sobre ninguno de los equipos de la ciudad, así que don Pedro vio que había la posibilidad de influir para que me hiciera un hincha de su equipo. Un dia viernes, mientras le entregaba el pan de la mañana, me entrego, junto con el dinero del pan del dia anterior, una entrada para el partido del domingo, en el estadio Capwell, que quedaba a unas pocas cuadras de la tienda de don Pedro. Hecho esto, don Pedro me sugirió que nos encontráramos el domingo, a la entrada del estadio, para poder ver juntos el partido. El partido era nada menos que el clásico del Astillero, en el que se enfrentaban Emelec y Barcelona disputando la punta del campeonato local de futbol.
Así lo hice. El dia del partido, a pesar de que llegamos unos cuarenta y cinco minutos antes del inicio del partido, el estadio, que tenía una capacidad para quince mil espectadores, estaba ya completamente lleno y ya no cabía ni un alfiler parado en las graderías del lado de la calle Quito, así que tuvimos que dar la vuelta y buscar un asiento en la parte más baja de las graderías, del lado de la calle Pio Montufar. El juego comenzó a las seis en punto de la tarde. Yo me sentía emocionado, nunca había visto una multitud tan grande en un espacio tan pequeño y menos en un ambiente de tensionada emoción como la que se podía sentir aquella tarde y noche.
Las luces se prendieron a eso de las seis y media de la tarde y me sentí transportado a otro mundo, en un estadio iluminado, con miles de aficionados llenando el estadio y gritando sin cesar para alentar al equipo de sus amores. El estadio me parecía inmensamente grande, gigantesco. El ruido de las barras, el sonido retumbante de los tambores podría haberse oído a kilómetros de distancia. Las barras estaban divididas en partes casi iguales, los hinchas del Barcelona vestían camisas amarillas y los de Emelec, que blandían sus banderas azules al viento, vestían camisas azul celeste, los colores de la camisa de su equipo.

El partido era vibrante, los dos equipos atacaban sin cesar, y se defendían con orden. Al final de los primeros cuarenta y cinco minutos del partido, Barcelona le había sacado una ventaja de un gol al Emelec. Don Pedro, que nunca dejó de alentar a su equipo, se pasó los quince minutos de descanso, discutiendo sobre que el gol de Barcelona debió haber sido anulado por una posición fuera de juego de uno de los jugadores atacantes. Poca o ninguna atención le prestaban los hinchas que estaban cerca de nosotros, y cuando me preguntó a mi si estaba de acuerdo, me limité a decirle que no me había fijado en ese detalle porque la jugada había sido demasiado rápida. Don Pedro debe haber estado equivocado, porque los periódicos del dia siguiente no mencionaron siquiera el supuesto off side, y tampoco lo hicieron los comentaristas deportivos esa noche.
Al comenzar el segundo tiempo del partido, las barras intensificaron los gritos de aliento a sus equipos, la multitud estaba en un estado de semi locura. Unos diez minutos después de iniciada la segunda etapa, Emelec igualó el score mediante un soberbio gol ejecutado por “el flaco Raffo” tras una linda combinación entre “el Loco” Balseca y Raffo, el goleador del equipo. Fue una obra maestra de endiablado dribbling del número siete de Emelec, el inolvidable “loco” que dejó en el suelo al defensor de Barcelona encargado de cuidarlo y cuando vio la posición descubierta de su compañero Raffo, hizo el pase preciso para que el goleador fusilara al arquero de Barcelona que quedó en el piso, mordiendo el polvo y golpeando el suelo con sus manos en señal de rabia y frustración. Un Golazo para el recuerdo. Locura en el estadio, las graderías de madera vibraban tanto que parecía que iban a colapsar; las banderas azules echadas al viento parecían olas del mar embravecido. Era el éxtasis en el estadio Capwell, el único estadio de la ciudad, y el estadio del equipo de Emelec.
Con el partido empatado a un gol por bando, don Pedro estaba eufórico, saltaba de su asiento en cada ocasión que un jugador de Emelec hacia un buen pase. En un momento de calma, se volvió hacia mí y me dijo con voz enronquecida; “ya ves Rafael, cuando estos dos jugadores deciden jugar su mejor futbol, no hay nadie, pero nadie que pueda detenerlos”.
Los minutos avanzaban y el estadio era una verdadera caldera hirviendo, era como un manicomio lleno de locos eufóricos. Cuando faltaba solo unos pocos minutos para concluir el partido, un defensor del Barcelona cometió una falta contra el “flaco” Raffo y lo derribó dentro de la zona de las dieciocho yardas cuando el goleador se apretaba a fusilar nuevamente al portero. Sin dudar un solo instante pero ante las protestas de los jugadores y los hinchas del equipo amarillo, el árbitro del partido decretó la pena máxima. El propio “flaco” se encargó de ejecutar y convertir e gol, dejando sin chance al guardapalos amarillo. Un par de minutos después finalizó el partido, ganó Emelec por 2-1 y en cuestión de cuatro o cinco minutos el estadio quedó solo con hinchas de camisas azules que eufóricos festejaban la victoria y hacían mofa de sus oponentes. Los amarillos habían salido del estadio sin mirar hacia atrás y deseando no haber venido al estadio.
Nunca vi a don Pedro tan feliz como aquella noche. Ese fue el dia en que me convertí en hincha de Emelec y así se lo hice saber a don Pedro, el estaba tan contento que me ofreció comprar las entradas a todos los clásicos del Astillero de allí en adelante por el resto del campeonato. “tú vas a ser mi compañero para venir al estadio a todos los clásicos de aquí en adelante”, me dijo, y yo complacido acepté su oferta. Ese dia aprendí una gran lección y gané un amigo para toda la vida.
Don Pedro era un hombre solitario, sencillo, de alma muy noble y corazón de abuelo, que había encontrado un refugio para su soledad en su amor por el futbol y por Emelec, el equipo que sin ninguna duda hubiera dado la vida por siempre verlo victorioso. Don Pedro tenía unos cincuenta años y había perdido a su mujer a los cuarenta y cinco. Nunca tuvo hijos y desesperadamente necesitaba tener un verdadero amigo.
Después de la muerte de su esposa, Emelec se convirtió en la razón de su vida. Yo me convertí en el amigo verdadero que el necesitaba. Veinte años más tarde, el dia que me gradué con los máximos honores como economista en la Universidad de Guayaquil, le invite a venir a la ceremonia de mi graduación, y, a pesar de que entonces ya estaba muy enfermo, asistió al paraninfo de la Universidad, y, mientras me abrazaba y sollozaba de la emoción, me dijo que con mucho orgullo se sentía feliz de verme cerca de la cima a donde el siempre creyó que yo llegaría. Me dijo que en cierta forma el me veía como al hijo que nunca tuvo y que siempre quiso tener. Don Pedro murió en el Hospital Luis Vernaza solo unos dos meses después de mi graduación y a su funeral solo asistieron once personas, entre ellos yo. Los demás acompañantes en el velorio eran vecinos del barrio del Astillero.
Esa fue la primera vez que sentí que había perdido un gran amigo, un amigo que nunca olvidare.

