Friday, March 25, 2011

EN PRESENCIA DEL OBISPO

Mi padre y yo compartimos la cama esa noche, la cama era pequeña, apenas cabíamos los dos, la noche era fría, de un frío helado y eso me puso a pensar en lo que me esperaba de allí en adelante, pero niño al fin, pronto me dormí, abrigado por las pesadas cobijas de lana, dormí plácidamente. Nos levantamos como a eso de las siete de la mañana y pasamos al frente del hotel a desayunar, fue un desayuno abundante, con humitas calientes y café. A las ocho de la mañana estábamos listos para nuestra cita en la Curia, con el Obispo Proaño.

A las nueve en punto fuimos recibidos por Monseñor Proaño, él era un hombre de estatura mediana, probablemente de un metro setenta y unas ciento ochenta libras, de pelo negro empezando a mostrar canas, de frente no muy amplia, de ojos cafés, nariz aguileña, herencia de sus antepasados aborígenes, rostro bondadoso, de pensamiento claro y hablar pausado. Besamos su anillo episcopal y nos inclinamos para recibir su bendición. Poco después nos hizo pasar a una pequeña salita junto a su oficina donde hablamos por cerca de treinta minutos.

No recuerdo el detalle de nuestra conversación, pero el contexto de ella estaba centrado en su idea de formar hombres entregados a Dios y a los pobres, entregados a la justicia y la igualdad, a la solidaridad y al amor al prójimo. Confieso que a mi edad de doce años, esos conceptos eran tan extraños a mi como la ciencia ficción o la exploración submarina, pero hubieron temas que me interesaron mucho en nuestra conversación, entre ellos, la calidad de las instalaciones físicas del Seminario; las duchas con agua caliente; las canchas de voleibol, de futbol y de basquetbol; las clases de idiomas; los cómodos dormitorios con camas individuales; la comida nutritiva a horas pre-determinadas; las lecturas durante las comidas; los paseos al campo en los días sábados, y las clases de educación física, entre otras cosas que me interesaban más que el concepto para mi casi etéreo de la “vocación sacerdotal”, el amor a Dios y la “piedad”. Nuestra reunión duró aproximadamente media hora, me impresionó positivamente el obispo.

Al final de la reunión, el prelado me dio la bienvenida al Seminario, nos dijo que deberíamos ir a él antes del mediodía y hablar con el Padre Superior, quién me asignaría un espacio en el dormitorio y un lugar para poner mi vieja maletita de madera, conteniendo mis ropas y otros escasos efectos personales. Al despedirnos, mi padre respetuosamente se arrodilló delante del obispo Proaño y tomándole su mano derecha volvió a besar su anillo. Yo hice lo mismo, como un reflejo de lo que había visto hacer a mi padre. Esta era la primera vez que yo había estado frente a un obispo de la iglesia.

Muchos años después, ya en la década de los setenta, cuando Proaño se convirtió en un icono de las nuevas corrientes sociales de la Iglesia, en el adalid de la Iglesia Nueva, de una Iglesia Ecuatoriana que por fin se empezaba a emancipar de la tutela de la oligarquía criolla y el era objeto de fuertes ataques de cierta prensa que aun defendía a los herederos de los conquistadores, a los que se apropiaron de la tierra a sangre y fuego, a los que convenientemente aun creían en el derecho divino a reinar sobre la tierra y los hombre que la habitaban, volví a saber del Obispo Proaño, y empecé simpatizar con él. Hoy, casi sesenta años después, ya nadie discute que la obra de Proaño, su obra social de entonces, y en particular su programa de Escuelas Radiofónicas fue el pionero de la emancipación de los indígenas, aunque estos hasta hoy siguen luchando por sus derechos, pero ahora de una forma más organizada, de una forma más consciente.

Antes del mediodía mi padre y yo llegamos al Seminario Menor La Dolorosa, al sur de la ciudad de Riobamba, cerca de la carretera empedrada que conducía a Chambo, y a sólo unos doscientos metros de la cárcel de Riobamba, un edificio deprimente, de una sola planta, que ocupaba casi una manzana, en lo que hasta entonces era el límite sur de la ciudad. Al pasar por este edificio mi padre me hizo un breve comentario de que allí él había estado recluido por cerca de dos años, antes de que yo naciera, al final de la década de los 30. Le cogí fastidio a este lugar, y desde entonces, cada vez que pasaba por allí, lo hacía sin mirarlo. Me causaba desprecio este sitio desde que mi madre nos contó lo mucho que sufrieron ella y mi padre cuando él fue recluido injustamente allí.

Al llegar al Seminario, vi un edificio imponente, de tres pisos, de unos cincuenta metros de largo, con dos alas laterales que formaban una letra C de líneas rectas, con la abertura de la C hacia el lado de atrás del edificio. Las aulas del colegio estaban en el piso inferior, igual que la cocina y el comedor, mientras que la oficina del Rectorado, los dormitorios de los profesores y de los estudiantes, las duchas y los servicios higiénicos estaban en el segundo y tercer piso. El edificio había sido hecho para albergar un máximo de ciento cincuenta estudiantes, pero en la fecha en que yo llegué sólo había diecinueve (porque el colegio recién había comenzado a operar ese año), que conmigo se completaron veinte. Los veinte dormíamos en un solo dormitorio, en dos filas de diez camas cada una.

Cuando el Padre Superior nos recibió en su oficina del segundo piso, era la una de la tarde. El era un sacerdote muy corpulento, debe haber medido 1.80M y pesado unas doscientas veinte libras, su rostro era redondo, muy blanco, que con el frío de Riobamba se había vuelto rojizo, tenía una abundante pero bien afeitada barba, su cabeza empezaba a mostrar signos de calvicie y su escaso pelo comenzaba a hacerse gris hacia el lado de las sienes. Debe haber tenido entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Tenía un cuello muy grueso que le daba la apariencia de un hombre muy fuerte. Su presencia infundía respeto, su palabra era firme, hablaba con un acento español muy pronunciado que le agregaba cierto grado de autoridad a sus palabras. Se disculpó por no habernos podido recibir al mediodía, y a manera de explicación nos dijo que a la hora que llegamos, los estudiantes y el cuerpo docente estaban en el almuerzo. El estaba muy bien enterado de mi caso, había hablado con el obispo y también con el cura de mi pueblo, nada de lo que le decíamos parecía resultarle nuevo.

“Disculpadme por haberos hecho esperar” comenzó diciendo el padre González, “pero aquí me tenéis para daros la bienvenida a nuestro colegio”, agregó. “Vosotros habéis viajado mucho y debéis estar cansados y hambrientos, así que os voy a convidar a almorzar y mientras coméis hablamos de la presencia de Rafael aquí y de su futuro como estudiante”. Mi padre hizo una señal, o quiso decir que no nos importaba el hambre, pero ya González nos guiaba al comedor y pedía a las empleadas de la cocina que nos sirvieran algo de comer. Fue una gran comida, preludio de la que más adelante seria mi comida diaria.

