El colegio Aguirre Abad estaba muy cerca de la casa en que yo vivía con mi hermana Flor, en la calle Luque y Boyacá. Vivíamos en la casa de mi hermana Letty, quien arrendaba a Flor una habitación en el segundo piso, habitación que compartíamos, ella dormía en su cama y yo en un pequeño colchón en el suelo. El colchón era suficientemente cómodo y liviano para alzarlo en las mañanas y desplegarlo en las noches.
Al estar recién llegado de Pallatanga, en Guayaquil todo era novedoso para mí, pero si hay algo que me empezó a fascinar eran las revistas de cómicos que en esa época llegaban mayormente desde México, y que incluían “El Pato Donald”, “el Ratón Miguelito, “El Llanero Solitario”, “El Peneca”, "Superman", "El Conejo de la Suerte" y otras. No podía comprarlas porque mi presupuesto no lo permitía, pero si las podía pedir prestadas a mis compañeros de clase.
Flor solía despertarme muy por la mañana para que me levantara a estudiar. Un día me levanté, me bañé y salí a la terraza de la casa “a estudiar”, pero en realidad estaba leyendo una revista de cómicos. Flor, cuyo sentido del deber ha sido siempre comparable al del inspector Javert de Víctor Hugo, vino silenciosamente desde atrás y me pilló leyendo la revista cómica. Su inmediata reacción fue hacer uso de sus manos para torcerme la oreja hasta causarme un intenso dolor, y, paralelamente me dio un discurso encendido sobre mi irresponsabilidad, amenazándome con enviarme de regreso a Pallatanga si me volvía a pillar con una revista cómica. Confieso que la amenaza realmente no me asustó, porque en el fondo, yo aún extrañaba a Pallatanga, extrañaba a mi madre, extrañaba la comida, extrañaba el campo libre, extrañaba las montañas, extrañaba el clima, y, claro, extrañaba a mis amigos. Más me dolió el jalón de orejas, más me dolió el tener que dejar de leer las revistas cómicas que tanto me gustaban y a las que tanto me había acostumbrado. Pero tuve que hacerlo.
Al final del año, mis calificaciones me permitían pasar al segundo año, excepto en dos materias en las que me quedé “suspenso”, porque no había completado el puntaje para aprobar el año. Las materias eran aritmética y castellano. Con la ayuda de Flor, esas materias las aprobé sin problemas en el mes de abril. Nunca me imaginé que no volvería a ser parte del Colegio Aguirre Abad, al que le cogí mucho cariño.
Fue a comienzos de abril de 1955, cuando yo aún no cumplía trece años y había ya aprobado el primer año en el Colegio Nacional Aguirre Abad de Guayaquil y cuando me aprestaba a comenzar el segundo año, cuando comenzaron mis dudas sobre mi futuro. Confieso que tenía sentimientos encontrados al respecto, pues la disciplina prusiana que me imponía mi hermana Flor, más mi franciscana falta de recursos que me impedía disfrutar de cosas que para otros niños eran parte de su vida cuotidiana, empezaron a hacer mella en mí y en mi entusiasmo por volver a Guayaquil. Coincidiendo con esto, y mientras me encontraba aún en Pallatanga en vacaciones, el sacerdote del pueblo, un cura de apellido Oviedo, se había puesto en contacto con mi madre para proponerle que en lugar de enviarme a Guayaquil, me envíe a Riobamba, a seguir mis estudios en el Seminario Menor La Dolorosa, colegio que recién había sido fundado por el obispo Leonidas Proaño, con el objeto de formar los bachilleres que luego serían enviados al Seminario Mayor, en Quito, para hacerse sacerdotes.
Mi madre, lo había discutido con mi padre, los dos habían coincidido en que les gustaba la idea, pero también habían decidido que el asunto no era para su decisión, ellos creyeron entonces (y más de cincuenta y cinco años después los admiro por eso), que debían consultarme, que quien debía tomar la decisión era yo, y que cualquiera que fuese mi decisión ellos la apoyarían. Hablaron conmigo del tema, pero me dijeron que no esperaban una decisión mía inmediatamente, que ellos pensaban que antes yo debía hablar con el cura y que si después de esto, la idea me interesaba, ellos me apoyarían, y que si no, también ellos respetarían mi decisión. Confieso que nunca antes había sentido ese grado de respeto de mis padres por mi opinión, yo estaba más acostumbrado a la obediencia sin reparos, a la idea de que “aquello que te mandan a hacer tus padres, debes hacerlo, sin objetar”.
Sentí una carga de responsabilidad muy grande. Después de hablar con el cura, no había duda de que yo estaría yendo a una institución de educación de primera calidad, que tanto en el aspecto físico, como en el aspecto académico, el Seminario era una institución muy respetable. El cura me habló de que en el camino yo iría desarrollando una “vocación sacerdotal” que sería indispensable para llegar hasta el Seminario Mayor. Me dijo que el colegio tenía canchas de futbol, de vóley, de básquetbol, que tenía excelente comida, que se enseñaban tres idiomas, en fin, me pintó un excelente cuadro, y confieso que no exageró ni un milímetro.
Siempre me gustaron los deportes, nunca he podido llegar a la excelencia en ninguno (nunca tuve la oportunidad), pero en todos me he desempeñado a un alto grado de autosatisfacción y competitividad, a tal punto que a mis 68 años aún juego golf competitivamente, y espero seguir haciéndolo por más tiempo, hasta cuando mis fuerzas me lo permitan, o hasta que sienta satisfacción de jugarlo. Confieso que probablemente de todo el cuadro que me pintó el cura, el segmento que más me impresionó fue el de la práctica diaria del deporte, y al terminar la entrevista con el sacerdote, yo ya había tomado una decisión. Iría al Seminario…
Mis padres estuvieron a punto de llorar de la emoción cuando les dije que había decidido no regresar al Colegio Aguirre Abad y, más bien iría al Seminario. Creo que para ellos fue como una especie de milagro que esperaban. Conociendo el grado de religiosidad de mi madre, estoy seguro que debe haberle pedido a Dios que me ayude a tomar la decisión de ir al Seminario y, por tanto, debe haber considerado un Milagro el que yo haya aceptado ir. Mi madre Inmediatamente empezó los preparativos para que yo fuera a Riobamba, porque a pesar de que el año lectivo de la sierra ya estaba muy avanzado, el cura había sugerido que yo me integrara inmediatamente al colegio, para familiarizarme con él, con los compañeros, con el clima y con la docencia. Yo estaba totalmente de acuerdo.
Mi madre se apresuró a comprarme y/o hacerme ropa para la sierra, todavía recuerdo con cariño el abrigo de felpa color negro que ella me hizo, a partir de un saco de mi padre. Riobamba es frío, muy frío y yo sólo tenía ropas para el clima cálido de Guayaquil y el templado de Pallatanga. Tomó alrededor de una semana la preparación del viaje, mi madre estaba entusiasmada, creo que en el fondo ella se sentía bendecida por la posibilidad de que un hijo suyo, su hijo Rafico, se pudiera hacer un sacerdote. Mi padre también estaba muy contento, hacía mucho tiempo que no había notado la ternura de la que él era capaz, casi que me trataba como a un amigo, desapareció de pronto de su actitud la aureola de autoridad de decisiones inapelables, comenzó a conversar conmigo, cuando antes generalmente sólo se producían monólogos con nosotros en el lado de escuchar y de decir, si papá, o no papá, bueno papá, enseguida papá. El era como otra persona. El día de viajar a Riobamba, él venía conmigo. Tuvimos que viajar a caballo por unos 20 kilómetros, pues el camino piloto estaba interrumpido, llevábamos poco equipaje, en realidad sólo las ropas mías para tres meses de clases, pues las clases terminarían a mediados de julio y luego tendríamos vacaciones hasta octubre. En una mula que mi padre jalaba, mi padre llevaba dos quintales de café para vender en Riobamba y tener los recursos para pagar la pequeña porción de pensión del colegio que nos tocaba pagar (era solo el 10% del valor total de la pensión), porque en realidad yo iba al seminario casi cien por ciento becado.
En mi próximo capítulo: EL “MILAGRO” Y EL SEMINARIO
Este blog es el vehiculo para contar mis recuerdos a mis hijos, a mis nietos, a mis familiares y mis amigos, para que ellos puedan unirse a mi mientras repito el viaje que por setenta años hice en la "montaña rusa" pasando por los valles profundos de la mas grande probreza, hasta las alturas de la realización personal, pasando por por las suaves praderas de la felicidad de tener una familia maravillosa, unos nietos adorables y amigos entrañables. Bienvenidos a este viaje
Wednesday, March 9, 2011
Monday, February 28, 2011
MI ADOLESCENCIA
Llegué a Guayaquil para hacer mis estudios secundarios en abril de 1954. Tenía algo más de once años y una curiosidad inmensa por conocer el mundo más allá de Pallatanga. Había terminado la primaria en un pueblito de un poco mas de trescientos habitantes, en una escuelita con grandes limitaciones físicas y de personal, no eran los mejores profesores los que se animaban a ir a vivir en Pallatanga para ejercer su profesión, por eso,cuando llegué a Guayaquil y me matricularon en el Colegio Nacional Aguirre Abad, yo temía que hubieran grandes diferencias de conocimientos entre mis nuevos compañeros de clase y yo. Ese no era realmente un problema. El problema era otro. Mis compañeros eran guayaquileños, eran de la “gran ciudad”, y yo venía, primero, de la Sierra, y segundo, de un pueblito tan pequeño del que nadie había oído hablar. Era como un pollito en una laguna llena de arrogantes patos.
Todos los chicos del primer curso en el Aguirre Abad teníamos alrededor de doce años, unos meses más, o unos meses menos, pero había importantes diferencias de estatura y de peso. Yo era pequeñito, de no más de un metro cuarenta y cinco centímetros, seguramente era medio “chapudito”, porque venía de la Sierra, y, obviamente, hablaba con el inconfundible acento de mi pueblo. Me empezaron a llamar “longo”, que era una forma muy despectiva que usaban mis compañeros, y en general todos los estudiantes, de llamar a sus compañeros serranos. Otras veces me llamaban simplemente “serrano, come papa con gusano”, que era otra forma muy ofensiva que los guayaquileños han usado desde hace muchos años, para molestar a la gente de la Sierra. Nunca me molestó que me llamaran serrano (porque lo soy, y a mucho orgullo), si me molestaba, y mucho, que le añadieran la rima de la papa con gusano… o que me dijeran longo
Al principio tuve, honesto es confesarlo, miedo de reaccionar, y decidí que era prudente esperar por unos días hasta que “les pase la gana de joder”, pero eso no ocurrió. Los muchachos seguían su cantaleta y mi reserva de paciencia se iba agotando. Finalmente, algo así como un mes después de comenzadas las clases, decidí que haría lo que sea necesario para poner freno a las burlas de algunos compañeros. Un día, al salir de clases, un compañero de estatura muy similar a la mía, se me acercó a provocarme, viniendo desde atrás, me tiró de los pelos y me dijo “longo serrano, vas hoy a comer papas con gusano?, mi paciencia se había colmado, sin contestar lo empujé hacia la calle y le caí a puñetes, no le di tiempo de reaccionar, los compañeros nos rodearon y empezaron a azuzarnos a seguir la pelea, pero esta concluyó en pocos segundos, el provocador chorreaba sangre por su nariz y empezó a correr. Algunos compañeros me alzaron en hombros, buena Romerito, gritaban, se la diste, bien hecho, no te joderá más… Y así fue!
De hecho, Maridueña (así se llamaba el provocador), no volvió a molestar. Poco tiempo después un chico más grande que Maridueña comenzó de nuevo la cantaleta, los compañeros volvieron a azuzar por la pelea, ésta se produjo, esta vez hubo más compañeros rodeándonos y gritando por uno u otro de los contendores, la pelea duró más que la primera, pero el resultado fue el mismo, Vicuña (ese era el nombre de mi contendor) sangraba por la nariz y no quiso seguir la pelea, esta vez yo había recibido unos golpes también, tenía un par de chichones en la cabeza, pero gané la pelea y Vicuña se fue a su casa refunfuñando y amenazándome para “la próxima”.
Al día siguiente llegó Vicuña al colegio, acompañado de su tía. Esta pidió audiencia con el inspector general, don Telmo Ollague. Ante él, la tía de Vicuña acusó a un estudiante “grandulón”, de apellido Romero, de haber pegado a su sobrino, abusando de su talla. Ollague me mandó a llamar.
