Sunday, January 9, 2011

MI HERMANA LILITA, MI PROFESORA

Mi hermana Lilita nació el 12 de octubre de 1927, tenía una estatura de aproximadamente 1,55M, era muy blanca, algo pecosa, de pelo castaño claro, de maravillosos ojos verdes, nariz ligeramente aguileña, con una alma de ángel y un corazón inmenso, que unidos a una sonrisa diáfana, transparente y contagiosa, formaban una unidad indivisible. Excepto por su color y su estatura, ella era un retrato físico de mi madre (quien era bastante más alta y ligeramente menos blanca). A los veintidós años de edad ella era la única de las tres hermanas Romero Montiel que se había quedado a vivir con nosotros en Pallatanga. Era la compañera y la ayudante de mi madre y la que nos cuidaba, tanto como ella, a mi padre y a nosotros los chicos de la casa. Cuando cumplió 12 años asistió durante unos tres años a un colegio secundario en Guayaquil, pero la situación económica de la familia no permitió que siguiera sus estudios, de modo que tuvo que regresar a Pallatanga. Más tarde, en su nunca abandonado afán de mejorar, consiguió participar en seminarios de preparación para profesores auxiliares de escuelas primarias, y con eso pudo conseguir un empleo como profesora en nuestra escuela de niños varones en Pallatanga.
Cuando cumplí nueve años y yo estaba en el tercer grado de la escuela fiscal de varones “La Condamine”, tuve la suerte de que mi profesora fuera mi hermana Lilita. Su bondad infinita era sólo comparable a su dedicación a la tarea de enseñar. Consciente de su limitada formación académica, ella estudiaba las noches, a la luz de una vela o un candil, preparando las clases que dictaría al día siguiente. Nunca he tenido una maestra tan eficaz en conseguir su cometido. Con ella aprendí a amar el estudio, a ver más allá de las letras y los números, y también aprendí a amar a mi pueblo.
Como parte del plan de estudios, ella nos enseñaba sobre nuestro “Lugar Natal”, nos enseñó a orientarnos, dondequiera que estuviésemos; aprendimos que el sol siempre sale por el oriente, y si te paras con tu frente al sol, siempre tendrás el norte a tu izquierda, el sur a tu derecha y el oeste a tu espalda. Su clase de “orientación” es quizás la que más recuerdo en mi vida, y me la dio ella, en la plaza de nuestro pueblo, frente a la escuela. Fue una mañana se sol esplendoroso, nos habló en la clase brevemente sobre la orientación geográfica y luego nos condujo fuera de la escuela, nos hizo parar a todos sus alumnos mirando hacia donde el sol brillaba, nos hizo mirar el sol y nos dijo: “atención niños que la clase va a empezar: miren allá, donde brilla el sol esta mañana, sólo hace un par de horas que ha salido a alumbrar a nuestro pueblo, y recuerden que siempre saldrá por allí, ese es el ORIENTE, por favor, nunca lo olviden” “el Oriente es el lado por donde siempre sale el sol”. Nunca se me olvidó esa lección. Muchos años después pregunté a un sobrino que se había graduado de bachiller, con honores, en uno de los más prestigiosos colegios de Guayaquil, si sabía cómo orientarse, y para mi sorpresa, no lo sabía y creo que hasta ahora no lo sabe, como no lo sabe el 90% de la gente de nuestro país. Tal es la diferencia abismal que existe entre una clase práctica y una clase puramente teórica. Hoy se pone más énfasis en el título académico del profesor o profesora, estos se empeñan en enseñar a los alumnos que hay que llamarlos por su título académico, el doctor fulano, la licenciada mengana, el ingeniero tal, el titulado cual, etc. Ya no se puede llamar más al profesor como en nuestro tiempo: el señor tal, o la señorita cual. Se ha abandonado totalmente la sustancia para reemplazarla por la forma, aunque los “titulados” de hoy enseñen a sus discípulos principalmente los principios básicos y avanzados de cómo tirar piedras y cómo quemar llantas para protestar en las calles de los pueblos y ciudades del Ecuador. Esa es la más importante falla del sistema educativo de nuestra patria, la falta de profesores con vocación, con amor a la enseñanza y con entrega total a su tarea de enseñar, como la que tenía mi hermana Lilita.
Con Lilita consolidé mis conocimientos de lectura y escritura, aprendí a razonar, a formar oraciones con sentido, a usar los verbos con propiedad. Aprendí los elementos básicos de la aritmética y la lógica implícita en ella, aprendí también el sistema métrico decimal y el concepto de las distancias. Fue en ese año cuando me empezaron a gustar los exámenes orales, porque me permitían mostrar al examinador (y al público presente) cuanto sabía, y me sentía orgulloso de que lo había aprendido de mi hermana. El amor de Lilita por su trabajo y por los niños a su cargo era proverbial, todos los estudiantes la queríamos tanto que ella se convirtió en nuestra segunda madre. Ella era dulce, de dulzura espontánea, de esa dulzura que se encuentra hasta en la casual reprimenda por una tarea escolar no cumplida. “mijito, mañana vas a mejorar tu escritura porque esta tarde vas a practicarla con tu mamá”, esa era la forma que tenía de dirigirse a sus alumnos. Ella era la expresión más pura de la dulzura en la enseñanza y en el trato con sus alumnos, jamás usó los métodos antiguos de “reprender físicamente” para lograr mejores resultados de sus alumnos. Ni el latigazo ni el jalón de orejas eran parte de sus sus herramientas de enseñanza. Ella, que nunca tuvo la oportunidad de asistir y aprender a enseñar en un buen colegio o en la universidad, se había adelantado, sin saberlo, por lo menos en medio siglo, a los métodos modernos usados en la educación.
Es por eso que casi al final del año escolar, cuando ella se escapo de la casa y se fue de Pallatanga para siempre, para casarse con Lolo, el amor de su vida, mi desolación fue sólo comparable a la de nuestra madre, que lloró y sufrió tanto por su partida, que sus lágrimas las siento hoy como las sentí entonces, cuando todos lloramos con ella, junto a ella y por ella.
Lilita les dio a sus estudiantes lo que más tarde les dio a sus hijos y a cuanta persona necesitaba de su ayuda. Lilita llevaba en el alma el amor al prójimo, era parte de su ser, era espontaneo, le brotaba del alma como brota el agua de la fuente natural, así de cristalino, así para calmar la sed, así para calmar el dolor de los enfermos o el deseo de aprender, de enseñarles o de aprender de, o de enseñar, a los niños de su clase.
Un día del invierno después de terminado ese año lectivo, Lilita les hizo saber a nuestros padres que debía asistir en Riobamba a un curso de capacitación para profesores fiscales y partió hacia allá con su bendición y buenos deseos. Dos días después llegó un telegrama dirigido a mi madre, en el que escuetamente le comunicaba que en realidad había viajado a Riobamba a casarse con su amado Lolo, que se encontraba en casa de su madrina Lidita Robayo, una persona de la mas absoluta confianza de mi madre , que el matrimonio civil ya se había efectuado y el eclesiástico se celebraría esa misma noche y le pedía su bendición antes de ir al altar. Pedía perdón a mis padres por la forma en que había hecho las cosas pero les reafirmaba su respeto y su amor. Lilita nunca volvió a ser nuestra profesora. Después de su matrimonio se fue con su esposo a vivir en una hacienda cerca de Santa Lucía, en Cabuyal, a la orilla de un pequeño río tributario del Daule donde acompañó a su esposo mientras este trabajaba para su hermano en la siembra de arroz. Ella y su esposo tuvieron cinco hijos, cuatro varones y una nena quienes le dieron muchos nietos y bisnietos.
Mi hermana Lilita dedicó el resto de su vida a cuidar con pasión a sus hijos, pero nunca dejó de ser lo que siempre fue, la hija, la hermana, la tía y la abuela amorosa. Cuidó a mi padre los últimos días de su vida con la dedicación que sólo una madre puede tener con sus hijos, y, simultáneamente se dedicó a cuidar a los enfermos como voluntaria hospitalaria en ASVOLH. Ella murió octubre de 2002, en un día igual al que la vio nacer.
Lilita reemplazó a mi madre en la tarea de terminar de formarme. Ella “me adoptó” cuando el 24 de julio de 1969, mi madre se fue al cielo. Lilita era el retrato físico y de carácter de mi madre, ellas se parecían en su personalidad como una gota de agua a otra. Siempre dando sin esperar recibir, siempre ayudando al que lo necesitaba, por eso yo se que ella está hoy junto a mi madre, en el cielo…y aún velando por todos nosotros
En mi próximo capítulo: SIGUE LLEGANDO EL PROGRESO A PALLATANAGA

Monday, January 3, 2011

FELIZ AÑO NUEVO


MARIUXI Y FANNY EN LA PLAYA DE SAN
JOSE EL PRIMERO DE ENERO DEL 2011

Desde Octubre de 2010, nuestros hijos nos anunciaron que vendrían a Guayaquil a visitarnos y pasar las fiestas de fin de año, llegó la Navidad y con ella vinieron a nuestra casa todos nuestros hijos y, con ellos, por primera vez en su vida (y en la nuestra), también vinieron nuestros nietos; Carlo Andrés y Matteo Tachdjian, desde Dubai, con sus padres Carl y Mariuxi después de un viaje que les tomó cuarenta horas.


