Este blog es el vehiculo para contar mis recuerdos a mis hijos, a mis nietos, a mis familiares y mis amigos, para que ellos puedan unirse a mi mientras repito el viaje que por setenta años hice en la "montaña rusa" pasando por los valles profundos de la mas grande probreza, hasta las alturas de la realización personal, pasando por por las suaves praderas de la felicidad de tener una familia maravillosa, unos nietos adorables y amigos entrañables. Bienvenidos a este viaje
Saturday, January 26, 2013
LA VIDA CONTINUA
Como uno de los auditores de Arthur Andersen, viajaba constantemente a Quito y Cuenca, tanto que poco a poco me fue gustando este constante movimiento, porque aun era soltero, y en los viajes, después de la jornada de trabajo siempre había tiempo para divertirse un poco por las noches. En uno de esos viajes a la vieja, bella y (en ese tiempo) conservadora Cuenca, en el año 1972, yo era el senior a cargo de la auditoria de la compañía más grande de esa ciudad, y una de las más grandes del país, Ecuadorian Rubber Co., fabricante de las llantas General y único fabricante de llantas nacionales, compañía en la cual yo tenía ya dos años de experiencia. En este trabajo eran mis asistentes dos jóvenes y brillantes profesionales; Julio Chang y Cesar Lucin, con quienes mantengo una gran amistad aun después de más de cuarenta años.
A las siete de la noche del primer dia de trabajo, decidimos que era hora de concluir nuestra labor del dia y tomamos un taxi para ir a nuestro hotel. En el camino pedimos al chofer que nos llevara a un restaurant tipo parrillada argentina, que estaba ubicado frente al aeropuerto de la ciudad y allí cenamos. A eso de las ocho de la noche tomamos otro taxi para que nos llevara al Hotel El Dorado ubicado en el centro de la ciudad, pero en el camino se nos ocurrió que podíamos intentar pasar un par de horas en un lugar nocturno para divertirnos un poco, al fin o al cabo los tres éramos solteros y nos gustaba mucho la parranda. Con eso en mente, le pedimos al chofer del taxi que “nos llevara a un buen lugar de vida nocturna”; la respuesta muy sincera, y además muy cierta fue inmediata y dicha con el más puro acento cuencano; “seeeñores, looo sieeento peeero aaaquí eeen Cuenca la vida nooocturna es deee día”. Nos echamos a reír a carcajadas de lo que acabábamos de escuchar, pero era cierto. Cuenca en esa época todavía era una ciudad de costumbres muy conservadoras y la gente en su gran mayoría cenaba a las seis de la tarde y se iba a la cama a las ocho o nueve de la noche, después de rezar el Rosario…La vida nocturna, tal como la conocíamos nosotros, gente de la metropolitana Guayaquil, simplemente no existía en Cuenca, o simplemente ocurría durante el día…
Las cosas han cambiado mucho desde entonces en nuestro país, pero particularmente en Cuenca. Esta es hoy una ciudad moderna, con amplias avenidas y autopistas periféricas que descongestionan sus calles tradicionales, tiene hoteles de primera clase y excelentes restaurantes y, por supuesto tiene una vida nocturna muy intensa que ya no es “de dia”. Hoy Cuenca, que ha sabido preservar en su casco colonial la clásica arquitectura de herencia española, se ha convertido en una ciudad de gran turismo, su nombre aparece en periódicos y revistas de todo el mundo, ponderando las bellezas de su paisaje, su campiña embellecida por sus tres ríos. Hoy, Cuenca es una de las ciudades más atractivas para personas de países del primer mundo que desean jubilarse y vivir en un lugar de verde permanente, rodeada de hermosas montañas, con flores multicolores todo el año y de agradable clima, siempre primaveral, con comodidades modernas pero a la vez con la tranquilidad de un ambiente fresco y sereno. A Cuenca le va muy bien hoy y le irá mejor mañana…
A mediados de mayo de 1972, sólo dos años y medio después de haber ingresado a La Firma, ya recibía el trato de un Gerente, y por eso me enviaron a ciudad de México a una reunión de Socios y Gerentes de la División de Impuestos de Arthur Andersen en toda América Latina, donde se discutiría las estrategias de planeamiento para minimizar la carga impositiva a nuestros clientes, con el máximo apego a las diferentes legislaciones de cada país. Al concluir esta reunión, tomé mis primeras vacaciones y decidí partir desde México a Canadá a visitar a mi hermano Guido que para entonces vivía en Toronto, Canadá.
Maté dos pájaros de un tiro, porque también visité a mi sobrino Leonardo, quien para entonces vivía con su novia en el departamento de Guido en Toronto, sin un trabajo fijo y sin meta cierta en su vida. Como hermano mayor que me sentía (para Leonardo), le convencí que tenía que dejar atrás su vida de semi hippie, fijarse una meta y un camino a seguir para alcanzarla. Le aconsejé que volviera a Estados Unidos, que buscara un trabajo fijo y que pusiera su vida en orden para entonces casarse, si ambos, para entonces, pensaban que querían pertenecer el uno al otro por el resto de sus vidas. El tiempo me dio la razón, Leonardo volvió a Estados Unidos, consiguió un buen trabajo en una fábrica de zapatos y años después lo trasladaron a Republica Dominicana, él y su esposa volvieron al Ecuador, se casaron y ahora son padres de cuatro hijos y abuelos de media docena de nietos, y es probable que de vez en cuando se acuerden de echarme la culpa de su feliz matrimonio…
Mi hermano Guido siempre fue mi debilidad, siempre lo sentí mas como si hubiera sido un hijo que tuve prematuramente, que como a un hermano menor, tanto es así que a mi hijo varón, Rafaelito, muchas veces inadvertidamente lo he llamado Guido. Pero él era un hombre muy independiente, hizo su vida como a él le pareció mejor, nunca siguió un consejo y menos hubiera aceptado un tutor. El recorrió el mundo de un lado al otro, se casó cuatro veces, tuvo algunos hijos que se parecen a él casi como una gota de agua a otra y murió a los sesenta y dos años víctima de una mala práctica médica que se atrevió a punzar su cerebro (para extraer una muestra y practicar una biopsia) en un lugar que nunca debió haber sido tocado. A Guido lo vi muy bien en ese viaje que hice a Toronto, vivía en un apartamento muy cómodo en un edificio moderno de la ciudad, era el chef en un Steak House muy bien ubicado. Me dijo que se había separado de su primera mujer y se sentía poco a poco liberado del cargo de conciencia inicial por vivir solo. A él nunca le faltó una pareja para amenizar su vida. En resumen, me fui de Toronto muy contento de ver bien asentado a mi hermano.
Cumplida exitosamente la primera parte de mi periplo, que era ver a mi hermano y cerciorarme de que estuviera bien, seguí mi viaje cuyo destino final era Europa, la vieja Europa sobre la cual tanto había leído y aprendido, y de la cual tanto quería ver en vivo y en directo. Desde muy niño soñaba con viajar y conocer Europa, el continente que yo amaba tanto porque nos legó nuestra cultura, buena parte de nuestra sangre y de nuestros genes. Ver y conocer Paris, Madrid y Roma era casi una obsesión que crecía a medida que llegaba a la edad adulta.
De Toronto viaje a Ottawa y allí abordé un Jumbo 747 de KLM, con destino a Ámsterdam. Eran los tiempos en que el 747 empezaba a verse como la maravilla de la aviación moderna que fue durante las siguientes tres décadas. En ese vuelo trasatlántico disfruté del trato especial que KLM dispensaba a sus pasajeros internacionales. Cena con salmón y caviar, champan y vino al gusto; y como bajativo, me ofrecieron y probé por primera vez un licor que desde entonces es mi licor dulce preferido después de una cena formal, un Drambuie.
Nos despertaron cuando eran las nueve de la mañana (hora de Ámsterdam), y nos sirvieron un suculento desayuno. Aterrizamos en el aeropuerto de Schiphol a las once. Todo me parecía un sueño del que no deseaba despertar, el tan esperado viaje a Europa empezaba a concretarse, ya estaba en suelo europeo, ya mis sueños de la niñez no eran solo eso, la realidad estaba empezando a darse, y esta era, definitivamente, mucho mejor que aquellos. Las palabras que mi madre me dijo cuando solo era un niño tenían mucho más sentido ahora: ella me dijo alguna vez, “si persistes y si luchas por ellos, tus sueños siempre se harán una realidad”.
Desembarcamos y tomé un taxi hasta el pequeño hotel que había escogido siguiendo las instrucciones de mi librito “Europa por 20 Dólares Diarios”, que compré en ciudad de México antes de abordar el avión que me conduciría a Toronto.
El hotel era pequeño pero cómodo, la habitación era de unos nueve metros cuadrados pero tenía baño propio, cosa que después descubrí que no era usual en los hoteles pequeños de toda Europa. Todo era cómodo pero lo más cómodo era el precio (ocho dólares por noche). El hotel estaba ubicado a poca distancia de la estación de ferrocarriles y del centro de la ciudad. Era el mes de mayo, y Holanda estaba en su mejor época, los tulipanes con sus múltiples colores podían verse en las cuatro direcciones tan pronto se salía de la ciudad. Holanda en el mes de mayo parece un gigantesco jardín de tulipanes.
Yo estaba tomando unas vacaciones de cuarenta días, las primeras desde que tuve el honor y la suerte de convertirme en un hombre de Arthur Andersen & Co, la tercera firma de auditores independientes más grande del mundo, y sin duda la más prestigiosa. Mi milagroso librito Europa por Veinte Dólares Diarios contenía toda la información que necesitaba para mis vacaciones, incluyendo países, ciudades, hoteles, restaurantes, trenes, shows, museos, monumentos y otros puntos de interés, así como consejos para cambiar el dinero en las diferentes monedas a medida que uno iba saliendo de un país y entrando en otro. Con esa guía, no fue difícil encontrar lo que deseaba y el gasto diario no era muy diferente de los veinte dólares que mi guía me había presupuestado.
Cuando inicié mi viaje llevaba conmigo dos mil dólares en cheques viajeros, lo cual me permitía cierta flexibilidad en mis gastos, pero al final de los cuarenta días, traje de regreso al Ecuador más de $400, a pesar de que disfruté de los mejores shows de Europa y no me abstuve de comer y de beber bien.
En Amsterdam compré un Eurorailpass, que era un boleto para subir y bajar en los trenes de Europa en cualquier país, dia, hora y distancia, sin límites, por un mes completo. Mis primeros paseos fueron dentro de Holanda, por dos días y pude disfrutar de la belleza de ese país en la mejor época de año. Los holandeses me sorprendieron por su cortesía y su perfecta forma de hablar inglés.
Mi siguiente destino era Alemania y les contaré sobre eso en mi próximo capitulo
Friday, January 18, 2013
UN CAPITULO TRISTE
En Quito, una mañana de marzo de 1971, fría lluviosa y triste, a las siete y media recogí el periódico que estaba en la puerta de mi habitación en el hotel Colon Internacional y bajé a la cafetería para desayunar antes de salir a mi trabajo en Ecuador Feed & Farms, una compañía verticalmente integrada que producida pollos para el mercado y a la que estábamos auditando.
Mientras esperaba que un mesero me atendiera, abrí el diario “El Comercio”, y en destacados caracteres en primera página leí un titular que decía: “Ecuatoriano detenido en Guatemala por Tráfico de Droga”. Me interesó la noticia y leí todo el artículo, y mientras lo hacía, sentí que toda la sangre de mi cuerpo se me iba a la cabeza. No cabía la menor duda, el detenido era un íntimo y muy querido familiar, de quien daban nombres y apellidos. La noticia agregaba que el personaje había sido capturado en un hotel de la ciudad de Guatemala en posesión de cierto volumen de cocaína presumiblemente procesada en Colombia y con destino a los Estados Unidos. El detenido, según la noticia, había sido conducido a la prisión de El Socavón y seria puesto a las órdenes de las autoridades Guatemaltecas para la subsecuente investigación.
Inmediatamente caí en un estado de total confusión. Por un lado, no sabía que decir, qué hacer, a donde ir, ni con quien hablar. Sentí dolores de estómago y ganas de vomitar; el mundo me daba las vueltas como un carrusel sin control. Pasaron los minutos y cuando mis compañeros de trabajo llegaron a la cafetería y se dieron cuenta de mi semblante abatido, me preguntaron si estaba enfermo, les contesté que sí, que me sentía muy mal y que tendría que volver a mi habitación, y así lo hice. Me acosté y me puse a pensar en mi querido familiar. Lo vi detrás de las rejas de la cárcel, totalmente indefenso, lejos de su familia, de su mujer y de sus hijos, maltratado, confundido, y probablemente arrepentido de su falta. Por otro lado, sentí una gran indignación, porque mientras el estaba metiéndose en esos negocios, otros miembros de la familia estábamos haciendo lo imposible por sacar nuestras cabezas arriba del agua, dentro de los límites de integridad y respeto a la ley que nos habían inculcado nuestros mayores, y en especial nuestra madre!.
Desde mi habitación llamé a mi jefe y amigo, Pepe García y le conté todo lo que sabía (que era lo que había leído en el periódico). Le dije que me encontraba enormemente apenado y avergonzado y que yo no quería que La Firma resultara manchada por este asunto, le dije, casi en medio de un sollozo, que me sentía obligado a presentarle mi renuncia con efecto inmediato, porque yo pensaba que esto era lo que debía hacer. Le pedía a Pepe reemplazarme en el trabajo que estaba haciendo en Quito, y que yo regresaría a Guayaquil tan pronto como pudiera entregar mis papeles de trabajo a quien él indicara. Tal era el respeto y la consideración que yo tenía por La Firma y por Pepe, su representante en el Ecuador.
Después de un minuto de silencio que me pareció interminable, Pepe me respondió diciendo; “Rafael, siento muchísimo por ti y tu familia por lo que ha pasado, pero déjame decirte algo que debes recordarlo por toda tu vida: “los actos buenos o malos de los hombres corresponden exclusivamente a sus autores, y ellos recibirán, a su tiempo, el premio o el castigo que se merezcan” y agregó; “en este serio asunto del que me has hablado, tu familiar es el único responsable y tú no tienes nada que ver en el asunto”, y para finalizar, Pepe, con su voz calmada, casi como la de un padre hablándole a su hijo, agregó: “Rafael, por favor, regresa tranquilo a tu trabajo, yo confío plenamente en tu integridad, en tu juicio en tu capacidad de trabajo y en tu profesionalismo, eres uno de mis mejores hombres en La Firma”. Me volvió el alma al cuerpo, pocos minutos después estaba en camino a reanudar mis tareas como encargado de esta auditoría.