Cuando me presenté ante Telmo Ollague y la tía (aún acompañada de Vicuña), Ollague se echó a reír mientras preguntaba a Vicuña, “es este el grandulón que te pegó?”, Vicuña avergonzado bajó la cabeza y asintió. La tía tomó a su sobrino por la mano, hizo un gesto de disgusto y decepción al mismo tiempo y se lo llevó con ella, allí terminó el interrogatorio. No hubo una próxima pelea con Vicuña ni con nadie. Así me gané el respeto y hasta el afecto de mis compañeros de mi clase “primero-primera” en el Colegio Aguirre Abad, en el año lectivo 1954-1955. Aprendí entonces que en la vida hay ocasiones en que la provocación debe ser parada a raya, que los provocadores no son otra cosa que fantoches, fanfarrones, a menudo son personas con complejo de inferioridad que la disfrazan con arrogancia mal disimulada. Aprendí que a esos fanfarrones hay que ponerlos en su sitio, ellos no pueden disimular más su complejo porque han sido descubiertos, han sido puestos en evidencia.
Pasaron los tres primeros meses, las calificaciones del primer trimestre llegaron, y mi gran temor de no haber respondido a la altura de los compañeros de Guayaquil dejó de serlo, Mis calificaciones no eran brillantes, pero tampoco eran malas, había superado el primer obstáculo en mi educación secundaria, no tenía porqué sentirme más como un pollo en una laguna de agresivos patos. Había aprendido a nadar…
Empecé a tratar de hablar con menos acento serrano, de sustituir las ersres por la erre, de acentuar menos las eses y en general de adecuar mi modo de hablar al de los guayaquileños, no creo que lo conseguí totalmente, pero para fines de ese año escolar, era evidente que había dado grandes pasos en la dirección que intentaba. No es que me avergonzara el hablar con el acento de mi pueblo, pero me hacía menos difícil la vida el hablar con menos acento serrano.
Me gustó el colegio, hice amigos, me gané el respeto y el aprecio de muchos y dejaron de tomarme como objeto de burlas y desprecios. Ya podía contar con amigos, algunos me llamaban Romerito, por mi pequeña estatura, pero también por algo de cariño.
Me gustaban las clases de educación física en la cancha de hockey sobre patines que estaba ubicada donde hoy está el Palacio de Justicia. Algunas veces íbamos a jugar futbol en las canchas del Reed Park, en la Atarazana, desde allí, algunas veces nos escapábamos a recoger ciruelas en las lomas donde hoy se ha extendido el cementerio general, o nos escapábamos al puente del Salado, frente al American Park y alquilábamos botes de remo para ir en busca de ostiones, para lo cual hacíamos una “vaca” y lográbamos reunir un sucre para comprar limones. Desde el puente Cinco de Junio, remábamos hasta cerca de San Eduardo, acercábamos el bote a las rocas de la orilla y allí cogíamos los ostiones, luego nadábamos en El Salado, debajo del puente Cinco de Junio. Otras veces después de las clases de educación física nos quedábamos en el parque Centenario, jugando en los columpios y las resbaladeras de la esquina de Vélez y Pedro Moncayo. Los veinte centavos (“dos reales”) que me daba mi hermana Flor todos los días, me los gastaba en los helados de los carritos que tenían la ruleta. En un día de suerte me comía hasta dos helados. Eran lindos días, yo era evidente e inocultablemente un niño pobre, pero no recuerdo haber sido nunca un niño triste… no recuerdo haber tampoco haber sentido envidia de ninguno de mis compañeros que tenían mas recursos que yo.
El profesor de música, don “Carlitos” González, quien nos enseñaba, entre otras cosas, a cantar tarantelas, me escogió un día para el coro del colegio. Era para mi la gloria, yo, el pequeño Rafico, de Pallatanga, en el coro del Colegio Aguirre Abad, cantando tarantelas?, era casi un sueño. La alegría no me duró mucho, porque cuando nos dijeron que mandáramos a hacer el uniforme del coro, que no era sino un pantalón azul marino y una camisa blanca de manga corta, mi hermana Florcita me dijo, con mucha pena, que no había dinero para eso. Tuve que renunciar al coro! Allí se acabó, antes de nacer, mi carrera de cantante…
En mi próximo capítulo: EL COLEGIO AGUIRRE ABAD
Todos los chicos del primer curso en el Aguirre Abad teníamos alrededor de doce años, unos meses más, o unos meses menos, pero había importantes diferencias de estatura y de peso. Yo era pequeñito, de no más de un metro cuarenta y cinco centímetros, seguramente era medio “chapudito”, porque venía de la Sierra, y, obviamente, hablaba con el inconfundible acento de mi pueblo. Me empezaron a llamar “longo”, que era una forma muy despectiva que usaban mis compañeros, y en general todos los estudiantes, de llamar a sus compañeros serranos. Otras veces me llamaban simplemente “serrano, come papa con gusano”, que era otra forma muy ofensiva que los guayaquileños han usado desde hace muchos años, para molestar a la gente de la Sierra. Nunca me molestó que me llamaran serrano (porque lo soy, y a mucho orgullo), si me molestaba, y mucho, que le añadieran la rima de la papa con gusano… o que me dijeran longo
Al principio tuve, honesto es confesarlo, miedo de reaccionar, y decidí que era prudente esperar por unos días hasta que “les pase la gana de joder”, pero eso no ocurrió. Los muchachos seguían su cantaleta y mi reserva de paciencia se iba agotando. Finalmente, algo así como un mes después de comenzadas las clases, decidí que haría lo que sea necesario para poner freno a las burlas de algunos compañeros. Un día, al salir de clases, un compañero de estatura muy similar a la mía, se me acercó a provocarme, viniendo desde atrás, me tiró de los pelos y me dijo “longo serrano, vas hoy a comer papas con gusano?, mi paciencia se había colmado, sin contestar lo empujé hacia la calle y le caí a puñetes, no le di tiempo de reaccionar, los compañeros nos rodearon y empezaron a azuzarnos a seguir la pelea, pero esta concluyó en pocos segundos, el provocador chorreaba sangre por su nariz y empezó a correr. Algunos compañeros me alzaron en hombros, buena Romerito, gritaban, se la diste, bien hecho, no te joderá más… Y así fue!
De hecho, Maridueña (así se llamaba el provocador), no volvió a molestar. Poco tiempo después un chico más grande que Maridueña comenzó de nuevo la cantaleta, los compañeros volvieron a azuzar por la pelea, ésta se produjo, esta vez hubo más compañeros rodeándonos y gritando por uno u otro de los contendores, la pelea duró más que la primera, pero el resultado fue el mismo, Vicuña (ese era el nombre de mi contendor) sangraba por la nariz y no quiso seguir la pelea, esta vez yo había recibido unos golpes también, tenía un par de chichones en la cabeza, pero gané la pelea y Vicuña se fue a su casa refunfuñando y amenazándome para “la próxima”.
Al día siguiente llegó Vicuña al colegio, acompañado de su tía. Esta pidió audiencia con el inspector general, don Telmo Ollague. Ante él, la tía de Vicuña acusó a un estudiante “grandulón”, de apellido Romero, de haber pegado a su sobrino, abusando de su talla. Ollague me mandó a llamar.
Cuando me presenté ante Telmo Ollague y la tía (aún acompañada de Vicuña), Ollague se echó a reír mientras preguntaba a Vicuña, “es este el grandulón que te pegó?”, Vicuña avergonzado bajó la cabeza y asintió. La tía tomó a su sobrino por la mano, hizo un gesto de disgusto y decepción al mismo tiempo y se lo llevó con ella, allí terminó el interrogatorio. No hubo una próxima pelea con Vicuña ni con nadie. Así me gané el respeto y hasta el afecto de mis compañeros de mi clase “primero-primera” en el Colegio Aguirre Abad, en el año lectivo 1954-1955. Aprendí entonces que en la vida hay ocasiones en que la provocación debe ser parada a raya, que los provocadores no son otra cosa que fantoches, fanfarrones, a menudo son personas con complejo de inferioridad que la disfrazan con arrogancia mal disimulada. Aprendí que a esos fanfarrones hay que ponerlos en su sitio, ellos no pueden disimular más su complejo porque han sido descubiertos, han sido puestos en evidencia.
Pasaron los tres primeros meses, las calificaciones del primer trimestre llegaron, y mi gran temor de no haber respondido a la altura de los compañeros de Guayaquil dejó de serlo, Mis calificaciones no eran brillantes, pero tampoco eran malas, había superado el primer obstáculo en mi educación secundaria, no tenía porqué sentirme más como un pollo en una laguna de agresivos patos. Había aprendido a nadar…
Empecé a tratar de hablar con menos acento serrano, de sustituir las ersres por la erre, de acentuar menos las eses y en general de adecuar mi modo de hablar al de los guayaquileños, no creo que lo conseguí totalmente, pero para fines de ese año escolar, era evidente que había dado grandes pasos en la dirección que intentaba. No es que me avergonzara el hablar con el acento de mi pueblo, pero me hacía menos difícil la vida el hablar con menos acento serrano.
Me gustó el colegio, hice amigos, me gané el respeto y el aprecio de muchos y dejaron de tomarme como objeto de burlas y desprecios. Ya podía contar con amigos, algunos me llamaban Romerito, por mi pequeña estatura, pero también por algo de cariño.
Me gustaban las clases de educación física en la cancha de hockey sobre patines que estaba ubicada donde hoy está el Palacio de Justicia. Algunas veces íbamos a jugar futbol en las canchas del Reed Park, en la Atarazana, desde allí, algunas veces nos escapábamos a recoger ciruelas en las lomas donde hoy se ha extendido el cementerio general, o nos escapábamos al puente del Salado, frente al American Park y alquilábamos botes de remo para ir en busca de ostiones, para lo cual hacíamos una “vaca” y lográbamos reunir un sucre para comprar limones. Desde el puente Cinco de Junio, remábamos hasta cerca de San Eduardo, acercábamos el bote a las rocas de la orilla y allí cogíamos los ostiones, luego nadábamos en El Salado, debajo del puente Cinco de Junio. Otras veces después de las clases de educación física nos quedábamos en el parque Centenario, jugando en los columpios y las resbaladeras de la esquina de Vélez y Pedro Moncayo. Los veinte centavos (“dos reales”) que me daba mi hermana Flor todos los días, me los gastaba en los helados de los carritos que tenían la ruleta. En un día de suerte me comía hasta dos helados. Eran lindos días, yo era evidente e inocultablemente un niño pobre, pero no recuerdo haber sido nunca un niño triste… no recuerdo haber tampoco haber sentido envidia de ninguno de mis compañeros que tenían mas recursos que yo.
El profesor de música, don “Carlitos” González, quien nos enseñaba, entre otras cosas, a cantar tarantelas, me escogió un día para el coro del colegio. Era para mi la gloria, yo, el pequeño Rafico, de Pallatanga, en el coro del Colegio Aguirre Abad, cantando tarantelas?, era casi un sueño. La alegría no me duró mucho, porque cuando nos dijeron que mandáramos a hacer el uniforme del coro, que no era sino un pantalón azul marino y una camisa blanca de manga corta, mi hermana Florcita me dijo, con mucha pena, que no había dinero para eso. Tuve que renunciar al coro! Allí se acabó, antes de nacer, mi carrera de cantante…
En mi próximo capítulo: EL COLEGIO AGUIRRE ABAD
Saturday, February 19, 2011
OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA
Unos pocos meses después de la llegada de los primeros jeeps a Pallatanga, y como era de esperarse, se comenzó a usar comercialmente el sistema de transporte motorizado. A los pequeños jeeps, que sólo podían transportar apretadamente cinco pasajeros y ninguna carga, se les colocaba detrás un carretón de dos ruedas, que halado por el jeep (le llamaban el tráiler), permitía transportar hasta veinte quintales de carga y a veces unos tres pasajeros más, sentados encima de la carga. Por lo menos tres jeeps hacían este transporte con una frecuencia de tres viajes semanales, de modo que ahora había comunicación y transporte diarios hacia Riobamba. Las mulas, que eran el medio de transporte tradicional, comenzaron a perder su importancia y empezaron a perder su valor de cambio. Buena parte de los arrieros que por decenas de años había sido los encargados del comercio y del transporte en Pallatanga, empezaron a perder su valor como agentes del transporte y del comercio. Después de todo, este era una parte del precio que había que pagar por el progreso.