En mi próximo capítulo: ENAMORADO POR PRIMERA VEZ

A TRABAJAR A LA EDAD DE 14

Mientras tanto, mi mamá y Letty, sentadas en la mesa, conmigo de por medio, se miraban entre si y me miraban de reojo, sin saber que decir o que hacer. De repente yo me levanté y caminé directo hacia mi padre con mis brazos abiertos y mirándolo a los ojos; el me recibió en sus brazos, nos abrazamos fuertemente y mientras lo hacíamos, el me besaba en mi cabeza y en mis orejas mientras sollozando me decía: “mijito, yo te quiero mucho”. Entonces, yo también comencé a llorar a lágrima viva mientras apretaba a mi padre en un abrazo profundo, en un abrazo que no necesitaba palabras para expresar mis sentimientos. Ya más tranquilos todos, mi padre se sentó en su puesto y me sentó en sus piernas, en la misma forma en que solía hacerlo cuando quería compartir conmigo su plato cuando yo tenía cinco años.
Lloramos por algunos minutos, y con sus ojos aun enrojecidos por el llanto pero con voz calmada y aun musitando me dijo: “hijito, no sé lo que vamos a hacer contigo, no sé lo que va a pasar, pero quiero que sepas que te quiero y te queremos todos por lo que eres, y no por lo que pudieras haber sido”, y continuó hablando; “tenemos que ver, tenemos que hablar con el resto de la familia y encontrar alguna solución que sea buena para ti”. Inmediatamente después, como despertando de una pesadilla y buscando un puente para acomodarse a la cruda realidad, mi padre continuó hablando, y esta vez muy tranquilo me dijo: “ bueno mijo, ahora muéstreme esos diplomas y la libreta de calificaciones del colegio, vamos mijo!, vaya buscarlos que yo quiero verlos, necesito verlos!”
Una decisión acerca de mi futuro debía tomarse muy pronto, porque mis padres debían regresar a Pallatanga y a su vida normal en nuestro pueblo. Para todos nosotros estaba bien claro que mis padres no tenían los recursos para matricularme en un colegio comparable al que yo ya no podía volver, pero, no sólo eso, sino que en Guayaquil no había un colegio comparable, ni siquiera en el resto del país, por lo tanto, era claro que yo no podría volver a un colegio como el Seminario. No obstante, también era claro para casi todos que yo debía continuar mis estudios secundarios, el no hacerlo, simplemente no era una alternativa aceptable para nadie en la familia. Mi madre nos había metido en la cabeza desde que éramos muy pequeños, la idea de que la única forma de subir la escalera de la vida era a través del estudio y que el hacerlo no era una opción, sino una obligación sin alternativa.
La idea que alguna vez mi padre había sugerido (mas por su deseo de tenerme cerca a que por privarnos de la educación), de que volviera a vivir en Pallatanga ayudándole a él en sus variadas actividades, nunca fue aceptable para mi madre, y en este campo, era la opinión de ella la que siempre prevalecía, gracias a su convicción profunda, a su sutil pero firme forma de encaminar sus ideas, y a que, a la postre, era ella la que se encargaba de pagar los costos. Mi padre en cambio solía pensar que volver al pueblo y convertirme en agricultor o comerciante, no era más que seguir una tradición de generaciones y no había nada de malo en ello; después de todo, el decía, “yo soy agricultor, mis padres fueron agricultores, mis abuelos y mas antepasados lo fueron, entonces, porque no?”, y una vez añadió “yo estaré siempre junto a él, no solo como padre, sino como tutor, estoy seguro que Rafico puede hacerse un buen agricultor, o un buen comerciante”.
Mi mamá en cambio estaba radicalmente opuesta a la idea de que yo retornara a vivir en Pallatanga y me hiciera un agricultor, para ella, regresar a Pallatanga era como regresar a la “edad media después de haber vivido en la edad moderna. En los siguientes dos días se discutió el asunto en un concilio familiar más amplio en el que participaron mis padres y mis tres hermanas mayores como consejeras, al cabo de los cuales era claro, y se llego al consenso de que la única alternativa posible era que yo encontrara un trabajo que me permitiera auto sustentarme y estudiar en un colegio nocturno al mismo tiempo, y que había que buscar ese trabajo inmediatamente.
No iba a ser fácil, simplemente porque encontrar un trabajo nunca ha sido fácil en nuestro país, pero era aun más difícil encontrarle un trabajo a un adolescente, casi un niño de 14 años, un trabajo en el que me pudiera desempeñar bien y me permitiera ganar suficiente para poder auto mantenerme y a la vez me permitiera ser un estudiante a tiempo completo en un colegio nocturno.
Dos días después y gracias a mi hermana Lilita y su esposo Lolo, pudimos ver una luz al final del túnel. Ellos estaban casados desde hacían seis años y tenían ya cuatro hijos. Lolo era el dueño de una panadería en el centro de Guayaquil, casi en la esquina de la avenida Colon y la calle Chimborazo, a solo unas dos cuadras de la vieja casona de la Universidad de Guayaquil. Mi hermana Lilita se ofreció voluntariamente a hablar con su esposo para ver si él me podía emplear a tiempo complete en su panadería.
Casi inmediatamente Lilita nos hizo saber que por coincidencia, Lolo estaba buscando una persona que a partir de las cuatro y media de la mañana hiciera diariamente el trabajo de barrido y limpieza de la panadería, limpieza de sus vitrinas y perchas, y el arreglo del pan recién salido del horno, en las vitrinas, para su venta a partir de las 5:30 de la mañana que era la hora de llegada de los clientes más madrugadores que venían a comprar el pan y la leche para su desayuno.
El trabajo incluía la limpieza de las refrigeradoras donde se almacenaba la leche que se vendía junto con el pan de la mañana. El trabajo estaba hecho casi como un anillo al dedo para mí, porque este me permitiría estudiar en la noche y trabajar en el dia. El horario era de 4:30 AM a 12:30PM, mi sueldo seria ciento cincuenta sucres mensuales, e incluía alojamiento y comida en la casa de mi hermana, a sólo dos cuadras de la Panadería “La Delicia”.
Bingo!, ya tenía trabajo y podía comenzar inmediatamente. Este trabajo me calzaba como un guante. Mi dia comenzaría muy temprano, pero también terminaría temprano, me permitiría hacer una siesta para completar mis seis horas de sueño y luego hacer mis tareas escolares, estudiar, y luego asistir al colegio nocturno cuyas clases se iniciaban a las siete de la noche y terminaban a las once. Ahora había que buscar un colegio que me aceptara cuando casi se acababa el primer trimestre escolar y así no perdería un año con el cambio de la Sierra a la Costa. Lo encontramos, sería el Colegio particular Eloy Alfaro, Sección Nocturna, donde mi hermana Letty era profesora de primaria en la sección diurna. La pensión mensual era de $50, que yo la podía pagar con mi sueldazo.
No me sentí como haber conseguido el mejor trabajo del mundo o como haber alcanzado el cielo con la mano pero me sentí muy contento de poder seguir mis estudios y ser autosuficiente. Alli termino terminó abruptamente mi niñez y comenzó mi vida de adulto con todas sus responsabilidades; comenzaba muy temprano, cosa que al común de los mortales no le ocurría sino bien pasados los veinte años y terminados los estudios secundarios.
El colegio escogido era bueno, mis compañeros en el tercer año eran jóvenes adultos de más de dieciocho años que también habían comenzado temprano sus vidas de trabajo. Lo mejor de este colegio era el profesor de matemáticas, el emblemático don Nicolás Escandón, famoso en todo Guayaquil por su capacidad para enseñar las matemáticas, y, también por su temperamento fuerte. Escandón, que había sido en su juventud un “Hermano Cristiano de La Salle”, era un hombre de muy baja estatura, que trabajaba un promedio de doce horas diarias como profesor en varios colegios de la ciudad y se daba el lujo de corregir diariamente y en el más grande detalle, los deberes de más de trescientos estudiantes de la ciudad. Nunca nadie llegó a descifrar su secreto de resistencia al trabajo y de capacidad para el detalle. En Escandón encontré el profesor que necesitaba para desarrollar mi innata capacidad para las matemáticas y las ciencias exactas.
Mi trabajo, era muy fuerte, especialmente debido a que tenía que levantarme muy temprano. Los niños de la edad que yo tenia entonces, normalmente duermen desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana, esto es, entre ocho y nueve horas. Yo podía dormir apenas cuatro horas, y, mientras las madres despiertan a sus hijos con abrazos y con besos, yo debía levantarme a las cuatro de la mañana a la voz de mi cuñado Lolo que golpeando la puerta de mi cuarto fuertemente decía: “Rafico, YA!, era una sola llamada y yo debía estar listo en quince minutos para salir con él a la panadería, todos los días, de lunes a sábado (domingo descansaba). Algunas veces llegué a odiar esa voz…Rafico YA!, que me sonaba como “despierta ocioso que ya es hora de trabajar!”, o algo parecido. No ha pasado esa frase al archivo de mis frases favoritas, pero ella me recuerda del viejo refrán que dice “al que madruga Dios le ayuda”, que en esos días, yo prefería pensar más bien en el otro refrán que dice “no por mucho madrugar amanece más temprano!
No me tomó mucho tiempo aprender mi trabajo. Al final de la cuarta semana ya estaba haciendo eficientemente todo lo que se me había enseñado a hacer, y todo aquello que se me pedía hacer aunque no fuera parte de mi trabajo. En realidad las tareas asignadas las hacía en la mitad del tiempo asignado. Fue por esta época que el hombre encargado del triciclo de reparto de pan a las tiendas se enfermó y dejó de asistir a su trabajo.
Lolo, mi cuñado, entonces pensó que yo, a pesar de mis cortas piernas y mi edad, podría sustituir temporalmente al “mono Rivera” el repartidor del pan. Lolo me pidió que lo intentara, y lo hice, pero creo que no tenía alternativa. Hubo que bajar el asiento de la bicicleta hasta donde no daba más, y tuve que extremar mis fuerzas para manejar el triciclo, pero lo hice!, y por varias semanas, hasta que el “mono Rivera” regresara a su trabajo, yo fui el repartidor de pan de “la Delicia”. De repente me encontré a mi mismo en las calles de Guayaquil, manejando un triciclo hecho para ser manejado por un adulto, cargando una enorme canasta llena de fundas de pan y entregándolas de tienda en tienda a lo largo de las calles Chimborazo (a la ida) y Chile (al regreso, comenzando a las cinco de la mañana y terminando a las seis y media. Mi destino de viajero empezaba a tomar forma!
The old U of G building at Chile St. in 1930. This was the point of start of my route to deliver bread in my tricycle when I was 14