MARIUXI, CARL Y ANGIE EN LA PLAYA
DE SAN JOSE EL PRIMERO DE ENERO

Nosotros nos habíamos preparado para esta visita desde dos meses atrás. El arbolito de Navidad estaba listo, los juguetes para los niños los estaban esperando. Su llegada fue una fiesta. Nuestra casa, que ya tiene cerca de doce años, nunca había recibido a niños de la edad de Carlito y Matteo, estaba hasta ahora invicta de nietos… Unos días antes ya Rafaelito había llegado y, el 27 de diciembre llegó también Angie, la que siempre añora nuestra casa, la que nos convenció que la conserváramos y la que siempre tiene un sitio de honor en esta casa.


ABUELOS CHOCHOS CON MATTEO EN SUS BRAZOS

Estas han sido para nosotros las Fiestas mas lindas de nuestra vida, y no es que las anteriores no hayan sido llenas de felicidad y esperanza, pero estas fueron como que nuestros sueños se hicieran realidad, se colmaron nuestras más grandes ilusiones, que siempre incluyeron la idea de tener una familia sólidamente unida y disfrutando de la vida, de los hijos, de los nietos, de la paz, de la salud, de la esperanza, de la Fe en Dios y del amor.

EL TIO RAFAEL TAMBIEN ESTA CHOCHO CON MATTEO

Mariuxi nos trajo consigo a nuestros nietos; Carlo Andrés (Carlito) y Matteo. Carlito es un niño de tres años y tres meses de edad, habla como un lorito principalmente en ingles, pero entiende perfectamente el español, idioma en que siempre le habla su mamá. Carlito me hizo el hombre más feliz del mundo el día 28 de diciembre de 2010 a las 5.05 de la tarde, cuando espontáneamente me saló a recibir con sus bracitos abiertos y gritando a voz en cuello “abuelitoooo”. Esa imagen permanecerá grabada en mi mente por el resto de mi vida. Por primera vez en mi vida me sentí un ABUELITO completo.

CARLITO, DE TRES AÑOS, VISITANDO
A SUS ABUELOS EN GUAYAQUIL

Matteo, mi segundo nieto, el niño de ojitos color gris azulado, el de la sonrisa casi permanente que la tiene desde que nació y está a punto de cumplir un año de edad, él está en plena etapa de conocer el mundo moviéndose como un gatito, ya empieza a pararse solo, arrimándose a lo que encuentra a su paso, le falta muy poco para caminar, y muy pronto estará también mirando al mundo desde arriba, con su madre corriendo detrás suyo para que no destruya. Por lo pronto ya tiene ocupado a todo el mundo en nuestra casa.



TIA ANGIE Y MATTEO EN GUAYAQUIL


La Navidad la pasamos en casa, Fanny, Rafaelito y yo, solos, porque Mariuxi y su combo llegaron el 26 y Angie el 27. Prendimos el Arbolito para sentir la presencia espiritual de toda la familia.


EL ARBOLITO DE NAVIDAD
PARA ESPERAR A LOS NIETOS

Al día siguiente almorzamos en casa de Celso y Silvita Santacruz y toda su familia, allí llegó Papá Noel con regalos para todo el mundo, fue hermoso porque allí habían muchos niños y nosotros nos sentimos felices como ellos en compañía de nuestros amigos.


TAVO PLAZA, EL GRAN AMIGO,
EN NUESTRA CASA EL 29 DE DICIEMBRE

El 29 de diciembre, en nuestra casa, rebosantes de alegría y de amistad, recibimos a más de ochenta de nuestros mejores amigos y familiares muchos de los cuales venían a conocer a nuestros nietos y saludar con Mariuxi y Carl, asi como con Rafaelito y Angie.


EL INVITADO ESPECIAL QUE DELEITÓ
A TODOS EL 29 DE DICIEMBRE

El invitado especial de la fiesta fue un robusto cerdito del que disfrutaron todos los asistentes a esta linda reunión de amistad y de familia.


29 DE DICIEMBRE DEL 2010
NUEVA GENERACION EN LA FAMILIA

aquí, en nuestra casa de Puerto Azul le dimos gracias a Dios por darnos la vida, por darnos salud, por darnos amigos, por darnos una gran familia en la que como dijo Alejandro Dumas, somos "uno para todos y todos para uno", como los tres mosqueteros y Dartagnan.

LOS SANTACCRUZ, LINDA FAMILIA,
LINDA COMPAÑIA EN EL YATE
LA NOCHE DEL 31

El fin de año lo pasamos en Salinas, ya con toda la familia, gracias a la bondad de nuestro gran amigo Tavo Plaza que nos prestó su bello departamento en la avenida principal, con una vista espectacular del mar azul, de la playa y de toda la ciudad.

CAROL Y YOLI MORALES CON
LOS ROMERO EL 29 DE DICIEMBRE

Carol Morales, otro admirable y querido amigo, con su generosidad sin límites nos prestó su yate para que pudiéramos ver el espectáculo impresionante de los fuegos artificiales en la medianoche de Salinas.

SALINAS EL 31 DE DICIEMBRE EN LA MAÑANA

Lo hicimos junto con otro de nuestros más queridos y selectos amigos, Celso Santacruz y su familia.


DICIEMBRE 31 DEL 2010
SILVITA SANTACRUZ, COMO
LA HEROINA DEL TITANIC!

Allí, en el yate y anclados cerca del Yatch Club, pudimos ver el espectáculo más fascinante de luces de colores y fanfarria más impresionantes que se pueden ver en el Ecuador.



ASI RECIBIMOS EN EL YATE
LA LLEGADA DEL 2011


Así, lleno de luces multicolores, de alegría de camaradería, de fe, de salud y de esperanza "quemamos al año viejo", y recibimos al nuevo con champaña. Que viva el año 2011!


CAROL, EL CAPITAN DEL YATE,
NOS EMBARCO Y SE QUEDO EN TIERRA


El primero de de enero del 2011 fuimos invitados por nuestro gran amigo Carol Morales a su casa de playa ubicada en San José, en la Ruta del Sol, cerca de Olón, allí, junto con su queridísima y numerosa familia, encabezada por Don Quirino, fuimos recibidos con el cariño que sólo se siente cuando es genuino, cuando viene desde el alma.


YOLI MORALES Y FANNY, "REFRESCANDOSE"
EL PRIMERO DE ENERO DEL 2011 EN SAN JOSE
Su hermosa y amplia casa de la playa está literalmente junto al mar, donde las olas acarician la orilla como una madre acaricia a un tierno hijo. Allí pudimos disfrutar de la amistad y del cariño de una gran familia con un corazón inmenso, con un alma generosa y con una amistad sin límites.
Alegremente le dijimos "adiós" al 2010, y también con alegría y optimismo recibimos al 2011, con Fe en Dios, con amor y fe en nuestros hijos y nietos, con amor y orgullo por nuestros antepasados y con esperanza y optimismo por nuestra Patria, El Ecuador.
Yo deseo agradecer a mis hijos y a mis nietos por hacernos tan felices con su visita este fin de año. Su mamá y abuelita los queremos mucho y espero que sigamos siendo SIEMPRE UNA FAMILIA SOLIDAMENTE UNIDA. Que Dios los bendiga a todos ustedes cada día de sus vidas!

CARLITO CON SU PAPA Y SU ABUELO
EL 31 DE DICIEMBRE DEL 2010, EN
LA PLAYA DE SALINAS

Fanny y yo aprovechamos el vehículo de comunicación maravilloso de nuestro blog, para agradecer a todos nuestros lectores, amigos y familiares, por su fidelidad como lectores y desearles un FELIZ AÑO 2011, pero deseamos especialmente expresar a nuestros queridos amigos, Carol Morales, Tavo Plaza y Celso Santacruz, nuestra gratitud por su gran generosidad, por su amistad, y por su bondad infinita. Me permito repetir aquí lo que yo le decía a mi hijo Rafaelito hace pocos días, “tener buenos amigos es más importante que tener mucho dinero”. Fanny, mis hijos y yo estamos felices de contar con su amistad.