El transporte motorizado de carga y pasajeros era un enorme avance en el comercio y las comunicaciones. A Pallatanga empezaron a llegar los periódicos de Guayaquil y Quito con un atraso de sólo un día, era increíble, ya las noticias del país y del mundo no pasaban sin que los pallatangueños las conocieran y las comentaran. Recuerdo a mi padre y a mi tío Antonio, compartiendo el periódico, leyéndolo y comentando las noticias, los dos eran el tipo de persona que se ha auto educado a través de los periódicos y de la discusión de las noticias del mundo y del país. Ellos discutían y opinaban sobre cualquier acontecimiento importante de esa época. Ya éramos parte del mundo moderno, habíamos entrado a la civilización del siglo XX, con sólo cincuenta y un años de atraso…
El comercio, ahora motorizado, trajo como consecuencia lógica la lenta pero segura eliminación de dos tipos de personajes que eran íconos de nuestro pueblo, ambos resistieron heroicamente la embestida del cambio, eran los Licaneños y los Arrieros. Los primeros se adaptaron más rápidamente al cambio y dejaron de usar sus burros para utilizar el transporte motorizado de los jeeps. Ellos siguieron llegando a Pallatanga, ahora a bordo de los Jeeps, los sábados en la tarde, con su carga de cebollas blancas y coloradas, coles, lechugas, culantro, tomates, zanahorias y demás “verduras” y frutas de la sierra, y siguieron llevando de regreso la producción de Pallatanga hacia su mercado en Licán y Riobamba. Algunos de ellos se quedaron luego a vivir en Pallatanga, otros fueron desapareciendo de nuestras calles y mercados como la niebla desaparece al entrar el sol en las mañanas, sin hacer ningun ruido...
Los Arrieros resistieron más el embate del cambio, ellos siguieron por algunos años más viajando a Bucay con sus mulas, llevando y trayendo mercancías que iban hacia la costa o venían de ella. Esto también se acabó muchos años después, cuando se concluyó la carretera que unía a Pallatanga con Bucay y Guayaquil, a finales de la década de los sesenta.
Fue por esa época, cuando yo tenía unos diez años de edad que mi padre volvió a ser Teniente Político de Pallatanga y en esta ocasión fui testigo presencial de un evento que ha quedado grabado en mi memoria, y que muestra la parte más noble de mi padre.
Un día él me pidió acompañarle a su oficina, se acercó un campesino de apellido Rivera a presentar una demanda en contra de un chofer de jeep de apellido Estrella. El caso es que Rivera acusaba a Estrella, en juicio verbal, frente a mi padre, de haber matado intencionalmente una de sus gallinas al pasar con exceso de velocidad y sin detenerse, por el frente de su casa ubicada en el caserío de Jiménez, muy cerca de Pallatanga.
Rivera sostenía además, que Estrella debía indemnizarle por la pérdida de su gallina, que tenía un valor estimado de veinte sucres, pero, y esto es lo más interesante, por el “lucro cesante” (en realidad no recuerdo el término que Rivera usó, pero era el equivalente a lo que hoy en dia se conoce en materia de seguros, como lucro cesante, esto es, la pérdida del ingreso corriente como consecuencia de un siniestro que afecte un activo productivo), porque la gallina, que ponía un huevo diario, había dejado de hacerlo, porque estaba muerta, y que eso le representaba la pérdida de un ingreso adicional de por lo menos dos veces el valor de la gallina viva. En total, el reclamo de Rivera era por aproximadamente sesenta sucres.
Estrella, el chofer acusado de “asesinar a la gallina”, admitió haber matado a la gallina, pero basó su defensa en el argumento de que él era un pobre chofer, con cuatro hijos menores y su mujer que debía mantener con el insignificante sueldo que recibía del dueño del jeep que él manejaba y que ascendía a la “astronómica” suma de cien sucres mensuales. Estrella también argumentaba que al ocurrir el hecho materia del juicio, no iba a exceso de velocidad y que había sido el polvo del camino el que no le había permitido “ver bien a la gallina” que evidentemente se cruzó en el camino de su jeep y terminó aplastada.
Argumentos iban y venían de las partes, ya la audiencia había demorado más de una hora, había otras gentes esperando a mi padre para que atendiera sus casos, y lo que pretendía mi padre era que las partes llegaran a un acuerdo extra legal, sin que él tuviera que tomar una decisión que terminara por disgustar a las dos partes. No tuvo suerte.
Finalmente, y ante la imposibilidad de una solución negociada, mi padre pidió a las partes que se pararan a escuchar su “sentencia”. En tono solemne empezó: “ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes, y ante la necesidad de cerrar este caso, no tengo otra alternativa que darles una solución, que podría no ser la más justa, pero es la que desde mi punto de vista puede, en primer lugar, compensar en algo la pérdida del acusador, y dejar un precedente para nuestra justicia y para nuestro pueblo”, y continuó, mientras metía su mano derecha en su bolsillo y sacaba un billete de veinte sucres, que probablemente era todo lo que tenía en ese momento, “voy a compensar al acusador, de mis fondos personales, por el daño recibido por la muerte de su gallina, “aquí tiene veinte sucres, que es todo lo que tengo”, “y paraa usted, señor chofer , van tres advertencias que deberá tomar muy en cuenta”, y siguió, “primera, usted debe reducir la velocidad de su carro cuando llegue a cincuenta metros de cualquier casa que esté frente a la carretera; segunda, usted debe pitar al acercarse a una casa para que sus habitantes sepan que hay un carro en el camino y cuiden a su aves y otros animales, y, tercera, no habrá más perdón y olvido de parte de esta autoridad para el que cometa estas faltas”, “confío en que no habrá una próxima vez, pero si la hay, señor Estrella, usted tendrá que indemnizar al perjudicado, o irá a parar a la cárcel”, y agregó “muchas gracias”, y respetuosamente pidió a demandante y demandado su retiro de la sala.
Ninguno de los dos podía creer lo que había oído, ambos se acercaron a mi padre, lo abrazaron y le agradecieron por su tiempo y su sentencia, y luego, los dos se abrazaron, en un abrazo genuino de amistad y de paz.
Nunca había tenido la oportunidad de ver a mi padre a esa altura, nunca olvidaré esta escena. Ella dejó en mí una huella indeleble de la personalidad, de la integridad y el sentido de la justicia y de la equidad que tenía mi padre…
El transporte motorizado de carga y pasajeros era un enorme avance en el comercio y las comunicaciones. A Pallatanga empezaron a llegar los periódicos de Guayaquil y Quito con un atraso de sólo un día, era increíble, ya las noticias del país y del mundo no pasaban sin que los pallatangueños las conocieran y las comentaran. Recuerdo a mi padre y a mi tío Antonio, compartiendo el periódico, leyéndolo y comentando las noticias, los dos eran el tipo de persona que se ha auto educado a través de los periódicos y de la discusión de las noticias del mundo y del país. Ellos discutían y opinaban sobre cualquier acontecimiento importante de esa época. Ya éramos parte del mundo moderno, habíamos entrado a la civilización del siglo XX, con sólo cincuenta y un años de atraso…
El comercio, ahora motorizado, trajo como consecuencia lógica la lenta pero segura eliminación de dos tipos de personajes que eran íconos de nuestro pueblo, ambos resistieron heroicamente la embestida del cambio, eran los Licaneños y los Arrieros. Los primeros se adaptaron más rápidamente al cambio y dejaron de usar sus burros para utilizar el transporte motorizado de los jeeps. Ellos siguieron llegando a Pallatanga, ahora a bordo de los Jeeps, los sábados en la tarde, con su carga de cebollas blancas y coloradas, coles, lechugas, culantro, tomates, zanahorias y demás “verduras” y frutas de la sierra, y siguieron llevando de regreso la producción de Pallatanga hacia su mercado en Licán y Riobamba. Algunos de ellos se quedaron luego a vivir en Pallatanga, otros fueron desapareciendo de nuestras calles y mercados como la niebla desaparece al entrar el sol en las mañanas, sin hacer ningun ruido...
Los Arrieros resistieron más el embate del cambio, ellos siguieron por algunos años más viajando a Bucay con sus mulas, llevando y trayendo mercancías que iban hacia la costa o venían de ella. Esto también se acabó muchos años después, cuando se concluyó la carretera que unía a Pallatanga con Bucay y Guayaquil, a finales de la década de los sesenta.
Fue por esa época, cuando yo tenía unos diez años de edad que mi padre volvió a ser Teniente Político de Pallatanga y en esta ocasión fui testigo presencial de un evento que ha quedado grabado en mi memoria, y que muestra la parte más noble de mi padre.
Un día él me pidió acompañarle a su oficina, se acercó un campesino de apellido Rivera a presentar una demanda en contra de un chofer de jeep de apellido Estrella. El caso es que Rivera acusaba a Estrella, en juicio verbal, frente a mi padre, de haber matado intencionalmente una de sus gallinas al pasar con exceso de velocidad y sin detenerse, por el frente de su casa ubicada en el caserío de Jiménez, muy cerca de Pallatanga.
Rivera sostenía además, que Estrella debía indemnizarle por la pérdida de su gallina, que tenía un valor estimado de veinte sucres, pero, y esto es lo más interesante, por el “lucro cesante” (en realidad no recuerdo el término que Rivera usó, pero era el equivalente a lo que hoy en dia se conoce en materia de seguros, como lucro cesante, esto es, la pérdida del ingreso corriente como consecuencia de un siniestro que afecte un activo productivo), porque la gallina, que ponía un huevo diario, había dejado de hacerlo, porque estaba muerta, y que eso le representaba la pérdida de un ingreso adicional de por lo menos dos veces el valor de la gallina viva. En total, el reclamo de Rivera era por aproximadamente sesenta sucres.
Estrella, el chofer acusado de “asesinar a la gallina”, admitió haber matado a la gallina, pero basó su defensa en el argumento de que él era un pobre chofer, con cuatro hijos menores y su mujer que debía mantener con el insignificante sueldo que recibía del dueño del jeep que él manejaba y que ascendía a la “astronómica” suma de cien sucres mensuales. Estrella también argumentaba que al ocurrir el hecho materia del juicio, no iba a exceso de velocidad y que había sido el polvo del camino el que no le había permitido “ver bien a la gallina” que evidentemente se cruzó en el camino de su jeep y terminó aplastada.
Argumentos iban y venían de las partes, ya la audiencia había demorado más de una hora, había otras gentes esperando a mi padre para que atendiera sus casos, y lo que pretendía mi padre era que las partes llegaran a un acuerdo extra legal, sin que él tuviera que tomar una decisión que terminara por disgustar a las dos partes. No tuvo suerte.
Finalmente, y ante la imposibilidad de una solución negociada, mi padre pidió a las partes que se pararan a escuchar su “sentencia”. En tono solemne empezó: “ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes, y ante la necesidad de cerrar este caso, no tengo otra alternativa que darles una solución, que podría no ser la más justa, pero es la que desde mi punto de vista puede, en primer lugar, compensar en algo la pérdida del acusador, y dejar un precedente para nuestra justicia y para nuestro pueblo”, y continuó, mientras metía su mano derecha en su bolsillo y sacaba un billete de veinte sucres, que probablemente era todo lo que tenía en ese momento, “voy a compensar al acusador, de mis fondos personales, por el daño recibido por la muerte de su gallina, “aquí tiene veinte sucres, que es todo lo que tengo”, “y paraa usted, señor chofer , van tres advertencias que deberá tomar muy en cuenta”, y siguió, “primera, usted debe reducir la velocidad de su carro cuando llegue a cincuenta metros de cualquier casa que esté frente a la carretera; segunda, usted debe pitar al acercarse a una casa para que sus habitantes sepan que hay un carro en el camino y cuiden a su aves y otros animales, y, tercera, no habrá más perdón y olvido de parte de esta autoridad para el que cometa estas faltas”, “confío en que no habrá una próxima vez, pero si la hay, señor Estrella, usted tendrá que indemnizar al perjudicado, o irá a parar a la cárcel”, y agregó “muchas gracias”, y respetuosamente pidió a demandante y demandado su retiro de la sala.
Ninguno de los dos podía creer lo que había oído, ambos se acercaron a mi padre, lo abrazaron y le agradecieron por su tiempo y su sentencia, y luego, los dos se abrazaron, en un abrazo genuino de amistad y de paz.