“Rafael, sois bienvenido a nuestro colegio” dijo el padre González y agregó: “os va a gustar y lo vais a disfrutar, pero hay una sola condición que debéis cumplir siempre: debéis tener buena conducta, y buen aprovechamiento, porque somos estrictos principalmente en esas dos partes de vuestra vida en el colegio”. “Si sois un buen deportista, os felicito, eso es bueno para el desarrollo intelectual, pero no es una pre-condición ni os va a agregar ni disminuir puntos en nuestra evaluación escolar”. A usted don José, debo decirle que su hijo estará aquí muy bien tratado, será uno más de los estudiantes de nuestro seminario y recibirá el mismo trato que damos a los demás estudiantes. Este periodo de adaptación, de dos meses y medio, debe darle a vuestro hijo una buena idea de lo que le espera en el resto de la secundaria”, y agregó: “dejadlo hoy mismo con nosotros, Rafael será un miembro más de nuestra familia, no debéis preocuparos, el estará muy bien con nosotros. Después de dos días conocerá a todos los estudiantes y se hará amigo de todos ellos. Terminamos el almuerzo y el padre González nos invitó a conocer el colegio. Nos dio un tour por todo el edificio, nos mostro los amplios y cómodos salones de clase, el dormitorio, las duchas, la iglesia que quedaba junto y pegada al colegio, nos mostró las canchas de vóley, de futbol, de basquetbol y al terminar el paseo se dirigió a mi padre y le dijo: “bueno esta es la casa donde vuestro hijo va a vivir los próximos dos o tres meses y esperamos que viva los próximos cinco años escolares” ahora debéis separaros porque Rafael debe ser presentado a sus compañeros de clase.

MI padre estaba abrumado por todo lo que había visto y oído, debe haber estado satisfecho, muy satisfecho de todo, pero aun así, su rostro mostraba algo de ansiedad y de pena porque debíamos separarnos.

En mi próximo capítulo: MI NUEVO COLEGIO

Wednesday, March 16, 2011

EL “MILAGRO”

Cuando después de cuatro horas de cabalgar llegamos a un lugar llamado “el Tablón”, donde debíamos tomar el carro que nos llevaría hasta Riobamba, nos bajamos de nuestros caballos, descargamos los sacos de café y los pusimos muy cerca del camión que esperaba dar la vuelta para subir carga y pasajeros. Los caballos serían dejados a cargo de alguien que mi padre conocía, para recogerlos dos días después cuando regresara a la casa después de dejarme en el internado del colegio. Caminamos unos cien metros esperando la llegada del camión que vendría detrás nuestro, cuando de pronto escuchamos gritos desesperados de alguna gente, “el camioooon, el camioooon, auxilioooo”, gritaban asustados. Regresamos y llegamos al lugar de donde venían los gritos, el camión, al hacer una mala maniobra para dar la vuelta en la estrecha carretera, había caído al río, a unos cuatro metros fuera de la carretera, y estaba ahora dentro del río sin que hubiera una forma inmediata de sacarlo. El chofer estaba ileso, no habían daños a la poca carga que llevaba, pero, definitivamente iba a tomar por lo menos un día sacar al camión del lugar donde estaba, se necesitaría otro camión, o un tractor para pode sacar del río al camión accidentado.

Mi padre vio en el hecho de que no habíamos sufrido ningún daño en este accidente, ni la carga ni nosotros, una señal milagrosa de que Dios estaba con nosotros, de que Dios me daba una bienvenida al Seminario, de que, sabiendo que yo iba camino de hacerme sacerdote, Dios nos empezaba a proteger. Recuerdo sus palabras de gratitud, su resignación a la tardanza en el viaje, su interpretación inequívoca de que este evento no era nada más que una señal de buena voluntad del Cielo. Nunca vi a mi padre tan tranquilo frente a un inconveniente. Su actitud era una muestra de que no sólo que le gustaba, sino que estaba convencido, de que mi ida al seminario era una cosa buena para la familia.

El accidente del camión nos retrasó el viaje, no podíamos seguir adelante hacia Riobamba hasta que el camión fuese rescatado. Mi padre se dirigió hacia el otro lado del río, allí pidió y recibió posada. Esa noche fuimos recibidos con demostraciones de cariño por una familia que vivía en una casa cerca al río. La familia consistía de cuatro personas, el padre, la madre y dos hijos pequeños. A mi papá le llamaban los adultos “compadre Timo”. La casa tenía paredes de bareque, una mezcla de tierra apisonada y carrizo, piso de tierra y techo de paja, tenía una sola habitación. La cocina estaba en una esquina y su fuego calentaba el interior de la casa. El humo de la cocina salía a través del techo de paja y en una esquina, cercados por una precaria pared de adobe de unos veinte centímetros de alto, estaban los cuyes. Pese a que afuera hacía mucho frío, en el interior de la casa la temperatura era agradable. Alumbrados solo por la mortecina luz de un candil, a las seis y media de la tarde nos sirvieron un locro de papas con choclo y queso, luego unas papas con refrito de pan con queso con achiote y un pedazo de cuy a la braza. Fue una deliciosa cena y la comimos con mucha hambre y gran gusto. Después de la cena comenzó una agradable conversación, de ella pude colegir que esta era la misma gente que trece años atrás había alojado a mi madre y a mi padre el día que viajaban a Pallatanga para que mi madre diera a luz. Esta era entonces, la segunda vez que a mí me alojaban, con el mismo cariño, con la misma buena voluntad que el día anterior a mi nacimiento. Poco después de la cena y cuando eran aproximadamente las ocho de la noche, se apagó el candil y nos acostamos a dormir.

Los dueños de la casa nos cedieron su cama. Esta tenía unas pesadas cobijas de pura lana de borrego. Eran muy abrigadas, jamás había dormido con tanto peso sobre mí, tenían un olor muy fuerte a sudor viejo, a humedad, a cuerpos sucios, el cuerpo me picaba, las pulgas y los piojos deben haber tenido una fiesta esa noche en nuestros cuerpos. Me sentí incómodo, pero el cansancio de un día largo y agitado me permitió dormir. El peso de las frazadas me molestaba, me destapé, pero poco después sentí el frío del páramo hasta en los huesos, poco después, a pesar de las pulgas y los piojos me dormí.

A la mañana siguiente nos despertamos muy temprano, casi no había amanecido todavía, pero los gallos hicieron su trabajo de despertadores. Poco después sentí que la dueña de la casa prendía el fuego con el rescoldo del fogón, ella se alistaba a darnos el desayuno y así lo hizo antes de que fueran las siete de la mañana. Hacía mucho frío afuera, pero dentro de la casa el fogón encendido mantenía la temperatura en nivel agradable. Bajamos al río para lavarnos las manos y la cara, hacía mucho frio y el agua estaba helada como para intentar bañarnos. Poco después desayunamos con unas deliciosas tortillas de maíz con queso al achiote, azadas en un tiesto de barro, lo acompañamos con agua de panela caliente que es el café de los pobres.