FAMILIA UNIDA. FALTA RAFAEL,
QUE CON SU NOVIA PASO EL 31
EN GUAYAQUIL

Bendito sea Dios que nos ha dado tanto sin que nosotros le hayamos sido reciprocos

Guayaquil, sabado 8 de enero de 2011

Wednesday, December 22, 2010

EL SIGLO XX LLEGA A PALLATANGA


PALLATANGUEÑOS CONSTRUYENDO CON SUS MANOS
EL CAMINO PILOTO EN 1950

Fue a mediados de 1950, cuando yo estaba en cuarto grado de la escuela, que con un retraso de cincuenta años, el siglo XX llegó a Pallatanga. Lo hizo a bordo de vehículos motorizados, que eran artefactos del mundo moderno que en nuestro pueblo se desconocían. Por muchos años toda la gente del pueblo incluyendo los niños escolares, entre ellos yo, habíamos trabajado en las mingas ayudando en la construcción del camino piloto que uniría a Pallatanga con Riobamba. Era una obra de ingeniería de caminos que desafiaba a la geografía agreste de la sierra, a la mismísima cordillera central, que requería subir montañas de más de cuatro mil metros de altura, sólo para volverlas a bajar, atravesar cañones profundos hasta llegar a los ríos que se alimentaban de las grandes montañas, y volver a subir, sólo para volver a bajar hacia el lujuriosamente fértil valle de Pallatanga. Era un camino que con ligeras variaciones debido a lo empinado de ciertos trechos, seguía el mismo trazado del viejo camino de herradura que ancestralmente unía los dos puntos, en efecto, era casi el mismo camino que mis padres siguieron diez años atrás, cuando viajaron a lomo de mulas para hacer posible mi nacimiento en Pallatanga.

Por fin, en el verano de ese año, se anunció que pronto llegarían LOS CARROS a Pallatanga. Esta vez iba en serio. Tanta había sido la espera y la desesperación de la gente por este evento, que recuerdo que una viejecita de ochenta años que alguna vez había viajado fuera de Pallatanga y había visto un carro, a manera de predicción pesimista,alguien la oyó decir que “antes vería volar un burro que rodar carros en Pallatanga”.

Nunca vi volar un burro, pero si fui testigo de la llegada del siglo veinte a Pallatanga, a bordo de una fila de vehículos jeep, verdaderos gatos motorizados que por poco trepaban los árboles. Ellos eran verdaderas reliquias de la Segunda Guerra Mundial, fue un verdadero evento histórico en la vida de mi pueblo, tal vez el evento más importante del siglo XX para Pallataga y los pallatangueños. Era el momento culminante de un sueño de mucho tiempo, UNIR A PALLATANGA CON LA CIVILIZACION Y EL PROGRESO, ERA UNIR A PALLATANGA CON EL MUNDO MODERNO.


LOS PRIMEROS JEEPS, ABRIENDO CAMINO
PARA LLEGAR A PALLLATANGA

El día de la llegada de los carros ocurrió en medio de la expectativa de todo el mundo; ancianos, adultos, jóvenes y niños, mujeres y hombres estábamos alerta todo el día, los últimos trabajos para permitir el paso de los carros se estaban dando en un escarpado lugar llamado Panza, a unos diez kilómetros del pueblo, allá, arriba en la cordillera. Se acercaba la noche y el paso aún seguía cerrado, muchos hombres, con pico y pala seguían trabajando en el estrecho pero peligroso sitio para permitir el paso de los carros. Finalmente, a las seis y media de la tarde, y cuando ya la noche empezaba a llegar, el bendito paso se abrió, esto hizo que la llegada de los carros a Pallatanga fuera en la noche, como para causar el mayor efecto visual a los que allá, mil metros más abajo y a diez kilómetros de distancia, en el valle, con ansiedad esperábamos la llegada de los carros.

Con casi toda la gente del pueblo mirando hacia el norte, hacia la montaña por donde serpenteaba el pequeño camino piloto construido a brazo limpio de la gente. A las siete de la noche, y ante una emoción incontenible de todos los habitantes del pueblo, se divisaron las primeras luces de los carros que bajaban lentamente por el sinuoso camino hacia el pueblo. Aún estaban a unos cinco kilómetros montaña arriba, pero sus luces alumbraban la noche como si fuesen inmensos rayos de sol en medio de la obscuridad. La gente se abrazaba, gritaba de la emoción, algunos lloraban, otros reían y todos estábamos felices, las luces cambiaban de dirección a medida que los carros tomaban las curvas del camino, pero se venían acercando. La emoción crecía, se veían tantas luces y tan fuertes y claras como jamás se habían visto en este pueblo, las campanas de la iglesia se echaron a volar, nunca habían sonado tanto tiempo ni con tanta insistencia, era la gloria…

Pallatanga estaba a punto de entrar al siglo veinte, era increíble para todos, estábamos viviendo un momento histórico. Un fuerte olor a canelazo (bebida caliente que contiene aguardiente, agua de canela, azúcar y limón y que la toman mucho en la sierra, “para el frío”) se percibía por todos lados, las mujeres repartían esta bebida entre todos los adultos, mientras a los menores nos daban agua de canela caliente. Las luces continuaron zigzagueando mientras los carros descendían lentamente la montaña hasta desaparecer por unos minutos cuando los carros tomaban las curvas en los cerros ya vecinos.

Cuando los carros llegaron a la parte llana del camino, las luces desaparecieron por un momento dejando a lo lejos sólo un resplandor, añadiendo suspenso a este histórico momento De pronto volvieron a verse los destellos luminosos a una distancia cada vez más cercana, hasta que, finalmente, a las siete y cuarenta minutos de la noche llegaron a Pallatanga, uno tras otro un total de veinticinco jeeps y ocho motocicletas. Los jeeps eran de aquellos vehículos livianos que las tropas americanas habían usado en sus combates en la segunda guerra mundial, vehículos para todo terreno, con doble transmisión, los únicos que podían circular, aunque muy despacio, en el camino virgen que los palltangueños habían construido con sus callosas manos durante muchos años de esfuerzo comunitario.

La llegada de los carros desató un festejo que duró una semana. Se hicieron fiestas, banquetes y comelonas que por poco acaban con la población de gallinas, pavos, cerdos y cuyes del pueblo. Se consumió aguardiente hasta intoxicar a medio pueblo y sus visitantes. Nunca antes había habido en Pallatanga una celebración semejante. Había olor a gasolina y aceite lubricante por todo lado, eran olores nuevos para los pallatangueños, olores del progreso, eran los olores del siglo veinte que llegaba por primera vez a este pueblo a bordo de una columna de jeeps.

Los niños, incluido yo, no encontramos una diversión más excitante que correr a lo largo y ancho del pueblo atrás de los jeeps para subirnos en la parrilla trasera que le servía al jeep de parachoques. Así tomábamos un paseo gratis. Los choferes de los jeeps, al principio tolerantes, luego empezaron a perder la paciencia con los chicos, pero ya era tarde, los muchachos ganamos la pelea. Nos tuvieron que tolerar por bastante tiempo después de la inauguración de la carretera.


CHICAS DE PALLATANGA ENTUSIASMADAS
CON LOS JEEPS Y SUS PILOTOS

Los héroes de la jornada eran, obviamente los choferes de los vehículos recién llegados, la gente los veía con curiosidad, con respeto y admiración. Eran considerados y admirados como muchos años más tarde lo fueron Yuri Gagarin o Neil Armstrong y los otros astronautas que llegaron a la luna. Las chicas del pueblo se morían de ganas por “conocer personalmente y luego salir a pasear con los choferes”, y algunas de ellas quedaron con recuerdos de esos choferes para el resto de sus vidas, recuerdos que se materializaron nueve meses después de la llegada de los jeeps… Los perros del pueblo fueron los únicos que declararon la guerra a los jeeps. Perseguían a estos por largos trechos hasta quedar exhaustos, pero solo para tomar aliento y perseguir con la misma furia al próximo jeep que pasaba por sus predios.



NIÑOS DE PALLATANGA AGRADECIENDO A
VELASCO IBARRA POR LA NUEVA CARRETERA

Fue en la administracion del Presidente Velasco Ibarra en los años sesenta que finalmente se construyó la nueva carretera Riobamba-Cajabamba-Pallatanga-Bucay, que es la que hoy une el centro de la república con la Provincia del Guayas y que hizo de Pallatanga no solo un punto en el mapa de la nación, sino un lugar de comercio, de creación de riqueza, de turismo y de descanso para familias de todas partes de la nación.