Así es como yo comencé mi Carrera como un chico conocedor de los detalles y lo trucos de las calles de Guayaquil. Mi trabajo requería muchas cosas, pero entre las más importantes, requería saber tratar y manejarse con adultos que tenían varias veces mi edad, algunos de los cuales no eran muy educados ni conocían la palabra cortesía, pero todos, sin distinción eran gente honesta, gente trabajadora, gente sacrificada, la mayoría de ellos eran serranos que habían venido a Guayaquil desde muy jóvenes, que amaban a su tierra pero querían mucho a Guayaquil, porque allí ellos se formaron, porque allí hicieron sus familias, porque allí estaban sus hijos educándose y formándose como hombres de bien, sin prejuicios y de vergüenza de sus orígenes humildes, tal como yo...
Yo tenía que manejarme con números para hacer las cuentas y cobrarles lo justo; yo tenía que ser paciente, debía ser puntual (el pan que llegaba tarde no lo aceptaban): tomé mis primeras lecciones de diplomacia cuando tenía que reírme de un mal chiste o tenía que aguantarme una palabra o una expresión grosera dirigida hacia mi cuando insistía en cobrar lo que me debían. Fue aquí donde empecé a aprender el lenguaje de la calle, la lengua de la gente común, de los barrios de Guayaquil. Esta fue para mí, la universidad de la vida, en su más genuina expresión.
Para la mayoría de la gente con quien yo trataba, su condición de dueño de una pequeña tiendita en la gran ciudad de Guayaquil era como la realización de un sueño, era el punto de partida para dejar atrás las pobrezas y las limitaciones del pasado, era el pasaporte para que sus hijos pudieran educarse en la gran ciudad, era el puente estrecho y peligroso que les permitiría a sus hijos pasar a una nueva vida, llena de desafíos pero también de esperanzas, era el precio para obtener la visa para que sus hijos entraran a la universidad.
En Guayaquil hay miles de exitosos profesionales médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, economistas y otros profesionales cuyos padres fueron parte de ese grupo humano con quien yo trataba allá, en la segunda mitad de la década de los cincuenta. La mayoría de estas gentes eran serranos por nacimiento, de origen humilde, generalmente agricultores que venían de todas las provincias de la Sierra, dejando atrás a sus padres y al resto de sus familias, estaban orgullosos de su origen serrano, y sin embargo eran guayaquileños de corazón genuinamente guayaquileños que amaban la ciudad que los acogió, porque era su destino escogido. Guayaquil era su nueva casa y entonces era lo que hoy y siempre ha sido, una ciudad luchadora, rebelde, industriosa, orgullosa de su pasado y forjadora diaria de su gran futuro.

Yo era uno más de ellos, excepto que nunca aspiré a ser dueño de una tienda. Por alguna razón que debe estar enraizada en los genes de mi madre, siempre aspiré a ser parte de un mundo más ancho, de un mundo sin límites visibles, donde solo el cielo era el limite, y yo sabía que para llegar a eso había un solo camino, un camino que no estaba sembrado de flores, un camino que sería difícil, que comenzaba con trabajo muy fuerte y que exigía cada vez más sacrificios. Allí estaba la semilla, era solo cuestión de tiempo y sacrificio para que germinara, y ya había comenzado a germinar, solo faltaba darle tiempo, sangre, sudor y lagrimas...

En mi proximo capitulo:

Saturday, February 4, 2012

FRENTE AL JUEZ

La nuestra era una familia de nueve; nuestros padres y siete hijos, tres mujeres y cuatro varones. Todas las hijas mujeres habían nacido antes que los cuatro varones. Mi padre amaba muchísimo a sus hijos, sin lugar a dudas, pero no lo recuerdo a él excesivamente afectuoso o tierno con sus hijos varones. Por otro lado, el siempre fue muy tierno y cariñoso con sus hijas mujeres. Su falta de ternura en el trato con sus hijos, posiblemente se originaba en la forma en que a él lo criaron, y especialmente a la influencia de su tío Juan Celio. Es probable que el pensara que darles ternura a los hijos varones era un asunto de su maima, que el padre no debía hacerlo porque hubiera sido como darles una señal de debilidad, y “la debilidad (en aquellos tiempos), era una cosa de mujeres”. Según el decir de aquellos días, “Los varones DEBEN ser criados duros, fuertes y valientes”, y ciertamente, sin ninguna duda, a nosotros nos criaron así.
Para la época de este relato, las tres hijas mujeres ya se habían casado, Letty, como ya lo he dicho antes, tenía una hija adoptiva de cinco años. Mi segunda hermana, Lilita, que también vivía en Guayaquil, tenía ya cuatro hijos, y Florcita, la más joven de las mujeres se había casado mientras yo estaba en el Seminario y estaba esperando su primer bebé. En cuanto a mis tres hermanos varones, el mayor tenía entonces dieciocho años y trabajaba como contador en un almacén de abarrotes mayoristas; Pancho el segundo varón, tenia dieciséis años, estudiaba en el Colegio Nocturno Cesar Boja Lavayen y estaba en el proceso de encontrar un trabajo, mientras que el más joven de mis hermanos, Guido, de once años, estaba aun en la escuela primaria, en Pallatanga, bajo la estricta supervisión de mi madre.
El departamento donde vivía Letty tenía las paredes que separaban un cuarto de otro, hechas con tablas de madera, sus junturas a menudo dejaban rendijas que se disimulaban con papel periódico o simplemente con periódicos usados, pegados con engrudo. Esto permitía que las conversaciones en un cuarto se escucharan en el cuarto de al lado. Mi hermana Letty había escuchado (curiosa, como mujer al fin) la conversación que habíamos sostenido mi mamá y yo aquella mañana, y mientras desayunábamos el acostumbrado café con leche y pan, ella nos lo hizo saber. Nos expresó además su simpatía y su solidaridad con mi causa, al tiempo que nos ofrecía tomar parte y ayudarnos en la conversación que deberíamos tener con mi padre más tarde aquel mismo día.
Letty era la primera hija, y como tal, la hija favorita de mi padre, así que cuando se ofreció a ayudarnos, mi reacción instantánea fue de júbilo: “gracias a Dios, ahora ya somos tres para hablar con mi papa”, pensé para mis adentros. Allí mismo acordamos que íbamos a dejar que mi papa comience con sus preguntas y que entonces seria Letty quien empezaría a hablar, luego lo haría mi mamá y finalmente yo, una vez que el camino hubiese sido “allanado”. Esa iba a ser la estrategia que usaríamos cuando mi papá llegue y tengamos que enfrentar sus preguntas.
Al medio dia regresó mi papá después de visitar a sus clientes en el mercado central, donde había vendido los cereales que traía desde Pallatanga (principalmente lenteja, alverja y frejol). Como era su costumbre y con el respeto que le debía, Letty invitó a mi padre a presidir la mesa. Después de las oraciones y bendiciones de costumbre, de lo cual se encargaba siempre mi madre, el almuerzo fue servido. Sin seguir la vieja costumbre de que yo me sentara inmediatamente a la izquierda de mi padre, esta vez, como buscando escudos humanaos para protegerme, me senté en medio de mi madre y de mi hermana Letty. Inmediatamente comenzamos a almorzar, y esta vez, fiel a su forma directa de hablar, pero sin mostrar rudeza, mi padre comenzó a hablar. “mientras almorzamos”, dijo, y agregó mirándome fijamente a los ojos: “mijo, volvamos a la conversación que anoche tuvimos que interrumpir por tu cansancio”, y siguió; “que es lo que tienes que decirnos Rafico?”, y continuó: “creo que anoche tenias un poco de temor de hablar, no es así?. Por favor, dinos ahora, de una vez por todas lo que tienes que decirnos”.