Nunca había tenido la oportunidad de ver a mi padre a esa altura, nunca olvidaré esta escena. Ella dejó en mí una huella indeleble de la personalidad, de la integridad y el sentido de la justicia y de la equidad que tenía mi padre…
Saturday, February 12, 2011
LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO
No lo volví a ver por mucho tiempo, francamente le perdí la pista porque él vivía con una de mis hermanas y yo vivía sólo en un cuarto arrendado a una familia de contrabandistas donde lo mejor era la hija de la señora, una linda y coqueta muchacha de ojos y pelo negro, de tés medio trigueña y guapísima, a quien su madre llamaba “Pichusa”, quien por las noches se regocijaba apretando su mano a la mía pasando su brazo a través de la abertura de una vieja puerta que separaba mi habitación de la suya.
Fue en Julio de 1967, año en que yo estudiaba y vivía en Nueva York, que mi hermano Guido se puso en contacto conmigo para hacerme saber que se había casado, que no tenía trabajo y que para poder mantener su hogar quería venir con su mujer a NYC, en busca de un empleo. Me pedía que lo recibiera en mi (pomposamente llamado) departamento que realmente era un cuarto de un solo ambiente donde había espacio para una cama grande, un pequeño espacio para la “cocina”, y un baño. Era muy cómodo para mí, pero era muy estrecho para tres. Por este “departamento yo pagaba 80 dólares mensuales. Era en la calle 68 del West Side, entre Broadway y la Octava Avenida, no muy lejos de donde muchos años después, un loco mató a John Lennon. Era casi en el límite que dividía el New York de los pobres del West Side y el New York de los que viven muy bien gracias a sus altos ingresos, frente al maravilloso Parque Central, en la Octava Avenida. Allí, en mi modestísimo departamento lo recibí, el vino con su mujer y como equipaje casi literalmente sólo tría una mano adelante y otra atrás.
Le ayudé a encontrar trabajo en una fábrica de cartón al otro lado del río Hudson, en New Jersey, muy cerca del Washington Bridge. Su mujer, llamada Mónica, era una joven mulata de apariencia relativamente agradable, de extracción humilde, pero con poses de “yo no pertenezco a esto”. Creo que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión de mi hermano de venir a NYC en busca de trabajo, pero la aceptó, un tanto por la novelería de venir a conocer “la gran manzana” y porque no tenía otra alternativa. En Guayaquil habían dejado una tierna niña con el mismo nombre de la madre, al cuidado de su tía y sus abuelos.
Pronto se notó que ella no iba a encajar muy bien en los planes de mi hermano, para comenzar, no quiso trabajar, porque ella se había “graduado en el gran Colegio 28 de Mayo”, había sido una “secretaria” en Guayaquil, y en NYC (acto de suprema injusticia), no empleaban secretarias que no hablaran ingles. Tampoco le gustó que tuviera que compartir “el departamento” conmigo, simplemente no era lo que ella esperaba de Nueva York, así que pronto (en menos de dos semanas), ella empezó a crear situaciones de conflicto, absurdamente esperando que yo me fuera del departamento y este quedara para ellos. Preferí aconsejar a mi hermano que buscara un lugar que fuera menos lejano de su trabajo y así lo entendió él, y lo hizo. Poco tiempo después me enteré que ella lo abandonó y se fue a vivir con unos parientes. Ella en el fondo deseaba libertad, más libertad, y más razones y espacios para disfrutar de “la Gran Manzana”. Finalmente esta mujer lo dejó a él para siempre y desde entonces no se ha tenido noticias concretas de su paradero. A m i hermano nunca le oí quejarse o siquiera comentar la separación. Se, sin embargo, que le dolió mucho y sufrió por ello.
El se fue a Toronto, en Canadá, donde buscó y encontró un buen trabajo y consecuentemente un mejor nivel de vida. Un par de años después, de paso para mis primeras vacaciones en Europa, tuve el gusto de visitarlo, me alegró verlo que él vivía en un pequeño pero cómodo departamento en un edificio nuevo con ascensor. Había encontrado un buen trabajo en un restaurant donde servían carne a la parrilla, donde terminó siendo el cocinero jefe. En Canadá él vivió unos tres años, ganó algo de dinero y con él decidió regresar a Ecuador “a poner un negocio”. Mi hermana Lilita lo recibió con el cariño que ella solía dispensar a todos sus hermanos, lo alojó en su casa y le ayudó a organizar su negocio, este era un lugar de comidas rápidas llamado “DARDAPO”, nombre que Pablo Neruda lo acuñara en una de sus obras cuando repetidamente se equivocaba al mecanografiar la palabra PARPADO. No se porqué Guido escogió este nombre para su negocio pero, con la ayuda de mi hermana Lilita, el negocio empezó a prosperar.
Fue por esa época que yo tuve que mudarme con mi familia a Quito y luego a los Estados Unidos, por tanto perdí el contacto con mi hermano. Pasaron muchos años sin que tuviéramos contacto alguno, en realidad, por razones que prefiero guardar en el “disco duro de mi memoria”, dejé de verlo por muchos años sin que nunca dejara de pensar en él.
Lo perdí de vista y estuvimos muchos años sin contacto, en realidad demasiados años, hasta que un día lo encontré en casa de mi hermana Lilita, a quien él estaba visitando. Se había sometido a una serie de operaciones estéticas, No lo reconocí, admito que no lo reconocí, juro que no lo reconocí, pero él asumió que era una muestra de indiferencia o de reproche de mi parte, hasta que mi hermana Lilita me preguntó “Rafico, no lo conoces”?, él es tu hermano Guido!, fue solo entonces que lo reconocí, lo abrasé muy fuerte, sin palabras, dejé que mi afecto , mi cariño, mi inmenso cariño hacia él se fundieran en un fuerte y largo abrazo. Luego supe que él vivía en Colombia, que se había casado en Medellín con una joven “paisa” y que tenía tres hermosos hijos, dos nenes y una nena, que se parecían a su madre y a él.
Cuando recuerdo mis mejores momentos con él, me vienen a la memoria su espíritu alegre. Recuerdo que había absorbido algo del acento paisa para hablar, que mezclado con el siempre latente acento pallatangueño, se convertía en algo así como el acento de los pastusos. Le gustaba contar chistes, especialmente chistes de pastusos. Cuando lo hacía, con ese acento un cuarto paisa, un cuarto pastuso y medio pallatangueño, me causaba mucha gracia. Ese también es el hermano que amé, que amo y que siempre amaré.
Mi hermano Guido pasó los últimos años de su vida cuidando de sus hijos. Se había separado de su mujer paisa y se mudó a España con sus tres hijos. Cuando estuvo a punto de cumplir con uno de sus mayores anhelos; obtener la ciudadanía española, sus hijos primero, luego sus amigos, y después el resto de sus amigos, y yo, empezamos a darnos cuenta que tenía fallas notables en su memoria. Empezó a llamar a sus hijos por nombres de otros personas, generalmente miembros de la familia, a su hijo mayor lo llamaba Leonardo (su verdadero nombre es Anthony), a su segundo hijo lo llamaba Freddy (su nombre es realmente Diego Michel), a su hija menor la llamaba Mónica (su nombre es Nicole), y así, empezó a dar muestras de una creciente perdida de memoria. Cuando lo invité a venir a mi casa en Guayaquil para someterlo a exámenes médicos, lo hizo, y aquí le detectaron un tumor en su cerebro, que aparentemente lo había tenido escondido en la zona del hipotálamo, un sitio inaccesible a la más moderna cirugía. Su caso era muy complicado, sólo cabía la esperanza de que el tumor no creciera para que él no siguiera perdiendo su memoria, pero las evidencias indicaban que iba en sentido contrario. En mis conversaciones con mi hermano traté de forzar su memoria y hasta cierto punto lo logré, eso me animó a pensar que quizá él podría continuar viviendo una vida casi normal. En Colombia, gracias a la bondad de su ex familia, especialmente de doña Teresa, su ex suegra quien lo logró inscribir como miembro de la seguridad social y por tanto logró que se pudiera beneficiar de los servicios médicos gratuitos de ella, Guido pudo someterse a exámenes adicionales. Por un tiempo se pensó que podría ser posible una cirugía para extirparle el tumor. Al hacerle una prueba para determinar si el tumor era maligno, Guido, mi hermano tan querido, sufrió una embolia cerebral que le mantuvo casi como un vegetal por los siguientes 20 meses. Finalmente se fue, a fines de Noviembre del 2009, Guido, mi hermano, el más querido de sus padres y de casi todos sus hermanos, el padre amoroso, el esposo cariñoso, el hermano siempre fiel e incapaz de ofender a ninguno de sus hermanos, hizo su viaje final, el viaje sin regreso, se fue allá, donde seguramente se juntó con nuestra madre y nuestro padre que le quisieron tanto y donde deben haberle esperado durante esos veinte meses de agonía. Su muerte dejó un vacío enorme en su familia, en sus hijos, en mí, que lo quise tanto y que perdí tanto tiempo en decírselo. Te quiero hermano, siempre te quise y siempre te querré. PAZ EN TU TUMBA!
En mi próximo capítulo: OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA
Fue en Julio de 1967, año en que yo estudiaba y vivía en Nueva York, que mi hermano Guido se puso en contacto conmigo para hacerme saber que se había casado, que no tenía trabajo y que para poder mantener su hogar quería venir con su mujer a NYC, en busca de un empleo. Me pedía que lo recibiera en mi (pomposamente llamado) departamento que realmente era un cuarto de un solo ambiente donde había espacio para una cama grande, un pequeño espacio para la “cocina”, y un baño. Era muy cómodo para mí, pero era muy estrecho para tres. Por este “departamento yo pagaba 80 dólares mensuales. Era en la calle 68 del West Side, entre Broadway y la Octava Avenida, no muy lejos de donde muchos años después, un loco mató a John Lennon. Era casi en el límite que dividía el New York de los pobres del West Side y el New York de los que viven muy bien gracias a sus altos ingresos, frente al maravilloso Parque Central, en la Octava Avenida. Allí, en mi modestísimo departamento lo recibí, el vino con su mujer y como equipaje casi literalmente sólo tría una mano adelante y otra atrás.
Le ayudé a encontrar trabajo en una fábrica de cartón al otro lado del río Hudson, en New Jersey, muy cerca del Washington Bridge. Su mujer, llamada Mónica, era una joven mulata de apariencia relativamente agradable, de extracción humilde, pero con poses de “yo no pertenezco a esto”. Creo que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión de mi hermano de venir a NYC en busca de trabajo, pero la aceptó, un tanto por la novelería de venir a conocer “la gran manzana” y porque no tenía otra alternativa. En Guayaquil habían dejado una tierna niña con el mismo nombre de la madre, al cuidado de su tía y sus abuelos.
Pronto se notó que ella no iba a encajar muy bien en los planes de mi hermano, para comenzar, no quiso trabajar, porque ella se había “graduado en el gran Colegio 28 de Mayo”, había sido una “secretaria” en Guayaquil, y en NYC (acto de suprema injusticia), no empleaban secretarias que no hablaran ingles. Tampoco le gustó que tuviera que compartir “el departamento” conmigo, simplemente no era lo que ella esperaba de Nueva York, así que pronto (en menos de dos semanas), ella empezó a crear situaciones de conflicto, absurdamente esperando que yo me fuera del departamento y este quedara para ellos. Preferí aconsejar a mi hermano que buscara un lugar que fuera menos lejano de su trabajo y así lo entendió él, y lo hizo. Poco tiempo después me enteré que ella lo abandonó y se fue a vivir con unos parientes. Ella en el fondo deseaba libertad, más libertad, y más razones y espacios para disfrutar de “la Gran Manzana”. Finalmente esta mujer lo dejó a él para siempre y desde entonces no se ha tenido noticias concretas de su paradero. A m i hermano nunca le oí quejarse o siquiera comentar la separación. Se, sin embargo, que le dolió mucho y sufrió por ello.
El se fue a Toronto, en Canadá, donde buscó y encontró un buen trabajo y consecuentemente un mejor nivel de vida. Un par de años después, de paso para mis primeras vacaciones en Europa, tuve el gusto de visitarlo, me alegró verlo que él vivía en un pequeño pero cómodo departamento en un edificio nuevo con ascensor. Había encontrado un buen trabajo en un restaurant donde servían carne a la parrilla, donde terminó siendo el cocinero jefe. En Canadá él vivió unos tres años, ganó algo de dinero y con él decidió regresar a Ecuador “a poner un negocio”. Mi hermana Lilita lo recibió con el cariño que ella solía dispensar a todos sus hermanos, lo alojó en su casa y le ayudó a organizar su negocio, este era un lugar de comidas rápidas llamado “DARDAPO”, nombre que Pablo Neruda lo acuñara en una de sus obras cuando repetidamente se equivocaba al mecanografiar la palabra PARPADO. No se porqué Guido escogió este nombre para su negocio pero, con la ayuda de mi hermana Lilita, el negocio empezó a prosperar.