VELASCO IBARRA EN PALLATANGA,
INAUGURANDO LA NUEVA CARRETERA

Unos tres días después de la llegada de los “jeeps” a Pallatanga, la era del cine también llegó a nuestro pueblo. En una improvisada sala al aire libre, detrás de nuestra escuela, con una pequeña pantalla hecha con sábanas desplegadas sobre una pared, y utilizando para la proyección la energía del motor de un jeep, se estrenó en Pallatanga la película en blanco y negro “Bayoneta Calada” basada en una historia que se desarrollaba en la Guerra de Corea. No recuerdo en detalle el argumento de la película, pero si recuerdo que trataba sobre la estratagema de un batallón de tropas americanas que quería escapar de una zona copada por soldados chinos y norcoreanos. Lo que sí recuerdo muy claro, es que a los pallatangueños les era tan nuevo el asunto del cine, que en las escenas nocturnas de la película, de todos los lados de la audiencia apuntaban a la pantalla con sus linternas de mano encendidas, intentando dar más luz a las escenas, hasta que alguien decidió parar la película y explicar al auditorio que no debían encender las linternas durante la exhibición, que la luz de las linternas sólo arruinaba la escena en la pantalla. Un poco avergonzados por la reprimenda, los autores de las luces especiales nunca más volvieron a prender sus linternas.

Fueron días de mi infancia que jamás olvidaré y me dejaron una lección muy grande: Nada es imposible cuando un pueblo se empeña en alcanzar el progreso. Nada es imposible cuando hay la decisión de alcanzar las metas que se persiguen.

En mi próximo capítulo: MI HERMANA LILITA, MI PROFESORA

Monday, December 13, 2010

EL GRAN TERREMOTO Y EL GRAN INCENDIO



AMBATO, EN EL CENTRO DEL ECUADOR Y
EPICENTRO DEL GRAN TEREMOTO DE 1949

Eran los tiempos de mi niñez, cuando no habían relojes con alarma despertadora, no se necesitaban, porque los gallos despertaban a la gente invariable y exactamente a las cinco y media de la mañana, cuando el sol aún no salía pero empezaba a desperezarse en el oriente, esa era la hora en que casi todo el mundo empezaba sus tareas, incluyendo los niños escolares, a quienes nos despertaban nuestros padres para que nos preparáramos para la escuela y repasáramos las lecciones.

Al amanecer del cinco de agosto de 1949, los gallos no cantaron. “Cosa más rara” nos dijo mi mamá en el desayuno, “algo va a pasar”, “las gallinas y guardián (nuestro fiel y valiente perro) no quieren comer y los gallos no cantaron esta mañana”, agregando “guardián corre de lado a lado y se da vueltas como que siente que viene alguien que no le gusta, o que alguien se va a morir”. Era una mañana inusualmente fría, con vientos fuertes del suroeste como todas las mañanas de agosto, y unas nubes espesas en el oriente que no dejaban ver el sol naciente. Ciertamente no era un día normal. Las campanas de la iglesia repicaron como a funeral, alguien había muerto o estaba agonizando, sólo en esas ocasiones se oía ese lúgubre repique dong… dong…dong,…dong… Todos nos sentíamos como adormecidos, deprimidos, con ganas de no hacer nada, pero había que ir a la escuela, era un día en que nos habían advertido que se celebraría el cuarto aniversario de la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima y del comienzo del fin de la segunda guerra mundial, un flagelo que dejó mas de cincuenta millones de personas muertas y muchos millones mas de heridos, lisiados y discapacitados. Ciertamente había una buena razón para celebrar el fin de ese ´largo, doloroso y trágico suceso.

Fuimos a la escuela y ese extraño sentir de adormecimiento era una cosa colectiva. Yo estaba en tercer grado de escuela primaria, mi profesora era mi hermana Lilita, una mujer admirablemente dotada para “enseñar”. También ella tenía el presentimiento de que este era un día “raro”, un día que además, en pleno verano seco y polvoriento, amenazaba con llover. Muchos niños habíamos traído nuestras cometas, porque en agosto las hacíamos volar en los recreos, y después de la primera jornada de clases que terminaba a las doce del día.


BOMBA ATOMICA ARROJADA SOBRE
HIROSHIMA EL CINCO DE AGOSTO DE 1945

Todo lo anterior era enormemente extraño, además, en pleno mes de agosto y al medio día, súbitamente dejó de soplar el viento, no podíamos elevar nuestras cometas, estas no despegaban del suelo. Era un realmente un día extraño, todos coincidían en lo mismo. En la escuela nos dijeron que no habría clases en la tarde porque todo indicaba que iba a llover muy fuerte. Una cosa extrañamente inusual en pleno verano, época en que en Pallatanga nunca llovía. La celebración del aniversario de la bomba en Hiroshima se canceló sin explicación alguna.

Salimos de la escuela y fuimos a la casa a comer, frustrados por no poder volar nuestras cometas, almorzamos a eso de las doce y media del día y mi madre nos hizo rezar, no solo para agradecer a Dios por los alimentos que nos íbamos a servir, como era su costumbre, sino también implorando la protección Divina que necesitábamos, pero, además, pidiendo “Su Misericordia por lo que pudiera suceder”. Después del almuerzo mi madre me pidió ayudarle con la cosecha de las pepitas maduras de café de las matas que estaban detrás de nuestra casa. Estaba haciendo mi tarea, cuando a eso de las dos de la tarde empecé a sentir que la tierra se movía, escuché un ruido extraño que venía del vientre de la tierra, de los árboles que también se movían, la tierra parecía entrar en convulsiones, yo quería correr hacia la casa y no podía, el suelo temblaba. Era un fuerte temblor, el más fuerte que yo jamás haya sentido. Nuestro perro, guardián, nuestro compañero inseparable, aullaba de una manera muy extraña y buscaba refugio junto a mí. El intenso movimiento de la tierra duró por más de dos minutos. Escuché los gritos de la poca gente que había alrededor, y escuché a mi madre que a gritos nos llamaba para que nos uniésemos a ella y el resto de la familia (excepto mi padre que estaba ausente), en la calle frente a nuestra casa. Cuando llegué, ella estaba con Lilita y tres de mis hermanos, arrodillada e implorando a Dios por nuestras vidas. Todo el mundo estaba en la calle, arrodillándose e implorando la protección Divina, nadie se atrevía a volver a sus casas, muchos decidieron pasar la noche a la intemperie. Al final no llovió, las negras y amenazantes nubes siguieron su camino hacia la Sierra, y al caer la tarde hubo un crepúsculo brillante con un sol de intenso color anaranjado viniendo desde atrás de la cordillera occidental, y, en la noche, la luna llena brillaba en el oriente en un espléndido despliegue de belleza estelar. Parecía que Dios, después del "castigo" nos mostraba Su Misericordia. Fue un día muy raro, de enormes contrastes, de contradictorias señales. Ese fue el día del catastrófico terremoto de Ambato.


EFECTOS DEVASTADORES DE UN TERREMOTO

En Pallatanga no hubo grandes daños, no hubieron víctimas humanas, sólo unas pocas casas averiadas, pero, cuando en la noche, a través del telégrafo se supo la noticia de que en Ambato había ocurrido un terremoto de grandes proporciones, que el número de muertos pasaba de diez mil y había más de cien mil personas sin hogar debido a la destrucción de sus viviendas. Casi toda la provincia del Tungurahua y buena parte de la provincia del Chimborazo habían sufrido la tragedia más grande de los últimos cien años. Desde entonces, nunca se ha repetido en el Ecuador una catástrofe de esas proporciones, la ciudad de Ambato, la cuarta más grande del país, quedó destruida, la ciudad de Pelileo que tenía alrededor de cuatro mil habitantes, casi literalmente desapareció, sepultando en sus escombros a cerca de la mitad de su población.

La ciudad de Ambato quedó semidestruida, en ella murieron también mas de tres mil personas, los sobrevivientes durmieron varias noches en las calles, porque perdieron sus casas o por el temor a que el terremoto se repietiera, pero la pujanza de sus habitantes ha llevado a esta ciudad a ser una de las mas bellas y prósperas del Ecuador. La fiesta de las flores y las frutas ("FFF"), que se celebra todos los años en Ambato durante los dias de carnaval, lleva a esa ciudad a muchos miles de ecuatorianos y cientos de extranjeros.



