Saturday, February 12, 2011

LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO

No lo volví a ver por mucho tiempo, francamente le perdí la pista porque él vivía con una de mis hermanas y yo vivía sólo en un cuarto arrendado a una familia de contrabandistas donde lo mejor era la hija de la señora, una linda y coqueta muchacha de ojos y pelo negro, de tés medio trigueña y guapísima, a quien su madre llamaba “Pichusa”, quien por las noches se regocijaba apretando su mano a la mía pasando su brazo a través de la abertura de una vieja puerta que separaba mi habitación de la suya.
Fue en Julio de 1967, año en que yo estudiaba y vivía en Nueva York, que mi hermano Guido se puso en contacto conmigo para hacerme saber que se había casado, que no tenía trabajo y que para poder mantener su hogar quería venir con su mujer a NYC, en busca de un empleo. Me pedía que lo recibiera en mi (pomposamente llamado) departamento que realmente era un cuarto de un solo ambiente donde había espacio para una cama grande, un pequeño espacio para la “cocina”, y un baño. Era muy cómodo para mí, pero era muy estrecho para tres. Por este “departamento yo pagaba 80 dólares mensuales. Era en la calle 68 del West Side, entre Broadway y la Octava Avenida, no muy lejos de donde muchos años después, un loco mató a John Lennon. Era casi en el límite que dividía el New York de los pobres del West Side y el New York de los que viven muy bien gracias a sus altos ingresos, frente al maravilloso Parque Central, en la Octava Avenida. Allí, en mi modestísimo departamento lo recibí, el vino con su mujer y como equipaje casi literalmente sólo tría una mano adelante y otra atrás.
Le ayudé a encontrar trabajo en una fábrica de cartón al otro lado del río Hudson, en New Jersey, muy cerca del Washington Bridge. Su mujer, llamada Mónica, era una joven mulata de apariencia relativamente agradable, de extracción humilde, pero con poses de “yo no pertenezco a esto”. Creo que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión de mi hermano de venir a NYC en busca de trabajo, pero la aceptó, un tanto por la novelería de venir a conocer “la gran manzana” y porque no tenía otra alternativa. En Guayaquil habían dejado una tierna niña con el mismo nombre de la madre, al cuidado de su tía y sus abuelos.
Pronto se notó que ella no iba a encajar muy bien en los planes de mi hermano, para comenzar, no quiso trabajar, porque ella se había “graduado en el gran Colegio 28 de Mayo”, había sido una “secretaria” en Guayaquil, y en NYC (acto de suprema injusticia), no empleaban secretarias que no hablaran ingles. Tampoco le gustó que tuviera que compartir “el departamento” conmigo, simplemente no era lo que ella esperaba de Nueva York, así que pronto (en menos de dos semanas), ella empezó a crear situaciones de conflicto, absurdamente esperando que yo me fuera del departamento y este quedara para ellos. Preferí aconsejar a mi hermano que buscara un lugar que fuera menos lejano de su trabajo y así lo entendió él, y lo hizo. Poco tiempo después me enteré que ella lo abandonó y se fue a vivir con unos parientes. Ella en el fondo deseaba libertad, más libertad, y más razones y espacios para disfrutar de “la Gran Manzana”. Finalmente esta mujer lo dejó a él para siempre y desde entonces no se ha tenido noticias concretas de su paradero. A m i hermano nunca le oí quejarse o siquiera comentar la separación. Se, sin embargo, que le dolió mucho y sufrió por ello.
El se fue a Toronto, en Canadá, donde buscó y encontró un buen trabajo y consecuentemente un mejor nivel de vida. Un par de años después, de paso para mis primeras vacaciones en Europa, tuve el gusto de visitarlo, me alegró verlo que él vivía en un pequeño pero cómodo departamento en un edificio nuevo con ascensor. Había encontrado un buen trabajo en un restaurant donde servían carne a la parrilla, donde terminó siendo el cocinero jefe. En Canadá él vivió unos tres años, ganó algo de dinero y con él decidió regresar a Ecuador “a poner un negocio”. Mi hermana Lilita lo recibió con el cariño que ella solía dispensar a todos sus hermanos, lo alojó en su casa y le ayudó a organizar su negocio, este era un lugar de comidas rápidas llamado “DARDAPO”, nombre que Pablo Neruda lo acuñara en una de sus obras cuando repetidamente se equivocaba al mecanografiar la palabra PARPADO. No se porqué Guido escogió este nombre para su negocio pero, con la ayuda de mi hermana Lilita, el negocio empezó a prosperar.
Fue por esa época que yo tuve que mudarme con mi familia a Quito y luego a los Estados Unidos, por tanto perdí el contacto con mi hermano. Pasaron muchos años sin que tuviéramos contacto alguno, en realidad, por razones que prefiero guardar en el “disco duro de mi memoria”, dejé de verlo por muchos años sin que nunca dejara de pensar en él.
Lo perdí de vista y estuvimos muchos años sin contacto, en realidad demasiados años, hasta que un día lo encontré en casa de mi hermana Lilita, a quien él estaba visitando. Se había sometido a una serie de operaciones estéticas, No lo reconocí, admito que no lo reconocí, juro que no lo reconocí, pero él asumió que era una muestra de indiferencia o de reproche de mi parte, hasta que mi hermana Lilita me preguntó “Rafico, no lo conoces”?, él es tu hermano Guido!, fue solo entonces que lo reconocí, lo abrasé muy fuerte, sin palabras, dejé que mi afecto , mi cariño, mi inmenso cariño hacia él se fundieran en un fuerte y largo abrazo. Luego supe que él vivía en Colombia, que se había casado en Medellín con una joven “paisa” y que tenía tres hermosos hijos, dos nenes y una nena, que se parecían a su madre y a él.
Cuando recuerdo mis mejores momentos con él, me vienen a la memoria su espíritu alegre. Recuerdo que había absorbido algo del acento paisa para hablar, que mezclado con el siempre latente acento pallatangueño, se convertía en algo así como el acento de los pastusos. Le gustaba contar chistes, especialmente chistes de pastusos. Cuando lo hacía, con ese acento un cuarto paisa, un cuarto pastuso y medio pallatangueño, me causaba mucha gracia. Ese también es el hermano que amé, que amo y que siempre amaré.
Mi hermano Guido pasó los últimos años de su vida cuidando de sus hijos. Se había separado de su mujer paisa y se mudó a España con sus tres hijos. Cuando estuvo a punto de cumplir con uno de sus mayores anhelos; obtener la ciudadanía española, sus hijos primero, luego sus amigos, y después el resto de sus amigos, y yo, empezamos a darnos cuenta que tenía fallas notables en su memoria. Empezó a llamar a sus hijos por nombres de otros personas, generalmente miembros de la familia, a su hijo mayor lo llamaba Leonardo (su verdadero nombre es Anthony), a su segundo hijo lo llamaba Freddy (su nombre es realmente Diego Michel), a su hija menor la llamaba Mónica (su nombre es Nicole), y así, empezó a dar muestras de una creciente perdida de memoria. Cuando lo invité a venir a mi casa en Guayaquil para someterlo a exámenes médicos, lo hizo, y aquí le detectaron un tumor en su cerebro, que aparentemente lo había tenido escondido en la zona del hipotálamo, un sitio inaccesible a la más moderna cirugía. Su caso era muy complicado, sólo cabía la esperanza de que el tumor no creciera para que él no siguiera perdiendo su memoria, pero las evidencias indicaban que iba en sentido contrario. En mis conversaciones con mi hermano traté de forzar su memoria y hasta cierto punto lo logré, eso me animó a pensar que quizá él podría continuar viviendo una vida casi normal. En Colombia, gracias a la bondad de su ex familia, especialmente de doña Teresa, su ex suegra quien lo logró inscribir como miembro de la seguridad social y por tanto logró que se pudiera beneficiar de los servicios médicos gratuitos de ella, Guido pudo someterse a exámenes adicionales. Por un tiempo se pensó que podría ser posible una cirugía para extirparle el tumor. Al hacerle una prueba para determinar si el tumor era maligno, Guido, mi hermano tan querido, sufrió una embolia cerebral que le mantuvo casi como un vegetal por los siguientes 20 meses. Finalmente se fue, a fines de Noviembre del 2009, Guido, mi hermano, el más querido de sus padres y de casi todos sus hermanos, el padre amoroso, el esposo cariñoso, el hermano siempre fiel e incapaz de ofender a ninguno de sus hermanos, hizo su viaje final, el viaje sin regreso, se fue allá, donde seguramente se juntó con nuestra madre y nuestro padre que le quisieron tanto y donde deben haberle esperado durante esos veinte meses de agonía. Su muerte dejó un vacío enorme en su familia, en sus hijos, en mí, que lo quise tanto y que perdí tanto tiempo en decírselo. Te quiero hermano, siempre te quise y siempre te querré. PAZ EN TU TUMBA!
En mi próximo capítulo: OTROS RECUERDOS DE MI INFANCIA