Poco después bajamos a la carretera, atravesamos un precario puente de dos palos y vimos que había gente esperando un tractor que venía en auxilio del camión accidentado. A las nueve de la mañana el camión había sido rescatado del agua y el chofer empezaba a intentar arrancar el motor, le tomó algún tiempo hacerlo, pero finalmente arrancó, todos nos alistamos a subir al camión y seguir nuestro viaje. Aprovechamos unos instantes para despedirnos de nuestros anfitriones de la noche anterior y agradecerles por su hospitalidad. Era un agradecimiento genuino y profundo a esta gente que no tiene casi nada en la vida pero que lo da todo cuando tiene la oportunidad de hacerlo, lo hace por solidaridad, lo hace porque le sale de su alma noble el hacerlo, sin dudas, sin titubeos, sin cálculos mezquinos. Su generosidad es ilimitada, ese es nuestro pueblo, esa es nuestra gente. Su nobleza es monumental y su generosidad no lo es menos.

El resto de nuestro viaje a Riobamba fue sin más inconvenientes. Llegamos cerca del medio día, nos alojamos en el Hotel Guayaquil, un modesto hotelito en un edificio de dos pisos, de color verde en la calle Guayaquil, frente a la vieja estación del ferrocarril. Nuestra habitación estaba en el segundo piso, era pequeña, muy modesta, con una sola cama. La ducha y el servicio higiénico en la habitación eran lujos que en este hotel no existían. Sobre una pequeña mesa en una esquina de la habitación sólo había una lavacara y un pedazo de jabón, y debajo de la mesa una jarra con agua. El servicio higiénico en un compartimiento y la ducha en otro eran comunes para el piso donde había alrededor de diez habitaciones. No había agua caliente en la ducha, así que bañarse era una proeza que no todo el mundo estaba dispuesto a ejecutar, no tuvimos problemas en ocupar la ducha, desesperadamente necesitábamos bañarnos. Mi padre y yo nos bañamos, nos cambiamos de ropa y salimos inmediatamente al mercado a buscar comprador para los dos sacos de café que habíamos traído con nosotros, no tuvimos problema en encontrarlo. El asunto financiero estaba resuelto, ahora debíamos comprar algunas cosas esenciales para mi internado, entre ellas un par de suéteres, unas medias abrigadas y algo de ropa interior. Listos, ya podíamos al día siguiente ir a visitar al obispo, Monseñor Leonidas Proaño, quien había solicitado conocerme personalmente antes de aprobar mi ingreso al Seminario Menor La Dolorosa, obra episcopal que él consideraba de gran importancia para la formación de las nuevas generaciones de sacerdotes de la diócesis, donde él había comenzado la ciclópea obra de transformar, primero la mente y luego la actitud de la gente hacia los humildes, hacia los desamparados, hacia los millones de indios esparcidos por la Sierra y abandonados a su suerte por un sistema cruel, hipócrita e injusto que les enseñaba a adorar y agradecer a Dios mientras los mataba lentamente de hambre, de ignorancia y de injusticia.

En mi próximo capítulo: EN PRESENCIA DEL OBISPO

Wednesday, March 9, 2011

EL AGUIRRE ABAD O EL SEMINARIO

El colegio Aguirre Abad estaba muy cerca de la casa en que yo vivía con mi hermana Flor, en la calle Luque y Boyacá. Vivíamos en la casa de mi hermana Letty, quien arrendaba a Flor una habitación en el segundo piso, habitación que compartíamos, ella dormía en su cama y yo en un pequeño colchón en el suelo. El colchón era suficientemente cómodo y liviano para alzarlo en las mañanas y desplegarlo en las noches.
Al estar recién llegado de Pallatanga, en Guayaquil todo era novedoso para mí, pero si hay algo que me empezó a fascinar eran las revistas de cómicos que en esa época llegaban mayormente desde México, y que incluían “El Pato Donald”, “el Ratón Miguelito, “El Llanero Solitario”, “El Peneca”, "Superman", "El Conejo de la Suerte" y otras. No podía comprarlas porque mi presupuesto no lo permitía, pero si las podía pedir prestadas a mis compañeros de clase.
Flor solía despertarme muy por la mañana para que me levantara a estudiar. Un día me levanté, me bañé y salí a la terraza de la casa “a estudiar”, pero en realidad estaba leyendo una revista de cómicos. Flor, cuyo sentido del deber ha sido siempre comparable al del inspector Javert de Víctor Hugo, vino silenciosamente desde atrás y me pilló leyendo la revista cómica. Su inmediata reacción fue hacer uso de sus manos para torcerme la oreja hasta causarme un intenso dolor, y, paralelamente me dio un discurso encendido sobre mi irresponsabilidad, amenazándome con enviarme de regreso a Pallatanga si me volvía a pillar con una revista cómica. Confieso que la amenaza realmente no me asustó, porque en el fondo, yo aún extrañaba a Pallatanga, extrañaba a mi madre, extrañaba la comida, extrañaba el campo libre, extrañaba las montañas, extrañaba el clima, y, claro, extrañaba a mis amigos. Más me dolió el jalón de orejas, más me dolió el tener que dejar de leer las revistas cómicas que tanto me gustaban y a las que tanto me había acostumbrado. Pero tuve que hacerlo.
Al final del año, mis calificaciones me permitían pasar al segundo año, excepto en dos materias en las que me quedé “suspenso”, porque no había completado el puntaje para aprobar el año. Las materias eran aritmética y castellano. Con la ayuda de Flor, esas materias las aprobé sin problemas en el mes de abril. Nunca me imaginé que no volvería a ser parte del Colegio Aguirre Abad, al que le cogí mucho cariño.
Fue a comienzos de abril de 1955, cuando yo aún no cumplía trece años y había ya aprobado el primer año en el Colegio Nacional Aguirre Abad de Guayaquil y cuando me aprestaba a comenzar el segundo año, cuando comenzaron mis dudas sobre mi futuro. Confieso que tenía sentimientos encontrados al respecto, pues la disciplina prusiana que me imponía mi hermana Flor, más mi franciscana falta de recursos que me impedía disfrutar de cosas que para otros niños eran parte de su vida cuotidiana, empezaron a hacer mella en mí y en mi entusiasmo por volver a Guayaquil. Coincidiendo con esto, y mientras me encontraba aún en Pallatanga en vacaciones, el sacerdote del pueblo, un cura de apellido Oviedo, se había puesto en contacto con mi madre para proponerle que en lugar de enviarme a Guayaquil, me envíe a Riobamba, a seguir mis estudios en el Seminario Menor La Dolorosa, colegio que recién había sido fundado por el obispo Leonidas Proaño, con el objeto de formar los bachilleres que luego serían enviados al Seminario Mayor, en Quito, para hacerse sacerdotes.
Mi madre, lo había discutido con mi padre, los dos habían coincidido en que les gustaba la idea, pero también habían decidido que el asunto no era para su decisión, ellos creyeron entonces (y más de cincuenta y cinco años después los admiro por eso), que debían consultarme, que quien debía tomar la decisión era yo, y que cualquiera que fuese mi decisión ellos la apoyarían. Hablaron conmigo del tema, pero me dijeron que no esperaban una decisión mía inmediatamente, que ellos pensaban que antes yo debía hablar con el cura y que si después de esto, la idea me interesaba, ellos me apoyarían, y que si no, también ellos respetarían mi decisión. Confieso que nunca antes había sentido ese grado de respeto de mis padres por mi opinión, yo estaba más acostumbrado a la obediencia sin reparos, a la idea de que “aquello que te mandan a hacer tus padres, debes hacerlo, sin objetar”.
Sentí una carga de responsabilidad muy grande. Después de hablar con el cura, no había duda de que yo estaría yendo a una institución de educación de primera calidad, que tanto en el aspecto físico, como en el aspecto académico, el Seminario era una institución muy respetable. El cura me habló de que en el camino yo iría desarrollando una “vocación sacerdotal” que sería indispensable para llegar hasta el Seminario Mayor. Me dijo que el colegio tenía canchas de futbol, de vóley, de básquetbol, que tenía excelente comida, que se enseñaban tres idiomas, en fin, me pintó un excelente cuadro, y confieso que no exageró ni un milímetro.
Siempre me gustaron los deportes, nunca he podido llegar a la excelencia en ninguno (nunca tuve la oportunidad), pero en todos me he desempeñado a un alto grado de autosatisfacción y competitividad, a tal punto que a mis 68 años aún juego golf competitivamente, y espero seguir haciéndolo por más tiempo, hasta cuando mis fuerzas me lo permitan, o hasta que sienta satisfacción de jugarlo. Confieso que probablemente de todo el cuadro que me pintó el cura, el segmento que más me impresionó fue el de la práctica diaria del deporte, y al terminar la entrevista con el sacerdote, yo ya había tomado una decisión. Iría al Seminario…
Mis padres estuvieron a punto de llorar de la emoción cuando les dije que había decidido no regresar al Colegio Aguirre Abad y, más bien iría al Seminario. Creo que para ellos fue como una especie de milagro que esperaban. Conociendo el grado de religiosidad de mi madre, estoy seguro que debe haberle pedido a Dios que me ayude a tomar la decisión de ir al Seminario y, por tanto, debe haber considerado un Milagro el que yo haya aceptado ir. Mi madre Inmediatamente empezó los preparativos para que yo fuera a Riobamba, porque a pesar de que el año lectivo de la sierra ya estaba muy avanzado, el cura había sugerido que yo me integrara inmediatamente al colegio, para familiarizarme con él, con los compañeros, con el clima y con la docencia. Yo estaba totalmente de acuerdo.
Mi madre se apresuró a comprarme y/o hacerme ropa para la sierra, todavía recuerdo con cariño el abrigo de felpa color negro que ella me hizo, a partir de un saco de mi padre. Riobamba es frío, muy frío y yo sólo tenía ropas para el clima cálido de Guayaquil y el templado de Pallatanga. Tomó alrededor de una semana la preparación del viaje, mi madre estaba entusiasmada, creo que en el fondo ella se sentía bendecida por la posibilidad de que un hijo suyo, su hijo Rafico, se pudiera hacer un sacerdote. Mi padre también estaba muy contento, hacía mucho tiempo que no había notado la ternura de la que él era capaz, casi que me trataba como a un amigo, desapareció de pronto de su actitud la aureola de autoridad de decisiones inapelables, comenzó a conversar conmigo, cuando antes generalmente sólo se producían monólogos con nosotros en el lado de escuchar y de decir, si papá, o no papá, bueno papá, enseguida papá. El era como otra persona. El día de viajar a Riobamba, él venía conmigo. Tuvimos que viajar a caballo por unos 20 kilómetros, pues el camino piloto estaba interrumpido, llevábamos poco equipaje, en realidad sólo las ropas mías para tres meses de clases, pues las clases terminarían a mediados de julio y luego tendríamos vacaciones hasta octubre. En una mula que mi padre jalaba, mi padre llevaba dos quintales de café para vender en Riobamba y tener los recursos para pagar la pequeña porción de pensión del colegio que nos tocaba pagar (era solo el 10% del valor total de la pensión), porque en realidad yo iba al seminario casi cien por ciento becado.