AMBATO RECONSTRUIDA Y PROGRESISTA,
CON LA VISTA PUESTA EN EL SIGLO XXI

Como lo dice un reportaje periodístico de esa época, "en Pelileo, los sobrevivientes debieron enterrar a sus muertos debajo de las calles, debajo del parque central, debajo de los escombros de sus viviendas, y Pelileo se convirtió en el camposanto de cientos de familias que lo perdieron todo. Los sobrevivientes refundaron su ciudad a 3 kilómetros de distancia de su sitio original".

En Guano, Penipe y Riobamba también hubo víctimas mortales y casas destruidas. Pasaron más de diez años antes de que estas ciudades se reconstruyan y vuelvan a la normalidad. Tal vez sea por esa experiencia que yo aprendí a no entrar en pánico cuando ocurren fuertes temblores y cuando estos ocurren, suelo ser quien, con serenidad, ayuda a nuestra familia o a quien esté cerca de mí, a encontrar el mejor lugar para protegerse.

Por la misma época ocurrió en nuestro pueblo una tragedia que los pallatangueños nunca olvidarán. A las nueve de la noche de un día cuya fecha no recuerdo, hora en que todo el mundo dormía, se escucharon gritos desesperados de gente que pedía auxilio. Un incendio de proporciones enormes había comenzado en la iglesia y empezaba a amenazar el adyacente convento y las casas que estaban a ambos lados. Bomberos, era una palabra desconocida en el léxico de los pallatangueños. Con una cadena de gente usando baldes de lata con agua traída de unos cien metros de distancia, se intentaba sofocar el siniestro, con poco o ningún éxito.

El flagelo duró más de dos horas y consumió enteramente la iglesia, el convento adyacente y la casa del boticario y enfermero del pueblo, don Mesías Tufiño. Al día siguiente comenzó la remoción de escombros. Prácticamente, de la iglesia y del convento no había quedado nada en pie, la única imagen que se salvó de este horrendo siniestro fue la de San Vicente Ferrer. Desde entonces, nadie ha podido explicar el cómo, ni el porqué se salvó la imagen de San Vicente, lo cierto es que hoy, más de sesenta años después de la tragedia, esa imagen ocupa un lugar de privilegio en la reconstruida iglesia de nuestro pueblo, aún se puede notar en la vestidura y en la cara del santo, la coloración ligeramente “ahumada” que le quedó después del gran incendio. Los archivos eclesiásticos de Pallatanga se perdieron y fue solo gracias a la regla canónica de enviar copias de todos los documentos eclesiásticos a la diócesis, que se recuperó casi en su integridad la información que ellos contenían.


LA VIEJA IGLESIA DE PALLATANGA Y EL
CONVENTO (IZQ), ANTES DEL GRAN INCENDIO

Esa fue la segunda ocasión en que conocí el concepto de “pánico” en la cara de la gente. La reconstrucción de la iglesia tomó muchos años, y las imágenes de los santos que reemplazaron a las desaparecidas en el incendio, empezaron a llegar de a poco y nunca se las consideró iguales o mejores a las que desaparecieron el día del flagelo.


LA NUEVA IGLESIA DE PALLATANGA, SIMBOLO
DEL TRABAJO Y LA FE DE SU PUEBLO

Guardando las debidas proporciones, igual que Ambato, Pallatanga reconstruyó su iglesia con el trabajo intenso de su pueblo, mientras su Fe en Dios se mantiene incólume.

En mi próxima entrega: EL SIGLO XX LLEGA A PALLATANGA

Sunday, December 5, 2010

LOS ARRIEROS DE PALLATANGA



CABALLOS, NUESTROS JUGUETES FAVORITOS-MONTABAMOS POR PLACER Y POR EL DEBER

A los nueve años, yo ya era un jinete experto. En la familia, todos montábamos lo que se pudiera montar, desde burros hasta caballos semi entrenados y entrenados y, desde luego montábamos mulares y lo hacíamos con silla y sin ella, o “a pelo” como solíamos decir. Creo que todos los varones de la familia empezamos a montar, si no antes, por lo menos simultáneamente con aprender a caminar, además, nos gustaba tanto que nunca perdíamos la oportunidad de hacerlo. Un día, mi padre había salido en uno de sus viajes hacia Bucay, montado en su mula “mora”, la que por su paso suave, al montarla nos hacía sentir como viajando en un automóvil. El hacía uno de sus viajes llevando carga para vender. Cuando habían pasado unos quince minutos de que mi padre había empezado su viaje, mi madre ha caído en cuenta que él no había llevado su “tonga”, esto es, su almuerzo para ser comido a mitad de camino y en la hora del descanso. Inmediatamente se le ocurre a mi mama que se le puede alcanzar a mi padre si se encuentra un caballo para seguirlo. Como enviado del cielo, pasa por delante de nuestra casa un jinete con su brioso caballo, mi madre le pide de favor que se lo preste para alcanzar a mi padre y entregarle su tonga. Jorge Ramírez es el dueño del caballo y, como casi todos los pallatangueños, no puede negarle un favor tan sencillo a mi madre. Jorge se desmonta de su caballo y mi madre me entrega la tonga y me pide montar el caballo y alcanzar a mi padre. “Corre Rafico” me dice, “y alcanza a Timo para entregarle su almuerzo, pero regresa enseguida que Jorge esperará aquí”. En efecto, yo monté el caballo y empecé a correr hasta desaparecer de la vista de mi madre. Yo corría y corría, pero no logro avistar a mi padre, ha pasado media hora corriendo y nada, hasta que a lo veo a una distancia de unos quinientos metros, en la parte más agreste del camino, una que llamábamos “Los Derrumbos de Sucuso”, le grito y no me oye, sigo corriendo, pero el sinuoso camino no permite avistarlo desde lejos, y nuevamente lo pierdo de vista. Una hora más corriendo y no lo alcanzo. De pronto se me ocurre una idea: “si lo sigo y no lo alcanzo, pero no me quedo a cierta distancia, yo también llegaré a Bucay y allí podré ver el tren y escuchar sus pitos, podré hacerme la ilusión de que voy a abordarlo y voy a viajar, es más, podré ir al cine con mi padre esta noche y mañana regresaré con él. Decidí que era una buena idea, cierto que tal vez no le guste a mi madre, pero, andado como está una buena parte del camino, bien vale jugarse el riesgo de un castigo por sentir la sensación de viajar, por ver una película, por llegar a Bucay y escuchar el cautivante cha ca cha del tren y su ruidoso pero agradable pito que suena como una sinfonía a mis oídos. Pienso entonces, “qué caramba, lo voy a hacer”, y así sigo el camino por mas de seis horas de las ocho que toma llegar a Bucay, y un par de kilómetros antes de llegar, alcanzo a mi papá, le explico que le traigo su tonga y, con cara de inocente le digo que me regresaré inmediatamente para cumplir con el mandado. “no mijo, cómo vas a creer” me dice mi padre, “ya que has llegado hasta aquí, vente conmigo, pasaremos la noche en Bucay, al llegar nos bañaremos e iremos a cenar, después de eso iremos al cine”. Mi plan estaba funcionando a la perfección. Me quedaba, sin embargo, el cargo de consciencia de no haber seguido al pie de la letra las instrucciones de mi madre. En mi interior llegué a justificar por anticipado el castigo que mi imprudencia pudiera causarme.
Ahora sólo faltaba que al regreso mi madre no me crea mi historia, me descubra y me haga pagar el precio de mi aventura. Regresamos al día siguiente, mi padre había hecho un buen negocio en la venta de su carga y de regreso llegamos a casa con arroz, plátanos oritos, piñas, barraganetes y hasta un par de guanábanas que encontramos en el camino. Mi madre estaba menos preocupada que lo que yo esperaba, y no estaba enfadada conmigo. Sus cálculos no diferían mucho de mis planes, excepto que el atraso lo atribuía a la lentitud del caballo y a las dificultades del camino. No fue sino muchos años después, en una cena con toda la familia, que yo me decidí a contar la real historia y, claro, fue una noche de risas y de jocosos comentarios. Ese fue el primer largo viaje que hice solo, y tal vez uno de los más emocionantes. Me gustaba viajar, me gustaba Bucay, me gustaba ver y oír el paso del tren, y me gustaba la aventura…

EL CABALLO ERA ENTONCES LO QUE
EL AUTO ES HOY PARA EL EJECUTIVO

Y, hablando de caballos, de viajes y de Bucay, salta a mi memoria la importancia que tenían para mi pueblo los seis u ocho personajes que en esa época formaban una clase especial de hombres, LOS ARRIEROS, los que conectaban al mundo casi escondido de Pallatanga con el mundo de La Costa, con el tren, con Bucay, con Milagro y, por supuesto con Guayaquil a través de su esforzada actividad.
Así como hay hombres cuyo ego les hace pensar que sin ellos el mundo se paralizaría, hay hombres que se pasan toda una vida haciendo cosas tan importantes para ellos mismo, para sus familias y para el mundo que los rodea, que sin ellos su vida y la de su entorno seria enormemente diferente. De estos últimos eran LOS ARRIEROS de Pallatanga. Su importancia era tan grande para la economía y para la calidad de vida de la gente de nuestro pueblo, que sin ellos, el pueblo hubiera muerto literalmente por falta de oxigeno económico. Sin embargo ni ellos mismo, ni la sociedad en que se desenvolvían se dio cuenta, a su tiempo, de su real importancia y por lo mismo, nunca tuvieron el reconocimiento que se merecían.