Como lo habíamos planeado aquella mañana, Letty comenzó a hablar y comenzio: “papacito”, pero fue abruptamente interrumpida por mi padre, quien dijo: “Letty, perdóname pero estoy preguntando a Rafico, no a ti, mijita”. En ese momento mi padre lucia como un severo juez llamando al orden en la sala, interrumpiendo al abogado defensor y pidiendo al acusado que hable por sí mismo. Sus ojos estaban bien abiertos y mirándome fijamente, su mentón en alto y su boca cerrada indicaban que no había espacio para dilataciones. Después de alrededor de un minuto de tenso silencio en la mesa, mi padre volvió a hablar diciendo: “Rafico, por favor, no demoremos mas esta conversación”. Mi corazón se me quería salir del pecho, este me sonaba como el tambor mas grande en un desfile militar; mis manos estaban húmedas y frías mientras mi mandíbulas permanecían cerradas como si estuvieran con candado. Me había quedado completamente mudo. Mi boca simplemente no respondía a las órdenes de mi cerebro.
En ese momento, mi Ángel, mi madre, salió una vez más a mi rescate. Se levantó de la mesa y me sirvió un vaso de agua mientras decía: “No tengas miedo de decirle a tu papá lo que me has explicado a mi esta mañana” mijito, y agregó: “Tu papá te quiere tanto como yo, él es una persona cariñosa, razonable e inteligente, y, tal como yo lo hice esta mañana, también él lo va a entender". y siguió luego, "Vamos, explícale a tu papá lo que tienes que explicarle, hazlo sin temor”, y con su sonrisa de Ángel, como para darme la confianza que yo necesitaba, me miró a los ojos y me dijo “vamos hazlo ya mijito”.
Fue como si mi madre hubiera dicho las palabras mágicas. De pronto sentí que me venía subiendo el valor que yo necesitaba desde alguna parte de mi pecho, desde lo más profundo de mi ser; respiré bien hondo mientras comencé a pensar y a articular la respuesta a mi padre, mientras al mismo tiempo sentía que mis mandíbulas y mi boca empezaban a soltarse del candado que las tenia cerradas, y entonces comencé a hablar: “Papacito”, dije; “lo siento mucho pero a usted no le va a gustar lo que le voy a decir”, “de hecho”, agregué; “probablemente usted se va a sentir seriamente decepcionado, y tal vez hasta enojado conmigo, pero, por favor, se lo suplico, por favor, escúcheme cuidadosamente antes de reaccionar”, y casi sin tomar aliento para seguir, continué; “yo no creo ni siento que haya hecho absolutamente nada malo y no haría conscientemente nada que pueda hacerles daño a ustedes mis padres, o al resto de mi familia”. Yo estaba aún medio asustado, pero pude disimular y mantener la calma antes de terminar de exponer mi punto. Estaba yo mismo francamente admirado de la calma que hasta ese momento había empezado a mostrar, no sabía de donde estaba saliendo mi fuerza y mi calma para hablar, pero continué haciendo uso de ambas para concluir. En este momento, lenta, pero firmemente fui exponiéndole a mi padre las razones que me había dado el padre González (a quien mi padre conocía muy bien) en el Seminario para pedirme que no vuelva. Me tomé el tiempo para relatar en detalle toda la conversación con el Superior del Colegio, su expresión de pesar porque tenía que decirme algo que no hubiera querido hacer, les hice saber también los buenos deseos del padre González de Rivera incluyendo sus predicción de que me iría bien en cualquier cosa que decidiera hacer en mi vida, así como las expresiones de afecto de todos mis profesores; y conté también sobre mis premios académicos y mis excelentes calificaciones.
Un silencio total se hizo en el comedor de la casa, mi padre estaba absolutamente inmóvil y con la vista como perdida en el espacio. Mi mamá, Letty y yo nos mirábamos como tratando de adivinar que era lo que iba a pasar, como esperando lo mejor pero sabiendo que podía pasar lo peor. Finalmente mi padre se levantó de su silla y empezó a caminar lentamente alrededor de la mesa, como si estuviera totalmente confundido, estaba pálido, lucia como desesperado y cubría su cara con sus dos manos mientras sacudía su cabeza repetidamente. Después de un par de minutos de silencio y de tensión que me parecieron una eternidad, el hombre se echó a llorar como un niño…

Esa fue la primera vez que vi llorar a mi padre a quien yo siempre admiré por su valentía ante toda clase de dificultades, reveses y peligros. Solo lo vi llorar una vez más, trece años después, en julio de 1969, en el Cementerio General de Guayaquil, cuando el ataúd que contenía los restos de mi madre era introducido en lo que iba a ser su morada final…

En mi próximo Capitulo: A TRABAJAR A LA EDAD DE 14

Tuesday, January 31, 2012

GUAYAQUIL- CARA A CARA CON MIS PADRES

Con tres largos y estruendosas pitadas, la locomotora anunció que saldríamos de Milagro para seguir nuestro viaje, esta vez sólo nos faltaba una estación (Yaguachi) antes de llegar a la última parada en Duran, donde nos debíamos bajar para tomar el vapor Galápagos, que nos llevaría a través del Rio Guayas a Guayaquil.
Cuando llegamos a Duran, eran alrededor de las cinco y media de la tarde. El clima era fresco y la brisa del caudaloso Guayas lo hacía muy agradable. Tan pronto el tren llegó a Duran, comenzó el movimiento de pasajeros que apresuradamente se dirigían hacia el muelle para encontrar la mejor ubicación posible en el vapor.
Todos los pasajeros del tren pasamos al Galápagos y en media hora estábamos ya esperando su partida hacia el muelle número cinco de Guayaquil. También con varios ruidosos pitos el barco anuncio su salida y a las seis y media de la tarde, cuando empezaban a encenderse las luces de la ciudad al otro lado del rio, el barco partió. Veinte minutos más tarde acoderaba en el muelle después del corto crucero en dirección sur-suroeste y los pasajeros se apresuraban a descender para dirigirse a su destino final.

Durante los veinte minutos del viaje sobre las oscuras aguas del rio Guayas, dos viejos estibadores sentados sobre dos grandes llantas de camión muy cerca de la popa del barco, cantaban con poco ritmo pero con mucha nostalgia, como añorando los viejos tiempos, una canción que habían oído en la Radio Zenit, según ellos, más de veinticinco años atrás. Era el comercial de una bombonería que había estado ubicada en la calle Nueve de Octubre y que decía más o menos así:
”Bombonería tengo yo en el boulevard
Que lo frecuenta lo más chic de la sociedad.
Venga usted y disfrute de nuestro bar
Deje atrás esa carga de soledad,
Y para que usted quede con la satisfacción,
Le daremos un besito y un bombón”
Cantaban a dúo, y con nostalgia decía uno de ellos: “esos eran los viejos tiempos”, y el otro le respondía: “sí, claro, esos eran los buenos tiempos de nuestro Guayaquil antiguo, tiempos que nunca volverán”, y el otro hombre movía su cabeza como mostrándose de acuerdo. Nunca llegue a oír mas esa canción, pero tanto la letra como la melodía se quedaron grabados en mi mente. Esta es la primera vez que lo pongo por escrito, también con melancolía, también yo puedo decir ahora: “esos eran los viejos tiempos, de mi viejo Guayaquil, tiempos idos y que nunca volverán…”

Yo espere que descendiera del barco la masa de gente apresurada y mientras lo hacía, alcancé a ver a lo lejos a mis padres que acompañados de mi hermana Letty me esperaban fuera del muelle. Mi corazón latió aceleradamente por la alegría de llegar, hacia casi nueve meses que no había visto a ningún miembro de mi familia, y ahora estaban allí, esperándome, mi padre, mi madre y mi hermana. Durante esos nueve meses, mi hermana Flor se había casado y pronto tendría su primer hijo.
Cuando desembarqué del Galápagos, mis padres estaban allí para recibirme. Primero me abrasó y me besó repetidamente mi madre, con ese amor profundo que solo ella solía darme, luego me abrasó y me besó mi hermana Letty, y finalmente me abrasó y me besó mi padre. Mientras viajábamos en el taxi que nos conduciría a casa de Letty, mi madre me continúo abrazando, juntando su cabeza con la mía e intentando poner en orden mi siempre desordenada cabellera.

Al llegar a casa, eran más de las siete de la noche, era hora de comer, yo estaba cansado pero tenía mucha hambre, y gracias a Dios, Letty, que siempre fue una excelente cocinera, ya había dejado la comida lista. Yo podía oler el suave y añorado aroma del arroz con menestra, un aroma que no tenía paralelo, olía el plátano frito, y claro, también olía el más exquisito aroma del pan fresco que mi madre había hecho aquella tarde.

Cuando todos nos habíamos sentado en la mesa y habíamos agradecido a Dios por los alimentos que nos íbamos a servir, mi padre, de manera ceremoniosa quiso decir unas palabras: “Demos todos Gracias a Dios por el retorno de nuestro hijo Rafico que ha estado mucho tiempo ausente de nuestra casa y por el destino que EL ha escogido para nuestro hijo” y añadió: ”comamos ya, porque NUESTRO CURITA debe estar hambriento, verdad mijo?”. Sus palabras, que deben haber salido de lo más profundo de su corazón, a mi me sonaron casi sarcásticas, especialmente cuando dijo “NUESTRO CURITA debe estar hambriento…”

Después de más de catorce horas sin comer, yo tenía tanta hambre que no podía esperar más, mis jugos gástricos daban rienda suelta a una danza frenética en mi estomago, así que solo alcancé a decir, “si papacito” (así llamaba yo a mi padre), tengo mucha hambre y estoy muy cansado y quisiera dormir lo antes posible”. De alguna manera yo estaba buscando un milagro que me permitiera evadir el momento de abordar el tema que me angustiaba tanto. Mi temor debe haber sido evidente, tan evidente que mi madre, que siempre, y hasta ahora, después de 43 años de su muerte, yo he creído que podía leer mi mente, pronto vino a mi rescate después de que yo había”devorado” mi arroz con menestra. Ella jugó un momento con sus callosas y cariñosas manos sobre mi cabeza de pelos lacios y necios y me sacó de la mesa; me llevo al baño, donde me ayudo a lavarme los dientes y la cara y me llevó a la cama. “Tienes que descansar hijito”, dijo y me ayudó a vestirme para dormir.