En mi próximo capítulo: EL “MILAGRO” Y EL SEMINARIO

Monday, February 28, 2011

MI ADOLESCENCIA

Llegué a Guayaquil para hacer mis estudios secundarios en abril de 1954. Tenía algo más de once años y una curiosidad inmensa por conocer el mundo más allá de Pallatanga. Había terminado la primaria en un pueblito de un poco mas de trescientos habitantes, en una escuelita con grandes limitaciones físicas y de personal, no eran los mejores profesores los que se animaban a ir a vivir en Pallatanga para ejercer su profesión, por eso,cuando llegué a Guayaquil y me matricularon en el Colegio Nacional Aguirre Abad, yo temía que hubieran grandes diferencias de conocimientos entre mis nuevos compañeros de clase y yo. Ese no era realmente un problema. El problema era otro. Mis compañeros eran guayaquileños, eran de la “gran ciudad”, y yo venía, primero, de la Sierra, y segundo, de un pueblito tan pequeño del que nadie había oído hablar. Era como un pollito en una laguna llena de arrogantes patos.
Todos los chicos del primer curso en el Aguirre Abad teníamos alrededor de doce años, unos meses más, o unos meses menos, pero había importantes diferencias de estatura y de peso. Yo era pequeñito, de no más de un metro cuarenta y cinco centímetros, seguramente era medio “chapudito”, porque venía de la Sierra, y, obviamente, hablaba con el inconfundible acento de mi pueblo. Me empezaron a llamar “longo”, que era una forma muy despectiva que usaban mis compañeros, y en general todos los estudiantes, de llamar a sus compañeros serranos. Otras veces me llamaban simplemente “serrano, come papa con gusano”, que era otra forma muy ofensiva que los guayaquileños han usado desde hace muchos años, para molestar a la gente de la Sierra. Nunca me molestó que me llamaran serrano (porque lo soy, y a mucho orgullo), si me molestaba, y mucho, que le añadieran la rima de la papa con gusano… o que me dijeran longo
Al principio tuve, honesto es confesarlo, miedo de reaccionar, y decidí que era prudente esperar por unos días hasta que “les pase la gana de joder”, pero eso no ocurrió. Los muchachos seguían su cantaleta y mi reserva de paciencia se iba agotando. Finalmente, algo así como un mes después de comenzadas las clases, decidí que haría lo que sea necesario para poner freno a las burlas de algunos compañeros. Un día, al salir de clases, un compañero de estatura muy similar a la mía, se me acercó a provocarme, viniendo desde atrás, me tiró de los pelos y me dijo “longo serrano, vas hoy a comer papas con gusano?, mi paciencia se había colmado, sin contestar lo empujé hacia la calle y le caí a puñetes, no le di tiempo de reaccionar, los compañeros nos rodearon y empezaron a azuzarnos a seguir la pelea, pero esta concluyó en pocos segundos, el provocador chorreaba sangre por su nariz y empezó a correr. Algunos compañeros me alzaron en hombros, buena Romerito, gritaban, se la diste, bien hecho, no te joderá más… Y así fue!
De hecho, Maridueña (así se llamaba el provocador), no volvió a molestar. Poco tiempo después un chico más grande que Maridueña comenzó de nuevo la cantaleta, los compañeros volvieron a azuzar por la pelea, ésta se produjo, esta vez hubo más compañeros rodeándonos y gritando por uno u otro de los contendores, la pelea duró más que la primera, pero el resultado fue el mismo, Vicuña (ese era el nombre de mi contendor) sangraba por la nariz y no quiso seguir la pelea, esta vez yo había recibido unos golpes también, tenía un par de chichones en la cabeza, pero gané la pelea y Vicuña se fue a su casa refunfuñando y amenazándome para “la próxima”.