Sunday, February 6, 2011

MÁS SOBRE MI HERMANO GUIDO

A los diez años mi hermano Guido vino a Guayaquil y se logró matricularle en la escuela Salesiana “San Juan Bosco”, anexa al colegio Cristobal Colón, al sur de la ciudad, una escuela donde la disciplina era parte esencial del plan de estudios. El Padre Astudillo era quien manejaba la escuela, cual “coronel de un batallón de reclutas”, con “látigo en mano”, bajo el principio de que “la letra con sangre entra” y de que “al que no le guste, que se vaya”. Era el educador clásico por esencia, un cuencano de pura cepa, al que el trópico y la sotana le habían endurecido tanto que casi nunca sonreía, las visitas de los padres eran casi un monólogo en el que el cura “informaba y advertía” y los padres “escuchaban y aceptaban lo que el cura exigía”. Simplemente no había posibilidad de un diálogo. Allí mi hermano, recién trasplantado del campo a la ciudad y con un palmarés no necesariamente brillante, hizo el último año de la primaria
Para entonces, mi madre, quien ya había decidido venirse a la ciudad para estar cerca y cuidar del apairote, cuyo cuidado no se lo confiaba a nadie, era quien llevaba las reglas de la escuela a la casa. Ella cuidaba religiosamente que su hijo hiciera los deberes y estudiara las lecciones, y que invariablemente tuviera el tiempo libre necesario para adaptarse a la ciudad. Ella logró que su hijo terminara la primaria y lo hizo con buenas calificaciones. Debe haber sido muy eficaz la combinación del método de enseñanza del Padre Astudillo, con la supervisión de mi madre en la casa.
El próximo paso fue ponerlo en el “colegio”, y, claro, el mejor colegio disponible y que la familia podía pagar en esos momentos era el Colegio Mercantil. Este era, sin duda un buen colegio, de él salían los muchachos con “profesión” (Bachilleres Perito Contadores) a trabajar a los dieciocho años, como ayudantes de contabilidad. Era el “semillero” de los mejores contadores de Guayaquil, el comercio, la banca y la incipiente industria de Guayaquil se enorgullecían de tener entre sus funcionarios mas preciados a los graduados del Colegio Mercantil. La elección era “obvia y acertada”, para un chico de una familia de muy escasos recursos y que buscaba simplificar las cosas pero sobretodo que quería “juntar los fines con los medios disponibles”.
Con mi madre en Guayaquil, los hijos varones volvimos a tener un “hogar” propio, pero nuestra situación económica se volvió crítica, sin los ingresos que ella generaba en Pallatanga, no había el sustento sólido que asegurara la estabilidad de nuestro hogar en Guayaquil, pese a que mi madre decidió conseguir comensales para los almuerzos (algunos de los cuales se le fueron sin pagar), para ayudarse en el presupuesto familiar. La situación no era sostenible en el tiempo, como resultado, mi madre tuvo que regresar a seguir trabajando en su panadería para poder seguir proveyendo el sustento de la familia. Terminado el primer año del colegio en el Mercantil, Guido quedó a cargo de nuestra hermana Flor, quien ya se había casado y vivía en un departamento alquilado en la calle Alejo Lazcano, muy cerca de la Avenida Quito y relativamente lejos del centro de la ciudad y del Colegio Mercantil. Flor le proveía alojamiento y alimento (para lo que yo asumo que ella recibía algo de ayuda de mi madre), pero no podía pagarle la pensión del colegio Mercantil, de eso me hice cargo yo, que a los quince años ya me había hecho cargo de mi propia vida y trabajaba a tiempo completo en una librería española como cobrador y ganaba suficiente para auto sostenerme y aún para ayudar a mi hermano en su educación.
Sin la custodia de mi madre, fue como dejar un pequeño arroyo que siguiera por su cauce sin control, esperando que a su paso no se desviara y causara daños colaterales. Pero Guido no era un manzo arroyo, de cauce conocido y seguro, el tenía una impredecible forma de hacer las cosas y tenía una innegable falta de vocación por el estudio. Cuando a mitad de año fui al colegio para enterarme cómo iba y para reclamar “la libreta” de calificaciones que no acababa por llegar, en la secretaría del colegio me sorprendieron con la noticia de que hacía más de dos meses que él no aparecía por allí. Eso era increíble, porque todas las mañanas, Guido, un chiquillo de doce años, salía religiosamente “al colegio” a las siete de la mañana, y regresaba a las dos de la tarde, ni más ni menos como que si estuviera normalmente asistiendo a sus clases del colegio. No pudimos, a pesar de haber agotado todos los medios posibles, arrancarle el secreto de lo que hacía en el tiempo que se suponía que había estado asistiendo a clases. Nunca lo dijo, o al menos yo nunca lo supe. Lo cierto es que ese año, por supuesto, lo perdió
Tuvimos que cambiarle de colegio, le pusimos en uno que se adaptara mejor a sus hábitos poco rígidos de estudio, claro, pero también a nuestro apretado presupuesto. Para entonces era claro para todos que él nunca sería un brillante estudiante, empezó a ser obvio que nos debíamos conformar con que fuera pura y sencillamente un estudiante y que acabara por graduarse. Lo pusimos en un colegio al que sarcásticamente la gente lo llamaba “el templo del saber”, y allí siguió sus “estudios”, sin mayores contratiempos en tanto y en cuanto “la pensión” de la que yo me encargaba, estuviera al día, y siempre lo estuvo.
Hace pocos días, mientras conversaba con un miembro de la familia, este me recordó de otra de esas graciosas espontaneidades que tenía mi hermano Guido. Cuenta que al final del cuarto año en “el templo del saber”, Guido perdió el año y cuando mi madre le pidió, desde Pallatanga, que le hiciera saber cómo le había ido en los exámenes finales, él, le envió un escueto telegrama diciéndole: ”profesores emocionados, piden que repita el año”. No creo que él haya hecho eso, no a mi madre, quien seguramente era la única persona en el mundo de quién Guido no podía haberse burlado, pero él contó esta historia con esa gracia única que tenía para describirse y describir situaciones especiales de su vida.
Por la época en que Guido estaba muy cerca de terminar sus estudios secundarios, él llegó a mi con su característica sonrisa, mezcla extraña de malicia e inocencia a pedirme un favor que en sus palabras “solo tu, hermano, puedes hacer por mi”. El quería, claro, después de admitir lo insólito de la propuesta, que yo lo “reemplazara” en el examen escrito más difícil, previo al examen oral para graduarse en “el templo del saber”. Ese examen era el de matemáticas, para el cual él no estaba preparado, y claro, él sabía que yo podría hacerlo sin problemas.
El “templo del saber” lo debe haber sabido muy bien, asumo yo, y mi hermano no era el único estudiante que lo hacía, ni yo era el único estudiante “substituto” en el salón de clases donde se tomaba “el examen” final de matemáticas a los futuros “peritos contadores”. Había un Inspector de la Dirección Provincial de Educación en el salón de clases donde ceremoniosamente se tomaba el examen, y éste dio inicio al examen. Debe haberme tomado alrededor de 30 minutos para terminar el examen con diez diferentes problemas de álgebra, luego de lo cual entregué el papel al “Inspector”, quien, ceremoniosa pero rápidamente lo revisó y me hizo saber su aprobación. Parcamente dijo “buen examen y en buen tiempo, puede retirarse señor estudiante”. Afuera me esperaba él, Guido, mi hermano, el único, el inolvidable, el cariñoso, el “inocentemente bandido”. Estaba muy nervioso, como esperando una importante noticia. “Cómo NOS fue en el examen, ñaño?” me dijo, “muy bien”, le contesté ligeramente incómodo y me alejé mientas él se quedaba en la puerta del colegio con otros estudiantes que probablemente esperaban también con ansias el resultado de “sus” delegados exámenes.

En mi próximo capítulo: LOS ULTIMOS RECUERDOS DE GUIDO

Monday, January 31, 2011

GUIDO, EL RECITADOR

Uno de los actos preliminares de este evento cultural era una recitación a cargo de mi hermano Guido, a quien su profesora le había venido preparando desde hacía más de un mes. La recitación era una oda a “Mi Madre” cuyo autor era un poeta argentino. A más de la preparación de su profesora con los repasos continuos que ella le exigía, mi madre continuaba en casa la preparación de Guido para este gran evento. El asunto se había convertido en poco menos que en un "acontecimiento trascendental" para mi mis padres y para nosotros, sus hermanos. Por las tardes mi madre se encargaba de poner a su hijo más pequeño a repasar la recitación, una y otra vez, hasta que un día antes del día D, mi mamá quedó satisfecha y dejó cenar tranquilo a Guido sin repasar su recitación. Todos en la casa jurábamos que Guido iba a hacer un papel brillante en este, su debut como declamador y “estrella” de los escenarios.
Llegó finalmente el día tan esperado, a las siete de la noche, el escenario estaba preparado, las luces de las lámparas Petromax alumbraban totalmente el lugar, el público asistente, que estaba ubicado frente al escenario y ocupando una gran parte de la plaza del pueblo, estaba cómodamente sentado en las sillas individuales que cada persona había traído desde su casa, y sólo aguardaba el comienzo del gran espectáculo. Era una noche fresca, con un espectacular claro de luna que anunciaba un éxito total para el espectáculo que se había preparado.
Llegó el momento y se abrió el telón. Como de costumbre, el primer punto en el programa de la noche fue el Himno Nacional, coreado por todo el público, lo cual se hizo con la solemnidad con que en la escuela siempre nos enseñaron a cantarlo. El segundo punto del programa fueron las palabras del director de la escuela “La Condamine” don Luis Cadena, ofreciendo el acto al gran público pallatangueño y a las delegaciones culturales y deportivas que nos visitaban. Sonoros aplausos del público que estaba ya ansioso de que comenzaran “la acción”.
En el tercer punto del programa, la persona a cargo de este, anunció la presentación del niño de seis años, Guido Antonio Romero Montiel, alumno del primer grado de la escuela “la Condamine”, recitando el poema “A Mi Madre”. El público emocionado le otorgó un sonoro aplauso de bienvenida al “joven recitador”, quien hizo la venia de saludo al público y comenzó diciendo con su voz medio ronca ; “a mi madre”, luego con una pausa de varios segundos, mirando siempre de frente hacia el público que esperaba ansioso escuchar la recitación, Guido, calmado, sin prisa, pero tosiendo brevemente como para aclarar su garganta, repitió; “a mi madre”, a continuación , el recitador hizo una nueva pausa de varios segundos y, con una leve expresión de frustración volvió a repetir; “a mi madre” mientras ya el público empezaba a hacer oír murmullos que eran una mezcla de ansiedad y de frustración y de ganas de ayudar al pequeño declamador.
Guido seguía en el centro del escenario y, por cuarta vez repitió, ya con muestras de sentirse frustrado y con sus mejillas enrojecidas, una vez más “a mi madre”, finalmente alzó las manos hacia arriba, como dándose por vencido o pidiendo ayuda divina para recordar el texto de su poema, pero la ayuda nunca le llegó. Entonces, sin inmutarse repitió la venia, inclinándose casi hasta llegar con su cabeza a las rodillas, y salió del escenario despidiéndose del público con un beso volado, agitando sus dos manos como si estuviera a punto de iniciar un largo viaje después de un gran éxito escénico. El público se desató en una carcajada incontenible que duró varios minutos y retrasó todo el resto del programa y agitaba las manos devolviendo con entusiasmo la despedida de Guido y aplaudiendo sin cesar al frustrado recitador.
En el pueblo no se habló de otra cosa por varios meses, y aún después de muchos años este jocoso evento siguió siendo un tema de comentarios en conversaciones familiares. Mi hermano Guido, quien ya se había hecho famoso en el pueblo cuando, con las vestiduras de Jesús se sacó la corona y empezó a perseguir a los muchachos que lo azotaban más allá de lo debido, se hizo un personaje aún más famoso después del día de su presentación en escena. A Guido todo el mundo saludaba con gracia y con cariño, nunca con reproche. En el pueblo nadie recuerda, y yo no soy la excepción, cuales fueron los actos siguientes de esta noche de eventos culturales en Pallatanga, pero la presentación de Guido, sesenta años después, aún se recuerda y se comenta en nuestro pueblo con una mezcla de cariño y nostalgia.
Al concluir el espectáculo, mi madre, quien se hallaba algo abochornada por este hecho, le preguntó a mi hermano pequeño, porqué se había olvidado algo que tan bien lo sabía y había ensayado tantas veces, y Guido, sin una gota de temor le respondió; ”mamita, acuérdese que yo nunca repasé la recitación delante de tanta gente”.
Hoy se llama a lo que le pasó a Guido “miedo escénico”, y les pasa todos los días hasta a políticos y artistas de todo el mundo. Mi hermano Guido nunca dejó de ser el chico desenvuelto, el que daba su opinión en las conversaciones de los mayores ( y el único al que mis padres se lo permitían), el que hacía un comentario de dos o tres palabras y que hacía reír a todo el mundo. Aunque en la vida le tocó enfrentarse a problemas y situaciones de alto riesgo, él siempre lo hizo con la serenidad con que enfrentó a una masa de público ansiosa de escucharle recitar. El Nunca dejó de tener una alma de niño!
Mi hermano Guido, igual que el resto de los chicos varones de nuestra familia, salió del pueblo cuando tenía entre diez y doce años, cuando mi madre creía que había llegado el momento de “desmamantarnos” y debíamos de comenzar el camino que nos conduciría al “éxito”, fuera del pueblo que ella tanto amaba, pero del cual debíamos salir si queríamos llegar a superar las limitaciones impuestas por el aislamiento de nuestro pueblo. Mi hermano era el último de diez hijos que procrearon nuestros padres y de los que sobrevivimos siete, él era lo que en nuestro pueblo llamaban “el apairote”, o el último de muchos hijos, el consentido, el mimado, el que lo consigue todo de su madre, el que “le saca las canas verdes” a los viejos y al que rara vez estos castigan, el que nació cuando ya los viejos estaban cansados de corregir a los otros hijos y sólo querían ahora disfrutar del más pequeño, que en el fondo era casi un nieto para ellos. Era un niño al que todos lo tratamos con amor, con mucho amor, casi con excesivo amor.

Wednesday, January 26, 2011

GUIDO, MI HEMANO MAS PEQUEÑO

Mi hermano Guido nació el 13 de junio de 1945, el era tres años menor que yo, fue el único que nació en “nuestra casa propia”. La casita de madera de un piso, de techo de paja, con piso de tablas y con el horno de leña hacia el lado izquierdo, con "la quebrada" detrás de ella y el jardin de mi madre hacia el lado derecho, donde ella tenía desde flores hasta mandarinas y aguacates, pasando por el infaltable café nuestro de cada día. El horno de adobe que se calentaba con leña, era “la instalación” que gracias a mi madre, generaba el más importante flujo de recursos para mantener a nuestra familia.
La guerra en Europa había terminado por la época en que nació Guido, y la guerra en el Pacífico estaba a punto de terminar. Las diezmadas fuerzas japonesas estaban en franca retirada, pero aún resistían en ciertos grupos de islas en el Pacífico. El general americano Douglas Mc Arthur había cumplido ya su promesa de “regresar” a las Filipinas, y sólo era cuestión de tiempo para que los japoneses alzaran las manos en señal de rendición. Los americanos sin embargo, estaban presionados por la opinión pública que reclamaba el fin de la guerra y la rendición “incondicional” de Japón. El mundo no sabía que esa rendición se daría muy pronto.
El 5 de agosto de ese mismo año, desde el avión Enola Gay, la fuerza aérea americana lanzó sobre la ciudad de Hiroshima una bomba atómica de 80 kilotones (80 mil toneladas), que destruyó el 80% de la ciudad y mató a más de ochenta mil de sus habitantes, dejando con lesiones muy graves a otras cien mil personas. Había nacido la era atómica y esta era su sangrienta partida de nacimiento. Muy pocos días después, la ciudad de Nagasaki sufrió un ataque similar y murieron otras cincuenta mil personas. La afrenta de Pearl Harbor había sido vengada, Japón, en efecto se rindió incondicionalmente, y los americanos ocuparon todo su archipiélago. La guerra había terminado. Una era de paz se esperaba como corolario de este sangriento conflicto mundial que cobró la vida de cincuenta millones de personas en casi seis años de guerra. Comenzó la ocupación militar de los Estados Unidos en Japón, y, a la inversa de lo que ocurriera con la ocupación Soviética de Europa, que nunca acabó por reconstruir los devastados paises del este europeo, comenzó la etapa de reconstrucción del Imperio Japonés, reconstrucción que en menos de quince años, llevaría a ese país a convertirse en la segunda economía del mundo.

Porqué hablo de esto en mis memorias? Porque, de alguna manera el fin de la guerra afecta a Pallatanga, y no positivamente. El comercio de la cascarilla (la corteza de un árbol tropical que se exportaba para la producción de la quinina) se terminó. Los pallatangueños habían comerciado con la cascarilla casi desde el comienzo de la guerra del Pacífico a fines de 1941. Este producto había contribuido a mejorar la economía de los pallatangueños, pues era la materia prima de la quinina, esencial para la cura del paludismo, una enfermedad que diezmaba a las tropas en el Pacífico. La cascarilla se exportaba a los Estados Unidos. Mi padre de alguna manera resultó afectado por este evento, y también la economía de nuestra casa sufrió por ello. Casi todo el peso del mantenimiento de la familia volvió a caer sobre los hombros de mi madre y su enorme capacidad de producir el pan nuestro de cada día.

Es en este contexto económico que nace mi hermano Guido, él era un niño realmente bonito, blanco, pelo castaño claro, casi rubio, medio crespo, que mi madre se lo dejaba crecer hasta formar los rizos que luego le colgaban hacia atrás y hacia los lados, dándole un halo de distinción en un ambiente en que la mayoría de los niños teníamos pelo negro y lacio.

Mi hermano Pancho, el chico más guapo de la familia, y del pueblo, ya tenía 11 años y no quería más cargar la cruz en la noche del viernes santo, rol para el cual había sido escogido por los últimos cinco años. El sustituto escogido por el cura y el comité de damas, para el papel de “Cristo” fue, casi por unanimidad mi hermano Guido, que entonces ya tenía seis años. Sólo hacía falta ponerle la túnica roja y la corona de “espinas” para que cargue la cruz en la gran procesión del Viernes Santo. Guido era, ya vestido como Cristo, una miniatura de Jesús El Nazareno. Los chicos que representaban a ls soldados romanos (y vestidos como ellos), que azotaban a Jesús en su camino al calvario estaban listos, les gustaba mucho su papel porque podían azotar al Jesús de la procesión y a uno que otro chico que pasaba por su lado, sin temor a represalias por parte de los afectados o a ser castigados por los cucuruchos.

Llegó el viernes Santo del año 1951, todo estaba listo, la procesión comenzó, es un acto que demora alrededor de una hora entre salir de la iglesia, dar la vuelta completa al pueblo y regresar al punto de partida. Literalmente toda la población de Pallatanga participaba en esta procesión, unas cuatrocientas personas en dos filas, una a cada lado de la calle, cada una de ellas llevaba una vela encendida, lo hacían con devoción, con fe, con sentido dolor por la muerte de Cristo. Los cucuruchos (como en las procesiones españolas), vestidos con túnicas largas y negras como las de los curas, con largos antifaces blancos que cubren sus espaldas y totalmente su rostro y sus cabezas, llegando casi hasta sus pies (en un uniforme muy parecido al del Ku Klux Klan), van armados con largos bastones negros con los que castigan a los que no guardan compostura en la procesión. Ellos, que se llamaban a sí mismos, “esclavos de la Virgen”, se encargaban de mantener la disciplina, sobretodo porque entre los chicos de entre diez y dieciséis años habían algunos que aprovechan para cometer pequeñas fechorías y reírse un poco a costa de de sus escogidas víctimas.

Todo iba bien por los primeros veinticinco minutos, Guido hacía un buen papel como Jesús cargando la cruz, más, de pronto uno de los “soldados romanos” que van detrás de él comenzó a “azotarlo” menos suavemente de lo que debía,entonces Guido reaccionó, increpando al azotador, y ante la sorpresa de todos, se sacó la corona de espinas, tiró al suelo la cruz que llevaba al hombro en medio de la procesión y comenzó a perseguir al azotador que corría despavorido en busca de refugio. Los cucuruchos no sabían qué hacer ante este inesperado incidente: Cómo se iban a atrever a castigar a Jesús?, y se echaban a reír a carcajadas, igual que los demás testigos de este original incidente que se comentó en el pueblo por muchos años después de su ocurrencia. El siguiente año, en 1952, cuando yo tenía 10 años, hubo que cambiar de “Jesús” en la procesión, y yo fui el elegido, pero tuve que usar una peluca, porque ni mi cabellera era rubia, ni tenía el largo pelo requerido para la ocasión. La peluca había sido hecha con el pelo de mi hermano Guido.

Guido era el mimado de mi madre, de mi padre, de mis hermanas y de todos, era casi “el intocable”. Una muchacha linda del pueblo llamada Norma, bastante mayor que Guido, lo llamaba “mi maridito” y recuerdo que le abrazaba y besaba constantemente. Guido debe haber sido motivo de sus “sueños juveniles”.

Por esa época, a mi madre le quedaban cinco bocas que alimentar, los cuatro hijos varones y Lilita. Letty se había casado y vivía en Guayaquil, mi hermana Flor había sido enviada donde Letty para que siga su educación secundaria. Mi padre volvió a conseguir el empleo como Teniente Político del pueblo y eso empezó a ayudar a la economía familiar. Ya no jugaba a los naipes y a la pinta y sus actividades comerciales le permitían conseguir modestas ganancias que ayudaban a mantener la casa y a Flor que estaba en Guayaquil. Guido, el “apairote” (el último de los hijos de mis padres) era sin duda, el mimado de los viejos, el más pequeño y al que lo ven más débil y por tanto al que hay que darle más atención. Cuando a los seis años de edad él entra a la escuela, mi madre lo viste elegante, con ropas nuevas, ella quiere que él se destaque, al fin o al cabo, las finanzas familiares han mejorado, han pasado los días de miseria, los días en que había que resolver hoy el problema de qué hacer para comer mañana. Teníamos un par de vacas que nos proveían de leche fresca todos los días, comíamos “arroz”, al menos tres días por semana, un verdadero lujo por esos días en nuestro pueblo.

Guido era un chico muy especial. Era totalmente desinhibido y hacía las cosas más insólitas con la mayor naturalidad: Como se acercaba una de las festividades más importantes del pueblo, las Fiestas Patronales del año 1952,como de costumbre, el personal de profesores de la escuela se encargaba de ciertos eventos culturales considerados muy importantes para la población. Para el efecto se había preparado un tablado delante de la casa de la directora de la escuela de niñas, doña Romelia Martínez de Mejía, con frente a la plaza, al otro lado de la iglesia del pueblo . Este era el “escenario” sobre el cual se debía hacer las presentaciones en esta ocasión especial. Delegaciones culturales y deportivas de varios pueblos vecinos, incluyendo Cajabamba, Chillanes y Bucay habían venido para solemnizar las fiestas del pueblo. Dentro del programa cultural preparado para esta ocasión y como acto de “fondo” estaba la presentación de un “drama” a cargo de actores escogidos en el pueblo, tomados de lo más selecto de la juventud pallatangueña, pero, dentro de los actos preliminares, habían presentaciones individuales de declamadores, cantantes y aún de actos cómicos a cargo de las delegaciones visitantes.

En mi próximo capítulo: GUIDO EL RECITADOR

Sunday, January 16, 2011

DIFERENTES METODOS DE ENSEÑANZA

En el cuarto grado, mi nueva profesora venía recién graduada, con los más altos honores, como maestra en un prestigioso colegio de Guayaquil. Debe haber sido notable su preparación académica y probablemente debe haber sabido mucha teoría para ejercer su función académica, pero, también era evidente que su temperamento era muy distinto al de su predecesora, mi hermana Lilita. La nueva maestra era extremadamente severa con los estudiantes, aplicaba sin reparos los métodos más antiguos y duros. Usaba el principio muy en boga en aquellos tiempos de que “la letra con sangre entra” y para ese efecto, usaba muy frecuentemente el “jalón de orejas” hasta dejarnos las orejas blancas por sus manos con tiza y luego rojas al limpiarnos la tiza, lo hacía a su mayor discreción, hasta que doliera, y dolía mucho. Otras veces encargaba a uno de nuestros compañeros estudiantes que vivía en el campo, que le trajera diariamente una larga vara de huillo (una planta de ramas largas y semi-flexibles) para que le sirviera como látigo para castigar a los estudiantes que no llegaban a su esperado estándar de rendimiento o de conducta.
Yo era uno de los estudiantes que recibía más jalones de oreja, y a veces azotes, y no creo que porque era un estudiante deficiente (que nunca lo fui), o porque mi conducta o aprovechamiento así lo requerían, sino más bien porque ella quería mostrar a los demás estudiantes que nadie se escapaba de sus “reglas” y de “sus métodos”, por tanto, los demás estudiantes no podían esperar un trato menos estricto que el que se me daba a mi que era un buen estudiante.
Ni el jalón de orejas y ciertamente tampoco el latigazo, deben haber hecho mucho efecto positivo en mi desarrollo como estudiante o como individuo, no recuerdo que ellos hayan modificado mis hábitos de estudio, ni entonces ni después, puesto que sin eso, o tal ves a pesar de eso, llegué a ser el mejor estudiante de mi promoción y alcancé las máximas calificaciones y honores en la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil. Allí me hice acreedor al Premio Contenta, el más alto galardón que la Universidad confiere a sus más distinguidos estudiantes. Alcancé el altísimo promedio de 9.75 en los seis años de estudio, pero no solamente eso, sino que, en cada uno de los seis años de estudio recibí el premio al mejor estudiante gracias a mis excelentes calificaciones. Se me ocurre que dentro, muy dentro de la actitud de esta profesora, o quizás en sus genes puede haber estado este temperamento, y, claro, la influencia innegable del medio y de la cultura de esos tiempos. No guardo, a pesar de todo, ningún resentimiento hacia esa profesora, sólo lamento que haya tenido que debutar como maestra en un medio en el que el castigo físico era parte de la cultura prevaleciente, por eso es necesario enfatizar que los individuos somos un producto de los lugares, de las épocas y de las culturas en que nos hemos desarrollado. El relato de esta parte de mi vida sólo es un homenaje a la verdad que brota desde mi alma en mis memorias, y que, como el agua de un río, no puede detenerse hasta que llega al mar, esto es, hasta decir lo que siento.
El quinto grado de mi escuela primaria no ha dejado en mi ningún recuerdo especial, ni siquiera recuerdo el nombre de mi profesor, o profesora de ese grado. Fue en sexto grado, y como parte del programa de estudio de geografía e historia, que por primera vez aprendí algunos detalles de la Vieja y fascinante Europa. Nuestro profesor, el señor Mármol, un hombre de más de cuarenta años, normalista y con mucha experiencia como profesor de primaria, era originario de Guano, muy cerca de Riobamba, él tenía un enfoque un poco más universal de las cosas, sobretodo, calmados sus ímpetus de juventud, ya no usaba métodos de enseñanza que incluyeran castigos corporales, y más bien usaba con nosotros el método del estímulo académico, como el de mencionar cada viernes el nombra del mejor estudiante de la semana. Éramos únicamente nueve alumnos, todos, o casi todos éramos buenos estudiantes, éramos un grupo muy unido y competitivo. El profesor Mármol le sacó académicamente mucho provecho al grupo. Nos puso a trabajar en proyectos especiales que incluían trabajos manuales de contenido académico. Recuerdo con mucha claridad que nos puso a trabajar en el uso del papel periódico, podrido en agua y mezclado con goma como materia prima para hacer mapas en alto relieve. A mi me tocó hacer un mapa en relieve de Europa. No fue fácil, me tomó varias semanas de trabajo cuidadoso. Mármol supervisaba el avance del trabajo con cuidado y paciencia. Al final, mi trabajo fue muy bueno, no gané el concurso que nuestro profesor organizó con estos trabajos, pero me quedó tan bien, que él mismo me pidió que lo pusiera en un tablero y lo exhibiera en nuestra clase hasta el final del año. Nunca me hizo sentir mal cuando me hacía ver los errores que en el camino cometía, siempre encontraba la palabra apropiada para estimularme a seguir adelante y mejorar mi trabajo. Lo mismo hacía con todos los estudiantes. Allí estaba la diferencia entre una maestra que trataba de imponer el conocimiento y la conducta a la fuerza, con otro que inducía al estudiante a amar el estudio, a comprender cada etapa del avance en su trabajo, a través del estímulo apropiado y oportuno.
Al final del año escolar, los nueve estudiantes del sexto grado le dimos al señor Mármol una despedida muy emotiva. Le hicimos saber que apreciamos mucho su entrega al trabajo, su paciencia, su dedicación y su mística educativa. Lloró de la emoción y algunos de nosotros lo hicimos también, porque era la última vez que nos veíamos. A mi me tocó partir para Guayaquil, a seguir mis estudios secundarios, a otros compañeros los mandaron a Quito, a otros a Riobamba, y unos pocos se quedaron en Pallatanga para siempre.
Fue por la época en que yo estaba en el quinto grado de la escuela primaria que llegó la electricidad a Pallatanga. Fue por obra de don Rodolfo Torres, un hombre de tez oscura y de hablar y acción calmados, nacido en el norte del país pero afincado en Pallatanga por mucho tiempo. Don Rodolfo pasaba casi todo el día sentado frente a su tienda de abarrotes situada en la esquina de la plaza frente a la iglesia, en la casa que en su parte frontal del segundo piso tenía pintadas las figuras de los Libertadores Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, y en medio de ellos el escudo de la República del Ecuador.
Don Rodolfo era un hombre de pocas palabras pero de acciones importantes, él fue un pionero del progreso de Pallatanga, él es el autor de la modernización del sistema de molienda de granos en nuestro pueblo y el también es el no reconocido héroe de la introducción de la energía eléctrica a nuestro pueblo, que hasta entonces sólo se alumbraba con candiles, con velas de cera, o, como máximo con lámparas Petromax. Don Rodolfo un día decidió e enviar a su hijo Acevedo a estudiar mecánica para ocuparse del mantenimiento del molino de turbina eléctrica que usando energía hidráulica planeaba instalar detrás de su casa y que reemplazaría a los viejos molinos hidráulicos, de pesadas piedras redondas, que existían en Jipangoto y Pilchipamba, caseríos distantes más de dos kilómetros del pueblo, y a donde los pallatangueños llevaban su trigo, maíz o cebada, en mulas, en caballos o en burros, para ser convertidas en harina o máchica.
Acevedo Torres, un hombre con innatas habilidades mecánicas, aprendió rápidamente electricidad y mecánica y le sugirió a su padre que junto al molino, y usando la misma fuerza hidráulica, se instale una turbina generadora de electricidad para proveer de luz al pueblo. Don Rodolfo, su padre, vio en esta idea un hito de progreso que él quisiera implementar y puso manos a la obra. La idea se implementó en pocos meses. Se construyó un canal para conducir el agua desde un medio kilómetro aguas arriba del río Güichichi, que corre sobre el lado oriental de Pallatanga y muy cerca del pueblo. Se instalaron la turbina y las líneas de conducción sostenidas en postes de madera, y en menos de un año, Pallatanga ya tuvo luz eléctrica. No cabe duda que el carrusel del progreso siguió pasando por Pallatanga. Yo no podía creerlo, por las noches había luz en nuestra casa, en donde antes nos alumbrábamos con candiles de mecha de kerosén al principio, o con velas de cera, o, más tarde, en un alarde de utilización del progreso tecnológico de la época, con las lámparas Petromax con gasolina como combustible. Ahora, por las noches podíamos tener un foco encendido en cada cuarto, era como si el sol hubiera extendido sus horas de alumbrar, y ya no se escondía del todo por las noches. Con la electricidad vinieron los radios, con los radios las noticias y la música. Era definitivamente que el siglo XX estaba en Pallatanga para quedarse.
Al final del sexto grado, cuando habíamos concluido la escuela primaria, los nueve compañeros nos despedimos con una mezcla de alegría y tristeza, la primera porque concluíamos una importante etapa de nuestras vidas, pero la segunda porque al hacerlo, irremediablemente nos íbamos a separar, posiblemente para siempre, puesto que casi todos partiríamos a seguir nuestros estudios, la mayoría de mis compañeros se irían a Riobamba, yo, como lo habían decidido mis padres, me iría a Guayaquil a “seguir mi educación” en un colegio secundario, una opción que muy pocos chicos de Pallatanga tenían y que yo, gracias al empuje y la visión de mi madre y la ayuda de mis hermanas podría tener.
En mi próximo capitulo: GUIDO, MI HEMANO MAS PEQUEÑO

Sunday, January 9, 2011

MI HERMANA LILITA, MI PROFESORA

Mi hermana Lilita nació el 12 de octubre de 1927, tenía una estatura de aproximadamente 1,55M, era muy blanca, algo pecosa, de pelo castaño claro, de maravillosos ojos verdes, nariz ligeramente aguileña, con una alma de ángel y un corazón inmenso, que unidos a una sonrisa diáfana, transparente y contagiosa, formaban una unidad indivisible. Excepto por su color y su estatura, ella era un retrato físico de mi madre (quien era bastante más alta y ligeramente menos blanca). A los veintidós años de edad ella era la única de las tres hermanas Romero Montiel que se había quedado a vivir con nosotros en Pallatanga. Era la compañera y la ayudante de mi madre y la que nos cuidaba, tanto como ella, a mi padre y a nosotros los chicos de la casa. Cuando cumplió 12 años asistió durante unos tres años a un colegio secundario en Guayaquil, pero la situación económica de la familia no permitió que siguiera sus estudios, de modo que tuvo que regresar a Pallatanga. Más tarde, en su nunca abandonado afán de mejorar, consiguió participar en seminarios de preparación para profesores auxiliares de escuelas primarias, y con eso pudo conseguir un empleo como profesora en nuestra escuela de niños varones en Pallatanga.
Cuando cumplí nueve años y yo estaba en el tercer grado de la escuela fiscal de varones “La Condamine”, tuve la suerte de que mi profesora fuera mi hermana Lilita. Su bondad infinita era sólo comparable a su dedicación a la tarea de enseñar. Consciente de su limitada formación académica, ella estudiaba las noches, a la luz de una vela o un candil, preparando las clases que dictaría al día siguiente. Nunca he tenido una maestra tan eficaz en conseguir su cometido. Con ella aprendí a amar el estudio, a ver más allá de las letras y los números, y también aprendí a amar a mi pueblo.
Como parte del plan de estudios, ella nos enseñaba sobre nuestro “Lugar Natal”, nos enseñó a orientarnos, dondequiera que estuviésemos; aprendimos que el sol siempre sale por el oriente, y si te paras con tu frente al sol, siempre tendrás el norte a tu izquierda, el sur a tu derecha y el oeste a tu espalda. Su clase de “orientación” es quizás la que más recuerdo en mi vida, y me la dio ella, en la plaza de nuestro pueblo, frente a la escuela. Fue una mañana se sol esplendoroso, nos habló en la clase brevemente sobre la orientación geográfica y luego nos condujo fuera de la escuela, nos hizo parar a todos sus alumnos mirando hacia donde el sol brillaba, nos hizo mirar el sol y nos dijo: “atención niños que la clase va a empezar: miren allá, donde brilla el sol esta mañana, sólo hace un par de horas que ha salido a alumbrar a nuestro pueblo, y recuerden que siempre saldrá por allí, ese es el ORIENTE, por favor, nunca lo olviden” “el Oriente es el lado por donde siempre sale el sol”. Nunca se me olvidó esa lección. Muchos años después pregunté a un sobrino que se había graduado de bachiller, con honores, en uno de los más prestigiosos colegios de Guayaquil, si sabía cómo orientarse, y para mi sorpresa, no lo sabía y creo que hasta ahora no lo sabe, como no lo sabe el 90% de la gente de nuestro país. Tal es la diferencia abismal que existe entre una clase práctica y una clase puramente teórica. Hoy se pone más énfasis en el título académico del profesor o profesora, estos se empeñan en enseñar a los alumnos que hay que llamarlos por su título académico, el doctor fulano, la licenciada mengana, el ingeniero tal, el titulado cual, etc. Ya no se puede llamar más al profesor como en nuestro tiempo: el señor tal, o la señorita cual. Se ha abandonado totalmente la sustancia para reemplazarla por la forma, aunque los “titulados” de hoy enseñen a sus discípulos principalmente los principios básicos y avanzados de cómo tirar piedras y cómo quemar llantas para protestar en las calles de los pueblos y ciudades del Ecuador. Esa es la más importante falla del sistema educativo de nuestra patria, la falta de profesores con vocación, con amor a la enseñanza y con entrega total a su tarea de enseñar, como la que tenía mi hermana Lilita.
Con Lilita consolidé mis conocimientos de lectura y escritura, aprendí a razonar, a formar oraciones con sentido, a usar los verbos con propiedad. Aprendí los elementos básicos de la aritmética y la lógica implícita en ella, aprendí también el sistema métrico decimal y el concepto de las distancias. Fue en ese año cuando me empezaron a gustar los exámenes orales, porque me permitían mostrar al examinador (y al público presente) cuanto sabía, y me sentía orgulloso de que lo había aprendido de mi hermana. El amor de Lilita por su trabajo y por los niños a su cargo era proverbial, todos los estudiantes la queríamos tanto que ella se convirtió en nuestra segunda madre. Ella era dulce, de dulzura espontánea, de esa dulzura que se encuentra hasta en la casual reprimenda por una tarea escolar no cumplida. “mijito, mañana vas a mejorar tu escritura porque esta tarde vas a practicarla con tu mamá”, esa era la forma que tenía de dirigirse a sus alumnos. Ella era la expresión más pura de la dulzura en la enseñanza y en el trato con sus alumnos, jamás usó los métodos antiguos de “reprender físicamente” para lograr mejores resultados de sus alumnos. Ni el latigazo ni el jalón de orejas eran parte de sus sus herramientas de enseñanza. Ella, que nunca tuvo la oportunidad de asistir y aprender a enseñar en un buen colegio o en la universidad, se había adelantado, sin saberlo, por lo menos en medio siglo, a los métodos modernos usados en la educación.
Es por eso que casi al final del año escolar, cuando ella se escapo de la casa y se fue de Pallatanga para siempre, para casarse con Lolo, el amor de su vida, mi desolación fue sólo comparable a la de nuestra madre, que lloró y sufrió tanto por su partida, que sus lágrimas las siento hoy como las sentí entonces, cuando todos lloramos con ella, junto a ella y por ella.
Lilita les dio a sus estudiantes lo que más tarde les dio a sus hijos y a cuanta persona necesitaba de su ayuda. Lilita llevaba en el alma el amor al prójimo, era parte de su ser, era espontaneo, le brotaba del alma como brota el agua de la fuente natural, así de cristalino, así para calmar la sed, así para calmar el dolor de los enfermos o el deseo de aprender, de enseñarles o de aprender de, o de enseñar, a los niños de su clase.
Un día del invierno después de terminado ese año lectivo, Lilita les hizo saber a nuestros padres que debía asistir en Riobamba a un curso de capacitación para profesores fiscales y partió hacia allá con su bendición y buenos deseos. Dos días después llegó un telegrama dirigido a mi madre, en el que escuetamente le comunicaba que en realidad había viajado a Riobamba a casarse con su amado Lolo, que se encontraba en casa de su madrina Lidita Robayo, una persona de la mas absoluta confianza de mi madre , que el matrimonio civil ya se había efectuado y el eclesiástico se celebraría esa misma noche y le pedía su bendición antes de ir al altar. Pedía perdón a mis padres por la forma en que había hecho las cosas pero les reafirmaba su respeto y su amor. Lilita nunca volvió a ser nuestra profesora. Después de su matrimonio se fue con su esposo a vivir en una hacienda cerca de Santa Lucía, en Cabuyal, a la orilla de un pequeño río tributario del Daule donde acompañó a su esposo mientras este trabajaba para su hermano en la siembra de arroz. Ella y su esposo tuvieron cinco hijos, cuatro varones y una nena quienes le dieron muchos nietos y bisnietos.
Mi hermana Lilita dedicó el resto de su vida a cuidar con pasión a sus hijos, pero nunca dejó de ser lo que siempre fue, la hija, la hermana, la tía y la abuela amorosa. Cuidó a mi padre los últimos días de su vida con la dedicación que sólo una madre puede tener con sus hijos, y, simultáneamente se dedicó a cuidar a los enfermos como voluntaria hospitalaria en ASVOLH. Ella murió octubre de 2002, en un día igual al que la vio nacer.
Lilita reemplazó a mi madre en la tarea de terminar de formarme. Ella “me adoptó” cuando el 24 de julio de 1969, mi madre se fue al cielo. Lilita era el retrato físico y de carácter de mi madre, ellas se parecían en su personalidad como una gota de agua a otra. Siempre dando sin esperar recibir, siempre ayudando al que lo necesitaba, por eso yo se que ella está hoy junto a mi madre, en el cielo…y aún velando por todos nosotros
En mi próximo capítulo: SIGUE LLEGANDO EL PROGRESO A PALLATANAGA

Monday, January 3, 2011

FELIZ AÑO NUEVO


MARIUXI Y FANNY EN LA PLAYA DE SAN
JOSE EL PRIMERO DE ENERO DEL 2011

Desde Octubre de 2010, nuestros hijos nos anunciaron que vendrían a Guayaquil a visitarnos y pasar las fiestas de fin de año, llegó la Navidad y con ella vinieron a nuestra casa todos nuestros hijos y, con ellos, por primera vez en su vida (y en la nuestra), también vinieron nuestros nietos; Carlo Andrés y Matteo Tachdjian, desde Dubai, con sus padres Carl y Mariuxi después de un viaje que les tomó cuarenta horas.


MARIUXI, CARL Y ANGIE EN LA PLAYA
DE SAN JOSE EL PRIMERO DE ENERO

Nosotros nos habíamos preparado para esta visita desde dos meses atrás. El arbolito de Navidad estaba listo, los juguetes para los niños los estaban esperando. Su llegada fue una fiesta. Nuestra casa, que ya tiene cerca de doce años, nunca había recibido a niños de la edad de Carlito y Matteo, estaba hasta ahora invicta de nietos… Unos días antes ya Rafaelito había llegado y, el 27 de diciembre llegó también Angie, la que siempre añora nuestra casa, la que nos convenció que la conserváramos y la que siempre tiene un sitio de honor en esta casa.


ABUELOS CHOCHOS CON MATTEO EN SUS BRAZOS

Estas han sido para nosotros las Fiestas mas lindas de nuestra vida, y no es que las anteriores no hayan sido llenas de felicidad y esperanza, pero estas fueron como que nuestros sueños se hicieran realidad, se colmaron nuestras más grandes ilusiones, que siempre incluyeron la idea de tener una familia sólidamente unida y disfrutando de la vida, de los hijos, de los nietos, de la paz, de la salud, de la esperanza, de la Fe en Dios y del amor.

EL TIO RAFAEL TAMBIEN ESTA CHOCHO CON MATTEO

Mariuxi nos trajo consigo a nuestros nietos; Carlo Andrés (Carlito) y Matteo. Carlito es un niño de tres años y tres meses de edad, habla como un lorito principalmente en ingles, pero entiende perfectamente el español, idioma en que siempre le habla su mamá. Carlito me hizo el hombre más feliz del mundo el día 28 de diciembre de 2010 a las 5.05 de la tarde, cuando espontáneamente me saló a recibir con sus bracitos abiertos y gritando a voz en cuello “abuelitoooo”. Esa imagen permanecerá grabada en mi mente por el resto de mi vida. Por primera vez en mi vida me sentí un ABUELITO completo.

CARLITO, DE TRES AÑOS, VISITANDO
A SUS ABUELOS EN GUAYAQUIL

Matteo, mi segundo nieto, el niño de ojitos color gris azulado, el de la sonrisa casi permanente que la tiene desde que nació y está a punto de cumplir un año de edad, él está en plena etapa de conocer el mundo moviéndose como un gatito, ya empieza a pararse solo, arrimándose a lo que encuentra a su paso, le falta muy poco para caminar, y muy pronto estará también mirando al mundo desde arriba, con su madre corriendo detrás suyo para que no destruya. Por lo pronto ya tiene ocupado a todo el mundo en nuestra casa.



TIA ANGIE Y MATTEO EN GUAYAQUIL


La Navidad la pasamos en casa, Fanny, Rafaelito y yo, solos, porque Mariuxi y su combo llegaron el 26 y Angie el 27. Prendimos el Arbolito para sentir la presencia espiritual de toda la familia.


EL ARBOLITO DE NAVIDAD
PARA ESPERAR A LOS NIETOS

Al día siguiente almorzamos en casa de Celso y Silvita Santacruz y toda su familia, allí llegó Papá Noel con regalos para todo el mundo, fue hermoso porque allí habían muchos niños y nosotros nos sentimos felices como ellos en compañía de nuestros amigos.


TAVO PLAZA, EL GRAN AMIGO,
EN NUESTRA CASA EL 29 DE DICIEMBRE

El 29 de diciembre, en nuestra casa, rebosantes de alegría y de amistad, recibimos a más de ochenta de nuestros mejores amigos y familiares muchos de los cuales venían a conocer a nuestros nietos y saludar con Mariuxi y Carl, asi como con Rafaelito y Angie.


EL INVITADO ESPECIAL QUE DELEITÓ
A TODOS EL 29 DE DICIEMBRE

El invitado especial de la fiesta fue un robusto cerdito del que disfrutaron todos los asistentes a esta linda reunión de amistad y de familia.


29 DE DICIEMBRE DEL 2010
NUEVA GENERACION EN LA FAMILIA

aquí, en nuestra casa de Puerto Azul le dimos gracias a Dios por darnos la vida, por darnos salud, por darnos amigos, por darnos una gran familia en la que como dijo Alejandro Dumas, somos "uno para todos y todos para uno", como los tres mosqueteros y Dartagnan.

LOS SANTACCRUZ, LINDA FAMILIA,
LINDA COMPAÑIA EN EL YATE
LA NOCHE DEL 31

El fin de año lo pasamos en Salinas, ya con toda la familia, gracias a la bondad de nuestro gran amigo Tavo Plaza que nos prestó su bello departamento en la avenida principal, con una vista espectacular del mar azul, de la playa y de toda la ciudad.

CAROL Y YOLI MORALES CON
LOS ROMERO EL 29 DE DICIEMBRE

Carol Morales, otro admirable y querido amigo, con su generosidad sin límites nos prestó su yate para que pudiéramos ver el espectáculo impresionante de los fuegos artificiales en la medianoche de Salinas.

SALINAS EL 31 DE DICIEMBRE EN LA MAÑANA

Lo hicimos junto con otro de nuestros más queridos y selectos amigos, Celso Santacruz y su familia.


DICIEMBRE 31 DEL 2010
SILVITA SANTACRUZ, COMO
LA HEROINA DEL TITANIC!

Allí, en el yate y anclados cerca del Yatch Club, pudimos ver el espectáculo más fascinante de luces de colores y fanfarria más impresionantes que se pueden ver en el Ecuador.



ASI RECIBIMOS EN EL YATE
LA LLEGADA DEL 2011


Así, lleno de luces multicolores, de alegría de camaradería, de fe, de salud y de esperanza "quemamos al año viejo", y recibimos al nuevo con champaña. Que viva el año 2011!


CAROL, EL CAPITAN DEL YATE,
NOS EMBARCO Y SE QUEDO EN TIERRA


El primero de de enero del 2011 fuimos invitados por nuestro gran amigo Carol Morales a su casa de playa ubicada en San José, en la Ruta del Sol, cerca de Olón, allí, junto con su queridísima y numerosa familia, encabezada por Don Quirino, fuimos recibidos con el cariño que sólo se siente cuando es genuino, cuando viene desde el alma.


YOLI MORALES Y FANNY, "REFRESCANDOSE"
EL PRIMERO DE ENERO DEL 2011 EN SAN JOSE
Su hermosa y amplia casa de la playa está literalmente junto al mar, donde las olas acarician la orilla como una madre acaricia a un tierno hijo. Allí pudimos disfrutar de la amistad y del cariño de una gran familia con un corazón inmenso, con un alma generosa y con una amistad sin límites.
Alegremente le dijimos "adiós" al 2010, y también con alegría y optimismo recibimos al 2011, con Fe en Dios, con amor y fe en nuestros hijos y nietos, con amor y orgullo por nuestros antepasados y con esperanza y optimismo por nuestra Patria, El Ecuador.
Yo deseo agradecer a mis hijos y a mis nietos por hacernos tan felices con su visita este fin de año. Su mamá y abuelita los queremos mucho y espero que sigamos siendo SIEMPRE UNA FAMILIA SOLIDAMENTE UNIDA. Que Dios los bendiga a todos ustedes cada día de sus vidas!

CARLITO CON SU PAPA Y SU ABUELO
EL 31 DE DICIEMBRE DEL 2010, EN
LA PLAYA DE SALINAS

Fanny y yo aprovechamos el vehículo de comunicación maravilloso de nuestro blog, para agradecer a todos nuestros lectores, amigos y familiares, por su fidelidad como lectores y desearles un FELIZ AÑO 2011, pero deseamos especialmente expresar a nuestros queridos amigos, Carol Morales, Tavo Plaza y Celso Santacruz, nuestra gratitud por su gran generosidad, por su amistad, y por su bondad infinita. Me permito repetir aquí lo que yo le decía a mi hijo Rafaelito hace pocos días, “tener buenos amigos es más importante que tener mucho dinero”. Fanny, mis hijos y yo estamos felices de contar con su amistad.


FAMILIA UNIDA. FALTA RAFAEL,
QUE CON SU NOVIA PASO EL 31
EN GUAYAQUIL

Bendito sea Dios que nos ha dado tanto sin que nosotros le hayamos sido reciprocos

Guayaquil, sabado 8 de enero de 2011