Simulé estar con mucho sueño, luego, como solía hacer siempre con ella, le pedí su bendición antes de acostarme. “Hasta mañana mamita, la bendición” dije y me acosté. Como era su costumbre, ella hizo con su mano derecha una cruz sobre mi frente y dijo: “Que Dios te bendiga siempre mi querido hijito, y que tengas un lindo sueño, hasta mañana, que duermas bien”.

Aquella fue la primera vez que entendí el concepto de la palabra insomnio. Oh Señor, hubiera querido poder abordar un tren volador para irme lejos, muy, muy lejos donde yo pudiera esconder mi deshonra y mi vergüenza, para no tener que enfrentar cara a cara a mis padres con mi mala noticia. Deben haber sido por lo menos las dos de la mañana cuando deje de darme vueltas en la cama y de tener pesadillas hasta que por fin me quedé dormido
.
A las siete y media de la mañana, mi madre vino a mi cama, se sentó en ella y suavemente empezó a sobar mi cabeza con sus dulces manos, como si estuviera tratando de arreglar mi siempre indomable pelo. Repetidamente besó mi cabeza y mis manos hasta que me desperté bien, me besó en mi cabeza y mi frente y luego me abrazó, lo hizo fuertemente, estrechándome contra su pecho, luego me hizo sentar y suavemente, como susurrando, me dijo: “mijo querido, que te está pasando?”: “creo que hay algo muy serio que te está molestando y que no has querido decirnos anoche, pero aquí estoy ahora para escucharte, y me lo vas a decir. Cualquier cosa que sea, por favor dímelo, lo necesito saber, soy tu mama, tienes que contármelo todo, confía en mí. Yo te quiero mucho, puedes estar seguro de eso”.

Mientras ella hablaba yo sentía una mezcla de angustia y esperanza, ella era tan amorosa mientras estaba sentada junto a mí, sin embargo, yo sabía que ella no era precisamente blanda cuando tenía que lidiar con las fechorías infantiles de sus hijos. Finalmente, al ver que había una puerta entreabierta a la esperanza, y que no me quedaba otra alternativa que decir lo que tenía que decir, extraje fuerzas desde dentro de mi alma y empecé a hablar mientras sollozaba: “mamita, yo ya no merezco su amor, le he fallado a usted y a mi familia, ya no merezco sus caricias y su cuidado, ya no soy bueno para la familia, lo siento mucho, pero esa es la verdad, mamita”.

Ella se tomo un par de minutos antes de reaccionar a mis palabras y luego, calmadamente me dijo “porque dices eso mijo querido?”, y agregó, “porqué te juzgas tan severamente a ti mismo? , tienes que decirme que es lo que sientes, porque sientes tanta ansiedad, porqué estas tan preocupado?”. Mientras aun sollozaba y hablando con palabras entrecortadas, finalmente pude articular; “me han dicho en el Seminario que no voy a poder ser un cura, que yo no sería un buen cura y que por eso no podre volver al colegio en el mes de octubre”, luego pausé por un instante y agregué; “mamita, yo pensaba que podía ser un cura, que podía ser un buen cura, pero ahora ya no puedo regresar al Seminario, al colegio que tanto quiero y que voy a extrañar mucho” y con gruesas lagrimas en los ojos agregué: “estoy terminado mamita, no valgo para nada, nuestro sueño de tener un sacerdote en la familia se ha hecho pedazos y nadie tiene la culpa sino sólo yo, y agregué, aun sollozando, “le juro mamita que me hubiera gustado seguir en el seminario y hacerme un cura, porque eso les hubiera hecho felices a usted y a mi papa, así es mamita”, y continúe diciendo “no hay nada en el mundo que yo racionalmente pudiera hacer para hacerle a usted infeliz, usted lo sabe, verdad mamita?”. Mi madre escuchaba con la mayor atención y sus ojos empezaron a brillar como si ella también fuera a llorar. Durante todo este dialogo, mi madre se mantuvo en silencio pero muy atenta y calmada, extremadamente, increíblemente calmada, en mi opinión, casi absurdamente calmada.

Su calma era para mí totalmente inesperada, tan inesperada que yo no la alcanzaba a comprender; sin embargo, muy dentro de mi corazón empecé a sentir que una puerta que conducía a la esperanza empezaba a abrirse, entonces dije para mis adentros “oh Señor, me estas abriendo una puerta para salir de esto sin tener que sufrir más”.

Después de varios minutos de silenciosas caricias y besos, mi madre recomenzó el dialogo y empezó diciendo; “no mijito, yo nunca quise que te hicieras un sacerdote para que me hicieras feliz a mí, yo siempre he querido y le he pedido a Dios que te haga feliz a ti” y agregó a continuación: me habría hecho terriblemente infeliz si tú te hubieras hecho cura y hubieras sido un mal cura”, y agregó inmediatamente: “cálmate hijito querido, todo estará bien, yo no lo entiendo todo todavía, pero ya me lo explicaras, por el momento sólo , tenemos que preparémonos para que podamos hablar con tu papa, y espero que el también, de alguna manera entienda todos esto”. Y continuó; “Me alegro que ahora vamos a ser dos los que hablemos con tu papa” y preguntó inmediatamente, “a propósito mijito, como te fue en los estudios?; estoy segura que te debe haber ido muy bien, verdad?”, “si” le dije, ya más tranquilo y con voz firme, e inmediatamente empecé a buscar en la vieja maletita de madera en la que había traído mis cosas personales, y le mostré los premios académicos y mi libreta de calificaciones. En retorno, mi madre me mostró su más bella sonrisa, esa sonrisa que solo ella solía darme, y me volvió a abrazar y a besar. “Lo sabía”, dijo

Mi padre no estaba esta mañana en casa, eso me facilitó las cosas a mí y supongo que también a mi mama, el había salido al mercado central muy temprano por asuntos de su negocio. Mi papa era un hombre de temperamento muy fuerte, a quien yo amaba pero a la vez temía, pero después de hablar con mi mama, yo sabía que la tendría a ella de mi lado, ya no me sentí solo, la tenía a ella de mi lado, no había en el mundo un mejor aliado para enfrentar lo que se podía venir.

En mi próximo capítulo: COMO FRENTE A UN JUEZ

Wednesday, January 25, 2012

EN LA RUTA HACIA A GUAYAQUIL

DESAFIANDO LOS ANDES
EN LA NARIZ DEL DIABLO

De pronto comenzamos a descender por la “Nariz del Diablo” , en una operación en la que el tren avanza un kilometro hacia adelante en la estrecha ruta abierta en la sólida roca, a la vez que va descendiendo en una fuerte pendiente para luego de hacer un cambio, dar retro otro kilometro casi hasta llegar a la distancia del punto de inicio continuando su descenso, para luego hacer nuevamente el cambio y retomar la ruta hacia adelante hasta llegar a la estación de Tixan, que es la estación al fondo de La Nariz del Diablo, a unos seiscientos metros debajo de la cima de la imponente roca desde donde se inicio el descenso.
Fue sólo la más avanzada técnica de ingeniería de construcción de ferrocarriles de finales del siglo XIX la que hizo posible la construcción de La Nariz del Diablo. Al llegar abajo, junto al rio Chan Chan, en la estación de Tixan, la temperatura y la humedad son dramáticamente diferentes a las que se sentían unos minutos antes cuando comenzamos el descenso por esa monumental obra de ingeniería ferrocarrilera
En solo unos pocos minutos todo cambia, la vegetación, la temperatura, el paisaje en general son distintos, se siente que ya no estás en La Sierra, que estás entrando al trópico, a la Costa cálida y húmeda. En Tixan la locomotora se reabastece de agua para continuar el viaje de descenso. Ahora viene la ruta llena de curvas y de puentes sobre el rio que serpenteante y rugiendo baja por la montaña. La próxima estación es Huigra, también un pintoresco pueblo de clima muy agradable, donde a las once y media de la mañana las siempre presentes vendedoras, en voz alta anuncian “un caldo de gallina calientito”, que algunos pasajeros lo compran y se lo sirven en tres o cuatro minutos.


EL TREN LLEGA A BUCAY

Unos sesenta kilómetros y unos quince pequeños puentes sobre el Chan Chan más adelante, a la una de la tarde el tren llegó a la estación de Bucay, ya en la provincia del Guayas, apenas a 100 metros sobre el nivel del mar y a 100 kilómetros de Guayaquil. Habíamos llegado al llano costeño, al trópico exuberante, cálido y húmedo, a ese trópico que había sido poblado por migrantes de la Sierra, ansiosos de trabajar, de producir, de labrarse ellos y labrar para sus hijos un mejor futuro que el que les ofrecía su tierra natal en la sierra. Después de cuatro horas más de viaje llegaremos a Duran, la estación final del tren donde tomaremos un barco para llegar a Guayaquil, la bella, la gran ciudad que “manso lame el caudaloso Guayas”, la capital económica del Ecuador y mi destino final en este viaje.
En Bucay el tren hizo una parada especial de media hora, para cambiar la tripulación y la locomotora, esta es la que nos llevara hasta Guayaquil, ella es más liviana, menos poderosa pero mas veloz, es de color rojo y está preparada para viajar en el llano costeño, con temperaturas más altas, con pocas y no pronunciadas curvas y sin subidas y bajadas que le impidan tomar velocidad. Bucay es la estación donde los pasajeros pueden bajarse, extender un poco sus piernas después de seis horas de viaje, y almorzar. Las vendedoras de almuerzos hacen su agosto aquí, igual que las vendedoras de plátanos “oritos”, esos plátanos pequeñitos que ahora los gringos llaman “lady fingers” o deditos de dama, por su tamaño y por su dulzura.


LA LOCOMOTORA ROJA QUE HALA
EL TREN DE BUCAY A GUAYAQUIL

A la una y media de la tarde, con locomotora y tripulación frescas, el tren partió de nuevo hacia su destino final. Después de una serie de paradas de pocos minutos en varios pueblitos de la ruta, y a alrededor de las tres y media de la tarde, paramos en la ciudad de Milagro, una ciudad relativamente grande, la cuarta más grande del Ecuador, productora piñas y de azúcar. La bulla que producen los vendedores de toda clase de productos de la costa es casi ensordecedora, pero las que se llevan el premio por el “marketing” de su producto son las vendedoras de piñas. “A UN PAR DE PINAAAASSS” es el grito que más se escucha, ellas ofrecen las piñas mas dulces, grandes y hermosas de todo el país, ellas saben que su producto es bueno y empujan su venta a pulmón lleno, tienen unos quince minutos para hacerlo y aprovechan cada uno de ellos al máximo.
Milagro era (y sigue siendo hoy) una ciudad agroindustrial de una actividad muy intensa. Es el centro azucarero del Ecuador, allí, o muy cerca de allí estan los dos ingenios más grandes del país, complejos industriales que ocupan a miles de obreros agrícolas provenientes de varias provincias del país, que se encargan de cultivar, cuidar y cosechar la caña de azúcar con sus callosas manos y sus afilados machetes.
Al llegar el tiempo de la zafra o cosecha de la caña (a finales de mayo o principios de junio), los canteros de caña son quemados en lo que es realmente un incendio forestal bajo control, para eliminar las hojas y dejar solo el tronco de la caña, que es el que contiene la sacarosa de donde se extrae el azúcar. Luego comienza el proceso de corte de los troncos de la caña, el mismo que se hacía entonces a puro machete manejado por los trabajadores manuales. La caña es transportada en camiones o pequeños ferrocarriles al ingenio azucarero o centro industrial, donde es molida en inmensos molinos llamados trapiches, para extraer el jugo que luego se lo hierve a altas temperaturas y se mezcla con pequeños volúmenes de azufre. Esta mezcla pasa luego por un proceso al vacío para granular y “blanquear” el producto que sale de allí a unos grandes depósitos a granel, desde donde sale el producto para ser ensacado y embarcado a los mercados de todo el país. Todos estos procesos eran entonces casi puramente manuales y daban empleo a miles de obreros.
A más del azúcar, la zona de Milagro ha sido desde hace mucho tiempo la productora estrella de la piña tradicional del Ecuador, piña muy grande y muy dulce, de color amarillo anaranjado por fuera y muy blanco por dentro, y muy jugosa. Una piña de Milagro puede llegar a pesar hasta cinco libras y sin lugar a dudas puede servir de postre para una familia de seis a ocho personas.
Los anuncios hechos a voz muy alta por las mujeres vendedoras de piña que entraban y salían del tren no podían ser ignorados por nadie, ni siquiera por mí, que estaba abstraído en mis propios pensamientos y temores; además, a mi me gustaban mucho las piñas y a toda mi familia también, así que decidí comprar un par de esas piñas y me gaste casi la mitad de mis reservas de capital. Pagué cuatro de los diez sucres que “atesoraba” en mi bolsillo. Ese sería el regalo que yo llevaría a mi hermana Letty, en cuya casa, mis padres, que estaban visitándola por unos días, estarían esperándome aquel dia.
Mi hermana Letty era una bella mujer trigueña de mas o menos un metro cincuenta y cinco de estatura, de ojos cafés muy grandes y vivaces, con pestañas largas suavemente curvadas, tenía un corazón y alma cariñosos y puros, de pelo negro lacio y fino, con labios rosados y blanquísimos dientes que hacían de su sonrisa, siempre a flor de labios, un poema a la vida. Ella tenía entonces unos 32 años, se había casado el año que yo nací (1942), y vivía desde hacía catorce años con su marido y su hija María (“Marujita”), en el piso bajo de una vieja casa de madera, de tres pisos, de propiedad de su suegra que estaba ubicada en el numero 639 de la calle Luque en Guayaquil. Cuando nuestros padres la visitaban (cosa que ocurría una o dos veces al año y por no más de dos semana cada vez, casi siempre por razones de salud), Letty les asignaba un cuarto de su apartamento para ellos. Allí es donde yo llegaría aquel dia de julio de 1956, cuando regresaba del Seminario sin chance a volver.
Letty estaba casada con un hombre unos años mayor que ella, sin profesión conocida y con un espíritu poco predispuesto al trabajo. Su hobby era acostarse en la hamaca todo el largo dia. Después de algunos años de matrimonio, Letty no había podido concebir un niño, y los médicos le habían indicado que no lo podría hacer en el futuro, así que su marido se había dedicado a una búsqueda frenética de una mujer para tener un hijo. En esto tuvo éxito y en el año 1949, le trajo a mi hermana una niña que había tenido en una de sus aventuras extramatrimoniales. Mi hermana acogió a la niña como solo una verdadera madre puede hacerlo, y la inscribió en Registro Civil como su propia hija, y así la crió y la quiso, dedicándole todo el amor y la dulzura que solo una verdadera madre puede dar a un hijo. Esa niña era Marujita, a quien toda nuestra familia adoptó también como si fuera de nuestra propia sangre. Unos años después, su esposo repitió la “proeza” y le trajo a mi hermana un niño de casi un año, al que Letty volvió a adoptar, a querer y criar como si fuera su propio hijo, con todo el amor y la dedicación que solo una madre de verdad puede dar a un hijo. En el fondo de su actitud de amor y de dedicación a la crianza de los hijos de su marido, debe haber habido una especie de “compensación” por ella debió sentirse culpable de no haber podido darle descendencia a su marido, a quien ella quería entrañablemente y por quien evidentemente no era bien correspondida.

Casi cuarenta años después, en 1992, con cincuenta años de matrimonio, mi hermana Letty, en su lecho de muerte me pidió que después de su partida final, yo me encargara de cuidar a su viejo y desgastado marido. Que Dios Todopoderoso me perdone, en ese momento no pude decir a mi hermana que no lo haría, pero en ningún momento sentí deseos de ayudar a este malvado hombre que se comporto tan despiadadamente mal con ella. Sé que no fue noble, pero no lo hice, no es ni ha sido nunca mi estilo el negarle ayuda a quien la necesita, pero no lo ayudé, no me salía del alma hacerlo, creo que fue una forma de mostrarle a este hombre que al final de cuentas todos debemos pagar las deudas que contrajimos en la vida, y la de él con mi hermana era muy grande.
No me siento culpable por no haberlo hecho! Este hombre murió en 1994, solo un par de años después que mi hermana.
En mi proximo capitulo: GUAYAQUIL-CARA A CARA CON MIS PADRES

Monday, November 14, 2011

EL VIAJE EN TREN A GUAYAQUIL


EL TREN SALE DE RIOBAMBA.
AL FONDO EL CHIMBORAZO
CUBIERTO DE NIEVE

No, ese día no iba a poder volar, ni lejos ni alto como yo hubiera querido para huir de mi temor y de mi angustia, en su lugar, yo tenía que abordar el tren que a las siete en punto de la mañana partía para Guayaquil.

El tren salió de su estación a la hora prevista, anunciando su partida con ruidosos pitos. Empezó su rápida subida desde los 2,750 metros sobre el nivel del mar de Riobamba y halado por una poderosa locomotora de color negro, raudo subía las arrugadas montañas de Los Andes desafiando las distancias, las curvas, la altura, los vientos y el frío hasta llegar al punto más alto en la estación de Palmira a 3,700 metros sobre el nivel del mar, para luego empezar su descenso hasta el llano costeño y llegar a su destino después de diez horas de viaje.

Yo viajaba en un amplio coche rojo de primera clase, con asientos grandes y cómodos, con ventanas amplias, donde apenas se sentía el intenso frío de la Sierra, que en las mañanas baja hasta muy cerca de cero grados. El tren mixto (de carga y pasajeros, sólo se detenía por pocos minutos en las estaciones pequeñas de Cajabamba, Columbe (donde se quedaron dos compañeros del Seminario, Boanerges Mejía y Ángel Yánez), Guamote y Palmira para permitir la subida de pasajeros y carga.



SERPENTEANDO POR LA SIERRA
EL TREN EN SU RUTA A GUAYAQUIL

Desde las ventanas del tren, se podía divisar a ambos lados de la ruta, y a la distancia, esparcidas en el campo, las chozas de los indios que habitaban estas regiones de la patria, pequeñas, pobres, mas bien paupérrimas, construidas con adobe sobre un piso de tierra y con techo de paja, transpirando el humo de sus cocinas de leña donde la madre se ocupaba, entre otras tareas, de preparar los alimentos para su familia
Mientras el tren ascendía hacia lo mas alto de la ruta, mis pensamientos estaban en otro lado, no podía evitarlo, me concentraba en pensar en qué es lo que pasaría cuando yo llegue a Guayaquil y les comunique a mis padres la noticia de que no podría volver al Seminario. Yo solo podía ver a través de las ventanas del coche en que viajaba, a lo lejos, las inmensas montañas de los imponentes Andes, y muy cerca, sólo los postes del telégrafo que raudos pasaban en la dirección contraria a la del tren, mientras este aceleraba, produciendo un acompasado crujir de sus ruedas al deslizarse sobre los rieles de la extensa vía metálica. De vez en cuando miraba a través de la ventana de mi asiento y podía ver, también a lo lejos, los dorados campos cultivados en las laderas de los cerros aledaños a la ruta, y me complacía ver como el trabajo fecundo de los hombres que vivían en esas montañas estaba a punto de dar sus frutos, pero era difícil saber para quien, porque en esas montañas vivían los indios, indios que cultivaban la tierra para el patrón y que por su trabajo sólo recibían solo migajas que apenas les servían para sobrevivir.

Las paradas del tren por unos pocos minutos en cada pequeña estación en su ruta hacia la costa me permitían ver brevemente a la gente que vivía en esos diminutos y casi olvidados pueblitos enclavados en las montañas a lo largo de la ruta. Sus habitantes eran mayoritariamente indios de caras grises, curtidas por el frio y por el viento, vistiendo ropas de múltiples colores; los hombres casi siempre con pesados ponchos de lana rojos, puestos encima de camisas de color blanco oscurecido por la suciedad y el tiempo; pantalones de una tela de color casi café oscurecido también por el uso y el tiempo; sombreros duros, de color gris oscuro, hechos de lana que alguna vez deben haber sido de color crema, y calzando alpargatas de cabuya.

Las mujeres casi invariablemente lucían sus largas trenzas de pelo negro, y colgando de sus cuellos, lucían muchos brillosos collares de concha y perla que hacían juego con los grandes pendientes que colgaban de sus orejas; usaban camisas de manga larga de color blanco bordadas de colores y gruesas polleras de lana (de los borregos que ellas mismo cuidaban en el páramo), de colores encendidos, especialmente rojo, verde y azul, y bordadas hacia la parte inferior con varias hileras de adornos de otros colores también encendidos. Abultando sus polleras de lana podía notarse que debajo llevaban varias capas de otras polleras para protegerse del frio; calzaban alpargatas de cabuya y un sombrero de alas muy pequeñas de color negro. Muchas de estas mujeres llevaban en sus espaldas, atados con sus chalinas de color también encendido, a sus pequeños hijos lactantes, que parecían ya haber empezado el temprano entrenamiento para la vida en los páramos y que permanecían dormidos o silenciosos, aparentemente cómodos, abrigados por el calor humano de la espalda de sus madres. Las mujeres casi siempre iban acompañadas de dos o tres niños, algunos muy pequeños y otros de entre seis y ocho años que vestían de forma muy similar a la de sus padres o madres. Pequeñas diferencias en el vestir (principalmente en la combinación de colores de sus ropas) podían notarse entre los indios de uno y otro pueblo, pero sus costumbres eran similares cuando el tren paraba en su estación.

Tan pronto como el tren paraba, mujeres y niños indios se subían a los coches y voceaban su mercadería que casi siempre era algún tipo de comida. Ofrecían desde cerdo hornado, acompañado de papas cocidas, refrito de pan con cebolla y lechuga salada; hasta habas cocidas, canelazos (para el frio) o simplemente café o agua de canela caliente. Vendían, a precios irrisorios lo poco que podían ofrecer y eso les permitía ganarse unos centavos que de alguna manera servían para aliviar su pobreza mientras calmaban el hambre de los pasajeros.

Para mí, sin embargo, ellos no tenían este dia nada que ofrecerme, o mejor dicho nada en lo cual me pudiera interesar, yo estaba inmerso en mi propio mundo de ansiedad, de angustia, casi de desesperación, pensando en lo que me iba a pasar dentro de unas horas, cuando al llegar a Guayaquil y cara a cara con mis padres tenga que contarles la mala noticia. Por otro lado, mi reserva de diez sucres que tenía en el bolsillo debía administrarla con mucho cuidado, por eso, ignoré a los vendedores que subían al tren voceando sus ofertas en alta voz.

No obstante mi estado de ánimo, intermitentemente pude pensar que esos cuatro o cinco minutos que el tren paraba en cada estación en su viaje de ida y vuelta a Guayaquil eran la “ventana de oportunidad” para esta pobre gente, eran los minutos que les permitían ganarse unos pocos centavos en su mundo de otro modo indiferente, aislado, pobre, duro, frio y solitario.

Después de parar muy brevemente en las estaciones de Cajabamba, Columbe y Guamote, seguimos viajando en ese gigantesco gusano que se deslizaba raudo por su ruta de hierro, no pude evitar pensar en lo gigantesco de la obra del ferrocarril, en ese milagro de la ingeniería moderna, que permitía unir en pocas horas la Sierra con la Costa, un camino que a nuestros antepasados podría haberles tomado más de dos semanas de duro viaje en caballos y mulas, un camino infestado de peligros, de enfermedades, de riesgos y penurias. Un camino que muy pocos, pero bravos viajeros, principalmente los casi heroicos arrieros, se atrevían a desafiar y casi siempre a vencer.

Al llegar a la estación de Palmira el punto más alto de la ruta, un pueblito casi abandonado, en medio del frío y el viento del páramo, con apenas unos doscientos habitantes viviendo en unas cuarenta casitas muy pobres hechas de adobe y con el techo de paja (paja de ese su eterno páramo, que paradójicamente les llenaba de frio, pero que con su paja les proveía abrigo para su casa), alineadas a ambos lados de la vía férrea, en lo más alto y frío de la ruta. Allí, tan pronto se detuvo el tren, algunos niños con sus ponchos se subieron a los coches en que viajábamos, ofreciéndonos habas tiernas calientitas, producto de su tierra, mientras algunas mujeres ofrecían canelazos a los adultos.


LA PODEROSA LOCOMOTORA
QUE HALABA EL TREN DESDE
RIOBAMBA HASTA BUCAY

Cinco minutos después, inmediatamente luego del ruidoso pito de la locomotora, retomamos nuestro viaje, esta vez empezando el descenso hacia los llanos costeños. Después de alrededor de media hora, llegamos a la estación de Alausí, un pintoresco pueblo donde las casitas construidas en suaves laderas cultivadas que daban el aspecto de una alfombra multicolor, empezaban a mostrar, que íbamos bajando en dirección a La Costa.

ALAUSI, UN PINTORESCO
PUEBLO EN LA RUTA DEL
TREN A GUAYAQUIL

El páramo y su intenso frio habían quedado atrás. Vendedoras de humitas y tamales invadieron nuestro coche, permitiendo a sus pasajeros degustar las delicias de los bocados ofrecidos. La gente en Alausí ya no vestía ponchos o si lo hacían, estos eran más livianos y de colores combinados menos intensos, signo de que la temperatura ambiental era más moderada. Muchas de las casitas en las calles de este pueblo eran de madera, con oxidados techos de zinc, signo inequívoco de que nos íbamos acercando a La Costa. Después de alrededor de diez minutos, siempre con su estruendoso pito, el tren nos anunciaba que seguiríamos avanzando en nuestra ruta a Guayaquil.

El tren siguió descendiendo rápidamente y al hacerlo, después de cerca de unos veinte minutos llegamos a “La Nariz del Diablo”, una verdadera joya de la ingeniería de ferrocarriles (entonces y hasta ahora), un segmento de la línea férrea que en perfecto doble zigzag desciende unos quinientos metros de montaña hacia el lecho del rio Chan Chan y la estación de Tixan, mientras avanza sólo unos cuantos metros en la ruta hacia el llano, descendiendo por una impresionantemente vertical y sólida roca gris que detuvo la construcción de la vía por varios años.


EL TREN ENTRANDO AL ZIG
ZAG DE LA NARIZ DEL DIABLO

La construcción de esta obra requirió, no sólo del ingenio, la experiencia y la pericia de los técnicos anglo-americanos encargados de ella, sino también de mucha mano de obra importada desde Jamaica, desde donde vinieron muchos cientos de trabajadores afro-jamaiquinos, que dejaron hasta sus vidas en medio de este inhóspito sitio donde la tuberculosis, el paludismo y la fiebre amarilla diezmaban inmisericordes a los trabajadores inmigrantes. Este segmento de la línea férrea fue posible construir gracias no sólo a la gran imaginación de los ingenieros que concibieron la idea, que hicieron sus planos, los cálculos matemáticos y la supervisión de la obra, sino que también requirió de una cantidad de enorme de recursos financieros, pero más aun, se tomó la sangre, el sudor, las lágrimas y hasta la vida de cientos de hombres cuyos nombres jamás los conoceremos.

Pero el resultado fue monumental y valió la pena, este era el obstáculo más grande para la conclusión de la vía férrea, esa vía cuyo propósito era la unión de la Sierra con La Costa, para que los ecuatorianos costeños pudieran subir a La Sierra y comunicarse mejor y más frecuentemente con los ecuatorianos serranos, para que lenta pero consistentemente los hombre y mujeres de todo el Ecuador pudieran sentirse parte de un todo muy diverso pero propio, para que todos, serranos y costeños pudiéramos disfrutar de nuestra casa grande y hermosa, El Ecuador.

El proceso de integración del Ecuador como la patria de costeños y serranos realmente comienza cuando se termina la obra de La Nariz del Diablo, es allí cuando nace el proceso que ha tomado muchas décadas pero que consistentemente se ha ido consolidando hasta llegar a nuestros días, cuando la televisión, la moderna prensa, el internet y la radio nos permiten estar unidos al instante y pensar como ciudadanos de una misma nación, como hombres y mujeres con un mismo camino y un mismo destino. Ya no vemos a los costeños y a los serranos como individuos extraños que se desconfían mutuamente, sino como hombres y mujeres con costumbres y hasta hablar diferentes, pero con ambiciones y metas comunes.

Al concluir la faraónica obra de “la Nariz del Diablo”; comienza una intensa corriente de migración interna que trae a La Costa a miles y miles de serranos, para acelerar su proceso de creación de riqueza, para enriquecer sus almas y sus vidas con el cruce de su sangre de sus costumbres y su cultura. Esa es la más grande herencia del ferrocarril que llegó a Riobamba en 1905 y a Quito en 1912, y de “La Nariz del Diablo” que terminó de construirse en 1903.

Mientras tanto, soledad, impotencia, miedo, ansiedad, angustia y desesperación eran los sentimientos que me invadían durante mi viaje en el tren, y esos mismos sentimientos probablemente eran los que tenían los desafortunados hombres afro-jamaiquinos mientras trabajaban en condiciones subhumanas por un mísero salario en la construcción de la ruta de hierro en La Nariz del Diablo y veían a sus compañeros agonizar y morir, lejos de su patria y de su familia.

Yo, mientras tanto, aun con temor, pero sabía que estaba viajando hacia mi familia, hacia mi madre, a quien tanto quería y por quien era tan bien correspondido
En mi próximo capítulo: PORQUE TENIA TANTO MIEDO DE ENCONTARME CON MIS PADRES

Wednesday, November 2, 2011

COMO LLEVO LA NOTICIA A MIS PADRES

Las últimas palabras del padre José María González de Rivera han resonado siempre en mis oídos y continúan haciéndolo más de cincuenta y cinco años después de que fueron pronunciadas, y le doy gracias a mi Dios porque se convirtieron en una profecía. Dios ha bendecido siempre lo que yo he hecho, me ha bendecido en mi trabajo, me ha bendecido dándome una mujer y una familia admirables, me ha bendecido dándome los medios y la capacidad para ser un hombre honorable, solidario, responsable, competente y gracias a ello me ha dado una lluvia permanente de amigos, que es la riqueza mas importante que he tenido en mi vida. Gracias Padre González por sus palabras y su profecía.

Salí de la oficina del padre González profundamente confundido, más que eso, preocupado, y tal vez más aun, tenía un miedo terrible, a pesar de que en ese momento no había alcanzado a ver todas las implicaciones que esta conversación iba a tener para el resto de mi vida. Yo era demasiado joven para entender todo eso, yo solo estaba seguro de que en ese momento estaba dando mis últimos pasos en el colegio al que amaba tanto y que yo estaba entrando en un nuevo y crucial punto de mi vida. Sabía que yo estaba definitiva e irreversiblemente fuera del Seminario. Sabía también que mis padres no iban a poder pagarme un colegio comparable en ninguna parte.

Nunca se me ocurrió que yo no fuera un niño con suficiente “piedad o vocación sacerdotal”, a esa edad, yo no entendía los conceptos de “ser piadoso”, “libre pensador” o de “pensar dentro de los límites admisibles”, mientras lo que si era claro para mi es que yo amaba mi colegio, me gustaba y disfrutaba casi todo lo que teníamos en él, la educación, las clases de idiomas, jugar al futbol (sobre todas las cosas), el basquetbol, la excelente comida, las excursiones de fin de semana, la lectura diaria de los cuentos de los hermanos Grimm durante las comidas, etc., etc. Simplemente yo NO estaba preparado para aceptar que todo eso iba a dejar de ser parte de mi vida. Derrepente me sentí lleno de miedo, casi con pánico, como cayendo en picada desde una gran altura, como si estuviera subido a una montaña rusa casi vertical, corriendo a gran velocidad, con mis ojos tapados y en medio de la noche, sin nadie que estuviera controlando la situación.

Cuando llegué al dormitorio me comencé a preguntar “¿tengo, o tuve alguna vez, la vocación para ser un sacerdote?”, “¨que mismo es la vocación sacerdotal?”, honestamente yo no tenía, y por tanto no encontraba, las respuestas a mis propias preguntas, pero lo peor de todo era que yo no entendía nada de esto. Si ser un buen estudiante, con calificaciones brillantes y buena conducta, sintiéndome feliz en el colegio Seminario no es suficiente, entonces, por el amor de Dios, ¿Qué es suficiente? Simplemente yo no tenía los argumentos con los que pudiera rebatir al padre González, por lo tanto, yo debía aceptar que NO podía retornar al colegio que tanto amaba y que en poco mas de un año y medio se había convertido en parte esencial de mi vida.

Lo que si sabía era que mi vida iba a sufrir un cambio dramático. Viniendo como venía, de una familia muy humilde y sin recursos económicos, no había forma de que en ella se consiguieran los medios para ponerme en un colegio comparable al Seminario, y lo más probable es que yo tendría que ir a parar en algún colegio público como aquel en el que comencé mi primer año de secundaria en Guayaquil.

Los colegios públicos en esa época (tal como ocurre hoy), eran aquellos a los que la gente sin recursos enviaba a sus hijos a educarse porque no tenía otra alternativa. La educación no era mala, pero era definitivamente de menor calidad de la que se podía conseguir en colegios particulares, especialmente religiosos. La situación es aún peor en estos días porque desde hace algunas décadas, un sindicato de profesores controlado por dirigentes de tendencia comunista Maoista, controla y maneja la educación pública, negándose a cualquier forma de evaluación de su desempeño por parte del gobierno o de los padres de familia. Todo intento de parte de los quince últimos gobiernos del Ecuador durante los últimos cincuenta años por quitarle el control de la educación a este sindicato ha fracasado rotundamente, con el resultado obvio de una educación crecientemente deficiente para la juventud pobre del país.

Pero la pregunta que me atormentaba esa noche era; ¿cómo iba yo a comunicar a mis padres el mensaje del padre González?; ¿lo entenderían?, ¿se enfadarían conmigo?; me harían responsable por no haber podido seguir adelante con su sueño de tener un hijo sacerdote? Todo el viaje de doce horas en el tren hacia Guayaquil, que solía ser una de las cosas mas lindas de mi año escolar, iba a estar lleno de esos pensamientos sombríos.

Me fui a mi cama con una serie de sentimientos contradictorios; sí, me estaba yendo de vacaciones, pero no, no retornaría a mi amado colegio, al lugar donde había vivido mas de un año y medio y había disfrutado los meses más felices de mi corta vida de estudiante.

Empaqué mis pocas cosas en mi pequeña maleta de madera para mi viaje a Guayaquil, donde mi mamá y mi papá estarían esperándome al final del siguiente día. Niño al fin, no tardé en quedarme dormido a eso de las nueve y media de la noche, pues debían despertarme a las cinco de la mañana para poder tomar el tren mixto con dirección a Guayaquil, que salía de Riobamba a las siete de la mañana.

En la mañana siguiente, un taxi vino a recoger a otros tres estudiantes y a mí, quienes debíamos viajar en el mismo tren, tres se quedarían en estaciones de la ruta a Guayaquil, mientras yo debía desembarcar al final de la misma a eso de las siete de la noche. Nos despedimos de aquellos compañeros que estaban despiertos y salimos hacia la estación del tren. El tiempo estaba algo mas frío que de costumbre, y a las seis y quince de la mañana, pudimos ver que a pesar del frío, algunos niños empezaban ya a hacer volar sus cometas en las casi desoladas y polvorientas calles de Riobamba. Volar cometas era el deporte favorito de los niños en esta época del año, cuando los vientos son fuertes y las frágiles cometas vuelan más alto y más lejos. De pronto sentí ganas de subirme a una cometa y volar lejos, muy lejos...