Al día siguiente llegó Vicuña al colegio, acompañado de su tía. Esta pidió audiencia con el inspector general, don Telmo Ollague. Ante él, la tía de Vicuña acusó a un estudiante “grandulón”, de apellido Romero, de haber pegado a su sobrino, abusando de su talla. Ollague me mandó a llamar.
Cuando me presenté ante Telmo Ollague y la tía (aún acompañada de Vicuña), Ollague se echó a reír mientras preguntaba a Vicuña, “es este el grandulón que te pegó?”, Vicuña avergonzado bajó la cabeza y asintió. La tía tomó a su sobrino por la mano, hizo un gesto de disgusto y decepción al mismo tiempo y se lo llevó con ella, allí terminó el interrogatorio. No hubo una próxima pelea con Vicuña ni con nadie. Así me gané el respeto y hasta el afecto de mis compañeros de mi clase “primero-primera” en el Colegio Aguirre Abad, en el año lectivo 1954-1955. Aprendí entonces que en la vida hay ocasiones en que la provocación debe ser parada a raya, que los provocadores no son otra cosa que fantoches, fanfarrones, a menudo son personas con complejo de inferioridad que la disfrazan con arrogancia mal disimulada. Aprendí que a esos fanfarrones hay que ponerlos en su sitio, ellos no pueden disimular más su complejo porque han sido descubiertos, han sido puestos en evidencia.

Pasaron los tres primeros meses, las calificaciones del primer trimestre llegaron, y mi gran temor de no haber respondido a la altura de los compañeros de Guayaquil dejó de serlo, Mis calificaciones no eran brillantes, pero tampoco eran malas, había superado el primer obstáculo en mi educación secundaria, no tenía porqué sentirme más como un pollo en una laguna de agresivos patos. Había aprendido a nadar…
Empecé a tratar de hablar con menos acento serrano, de sustituir las ersres por la erre, de acentuar menos las eses y en general de adecuar mi modo de hablar al de los guayaquileños, no creo que lo conseguí totalmente, pero para fines de ese año escolar, era evidente que había dado grandes pasos en la dirección que intentaba. No es que me avergonzara el hablar con el acento de mi pueblo, pero me hacía menos difícil la vida el hablar con menos acento serrano.

Me gustó el colegio, hice amigos, me gané el respeto y el aprecio de muchos y dejaron de tomarme como objeto de burlas y desprecios. Ya podía contar con amigos, algunos me llamaban Romerito, por mi pequeña estatura, pero también por algo de cariño.
Me gustaban las clases de educación física en la cancha de hockey sobre patines que estaba ubicada donde hoy está el Palacio de Justicia. Algunas veces íbamos a jugar futbol en las canchas del Reed Park, en la Atarazana, desde allí, algunas veces nos escapábamos a recoger ciruelas en las lomas donde hoy se ha extendido el cementerio general, o nos escapábamos al puente del Salado, frente al American Park y alquilábamos botes de remo para ir en busca de ostiones, para lo cual hacíamos una “vaca” y lográbamos reunir un sucre para comprar limones. Desde el puente Cinco de Junio, remábamos hasta cerca de San Eduardo, acercábamos el bote a las rocas de la orilla y allí cogíamos los ostiones, luego nadábamos en El Salado, debajo del puente Cinco de Junio. Otras veces después de las clases de educación física nos quedábamos en el parque Centenario, jugando en los columpios y las resbaladeras de la esquina de Vélez y Pedro Moncayo. Los veinte centavos (“dos reales”) que me daba mi hermana Flor todos los días, me los gastaba en los helados de los carritos que tenían la ruleta. En un día de suerte me comía hasta dos helados. Eran lindos días, yo era evidente e inocultablemente un niño pobre, pero no recuerdo haber sido nunca un niño triste… no recuerdo haber tampoco haber sentido envidia de ninguno de mis compañeros que tenían mas recursos que yo.
El profesor de música, don “Carlitos” González, quien nos enseñaba, entre otras cosas, a cantar tarantelas, me escogió un día para el coro del colegio. Era para mi la gloria, yo, el pequeño Rafico, de Pallatanga, en el coro del Colegio Aguirre Abad, cantando tarantelas?, era casi un sueño. La alegría no me duró mucho, porque cuando nos dijeron que mandáramos a hacer el uniforme del coro, que no era sino un pantalón azul marino y una camisa blanca de manga corta, mi hermana Florcita me dijo, con mucha pena, que no había dinero para eso. Tuve que renunciar al coro! Allí se acabó, antes de nacer, mi carrera de cantante…