Esa fue una inolvidable lección que aprendí de Pepe García. Pepe no solamente era un caballero, un profesional por donde se lo mirara, pero era además un gran ser humano, un amigo, un confidente, un tutor, y mucho más que todo eso, era como un segundo padre para mí.
Unas pocas semanas después recibí una carta de mi familiar detenido en Guatemala, en la que me contaba su lado de la historia. Me decía sentirse no sólo prisionero en la cárcel de concreto y de hierro, sino especialmente prisionero de sus propios y grandes errores, decía que le daba una gran pena el haberles causado esta enorme vergüenza a sus hijos, a su mujer, a sus hermanos y al resto de su familia. Me decía también que dentro de la prisión, había tenido tiempo para meditar y darse cuenta que su mayor error había sido el querer compensar su falta de educación y por tanto de preparación para la vida, ganando dinero fácil y rápido: que eso lo había llevado a convertirse en una “mula” transportando droga de origen colombiano hacia América Central y con destino final hacia los Estados Unidos.
Lamentaba en su carta el haber dejado a su familia en completo desamparo, y por tanto me pedía que yo ayudara a su mujer y a sus hijos, cosa que ya lo venía ya haciendo aún antes de su pedido. También me contaba los horrores de la prisión de El Socavón, (una de las más lúgubres prisiones del mundo occidental); las torturas a las que fue sometido durante las investigaciones y, especialmente me pedía que le ayudara a conseguir el dinero para pagar los honorarios del abogado que lo defendería ante las cortes guatemaltecas.
Sin posibilidad de obtener ayuda del resto de nuestra familia, por su falta de recursos, asumí el papel de “buen Samaritano” y me hice responsable del cuidado financiero indispensable de la abandonada familia del detenido. Pero eso no era suficiente, había que conseguir el dinero para pagar al abogado que haría posible el regreso a su hogar de nuestro amado familiar, así que volví donde Pepe García, convertido ahora en mi “paño de lágrimas” y le pedí un préstamo de dos mil dólares (que se lo pagué en dos años) para enviarlos a Guatemala.
Todos en nuestra familia nos sentimos extremadamente felices y celebramos el regreso
de nuestro querido familiar a su hogar y a su patria, pero claro, eso sólo era el comienzo de una nueva etapa que estaría llena de dificultades, una etapa en que había que ayudarle a reubicarse adecuadamente, a encontrar un carril que le conduzca a rehacer su vida, dejando atrás los sobresaltos y los errores del pasado.
Hablamos con él y le hicimos énfasis en que si bien estábamos felices por su regreso, también estábamos preocupados por su futuro, y especialmente porque esperábamos que habiendo caído al fondo del barranco, como había caído, era de esperarse que no lo volviera a hacer en el futuro. Le pusimos énfasis en que esperábamos que no interpretara nuestra solidaridad como un endoso a la conducta que terminó llevándolo a la cárcel. Le hicimos saber cuánto dolor, pena y angustia sus acciones habían causado a su mujer, a sus hijos a sus hermanos y a su anciano padre y que de alguna manera nos alegrábamos que su fallecida madre no hubiera tenido que pasar por el mismo traumático dolor.
Le pedimos que ponga su vida en orden, y que recordando lo que le había pasado, pusiera su vida en perspectiva. Personalmente le dije que no esperara mi ayuda si sus errores se repitieran. Lloró como sólo llora un niño al no encontrar a su madre, y nos prometió enmendar. Nos prometió que se convertiría en un honorable y respetado miembro de la familia y de la sociedad.
El hombre tuvo algunas dificultades para readaptarse a la vida dentro de una sociedad que suele ser cruel con el que ha caído en desgracia; por eso, es posible que algunas huellas de su paso por la prisión podrían haber afectado en algo su conducta futura, pero con el tiempo él volvió a ser un padre un hermano y un ciudadano respetable, respetado y amado por sus hijos y por toda la gente con quien se relacionaba.
Tenía una capacidad sin límites para hacer amigos en todos los estratos sociales. Igual se tomaba un whisky y se tuteaba con el presidente, el secretario y otras altas autoridades del Congreso Nacional, como se tomaba un aguardiente con el más humilde de los ciudadanos de su pueblo, bebiendo del mismo vaso del que este lo había hecho!.
De repente, decidió que quería volver a su pueblo natal, Pallatanga, al que amaba con toda su alma. Con su carismática simpatía personal, su carácter alegre, dicharachero, genuinamente simpático y burlón con gracia y sin malicia, se metió a la política y desde ella, y con ella, hizo amigos muy influyentes que le ayudaron a conseguir en el Congreso Nacional el objetivo que se había propuesto desde hace mucho tiempo; conseguir la cantonización de su pueblo, del cual fué su primer y más querido alcalde.
Veinte años después de su trágica muerte en el cumplimiento de su deber como alcalde, la gente de Pallatanga aun lo recuerda con cariño; por sus obras, por su permanente sonrisa, por su innata simpatía, porque amaba de verdad a su pueblo sin esperar nada a cambio. Antes de su muerte el pidió a su familia que lo enterraran en el cementerio de su amado pueblo y allí reposan sus restos mortales.
Ese hombre era mi hermano Pancho.
En mi próximo capítulo: LA VIDA CONTINUA
Mientras esperaba que un mesero me atendiera, abrí el diario “El Comercio”, y en destacados caracteres en primera página leí un titular que decía: “Ecuatoriano detenido en Guatemala por Tráfico de Droga”. Me interesó la noticia y leí todo el artículo, y mientras lo hacía, sentí que toda la sangre de mi cuerpo se me iba a la cabeza. No cabía la menor duda, el detenido era un íntimo y muy querido familiar, de quien daban nombres y apellidos. La noticia agregaba que el personaje había sido capturado en un hotel de la ciudad de Guatemala en posesión de cierto volumen de cocaína presumiblemente procesada en Colombia y con destino a los Estados Unidos. El detenido, según la noticia, había sido conducido a la prisión de El Socavón y seria puesto a las órdenes de las autoridades Guatemaltecas para la subsecuente investigación.
Inmediatamente caí en un estado de total confusión. Por un lado, no sabía que decir, qué hacer, a donde ir, ni con quien hablar. Sentí dolores de estómago y ganas de vomitar; el mundo me daba las vueltas como un carrusel sin control. Pasaron los minutos y cuando mis compañeros de trabajo llegaron a la cafetería y se dieron cuenta de mi semblante abatido, me preguntaron si estaba enfermo, les contesté que sí, que me sentía muy mal y que tendría que volver a mi habitación, y así lo hice. Me acosté y me puse a pensar en mi querido familiar. Lo vi detrás de las rejas de la cárcel, totalmente indefenso, lejos de su familia, de su mujer y de sus hijos, maltratado, confundido, y probablemente arrepentido de su falta. Por otro lado, sentí una gran indignación, porque mientras el estaba metiéndose en esos negocios, otros miembros de la familia estábamos haciendo lo imposible por sacar nuestras cabezas arriba del agua, dentro de los límites de integridad y respeto a la ley que nos habían inculcado nuestros mayores, y en especial nuestra madre!.
Desde mi habitación llamé a mi jefe y amigo, Pepe García y le conté todo lo que sabía (que era lo que había leído en el periódico). Le dije que me encontraba enormemente apenado y avergonzado y que yo no quería que La Firma resultara manchada por este asunto, le dije, casi en medio de un sollozo, que me sentía obligado a presentarle mi renuncia con efecto inmediato, porque yo pensaba que esto era lo que debía hacer. Le pedía a Pepe reemplazarme en el trabajo que estaba haciendo en Quito, y que yo regresaría a Guayaquil tan pronto como pudiera entregar mis papeles de trabajo a quien él indicara. Tal era el respeto y la consideración que yo tenía por La Firma y por Pepe, su representante en el Ecuador.
Después de un minuto de silencio que me pareció interminable, Pepe me respondió diciendo; “Rafael, siento muchísimo por ti y tu familia por lo que ha pasado, pero déjame decirte algo que debes recordarlo por toda tu vida: “los actos buenos o malos de los hombres corresponden exclusivamente a sus autores, y ellos recibirán, a su tiempo, el premio o el castigo que se merezcan” y agregó; “en este serio asunto del que me has hablado, tu familiar es el único responsable y tú no tienes nada que ver en el asunto”, y para finalizar, Pepe, con su voz calmada, casi como la de un padre hablándole a su hijo, agregó: “Rafael, por favor, regresa tranquilo a tu trabajo, yo confío plenamente en tu integridad, en tu juicio en tu capacidad de trabajo y en tu profesionalismo, eres uno de mis mejores hombres en La Firma”. Me volvió el alma al cuerpo, pocos minutos después estaba en camino a reanudar mis tareas como encargado de esta auditoría.
Esa fue una inolvidable lección que aprendí de Pepe García. Pepe no solamente era un caballero, un profesional por donde se lo mirara, pero era además un gran ser humano, un amigo, un confidente, un tutor, y mucho más que todo eso, era como un segundo padre para mí.
Unas pocas semanas después recibí una carta de mi familiar detenido en Guatemala, en la que me contaba su lado de la historia. Me decía sentirse no sólo prisionero en la cárcel de concreto y de hierro, sino especialmente prisionero de sus propios y grandes errores, decía que le daba una gran pena el haberles causado esta enorme vergüenza a sus hijos, a su mujer, a sus hermanos y al resto de su familia. Me decía también que dentro de la prisión, había tenido tiempo para meditar y darse cuenta que su mayor error había sido el querer compensar su falta de educación y por tanto de preparación para la vida, ganando dinero fácil y rápido: que eso lo había llevado a convertirse en una “mula” transportando droga de origen colombiano hacia América Central y con destino final hacia los Estados Unidos.
Lamentaba en su carta el haber dejado a su familia en completo desamparo, y por tanto me pedía que yo ayudara a su mujer y a sus hijos, cosa que ya lo venía ya haciendo aún antes de su pedido. También me contaba los horrores de la prisión de El Socavón, (una de las más lúgubres prisiones del mundo occidental); las torturas a las que fue sometido durante las investigaciones y, especialmente me pedía que le ayudara a conseguir el dinero para pagar los honorarios del abogado que lo defendería ante las cortes guatemaltecas.
Sin posibilidad de obtener ayuda del resto de nuestra familia, por su falta de recursos, asumí el papel de “buen Samaritano” y me hice responsable del cuidado financiero indispensable de la abandonada familia del detenido. Pero eso no era suficiente, había que conseguir el dinero para pagar al abogado que haría posible el regreso a su hogar de nuestro amado familiar, así que volví donde Pepe García, convertido ahora en mi “paño de lágrimas” y le pedí un préstamo de dos mil dólares (que se lo pagué en dos años) para enviarlos a Guatemala.
Todos en nuestra familia nos sentimos extremadamente felices y celebramos el regreso
de nuestro querido familiar a su hogar y a su patria, pero claro, eso sólo era el comienzo de una nueva etapa que estaría llena de dificultades, una etapa en que había que ayudarle a reubicarse adecuadamente, a encontrar un carril que le conduzca a rehacer su vida, dejando atrás los sobresaltos y los errores del pasado.
Hablamos con él y le hicimos énfasis en que si bien estábamos felices por su regreso, también estábamos preocupados por su futuro, y especialmente porque esperábamos que habiendo caído al fondo del barranco, como había caído, era de esperarse que no lo volviera a hacer en el futuro. Le pusimos énfasis en que esperábamos que no interpretara nuestra solidaridad como un endoso a la conducta que terminó llevándolo a la cárcel. Le hicimos saber cuánto dolor, pena y angustia sus acciones habían causado a su mujer, a sus hijos a sus hermanos y a su anciano padre y que de alguna manera nos alegrábamos que su fallecida madre no hubiera tenido que pasar por el mismo traumático dolor.
Le pedimos que ponga su vida en orden, y que recordando lo que le había pasado, pusiera su vida en perspectiva. Personalmente le dije que no esperara mi ayuda si sus errores se repitieran. Lloró como sólo llora un niño al no encontrar a su madre, y nos prometió enmendar. Nos prometió que se convertiría en un honorable y respetado miembro de la familia y de la sociedad.
El hombre tuvo algunas dificultades para readaptarse a la vida dentro de una sociedad que suele ser cruel con el que ha caído en desgracia; por eso, es posible que algunas huellas de su paso por la prisión podrían haber afectado en algo su conducta futura, pero con el tiempo él volvió a ser un padre un hermano y un ciudadano respetable, respetado y amado por sus hijos y por toda la gente con quien se relacionaba.
Tenía una capacidad sin límites para hacer amigos en todos los estratos sociales. Igual se tomaba un whisky y se tuteaba con el presidente, el secretario y otras altas autoridades del Congreso Nacional, como se tomaba un aguardiente con el más humilde de los ciudadanos de su pueblo, bebiendo del mismo vaso del que este lo había hecho!.
De repente, decidió que quería volver a su pueblo natal, Pallatanga, al que amaba con toda su alma. Con su carismática simpatía personal, su carácter alegre, dicharachero, genuinamente simpático y burlón con gracia y sin malicia, se metió a la política y desde ella, y con ella, hizo amigos muy influyentes que le ayudaron a conseguir en el Congreso Nacional el objetivo que se había propuesto desde hace mucho tiempo; conseguir la cantonización de su pueblo, del cual fué su primer y más querido alcalde.
Veinte años después de su trágica muerte en el cumplimiento de su deber como alcalde, la gente de Pallatanga aun lo recuerda con cariño; por sus obras, por su permanente sonrisa, por su innata simpatía, porque amaba de verdad a su pueblo sin esperar nada a cambio. Antes de su muerte el pidió a su familia que lo enterraran en el cementerio de su amado pueblo y allí reposan sus restos mortales.
Ese hombre era mi hermano Pancho.
En mi próximo capítulo: LA VIDA CONTINUA
Friday, November 30, 2012
EN LA RUTA RAPIDA DEL EXITO
Mi primer año en AA&CO. (“La Firma”), fue un absoluto éxito. Mi trabajo era altamente apreciado por mis superiores Jerry Windham y Pepe García. Era la política de La Firma que al final de cada trabajo en un cliente, el personal fuese evaluado por sus superiores. Mis evaluaciones siempre fueron excelentes. También, como parte de las políticas de La Firma, cuando la evaluación de un individuo en un trabajo excedía las expectativas de sus superiores, o estaba muy por debajo de ellas, había que elaborar una hoja especial llamada Green Sheet u “Hoja Verde”, en la cual, el supervisor explicaba en detalle las razones por las que el individuo en particular había merecido dicha Hoja Verde, sea esta por excelentes méritos, o por severas deficiencias. Dicha hoja era luego discutida en máximo detalle por el supervisor con el individuo a quien se le había hecho esta evaluación especial y pasaba a formar parte (luego de ser examinada por el socio a cargo de La Firma), del archivo personal de la persona evaluada y una copia era enviada a las oficinas centrales de ARTHUR ANDERSEN & CO. En Chicago, Estados Unidos.
Durante mi primer año en La Firma, me hicieron tres Green Sheets, un caso raro en La Firma Internacional, único caso en La Firma en el Ecuador, y un indicador del alto grado de aprecio que mi trabajo tenía de parte de mis superiores. Para el fin del primer año de mi trabajo, fui promovido a la categoría A-3 (asistente 3 de auditoría). Mi segundo año con La Firma, fue igualmente exitoso. Continúe absorbiendo conocimientos casi como una esponja, a un ritmo que nunca antes me hubiera siquiera imaginado. Era un proceso en el cual, durante cada trabajo que se me asignaba, encontraba nuevas cosas que aprender y nuevas situaciones donde podía aplicar mi experiencia previa, lo que me permitía seguir agregando conocimientos y experiencia. Al terminar mi segundo año con La Firma (abril de 1971, Pepe García, nuestro Gran Jefe me llamó un día a su oficina y después de elogiar mi desempeño durante el año anterior, me hizo saber mi nueva categoría (A-5), o lo que solíamos llamar “un semi-senior” (o casi un senior), al mismo tiempo que me preguntaba si yo estaría dispuesto a ser transferido de la División de Auditoría, a la División de Impuestos, donde mis responsabilidades principales estarían en la revisión de los impuestos sobre la renta de nuestros clientes corporativos. Al final de esta muy agradable y positiva reunión, Pepe me anunció que debía viajar a Río de Janeiro en dos semanas, a una reunión de Gerentes y Socios de toda Latinoamérica, de la División de Impuestos de La Firma. Yo no conocía Río, así que salí de la reunión con una sonrisa de oreja a oreja, feliz de pertenecer a Arthur Andersen y a la nueva División de La Firma.
Esta División de servicios de la Firma aún no había sido abierta en el Ecuador, y a mi me estaba siendo ofrecido el honor de ser el primer encargado de ella. Según palabras de Pepe García, esta idea le había surgido al revisar mis papeles de trabajo de un cliente grande, a quien, por mi propia iniciativa (mi supervisor, un senior extranjero, no tenía experiencia en impuestos del Ecuador) le había hecho una revisión de impuestos, habiendo encontrado una deficiencia importante en la reserva para el pago de los impuestos del año 1970. En efecto, esta era un área en la que yo estaba especialmente preparado, dado mi paso por el Departamento de Impuestos del Ministerio de Finanzas entre los años 1965 y 1966. Extendí la mano a Pepe García diciéndole “de acuerdo Pepe, gracias por tu oferta, acepto el desafío”. Desde entonces, mi trabajo consistía en revisar los impuestos de todos nuestros clientes, aparte de continuar haciendo trabajos de auditoría para hacer más eficiente la utilización de mi tiempo.
En Febrero de 1971, apenas dos años después de haber comenzado a trabajar para La Firma, y mientras estaba desempeñándome como el jefe de un grupo de tres asistentes de auditoría en la compañía PINTEC (el fabricante local de las pinturas Glidden, una subsidiaria de la compañía Glidden que tenía su matriz en Cleveland, en el estado de Ohio, Estados Unidos de América), recibí una tentadora propuesta de trabajo (la primera de muchas que recibí después).
Don Carlos Vallarino, el gerente general de la compañía (el tercer más gran fabricante de pinturas en los Estados Unidos, cuya matriz había sido fundada en 1875) me llamó un día a su oficina en un día viernes en la tarde, justo antes de que saliéramos de la oficina por el día y la semana. Don Carlos estaba acompañado de Julio Coppa, Contralor de la compañía, un ciudadano cubano-americano.
“Siéntese Rafael” me dijo don Carlos cuando yo entré a su oficina, y después de ofrecerme un café, entró inmediatamente en materia.
“Rafael”, me dijo, mirando a Julio quien estaba sentado junto a mi y a un costado de don Carlos, “quiero informarle que Julio, nuestro Contralor, quién ha hecho un magnífico trabajo durante los últimos tres años, termina su asignación en Ecuador en Mayo de este año, y él debe regresar a nuestra casa matriz en Cleveland. “Ellos (se refería a su casa matriz), nos han autorizado a buscar localmente un remplazo para Julio y en eso estamos ahora, y por eso mismo es que le hemos pedido a usted venir a hablar con nosotros”. Y, continuando con su exposición, Don Carlos agregó: “Julio mismo, quien ha visto su desempeño en el trabajo de auditoría que ustedes nos están haciendo, me ha sugerido que hablemos con usted para proponerle que acepte remplazarlo”, para luego agregar; “Julio está convencido, y yo estoy de acuerdo, que usted tiene los conocimientos y la experiencia para tomar a su cargo, con éxito, el trabajo de Contralor de esta empresa”, agregando, “en pocas palabras, Rafael, le propongo que se venga a trabajar con nosotros a partir del mes de marzo, que asista a un entrenamiento de dos meses en nuestras oficinas centrales en Cleveland y que a partir del mes de junio venga a Guayaquil y se haga cargo de las responsabilidades asignadas a nuestro Contralor. La remuneración que me ofrecían equivalía a mas de cuatro veces el valor del sueldo que en ese momento yo ganaba.
La propuesta me tomó completamente “fuera de base”. Una combinación de sorpresa, orgullo, felicidad, miedo y halago personal me invadió por completo, tanto así que lo único que pude decir, apelando a mis reservas de capacidad para disimular, fue que les agradecía mucho por haberme considerado para la alta posición que se estaba abriendo; que su propuesta la consideraba como un gran halago para mi desempeño en el trabajo de auditoría que estaba dirigiendo, y que les pedía disculpas por no poder darles una respuesta inmediata. Agregué que “me permitieran pensarlo con calma y que mi respuesta (que sabía que debía darse pronto) la tendrían en una semana. Tanto Don Carlos como Julio sonrieron satisfechos y me dijeron que me tomara el tiempo necesario para darles mi respuesta.
Por primera vez en mi vida estaba enfrentando una situación en la que me invitaban a cruzar un puente que siempre quise cruzar, pero que no estaba seguro que fuera el tiempo apropiado para hacerlo. La tentación estaba allí, pero sentía temor de no estar a la altura de lo que de mi se esperaba. Era tiempo de tener alguien que me diera el consejo adecuado. En esos momentos recordé con absoluta claridad mi conversación con tres compañeros en La Firma, que comenzaron su trabajo en ARTHUR ANDERSEN el mismo día que yo lo hice, un poco más de dos años atrás. En aquella ocasión les había dicho que yo quería hacer una carrera en La Firma. Les dije entonces que por lo menos en aquellos momentos, yo no necesitaba más de lo estaba ganando, que el dinero no era mi prioridad, sino la escuela, los conocimientos y la experiencia que La Firma me iba a dar. Había llegado el momento de ser o no ser, de hacer o no hacer honor a mis palabras.
Necesitaba ayuda urgente, una ayuda que viniera de alguien mas maduro, mas experimentado, con un horizonte más amplio y una visión más analítica que la que yo tenía. Pensé entonces en Pepe García, mi jefe, mi mentor, mi supervisor, y si, también mi amigo. Aun cuando pensé que de alguna manera Pepe en este asunto iba a ser juez y parte, nunca dudé que dada su alta calidad humana, su juicio iba a ser objetivo y maduro, y no dudé que el tendría primordialmente en cuenta mi interés personal, aunque este pudiera no correr paralelo con el de La Firma a la que él representaba. Me decidí ir a ver a Pepe y pedirle su consejo.
Pedí a Pepe que me permitiera hablar con él sobre “un asunto personal” y Pepe me recibió inmediatamente. Su consejo fue directo: “Se muy bien, Rafael, que tu debes sentirte muy halagado por esta propuesta. “De yo haber estado en tus zapatos, me sentiría igualmente tentado y halagado”, y agregó; “sin embargo, creo que te conozco mejor de lo que tu crees. Sé muy bien que viniste a nuestra Firma con una meta clara en tu mente, una meta de largo plazo, una meta que aún no haz alcanzado, pero además, yo sé y tú también lo sabes muy bien, que en nuestra firma te está yendo extremadamente bien”, y continuó; si tu sigues adelante al ritmo que vienes, no está lejos el día que alcances el nivel de remuneración que esta gente te ofrece, por eso, agregó; la remuneración por tu trabajo no debería ser la motivación principal en este asunto”. Para concluir, dijo Pepe; “cualquiera que sea tu decisión, es un asunto absolutamente personal, yo sé que será una decisión suficientemente meditada, y por tanto sabia, y que tomará en cuenta lo que sea mejor para ti”; y concluyó; “Rafael, espero que tu decisión sea quedarte con nosotros”. Ese fue el consejo que recibí, el consejo sabio y maduro que necesitaba y que recibí de mi gran amigo, de mi gran mentor, mi jefe y amigo Pepe García.
En menos de una hora llamé a don Carlos Vallarino, y después de agradecerle por su propuesta, le dije que declinaba el honor de aceptar la posición que me habían ofrecido él y Julio Coppa. La actitud de ambos durante el resto de mi trabajo en Pintec nunca cambió hacia mí. Eso confirmaba mi percepción de que ellos eran dos caballeros y dos ejecutivos de alto nivel.
Muchos años después, en 1987, cuando comencé a jugar golf en el Guayaquil Country Club, un día sábado me encontré con Don Carlos Vallarino, quien era entonces uno de los jugadores más buenos y conocidos del club y me acerqué a saludarle. Fue un encuentro casual muy agradable y entonces recordamos nuestra reunión de 1971 y ponderamos lo que hubiera ocurrido si yo hubiera aceptado su propuesta. Por mi parte, muy para mis adentros pensé que hice lo correcto, y si tuviera que volver a vivir la misma situación, mi decisión habría sido la misma.
En mi próximo capitulo: UN CAPITULO TRISTE, PERO LA VIDA SIGUE SU CURSO
Thursday, November 22, 2012
HERMANO MAYOR A LOS VEINTISIETE AÑOS
Hacia finales de septiembre de 1969, mi vida había cambiado en más de una forma. Sin mi madre, me sentía como si no tuviera una familia, porque ella en realidad era para mí como toda mi familia. Claro que mi padre aún vivía, pero desde que cumplí 12 años, su rol para mí había sido algo así como distante. Ciertamente mi padre y yo nos veíamos de manera intermitente, dos o tres veces al año, y me era claro que él era el jefe de la familia, pero él nunca fue el padre mentor, el padre a quien yo como hijo quisiera imitar , simplemente porque la mayor parte del tiempo él estaba ausente física y emocionalmente de mi y su fuerte temperamento era como una especie de barrera que impedía una fluida comunicación con sus hijos, o por lo menos conmigo en particular, pero, aunque parezca contradictorio, sin lugar a dudas yo lo amaba y lo respetaba sin que esto signifique que lo admirara.
Fue en ese momento de mi vida que mi hermana Lilita, casada con Lolo Muñoz, me acogió en su casa y me adoptó como a un hijo y así me convertí en el hermano mayor de los cinco hijos que Lilita y Lolo tenían; cuatro varones y una niña. Su hijo mayor, Leonardo que era sólo ocho años menor que yo; Chachita (Lilia Lucrecia), Milton, Freddy y Polito (Leopoldo) el menor y más mimado de todos. Así, a la edad de 27 años, me convertí en el hermano mayor de esos cinco hijos de mi hermana, y por primera vez desde que yo tenía 12 años, empecé a vivir con toda mi (nueva) familia bajo un mismo techo y bajo la tutela de mi padre y mi madre (adoptivos). A mi hermana Lilita le complacía mucho que yo, que a la edad de 27, cuando ya tenía una ruta trazada para mi vida, que disfrutaba de un buen trabajo y estaba en camino de culminar mis estudios universitarios, viniera a su casa, y me convirtiera en una especie de modelo para sus hijos.
Tan pronto como regresé de México, fui cariñosamente recibido por todos en mi nuevo hogar, recuerdo que uno de mis nuevos hermanos tuvo la ocurrencia de llamarme “El Poderoso”, nombre con el cual todos mis sobrinos me han llamado desde entonces. Todos mis nuevos hermanos se acostumbraron pronto a la idea de que yo era uno mas en la familia, y todos, sin excepción, me mostraron el respeto y la consideración debida a un hermano mayor. Pocos meses más adelante, nuestra familia se mudó a la nueva casa que Lolo y Lilita habían construido en la ciudadela Kennedy, una nueva área de vivienda para clase media, que quedaba a sólo una cuadra de la nueva y amplia Avenida Kennedy y a cuatro cuadras de la Facultad de Ciencias Económicas donde yo ya cursaba el cuarto año.
Allí yo compartía una habitación con Freddy, el cuarto de los cinco hijos de mi hermana, quien era 14 años más joven que yo y con quien hicimos una “alianza virtual”. Freddy era un gran deportista; su deporte era el tenis de mesa, y su juego era tan bueno que a los quinde años de edad ya fue seleccionado para asistir a unas competencias de alto nivel en Pekín, en una época en que llegar a la China Popular era casi como llegar a la luna. Algunos domingos solíamos asistir los dos a los partidos de EMELEC en el cercano estadio Modelo, lo que cementó más aún nuestra alianza, e hizo que Freddy se convirtiera en un hincha de EMELEC y hasta ahora lo es, como lo son sus hijos y lo serán sus nietos. Muy a mi pesar, sin embargo, todos mis demás sobrinos eran, como su papá, hinchas de Barcelona, nuestro eterno rival del barrio, luego de la ciudad, y actualmente del país.
Fue por esa misma época que yo compré mi primer carro, un Volkswagen escarabajo de color verde, modelo 1965, el que yo consideraba el carro mas lindo del mundo, siendo mi gusto compartido por muchos de mis amigos y amigas de la universidad, en una época en que sólo uno de cada cincuenta estudiantes podía tener un carro propio, y, por lo tanto yo era mirado poco menos que como un súper héroe de las telenovelas y mi carrito como el "cupido motorizado" de la famosa película que por esa misma época apareció en los cines de la ciudad. Fue así como yo entré en el casi exclusivo club de estudiantes de la universidad (los que teníamos carro), en el que sus miembros éramos mirados con respeto y hasta con algo de sana envidia por nuestros compañeros y con coqueta admiración y busca de "afinidad" por nuestras compañeras a quienes les encantaba subirse a mi carrito. Por esa misma época se puso de moda la cumbia colombiana “la cosecha de mujeres nunca se acaba”, que a los muchachos del club nos venía como anillo al dedo, y que disfrutábamos a mas no poder junto con mis amigos y amigas de la universidad.
Fanny y yo no veíamos con alguna frecuencia y de alguna manera disfrutábamos de nuestra mutua compañía, pero mis continuos viajes de trabajo, por un lado, y nuestra falta de genuino interés en esa relación, por el otro, no contribuía a afianzarla. Fanny veía nuestra diferencia de ocho años como una barrera poco menos que insalvable, porque ella era una jovencita de dieciocho y yo era ya un hombre de veintisiete, que disfrutaba de las delicias de un buen ingreso, un buen carro y muchas amistades, pero que además no tenía mucho interés en una relación muy seria. Eso no encajaba en el espíritu y el carácter de una jovencita muy guapa y estudiosa, pero más preocupada por los cantantes y artistas de moda, que en salir con un hombre mayor como yo.
Pero aun así, yo no quería romper con Nena, porque realmente me gustaba y, muy hacia mis adentros, ella siempre fue considerada como "la primera entre iguales" al tiempo de considerar nuestra relación, en un momento en que las oportunidades con otras chicas se facilitaban y se multiplicaban.
En la Firma trabajábamos mucho durante toda la semana, pero las farras del viernes eran parte integral de nuestra vida de estudiantes, estas se prolongaban hasta bien entrada la madrugada del sábado, y manejar y llegar hasta la casa sin tener un accidente era un repetido milagro, hasta el punto en que mi madre adoptiva, mi hermana Lilita me llamó la atención muy seriamente y me advirtió de los peligros de hacerlo, enfatizando el hecho de que este asunto no era un buen ejemplo para sus hijos, que eran además mis hermanos adoptivos. Gracias a Dios, nunca tuve un accidente, a pesar de que en ciertas ocasiones llegaba a la casa tan tarde y con tanto sueño, que me quedaba dormido dentro del carro, a la puerta de la casa. No era, ciertamente esto, una de las lecciones de buen comportamiento que se suponía que el hermano mayor diera a sus hermanos más jóvenes, menos mal que todos ellos dormían hasta bien avanzada la mañana del sábado y no fueron nunca testigos presenciales de mi falta de cuidado.
Entretanto, mi desempeño en la Universidad y en el trabajo era óptimo, perseguía sin descanso la meta de graduarme con excelencia, pese a que debía ausentarme por períodos relativamente largos de la Universidad para atender mis obligaciones de trabajo. Aun así me mantuve siempre al tope de mi clase y me gradué en 1972 con el máximo honor que la Universidad concede a sus estudiantes, el PREMIO CONTENTA.
La Firma, esa maravillosa escuela de profesionalismo, de trabajo y de vida de la que yo formaba parte, seguía compensando mi excelente desempeño con ascensos y mejoras en mi compensación, lo que me daba el empuje necesario para seguir adelante haciendo lo que yo consideraba indispensable para mi progreso personal y profesional.
La vida dentro de mi nueva familia contribuyó también a mi formación como individuo, como profesional y como hombre responsable. Mi hermana y mi cuñado eran incansables en su trabajo, se levantaban diariamente, seis días a la semana, a las cinco y media de la mañana y a las seis y media estaban ya atendiendo su negocio, una despensa localizada en la calle Pedro Carbo y Colón, donde mientras ella trabajaba haciendo los higos en almíbar, el dulce de leche, los cakes y otras delicias que los clientes devoraban diariamente, él atendía personalmente a sus clientes. Su día de trabajo terminaba cerrando la despensa a las ocho de la noche. Con su laborioso trabajo llegaron a educar a sus hijos en dos de los mejores colegios de la ciudad, La Inmaculada y el San José, pero además pudieron construir un patrimonio que hasta hoy es parte del patrimonio de sus hijos, su linda casa en la urbanización Kennedy. De Lolo y Lilita yo aprendí su dedicación al trabajo, su entrega total a las responsabilidades con sus hijos y su inquebrantable solidaridad con la familia. Sin duda, yo aprendí de ellos mas como su hijo adoptivo que lo que pude enseñar a mis sobrinos como su hermano mayor.
En mi próximo capitulo: EN LA RUTA RAPIDA AL EXITO
Wednesday, November 14, 2012
UNA LECCION INOLVIDABLE
UNA LECCION INOLVIDABLE
Después de haber enterrado los restos mortales de mi madre, y desde entonces hasta ahora, ella está permanentemente presente en mi memoria. Pienso a cada momento en su vida, en su incansable dedicación al cuidado de su familia y su inquebrantable actitud de solidaridad con los pobres; su pasión por la educación de sus hijos y de los hijos de los pobres de su pueblo; su profunda fe en Dios y Su permanente presencia en nuestras vidas; su admirable fuerza para resistir la dureza (siempre combatiéndola) de su vida en la pobreza, pero, mas que nada la recuerdo por sus lecciones prácticas de profunda integridad e inquebrantable honestidad. Quiero compartir con ustedes una de esas lecciones porque considero que es emblemática de su carácter y su integridad personal.
Cuando yo aun no había cumplido ocho años, un típico día de invierno, sin sol y con bastante neblina, en el mes de enero de 1950, después de haber salido de la escuela, alrededor del medio día, mi madre me pidió que fuera a recoger la leche que nos vendía un granjero de apellido Robalino, que vivía en una colina a una distancia de alrededor de dos kilómetros y a unos cuatrocientos metros de elevación al noroeste de nuestra pequeña casa que estaba situada a la entrada norte de nuestro pueblo. Tomé el balde de latón en el que debía traer la leche y emprendí por el estrecho camino a la casa del señor Robalino. Mientras en mi camino atravesaba el tenebroso, temible y oscuro “Siete Capas” (lugar sobre el cual he hablado extensamente en un capítulo anterior de mi historia), casi enterrado en el suelo rojizo y enlodado por la lluvia, llamó mi atención, al tropezarme con un pequeño bulto envuelto en un sucio pañuelo que probablemente fue blanco mucho tiempo atrás. Me incliné a recogerlo , el bultito era algo pesado, la curiosidad me hizo desatar el nudo y; oh sorpresa!, el pequeño bulto contenía algunas monedas, las que al contarlas sumaban diez sucres y noventa y cinco centavos, todo en monedas de veinte, diez y cinco centavos (pesetas, reales y medios, que eran las monedas metálicas de aquella época). Me dije a mismo entonces “que suerte tengo, esto es una pequeña fortuna (debe haber sido, al cambio de entonces, algo así como unos cinco dólares), y era mía!; yo nunca en mi vida había tenido tanto dinero!.
Cuando regresé a casa con el balde de leche, lleno de júbilo, estaba feliz casi como un pájaro temprano en la mañana, le dije a mi mamá; “mamita, mire lo que me he encontrado en el camino, esto es plata, mucha plata, y es mía, sólo mía”. Yo estaba seguro que ella compartiría mi felicidad.
Ella se puso muy feliz, ciertamente, pero por una razón muy diferente a la mía. Ella tomó en sus manos el pequeño bulto que contenía el dinero y me dijo: “mijito; lo que tu has encontrado hoy, seguramente alguien muy pobre lo debe haber perdido hace muy poco tiempo, y debe estar muy triste y buscándolo. Lo que nosotros debemos hacer, es averiguar quién lo ha perdido, y devolver ese dinero a su legítimo dueño”. De pronto me encontré en una total confusión, y solo pude preguntarle a mi mamá; “¿cómo vamos a encontrar esa persona?”; su respuesta fue inmediata “no te preocupes mijito, yo hallaré una forma de encontrarla”. Yo estaba en un estado de shock, no entendía para nada lo que mi mamá iba a hacer, y confieso que hasta me dolió un poco su actitud, pero dejé que mi madre manejara la situación, después de todo, yo no tenía otra opción!.
La mañana del domingo siguiente, mi mamá fue a la iglesia, habló con el cura y le pidió que desde el púlpito averiguara quien era el dueño del pequeño pañuelo con el dinero. Inmediatamente después de la misa una viejecita de más de setenta años apareció ante el cura, y le dijo, con lágrimas de felicidad en sus ojos, que ella era la dueña del dinero y del pañuelo. Era el dinero que le iba a servir para hacer las compras en el mercado dominical. Ella había perdido el dinero al resbalar en el lodo del “Siete Capas” cuando regresaba a su casa después de la misa del domingo anterior. Ahora era la viejecita la que estaba tan feliz como un pajarito saludando al naciente sol en la mañana. Cuando nos sentamos a cenar esa misma noche, mi mamá, después de su acostumbrada oración, dijo “demos gracias a Dios porque la pobre anciana que perdió su dinero en el camino la semana pasada, pudo recuperarlo hoy, y demos gracias también a nuestro hijo Rafico, por haberlo encontrado y devuelto a su dueña”. Esa noche me sentí inmensamente feliz por todo este asunto, pero por sobre todo, por haber recibido una inolvidable lección de integridad y compasión que recibí de mi madre, lección que nunca olvidaré!
El día del sepelio de mi madre, sus hijos varones llevamos sobre nuestros hombros hasta el sitio de su sepultura, una bóveda en el Cementerio General de Guayaquil. Mi padre lloraba como un tierno niño que ha perdido a su madre y era consolado por mis hermanas que caminaban inmediatamente detrás de nosotros. En el camino, podíamos ver una larga fila de gente que conocíamos, vistiendo ropas de duelo, pero también iba detrás nuestro mucha gente que no vestía de duelo, simplemente porque no la tenía, y vestían sólo la ropa que podían vestir. Esta era hombre, mujeres y niños de nuestro pueblo, gente que había venido desde Pallatanga, el pueblo que mi madre tanto amaba y cuya gente amaba a mi madre como si fuese la suya. Mi pena por su muerte iba aliviándose a medida que nos acercábamos a su tumba. Me sentía orgulloso de ser el hijo de esa mujer que tanta gente amaba y constatar que no estaba solo, que había centenas de personas que le lloraban junto a mí, pero que también rezarían por su alma, igual que yo y sus demás hijos. Estuve entonces, como estoy ahora y estaré siempre, orgulloso de llevar su sangre en mis venas y de ser su hijo…
Una semana después de haber enterrado los restos mortales de mi madre yo estaba volando a Bogotá, la capital de Colombia, donde tomé el primer curso de entrenamiento en Auditoría, una introducción al más largo, completo y complejo curso que se daría en Ciudad de México y que comenzaría una semana después.
Antes de volar a Bogotá, mi hermana Lilita, la segunda mayor de mis tres hermanas, y la mas parecida a ella, tanto física como espiritualmente, me pidió que al regresar, tres meses después, me fuera a vivir con ella y su familia, me dijo que su esposo, Lolo, estaban de acuerdo en esto y que sus cinco hijos acogieron con entusiasmo la idea. En efecto, dada la poca diferencia de edad con sus hijos, yo me convertiría en SU HIJO MAYOR, y por tanto el hermano mayor de sus cinco hijos. No había ninguna duda, desde el cielo, mi madre seguía cuidándome y dándome su protección a través de mi generosa y cariñosa hermana.
El curso de Bogotá fue casi una oportunidad para descansar un poco del intenso curso de Cali, pero el de Ciudad de México fue también muy intenso, sin embargo, el entrenamiento físico y mental que tuvimos en Cali nos había preparado para cualquier gran esfuerzo. En ese curso, absorbimos como esponjas todo el conocimiento que nos brindaron nuestros maestros. Los maestros en este curso fueron mayormente socios y gerentes de la oficina de A AA& CO. En México, era gente con una basta experiencia profesional y docente, que era una garantía del éxito de su misión. Debido a que durante los primeros meses del año (1969), yo había tenido ya alguna experiencia en auditoría con Jerry Windham en Guayaquil, este curso me resultó bastante más fácil que el de Contabilidad en Cali.
Durante el entrenamiento en ciudad de México, aunque sea difícil creerlo, aprendí tanto de mis instructores como de mis compañeros. Mi experiencia de compartir con jóvenes de mi edad que venían de muchos países latinoamericanos me enseñó que, excepto por pequeñas diferencias sin importancia, todos somos casi los mismos a través de este hermoso continente, después de todo, todos venimos de las mismas raíces y compartimos una misma historia, un mismo ancestro, una misma cultura, una misma idiosincrasia, un mismo idioma; nuestro amor por la música; por la literatura. Admiramos a Cervantes, a Pablo Neruda, a García Márquez, a Vargas Llosa, a Los Panchos, a Los Chalchaleros, y a una larga lista de escritores músicos y poetas que han dado brillo a las letras y la música del mundo. Amamos el tango tanto como las rancheras y la cumbia. Somos como hermanos!. Muchos de los amigos que hice en México en 1969, son aún mis buenos amigos después de más de cuarenta años y cuando nos encontramos, volvemos a ser jóvenes, volvemos a los años mozos y recordamos con nostalgia nuestro entrenamiento en ciudad de México. Esa es la magia de la amistad; ese es el mas grande legado que recibí de ese difícil pero valioso curso con mi querida firma, ARTHUR ANDERSEN.
A fines de septiembre regresé a Guayaquil después de varios meses de ausencia. Me sentía como si me hubiera graduado de la Universidad; como un joven y entrenado caballo de pura raza que estaba listo para salir a competir en el hipódromo; pero al mismo tiempo regresé transformado en una nueva persona, menos inmaduro y más con los pies sobre la tierra; mas consciente de mis limitaciones pero también mas consciente de mis conocimientos y de mis habilidades, menos arrogante y más humilde (el haber sido siempre el primero en todo cuanto se me había puesto adelante, me hizo un poco arrogante antes de este evento), en suma, regresé, sin temor a equivocarme, transformado en un joven profesional, ansioso de poner en práctica los conocimientos que había adquirido y muy bien preparado para actuar en el mundo de los negocios. Mi experiencia en la práctica durante los años siguientes, poco a poco me fue dando la razón…
En mi próximo capitulo: HERMANO MAYOR A LOS VEINTISIETE AÑOS
Después de haber enterrado los restos mortales de mi madre, y desde entonces hasta ahora, ella está permanentemente presente en mi memoria. Pienso a cada momento en su vida, en su incansable dedicación al cuidado de su familia y su inquebrantable actitud de solidaridad con los pobres; su pasión por la educación de sus hijos y de los hijos de los pobres de su pueblo; su profunda fe en Dios y Su permanente presencia en nuestras vidas; su admirable fuerza para resistir la dureza (siempre combatiéndola) de su vida en la pobreza, pero, mas que nada la recuerdo por sus lecciones prácticas de profunda integridad e inquebrantable honestidad. Quiero compartir con ustedes una de esas lecciones porque considero que es emblemática de su carácter y su integridad personal.
Cuando yo aun no había cumplido ocho años, un típico día de invierno, sin sol y con bastante neblina, en el mes de enero de 1950, después de haber salido de la escuela, alrededor del medio día, mi madre me pidió que fuera a recoger la leche que nos vendía un granjero de apellido Robalino, que vivía en una colina a una distancia de alrededor de dos kilómetros y a unos cuatrocientos metros de elevación al noroeste de nuestra pequeña casa que estaba situada a la entrada norte de nuestro pueblo. Tomé el balde de latón en el que debía traer la leche y emprendí por el estrecho camino a la casa del señor Robalino. Mientras en mi camino atravesaba el tenebroso, temible y oscuro “Siete Capas” (lugar sobre el cual he hablado extensamente en un capítulo anterior de mi historia), casi enterrado en el suelo rojizo y enlodado por la lluvia, llamó mi atención, al tropezarme con un pequeño bulto envuelto en un sucio pañuelo que probablemente fue blanco mucho tiempo atrás. Me incliné a recogerlo , el bultito era algo pesado, la curiosidad me hizo desatar el nudo y; oh sorpresa!, el pequeño bulto contenía algunas monedas, las que al contarlas sumaban diez sucres y noventa y cinco centavos, todo en monedas de veinte, diez y cinco centavos (pesetas, reales y medios, que eran las monedas metálicas de aquella época). Me dije a mismo entonces “que suerte tengo, esto es una pequeña fortuna (debe haber sido, al cambio de entonces, algo así como unos cinco dólares), y era mía!; yo nunca en mi vida había tenido tanto dinero!.
Cuando regresé a casa con el balde de leche, lleno de júbilo, estaba feliz casi como un pájaro temprano en la mañana, le dije a mi mamá; “mamita, mire lo que me he encontrado en el camino, esto es plata, mucha plata, y es mía, sólo mía”. Yo estaba seguro que ella compartiría mi felicidad.
Ella se puso muy feliz, ciertamente, pero por una razón muy diferente a la mía. Ella tomó en sus manos el pequeño bulto que contenía el dinero y me dijo: “mijito; lo que tu has encontrado hoy, seguramente alguien muy pobre lo debe haber perdido hace muy poco tiempo, y debe estar muy triste y buscándolo. Lo que nosotros debemos hacer, es averiguar quién lo ha perdido, y devolver ese dinero a su legítimo dueño”. De pronto me encontré en una total confusión, y solo pude preguntarle a mi mamá; “¿cómo vamos a encontrar esa persona?”; su respuesta fue inmediata “no te preocupes mijito, yo hallaré una forma de encontrarla”. Yo estaba en un estado de shock, no entendía para nada lo que mi mamá iba a hacer, y confieso que hasta me dolió un poco su actitud, pero dejé que mi madre manejara la situación, después de todo, yo no tenía otra opción!.
La mañana del domingo siguiente, mi mamá fue a la iglesia, habló con el cura y le pidió que desde el púlpito averiguara quien era el dueño del pequeño pañuelo con el dinero. Inmediatamente después de la misa una viejecita de más de setenta años apareció ante el cura, y le dijo, con lágrimas de felicidad en sus ojos, que ella era la dueña del dinero y del pañuelo. Era el dinero que le iba a servir para hacer las compras en el mercado dominical. Ella había perdido el dinero al resbalar en el lodo del “Siete Capas” cuando regresaba a su casa después de la misa del domingo anterior. Ahora era la viejecita la que estaba tan feliz como un pajarito saludando al naciente sol en la mañana. Cuando nos sentamos a cenar esa misma noche, mi mamá, después de su acostumbrada oración, dijo “demos gracias a Dios porque la pobre anciana que perdió su dinero en el camino la semana pasada, pudo recuperarlo hoy, y demos gracias también a nuestro hijo Rafico, por haberlo encontrado y devuelto a su dueña”. Esa noche me sentí inmensamente feliz por todo este asunto, pero por sobre todo, por haber recibido una inolvidable lección de integridad y compasión que recibí de mi madre, lección que nunca olvidaré!
El día del sepelio de mi madre, sus hijos varones llevamos sobre nuestros hombros hasta el sitio de su sepultura, una bóveda en el Cementerio General de Guayaquil. Mi padre lloraba como un tierno niño que ha perdido a su madre y era consolado por mis hermanas que caminaban inmediatamente detrás de nosotros. En el camino, podíamos ver una larga fila de gente que conocíamos, vistiendo ropas de duelo, pero también iba detrás nuestro mucha gente que no vestía de duelo, simplemente porque no la tenía, y vestían sólo la ropa que podían vestir. Esta era hombre, mujeres y niños de nuestro pueblo, gente que había venido desde Pallatanga, el pueblo que mi madre tanto amaba y cuya gente amaba a mi madre como si fuese la suya. Mi pena por su muerte iba aliviándose a medida que nos acercábamos a su tumba. Me sentía orgulloso de ser el hijo de esa mujer que tanta gente amaba y constatar que no estaba solo, que había centenas de personas que le lloraban junto a mí, pero que también rezarían por su alma, igual que yo y sus demás hijos. Estuve entonces, como estoy ahora y estaré siempre, orgulloso de llevar su sangre en mis venas y de ser su hijo…
Una semana después de haber enterrado los restos mortales de mi madre yo estaba volando a Bogotá, la capital de Colombia, donde tomé el primer curso de entrenamiento en Auditoría, una introducción al más largo, completo y complejo curso que se daría en Ciudad de México y que comenzaría una semana después.
Antes de volar a Bogotá, mi hermana Lilita, la segunda mayor de mis tres hermanas, y la mas parecida a ella, tanto física como espiritualmente, me pidió que al regresar, tres meses después, me fuera a vivir con ella y su familia, me dijo que su esposo, Lolo, estaban de acuerdo en esto y que sus cinco hijos acogieron con entusiasmo la idea. En efecto, dada la poca diferencia de edad con sus hijos, yo me convertiría en SU HIJO MAYOR, y por tanto el hermano mayor de sus cinco hijos. No había ninguna duda, desde el cielo, mi madre seguía cuidándome y dándome su protección a través de mi generosa y cariñosa hermana.
El curso de Bogotá fue casi una oportunidad para descansar un poco del intenso curso de Cali, pero el de Ciudad de México fue también muy intenso, sin embargo, el entrenamiento físico y mental que tuvimos en Cali nos había preparado para cualquier gran esfuerzo. En ese curso, absorbimos como esponjas todo el conocimiento que nos brindaron nuestros maestros. Los maestros en este curso fueron mayormente socios y gerentes de la oficina de A AA& CO. En México, era gente con una basta experiencia profesional y docente, que era una garantía del éxito de su misión. Debido a que durante los primeros meses del año (1969), yo había tenido ya alguna experiencia en auditoría con Jerry Windham en Guayaquil, este curso me resultó bastante más fácil que el de Contabilidad en Cali.
Durante el entrenamiento en ciudad de México, aunque sea difícil creerlo, aprendí tanto de mis instructores como de mis compañeros. Mi experiencia de compartir con jóvenes de mi edad que venían de muchos países latinoamericanos me enseñó que, excepto por pequeñas diferencias sin importancia, todos somos casi los mismos a través de este hermoso continente, después de todo, todos venimos de las mismas raíces y compartimos una misma historia, un mismo ancestro, una misma cultura, una misma idiosincrasia, un mismo idioma; nuestro amor por la música; por la literatura. Admiramos a Cervantes, a Pablo Neruda, a García Márquez, a Vargas Llosa, a Los Panchos, a Los Chalchaleros, y a una larga lista de escritores músicos y poetas que han dado brillo a las letras y la música del mundo. Amamos el tango tanto como las rancheras y la cumbia. Somos como hermanos!. Muchos de los amigos que hice en México en 1969, son aún mis buenos amigos después de más de cuarenta años y cuando nos encontramos, volvemos a ser jóvenes, volvemos a los años mozos y recordamos con nostalgia nuestro entrenamiento en ciudad de México. Esa es la magia de la amistad; ese es el mas grande legado que recibí de ese difícil pero valioso curso con mi querida firma, ARTHUR ANDERSEN.
A fines de septiembre regresé a Guayaquil después de varios meses de ausencia. Me sentía como si me hubiera graduado de la Universidad; como un joven y entrenado caballo de pura raza que estaba listo para salir a competir en el hipódromo; pero al mismo tiempo regresé transformado en una nueva persona, menos inmaduro y más con los pies sobre la tierra; mas consciente de mis limitaciones pero también mas consciente de mis conocimientos y de mis habilidades, menos arrogante y más humilde (el haber sido siempre el primero en todo cuanto se me había puesto adelante, me hizo un poco arrogante antes de este evento), en suma, regresé, sin temor a equivocarme, transformado en un joven profesional, ansioso de poner en práctica los conocimientos que había adquirido y muy bien preparado para actuar en el mundo de los negocios. Mi experiencia en la práctica durante los años siguientes, poco a poco me fue dando la razón…
En mi próximo capitulo: HERMANO MAYOR A LOS VEINTISIETE AÑOS
Friday, October 5, 2012
QUE MUNDO TAN VACIO
Viajaba en AREA, una línea aérea ecuatoriana que desapareció en la década de los setenta después de un par de muy graves accidentes que dejaron mas de una centena de muertos. El avión despegó puntualmente del Aeropuerto Internacional de Palmaseca en Cali a las 8:30 de la noche, La Firma me había reservado un asiento en la segunda fila del área de primera clase, y junto a mí, en el asiento que daba a la ventana, viajaba el Eco. Danilo Carrera Druet, profesor de la Escuela de Administración de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil, a quien yo conocía y con el entablamos una conversación que se centró forzosamente en la razón de mi viaje imprevisto. Le dije a Danilo que por coincidencia, que yo esperaba que no fuese una premonición, yo había soñado la noche anterior, que mi madre se había muerto. Le dije, “Danilo, nunca estuve mas feliz de despertar de un sueño como el de anoche, fue terrible!”, Danilo trató de calmarme diciendo que estaba seguro que sólo fue una pesadilla y que al llegar yo encontraría que mi madre estaba recuperándose de su enfermedad.
La conversación ayudó a que el viaje se me hiciera mas corto, y, a eso de las diez y media de la noche llegué al Aeropuerto Simón Bolivar de Guayaquil, donde me esperaba un hermano que al verme se soltó en lágrimas. No hizo falta que me dijera lo que había pasado, sus lágrimas, que inmediatamente desataron las mías, me lo habían dicho todo.
Nos pusimos a llorar juntos y abrazados, y llorando salimos del aeropuerto directamente a la casa de mi hermana Lilita, donde ya el cuerpo inerte de mi madre yacía en su ataúd. Allí, acompañados de una multitud de amigos y familiares estaban todos mis hermanos y hermanas. Ellos salieron a recibirme y, uno por uno, todos me abrazaron y en medio de los sollozos que nos impedían hablar, nos expresamos mutuamente nuestro dolor. Sólo un par de horas después, cuando habíamos podido controlar nuestro llanto es que mi hermana Flor me contó de que manera mi madre había muerto esa mañana. Su relato fue así:
“A las cuatro de la mañana de ese mismo día, mi hermano Pancho, en su camioneta Nissan, vino a mi casa recoger a mi mamita para llevarla a Pallatanga, porque ella quería ir a ver a mi papá. Cuando llegó mi hermano, ella ya estaba lista para salir, y tomó su maletita y se dirigió al carro que le esperaba en la puerta. Ella puso la maleta en el suelo, se regresó a la puerta de la casa para despedirse de mí, y cuando volvió al carro y se agachó para recoger su maleta, se desplomó al suelo, sin un gemido, sin un llanto, sin una lágrima, sin una palabra. Pancho me gritó pidiendo auxilio y los dos la tomamos en brazos para subir su cuerpo casi inerte a la camioneta, y en menos de diez minutos llegamos a la Clínica Alcivar en la calle Calderón, justo frente a la casa de nuestra hermana Lilita. Los paramédicos la subieron a la clínica donde el equipo de emergencia la atendió inmediatamente y con mucha diligencia, pero sólo pudieron constatar que ya había muerto y que la causa de su muerte era un infarto cardiaco masivo. Se fue para siempre sólo habiéndose despedido de mi, diciéndome -"hasta la vuelta mijita". Hasta en su muerte mi madre parecía haber escogido la opción que causaría menos traumas en su familia, se fue en sólo unos pocos minutos, tal vez sólo en unos pocos segundos. Su conocida alta presión arterial le ordenó a su corazón que dejara de latir y este, obediente, sólo hizo lo que su presión arterial se lo ordenó, y dejó para siempre de latir ese mismo día, el 24 de julio de 1969, a las cuatro y media de la mañana a la edad de sesenta y dos años”.
Ella no pudo hacer el viaje para ver a su amado Timo el único hombre a quien ella amó en toda su vida, el humilde pero valiente hombre que conquistó su amor cuando ella sólo tenía dieciséis años y cuando ella era la mas bella criatura que haya nacido en Pallatanga hasta entonces; y en lugar de eso, sin anunciarle a nadie, hizo su viaje al cielo, el sitio para el cual ella se había venido preparando desde hacía mucho tiempo, y en el que el Gran Hacedor del Universo, ya le tenía preparado un lugar de privilegio.
Ella murió exactamente en la forma en la que a mí me gustaría morir el día que me toque el turno. Así, estando completamente saludable, fuerte y alegre, jugando golf y siendo perfectamente capaz de valerme por mi mismo y de seguir respetando y amando a mi mujer, a mis hijos y mis nietos; disfrutando de la amistad de mis amigos, que los tengo y muchos, respetando a todos y siendo respetado por todos. Así es como quiero irme para siempre, sin sufrimiento personal previo, ni para mí ni para nadie y menos para mis seres mas queridos, sin dolorosos traumas en la familia, y entonces, sólo espero estar, como cuando le tocó a ella, listo para enfrentar el Juicio Supremo y poder responder adecuadamente las severas preguntas que me hará el Gran Juez, entre ellas: Fuiste justo?; fuiste solidario?; respetaste mis mandamientos?; amaste a tus hijos y les condujiste por un buen camino?; les diste un buen ejemplo?; les diste las herramientas para que ellos se defiendan en la vida?; diste siempre a los pobres un trato justo?; tomaste como ejemplo de vida a tu madre?.
Su muerte dejó a mí mundo completamente vacío, este ya no fue igual sin su presencia y nunca lo será. El espacio que ella dejó en mi vida nunca se ha podido ni se podrá llenar, ni en mi vida ni en la de aquellos que la conocieron y estuvieron cerca de su vida; pero la presencia de su espíritu es permanente, en cada paso que doy la recuerdo y trato de imitarla, no obstante que han pasado ya cuarenta y tres años de su partida. Su espíritu es tan grande e inmortal como las montañas de Los Andes; es absolutamente inimitable y está siempre junto a mí como un inmenso monumento a la justicia, a la solidaridad humana y al amor a Dios manifestado a través de su amor por los más pobres.
Siempre quise describir a mi madre en un documento para mis hijos, pero, oh gratísimas sorpresas de la vida!, fue mi hija Mariuxi que nació cinco años después de la muerte de mi madre, quien escribió en noviembre del año 2000, un documento que más que una descripción de su personalidad, de su carácter, de su grandeza, es como una pintura al oleo de mi madre, como si hubiese sido hecha en su presencia y fielmente reflejando sus rasgos espirituales.
Mariuxi escribió este documento cuando una organización de protección a niños pobres de ascendencia hispana, en Kansas City (dentro de la cual mi hija ayudaba a una niña hispana), celebraba el día de los difuntos, el 2 de noviembre. A mi hija se le ocurrió la idea de escribir sobre su abuelita que había muerto treinta un años atrás. A Mariuxi, igual que a mis otros dos hijos, siempre le hablé sobre mi madre, y fue en base al recuerdo de mis relatos que ella escribió el documento que lo transcribo a continuación:
MI MADRE A LA EDAD DE
CINCUENTA AÑOS
“Mi abuelita y yo nunca pudimos conocernos, pero ella ha estado siempre presente en mi vida como una brillante estrella cuya luz ha sido mi guía y que siempre ha estado junto a mí...
La Abuelita Luquita fue como una de esas matriarcas que sólo se encuentran en el realismo mágico de las grandes novelas. Tenía un espíritu indomable que le impedía doblegarse ante la adversidad. Era valiente y visionaria, madre incomparable, sabia, guía espiritual, sanadora, proveedora y mentora. Era todo esto y mucho más para todos los que la rodeaban. Y aunque han pasado más de 30 años desde su muerte, la Abuelita Luquita sigue ejerciendo una vibrante influencia en la vida de quienes ella amaba.
La Abuelita Luquita provenía de una familia acomodada de origen español. Perdió sus padres a muy temprana edad y se crió bajo el estricto tutelaje de sus ultraconservadores abuelos. Muy joven se enamoró de un campesino pobre y sin educación. Se casó con mi abuelo contra la voluntad de su familia que nunca le perdonó haberse casado con alguien que estaba por debajo de su condición social y de sus expectativas... Por eso, ellos rompieron todos sus lazos con ella y la abandonaron a su suerte.
Pallatanga era un empobrecido pueblito escondido en las arrugas de la sierra ecuatoriana. La mayor parte de las familias vivía de las cosechas de los productos que en sus pequeños predios podían cultivar. Vivían en las mismas condiciones de pobreza, generación tras generación. La conformidad era una pesada frazada que asfixiaba cualquier esperanza de auto-mejoramiento. Por generaciones, los Pallatangueños permanecían resignados a su triste destino.
A pesar de las enormes dificultades y de la pobreza que ella tuvo que soportar, mi Abuelita Luquita nunca dejó de creer que existía la esperanza de escapar de las garras de la conformidad. Mi abuelita tenía una visión que transcendía las limitaciones que la pobreza había impuesto sobre ella. Ella estaba convencida que la educación y la ambición eran las claves para que sus hijos y todos sus coterráneos puedan tener una mejor vida. Ella cultivó esa visión en cada uno de sus siete hijos. Los inspiró para que se eduquen y sobresalgan dondequiera que estuviesen, fomentó la ambición de sus hijos, simultáneamente enseñándoles un estricto código de ética, a la vez que la compasión y la solidaridad. Sobre todas las cosas, mi abuelita encendió en sus hijos la capacidad de soñar en una mejor vida y luchó denodadamente para darles las herramientas para lograr su sueño.
Pero... aunque alentaba a sus hijos para buscar un futuro mejor fuera de su lugar natal, ella dedicó su vida con inmenso amor al pueblo de Pallatanga. Amaba a los pobres, alimentaba sus estómagos vacíos, cuidaba y curaba sus cuerpos a la vez que alimentaba sus almas. Su sentido de solidaridad se agigantaba en los tiempos más difíciles.
Ella es para mí una persona extraña a la vez que mi ángel. Lloro su muerte aunque ella murió algunos años antes de que yo hubiera podido sentir en mis manos el calor de las suyas y de sentir su fuerza mágica... murió antes de que me pudiera decir como les dijo a sus hijos, “Sigan adelante y triunfen!”, y, sin embargo, ella siempre ha estado conmigo. Ella me ha guiado e inspirado a tener ambiciones, a trabajar fuerte y luchar cada vez más duro. Su firme creencia en la capacidad de superarse a través de la educación es el mayor legado que ella dejó a sus hijos, y en especial a mi padre, quien es la materialización de casi todos sus sueños. El me ha pasado a mí ese legado, y cual si fuera una antorcha, se la pasaré a mis hijos.
Mirándome desde el cielo, ELLA siempre me esta sonriendo orgullosa de lo que he logrado hasta ahora... e impulsándome a seguir logrando mucho más...
Mariuxi Romero
Noviembre 2 del 2000”
Nota: La versión original de este documento es en ingles, la traducción al español es mía y debo confesar que me temo que esta no refleje fielmente el profundo sentir de mi hija primogénita que escribió el mucho más bello original.
El día que llevamos los restos mortales de mi madre al Cementerio General de Guayaquil, decidí que más que sólo derramar mis lágrimas por su partida, yo trataría de hacer de mi vida un homenaje a su memoria, mientras que para aliviar mi terrible pena por su muerte, yo trataría de recordarla siempre en sus momentos mas grandiosos, mas felices, mas solidarios. Es probable que yo haya fallado algunas veces en ese esfuerzo, después de todo no soy mas que un frágil e imperfecto ser humano muy lejos de ser infalible, pero mantengo y mantendré siempre esa promesa en mi mente. Los recuerdos que yo tengo de mi madre son como una inagotable mina de oro, de la cual, sin tener que excavar mucho, siempre saco los más valiosos tesoros, de los cuales siempre puedo aprender y sobre los cuales me encanta hablar y escribir.
Los restos mortales de mi madre se velaron el primer día en el departamento de mi Hermana Lilita en la Calle Calderón, donde fueron nuestros familiares y mas íntimos amigos a decirle su ultimo adiós, allí vi a mi padre llorar desconsoladamente con su cabeza sobre el cofre mortuorio y como queriendo hablarle a mi madre a su oído, eran palabras que nunca escuché, pero que pensé entonces, como sigo pensando ahora, que eran palabras que él quería que sólo ella las escuchara, palabras que probablemente él no quiso, no pudo, o no tuvo tiempo de decírselas mientras ella aun vivía. Mi padre lucía inmensa y genuinamente apenado y lloraba de manera intermitente mientras miraba el ataúd de la mujer que fue su esposa y fiel compañera por más de cuarenta y seis años. Al día siguiente, llevamos los restos mortales a una sala de velación frente al cementerio general, donde al medio día debía celebrarse una misa en memoria de su alma.
MI PADRE, A LA EDAD
DE 58 AÑOS
En esa inmensa sala pude ver a mucha gente que yo nunca había visto antes, o que no recordaba haber visto, muchos de ellos lloraban como si fuera su propia madre la que había fallecido. Eran campesinos muy pobres, que habían hecho el viaje en bus, por primera vez en sus vidas a la gran ciudad de Guayaquil, desde su humilde pueblo de Pallatanga, a despedirse de la mujer a quien ellos llamaban con el mas grande cariño, mamá o mamita Luquita o Señora Luquita, eran gente que había recibido de la mano de mi madre su siempre generosa ayuda , que recordaban que mi madre había curado a sus tiernos hijos cuando ellos pensaban que los perderían, o que ellos mismos habían recibido de mi madre alimentos para su cuerpo y para su alma.
Cuando treinta y cinco años después de la muerte de mi madre, en el año 2004, se celebró una misa en Pallatanga en memoria de mi madre, muchos de esos mismos campesinos, envejecidos y arrugados por el tiempo y sus duras vidas, junto con sus hijos, ya muy adultos y con sus propios hijos al lado, asistieron a la misa, lloraban y se lamentaban mientras elevaban sus plegarias por el alma de mi madre, su nunca olvidada mamita Luquita.
En mi próximo capítulo: UNA LECCION INOLVIDABLE
La conversación ayudó a que el viaje se me hiciera mas corto, y, a eso de las diez y media de la noche llegué al Aeropuerto Simón Bolivar de Guayaquil, donde me esperaba un hermano que al verme se soltó en lágrimas. No hizo falta que me dijera lo que había pasado, sus lágrimas, que inmediatamente desataron las mías, me lo habían dicho todo.
Nos pusimos a llorar juntos y abrazados, y llorando salimos del aeropuerto directamente a la casa de mi hermana Lilita, donde ya el cuerpo inerte de mi madre yacía en su ataúd. Allí, acompañados de una multitud de amigos y familiares estaban todos mis hermanos y hermanas. Ellos salieron a recibirme y, uno por uno, todos me abrazaron y en medio de los sollozos que nos impedían hablar, nos expresamos mutuamente nuestro dolor. Sólo un par de horas después, cuando habíamos podido controlar nuestro llanto es que mi hermana Flor me contó de que manera mi madre había muerto esa mañana. Su relato fue así:
“A las cuatro de la mañana de ese mismo día, mi hermano Pancho, en su camioneta Nissan, vino a mi casa recoger a mi mamita para llevarla a Pallatanga, porque ella quería ir a ver a mi papá. Cuando llegó mi hermano, ella ya estaba lista para salir, y tomó su maletita y se dirigió al carro que le esperaba en la puerta. Ella puso la maleta en el suelo, se regresó a la puerta de la casa para despedirse de mí, y cuando volvió al carro y se agachó para recoger su maleta, se desplomó al suelo, sin un gemido, sin un llanto, sin una lágrima, sin una palabra. Pancho me gritó pidiendo auxilio y los dos la tomamos en brazos para subir su cuerpo casi inerte a la camioneta, y en menos de diez minutos llegamos a la Clínica Alcivar en la calle Calderón, justo frente a la casa de nuestra hermana Lilita. Los paramédicos la subieron a la clínica donde el equipo de emergencia la atendió inmediatamente y con mucha diligencia, pero sólo pudieron constatar que ya había muerto y que la causa de su muerte era un infarto cardiaco masivo. Se fue para siempre sólo habiéndose despedido de mi, diciéndome -"hasta la vuelta mijita". Hasta en su muerte mi madre parecía haber escogido la opción que causaría menos traumas en su familia, se fue en sólo unos pocos minutos, tal vez sólo en unos pocos segundos. Su conocida alta presión arterial le ordenó a su corazón que dejara de latir y este, obediente, sólo hizo lo que su presión arterial se lo ordenó, y dejó para siempre de latir ese mismo día, el 24 de julio de 1969, a las cuatro y media de la mañana a la edad de sesenta y dos años”.
Ella no pudo hacer el viaje para ver a su amado Timo el único hombre a quien ella amó en toda su vida, el humilde pero valiente hombre que conquistó su amor cuando ella sólo tenía dieciséis años y cuando ella era la mas bella criatura que haya nacido en Pallatanga hasta entonces; y en lugar de eso, sin anunciarle a nadie, hizo su viaje al cielo, el sitio para el cual ella se había venido preparando desde hacía mucho tiempo, y en el que el Gran Hacedor del Universo, ya le tenía preparado un lugar de privilegio.
Ella murió exactamente en la forma en la que a mí me gustaría morir el día que me toque el turno. Así, estando completamente saludable, fuerte y alegre, jugando golf y siendo perfectamente capaz de valerme por mi mismo y de seguir respetando y amando a mi mujer, a mis hijos y mis nietos; disfrutando de la amistad de mis amigos, que los tengo y muchos, respetando a todos y siendo respetado por todos. Así es como quiero irme para siempre, sin sufrimiento personal previo, ni para mí ni para nadie y menos para mis seres mas queridos, sin dolorosos traumas en la familia, y entonces, sólo espero estar, como cuando le tocó a ella, listo para enfrentar el Juicio Supremo y poder responder adecuadamente las severas preguntas que me hará el Gran Juez, entre ellas: Fuiste justo?; fuiste solidario?; respetaste mis mandamientos?; amaste a tus hijos y les condujiste por un buen camino?; les diste un buen ejemplo?; les diste las herramientas para que ellos se defiendan en la vida?; diste siempre a los pobres un trato justo?; tomaste como ejemplo de vida a tu madre?.
Su muerte dejó a mí mundo completamente vacío, este ya no fue igual sin su presencia y nunca lo será. El espacio que ella dejó en mi vida nunca se ha podido ni se podrá llenar, ni en mi vida ni en la de aquellos que la conocieron y estuvieron cerca de su vida; pero la presencia de su espíritu es permanente, en cada paso que doy la recuerdo y trato de imitarla, no obstante que han pasado ya cuarenta y tres años de su partida. Su espíritu es tan grande e inmortal como las montañas de Los Andes; es absolutamente inimitable y está siempre junto a mí como un inmenso monumento a la justicia, a la solidaridad humana y al amor a Dios manifestado a través de su amor por los más pobres.
Siempre quise describir a mi madre en un documento para mis hijos, pero, oh gratísimas sorpresas de la vida!, fue mi hija Mariuxi que nació cinco años después de la muerte de mi madre, quien escribió en noviembre del año 2000, un documento que más que una descripción de su personalidad, de su carácter, de su grandeza, es como una pintura al oleo de mi madre, como si hubiese sido hecha en su presencia y fielmente reflejando sus rasgos espirituales.
Mariuxi escribió este documento cuando una organización de protección a niños pobres de ascendencia hispana, en Kansas City (dentro de la cual mi hija ayudaba a una niña hispana), celebraba el día de los difuntos, el 2 de noviembre. A mi hija se le ocurrió la idea de escribir sobre su abuelita que había muerto treinta un años atrás. A Mariuxi, igual que a mis otros dos hijos, siempre le hablé sobre mi madre, y fue en base al recuerdo de mis relatos que ella escribió el documento que lo transcribo a continuación:
MI MADRE A LA EDAD DE
CINCUENTA AÑOS
“Mi abuelita y yo nunca pudimos conocernos, pero ella ha estado siempre presente en mi vida como una brillante estrella cuya luz ha sido mi guía y que siempre ha estado junto a mí...
La Abuelita Luquita fue como una de esas matriarcas que sólo se encuentran en el realismo mágico de las grandes novelas. Tenía un espíritu indomable que le impedía doblegarse ante la adversidad. Era valiente y visionaria, madre incomparable, sabia, guía espiritual, sanadora, proveedora y mentora. Era todo esto y mucho más para todos los que la rodeaban. Y aunque han pasado más de 30 años desde su muerte, la Abuelita Luquita sigue ejerciendo una vibrante influencia en la vida de quienes ella amaba.
La Abuelita Luquita provenía de una familia acomodada de origen español. Perdió sus padres a muy temprana edad y se crió bajo el estricto tutelaje de sus ultraconservadores abuelos. Muy joven se enamoró de un campesino pobre y sin educación. Se casó con mi abuelo contra la voluntad de su familia que nunca le perdonó haberse casado con alguien que estaba por debajo de su condición social y de sus expectativas... Por eso, ellos rompieron todos sus lazos con ella y la abandonaron a su suerte.
Pallatanga era un empobrecido pueblito escondido en las arrugas de la sierra ecuatoriana. La mayor parte de las familias vivía de las cosechas de los productos que en sus pequeños predios podían cultivar. Vivían en las mismas condiciones de pobreza, generación tras generación. La conformidad era una pesada frazada que asfixiaba cualquier esperanza de auto-mejoramiento. Por generaciones, los Pallatangueños permanecían resignados a su triste destino.
A pesar de las enormes dificultades y de la pobreza que ella tuvo que soportar, mi Abuelita Luquita nunca dejó de creer que existía la esperanza de escapar de las garras de la conformidad. Mi abuelita tenía una visión que transcendía las limitaciones que la pobreza había impuesto sobre ella. Ella estaba convencida que la educación y la ambición eran las claves para que sus hijos y todos sus coterráneos puedan tener una mejor vida. Ella cultivó esa visión en cada uno de sus siete hijos. Los inspiró para que se eduquen y sobresalgan dondequiera que estuviesen, fomentó la ambición de sus hijos, simultáneamente enseñándoles un estricto código de ética, a la vez que la compasión y la solidaridad. Sobre todas las cosas, mi abuelita encendió en sus hijos la capacidad de soñar en una mejor vida y luchó denodadamente para darles las herramientas para lograr su sueño.
Pero... aunque alentaba a sus hijos para buscar un futuro mejor fuera de su lugar natal, ella dedicó su vida con inmenso amor al pueblo de Pallatanga. Amaba a los pobres, alimentaba sus estómagos vacíos, cuidaba y curaba sus cuerpos a la vez que alimentaba sus almas. Su sentido de solidaridad se agigantaba en los tiempos más difíciles.
Ella es para mí una persona extraña a la vez que mi ángel. Lloro su muerte aunque ella murió algunos años antes de que yo hubiera podido sentir en mis manos el calor de las suyas y de sentir su fuerza mágica... murió antes de que me pudiera decir como les dijo a sus hijos, “Sigan adelante y triunfen!”, y, sin embargo, ella siempre ha estado conmigo. Ella me ha guiado e inspirado a tener ambiciones, a trabajar fuerte y luchar cada vez más duro. Su firme creencia en la capacidad de superarse a través de la educación es el mayor legado que ella dejó a sus hijos, y en especial a mi padre, quien es la materialización de casi todos sus sueños. El me ha pasado a mí ese legado, y cual si fuera una antorcha, se la pasaré a mis hijos.
Mirándome desde el cielo, ELLA siempre me esta sonriendo orgullosa de lo que he logrado hasta ahora... e impulsándome a seguir logrando mucho más...
Mariuxi Romero
Noviembre 2 del 2000”
Nota: La versión original de este documento es en ingles, la traducción al español es mía y debo confesar que me temo que esta no refleje fielmente el profundo sentir de mi hija primogénita que escribió el mucho más bello original.
El día que llevamos los restos mortales de mi madre al Cementerio General de Guayaquil, decidí que más que sólo derramar mis lágrimas por su partida, yo trataría de hacer de mi vida un homenaje a su memoria, mientras que para aliviar mi terrible pena por su muerte, yo trataría de recordarla siempre en sus momentos mas grandiosos, mas felices, mas solidarios. Es probable que yo haya fallado algunas veces en ese esfuerzo, después de todo no soy mas que un frágil e imperfecto ser humano muy lejos de ser infalible, pero mantengo y mantendré siempre esa promesa en mi mente. Los recuerdos que yo tengo de mi madre son como una inagotable mina de oro, de la cual, sin tener que excavar mucho, siempre saco los más valiosos tesoros, de los cuales siempre puedo aprender y sobre los cuales me encanta hablar y escribir.
Los restos mortales de mi madre se velaron el primer día en el departamento de mi Hermana Lilita en la Calle Calderón, donde fueron nuestros familiares y mas íntimos amigos a decirle su ultimo adiós, allí vi a mi padre llorar desconsoladamente con su cabeza sobre el cofre mortuorio y como queriendo hablarle a mi madre a su oído, eran palabras que nunca escuché, pero que pensé entonces, como sigo pensando ahora, que eran palabras que él quería que sólo ella las escuchara, palabras que probablemente él no quiso, no pudo, o no tuvo tiempo de decírselas mientras ella aun vivía. Mi padre lucía inmensa y genuinamente apenado y lloraba de manera intermitente mientras miraba el ataúd de la mujer que fue su esposa y fiel compañera por más de cuarenta y seis años. Al día siguiente, llevamos los restos mortales a una sala de velación frente al cementerio general, donde al medio día debía celebrarse una misa en memoria de su alma.
MI PADRE, A LA EDAD
DE 58 AÑOS
En esa inmensa sala pude ver a mucha gente que yo nunca había visto antes, o que no recordaba haber visto, muchos de ellos lloraban como si fuera su propia madre la que había fallecido. Eran campesinos muy pobres, que habían hecho el viaje en bus, por primera vez en sus vidas a la gran ciudad de Guayaquil, desde su humilde pueblo de Pallatanga, a despedirse de la mujer a quien ellos llamaban con el mas grande cariño, mamá o mamita Luquita o Señora Luquita, eran gente que había recibido de la mano de mi madre su siempre generosa ayuda , que recordaban que mi madre había curado a sus tiernos hijos cuando ellos pensaban que los perderían, o que ellos mismos habían recibido de mi madre alimentos para su cuerpo y para su alma.
Cuando treinta y cinco años después de la muerte de mi madre, en el año 2004, se celebró una misa en Pallatanga en memoria de mi madre, muchos de esos mismos campesinos, envejecidos y arrugados por el tiempo y sus duras vidas, junto con sus hijos, ya muy adultos y con sus propios hijos al lado, asistieron a la misa, lloraban y se lamentaban mientras elevaban sus plegarias por el alma de mi madre, su nunca olvidada mamita Luquita.
En mi próximo capítulo: UNA LECCION INOLVIDABLE
Saturday, September 29, 2012
EMBARCADO EN EL TREN DEL ÉXITO
Por algo mas de dos meses después de nuestra primera cita, Fanny y yo seguimos saliendo principalmente al cine con la compañía de su tía, hasta que un día, con la confianza que tenía con Luisa, le dije, “hermanita, este asunto de citas de tres me está poniendo nervioso, y yo sé que no es cómodo para ti tampoco, así que, ¿porqué no hablas con tu hermana y le dices que su hija ya no es en verdad una “nenita” y que la deje salir sola conmigo; después de todo, ni yo soy el lobo feroz ni ella es la Caperucita Roja y por lo tanto ella no va a estar en peligro”. Luisa entendió mi punto y me dio la razón, y como consecuencia, por fin, Fanny pudo salir conmigo a solas, y comenzamos a caminar juntos en las noches, de regreso de la Universidad y hasta su casa, que estaba a quince minutos caminando desde el campus. Para entonces ya me había ganado la confianza de “la Nenita” y en camino a su casa, solíamos sentarnos a conversar en el viejo parque del American Park muy cerca del Estero Salado, donde hoy está el moderno parque Assad Bucaram. En una de nuestras pláticas, aburrido por el trabajo sonso que tenía en Acero Comercial, le sugerí alguna vez que si ARTHUR ANDERSEN no me contrataba pronto, yo me regresaría a Nueva York y le pediría que ella se viniera conmigo. Ella nunca me dijo que si, que lo haría, no obstante que tampoco me dijo que no. Ese fue un plan que desvaneció en enero de 1969, tan pronto fui contratado por La Firma.
Para “Doña Fanny (+), la mamá de mi mujer, nunca fui santo de su devoción. Nunca pude ganarme su confianza plena, y ella nunca desaprovechó una oportunidad de mostrarme su incomodidad con mi presencia. Fue sólo después de que Fanny Angelita y yo nos habíamos casado, que su mamá se volvió muy cariñosa, como tratando de lavar su culpa por haberme tratado como lo hizo mientras fuimos enamorados y después como novios. Tanto su trato inicial como su cariño posterior, fueron adecuadamente retribuidos de mi parte.
Los meses pasaron, Fanny y yo ya éramos enamorados y yo compartía con ella mis emociones y mis penas. Las primeras siempre fueron más numerosas que las segundas, después de que en enero de 1969 fui contratado por ARTHUR ANDERSEN (“La Firma”), esa compañía que fue desde el principio, mi ilusión, mi casa, mi escuela, mi hogar, mi camino, mi meta, mi guía y mi esperanza.
Fanny estaba al tanto de mis experiencias y a ella le contaba mis ilusiones, ella compartía conmigo mis logros y con ella elaboraba mis planes. No obstante, con frecuencia, mi trabajo nos separaba, yo debía viajar dentro y fuera del país, por el trabajo o por los entrenamientos con La Firma, y, si, lo confieso, a veces también por mis inconstancias que casi siempre ella me las perdonaba.
Entretanto, mi mamá estaba bajo mi cuidado, o, más bien, a la inversa, yo estaba bajo el cuidado de mi madre, de esa viejita linda, abnegada hasta el sacrificio, sabia y cariñosa, que me adivinaba el pensamiento y me consentía en mis caprichos; que me alimentaba con las delicias que sólo ella sabía preparar, como sólo una madre de su monumental estatura humana y su inmenso corazón puede hacerlo. Vivíamos en la Calle Luque entre Boyacá y García Avilés, en dos cuartitos que arrendábamos a mi hermana Letty, a solo dos cuadras y media de mi oficina. Cuando en enero de 1969, por fin se me hicieron realidad mis sueños e ingresé a La Firma y empezaba a buscar un apartamentito más cómodo y espacioso para que nos fuéramos a vivir con mi viejita, surgió la necesidad de viajar para un entrenamiento de ocho semanas en Cali, Colombia, seguido de otro entrenamiento de una semana en Bogotá y luego otro de un mes en Ciudad de México. Yo estaría ausente por algo más de tres meses. Lo discutí con mi mamá, yo no quería que se quedara sola, algo me hacía presentir que su salud era mas frágil de lo que ella quería que pensáramos y por eso acordamos que ella se quedaría con mi hermana Flor y que podía, mientras dure mi ausencia, viajar a Pallatanga a visitar a mi papá por unas semanas, pero que volvería pronto y que me esperaría a mi regreso para buscar un apartamento al que íbamos a mudarnos. A mi mamá siempre le preocupó que mi padre estuviera sólo y quería ir a verlo y atenderlo por lo menos mientras dure mi ausencia.
Por su parte, a mi padre nunca le gustó la idea de mudarse a Guayaquil, él amaba Pallatanga, amaba su clima, su casa, no concebía la vida fuera de su tierra; le hacían falta sus amigos, su hermano Antonio, su finca, que lo que más producía eran dolores de cabeza, pero que era el recuerdo de sus antepasados campesinos y era la principal razón para sentirse útil y estar activo, para montar a caballo, para sentirse libre y dueño de su destino, para mirar el horizonte cada mañana, y expresar con gran orgullo “esta es mi tierra”. Nació como campesino y toda su vida quiso serlo. Era su manera de pensar, que nosotros respetamos, hasta que sus fuerzas ya no le dieron más, y cuando llegó a los 89 años, mi hermana Lilita le trajo a Guayaquil, para cuidarle, para mimarle, para darle compañía, para darle el cariño que allá, en su tierra, hacía mucho tiempo que había comenzado a escasear.
A principios de junio de 1969, salí rumbo a Cali, junto con Raul Molina a nuestros entrenamientos en Colombia y México. Llevaba una maleta llena de ilusiones y de expectativas porque estos entrenamientos llenarían los grandes vacíos que tenía en mis conocimientos de Contabilidad y Auditoría y me permitirían equiparar mis conocimientos a los del resto del staff de La Firma, casi todos ellos con diplomas y experiencia en esos campos.
El entrenamiento en Contabilidad Superior y Contabilidad de Costos comenzó el primer lunes del mes de junio de 1969 y estaba diseñado de tal manera que permitiría a todos los que lo tomábamos, llegar a un nivel avanzado de conocimientos de esas materias. El Seminario estaba dirigido por el doctor Cesar Salas, un eminente ex profesor de Contabilidad Superior en la Universidad de La Habana, Cuba, hasta que salió al exilio en 1960 y se dedicó a la cátedra universitaria en la Universidad de La Florida, donde era el Director del Departamento de Contabilidad y Auditoría. Salas era una verdadera eminencia en su materia. El staff de profesores del seminario estaba compuesto por otro profesor de Contabilidad de la Universidad de La Florida, también cubano, y algunos socios y gerentes de La Firma en Argentina, Colombia, y México. Todos los profesores de este seminario eran triple A, y La Firma esperaba que los asistentes a este entrenamiento estuvieran a la altura de sus maestros. No estaban equivocados!
Nos alojábamos en el Hotel Aristi, un hotel de cuatro estrellas en el centro de la hermosa ciudad de Cali, y allí mismo estaba nuestro salón de clases. Nuestras clases comenzaban a las ocho de la mañana, y con un descanso de una hora para el almuerzo, continuaban sin interrupción hasta las cinco de la tarde. Entre las cinco de la tarde y las siete de la noche teníamos tiempo para cenar, bañarnos y tomar un ligero descanso. A las siete de la noche debíamos estar de vuelta en el salón de clases para hacer las tareas diarias que consistían en la solución de complejos problemas contables. Los más conocedores de la práctica contable terminaban sus tareas a las diez de la noche, pero yo nunca pude terminar antes de las once y en algunas ocasiones tuve que quedarme hasta pasadas las doce. Era un seminario extremadamente duro, pero igualmente efectivo. En realidad, en este seminario, La Firma comprimía dos años de estudios universitarios de la técnica contable.
Ah…pero no todo era sólo sacrificio y estudio. Los días viernes, a las siete de la noche una persona de La Firma nos entregaba nuestro viático semanal, que eran unos mil pesos colombianos (o un equivalente a unos doscientos dólares), y teníamos libre el resto de la noche y el fin de semana. Parecíamos chicos de una escuela primaria saliendo al recreo cuando salíamos con las caras más felices a disfrutar de nuestro bien ganado derecho a divertirnos. En grupos de cuatro o cinco, todos los dieciocho asistentes a este curso de contabilidad íbamos en busca de chicas y de diversión. Bailábamos hasta el cansancio y aprendimos a tomar y a amar el aguardientico, que los colombianos aman mas que a su bandera; que aprenden a tomarlo desde los dieciséis años y lo toman por el resto de sus vidas. Terminado el fin de semana (y casi siempre también terminadas nuestras reservas de dinero), el domingo a las cuatro de la tarde volvíamos al salón de clases a trabajar en las tareas que nos habían dado para el lunes en la mañana. Así transcurrieron las ocho semanas de esta inolvidable experiencia de academia a presión y de diversión para renovar fuerzas y encender el espíritu. Me sentía inmensamente grato con La Firma, por darme esta invalorable oportunidad, y puse de mi parte todo lo que podía hacer. Los resultados fueron especialmente gratificantes. Ahora podía decir que realmente había aprendido Contabilidad y que excepto por la experiencia, ya estaba, en conocimientos, a la par de mis colegas.
Entretanto, cada semana recibía y enviaba correspondencia de y para La Nenita en Guayaquil. Nuestras cartas no eran otra cosa que una manera de mantenernos comunicados, y no recuerdo que estuvieran llenas de frases de amor muy expresivas. El intenso estudio por un lado, y las lindas caleñas por otro, no dejaban espacio para mucho romanticismo
Los días y las semanas iban pasando y el final del curso se acercaba, había alivio por un lado y sabíamos que habría nostalgia por el otro. Nada es perfecto en esta vida. Un día antes de que terminara el curso de Cali y cuando ya estábamos los dieciocho asistentes a este entrenamiento alistando nuestras maletas para volar a Bogotá y comenzar una semana de pre-entrenamiento para el gran curso de Auditoría en Ciudad de México, a las tres de la tarde, cuando me preparaba a comenzar mis tareas para el día siguiente, el co-director del curso, Ricardo Biondi, un socio de La Firma en Argentina, se me acercó con cara muy triste, me llamó aparte de mis compañeros y me dio una noticia que me causó enorme preocupación. “Che Rafael”, me dijo, “vas a tener que regresar a Guayaquil esta misma noche”, y agregó; “hemos recibido un cable de la oficina de Guayaquil, indicándonos que tu mamá está muy enferma; Pepe García, tu jefe, cree que debes regresar inmediatamente para que estés al lado de tu madre, así que vas a salir hoy mismo a las ocho de la noche" y agregó; ”recogé todos tus papeles Rafael, y andá a preparar tus cosas para que regreses a Guayaquil, debes estar en el aeropuerto a las seis y media de la tarde”.
Aturdido porque inmediatamente pensé en lo peor, no atinaba a decidir que hacer primero, mi mente estaba elaborando escenarios, cada uno más complejo y más temido. Salí del salón de clases cargando mis papeles y me fui a mi habitación a empacar mis cosas. Eran casi las cuatro de la tarde y el tiempo empezaba a volar. Sin sacarme siquiera los zapatos, me acosté en mi cama con mis manos detrás de la cabeza y me puse a mirar el techo; mi cerebro trataba de buscar, en vano, explicaciones a una serie de complejas preguntas. Una hora y media después alguien golpeó mi puerta, era mi amigo y compañero Guillermo Villegas, un caleño de alma y corazón. Con su cara triste me dijo; “Rafita, dentro de media hora vengo a verte porque yo te voy a llevar al aeropuerto”. Sólo alcancé a decirle “gracias Guillermo, estaré listo”
A las seis de la tarde salimos con destino al aeropuerto de la ciudad de Cali, allí, antes de entrar al terminal, me despedí de mi amigo y le agradecí por su generoso gesto. Todavía tenía la esperanza de que sólo fuera una falsa alarma, y de que al llegar a Guayaquil yo encontraría a mi madre recuperándose de su enfermedad. Mi cerebro no quería aceptar la posibilidad siquiera de que mi madre hubiera muerto…
En mi próximo capítulo: QUE MUNDO TAN VACIO
Para “Doña Fanny (+), la mamá de mi mujer, nunca fui santo de su devoción. Nunca pude ganarme su confianza plena, y ella nunca desaprovechó una oportunidad de mostrarme su incomodidad con mi presencia. Fue sólo después de que Fanny Angelita y yo nos habíamos casado, que su mamá se volvió muy cariñosa, como tratando de lavar su culpa por haberme tratado como lo hizo mientras fuimos enamorados y después como novios. Tanto su trato inicial como su cariño posterior, fueron adecuadamente retribuidos de mi parte.
Los meses pasaron, Fanny y yo ya éramos enamorados y yo compartía con ella mis emociones y mis penas. Las primeras siempre fueron más numerosas que las segundas, después de que en enero de 1969 fui contratado por ARTHUR ANDERSEN (“La Firma”), esa compañía que fue desde el principio, mi ilusión, mi casa, mi escuela, mi hogar, mi camino, mi meta, mi guía y mi esperanza.
Fanny estaba al tanto de mis experiencias y a ella le contaba mis ilusiones, ella compartía conmigo mis logros y con ella elaboraba mis planes. No obstante, con frecuencia, mi trabajo nos separaba, yo debía viajar dentro y fuera del país, por el trabajo o por los entrenamientos con La Firma, y, si, lo confieso, a veces también por mis inconstancias que casi siempre ella me las perdonaba.
Entretanto, mi mamá estaba bajo mi cuidado, o, más bien, a la inversa, yo estaba bajo el cuidado de mi madre, de esa viejita linda, abnegada hasta el sacrificio, sabia y cariñosa, que me adivinaba el pensamiento y me consentía en mis caprichos; que me alimentaba con las delicias que sólo ella sabía preparar, como sólo una madre de su monumental estatura humana y su inmenso corazón puede hacerlo. Vivíamos en la Calle Luque entre Boyacá y García Avilés, en dos cuartitos que arrendábamos a mi hermana Letty, a solo dos cuadras y media de mi oficina. Cuando en enero de 1969, por fin se me hicieron realidad mis sueños e ingresé a La Firma y empezaba a buscar un apartamentito más cómodo y espacioso para que nos fuéramos a vivir con mi viejita, surgió la necesidad de viajar para un entrenamiento de ocho semanas en Cali, Colombia, seguido de otro entrenamiento de una semana en Bogotá y luego otro de un mes en Ciudad de México. Yo estaría ausente por algo más de tres meses. Lo discutí con mi mamá, yo no quería que se quedara sola, algo me hacía presentir que su salud era mas frágil de lo que ella quería que pensáramos y por eso acordamos que ella se quedaría con mi hermana Flor y que podía, mientras dure mi ausencia, viajar a Pallatanga a visitar a mi papá por unas semanas, pero que volvería pronto y que me esperaría a mi regreso para buscar un apartamento al que íbamos a mudarnos. A mi mamá siempre le preocupó que mi padre estuviera sólo y quería ir a verlo y atenderlo por lo menos mientras dure mi ausencia.
Por su parte, a mi padre nunca le gustó la idea de mudarse a Guayaquil, él amaba Pallatanga, amaba su clima, su casa, no concebía la vida fuera de su tierra; le hacían falta sus amigos, su hermano Antonio, su finca, que lo que más producía eran dolores de cabeza, pero que era el recuerdo de sus antepasados campesinos y era la principal razón para sentirse útil y estar activo, para montar a caballo, para sentirse libre y dueño de su destino, para mirar el horizonte cada mañana, y expresar con gran orgullo “esta es mi tierra”. Nació como campesino y toda su vida quiso serlo. Era su manera de pensar, que nosotros respetamos, hasta que sus fuerzas ya no le dieron más, y cuando llegó a los 89 años, mi hermana Lilita le trajo a Guayaquil, para cuidarle, para mimarle, para darle compañía, para darle el cariño que allá, en su tierra, hacía mucho tiempo que había comenzado a escasear.
A principios de junio de 1969, salí rumbo a Cali, junto con Raul Molina a nuestros entrenamientos en Colombia y México. Llevaba una maleta llena de ilusiones y de expectativas porque estos entrenamientos llenarían los grandes vacíos que tenía en mis conocimientos de Contabilidad y Auditoría y me permitirían equiparar mis conocimientos a los del resto del staff de La Firma, casi todos ellos con diplomas y experiencia en esos campos.
El entrenamiento en Contabilidad Superior y Contabilidad de Costos comenzó el primer lunes del mes de junio de 1969 y estaba diseñado de tal manera que permitiría a todos los que lo tomábamos, llegar a un nivel avanzado de conocimientos de esas materias. El Seminario estaba dirigido por el doctor Cesar Salas, un eminente ex profesor de Contabilidad Superior en la Universidad de La Habana, Cuba, hasta que salió al exilio en 1960 y se dedicó a la cátedra universitaria en la Universidad de La Florida, donde era el Director del Departamento de Contabilidad y Auditoría. Salas era una verdadera eminencia en su materia. El staff de profesores del seminario estaba compuesto por otro profesor de Contabilidad de la Universidad de La Florida, también cubano, y algunos socios y gerentes de La Firma en Argentina, Colombia, y México. Todos los profesores de este seminario eran triple A, y La Firma esperaba que los asistentes a este entrenamiento estuvieran a la altura de sus maestros. No estaban equivocados!
Nos alojábamos en el Hotel Aristi, un hotel de cuatro estrellas en el centro de la hermosa ciudad de Cali, y allí mismo estaba nuestro salón de clases. Nuestras clases comenzaban a las ocho de la mañana, y con un descanso de una hora para el almuerzo, continuaban sin interrupción hasta las cinco de la tarde. Entre las cinco de la tarde y las siete de la noche teníamos tiempo para cenar, bañarnos y tomar un ligero descanso. A las siete de la noche debíamos estar de vuelta en el salón de clases para hacer las tareas diarias que consistían en la solución de complejos problemas contables. Los más conocedores de la práctica contable terminaban sus tareas a las diez de la noche, pero yo nunca pude terminar antes de las once y en algunas ocasiones tuve que quedarme hasta pasadas las doce. Era un seminario extremadamente duro, pero igualmente efectivo. En realidad, en este seminario, La Firma comprimía dos años de estudios universitarios de la técnica contable.
Ah…pero no todo era sólo sacrificio y estudio. Los días viernes, a las siete de la noche una persona de La Firma nos entregaba nuestro viático semanal, que eran unos mil pesos colombianos (o un equivalente a unos doscientos dólares), y teníamos libre el resto de la noche y el fin de semana. Parecíamos chicos de una escuela primaria saliendo al recreo cuando salíamos con las caras más felices a disfrutar de nuestro bien ganado derecho a divertirnos. En grupos de cuatro o cinco, todos los dieciocho asistentes a este curso de contabilidad íbamos en busca de chicas y de diversión. Bailábamos hasta el cansancio y aprendimos a tomar y a amar el aguardientico, que los colombianos aman mas que a su bandera; que aprenden a tomarlo desde los dieciséis años y lo toman por el resto de sus vidas. Terminado el fin de semana (y casi siempre también terminadas nuestras reservas de dinero), el domingo a las cuatro de la tarde volvíamos al salón de clases a trabajar en las tareas que nos habían dado para el lunes en la mañana. Así transcurrieron las ocho semanas de esta inolvidable experiencia de academia a presión y de diversión para renovar fuerzas y encender el espíritu. Me sentía inmensamente grato con La Firma, por darme esta invalorable oportunidad, y puse de mi parte todo lo que podía hacer. Los resultados fueron especialmente gratificantes. Ahora podía decir que realmente había aprendido Contabilidad y que excepto por la experiencia, ya estaba, en conocimientos, a la par de mis colegas.
Entretanto, cada semana recibía y enviaba correspondencia de y para La Nenita en Guayaquil. Nuestras cartas no eran otra cosa que una manera de mantenernos comunicados, y no recuerdo que estuvieran llenas de frases de amor muy expresivas. El intenso estudio por un lado, y las lindas caleñas por otro, no dejaban espacio para mucho romanticismo
Los días y las semanas iban pasando y el final del curso se acercaba, había alivio por un lado y sabíamos que habría nostalgia por el otro. Nada es perfecto en esta vida. Un día antes de que terminara el curso de Cali y cuando ya estábamos los dieciocho asistentes a este entrenamiento alistando nuestras maletas para volar a Bogotá y comenzar una semana de pre-entrenamiento para el gran curso de Auditoría en Ciudad de México, a las tres de la tarde, cuando me preparaba a comenzar mis tareas para el día siguiente, el co-director del curso, Ricardo Biondi, un socio de La Firma en Argentina, se me acercó con cara muy triste, me llamó aparte de mis compañeros y me dio una noticia que me causó enorme preocupación. “Che Rafael”, me dijo, “vas a tener que regresar a Guayaquil esta misma noche”, y agregó; “hemos recibido un cable de la oficina de Guayaquil, indicándonos que tu mamá está muy enferma; Pepe García, tu jefe, cree que debes regresar inmediatamente para que estés al lado de tu madre, así que vas a salir hoy mismo a las ocho de la noche" y agregó; ”recogé todos tus papeles Rafael, y andá a preparar tus cosas para que regreses a Guayaquil, debes estar en el aeropuerto a las seis y media de la tarde”.
Aturdido porque inmediatamente pensé en lo peor, no atinaba a decidir que hacer primero, mi mente estaba elaborando escenarios, cada uno más complejo y más temido. Salí del salón de clases cargando mis papeles y me fui a mi habitación a empacar mis cosas. Eran casi las cuatro de la tarde y el tiempo empezaba a volar. Sin sacarme siquiera los zapatos, me acosté en mi cama con mis manos detrás de la cabeza y me puse a mirar el techo; mi cerebro trataba de buscar, en vano, explicaciones a una serie de complejas preguntas. Una hora y media después alguien golpeó mi puerta, era mi amigo y compañero Guillermo Villegas, un caleño de alma y corazón. Con su cara triste me dijo; “Rafita, dentro de media hora vengo a verte porque yo te voy a llevar al aeropuerto”. Sólo alcancé a decirle “gracias Guillermo, estaré listo”
A las seis de la tarde salimos con destino al aeropuerto de la ciudad de Cali, allí, antes de entrar al terminal, me despedí de mi amigo y le agradecí por su generoso gesto. Todavía tenía la esperanza de que sólo fuera una falsa alarma, y de que al llegar a Guayaquil yo encontraría a mi madre recuperándose de su enfermedad. Mi cerebro no quería aceptar la posibilidad siquiera de que mi madre hubiera muerto…
En mi próximo capítulo: QUE MUNDO TAN VACIO
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