UN VIEJO ARRIERO, HEROE
NO RECONOCIDO DE UN PASADO
CASI EPICO

LOS ARRIEROS, eran hombres endurecidos por la vida, endurecidos por el tiempo, por el sol, por el agua de la lluvia, por el lodo, por el polvo de los caminos, endurecidos por un trabajo altamente productivo para la sociedad pallatangueña, para sus familias y para ellos mismo, pero extremadamente duro y riesgoso. Ellos eran dueños de (o alquilaban) una recua de mulas, no menos de seis y hasta de diez de ellas. Recorrían incansablemente de miércoles a domingo toda la jurisdicción de Pallatanga, comprando la producción de nuestros agricultores: café, maíz, alverja, lenteja, frejol, gallinas, pollos, pavos, huevos, manteca de cerdo, etc., y el dia lunes salían del pueblo con su carga hacia el suroeste, hacia Bucay, a venderla allá donde los comerciantes de ese pueblo luego la hacían llegar hasta Milagro y Guayaquil. Regresaban el martes muy tarde, no a descansar, sino a recomenzar el ciclo interminable de su esforzado trabajo.
Estos hombres, endurecidos por el tiempo, por el sol, por la lluvia, por el polvo, por los ríos, por las montañas y por los valles que permanentemente desafiaban, para comprar o para la vender la producción de Pallatanga, llevaban dentro de sí el espíritu fenicio del comercio, el espíritu de crear riqueza a través del intercambio. Estos hombres eran realmente como la sangre que corría por las venas de la economía de nuestro pueblo. Sin ellos nuestro pueblo hubiera sido muy diferente, hubiera sido más pobre, hubiera tenido una economía aún más precaria, una economía de trueque, una economía totalmente primitiva.

ARREANDO SUS MULAS LOS ARRIEROS ERAN
LA SANGRE ECONOMICA DE PALLATANGA

Estos hombres hacían su trabajo todos los días, en invierno y en verano, lo hacían en días soleados y abrigados, como en días fríos y lluviosos. Viajaban generalmente a pie, calzando alpargatas hechas de cabuya, arreando a sus mulas, llevando un látigo de cuero de vaca, mas por el sonido que alentaba a sus mulas a apretar el paso, que para castigar a sus nobles animales que igual que sus dueños no conocían del descanso. La mula era el vehiculo de carga mas importante de la epoca. Una mula llevaba siempre una carga equivalente a unas doscientas libras, en dos sacos de cabuya o de yute atados a sus lomos con cabestros de cuero de vaca, encima de una especie de colchoneta que se acomodaba y aseguraba a su lomo a través de una “cincha” que pasaba de lado a lado de la panza del animal y que se llamaba “enjalma”. En su viaje de regreso desde Bucay, ellos traían a Pallatanga alimentos y otros productos esenciales, como arroz, harina, sal, azúcar, Kerosene, fideos, galletas, sardinas, jabón, especies, ropa y cigarrillos. Cosas sin las cuales la vida de los pallatangueños hubiese sido completamente diferente y aislada de la civilización. Entre otras cosas, ellos traían a Pallatanga la luz, los alimentos, el vestido, la limpieza personal y del vestido. Eran para Pallatanga como los mercaderes venecianos para la Europa medieval en la era de las especies.
Viajar arreando a sus mulas era su vida, los caminos que comunicaban a Pallatanga con Bucay eran su espacio de trabajo, eran como su patio trasero, los conocían al revés y al derecho, sus peligros ya no les asustaban, se habían inmunizado a ellos a base de la permanente repetición de superarlos. En los cruces estrechos en medio de los abismos y de las montañas, sus altísimos silbidos alertaban a sus colegas y demás viajeros para que se detuvieran a tiempo para permitir el “cruce” de bestias y personas. En invierno, cuando los ríos del camino crecían y se convertían en verdaderos peligros para ellos y sus mulas, usaban un método de su propio invento llamado “el veteo” que no era otra cosa que la ayuda que los hombres daban a su mulas, usando cabos largos de cuero, con los cuales de un lado se halaba al animal mientras del otro le ayudaban a sostenerse y aguantar la fuerte corriente que de otro modo los hubiera arrastrado con ella.

LA MULA ERA EL VEHICULO DE CARGA
MAS IMPORTANTE DE LA EPOCA

LOS ARRIEROS merecen mi homenaje de admiración y de respeto, por su valentía, por su coraje, por su gran contribución a la vida económica de mi pueblo. Hace un par de meses tuve la suerte de visitar a uno de ellos, un hombre de más de 90 años quien aun recuerda la dureza de su vida pero que sostiene que la volvería a vivir si la oportunidad se presentara, y sus piernas se lo permitieran.
En cuatro líneas los arrieros recitaban lo duro de su vida:

La vida del arriero
Es muy difícil de llevar
De noche se acuesta tarde
Y muy pronto a madrugar

EL ARRIERO Y SUS MULAS CUMPLIERON UNA
FUNCION SOCIAL Y ECONOMICA MONUMENTAL


Los ARRIEROS y LOS LICANEÑOS son héroes de nuestro pasado y deben ser símbolos de la valentía de nuestra gente en los viejos tiempos de nuestro pueblo. Algún día debería erigirse un monumento a ellos en el parque central de Pallatanga. Doy algunos nombres de esos héroes aún no reconocidos: Alfonso Carrión, Lisandro Morán, Eleodoro Morán, Moisés Muñoz y su hijo, Alfonso Muñoz, Luis Coronado, Gustavo Montenegro, Ranulfo Izurieta y José Antonio Saltos. Mi padre y también mi tío Antonio hacían parcialmente este mismo trabajo. Pallatanga tiene una gran deuda impaga con SUS ARRIEROS.

En mi próxima entrega: EL GRAN TERREMOTO Y EL INCENDIO

Saturday, November 27, 2010

LOS GRINGOS DE PALLATANGA



EL GRAN VALLE DE PALLTANGA VISTO
DESDE SU ENTRADA AL SUROESTE
Había en Pallatanga tres ciudadanos extranjeros a los cuales la gente les llamaba simplemente “los gringos”, eran míster Aitken, míster Hamilton y míster Tomsich.
Míster Erwin Aitken, era un norteamericano nacido en el medio oeste agrícola por excelencia, en uno de los estados que son el granero de los Estados Unidos, como Kansas, Missouri, Oklahoma, Indiana o Minnesota. Había trabajado en la Empresa de Ferrocarriles cuando esta era operada por una empresa Anglo Americana y se enamoró del Ecuador y de una mujer a la que dedicó su vida. Era muy alto, delgado, más bien enjuto, hablaba un español bastante entendible y estaba casado con una señora mestiza originaria del área de Pallatanga, Doña Juanita Orozco. Ellos habían comprado una hacienda muy grande llamada Sucuso, ubicada a unos cinco kilómetros al suroeste del pueblo y unida a este por un estrecho camino de herradura que atravesaba la montaña serpenteándola peligrosamente, y dejando al rio cada vez más hacia lo profundo del abismo que se formaba a la izquierda del camino, mientras hacia la derecha sólo se podía mirar la imponente y casi vertical montaña. La Hacienda comprendía una hermosa llanura muy extensa y fértil de unas doscientas hectáreas que terminaba en una punta, en el sitio donde profundos barrancos formados a través de los siglos por la erosión formaban un acantilado de unos doscientos metros de profundidad, disimulados por una espesa vegetación que cubría los barrancos hasta hacerlos aparecer menos peligrosos de lo que en realidad eran. La hacienda comprendía además unos cerros hacia el lado oeste, con otras doscientas o trescientas hectáreas de laderas a las que míster Aitken les llamaba San Vicente.
Míster Aitken y su mujer tenían varios hijos varones y una hija, la niña era una verdadera muñequita, de tez muy, muy blanca, de ojos celestes como el cielo, de pelo oscuro, casi negro, de mejillas rosadas y facciones muy finas, era casi una copia de Blancanieves, el personaje de los cuentos de hadas que se ha recreado para el cine y que vive en el mundo mágico de Walt Disney. Genevieve era su nombre, y no tenía más de diez años cuando, víctima de la implacable gastroenteritis murió, dejando a sus padres sumidos en la más grande tristeza y a Pallatanga huérfano de la más hermosa criatura que allí ha nacido jamás. Sus hermanos eran Moris, Merwin, Marvin, Erwin y otro cuyo nombre se me escapa, todos ellos decidieron en algún momento de sus vidas regresar a los Estados Unidos y viven allí, sin que hayan mantenido mayor contacto con nuestro pueblo.


LAS MONTAÑAS DE SUCUSO AL
SUROESTE DE PALLATANGA

Erwin Aitken era un agricultor por esencia, era uno que hacia las cosas con un enfoque más moderno que el de los demás agricultores de nuestro pueblo, quienes usaban entonces, y usan aun ahora, el arado con dos bueyes para labrar la tierra. El usaba un tractor que de alguna manera había logrado traer en piezas hasta su hacienda a lomo de mula; usaba una máquina semiautomática para desgranar el maíz, y había hecho un pozo de agua desde donde él y su familia se abastecían del liquido vital, en lugar de tomarlo de las vertientes o de las acequias como lo hacían los demás pobladores de Pallatanga.
Aitken tenía muy buenos conocimientos de ingeniería civil, de agrimensura y hasta de medicina. Era el único habitante de Pallatanga que siempre tenía un buen stock de suero antiofídico para protegerse del peligro que significaba para él y sus peones, la existencia de víboras venenosas en su hacienda. Fue Erwin Aitken quien hizo el trazado del camino piloto que permitió la entrada a Pallatanga de los primeros carros, atravesando la arrugada cordillera occidental que geográficamente separa a Pallatanga de las mesetas del callejón interandino en el centro del país. Dos de sus hijos, Moris y Merwin fueron nuestros compañeros de escuela en los primeros grados de la primaria. Míster Aitken cultivaba en su hacienda, con mayor eficiencia que los agricultores locales, principalmente caña de azúcar para producir panelas, maíz, alverja y fréjol. Siempre fue un personaje respetado y admirado por la población local.

EL VALLE DE PALLATANGA VISTO DESDE
SILLAGOTOLA ANTIGUA HACIENDA
DE LOS TOMSICH
Otro “gringo” que vivía en Pallatanga era Míster Hamilton, un norteamericano igualmente alto, probablemente mayor que Aitken y casado con una hermana de la mujer de este, doña Victoria Orozco. Hamilton había comprado la hacienda “La Tigrera” colindante con la de su paisano y apenas a unos tres kilómetros de Pallatanga, allí vivía con su mujer, con quien nunca tuvo hijos, pero los chicos Aitken le llamaban Tío. Hamilton solo salía al pueblo los domingos, montado en un caballo bayo muy grande. Lo hacía para abastecerse de los alimentos básicos que se vendían en la plaza del pueblo los domingos y, del pan que hacía y vendía mi madre a quien siempre repetía que su pan era el más rico que él jamás había comido. Hamilton causaba la admiración de sus vecinos porque siendo él un hombre mayor, no necesitaba de mucho esfuerzo para hacer que su caballo viniera a su casa todas las mañanas cuando necesitaba montarlo, porque éste obedecía su llamado en inglés; come ooon, come ooon (veeenga, veeenga). No sé cuando ni como murió míster Hamilton, ni que pasó con su hacienda después de su muerte, sólo sé que también fue un hombre muy querido y respetado entre la población local.
Míster Tomsich, el tercer ¨gringo de Pallatanga, era un ciudadano austriaco, un hombre muy alto, de pelo muy rubio y dueño de la hacienda Sillagoto, que en un tiempo atrás perteneciera a un tío abuelo nuestro (Nicolás Cadena). Tomsich producía aguardiente y panelas en su hacienda, una bella y extensa llanura totalmente bajo riego natural¨, y limitada, igual que Sucuso, por enormes acantilados llenos de vegetación . Sus dos hijos, Walter y Oscar vivían con él en su hacienda y le ayudaban en su rudo trabajo. Todos conocían que Tomsich producía la mitad del aguardiente de su hacienda para ser entregada al estado, dentro del concepto de “monopolios del estado” que se manejaba en aquellos tiempos, mientras la otra mitad se vendía a los contrabandistas de la época, a vista y paciencia de los “guardas de estanco” que eran funcionarios encargados de vigilar que TODA la producción de alcohol se entregara al estado. Esa era, un poco más o un poco menos, la proporción en que operaban todos los agricultores de caña de azúcar y productores de aguardiente en el área y en el país. Tanto es esto verdad, que el estado finalmente comprendió que su política monopólica no era adecuada ni económica y unos pocos años después, el monopolio estatal del alcohol se abolió totalmente, dando lugar a la libre producción de alcohol y sus derivados. En los últimos años de su vida, y cuando había quedado viudo, Tomsich por alguna razón se hizo un hombre muy religioso, llegó a hacerse diácono y terminó sirviendo a la iglesia en Pallatanga como un asistente del párroco. Sus hijos y nietos emigraron a Guayaquil y Quito.


LAS BELLAS Y FERTILES PLANICIES
AL SUR DE PALLATANGA

Estos tres ciudadanos extranjeros y sus familias se incorporaron a la vida de Pallatanga y florecieron en nuestro clima y en nuestra sociedad cual plantas nativas, ellos ayudaron en muchos casos a mejorar los métodos y procedimientos de cultivo y de cosecha de los pallatangueños, sus hijos se educaron en las escuelas primarias locales, su vida diaria era casi igual a la de los habitantes nativos. Cuando se fueron de Pallatanga o se murieron los troncos familiares, sus familias emigraron, sus haciendas se retacearon y los pallatangueños los añoraron por mucho tiempo. Su paso por nuestra tierra fue fructífero.
Poco después, en Pallatanga se dejo de producir aguardiente, hoy, casi todas las tierras de Pallatanga se dedican a cultivos de ciclo corto, más lucrativos, como el frejol y el tomate, productos que llenan las mesas de los ecuatorianos con la menestra y las ensaladas nuestras de cada día. Otra actividad muy en boga hoy en dia en Pallatanga es el cultivo de flores, que se hace bajo el concepto de “invernaderos” que ocupan poca extensión de tierra y producen permanentemente durante todo el año. No hay duda que la construcción de la carretera Riobamba, Cajabamba, Pallatanga Bucay, una obra ideada y ejecutada por el presidente Velasco Ibarra en los años sesenta, ha cambiado radicalmente la economía de la zona y le ha dado a su gente buenas razones para amar y trabajar la tierra, una vocación ancestral de sus habitantes, mejorando su modo de vida y las perspectivas para sus hijos. Hoy Pallatanga tiene un colegio técnico agrícola, de allí deben salir los hombres y mujeres que seguirán la tradición iniciada por sus ancestros.
En mi próximo capítulo: EMPIEZO A VIAJAR SOLO

Saturday, November 20, 2010

MÁS SOBRE GALLOS Y GALLEROS




LA CASA DE LUIS GARCIA, DETRAS DE
LA CUAL ESTABA EL "COLISEO" DE GALLOS



Así eran las peleas de gallos, el espectáculo más importante del pueblo, el que todos los hombres adultos esperaban casi con ansiedad para dar rienda suelta a sus emociones. Después de treinta minutos de terminada una pelea y de haberse saldado las cuentas resultantes, el espectáculo se repetía, con la misma emoción, con el mismo griterío, con los mismos espectadores, pero con diferentes gallos, y esto duraba entre tres y cuatro horas, durante las cuales había un mínimo de cinco y un máximo de seis peleas. Esto se repetía, infaltablemente, como la salida del sol todas las mañanas, cada domingo a la una de la tarde. Era el espectáculo más esperado del pueblo, era como el circo romano en Pallatanga…

Un gallo ganador era sometido a un proceso cuidadoso de “recuperación” que duraba no menos de dos meses. Un gallo que ganaba más de tres peleas era convertido en un “gallo reproductor”, y a menudo era vendido a un alto precio a los galleros de Riobamba, de Bucay o de Milagro. Un gallo perdedor, nunca repetía su presencia en la gallera, en la gran mayoría de los casos, solo tenía el honor de ir a la olla a cambiar de sexo y convertirse en caldo o en seco de gallina, era causa de vergüenza para su criador…Así era el Pallatanga en que nací y en el que yo viví hasta los once años de edad!

En Pallatanga había hombres que se dedicaban exclusivamente a criar gallos, uno de ellos era nuestro vecino, que vivía unos cien metros más abajo de nuestra casa, en dirección al centro del pueblo y muy cerca de la plaza. Jaime Muñoz, un hombre de casi dos metros de altura, blanco, de nariz aguileña, pelo gris y unas orejas desproporcionadamente grandes. Jaime era un tipo “pintón”, tenía la apariencia de un gringo de esos que habían llegado al Ecuador para la construcción del ferrocarril o para operarlo, un par de los cuales se habían quedado en Pallatanga a disfrutar de su maravilloso clima, formaron una familia y se hicieron agricultores.



LOS GALLEROS DEDICABAN GRAN PARTE DE
SU VIDA AL CUIDADO DE SUS GALLOS DE PELEA


Jaime criaba gallos como una forma de vida y dedicaba su vida a ellos. Lo hacía con dedicación casi fanática, dedicaba todo su tiempo a los gallos. Era tanta su dedicación a los gallos y tan grande su deseo de criar gallos ganadores, que de repente comenzó a pensar en que el podría "crear" una especie de “súper gallo”, un gallo de una raza completamente nueva y desconocida, al que sería imposible ganarle una pelea, y a eso dedico mucho de su tiempo. Después de cierto grado de análisis, Jaime llego a la conclusión de que la única forma de llegar a su objetivo sería modificando genéticamente al ave de pelea, y por eso, un día se le ocurrió que haría un cruce entre una gallina “fina” y un gallinazo, para obtener como resultado un gallo que fuera tan fuerte y tan sanguinario como el gallinazo, y tan fino y hermoso como un gallo “normal”.


JAIME MUNOZ QUISO "CREAR" UNA NUEVA
RAZA DE GALLOS DE PELEA CRUZANDO UN
GALLINAZO CON UNA GALLINA

Comenzó su experimento, y con bombos y platillos anuncio hasta el dia en que empezaría a criar un polluelo de gallinazo que de alguna manera lo consiguió, tomando al polluelo gallinazo del nido de su madre. El polluelo era tan tierno que aun no tenía plumas, y solo mostraba la pelusa blanca característica de los polluelos de cualquier especie de ave en sus primeros días de vida. Empezó a criar al gallinazo frente a su casa, lo sacaba al sol, le daba alimento para gallos, cuidadosamente le daba el agua requerida para los gallos finos y así el gallinazo fue creciendo. Al llegar esta ave a su estado adulto y aparecer tan feo como todos sus congéneres, Jaime esperaba hacer el “cruce” con la gallina que paralelamente había venido preparando para su “experimento”. Finalmente llego el día D, el día en que el gallinazo debía “montar” a la gallina y puso a las dos aves una junto al otro. Jaime se paso el dia mirando a las dos aves, primero con curiosidad, luego con impaciencia, y finalmente con frustración. Fue un gran desengaño para Jaime, el gallinazo nunca se acerco siquiera a la gallina, peor aún intento “aparearse” con ella. En un arranque de ira incontenida, Jaime agarro al gallinazo, le soltó de las amarras con que lo había tenido siempre en su casa y maldiciendo a Satanás y todos sus diablos lo levanto por el aire y lo dejo ir, maldiciendo también su suerte que según él era tan mala, que había criado un gallinazo maricón.

Su afición por los gallos sin embargo no disminuyó ni un milímetro después de su fracasado experimento genético. Un domingo, claro está, día de peleas de gallos, había sacado a su mejor gallo de la semana y lo mostraba a sus amigos mucho antes de la hora de las peleas, alardeando que este era “el gallo” que iba a ser la sensación de la semana, era un gallo pinto grande, con unas espuelas impresionantes, que además habían sido debidamente “afiladas” para que fueran más letales. De repente paso por su lado un campesino que había llegado a Pallatanga desde el norte del país y cuya forma de hablar era un poco amanerada y, después de saludar muy atentamente a Jaime "Muy buenosh diash tenga ushte sheñor Munozh", le preguntó a Jaime sobre su hermoso gallo, oportunidad que Jaime aprovecho para ponderar las cualidades de esta ave y asegurar al campesino transeúnte que hoy ganaría mucho dinero con este gallo. Pasaron unas horas y cuando eran cerca de las cinco de la tarde del mismo día, a la hora en que ya se habían acabado todas las peleas de gallos, el mismo campesino vuelve a encontrarse con Jaime Muñoz y le pregunta muy educadamente con su acento semi-pastuso: Don Jaimito, su gallo ya peleó? (poniendo mucho énfasis en la o final), y Jaime, a quien todavía no le pasaba la frustración y la ira porque su gallo no había ganado, le contesto al pobre hombre curioso, “si, ya peleó y ya perdeó también… y no preguntes mas, pedazo de pendejo!”

Jaime murió unos años después de que yo me fui de Pallatanga y su viuda, doña Carlita Muñoz de Muñoz (una cañareja que era un dechado de paciencia y de dedicación a su marido) se mudo a Riobamba donde terminó de criar a sus dos hijos: Marco y Susana. Mucho tiempo después supe que Marco, quien físicamente se parecía mucho a su padre, se hizo un hombre de casi dos metros de altura y de doscientas ochenta libras de peso, se había dedicado a la misma actividad de su padre, se hizo un gallero a morir, y también se hizo uno de los galleros más conocidos en toda la provincia del Chimborazo. Nunca he vuelto a ver a ninguno de ellos, pero siempre han permanecido en mi memoria como símbolos del Pallatanga en que nací y en el que viví los primeros años de vida.



LOS GALLOS DE PELEA SON
AVES MUY HERMOSAS



Mi tío Antonio, un tipo con alma y corazón de niño pero de un temperamento fuerte, con una risa contagiosa, a quien su mujer y sus hijos amaban con la misma intensidad con que le temían, estaba dotado de una capacidad inagotable para contar sus travesuras juveniles, matizadas con fantasías y mentirillas que adornaban la historia de sus aventuras, al punto de convertirse en el protagonista de nuestras historias favoritas, que le pedíamos repetir cada vez que nos visitaba, pero Antuco (como le llamábamos) siempre nos contaba una nueva.
Antuco también era un criador de gallos, menos fanático que Jaime Muñoz pero igualmente dedicado a criar gallos para la pelea. Su énfasis, sin embargo no era prepararlos para las peleas en Pallatanga donde, según nos decía en su manera muy graciosa, “solo peleaban los gallos cholos”, sino para venderlos en Riobamba, donde requerían solo de gallos “verdaderamente finos” y tenía un “cliente fijo”, un hombre rico de apellido Gallegos, que creía firmemente en su habilidad para criar “gallos ganadores”. No conocí otra actividad económica medianamente rentable que ejerciera mi tío Antonio, por tanto, asumo que sus gallos le daban los recursos que necesitaba para mantener muy modestamente una familia de ocho hijos, para fumarse de una a dos cajetillas de “dorado” al día y para pegarse un par de canelazos diarios mientras jugaba el “cuarenta” con sus amigos, de quienes siempre se burlaba en una forma caricaturesca pero no ofensiva.


CRIAR GALLOS DE PELEA ES UNA
PASION PARA UN "BUEN GALLERO"



A Antonio le conocía todo el mundo en el pueblo como “el very well”, un mote que se lo había ganado mucho tiempo atrás, cuando después de trabajar en el ferrocarril como brequero, aprendió de los gringos unas pocas palabras en inglés, entre ellas a decir “very well” cuando algo le parecía bien, y lo empezó a decir con tanta frecuencia que pronto en todo el pueblo lo empezaron a llamar con ese nombre. Antonio era un tipo extremadamente simpático, gracioso, dicharachero, Tenía una risa contagiosa, de gruesas carcajadas, era un hombre que le caía bien a todo el mundo y que yo sepa, no tenía enemigos. Debe haber medido un metro setenta y seis centímetros y era de piel trigueña, pelo negro, nariz aguileña y ojos cafés. Antuco se llevaba muy bien con todo el mundo; con viejos, jóvenes y niños, hombres y mujeres por igual. Era un tipo extraordinario por su nobleza, era valiente, nunca utilizo a nadie con propósitos egoístas y amaba a su hermano y a sus sobrinos tanto como a sí mismo. Yo aprendí de él su nobleza de carácter, su falta de egoísmo, su admirable generosidad aun en la pobreza y su inquebrantable solidaridad con sus seres queridos.

En mi próximo capítulo: LOS GRINGOS DE PALLATANGA