En mi próximo capítulo: EL COLEGIO AGUIRRE ABAD

Saturday, February 19, 2011

OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA

Unos pocos meses después de la llegada de los primeros jeeps a Pallatanga, y como era de esperarse, se comenzó a usar comercialmente el sistema de transporte motorizado. A los pequeños jeeps, que sólo podían transportar apretadamente cinco pasajeros y ninguna carga, se les colocaba detrás un carretón de dos ruedas, que halado por el jeep (le llamaban el tráiler), permitía transportar hasta veinte quintales de carga y a veces unos tres pasajeros más, sentados encima de la carga. Por lo menos tres jeeps hacían este transporte con una frecuencia de tres viajes semanales, de modo que ahora había comunicación y transporte diarios hacia Riobamba. Las mulas, que eran el medio de transporte tradicional, comenzaron a perder su importancia y empezaron a perder su valor de cambio. Buena parte de los arrieros que por decenas de años había sido los encargados del comercio y del transporte en Pallatanga, empezaron a perder su valor como agentes del transporte y del comercio. Después de todo, este era una parte del precio que había que pagar por el progreso.
El transporte motorizado de carga y pasajeros era un enorme avance en el comercio y las comunicaciones. A Pallatanga empezaron a llegar los periódicos de Guayaquil y Quito con un atraso de sólo un día, era increíble, ya las noticias del país y del mundo no pasaban sin que los pallatangueños las conocieran y las comentaran. Recuerdo a mi padre y a mi tío Antonio, compartiendo el periódico, leyéndolo y comentando las noticias, los dos eran el tipo de persona que se ha auto educado a través de los periódicos y de la discusión de las noticias del mundo y del país. Ellos discutían y opinaban sobre cualquier acontecimiento importante de esa época. Ya éramos parte del mundo moderno, habíamos entrado a la civilización del siglo XX, con sólo cincuenta y un años de atraso…
El comercio, ahora motorizado, trajo como consecuencia lógica la lenta pero segura eliminación de dos tipos de personajes que eran íconos de nuestro pueblo, ambos resistieron heroicamente la embestida del cambio, eran los Licaneños y los Arrieros. Los primeros se adaptaron más rápidamente al cambio y dejaron de usar sus burros para utilizar el transporte motorizado de los jeeps. Ellos siguieron llegando a Pallatanga, ahora a bordo de los Jeeps, los sábados en la tarde, con su carga de cebollas blancas y coloradas, coles, lechugas, culantro, tomates, zanahorias y demás “verduras” y frutas de la sierra, y siguieron llevando de regreso la producción de Pallatanga hacia su mercado en Licán y Riobamba. Algunos de ellos se quedaron luego a vivir en Pallatanga, otros fueron desapareciendo de nuestras calles y mercados como la niebla desaparece al entrar el sol en las mañanas, sin hacer ningun ruido...
Los Arrieros resistieron más el embate del cambio, ellos siguieron por algunos años más viajando a Bucay con sus mulas, llevando y trayendo mercancías que iban hacia la costa o venían de ella. Esto también se acabó muchos años después, cuando se concluyó la carretera que unía a Pallatanga con Bucay y Guayaquil, a finales de la década de los sesenta.
Fue por esa época, cuando yo tenía unos diez años de edad que mi padre volvió a ser Teniente Político de Pallatanga y en esta ocasión fui testigo presencial de un evento que ha quedado grabado en mi memoria, y que muestra la parte más noble de mi padre.
Un día él me pidió acompañarle a su oficina, se acercó un campesino de apellido Rivera a presentar una demanda en contra de un chofer de jeep de apellido Estrella. El caso es que Rivera acusaba a Estrella, en juicio verbal, frente a mi padre, de haber matado intencionalmente una de sus gallinas al pasar con exceso de velocidad y sin detenerse, por el frente de su casa ubicada en el caserío de Jiménez, muy cerca de Pallatanga.
Rivera sostenía además, que Estrella debía indemnizarle por la pérdida de su gallina, que tenía un valor estimado de veinte sucres, pero, y esto es lo más interesante, por el “lucro cesante” (en realidad no recuerdo el término que Rivera usó, pero era el equivalente a lo que hoy en dia se conoce en materia de seguros, como lucro cesante, esto es, la pérdida del ingreso corriente como consecuencia de un siniestro que afecte un activo productivo), porque la gallina, que ponía un huevo diario, había dejado de hacerlo, porque estaba muerta, y que eso le representaba la pérdida de un ingreso adicional de por lo menos dos veces el valor de la gallina viva. En total, el reclamo de Rivera era por aproximadamente sesenta sucres.
Estrella, el chofer acusado de “asesinar a la gallina”, admitió haber matado a la gallina, pero basó su defensa en el argumento de que él era un pobre chofer, con cuatro hijos menores y su mujer que debía mantener con el insignificante sueldo que recibía del dueño del jeep que él manejaba y que ascendía a la “astronómica” suma de cien sucres mensuales. Estrella también argumentaba que al ocurrir el hecho materia del juicio, no iba a exceso de velocidad y que había sido el polvo del camino el que no le había permitido “ver bien a la gallina” que evidentemente se cruzó en el camino de su jeep y terminó aplastada.
Argumentos iban y venían de las partes, ya la audiencia había demorado más de una hora, había otras gentes esperando a mi padre para que atendiera sus casos, y lo que pretendía mi padre era que las partes llegaran a un acuerdo extra legal, sin que él tuviera que tomar una decisión que terminara por disgustar a las dos partes. No tuvo suerte.
Finalmente, y ante la imposibilidad de una solución negociada, mi padre pidió a las partes que se pararan a escuchar su “sentencia”. En tono solemne empezó: “ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes, y ante la necesidad de cerrar este caso, no tengo otra alternativa que darles una solución, que podría no ser la más justa, pero es la que desde mi punto de vista puede, en primer lugar, compensar en algo la pérdida del acusador, y dejar un precedente para nuestra justicia y para nuestro pueblo”, y continuó, mientras metía su mano derecha en su bolsillo y sacaba un billete de veinte sucres, que probablemente era todo lo que tenía en ese momento, “voy a compensar al acusador, de mis fondos personales, por el daño recibido por la muerte de su gallina, “aquí tiene veinte sucres, que es todo lo que tengo”, “y paraa usted, señor chofer , van tres advertencias que deberá tomar muy en cuenta”, y siguió, “primera, usted debe reducir la velocidad de su carro cuando llegue a cincuenta metros de cualquier casa que esté frente a la carretera; segunda, usted debe pitar al acercarse a una casa para que sus habitantes sepan que hay un carro en el camino y cuiden a su aves y otros animales, y, tercera, no habrá más perdón y olvido de parte de esta autoridad para el que cometa estas faltas”, “confío en que no habrá una próxima vez, pero si la hay, señor Estrella, usted tendrá que indemnizar al perjudicado, o irá a parar a la cárcel”, y agregó “muchas gracias”, y respetuosamente pidió a demandante y demandado su retiro de la sala.
Ninguno de los dos podía creer lo que había oído, ambos se acercaron a mi padre, lo abrazaron y le agradecieron por su tiempo y su sentencia, y luego, los dos se abrazaron, en un abrazo genuino de amistad y de paz.
Nunca había tenido la oportunidad de ver a mi padre a esa altura, nunca olvidaré esta escena. Ella dejó en mí una huella indeleble de la personalidad, de la integridad y el sentido de la justicia y de la equidad que tenía mi padre…