Fue por esa época que yo tuve que mudarme con mi familia a Quito y luego a los Estados Unidos, por tanto perdí el contacto con mi hermano. Pasaron muchos años sin que tuviéramos contacto alguno, en realidad, por razones que prefiero guardar en el “disco duro de mi memoria”, dejé de verlo por muchos años sin que nunca dejara de pensar en él.
Lo perdí de vista y estuvimos muchos años sin contacto, en realidad demasiados años, hasta que un día lo encontré en casa de mi hermana Lilita, a quien él estaba visitando. Se había sometido a una serie de operaciones estéticas, No lo reconocí, admito que no lo reconocí, juro que no lo reconocí, pero él asumió que era una muestra de indiferencia o de reproche de mi parte, hasta que mi hermana Lilita me preguntó “Rafico, no lo conoces”?, él es tu hermano Guido!, fue solo entonces que lo reconocí, lo abrasé muy fuerte, sin palabras, dejé que mi afecto , mi cariño, mi inmenso cariño hacia él se fundieran en un fuerte y largo abrazo. Luego supe que él vivía en Colombia, que se había casado en Medellín con una joven “paisa” y que tenía tres hermosos hijos, dos nenes y una nena, que se parecían a su madre y a él.
Cuando recuerdo mis mejores momentos con él, me vienen a la memoria su espíritu alegre. Recuerdo que había absorbido algo del acento paisa para hablar, que mezclado con el siempre latente acento pallatangueño, se convertía en algo así como el acento de los pastusos. Le gustaba contar chistes, especialmente chistes de pastusos. Cuando lo hacía, con ese acento un cuarto paisa, un cuarto pastuso y medio pallatangueño, me causaba mucha gracia. Ese también es el hermano que amé, que amo y que siempre amaré.
Mi hermano Guido pasó los últimos años de su vida cuidando de sus hijos. Se había separado de su mujer paisa y se mudó a España con sus tres hijos. Cuando estuvo a punto de cumplir con uno de sus mayores anhelos; obtener la ciudadanía española, sus hijos primero, luego sus amigos, y después el resto de sus amigos, y yo, empezamos a darnos cuenta que tenía fallas notables en su memoria. Empezó a llamar a sus hijos por nombres de otros personas, generalmente miembros de la familia, a su hijo mayor lo llamaba Leonardo (su verdadero nombre es Anthony), a su segundo hijo lo llamaba Freddy (su nombre es realmente Diego Michel), a su hija menor la llamaba Mónica (su nombre es Nicole), y así, empezó a dar muestras de una creciente perdida de memoria. Cuando lo invité a venir a mi casa en Guayaquil para someterlo a exámenes médicos, lo hizo, y aquí le detectaron un tumor en su cerebro, que aparentemente lo había tenido escondido en la zona del hipotálamo, un sitio inaccesible a la más moderna cirugía. Su caso era muy complicado, sólo cabía la esperanza de que el tumor no creciera para que él no siguiera perdiendo su memoria, pero las evidencias indicaban que iba en sentido contrario. En mis conversaciones con mi hermano traté de forzar su memoria y hasta cierto punto lo logré, eso me animó a pensar que quizá él podría continuar viviendo una vida casi normal. En Colombia, gracias a la bondad de su ex familia, especialmente de doña Teresa, su ex suegra quien lo logró inscribir como miembro de la seguridad social y por tanto logró que se pudiera beneficiar de los servicios médicos gratuitos de ella, Guido pudo someterse a exámenes adicionales. Por un tiempo se pensó que podría ser posible una cirugía para extirparle el tumor. Al hacerle una prueba para determinar si el tumor era maligno, Guido, mi hermano tan querido, sufrió una embolia cerebral que le mantuvo casi como un vegetal por los siguientes 20 meses. Finalmente se fue, a fines de Noviembre del 2009, Guido, mi hermano, el más querido de sus padres y de casi todos sus hermanos, el padre amoroso, el esposo cariñoso, el hermano siempre fiel e incapaz de ofender a ninguno de sus hermanos, hizo su viaje final, el viaje sin regreso, se fue allá, donde seguramente se juntó con nuestra madre y nuestro padre que le quisieron tanto y donde deben haberle esperado durante esos veinte meses de agonía. Su muerte dejó un vacío enorme en su familia, en sus hijos, en mí, que lo quise tanto y que perdí tanto tiempo en decírselo. Te quiero hermano, siempre te quise y siempre te querré. PAZ EN TU TUMBA!
En mi próximo capítulo: OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA
Sunday, February 6, 2011
MÁS SOBRE MI HERMANO GUIDO
A los diez años mi hermano Guido vino a Guayaquil y se logró matricularle en la escuela Salesiana “San Juan Bosco”, anexa al colegio Cristobal Colón, al sur de la ciudad, una escuela donde la disciplina era parte esencial del plan de estudios. El Padre Astudillo era quien manejaba la escuela, cual “coronel de un batallón de reclutas”, con “látigo en mano”, bajo el principio de que “la letra con sangre entra” y de que “al que no le guste, que se vaya”. Era el educador clásico por esencia, un cuencano de pura cepa, al que el trópico y la sotana le habían endurecido tanto que casi nunca sonreía, las visitas de los padres eran casi un monólogo en el que el cura “informaba y advertía” y los padres “escuchaban y aceptaban lo que el cura exigía”. Simplemente no había posibilidad de un diálogo. Allí mi hermano, recién trasplantado del campo a la ciudad y con un palmarés no necesariamente brillante, hizo el último año de la primaria
Para entonces, mi madre, quien ya había decidido venirse a la ciudad para estar cerca y cuidar del apairote, cuyo cuidado no se lo confiaba a nadie, era quien llevaba las reglas de la escuela a la casa. Ella cuidaba religiosamente que su hijo hiciera los deberes y estudiara las lecciones, y que invariablemente tuviera el tiempo libre necesario para adaptarse a la ciudad. Ella logró que su hijo terminara la primaria y lo hizo con buenas calificaciones. Debe haber sido muy eficaz la combinación del método de enseñanza del Padre Astudillo, con la supervisión de mi madre en la casa.
El próximo paso fue ponerlo en el “colegio”, y, claro, el mejor colegio disponible y que la familia podía pagar en esos momentos era el Colegio Mercantil. Este era, sin duda un buen colegio, de él salían los muchachos con “profesión” (Bachilleres Perito Contadores) a trabajar a los dieciocho años, como ayudantes de contabilidad. Era el “semillero” de los mejores contadores de Guayaquil, el comercio, la banca y la incipiente industria de Guayaquil se enorgullecían de tener entre sus funcionarios mas preciados a los graduados del Colegio Mercantil. La elección era “obvia y acertada”, para un chico de una familia de muy escasos recursos y que buscaba simplificar las cosas pero sobretodo que quería “juntar los fines con los medios disponibles”.
Con mi madre en Guayaquil, los hijos varones volvimos a tener un “hogar” propio, pero nuestra situación económica se volvió crítica, sin los ingresos que ella generaba en Pallatanga, no había el sustento sólido que asegurara la estabilidad de nuestro hogar en Guayaquil, pese a que mi madre decidió conseguir comensales para los almuerzos (algunos de los cuales se le fueron sin pagar), para ayudarse en el presupuesto familiar. La situación no era sostenible en el tiempo, como resultado, mi madre tuvo que regresar a seguir trabajando en su panadería para poder seguir proveyendo el sustento de la familia. Terminado el primer año del colegio en el Mercantil, Guido quedó a cargo de nuestra hermana Flor, quien ya se había casado y vivía en un departamento alquilado en la calle Alejo Lazcano, muy cerca de la Avenida Quito y relativamente lejos del centro de la ciudad y del Colegio Mercantil. Flor le proveía alojamiento y alimento (para lo que yo asumo que ella recibía algo de ayuda de mi madre), pero no podía pagarle la pensión del colegio Mercantil, de eso me hice cargo yo, que a los quince años ya me había hecho cargo de mi propia vida y trabajaba a tiempo completo en una librería española como cobrador y ganaba suficiente para auto sostenerme y aún para ayudar a mi hermano en su educación.
Sin la custodia de mi madre, fue como dejar un pequeño arroyo que siguiera por su cauce sin control, esperando que a su paso no se desviara y causara daños colaterales. Pero Guido no era un manzo arroyo, de cauce conocido y seguro, el tenía una impredecible forma de hacer las cosas y tenía una innegable falta de vocación por el estudio. Cuando a mitad de año fui al colegio para enterarme cómo iba y para reclamar “la libreta” de calificaciones que no acababa por llegar, en la secretaría del colegio me sorprendieron con la noticia de que hacía más de dos meses que él no aparecía por allí. Eso era increíble, porque todas las mañanas, Guido, un chiquillo de doce años, salía religiosamente “al colegio” a las siete de la mañana, y regresaba a las dos de la tarde, ni más ni menos como que si estuviera normalmente asistiendo a sus clases del colegio. No pudimos, a pesar de haber agotado todos los medios posibles, arrancarle el secreto de lo que hacía en el tiempo que se suponía que había estado asistiendo a clases. Nunca lo dijo, o al menos yo nunca lo supe. Lo cierto es que ese año, por supuesto, lo perdió
Tuvimos que cambiarle de colegio, le pusimos en uno que se adaptara mejor a sus hábitos poco rígidos de estudio, claro, pero también a nuestro apretado presupuesto. Para entonces era claro para todos que él nunca sería un brillante estudiante, empezó a ser obvio que nos debíamos conformar con que fuera pura y sencillamente un estudiante y que acabara por graduarse. Lo pusimos en un colegio al que sarcásticamente la gente lo llamaba “el templo del saber”, y allí siguió sus “estudios”, sin mayores contratiempos en tanto y en cuanto “la pensión” de la que yo me encargaba, estuviera al día, y siempre lo estuvo.
Hace pocos días, mientras conversaba con un miembro de la familia, este me recordó de otra de esas graciosas espontaneidades que tenía mi hermano Guido. Cuenta que al final del cuarto año en “el templo del saber”, Guido perdió el año y cuando mi madre le pidió, desde Pallatanga, que le hiciera saber cómo le había ido en los exámenes finales, él, le envió un escueto telegrama diciéndole: ”profesores emocionados, piden que repita el año”. No creo que él haya hecho eso, no a mi madre, quien seguramente era la única persona en el mundo de quién Guido no podía haberse burlado, pero él contó esta historia con esa gracia única que tenía para describirse y describir situaciones especiales de su vida.
Por la época en que Guido estaba muy cerca de terminar sus estudios secundarios, él llegó a mi con su característica sonrisa, mezcla extraña de malicia e inocencia a pedirme un favor que en sus palabras “solo tu, hermano, puedes hacer por mi”. El quería, claro, después de admitir lo insólito de la propuesta, que yo lo “reemplazara” en el examen escrito más difícil, previo al examen oral para graduarse en “el templo del saber”. Ese examen era el de matemáticas, para el cual él no estaba preparado, y claro, él sabía que yo podría hacerlo sin problemas.
El “templo del saber” lo debe haber sabido muy bien, asumo yo, y mi hermano no era el único estudiante que lo hacía, ni yo era el único estudiante “substituto” en el salón de clases donde se tomaba “el examen” final de matemáticas a los futuros “peritos contadores”. Había un Inspector de la Dirección Provincial de Educación en el salón de clases donde ceremoniosamente se tomaba el examen, y éste dio inicio al examen. Debe haberme tomado alrededor de 30 minutos para terminar el examen con diez diferentes problemas de álgebra, luego de lo cual entregué el papel al “Inspector”, quien, ceremoniosa pero rápidamente lo revisó y me hizo saber su aprobación. Parcamente dijo “buen examen y en buen tiempo, puede retirarse señor estudiante”. Afuera me esperaba él, Guido, mi hermano, el único, el inolvidable, el cariñoso, el “inocentemente bandido”. Estaba muy nervioso, como esperando una importante noticia. “Cómo NOS fue en el examen, ñaño?” me dijo, “muy bien”, le contesté ligeramente incómodo y me alejé mientas él se quedaba en la puerta del colegio con otros estudiantes que probablemente esperaban también con ansias el resultado de “sus” delegados exámenes.
En mi próximo capítulo: LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO
Para entonces, mi madre, quien ya había decidido venirse a la ciudad para estar cerca y cuidar del apairote, cuyo cuidado no se lo confiaba a nadie, era quien llevaba las reglas de la escuela a la casa. Ella cuidaba religiosamente que su hijo hiciera los deberes y estudiara las lecciones, y que invariablemente tuviera el tiempo libre necesario para adaptarse a la ciudad. Ella logró que su hijo terminara la primaria y lo hizo con buenas calificaciones. Debe haber sido muy eficaz la combinación del método de enseñanza del Padre Astudillo, con la supervisión de mi madre en la casa.
El próximo paso fue ponerlo en el “colegio”, y, claro, el mejor colegio disponible y que la familia podía pagar en esos momentos era el Colegio Mercantil. Este era, sin duda un buen colegio, de él salían los muchachos con “profesión” (Bachilleres Perito Contadores) a trabajar a los dieciocho años, como ayudantes de contabilidad. Era el “semillero” de los mejores contadores de Guayaquil, el comercio, la banca y la incipiente industria de Guayaquil se enorgullecían de tener entre sus funcionarios mas preciados a los graduados del Colegio Mercantil. La elección era “obvia y acertada”, para un chico de una familia de muy escasos recursos y que buscaba simplificar las cosas pero sobretodo que quería “juntar los fines con los medios disponibles”.
Con mi madre en Guayaquil, los hijos varones volvimos a tener un “hogar” propio, pero nuestra situación económica se volvió crítica, sin los ingresos que ella generaba en Pallatanga, no había el sustento sólido que asegurara la estabilidad de nuestro hogar en Guayaquil, pese a que mi madre decidió conseguir comensales para los almuerzos (algunos de los cuales se le fueron sin pagar), para ayudarse en el presupuesto familiar. La situación no era sostenible en el tiempo, como resultado, mi madre tuvo que regresar a seguir trabajando en su panadería para poder seguir proveyendo el sustento de la familia. Terminado el primer año del colegio en el Mercantil, Guido quedó a cargo de nuestra hermana Flor, quien ya se había casado y vivía en un departamento alquilado en la calle Alejo Lazcano, muy cerca de la Avenida Quito y relativamente lejos del centro de la ciudad y del Colegio Mercantil. Flor le proveía alojamiento y alimento (para lo que yo asumo que ella recibía algo de ayuda de mi madre), pero no podía pagarle la pensión del colegio Mercantil, de eso me hice cargo yo, que a los quince años ya me había hecho cargo de mi propia vida y trabajaba a tiempo completo en una librería española como cobrador y ganaba suficiente para auto sostenerme y aún para ayudar a mi hermano en su educación.
Sin la custodia de mi madre, fue como dejar un pequeño arroyo que siguiera por su cauce sin control, esperando que a su paso no se desviara y causara daños colaterales. Pero Guido no era un manzo arroyo, de cauce conocido y seguro, el tenía una impredecible forma de hacer las cosas y tenía una innegable falta de vocación por el estudio. Cuando a mitad de año fui al colegio para enterarme cómo iba y para reclamar “la libreta” de calificaciones que no acababa por llegar, en la secretaría del colegio me sorprendieron con la noticia de que hacía más de dos meses que él no aparecía por allí. Eso era increíble, porque todas las mañanas, Guido, un chiquillo de doce años, salía religiosamente “al colegio” a las siete de la mañana, y regresaba a las dos de la tarde, ni más ni menos como que si estuviera normalmente asistiendo a sus clases del colegio. No pudimos, a pesar de haber agotado todos los medios posibles, arrancarle el secreto de lo que hacía en el tiempo que se suponía que había estado asistiendo a clases. Nunca lo dijo, o al menos yo nunca lo supe. Lo cierto es que ese año, por supuesto, lo perdió
Tuvimos que cambiarle de colegio, le pusimos en uno que se adaptara mejor a sus hábitos poco rígidos de estudio, claro, pero también a nuestro apretado presupuesto. Para entonces era claro para todos que él nunca sería un brillante estudiante, empezó a ser obvio que nos debíamos conformar con que fuera pura y sencillamente un estudiante y que acabara por graduarse. Lo pusimos en un colegio al que sarcásticamente la gente lo llamaba “el templo del saber”, y allí siguió sus “estudios”, sin mayores contratiempos en tanto y en cuanto “la pensión” de la que yo me encargaba, estuviera al día, y siempre lo estuvo.
Hace pocos días, mientras conversaba con un miembro de la familia, este me recordó de otra de esas graciosas espontaneidades que tenía mi hermano Guido. Cuenta que al final del cuarto año en “el templo del saber”, Guido perdió el año y cuando mi madre le pidió, desde Pallatanga, que le hiciera saber cómo le había ido en los exámenes finales, él, le envió un escueto telegrama diciéndole: ”profesores emocionados, piden que repita el año”. No creo que él haya hecho eso, no a mi madre, quien seguramente era la única persona en el mundo de quién Guido no podía haberse burlado, pero él contó esta historia con esa gracia única que tenía para describirse y describir situaciones especiales de su vida.
Por la época en que Guido estaba muy cerca de terminar sus estudios secundarios, él llegó a mi con su característica sonrisa, mezcla extraña de malicia e inocencia a pedirme un favor que en sus palabras “solo tu, hermano, puedes hacer por mi”. El quería, claro, después de admitir lo insólito de la propuesta, que yo lo “reemplazara” en el examen escrito más difícil, previo al examen oral para graduarse en “el templo del saber”. Ese examen era el de matemáticas, para el cual él no estaba preparado, y claro, él sabía que yo podría hacerlo sin problemas.
El “templo del saber” lo debe haber sabido muy bien, asumo yo, y mi hermano no era el único estudiante que lo hacía, ni yo era el único estudiante “substituto” en el salón de clases donde se tomaba “el examen” final de matemáticas a los futuros “peritos contadores”. Había un Inspector de la Dirección Provincial de Educación en el salón de clases donde ceremoniosamente se tomaba el examen, y éste dio inicio al examen. Debe haberme tomado alrededor de 30 minutos para terminar el examen con diez diferentes problemas de álgebra, luego de lo cual entregué el papel al “Inspector”, quien, ceremoniosa pero rápidamente lo revisó y me hizo saber su aprobación. Parcamente dijo “buen examen y en buen tiempo, puede retirarse señor estudiante”. Afuera me esperaba él, Guido, mi hermano, el único, el inolvidable, el cariñoso, el “inocentemente bandido”. Estaba muy nervioso, como esperando una importante noticia. “Cómo NOS fue en el examen, ñaño?” me dijo, “muy bien”, le contesté ligeramente incómodo y me alejé mientas él se quedaba en la puerta del colegio con otros estudiantes que probablemente esperaban también con ansias el resultado de “sus” delegados exámenes.
En mi próximo capítulo: LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO
Monday, January 31, 2011
GUIDO, EL RECITADOR
Uno de los actos preliminares de este evento cultural era una recitación a cargo de mi hermano Guido, a quien su profesora le había venido preparando desde hacía más de un mes. La recitación era una oda a “Mi Madre” cuyo autor era un poeta argentino. A más de la preparación de su profesora con los repasos continuos que ella le exigía, mi madre continuaba en casa la preparación de Guido para este gran evento. El asunto se había convertido en poco menos que en un "acontecimiento trascendental" para mi mis padres y para nosotros, sus hermanos. Por las tardes mi madre se encargaba de poner a su hijo más pequeño a repasar la recitación, una y otra vez, hasta que un día antes del día D, mi mamá quedó satisfecha y dejó cenar tranquilo a Guido sin repasar su recitación. Todos en la casa jurábamos que Guido iba a hacer un papel brillante en este, su debut como declamador y “estrella” de los escenarios.
Llegó finalmente el día tan esperado, a las siete de la noche, el escenario estaba preparado, las luces de las lámparas Petromax alumbraban totalmente el lugar, el público asistente, que estaba ubicado frente al escenario y ocupando una gran parte de la plaza del pueblo, estaba cómodamente sentado en las sillas individuales que cada persona había traído desde su casa, y sólo aguardaba el comienzo del gran espectáculo. Era una noche fresca, con un espectacular claro de luna que anunciaba un éxito total para el espectáculo que se había preparado.
Llegó el momento y se abrió el telón. Como de costumbre, el primer punto en el programa de la noche fue el Himno Nacional, coreado por todo el público, lo cual se hizo con la solemnidad con que en la escuela siempre nos enseñaron a cantarlo. El segundo punto del programa fueron las palabras del director de la escuela “La Condamine” don Luis Cadena, ofreciendo el acto al gran público pallatangueño y a las delegaciones culturales y deportivas que nos visitaban. Sonoros aplausos del público que estaba ya ansioso de que comenzaran “la acción”.
En el tercer punto del programa, la persona a cargo de este, anunció la presentación del niño de seis años, Guido Antonio Romero Montiel, alumno del primer grado de la escuela “la Condamine”, recitando el poema “A Mi Madre”. El público emocionado le otorgó un sonoro aplauso de bienvenida al “joven recitador”, quien hizo la venia de saludo al público y comenzó diciendo con su voz medio ronca ; “a mi madre”, luego con una pausa de varios segundos, mirando siempre de frente hacia el público que esperaba ansioso escuchar la recitación, Guido, calmado, sin prisa, pero tosiendo brevemente como para aclarar su garganta, repitió; “a mi madre”, a continuación , el recitador hizo una nueva pausa de varios segundos y, con una leve expresión de frustración volvió a repetir; “a mi madre” mientras ya el público empezaba a hacer oír murmullos que eran una mezcla de ansiedad y de frustración y de ganas de ayudar al pequeño declamador.
Guido seguía en el centro del escenario y, por cuarta vez repitió, ya con muestras de sentirse frustrado y con sus mejillas enrojecidas, una vez más “a mi madre”, finalmente alzó las manos hacia arriba, como dándose por vencido o pidiendo ayuda divina para recordar el texto de su poema, pero la ayuda nunca le llegó. Entonces, sin inmutarse repitió la venia, inclinándose casi hasta llegar con su cabeza a las rodillas, y salió del escenario despidiéndose del público con un beso volado, agitando sus dos manos como si estuviera a punto de iniciar un largo viaje después de un gran éxito escénico. El público se desató en una carcajada incontenible que duró varios minutos y retrasó todo el resto del programa y agitaba las manos devolviendo con entusiasmo la despedida de Guido y aplaudiendo sin cesar al frustrado recitador.
En el pueblo no se habló de otra cosa por varios meses, y aún después de muchos años este jocoso evento siguió siendo un tema de comentarios en conversaciones familiares. Mi hermano Guido, quien ya se había hecho famoso en el pueblo cuando, con las vestiduras de Jesús se sacó la corona y empezó a perseguir a los muchachos que lo azotaban más allá de lo debido, se hizo un personaje aún más famoso después del día de su presentación en escena. A Guido todo el mundo saludaba con gracia y con cariño, nunca con reproche. En el pueblo nadie recuerda, y yo no soy la excepción, cuales fueron los actos siguientes de esta noche de eventos culturales en Pallatanga, pero la presentación de Guido, sesenta años después, aún se recuerda y se comenta en nuestro pueblo con una mezcla de cariño y nostalgia.
Al concluir el espectáculo, mi madre, quien se hallaba algo abochornada por este hecho, le preguntó a mi hermano pequeño, porqué se había olvidado algo que tan bien lo sabía y había ensayado tantas veces, y Guido, sin una gota de temor le respondió; ”mamita, acuérdese que yo nunca repasé la recitación delante de tanta gente”.
Hoy se llama a lo que le pasó a Guido “miedo escénico”, y les pasa todos los días hasta a políticos y artistas de todo el mundo. Mi hermano Guido nunca dejó de ser el chico desenvuelto, el que daba su opinión en las conversaciones de los mayores ( y el único al que mis padres se lo permitían), el que hacía un comentario de dos o tres palabras y que hacía reír a todo el mundo. Aunque en la vida le tocó enfrentarse a problemas y situaciones de alto riesgo, él siempre lo hizo con la serenidad con que enfrentó a una masa de público ansiosa de escucharle recitar. El Nunca dejó de tener una alma de niño!
Mi hermano Guido, igual que el resto de los chicos varones de nuestra familia, salió del pueblo cuando tenía entre diez y doce años, cuando mi madre creía que había llegado el momento de “desmamantarnos” y debíamos de comenzar el camino que nos conduciría al “éxito”, fuera del pueblo que ella tanto amaba, pero del cual debíamos salir si queríamos llegar a superar las limitaciones impuestas por el aislamiento de nuestro pueblo. Mi hermano era el último de diez hijos que procrearon nuestros padres y de los que sobrevivimos siete, él era lo que en nuestro pueblo llamaban “el apairote”, o el último de muchos hijos, el consentido, el mimado, el que lo consigue todo de su madre, el que “le saca las canas verdes” a los viejos y al que rara vez estos castigan, el que nació cuando ya los viejos estaban cansados de corregir a los otros hijos y sólo querían ahora disfrutar del más pequeño, que en el fondo era casi un nieto para ellos. Era un niño al que todos lo tratamos con amor, con mucho amor, casi con excesivo amor.
Llegó finalmente el día tan esperado, a las siete de la noche, el escenario estaba preparado, las luces de las lámparas Petromax alumbraban totalmente el lugar, el público asistente, que estaba ubicado frente al escenario y ocupando una gran parte de la plaza del pueblo, estaba cómodamente sentado en las sillas individuales que cada persona había traído desde su casa, y sólo aguardaba el comienzo del gran espectáculo. Era una noche fresca, con un espectacular claro de luna que anunciaba un éxito total para el espectáculo que se había preparado.
Llegó el momento y se abrió el telón. Como de costumbre, el primer punto en el programa de la noche fue el Himno Nacional, coreado por todo el público, lo cual se hizo con la solemnidad con que en la escuela siempre nos enseñaron a cantarlo. El segundo punto del programa fueron las palabras del director de la escuela “La Condamine” don Luis Cadena, ofreciendo el acto al gran público pallatangueño y a las delegaciones culturales y deportivas que nos visitaban. Sonoros aplausos del público que estaba ya ansioso de que comenzaran “la acción”.
En el tercer punto del programa, la persona a cargo de este, anunció la presentación del niño de seis años, Guido Antonio Romero Montiel, alumno del primer grado de la escuela “la Condamine”, recitando el poema “A Mi Madre”. El público emocionado le otorgó un sonoro aplauso de bienvenida al “joven recitador”, quien hizo la venia de saludo al público y comenzó diciendo con su voz medio ronca ; “a mi madre”, luego con una pausa de varios segundos, mirando siempre de frente hacia el público que esperaba ansioso escuchar la recitación, Guido, calmado, sin prisa, pero tosiendo brevemente como para aclarar su garganta, repitió; “a mi madre”, a continuación , el recitador hizo una nueva pausa de varios segundos y, con una leve expresión de frustración volvió a repetir; “a mi madre” mientras ya el público empezaba a hacer oír murmullos que eran una mezcla de ansiedad y de frustración y de ganas de ayudar al pequeño declamador.
Guido seguía en el centro del escenario y, por cuarta vez repitió, ya con muestras de sentirse frustrado y con sus mejillas enrojecidas, una vez más “a mi madre”, finalmente alzó las manos hacia arriba, como dándose por vencido o pidiendo ayuda divina para recordar el texto de su poema, pero la ayuda nunca le llegó. Entonces, sin inmutarse repitió la venia, inclinándose casi hasta llegar con su cabeza a las rodillas, y salió del escenario despidiéndose del público con un beso volado, agitando sus dos manos como si estuviera a punto de iniciar un largo viaje después de un gran éxito escénico. El público se desató en una carcajada incontenible que duró varios minutos y retrasó todo el resto del programa y agitaba las manos devolviendo con entusiasmo la despedida de Guido y aplaudiendo sin cesar al frustrado recitador.
En el pueblo no se habló de otra cosa por varios meses, y aún después de muchos años este jocoso evento siguió siendo un tema de comentarios en conversaciones familiares. Mi hermano Guido, quien ya se había hecho famoso en el pueblo cuando, con las vestiduras de Jesús se sacó la corona y empezó a perseguir a los muchachos que lo azotaban más allá de lo debido, se hizo un personaje aún más famoso después del día de su presentación en escena. A Guido todo el mundo saludaba con gracia y con cariño, nunca con reproche. En el pueblo nadie recuerda, y yo no soy la excepción, cuales fueron los actos siguientes de esta noche de eventos culturales en Pallatanga, pero la presentación de Guido, sesenta años después, aún se recuerda y se comenta en nuestro pueblo con una mezcla de cariño y nostalgia.
Al concluir el espectáculo, mi madre, quien se hallaba algo abochornada por este hecho, le preguntó a mi hermano pequeño, porqué se había olvidado algo que tan bien lo sabía y había ensayado tantas veces, y Guido, sin una gota de temor le respondió; ”mamita, acuérdese que yo nunca repasé la recitación delante de tanta gente”.
Hoy se llama a lo que le pasó a Guido “miedo escénico”, y les pasa todos los días hasta a políticos y artistas de todo el mundo. Mi hermano Guido nunca dejó de ser el chico desenvuelto, el que daba su opinión en las conversaciones de los mayores ( y el único al que mis padres se lo permitían), el que hacía un comentario de dos o tres palabras y que hacía reír a todo el mundo. Aunque en la vida le tocó enfrentarse a problemas y situaciones de alto riesgo, él siempre lo hizo con la serenidad con que enfrentó a una masa de público ansiosa de escucharle recitar. El Nunca dejó de tener una alma de niño!
Mi hermano Guido, igual que el resto de los chicos varones de nuestra familia, salió del pueblo cuando tenía entre diez y doce años, cuando mi madre creía que había llegado el momento de “desmamantarnos” y debíamos de comenzar el camino que nos conduciría al “éxito”, fuera del pueblo que ella tanto amaba, pero del cual debíamos salir si queríamos llegar a superar las limitaciones impuestas por el aislamiento de nuestro pueblo. Mi hermano era el último de diez hijos que procrearon nuestros padres y de los que sobrevivimos siete, él era lo que en nuestro pueblo llamaban “el apairote”, o el último de muchos hijos, el consentido, el mimado, el que lo consigue todo de su madre, el que “le saca las canas verdes” a los viejos y al que rara vez estos castigan, el que nació cuando ya los viejos estaban cansados de corregir a los otros hijos y sólo querían ahora disfrutar del más pequeño, que en el fondo era casi un nieto para ellos. Era un niño al que todos lo tratamos con amor, con mucho amor, casi con excesivo amor.
Wednesday, January 26, 2011
GUIDO, MI HEMANO MAS PEQUEÑO
Mi hermano Guido nació el 13 de junio de 1945, el era tres años menor que yo, fue el único que nació en “nuestra casa propia”. La casita de madera de un piso, de techo de paja, con piso de tablas y con el horno de leña hacia el lado izquierdo, con "la quebrada" detrás de ella y el jardin de mi madre hacia el lado derecho, donde ella tenía desde flores hasta mandarinas y aguacates, pasando por el infaltable café nuestro de cada día. El horno de adobe que se calentaba con leña, era “la instalación” que gracias a mi madre, generaba el más importante flujo de recursos para mantener a nuestra familia.
La guerra en Europa había terminado por la época en que nació Guido, y la guerra en el Pacífico estaba a punto de terminar. Las diezmadas fuerzas japonesas estaban en franca retirada, pero aún resistían en ciertos grupos de islas en el Pacífico. El general americano Douglas Mc Arthur había cumplido ya su promesa de “regresar” a las Filipinas, y sólo era cuestión de tiempo para que los japoneses alzaran las manos en señal de rendición. Los americanos sin embargo, estaban presionados por la opinión pública que reclamaba el fin de la guerra y la rendición “incondicional” de Japón. El mundo no sabía que esa rendición se daría muy pronto.
El 5 de agosto de ese mismo año, desde el avión Enola Gay, la fuerza aérea americana lanzó sobre la ciudad de Hiroshima una bomba atómica de 80 kilotones (80 mil toneladas), que destruyó el 80% de la ciudad y mató a más de ochenta mil de sus habitantes, dejando con lesiones muy graves a otras cien mil personas. Había nacido la era atómica y esta era su sangrienta partida de nacimiento. Muy pocos días después, la ciudad de Nagasaki sufrió un ataque similar y murieron otras cincuenta mil personas. La afrenta de Pearl Harbor había sido vengada, Japón, en efecto se rindió incondicionalmente, y los americanos ocuparon todo su archipiélago. La guerra había terminado. Una era de paz se esperaba como corolario de este sangriento conflicto mundial que cobró la vida de cincuenta millones de personas en casi seis años de guerra. Comenzó la ocupación militar de los Estados Unidos en Japón, y, a la inversa de lo que ocurriera con la ocupación Soviética de Europa, que nunca acabó por reconstruir los devastados paises del este europeo, comenzó la etapa de reconstrucción del Imperio Japonés, reconstrucción que en menos de quince años, llevaría a ese país a convertirse en la segunda economía del mundo.
Porqué hablo de esto en mis memorias? Porque, de alguna manera el fin de la guerra afecta a Pallatanga, y no positivamente. El comercio de la cascarilla (la corteza de un árbol tropical que se exportaba para la producción de la quinina) se terminó. Los pallatangueños habían comerciado con la cascarilla casi desde el comienzo de la guerra del Pacífico a fines de 1941. Este producto había contribuido a mejorar la economía de los pallatangueños, pues era la materia prima de la quinina, esencial para la cura del paludismo, una enfermedad que diezmaba a las tropas en el Pacífico. La cascarilla se exportaba a los Estados Unidos. Mi padre de alguna manera resultó afectado por este evento, y también la economía de nuestra casa sufrió por ello. Casi todo el peso del mantenimiento de la familia volvió a caer sobre los hombros de mi madre y su enorme capacidad de producir el pan nuestro de cada día.
Es en este contexto económico que nace mi hermano Guido, él era un niño realmente bonito, blanco, pelo castaño claro, casi rubio, medio crespo, que mi madre se lo dejaba crecer hasta formar los rizos que luego le colgaban hacia atrás y hacia los lados, dándole un halo de distinción en un ambiente en que la mayoría de los niños teníamos pelo negro y lacio.
Mi hermano Pancho, el chico más guapo de la familia, y del pueblo, ya tenía 11 años y no quería más cargar la cruz en la noche del viernes santo, rol para el cual había sido escogido por los últimos cinco años. El sustituto escogido por el cura y el comité de damas, para el papel de “Cristo” fue, casi por unanimidad mi hermano Guido, que entonces ya tenía seis años. Sólo hacía falta ponerle la túnica roja y la corona de “espinas” para que cargue la cruz en la gran procesión del Viernes Santo. Guido era, ya vestido como Cristo, una miniatura de Jesús El Nazareno. Los chicos que representaban a ls soldados romanos (y vestidos como ellos), que azotaban a Jesús en su camino al calvario estaban listos, les gustaba mucho su papel porque podían azotar al Jesús de la procesión y a uno que otro chico que pasaba por su lado, sin temor a represalias por parte de los afectados o a ser castigados por los cucuruchos.
Llegó el viernes Santo del año 1951, todo estaba listo, la procesión comenzó, es un acto que demora alrededor de una hora entre salir de la iglesia, dar la vuelta completa al pueblo y regresar al punto de partida. Literalmente toda la población de Pallatanga participaba en esta procesión, unas cuatrocientas personas en dos filas, una a cada lado de la calle, cada una de ellas llevaba una vela encendida, lo hacían con devoción, con fe, con sentido dolor por la muerte de Cristo. Los cucuruchos (como en las procesiones españolas), vestidos con túnicas largas y negras como las de los curas, con largos antifaces blancos que cubren sus espaldas y totalmente su rostro y sus cabezas, llegando casi hasta sus pies (en un uniforme muy parecido al del Ku Klux Klan), van armados con largos bastones negros con los que castigan a los que no guardan compostura en la procesión. Ellos, que se llamaban a sí mismos, “esclavos de la Virgen”, se encargaban de mantener la disciplina, sobretodo porque entre los chicos de entre diez y dieciséis años habían algunos que aprovechan para cometer pequeñas fechorías y reírse un poco a costa de de sus escogidas víctimas.
Todo iba bien por los primeros veinticinco minutos, Guido hacía un buen papel como Jesús cargando la cruz, más, de pronto uno de los “soldados romanos” que van detrás de él comenzó a “azotarlo” menos suavemente de lo que debía,entonces Guido reaccionó, increpando al azotador, y ante la sorpresa de todos, se sacó la corona de espinas, tiró al suelo la cruz que llevaba al hombro en medio de la procesión y comenzó a perseguir al azotador que corría despavorido en busca de refugio. Los cucuruchos no sabían qué hacer ante este inesperado incidente: Cómo se iban a atrever a castigar a Jesús?, y se echaban a reír a carcajadas, igual que los demás testigos de este original incidente que se comentó en el pueblo por muchos años después de su ocurrencia. El siguiente año, en 1952, cuando yo tenía 10 años, hubo que cambiar de “Jesús” en la procesión, y yo fui el elegido, pero tuve que usar una peluca, porque ni mi cabellera era rubia, ni tenía el largo pelo requerido para la ocasión. La peluca había sido hecha con el pelo de mi hermano Guido.
Guido era el mimado de mi madre, de mi padre, de mis hermanas y de todos, era casi “el intocable”. Una muchacha linda del pueblo llamada Norma, bastante mayor que Guido, lo llamaba “mi maridito” y recuerdo que le abrazaba y besaba constantemente. Guido debe haber sido motivo de sus “sueños juveniles”.
Por esa época, a mi madre le quedaban cinco bocas que alimentar, los cuatro hijos varones y Lilita. Letty se había casado y vivía en Guayaquil, mi hermana Flor había sido enviada donde Letty para que siga su educación secundaria. Mi padre volvió a conseguir el empleo como Teniente Político del pueblo y eso empezó a ayudar a la economía familiar. Ya no jugaba a los naipes y a la pinta y sus actividades comerciales le permitían conseguir modestas ganancias que ayudaban a mantener la casa y a Flor que estaba en Guayaquil. Guido, el “apairote” (el último de los hijos de mis padres) era sin duda, el mimado de los viejos, el más pequeño y al que lo ven más débil y por tanto al que hay que darle más atención. Cuando a los seis años de edad él entra a la escuela, mi madre lo viste elegante, con ropas nuevas, ella quiere que él se destaque, al fin o al cabo, las finanzas familiares han mejorado, han pasado los días de miseria, los días en que había que resolver hoy el problema de qué hacer para comer mañana. Teníamos un par de vacas que nos proveían de leche fresca todos los días, comíamos “arroz”, al menos tres días por semana, un verdadero lujo por esos días en nuestro pueblo.
Guido era un chico muy especial. Era totalmente desinhibido y hacía las cosas más insólitas con la mayor naturalidad: Como se acercaba una de las festividades más importantes del pueblo, las Fiestas Patronales del año 1952,como de costumbre, el personal de profesores de la escuela se encargaba de ciertos eventos culturales considerados muy importantes para la población. Para el efecto se había preparado un tablado delante de la casa de la directora de la escuela de niñas, doña Romelia Martínez de Mejía, con frente a la plaza, al otro lado de la iglesia del pueblo . Este era el “escenario” sobre el cual se debía hacer las presentaciones en esta ocasión especial. Delegaciones culturales y deportivas de varios pueblos vecinos, incluyendo Cajabamba, Chillanes y Bucay habían venido para solemnizar las fiestas del pueblo. Dentro del programa cultural preparado para esta ocasión y como acto de “fondo” estaba la presentación de un “drama” a cargo de actores escogidos en el pueblo, tomados de lo más selecto de la juventud pallatangueña, pero, dentro de los actos preliminares, habían presentaciones individuales de declamadores, cantantes y aún de actos cómicos a cargo de las delegaciones visitantes.
En mi próximo capítulo: GUIDO EL RECITADOR
La guerra en Europa había terminado por la época en que nació Guido, y la guerra en el Pacífico estaba a punto de terminar. Las diezmadas fuerzas japonesas estaban en franca retirada, pero aún resistían en ciertos grupos de islas en el Pacífico. El general americano Douglas Mc Arthur había cumplido ya su promesa de “regresar” a las Filipinas, y sólo era cuestión de tiempo para que los japoneses alzaran las manos en señal de rendición. Los americanos sin embargo, estaban presionados por la opinión pública que reclamaba el fin de la guerra y la rendición “incondicional” de Japón. El mundo no sabía que esa rendición se daría muy pronto.
El 5 de agosto de ese mismo año, desde el avión Enola Gay, la fuerza aérea americana lanzó sobre la ciudad de Hiroshima una bomba atómica de 80 kilotones (80 mil toneladas), que destruyó el 80% de la ciudad y mató a más de ochenta mil de sus habitantes, dejando con lesiones muy graves a otras cien mil personas. Había nacido la era atómica y esta era su sangrienta partida de nacimiento. Muy pocos días después, la ciudad de Nagasaki sufrió un ataque similar y murieron otras cincuenta mil personas. La afrenta de Pearl Harbor había sido vengada, Japón, en efecto se rindió incondicionalmente, y los americanos ocuparon todo su archipiélago. La guerra había terminado. Una era de paz se esperaba como corolario de este sangriento conflicto mundial que cobró la vida de cincuenta millones de personas en casi seis años de guerra. Comenzó la ocupación militar de los Estados Unidos en Japón, y, a la inversa de lo que ocurriera con la ocupación Soviética de Europa, que nunca acabó por reconstruir los devastados paises del este europeo, comenzó la etapa de reconstrucción del Imperio Japonés, reconstrucción que en menos de quince años, llevaría a ese país a convertirse en la segunda economía del mundo.
Porqué hablo de esto en mis memorias? Porque, de alguna manera el fin de la guerra afecta a Pallatanga, y no positivamente. El comercio de la cascarilla (la corteza de un árbol tropical que se exportaba para la producción de la quinina) se terminó. Los pallatangueños habían comerciado con la cascarilla casi desde el comienzo de la guerra del Pacífico a fines de 1941. Este producto había contribuido a mejorar la economía de los pallatangueños, pues era la materia prima de la quinina, esencial para la cura del paludismo, una enfermedad que diezmaba a las tropas en el Pacífico. La cascarilla se exportaba a los Estados Unidos. Mi padre de alguna manera resultó afectado por este evento, y también la economía de nuestra casa sufrió por ello. Casi todo el peso del mantenimiento de la familia volvió a caer sobre los hombros de mi madre y su enorme capacidad de producir el pan nuestro de cada día.
Es en este contexto económico que nace mi hermano Guido, él era un niño realmente bonito, blanco, pelo castaño claro, casi rubio, medio crespo, que mi madre se lo dejaba crecer hasta formar los rizos que luego le colgaban hacia atrás y hacia los lados, dándole un halo de distinción en un ambiente en que la mayoría de los niños teníamos pelo negro y lacio.
Mi hermano Pancho, el chico más guapo de la familia, y del pueblo, ya tenía 11 años y no quería más cargar la cruz en la noche del viernes santo, rol para el cual había sido escogido por los últimos cinco años. El sustituto escogido por el cura y el comité de damas, para el papel de “Cristo” fue, casi por unanimidad mi hermano Guido, que entonces ya tenía seis años. Sólo hacía falta ponerle la túnica roja y la corona de “espinas” para que cargue la cruz en la gran procesión del Viernes Santo. Guido era, ya vestido como Cristo, una miniatura de Jesús El Nazareno. Los chicos que representaban a ls soldados romanos (y vestidos como ellos), que azotaban a Jesús en su camino al calvario estaban listos, les gustaba mucho su papel porque podían azotar al Jesús de la procesión y a uno que otro chico que pasaba por su lado, sin temor a represalias por parte de los afectados o a ser castigados por los cucuruchos.
Llegó el viernes Santo del año 1951, todo estaba listo, la procesión comenzó, es un acto que demora alrededor de una hora entre salir de la iglesia, dar la vuelta completa al pueblo y regresar al punto de partida. Literalmente toda la población de Pallatanga participaba en esta procesión, unas cuatrocientas personas en dos filas, una a cada lado de la calle, cada una de ellas llevaba una vela encendida, lo hacían con devoción, con fe, con sentido dolor por la muerte de Cristo. Los cucuruchos (como en las procesiones españolas), vestidos con túnicas largas y negras como las de los curas, con largos antifaces blancos que cubren sus espaldas y totalmente su rostro y sus cabezas, llegando casi hasta sus pies (en un uniforme muy parecido al del Ku Klux Klan), van armados con largos bastones negros con los que castigan a los que no guardan compostura en la procesión. Ellos, que se llamaban a sí mismos, “esclavos de la Virgen”, se encargaban de mantener la disciplina, sobretodo porque entre los chicos de entre diez y dieciséis años habían algunos que aprovechan para cometer pequeñas fechorías y reírse un poco a costa de de sus escogidas víctimas.
Todo iba bien por los primeros veinticinco minutos, Guido hacía un buen papel como Jesús cargando la cruz, más, de pronto uno de los “soldados romanos” que van detrás de él comenzó a “azotarlo” menos suavemente de lo que debía,entonces Guido reaccionó, increpando al azotador, y ante la sorpresa de todos, se sacó la corona de espinas, tiró al suelo la cruz que llevaba al hombro en medio de la procesión y comenzó a perseguir al azotador que corría despavorido en busca de refugio. Los cucuruchos no sabían qué hacer ante este inesperado incidente: Cómo se iban a atrever a castigar a Jesús?, y se echaban a reír a carcajadas, igual que los demás testigos de este original incidente que se comentó en el pueblo por muchos años después de su ocurrencia. El siguiente año, en 1952, cuando yo tenía 10 años, hubo que cambiar de “Jesús” en la procesión, y yo fui el elegido, pero tuve que usar una peluca, porque ni mi cabellera era rubia, ni tenía el largo pelo requerido para la ocasión. La peluca había sido hecha con el pelo de mi hermano Guido.
Guido era el mimado de mi madre, de mi padre, de mis hermanas y de todos, era casi “el intocable”. Una muchacha linda del pueblo llamada Norma, bastante mayor que Guido, lo llamaba “mi maridito” y recuerdo que le abrazaba y besaba constantemente. Guido debe haber sido motivo de sus “sueños juveniles”.
Por esa época, a mi madre le quedaban cinco bocas que alimentar, los cuatro hijos varones y Lilita. Letty se había casado y vivía en Guayaquil, mi hermana Flor había sido enviada donde Letty para que siga su educación secundaria. Mi padre volvió a conseguir el empleo como Teniente Político del pueblo y eso empezó a ayudar a la economía familiar. Ya no jugaba a los naipes y a la pinta y sus actividades comerciales le permitían conseguir modestas ganancias que ayudaban a mantener la casa y a Flor que estaba en Guayaquil. Guido, el “apairote” (el último de los hijos de mis padres) era sin duda, el mimado de los viejos, el más pequeño y al que lo ven más débil y por tanto al que hay que darle más atención. Cuando a los seis años de edad él entra a la escuela, mi madre lo viste elegante, con ropas nuevas, ella quiere que él se destaque, al fin o al cabo, las finanzas familiares han mejorado, han pasado los días de miseria, los días en que había que resolver hoy el problema de qué hacer para comer mañana. Teníamos un par de vacas que nos proveían de leche fresca todos los días, comíamos “arroz”, al menos tres días por semana, un verdadero lujo por esos días en nuestro pueblo.
Guido era un chico muy especial. Era totalmente desinhibido y hacía las cosas más insólitas con la mayor naturalidad: Como se acercaba una de las festividades más importantes del pueblo, las Fiestas Patronales del año 1952,como de costumbre, el personal de profesores de la escuela se encargaba de ciertos eventos culturales considerados muy importantes para la población. Para el efecto se había preparado un tablado delante de la casa de la directora de la escuela de niñas, doña Romelia Martínez de Mejía, con frente a la plaza, al otro lado de la iglesia del pueblo . Este era el “escenario” sobre el cual se debía hacer las presentaciones en esta ocasión especial. Delegaciones culturales y deportivas de varios pueblos vecinos, incluyendo Cajabamba, Chillanes y Bucay habían venido para solemnizar las fiestas del pueblo. Dentro del programa cultural preparado para esta ocasión y como acto de “fondo” estaba la presentación de un “drama” a cargo de actores escogidos en el pueblo, tomados de lo más selecto de la juventud pallatangueña, pero, dentro de los actos preliminares, habían presentaciones individuales de declamadores, cantantes y aún de actos cómicos a cargo de las delegaciones visitantes.
En mi próximo capítulo: GUIDO EL RECITADOR
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