Saturday, February 12, 2011

LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO

No lo volví a ver por mucho tiempo, francamente le perdí la pista porque él vivía con una de mis hermanas y yo vivía sólo en un cuarto arrendado a una familia de contrabandistas donde lo mejor era la hija de la señora, una linda y coqueta muchacha de ojos y pelo negro, de tés medio trigueña y guapísima, a quien su madre llamaba “Pichusa”, quien por las noches se regocijaba apretando su mano a la mía pasando su brazo a través de la abertura de una vieja puerta que separaba mi habitación de la suya.
Fue en Julio de 1967, año en que yo estudiaba y vivía en Nueva York, que mi hermano Guido se puso en contacto conmigo para hacerme saber que se había casado, que no tenía trabajo y que para poder mantener su hogar quería venir con su mujer a NYC, en busca de un empleo. Me pedía que lo recibiera en mi (pomposamente llamado) departamento que realmente era un cuarto de un solo ambiente donde había espacio para una cama grande, un pequeño espacio para la “cocina”, y un baño. Era muy cómodo para mí, pero era muy estrecho para tres. Por este “departamento yo pagaba 80 dólares mensuales. Era en la calle 68 del West Side, entre Broadway y la Octava Avenida, no muy lejos de donde muchos años después, un loco mató a John Lennon. Era casi en el límite que dividía el New York de los pobres del West Side y el New York de los que viven muy bien gracias a sus altos ingresos, frente al maravilloso Parque Central, en la Octava Avenida. Allí, en mi modestísimo departamento lo recibí, el vino con su mujer y como equipaje casi literalmente sólo tría una mano adelante y otra atrás.
Le ayudé a encontrar trabajo en una fábrica de cartón al otro lado del río Hudson, en New Jersey, muy cerca del Washington Bridge. Su mujer, llamada Mónica, era una joven mulata de apariencia relativamente agradable, de extracción humilde, pero con poses de “yo no pertenezco a esto”. Creo que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión de mi hermano de venir a NYC en busca de trabajo, pero la aceptó, un tanto por la novelería de venir a conocer “la gran manzana” y porque no tenía otra alternativa. En Guayaquil habían dejado una tierna niña con el mismo nombre de la madre, al cuidado de su tía y sus abuelos.
Pronto se notó que ella no iba a encajar muy bien en los planes de mi hermano, para comenzar, no quiso trabajar, porque ella se había “graduado en el gran Colegio 28 de Mayo”, había sido una “secretaria” en Guayaquil, y en NYC (acto de suprema injusticia), no empleaban secretarias que no hablaran ingles. Tampoco le gustó que tuviera que compartir “el departamento” conmigo, simplemente no era lo que ella esperaba de Nueva York, así que pronto (en menos de dos semanas), ella empezó a crear situaciones de conflicto, absurdamente esperando que yo me fuera del departamento y este quedara para ellos. Preferí aconsejar a mi hermano que buscara un lugar que fuera menos lejano de su trabajo y así lo entendió él, y lo hizo. Poco tiempo después me enteré que ella lo abandonó y se fue a vivir con unos parientes. Ella en el fondo deseaba libertad, más libertad, y más razones y espacios para disfrutar de “la Gran Manzana”. Finalmente esta mujer lo dejó a él para siempre y desde entonces no se ha tenido noticias concretas de su paradero. A m i hermano nunca le oí quejarse o siquiera comentar la separación. Se, sin embargo, que le dolió mucho y sufrió por ello.
El se fue a Toronto, en Canadá, donde buscó y encontró un buen trabajo y consecuentemente un mejor nivel de vida. Un par de años después, de paso para mis primeras vacaciones en Europa, tuve el gusto de visitarlo, me alegró verlo que él vivía en un pequeño pero cómodo departamento en un edificio nuevo con ascensor. Había encontrado un buen trabajo en un restaurant donde servían carne a la parrilla, donde terminó siendo el cocinero jefe. En Canadá él vivió unos tres años, ganó algo de dinero y con él decidió regresar a Ecuador “a poner un negocio”. Mi hermana Lilita lo recibió con el cariño que ella solía dispensar a todos sus hermanos, lo alojó en su casa y le ayudó a organizar su negocio, este era un lugar de comidas rápidas llamado “DARDAPO”, nombre que Pablo Neruda lo acuñara en una de sus obras cuando repetidamente se equivocaba al mecanografiar la palabra PARPADO. No se porqué Guido escogió este nombre para su negocio pero, con la ayuda de mi hermana Lilita, el negocio empezó a prosperar.
Fue por esa época que yo tuve que mudarme con mi familia a Quito y luego a los Estados Unidos, por tanto perdí el contacto con mi hermano. Pasaron muchos años sin que tuviéramos contacto alguno, en realidad, por razones que prefiero guardar en el “disco duro de mi memoria”, dejé de verlo por muchos años sin que nunca dejara de pensar en él.
Lo perdí de vista y estuvimos muchos años sin contacto, en realidad demasiados años, hasta que un día lo encontré en casa de mi hermana Lilita, a quien él estaba visitando. Se había sometido a una serie de operaciones estéticas, No lo reconocí, admito que no lo reconocí, juro que no lo reconocí, pero él asumió que era una muestra de indiferencia o de reproche de mi parte, hasta que mi hermana Lilita me preguntó “Rafico, no lo conoces”?, él es tu hermano Guido!, fue solo entonces que lo reconocí, lo abrasé muy fuerte, sin palabras, dejé que mi afecto , mi cariño, mi inmenso cariño hacia él se fundieran en un fuerte y largo abrazo. Luego supe que él vivía en Colombia, que se había casado en Medellín con una joven “paisa” y que tenía tres hermosos hijos, dos nenes y una nena, que se parecían a su madre y a él.
Cuando recuerdo mis mejores momentos con él, me vienen a la memoria su espíritu alegre. Recuerdo que había absorbido algo del acento paisa para hablar, que mezclado con el siempre latente acento pallatangueño, se convertía en algo así como el acento de los pastusos. Le gustaba contar chistes, especialmente chistes de pastusos. Cuando lo hacía, con ese acento un cuarto paisa, un cuarto pastuso y medio pallatangueño, me causaba mucha gracia. Ese también es el hermano que amé, que amo y que siempre amaré.
Mi hermano Guido pasó los últimos años de su vida cuidando de sus hijos. Se había separado de su mujer paisa y se mudó a España con sus tres hijos. Cuando estuvo a punto de cumplir con uno de sus mayores anhelos; obtener la ciudadanía española, sus hijos primero, luego sus amigos, y después el resto de sus amigos, y yo, empezamos a darnos cuenta que tenía fallas notables en su memoria. Empezó a llamar a sus hijos por nombres de otros personas, generalmente miembros de la familia, a su hijo mayor lo llamaba Leonardo (su verdadero nombre es Anthony), a su segundo hijo lo llamaba Freddy (su nombre es realmente Diego Michel), a su hija menor la llamaba Mónica (su nombre es Nicole), y así, empezó a dar muestras de una creciente perdida de memoria. Cuando lo invité a venir a mi casa en Guayaquil para someterlo a exámenes médicos, lo hizo, y aquí le detectaron un tumor en su cerebro, que aparentemente lo había tenido escondido en la zona del hipotálamo, un sitio inaccesible a la más moderna cirugía. Su caso era muy complicado, sólo cabía la esperanza de que el tumor no creciera para que él no siguiera perdiendo su memoria, pero las evidencias indicaban que iba en sentido contrario. En mis conversaciones con mi hermano traté de forzar su memoria y hasta cierto punto lo logré, eso me animó a pensar que quizá él podría continuar viviendo una vida casi normal. En Colombia, gracias a la bondad de su ex familia, especialmente de doña Teresa, su ex suegra quien lo logró inscribir como miembro de la seguridad social y por tanto logró que se pudiera beneficiar de los servicios médicos gratuitos de ella, Guido pudo someterse a exámenes adicionales. Por un tiempo se pensó que podría ser posible una cirugía para extirparle el tumor. Al hacerle una prueba para determinar si el tumor era maligno, Guido, mi hermano tan querido, sufrió una embolia cerebral que le mantuvo casi como un vegetal por los siguientes 20 meses. Finalmente se fue, a fines de Noviembre del 2009, Guido, mi hermano, el más querido de sus padres y de casi todos sus hermanos, el padre amoroso, el esposo cariñoso, el hermano siempre fiel e incapaz de ofender a ninguno de sus hermanos, hizo su viaje final, el viaje sin regreso, se fue allá, donde seguramente se juntó con nuestra madre y nuestro padre que le quisieron tanto y donde deben haberle esperado durante esos veinte meses de agonía. Su muerte dejó un vacío enorme en su familia, en sus hijos, en mí, que lo quise tanto y que perdí tanto tiempo en decírselo. Te quiero hermano, siempre te quise y siempre te querré. PAZ EN TU TUMBA!
En mi próximo capítulo: OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA

Sunday, February 6, 2011

MÁS SOBRE MI HERMANO GUIDO

A los diez años mi hermano Guido vino a Guayaquil y se logró matricularle en la escuela Salesiana “San Juan Bosco”, anexa al colegio Cristobal Colón, al sur de la ciudad, una escuela donde la disciplina era parte esencial del plan de estudios. El Padre Astudillo era quien manejaba la escuela, cual “coronel de un batallón de reclutas”, con “látigo en mano”, bajo el principio de que “la letra con sangre entra” y de que “al que no le guste, que se vaya”. Era el educador clásico por esencia, un cuencano de pura cepa, al que el trópico y la sotana le habían endurecido tanto que casi nunca sonreía, las visitas de los padres eran casi un monólogo en el que el cura “informaba y advertía” y los padres “escuchaban y aceptaban lo que el cura exigía”. Simplemente no había posibilidad de un diálogo. Allí mi hermano, recién trasplantado del campo a la ciudad y con un palmarés no necesariamente brillante, hizo el último año de la primaria
Para entonces, mi madre, quien ya había decidido venirse a la ciudad para estar cerca y cuidar del apairote, cuyo cuidado no se lo confiaba a nadie, era quien llevaba las reglas de la escuela a la casa. Ella cuidaba religiosamente que su hijo hiciera los deberes y estudiara las lecciones, y que invariablemente tuviera el tiempo libre necesario para adaptarse a la ciudad. Ella logró que su hijo terminara la primaria y lo hizo con buenas calificaciones. Debe haber sido muy eficaz la combinación del método de enseñanza del Padre Astudillo, con la supervisión de mi madre en la casa.
El próximo paso fue ponerlo en el “colegio”, y, claro, el mejor colegio disponible y que la familia podía pagar en esos momentos era el Colegio Mercantil. Este era, sin duda un buen colegio, de él salían los muchachos con “profesión” (Bachilleres Perito Contadores) a trabajar a los dieciocho años, como ayudantes de contabilidad. Era el “semillero” de los mejores contadores de Guayaquil, el comercio, la banca y la incipiente industria de Guayaquil se enorgullecían de tener entre sus funcionarios mas preciados a los graduados del Colegio Mercantil. La elección era “obvia y acertada”, para un chico de una familia de muy escasos recursos y que buscaba simplificar las cosas pero sobretodo que quería “juntar los fines con los medios disponibles”.
Con mi madre en Guayaquil, los hijos varones volvimos a tener un “hogar” propio, pero nuestra situación económica se volvió crítica, sin los ingresos que ella generaba en Pallatanga, no había el sustento sólido que asegurara la estabilidad de nuestro hogar en Guayaquil, pese a que mi madre decidió conseguir comensales para los almuerzos (algunos de los cuales se le fueron sin pagar), para ayudarse en el presupuesto familiar. La situación no era sostenible en el tiempo, como resultado, mi madre tuvo que regresar a seguir trabajando en su panadería para poder seguir proveyendo el sustento de la familia. Terminado el primer año del colegio en el Mercantil, Guido quedó a cargo de nuestra hermana Flor, quien ya se había casado y vivía en un departamento alquilado en la calle Alejo Lazcano, muy cerca de la Avenida Quito y relativamente lejos del centro de la ciudad y del Colegio Mercantil. Flor le proveía alojamiento y alimento (para lo que yo asumo que ella recibía algo de ayuda de mi madre), pero no podía pagarle la pensión del colegio Mercantil, de eso me hice cargo yo, que a los quince años ya me había hecho cargo de mi propia vida y trabajaba a tiempo completo en una librería española como cobrador y ganaba suficiente para auto sostenerme y aún para ayudar a mi hermano en su educación.
Sin la custodia de mi madre, fue como dejar un pequeño arroyo que siguiera por su cauce sin control, esperando que a su paso no se desviara y causara daños colaterales. Pero Guido no era un manzo arroyo, de cauce conocido y seguro, el tenía una impredecible forma de hacer las cosas y tenía una innegable falta de vocación por el estudio. Cuando a mitad de año fui al colegio para enterarme cómo iba y para reclamar “la libreta” de calificaciones que no acababa por llegar, en la secretaría del colegio me sorprendieron con la noticia de que hacía más de dos meses que él no aparecía por allí. Eso era increíble, porque todas las mañanas, Guido, un chiquillo de doce años, salía religiosamente “al colegio” a las siete de la mañana, y regresaba a las dos de la tarde, ni más ni menos como que si estuviera normalmente asistiendo a sus clases del colegio. No pudimos, a pesar de haber agotado todos los medios posibles, arrancarle el secreto de lo que hacía en el tiempo que se suponía que había estado asistiendo a clases. Nunca lo dijo, o al menos yo nunca lo supe. Lo cierto es que ese año, por supuesto, lo perdió
Tuvimos que cambiarle de colegio, le pusimos en uno que se adaptara mejor a sus hábitos poco rígidos de estudio, claro, pero también a nuestro apretado presupuesto. Para entonces era claro para todos que él nunca sería un brillante estudiante, empezó a ser obvio que nos debíamos conformar con que fuera pura y sencillamente un estudiante y que acabara por graduarse. Lo pusimos en un colegio al que sarcásticamente la gente lo llamaba “el templo del saber”, y allí siguió sus “estudios”, sin mayores contratiempos en tanto y en cuanto “la pensión” de la que yo me encargaba, estuviera al día, y siempre lo estuvo.
Hace pocos días, mientras conversaba con un miembro de la familia, este me recordó de otra de esas graciosas espontaneidades que tenía mi hermano Guido. Cuenta que al final del cuarto año en “el templo del saber”, Guido perdió el año y cuando mi madre le pidió, desde Pallatanga, que le hiciera saber cómo le había ido en los exámenes finales, él, le envió un escueto telegrama diciéndole: ”profesores emocionados, piden que repita el año”. No creo que él haya hecho eso, no a mi madre, quien seguramente era la única persona en el mundo de quién Guido no podía haberse burlado, pero él contó esta historia con esa gracia única que tenía para describirse y describir situaciones especiales de su vida.
Por la época en que Guido estaba muy cerca de terminar sus estudios secundarios, él llegó a mi con su característica sonrisa, mezcla extraña de malicia e inocencia a pedirme un favor que en sus palabras “solo tu, hermano, puedes hacer por mi”. El quería, claro, después de admitir lo insólito de la propuesta, que yo lo “reemplazara” en el examen escrito más difícil, previo al examen oral para graduarse en “el templo del saber”. Ese examen era el de matemáticas, para el cual él no estaba preparado, y claro, él sabía que yo podría hacerlo sin problemas.
El “templo del saber” lo debe haber sabido muy bien, asumo yo, y mi hermano no era el único estudiante que lo hacía, ni yo era el único estudiante “substituto” en el salón de clases donde se tomaba “el examen” final de matemáticas a los futuros “peritos contadores”. Había un Inspector de la Dirección Provincial de Educación en el salón de clases donde ceremoniosamente se tomaba el examen, y éste dio inicio al examen. Debe haberme tomado alrededor de 30 minutos para terminar el examen con diez diferentes problemas de álgebra, luego de lo cual entregué el papel al “Inspector”, quien, ceremoniosa pero rápidamente lo revisó y me hizo saber su aprobación. Parcamente dijo “buen examen y en buen tiempo, puede retirarse señor estudiante”. Afuera me esperaba él, Guido, mi hermano, el único, el inolvidable, el cariñoso, el “inocentemente bandido”. Estaba muy nervioso, como esperando una importante noticia. “Cómo NOS fue en el examen, ñaño?” me dijo, “muy bien”, le contesté ligeramente incómodo y me alejé mientas él se quedaba en la puerta del colegio con otros estudiantes que probablemente esperaban también con ansias el resultado de “sus” delegados exámenes.

En mi próximo capítulo: LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO