Saturday, August 14, 2010

UN SECRETO FAMILIAR BIEN GUARDADO

Elisa, la segunda hija de la abuela de mi padre, se casó con Manuel Cevallos, un hombre regordete, de baja estatura, que le ganó el mote de “chomboto” (equivalente a patucho, petiso, omoto), de convicciones y temperamento machista, grosero y hasta violento. Era dueño de una pequeña finca y de un huerto de naranjas muy cerca del cementerio del pueblo, sus únicas actividades conocidas eran el cuidado de su huerto y oficiar como “maestro de capilla” de la iglesia. Tocaba la pianola en la iglesia del pueblo, y a pesar de que su voz no era un encanto, cantaba sin inhibiciones en las misas especiales, causando hilaridad entre los feligreses al escuchar sus “gallos” al cantar. Cuando a los ocho años pasé por el sacramento de la “confirmación”, nunca supe, porqué mis padres lo eligieron como mi padrino. A nosotros se nos enseñó a llamarlo “tío Manuel. Nunca sentí nada especial por este hombre que sin saberlo yo, era mi abuelo paterno.

Amable, la menor de las hijas de los abuelos de mi padre, nunca se casó, pero tuvo tres hijos cuyo padre fue, según lo he podido averiguar recientemente, era su cuñado Manuel, el marido de su hermana Elisa. Los hijos de esa ilegítima relación fueron, José Temístocles (mi padre), y sus hermanos Antonio, y Angelita. Manuel Cevallos nunca reconoció estos hijos como suyos y no les dio su apellido y, por tanto, los hijos de Amable solo llevaron el apellido de su madre, Romero. En mi casa nunca se habló de este tema, pues era, como lo comprendí mucho después de muerto el “tío Manuel”, un tema del cual no se debía hablar, de modo que sólo me enteré de este importante asunto familiar después de la muerte de mi padre, en 1992, cuando yo ya había cumplido cincuenta años, esto es, 92 años después de los hechos originales. Esto fue, ciertamente un secreto bien guardado. Así era como se trataban estos asuntos en las familias de entonces. Los pecados de familia era mejor guardarlos en el closet, la ley era no "hablar del tema", punto.

En sus primeros años, el hogar de mis padres se mantuvo balanceándose entre la pobreza y la desesperación, casi en la miseria, pero gracias a mi madre, nunca fuimos a dormir con estómagos vacíos. Ella nunca estaba desocupada. Cuando no estaba cocinando, estaba lavand o planchando, o tejiendo, bordando, cociendo o remendando la ropa de sus hijos, moliendo café, limpiando la casa, cuidando su jardín y sus plantas, o bañando a sus hijos.

Hasta la edad de siete años, recuerdo que ella me bañaba en una tina de madera, luego de lo cual, envuelto en una toalla, me llevaba hasta la cama, donde me ponía de pié y pacientemente me ponía la ropa limpia y planchada que ella mismo había preparado, y sólo me dejaba ir después de darme un beso en la frente. El café era para mi madre su compañero infaltable, se tomaba al menos diez tazas de café al día, era casi una adicción. Era el café que venía de las plantas que ella mismo sembraba en el patio trasero de la casa, que ella cuidaba con afán y ella mismo lo cosechaba (o nosotros, sus hijos, le ayudábamos a hacerlo), lo lavaba, lo secaba, lo molía, lo pasaba por el colador y allí tenía una esencia con el aroma que a ella le gustaba, un aroma fuerte y un sabor amargo que a mí nunca me llegó a gustar. El café era la única debilidad de mi madre y probablemente contribuyó en mucho a agravar su alta presión arterial que finalmente la llevó a una muerte temprana a la edad de sesenta y dos años, en 1969.

La costura era una de sus aficiones y una de sus principales obligaciones. Su máquina de coser Singer era su permanente compañera. Hasta que cumplí seis años, cuando fui a la escuela, no recuerdo haberme puesto una prenda de vestir que no haya sido hecha por ella. El concepto de reciclaje que hoy se trata de enseñar a la gente por todos los medios, lo manejaba ella a la perfección hace más de setenta años en el vestuario de su familia. Las prendas viejas de mi padre las recortaba (donde no estaban remendadas) y las convertía en prendas “nuevas” para nosotros, sus hijos, que las usábamos orgullosos. Lo mismo hacía con sus propias ropas, que casi siempre terminaban en lindos vestidos para sus hijas, y por supuesto, en nuestra familia las prendas de los hermanos mayores siempre terminaban por ser usadas por los menores, incluidos los zapatos, después de que habían pasado innumerables veces por las medias suelas y otras reparaciones hechas por el zapatero del pueblo. Como mi madre usaba harina importada para su panadería, la tela estampada de los sacos de esa harina era “reciclada” unas veces como fundas de almohada, otras como ropa interior para nosotros, y otras como camisas para los hijos varones o vestidos para mis hermanas. Mi madre manejaba la economía de la casa bajo el principio industrial japonés de "cero desperdicio", con una sabiduría sin paralelo!
Ella asistió a la escuela del recién fundado pueblo, cuyo director, profesor, presidente, secretario, portero, y todólogo, era don Federico Cepeda, un penipeño que se convirtió en ícono del pueblo, porque llenaba todos los espacios vacíos que había en la escuela de este naciente pueblito. Mi madre terminó los seis años de educación primaria en 1922, y a sus quince años, se convirtió en la primera mujer en obtener el certificado de haber completado la educación primaria en Pallatanga, nivel escolar al que por entonces sólo llegaba en el Ecuador un cinco por ciento de la población femenina. Saber leer y escribir era entonces casi como pertenecer a una elite ilustrada. El analfabetismo debe haber estado en 1922 en un porcentaje superior al 80% de la población.



MACHU PICHU 2002-"SUBIR TAN ALTO COMO TE DEN LAS FUERZAS, Y... SEGUIR SUBIENDO"

Fue por esa época que llegó a Pallatanga, casi como enviado del cielo, el primer sacerdote, un religioso que despertó en la gente de este pueblo su latente fe en Jesucristo, alentó su natural propensión por la caridad y la solidaridad, pero, más importante aún, despertó el espíritu de superación en una población donde la educación sólo era un privilegio destinado a unos pocos. El padre Arrieta de ascendencia vasca, logra a través de sus homilías, convertirse en el mentor espiritual de mi madre, de él, ella aprende a amar a los más pobres, a ver a su prójimo con amor y compasión, a dar más que a recibir, a dar sin esperar nada en retorno, y, aprende también los fundamentos básicos del amor a Cristo y a su madre María. Aprende también que el mundo es muy grande y que Pallatanga sólo es un pedacito diminuto de ese mundo inmenso que está más allá de las montañas y los ríos, aprende que hay universidades donde los hombres y mujeres se superan a través del conocimiento, de la investigación, del sacrificio y la abnegación, aprende que allá, fuera de su pueblo hay mucha gente que vive mejor, pero también aprende que allá, tal como en su pueblo, hay pobreza, hay enfermedades, hay bondad y hay maldad, que hay un mundo diferente pero que ofrece más oportunidades a través de la educación y del esfuerzo. Allí empieza a formarse el espíritu de mi madre, allí nace su amor solidario por los pobres, allí nace su fe en la educación como el único camino del éxito,allí nace su inquebrantable decisión de dar a su hijos la invariable orden de ”ir lejos en el estudio para alcanzar sus metas”, de “ver los obstáculos sólo como incidencias que hay que superar”, que "hay que subir tan alto como te den las fuerzas y seguir subiendo", que “no es mejor el que nunca se ha caído, sino el que aprende a levantarse con la cabeza en alto para seguir adelante”. Aprende lo que luego enseñará a su hijos, que la solidaridad es una cualidad fundamental para todo ser humano. Esos eran, en esencia, los principios básicos que guiaban la vida de mi madre y esos fueron los cimientos de nuestra formación personal.
Ella supo siempre que una mayor educación sólo podía tener fuera de Pallatanga, pero ella no pudo salir de su pueblo sino muy cerca del final de sus días, sus límites eran pequeños, sus abuelos nunca consideraron siquiera como una posibilidad el que ella se fuera a la gran ciudad para recibir más educación, y no era por falta de recursos, era simplemente porque en sus formas de pensar no cabía la idea de que una mujer joven tuviera que irse del hogar para educarse. Eran sencillamente gente amoldada a una cultura del siglo diecinueve, viviendo en los albores del siglo veinte. Mi madre amó a Pallatanga y a los pallatangueños, calmó su sed y su hambre, les dio posada y abrigo, les calmó sus dolores y muchas veces salvó las vidas de sus hijos con la innata sabiduría de un chaman, alimentó sus cuerpos y sus almas como lo hace una madre con sus hijos, y a nosotros, sus hijos, nos enseñó eso mismo.

MATTEO, MI SEGUNDO NIETO, SEGUIRA LA TRADICION QUE INICIO SU BISABUELA


Nosotros, hemos seguido sus lecciones, tal vez no al pié de la letra, pero la semilla está en nuestro corazón y nuestras mentes, ha germinado en tierra fértil y ha crecido a través de sus hijos, se fortalecerá a través de sus nietos, seguirá creciendo a través de sus bisnietos y se hará cada vez más fuerte en las generaciones futuras. Llevar su sangre en nuestras venas es nuestro mayor motivo de orgullo!

En mi próxima entrega: LOS MISERABLES

Tuesday, August 10, 2010

EL AMOR LO VENCE TODO



PALLATANGA-AL FONDO, LA HACIENDA SANTANA DONDE MI MADRE CONOCIO A MI PADRE


A la una y media de la tarde, Timo está parado junto a la entrada principal de la hacienda Santana, ansiosamente esperando el regreso de su patrona Luquita. Han pasado sólo cinco horas que para él parecen un siglo. Ella estará pronto de regreso y él va a prestarse voluntario a ayudar a bajar de su caballo a la patronita. Este es el momento más importante del día para Timo, este es el momento en que su corazón comenzará a galopar fuera de control. “No puedo hacer otra cosa que soñar”, piensa Timo. “Sólo tocar sus manos hace temblar todo mi cuerpo y mis piernas se debilitan y se doblan“, y sigue pensando “sé que esto sólo es un sueño pero no puedo evitar seguir soñando, es un sueño sin ninguna posibilidad de hacerse realidad, pero, oh Dios, cómo adoro este sueño”.
Pasan unos minutos, Timo vuelve a la realidad de su trabajo, hay que controlar las bocatomas de agua, unos peones están regando los cañaverales, otros están deshierbando la caña, más allá está la yuca en estado de cosecha (arranque), los peones en el trapiche están moliendo caña, en fin, el tiempo pasa volando, él está muy ocupado, son muchas sus responsabilidades, pero él está pendiente, el sol ha pasado ya del mediodía, la hora en que su cuerpo no tiene sombra, ese es su reloj, eso significa que la “señorita” estará llegando pronto de regreso de la escuela y él debe estar allí, en el portón, para no desperdiciar la oportunidad de ayudar a su patronita a bajarse del caballo, para tomar su mano con guante blanco. De repente, y tal como él lo esperaba, se oye el galope del caballo, la señorita está llegando.
“Hola Timo” dice Luquita, “que gusto volverte a ver” “hoy ha sido un día muy importante”, “hoy hemos celebrado cien años de La Batalla del Pichincha”, “ah” dice Timo, “que bien, entonces hablaron de Antonio José de Sucre, de Abdón Calderón y del ejército patriota que derrotó a los españoles, sellando la libertad del Ecuador, nos es así? Dice Timo, “así es”, dice Luquita, un tanto sorprendida por los comentarios de Timo, quien aparentemente sabe más de lo que ella imaginaba. Claro, él había terminado su primaria hace más de cinco años y había sido un estudiante aprovechado de don Federico Cepeda, el mismo maestro que ahora dirigía los estudios de ella.
“Hola patronita”, “a mi también me da mucho gusto el volverla a ver”, y agrega “me permite ayudarle a bajarse del caballo? “Claro que si Timo,” contesta ella extendiéndole su mano cubierta por un guante blanco ligeramente marcado por el polvo del camino y de la rienda del caballo. Timo toma la mano de su “patronita”, quien ha apretado la suya un poco más que de costumbre. Timo se siente mareado, de pronto siente que su corazón galopa sin freno, no lo puede creer, es ella apretando su mano, y piensa, “cómo quisiera que ella supiera lo importante que es este momento para mí”. El ligero pero inconfundible aroma del perfume que lleva su patrona y que desde hace tiempo a Timo lo transporta al cielo, le provoca más mareo, su cerebro no puede procesar toda la información que está recibiendo, no puede pensar en nada coherente, está en las nubes. Al bajarse del caballo ella agrega, en voz casi inaudible, “Timo, me gusta que me ayudes a bajar de mi caballo”. “Me encanta hacerlo señorita”, dice él, mientras busca la mejor combinación de palabras para seguir el diálogo, mientras, la mano de Luquita está aún sosteniendo la de él, y él, casi como en el aire sólo atina a tomarla con su otra mano, y ahora, apretando las dos manos en una forma que lo llena de temor y de vergüenza, y respondiendo a su instinto besa la mano de su patrona mientras en palabras que casi sólo él escucha le dice “estoy locamente enamorado de usted señorita, perdóneme pero la amo desde el primer día que la vi”. Ella cierra por un instante sus ojos, suspira profundamente y contesta “gracias Timo”, sosteniendo aún las dos manos de Timo y suavemente apretándolas.


COMO SU ABUELA LUQUITA, MI HIJA MARIUXI ES UNA GRAN JINETE


Por unos instantes hay silencio, ninguno de los dos sabe que más decir, luego ella suavemente retira su mano de las de Timo y se va, caminando lentamente, mirando de tiempo en tiempo hacia atrás y sonriendo, hasta perderse de vista en el largo camino lleno de frondosos árboles de lado y lado, frente a la casa de sus abuelos.
Timo despierta lentamente de su estado de catarsis y empieza a tratar de coordinar ideas. “Todo esto debe ser sólo un sueño, un sueño mucho más allá de lo que yo pudiera haber soñado en el más loco de mis sueños”
Poco tiempo después, mientras Luquita terminaba su año escolar, que también significaba el fin de sus estudios, Timo y Luquita siguieron viéndose furtivamente, siempre tratando de evitar los ojos curiosos de la gente de la hacienda y más aún la vigilancia de sus abuelos.
Simpático, de carácter jovial y dicharachero, Timo se ganó la confianza primero, luego el afecto, y finalmente el amor de Luquita, y a los pocos meses decidieron que querían unir sus vidas. Ella de dieciséis, casi una niña, y el de veintidós, apenas un joven saliendo del cascarón. Ante la certeza de que su unión matrimonial no sería aceptada por los abuelos de mi madre, deciden hacer lo que les pareció más riesgoso pero menos complicado, decidieron escaparse juntos y enfrentar las consecuencias. A los pocos días se casaron ante el altar de la iglesia y su matrimonio fue celebrado por el padre Arrieta, el mentor espiritual de mi madre. Lo orgullosos abuelos, ofendidos, terminalmente ofendidos, nunca aceptaron la decisión de su nieta, la desheredaron y nunca más la recibieron en su casa. Enfrentados a las dificultades que la pobreza imponía sobre sus vidas, Timo, y Luquita vivieron del minúsculo salario que él podía ganar como peón, como ayudante de arrieros, o simplemente como agricultor de pequeñas parcelas donde lo aceptaban como “partidario”, una forma de precarismo agrícola que aún subsiste en el Ecuador y que consiste en que una persona hace todo el trabajo de cultivo y cuidado de la siembra y otra (el dueño de la tierra), pone la tierra y la semilla, y al final se reparten las cosechas en partes iguales.
De los ancestros de mi padre sólo sé que como la mayoría de los pallatangueños, vinieron de Penipe, un pueblo asentado al pié del Tungurahua sujeto a las veleidades del volcán y, por lo tanto a emigraciones periódicas. La abuela, Elisa Zabala de Romero, casada con un hombre originario de Piñas en la provincia de El Oro, y de quien no he podido encontrar más información, tuvo tres hijos, Juan Celio, Elisa, y Amable, la madre de mi padre.
Juan Celio tuvo muchos hijos que se esparcieron en el Ecuador, uno de ellos, Porfirio, llegó a ser un alto oficial de la Fuerza Aérea; Eduardo, se hizo telegrafista, una profesión muy apreciada en su época; Zenaida, que se casó con Miguel Acurio y tuvo muchos hijos, buena parte de los cuales viven en Santo Domingo de los Tzachilas; Iraida, que se casó con un pallatangueño de apellido Bahamonde; Zoila, que se casó con su primo hermano, mi tío Antonio (hermano de mi padre), y finalmente Armenia, la mas joven que se casó con un señor de apellido Carrazco y vive aún, a una avanzada edad, en Guayaquil.

En mi próxima entrega: UN SECRETO BIEN GUARDADO

Thursday, August 5, 2010

EL TRONCO FAMILIAR





PALLATANGA EN 1945- DOS BELLAS PRIMAS POR EL LADO IZURIETA


El último hijo del matrimonio Montiel Cadena, Francisco, un hombre alto, muy atractivo, blanco, de pelo ligeramente crespo, castaño muy claro, casi rubio, de ojos azules, frente más bien pequeña y nariz romana, se casó en Pallatanga con Luz María Izurieta, la última hija del matrimonio Izurieta Núñez, los fundadores de Pallatanga. Ellos son mis abuelos maternos. Los dos son muy jóvenes y al casarse, lo hacen con el beneplácito de los padres de ambos lados. Con esta unión se consolida una vieja y entrañable amistad entre las dos familias, de ambos lados hay razones para pensar que este matrimonio será muy feliz, ella es joven, bella e inteligente y él es joven, fuerte, apuesto, inteligente y trabajador
Al poco tiempo de casados, a Francisco Montiel Cadena y Luz María Izurieta Núñez les nace en 1907, una hija, Lucrecia Judith, la que será mi madre, una encantadora criatura que hace felices a sus padres, a sus abuelos y a todo el clan familiar. Las cosas van poco menos que a pedir de boca. Lucrecia la recién nacida, viene a consolidar una unión familiar de raíces profundas y que se espera que se convierta en un árbol fuerte y frondoso, pero, el destino no lo quiso así.
Cuando apenas había cumplido veinticinco años de edad, mi abuelo Francisco Montiel Cadena, muere atacado por la inmisericorde enfermedad de la malaria y deja viuda a su mujer y huérfana de padre a mi futura madre cuando ella apenas tenía cinco años. Luz María, la viuda vuelve a casarse después de tres años con un caballero de apellido Torres, con quien tiene un hijo, Alejandro, quien es blanco y pecoso, de pelo negro grisáceo, alto, delgado, de ojos azules, y narizón, casi el retrato de su abuelo Rafael María. Sus hijos, y en particular sus hijas, heredaron algunas de las características físicas del bisabuelo Rafael. Eran altas, delgadas, blancas y pecosas, pelo castaño claro, ojos azules, tenían una belleza cautivadora. Alejandro, el único hermano de mi madre, a quien yo conocí, era un hombre muy alegre, de una simpatía personal innata, vivía su vida para disfrutarla, para contar historias, para reírse de la gente y de las penas, para jugarle bromas a la gente, a adultos y a niños, era un hombre muy simpático de carácter y de físico. Heredó la habilidad de su abuela Mercedes Victoria y se hizo panadero hasta su muerte en la década de 1990. Vivió los últimos veinte años de su vida haciendo pan en su panadería en el cantón El Triunfo, antes llamado “la Boca de los Zapos”, en la carreta de Guayaquil a Pallatanga
Poco tiempo después del nacimiento de su segundo hijo, la malaria vuelve a arremeter contra la familia y esta vez no perdona la vida a mi abuela Luz María, quedando Lucrecia Judith (mi futura madre), huérfana de padre y madre a la tierna edad de ocho años. Sus abuelos maternos toman a su cargo la crianza de mi madre.
Mi madre era de tez blanca y pecosa como la de su abuelo, alta, de un metro setenta y cuatro de estatura, tenía un pelo negro largo con tempranos mechones grises y ligeramente rizado, ojos cafés como los de su abuela Mercedes Victoria, nariz romana, labios finos y sonrisa permanente, de frente amplia, ella llevaba su pelo siempre recogido con un peinado que incluía un moño clásico, asegurándolo hacia atrás con una cinta elástica o una peineta de hueso. Su cara estaba siempre bien cuidada, nunca usó lápiz de labios y el único maquillaje que usaba, en días especiales, era el polvo facial de Tabú que tenía en su pequeño estuche redondo con un pequeño espejo. Nunca le gustaron las joyas, que además no las hubiera podido comprar, usualmente no llevaba aretes, pero en ocasiones especiales llevaba en sus orejas unos pequeños aretes colgantes con una perlita muy pequeña. De una simpatía innata, ella siempre tenía una leve sonrisa a flor de labios, sonrisa que invitaba a devolvérsela y así comenzar una agradable tertulia que terminaba invariablemente en una amistad duradera. Jamás escuché a mi madre hacer una crítica negativa a nadie, siempre estuvo del lado de los débiles, pero nunca en contra de los fuertes, siempre mantuvo en su carácter la predisposición a ayudar.
Don Vicente Granizo, un pallatangueño que conoció en su juventud a mi madre, a quien llamaba “mi comadre Luquita”, y que murió, hace menos de dos años a los 98 años de edad, describió a mi madre diciendo casi textualmente, “ella era una mujer muy bella, siempre tuvo un porte distinguido, su andar era pausado, nunca parecía estar de prisa, pero siempre estaba en el sitio adecuado a la hora en que debía estar”. “Mi comadre”, agregó don Vicente, “siempre me pareció una obra de arte, no solo por su belleza exterior, que la tenía, y mucha, sino sobretodo por su carácter, por su temple, por su inquebrantable forma de ver las cosas con amor, con dulzura y con sencillez”. Don Vicente continuó describiéndola así: “Sin intentarlo siquiera, y por supuesto sin que ella lo supiera, su presencia era sentida, admirada y respetada por donde ella iba”. Todo el mundo la quería, todos la respetábamos y la admirábamos”, y finalmente agregó, “cuando ella se casó con mi compadre Timo, muchos jóvenes envidiaban a él por haberse casado con una mujer tan bella”, y Don Vicente concluyó, “Pallatanga nunca fue igual después de su muerte, y hoy, cuarenta años después, mucha gente sigue recordándola con amor y llora cuando recuerdan su partida final”.
MI padre, José Temístocles Romero (“Timo”), a sus veintidós años de edad trabajaba como peón en la hacienda de Rafael María Izurieta. El era físicamente atractivo, pequeño de estatura, blanco, de pelo negro que le combina bien con sus ojos café claros, tenía cejas muy espesas y un bigote negro fino que le iba bien con su siempre afeitada barba. Su estatura era de sólo un metro sesenta, tenía brazos y manos fuertes y callosas. Era el hombre de confianza de don Rafael María, a quien se lo recomendó altamente su tío Juan Celio Romero, el teniente político del pueblo. Timo era un hombre que hacía de todo, cuidaba y entrenaba los caballos de Rafael María, supervisaba a los demás peones y a menudo le servía como guardaespaldas a su patrón. En poco tiempo, Timo se convirtió en el hombre más importante de la hacienda, después de su dueño.
En las siguientes líneas quiero describir, hasta donde eso es posible los eventos que según mi imaginación y los relatos que escuché de ellos mismos, llevaron a la unión y al matrimonio de mis padres:


PALLATANGA EN 1925-A LA IZQUIERDA EL TIO JUAN CELIO, TUTOR Y MENTOR DE MI PADRE


“Buenos días, señorita Luquita”, le dice Timo al acercársele la nieta huérfana del patrón, que montaba un enorme caballo negro de pura raza en su camino a la escuela. Ella es una bella chica de 15 años cuyo largo y sedoso pelo negro se mece al ritmo de su caballo galopando. “Cómo está usted esta linda mañana, patronita” dice Timo. “estoy muy bien, gracias Timo” responde ella, y agrega “ciertamente, es una linda mañana, pero, debo ir a la escuela, me gustaría ir a un paseo por el campo, a través de esas montañas”, dice mientras señala detrás suyo la masa inmensa de las montañas de la cordillera occidental, que son parte de la hacienda de su abuelo.
“Cierto” dice Timo y agrega “en verdad, lo único que le falta a este día para ser perfecto es que usted tenga vacaciones para pasear” y agrega, “que tenga usted un lindo día señorita Luquita, monte con cuidado y que regrese pronto”, y dicho esto, Timo se apresta a volver a trabajar. El día es corto y las tareas son muchas.
“Hasta luego Timo”, dice Luquita y acelera su caballo para llegar a tiempo a sus clases, acompañada sólo de un leve recuerdo de sus madre que ha fallecido hace cerca de siete años, y por la siempre presente orquesta de pájaros cantando en su camino a la escuela. Es su último año en la escuela, está en el sexto grado y, dentro de poco tiempo ella habrá culminado la primaria, el más alto grado de educación que en su pueblo podían tener los jóvenes
En mi próxima entrega: EL AMOR LO VENCE TODO

Friday, July 30, 2010

LOS ABUELOS Y SUS FAMILIAS


VISTA DEL VALLE DE PALLATANGA Y AL FONDO UNA PARTE DE LO QUE FUE LA HACIENDA DEL BISABUELO RAFAEL MARIA
Mis bisabuelos por el lado materno, Rafael María y Mercedes Victoria tuvieron cuatro hijos: Miguel Ángel, Alberto, Rafael María y Luz María. Todos se quedaron en Pallatanga y formaron sus propias familias, excepto Rafael María hijo, que murió muy joven, afectado por la malaria, que por muchos años más siguió siendo junto con la gastroenteritis, el mayor azote de la población de la naciente Pallatanga.
Luz María, la más joven de los hijos de Rafael María y Mercedes Victoria medía más de un metro setenta, era de pelo castaño, de pestañas muy largas y rizadas, boca de labios finos y dientes muy blancos y ojos azules como los de su padre. Ella conoció, a los dieciséis años de edad, a un joven también, blanco, de pelo castaño y ojos verdes, Francisco Montiel Cadena, hijo de Joaquín Montiel León, español, nacido en Castilla la Vieja, y de Rosario Cadena Altamirano, riobambeña. Del matrimonio de Joaquín y Rosario nacieron cuatro hermanos, Sofía, Mercedes (Mechita), Adelaida (Lalita) y Francisco. Un quinto hijo de este matrimonio murió, víctima de la malaria, a muy temprana edad.
Poco tiempo después de su matrimonio con Rosario, Joaquín recibió de su suegro la responsabilidad de manejar los negocios y la considerable fortuna de la familia. Por algún tiempo las cosas marcharon bien, pero cuando ya habían nacido sus cuatro hijos, Joaquín se enamoró locamente de una bella mujer peruana que pasaba por Riobamba, y abandona a su familia y los negocios para irse con ella a vivir en Lima, Perú.
Muchos años después, Joaquín regresó al Ecuador, en quiebra, y arrepentido de su loca aventura, a buscar a su abandonada esposa y le suplica el perdón y olvido, pero ésta nunca se los otorga. Enfermo y sin recursos, Joaquín regresa a Lima, para nunca más volver. Es muy probable que en Lima o en algún otro lugar del Perú haya descendientes de Joaquín Montiel, nuestro bisabuelo el infiel marido de nuestra bisabuela Rosario.



FLORES DE PALLATANGA

Al haber sido abandonada por su esposo, Rosario y sus cuatro hijos quedan bajo el cuidado del hermano mayor de los Cadena, Nicolás, quien posee una gran hacienda (Sillagoto) muy cerca de Pallatanga y allá se lleva a su hermana y sus cuatro hijos que habían nacido en Riobamba. La hacienda de Nicolás tiene más de mil hectáreas, tiene extensiones de terrenos llanos y muy fértiles, tiene riego suficiente en toda la llanura, allí Nicolás cultiva caña y cría ganado vacuno. Produce aguardiente y panelas que vende a buenos precios en Bucay y Milagro, los prósperos pueblos que son la antesala para llegar a Guayaquil en el ferrocarril, construido y administrado por los ingleses e inaugurado en 1912. La abandonada familia y su protector gozan de una holgada situación económica.
Los años pasan, los Montiel Cadena llegan a adultos, Sofía se casó en Pallatanga con Moisés Muñoz y este matrimonio no dura mucho tiempo debido a los maltratos que Sofía recibía de su marido. Ella se fue a Guayaquil, se divorció de Moisés Muñoz y se casó con Antonio Gómez, de cuya unión nace una única hija, Emma, quien vivió hasta los 94 años y falleció en Guayaquil en el año 2008. Emma tuvo tres hijas, Elsa, Elena y Diana.
Mercedes (Mechita), Montiel Cadena se trasladó a Guayaquil y se casó con Luis Sono, de cuya unión nacieron Luis, Sara, Blanca y María Eugenia Sono Montiel. No tengo ninguna información de los tres primeros, pero María Eugenia, la menor de los cuatro era contemporánea de mi hermana Letty con quien hizo amistad, al punto que María Eugenia influenció mucho para que mi hermana Letty se casara con Amado Lombeida en el año 1943.
María Eugenia (Maruja), una mujer muy guapa, alta, de pelo negro lacio, de ojos negros, de nariz romana, frente amplia y tez trigueña, de temperamento fuerte y acostumbrada a la vida holgada que la fortuna de su padre se lo permitía, al morir este y su familia quedar sin recursos, busca en el matrimonio con el cuencano Luis Alberto Ríos Torres la forma de recuperar el estilo de vida al que estaba acostumbrada. Ríos, un hombre mucho mayor que Maruja, se dedicaba a negocios financieros y tenía mucho dinero, pero amaba a este más que a su propia madre, sus negocios incluían prestar dinero al chulco, lo que de por sí requiere alma negra y corazón de piedra, nunca le dio a Maruja la vida que ella esperaba, y por el contrario, le creó un infierno en la tierra, por sus celos, y por su avaricia la hizo víctima de su brutalidad doméstica. Ellos fueron los padres de Mechita y Luis Alberto y Ríos Sono.
Mechita Ríos, es, con mucho, la prima más querida que conozco de este lado de la familia. Muy guapa e inteligente, por su propio esfuerzo, y venciendo las dificultades que tuvo en su infancia por un padre intolerante y tirano, ella se educó, se hizo una empresaria. A los quince años, y como la forma más rápida de salir del infierno de su casa, se casó con un hombre mucho mayor que ella a quien nunca amó, pero a quien nunca le fue infiel. Se divorció siendo aún muy joven, se volvió a casar y se volvió a divorciar, porque no encontraba el amor que ella buscaba. Finalmente, a la edad de cincuenta años, aún muy guapa y altamente activa en los negocios, se casó con Antonio Elizalde, un abogado de prestigio, con quien vive felizmente casada. Fue por iniciativa de ella que nos conocimos y, es gracias a ella que mantenemos una relación de amistad y de cariño que va más allá del parentesco y que me ha permitido conocer a otros miembros de la familia por el lado de los Montiel.
Adelaida Montiel Cadena, la más joven de los hijos de Joaquín Montiel y Rosario Cadena, sale de la tutela de su tío Nicolás y también se muda a Guayaquil, allí se casa con Luis Lara, con quien tienen cuatro hijos, Joffre, Luis, Ida y Ottón. Este último murió siendo muy joven. Joffre el hijo mayor de este matrimonio, estudió medicina, se especializó en cardiología en la prestigiosa Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de México y se convirtió en uno de los más prominentes y respetados médicos cardiólogos de Guayaquil. Desde mediados de la década de 1960, Joffre fue el médico cardiólogo de mi madre, a él siempre le guardamos los Romero Montiel una enorme gratitud por el trato cariñoso que siempre dio a nuestra madre. Joffre murió en la década de 1980
Ida Lara Montiel, tuvo dos hijos y tres hijas. Ottón, el mayor, nacido en 1942, igual que yo, hizo sus estudios primarios mayormente en casa, los secundarios en el Colegio Lasallano San José de Guayaquil y sus estudios superiores en la Universidad de Guayaquil. Sus estudios de posgrado los hizo en el Instituto Tecnológico de Monterrey, México y luego en la Universidad de Northern Illinois, donde obtiene su título de Máster en Ingeniería y, finalmente en la muy prestigiosa Universidad de Berkeley, en California, donde obtuvo su doctorado en ciencias con especialización en Ingeniería Sísmica. Dotado de las mejores credenciales académicas y de gran inteligencia, Ottón fundó y es presidente ejecutivo de una empresa dedicada a los estudios de ingeniería sísmica, fiscalizaciones de la ingeniería en obras públicas y privadas y particularmente de cálculos estructurales de construcciones civiles. En los últimos tres años la empresa de Otton ha visto altamente incrementado el nivel de trabajos de fiscalización de obras públicas, mientras él personalmente se ha dedicado a la investigación científica en el área sísmica aportando con sus trabajos a prestigiosas instituciones superiores de investigación científica, especialmente de Canadá y los Estados Unidos.
Ottón tiene un hermano, Luis, quien es un prominente médico cardiólogo con su práctica privada en el Hospital Alcivar de Guayaquil. Ellos tienen tres hermanas a quienes conozco muy poco, y sólo las veo ocasionalmente en reuniones familiares en la casa de de Meche u Ottón.
En mi próxima entrega: EL TRONCO FAMILIAR

Sunday, July 25, 2010

MAS RECUERDOS DE MI PUEBLO



GUAYAQUIL FUNDADA POR FRANCISCO DE ORELLANA HACE 475 AÑOS, AQUI EN EL CERRO SANTA ANA

En un dia como hoy, hace 475 años fue fundada Guayaquil (la ciudad de mis amores, la ciudad que me dio todo sin quitarme nada), al pie del cerro Santa Ana. La fundó el capitan español, Francisco de Orellana, el mismo que descubrió el Rio de las Amazonas.
Viva Guayaquil, Viva su espíritu indómito, viva su espíritu rebelde, ese espíritu que nunca se inclinó ni se inclinará ante quienes la han querido o la quieren humillar.


EDIFICIO RESTAURADO DE LA ESCUELA FISCAL DE NIÑOS LA CONDAMINE EN PALLATANGA


La Condamine era una escuela exclusivamente para niños varones. Había otra escuela similar, sólo para niñas. Los maestros de ambas escuelas generalmente eran personas del mismo pueblo, que habían obtenido de la Dirección Provincial de Educación una certificación como profesores. Unos pocos profesores eran personas que venían de otras partes, generalmente de Riobamba o Quito y que habían tenido la preparación académica y la valentía para venir y “encerrarse” en Pallatanga. Buena parte de estos últimos terminaban amando a nuestro pueblo y quedándose en Pallatanga o casándose con mujeres pallatangueñas y así sumándose a nuestra comunidad. Las dos escuelas competían en calidad de enseñanza, la prueba de ello es que los chicos que salíamos de estas escuelas, no teníamos ningún problema en seguir nuestros estudios secundarios en las ciudades grandes y en colegios de alto rendimiento en Guayaquil, Riobamba o Quito.
Por la época en que yo era un niño, los habitantes de Pallatanga nos conocíamos tanto entre nosotros que todos parecíamos pertenecer a una misma familia, y en cierto modo así era, porque siempre había algún nivel de parentesco entrecruzado. Si no éramos primos, éramos sobrinos, y si no éramos ni lo uno ni lo otro, éramos ahijados o “hermanos de pila” con los hijos de nuestros padrinos, que eran los compadres de nuestros padres, era una cadena casi infinita de relaciones familiares y/o de compadrazgos.
Así era Pallatanga hasta principios de los años cincuenta. Una sola gran familia, viviendo poco menos que en un aislado paraíso. Claro que había disgustos, desacuerdos, chismes, envidias, rivalidades, cuentos, enredos y hasta una que otra pelea que provocaba temporales alejamientos entre familias, pero los disgustos eran en general triviales y no impedían que en lo más importante, reinara la armonía y la solidaridad. Con el tiempo las familias se fueron entrelazando aún más, los matrimonios entre jóvenes de las nuevas generaciones terminaban por consolidar las uniones familiares. Los Borja con los Izurieta, los Romero con los Granizo, los Cadena con los Muñoz, los Montiel con los Romero, los Rivera con los Cepeda, los Muñoz con los Romero, y así, en una cadena de matrimonios, con hijos, nietos y bisnietos que extendían las relaciones inter familiares casi hasta el infinito. Migraciones posteriores cambiaron todo esto y hoy, Pallatanga es un cantón con más de cinco mil habitantes. Con razón decía un viejo amigo que emigró de Pallatanga en los cincuenta, “extraño mi Pallatanga colonial”
Nuestra dieta era simple pero muy nutritiva y consistía básicamente de cereales (alverja, frejol, lenteja, trigo y cebada), tubérculos (yuca, papas, camotes, zanahorias), hortalizas (tomate, pepino) y frutas (naranja, naranjilla, limón, mandarina, aguacate), todos ellos cultivados en nuestra zona, y complementados por los productos vegetales y frutas que traían Los Licaneños (lechuga, cebollas, col, coliflor, verduras, remolacha). La grasa de cerdo era un ingrediente indispensable de nuestra dieta (no se conoció la grasa o el aceite vegetal hasta bien entrados los cincuenta).


LOS CHIGUILES, DELICIOSO PLATO TIPICO DE PALLATANGA

En el desayuno era infaltable el café con leche, acompañado de pan, o de humitas, tamales, chigüiles, tortillas de harina de maíz, o simplemente de yuca cocinada con refrito de pan viejo cebolla y maní, o con queso. También se hacían las tortillas de papa china (o malanga) con el mismo refrito; en el almuerzo era muy común el sancocho de yuca con plátano “limeño” (un plátano local de sabor exquisito tanto en verde como en maduro) y carne de chancho; o el muy común locro de papas con queso y fideo; o un sazonado de alverja con papas, queso y plátano; o, por supuesto, un caldo de gallina, siempre con yuca. Era casi una herejía hablar en Pallatanga de un caldo de gallina con papas. Comíamos carne de res muy raramente. El pueblo era muy pequeño para justificar el sacrificio de una vaca o del un toro. Sólo cuando por accidente se moría uno de estos animales se vendía su carne.
La yuca, un tubérculo muy rico en hidratos de carbono y bajo en grasas y proteínas, era uno de nuestros alimentos más comunes y apreciados. En las familias de más bajos ingresos el arroz era considerado una comida de lujo y sólo era parte de la dieta en ocasiones muy especiales. Una comida con arroz (“arroz seco”) era motivo de orgullo para algunos niños que en la escuela solían alardear frente a los demás diciendo: “ayer fue el santo de mi papá y comimos arroz seco”. Por supuesto, nunca, o casi nunca faltaba la leche como componente básico de nuestra alimentación, casi todas las familias teníamos una o dos vacas que nos proveían de este alimento tan importante, el queso, por lo tanto, también era parte de nuestra dieta. Los huevos, la gallina, el pavo y el cuy no eran parte de nuestra dieta diaria, pero si los comíamos con cierta frecuencia. También comíamos venado, guanta y guatusa; animales silvestres que eran cazados en los alrededores del pueblo, especialmente en las plantaciones de yuca y alverja.
El cerdo se criaba alrededor de la casa, en cada casa había por lo menos tres cerditos en diferentes etapas de crecimiento o engorde. El día que se mataba un chancho eran una fiesta en la casa, comenzaba a las cinco de la mañana con los chillidos del animal al ser sacrificado con un largo y filudo cuchillo que lo clavaban en el corazón, y terminaba en la noche después de comer la fritada, la salchicha o las infaltables yucas con chicharrón u otros platos con carne de chancho. Una vez sacrificado el chancho, éste era “chamuscado” para permitir que el “cuero” del chancho se cociera para comerlo en el desayuno, con yuca y café. El cerdo colgado de una viga de la casa era entonces sometido al proceso de despresarse. Los filetes de grasa eran puestos en una paila y cocidos para que la grasa líquida pudiera ser embasada en latones de cinco galones para ser embarcada a Bucay y/o Milagro, o para ser consumida localmente. De este proceso salía el chicharrón, que no era otra cosa que los pequeños pedazos de carne adherida a la grasa, que al freírse en la paila con algo de sal, ajo y cebolla de rama, se separaban de la grasa líquida, constituyéndose en un bocado delicioso que se comía con pan, con yuca, bolón de verde o con papa china.


LA PAPA CHINA SIEMPRE ESTUVO EN NUESTRA DIETA. TIENE UN ALTO CONTENIDO PROTEICO

La carne del cerdo se separaba en secciones, las costillas se cortaban en pedazos pequeños que luego se freían en grandes pailas y se convertían en fritada, mientras que el resto de la carne se convertía en cortes especiales, tales como piernas, brazos, lomos, caderas, etc. Los intestinos del chancho se lavaban prolijamente para convertidos en salchichas y chorizos que resultaban de mezclar la sangre de cerdo con arroz, col, sal y ajo, antes de cocinarse por un par de horas, Con esto se hacía el infaltable caldo de salchicha que era devorado por toda la familia tan pronto estaba listo en la agitada cocina. Al final del día no era infrecuente que los chicos se enfermaran del estómago por el exceso de comida, pero sin duda, todos habíamos tenido un verdadero festín. Después de este día, y luego de que se había compartido casi todo con los vecinos, parientes y amigos, quedaba aún mucha comida por consumir y esta se seguía comiendo por varios días antes de que se empezaran a borrar las memorias “del último chancho que se mató en la casa”
En la Navidad y el año nuevo, nunca faltaba el pavo en nuestra mesa. Nosotros criábamos pavos junto con las gallinas y los patos, todos estos eran parte del entorno natural de nuestra vivienda, y eran, por lo tanto, una parte de nuestra alimentación. Muy cerca de nuestra casa, en la parte trasera de la misma había un árbol que servía como gallinero (y su tronco y sus ramas lucían, por supuesto como palo’ e gallinero), porque en él dormían todas las aves domésticas.
Dar de comer a las aves era parte de nuestra rutina diaria, ellas comían principalmente maíz, pero también los desperdicios de nuestra comida diaria. Estos últimos eran primordialmente para la alimentación de los chanchos, que a su vez tenían un corral que llamábamos la chanchera, ubicado a pocos metros detrás de la casa. Dentro del perímetro de la casa teníamos árboles de aguacate, de naranjas, de limón, de café, y, por supuesto plantas de plátano. El nivel de autosuficiencia en nuestra alimentación era alto, y esto, por supuesto reducía el costo de alimentar a una familia de hasta diez personas como era la nuestra.
En mi próxima entrega: LOS ABUELOS Y SUS FAMILIAS

Monday, July 19, 2010

PUEBLO DE MIS RECUERDOS




PALLATANGA- LA DAMA DEL MAIZ, MONUMENTO SITUADO A LA ENTRADA DEL PUEBLO CUANDO SE LLEGA DESDE RIOBAMBA


En el piso superior de la casa, hacia el lado del frente, había siempre un pequeño balcón donde se colocaban maceteros con flores, al estilo de los países del centro europeo en el verano, con la excepción de que aquí, en Pallatanga, los maceteros tienen flores los 365 días del año. Desde estos balcones, la familia y sus invitados miraban los eventos que en los días de fiesta se desarrollaban en la plaza, estos eventos incluían torneos de cintas a caballo, corridas de toros, desfiles escolares, procesiones religiosas, torneos de futbol y de vóley, carreras de caballos, así como los festejos propios de las “vísperas” (la noche previa a las fiestas religiosas), especialmente de las “fiestas patronales” a fines de septiembre , o las fiestas de “San Vicente Ferrer” cada cinco de abril y los “pases del Niño” en la Navidad. El resto del piso alto de las casas lo ocupaban dos o tres dormitorios, uno de los cuales era el de los padres de la familia, y los otros, con dos camas en cada cuarto, eran destinados al resto de la familia que generalmente era numerosa. Las camas siempre eran usadas por dos personas.

Allí, en la plaza, y adosados a la escuela se construían los escenarios ocasionales para las presentaciones de teatro, que eran parte esencial de las fiestas del pueblo. A Pallatanga llegaban grupos teatrales y deportivos de pueblos vecinos como Chillanes, Cajabamba y Bucay. Había un gran intercambio cultural y deportivo entre esos pueblos.

La elección de La Reina del pueblo era un evento particularmente especial. Esta elección era muy democrática, eran los habitantes del pueblo los que votaban por las candidatas que eran escogidas por un grupo de personas encabezadas por el director de la escuela. En Pallatanga había mujeres muy bonitas y las elecciones eran muy reñidas. Una vez elegida la Reina, las demás candidatas se convertían en damas de “la corte” y desaparecían las rivalidades propias de una elección democrática. En el año 1953 fue elegida Reina de Pallatanga mi hermana Florcita. Ella era de tez muy blanca, medía un metro cincuenta y cinco, tenía unos grandes ojos verde aceituna, pelo castaño, nariz romana y pestañas muy grandes, pero sobre todo, era muy inteligente y sólo recientemente se había graduado como la mejor normalista en el Colegio Rita Lecumberry de Guayaquil. Fue una reina muy especial a quien el presidente Velasco Ibarra, cuando visitó Pallatanga, alabó por su inteligencia y gran oratoria.

Junto a la casa principal siempre había una construcción pequeña, separada, aproximadamente de tres por cinco metros, donde estaba la cocina de leña, con fogón de ladrillo, las ollas se sostenían en parrillas de hierro que cruzaban el fogón a una altura de unos veinte centímetros, para permitir la colocación de los leños debajo de las parrillas. En la cocina siempre estaban los cuyes, que eran una parte importante de la dieta de los pallatangueños, los cuyes se alimentaban exclusivamente con hierba fresca que se traía de los alrededores del pueblo.
Casi todas las casas tenían su techo hecho con “cadi”, que eran las hojas de las palmeras que abundaban en los bosques subtropicales de la zona. A medida que la economía de las familias iba mejorando, cambiaban el techo de cadi por el de zinc, que era más liviano, durable, higiénico y de mejor apariencia. El techo de zinc era un indicativo de que la familia tenía un mejor nivel económico. Algunas familias tenían, junto a la edificación de su cocina, una pequeña edificación adicional, era para el horno de adobe, donde se ahornaba el pan, el chancho, o en ocasiones especiales el pavo, el venado o la guatusa. En nuestra casa, el horno era muy importante porque allí, mi madre horneaba no sólo el pan nuestro de cada día, sino el pan que ella hacía para ganarse el sustento de la familia.

Alrededor de la plaza central del pueblo se construyeron las principales calles y, por supuesto, las edificaciones más importantes como la iglesia, el convento (residencia del cura), la escuela, y muy cerca la Tenencia Política y la Cárcel (que estaba debajo de las oficinas del Teniente Político). Junto al convento estaba la casa del único boticario del pueblo, el señor Tufiño, un hombre bajito, blanco, de cejas muy negras y espesas, de hablar pausado y algo amanerado. El en realidad era como el médico del pueblo, el único que sabía poner inyecciones y a quien los niños solíamos temer cuando llegaba, porque sus visitas generalmente significaban un doloroso y desagradable “pinchazo” en las nalgas


LA CASA DEL ZAMBO PAREDEZ,SIMBOLO DE LA VIVIENDA DE MI PUEBLO

La calle principal, que pasaba por la iglesia y que mucho después fue nombrada “calle Diez de Agosto”, tenía un total de treinta casas cuyo frente miraba hacia el este, y comenzaba en nuestra casa, al norte, y terminaba en la casa del “Zambo Paredes” al sur. El zambo era un personaje muy importante en el pueblo, era el carpintero que había construido muchas de las casas de Pallatanga, y quien se convirtió en el fundador y director de una escuela de carpintería cuyos discípulos construyeron todas las casas del pueblo. Aún hoy, después de dos tercios de siglo, hay muchas casas construidas por el zambo o sus discípulos, que están allí, como testigos de una era ya pasada, pero que permanece intacta en nuestros recuerdos

Alrededor de la plaza, en el lado oriental del pueblo, había unas doce casas, entre ellas la de Isidoro Martínez, la del “gato Ricaurte” y la de don Rodolfo Torres, estas dos últimas estaban pintadas con alegorías ecuestres, recordando a Los Libertadores, Simón Bolívar y Sucre, con el escudo del Ecuador en medio. En ambas casas había tiendas que vendían desde abarrotes hasta materiales de construcción.Eran el equivalente pallatangueño de los ¨malls" de hoy en las grandes ciudades


SIMBOLO DE PALLATANGA, LA CASA PINTADA CON IMAGENES DEL MARISCAL SUCRE Y EL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR

Perpendicular a la anterior, en dirección oeste-este, en direcció al río, comenzaba una callecita de no mas de cinco casas, incluyendo una muy bajita, con paredes de adobe y techo de cadi, donde vivían doña Mariana Morales y sus tres hijas, que hacían llapingachos de papa y zanahoria blanca con queso criollo. Los llapingachos eran fritos en manteca de chancho con achiote en un latón grande puesto sobre el fogón de leña, hasta que quedaran dorados y semi crocantes. Doña Mariana y sus tres hijas servían estos llapingachos cubiertos con una salsa de maní sobre una cama de lechuga con algo de agua-sal y acompañados del infaltable “hornado”. Era el bocado más delicioso que los pallatangueños comíamos los sábados y domingos. No había lugar para sentarse, excepto una pequeña banca de madera, por eso, la mayoría de los clientes comíamos parados delante del fogón de doña Mariana. Las dos hijas más jóvenes de doña Mariana; Judith y María Luisa continuaron la tradición que su madre comenzó mucho antes de que yo naciera y la continuaron por muchos años después de que yo me fui del pueblo en 1954. Ellas fueron, y de alguna manera siguen siendo, iconos de la vida del Pallatanga de mediados del siglo pasado y actores vivos de la capacidad de trabajo de la mujer ecuatoriana en su búsqueda de supervivencia , sin importar cuán hostil o cuán benigno pueda ser su entorno.

En Pallatanga había dos escuelas primarias (una para niños y otra para niñas) y no había un colegio secundario. Allí, frente a la plaza, en el lado sur y con frente al norte, estaba nuestra escuela, “La Condamine”. Frente a la escuela estaba la Plaza, que servía muchos propósitos. Era, en primer lugar, una cancha de futbol, también allí se ubicaba las canchas de vóley y de básquet que usábamos los chicos de la escuela y donde recibíamos nuestras clases de Educación Física.

En la plaza también se ubicaba el mercado dominical, principalmente atendido por “los Licaneños”, comerciantes mestizos, casi indios, originarios de Licán, un pequeño pueblito serrano al otro lado de la cordillera, junto a Riobamba. Ellos hacían una travesía semanal de 150 kilómetros a través de los páramos de la serranía, en un viaje que les tomaba cuatro días (dos de ida y dos de regreso), arreando a sus burros, iban y venían desde y hasta su pueblo, trayendo a Pallatanga la lechuga, la cebolla, las papas, la zanahoria, el tomate, la col, la coliflor, las frutas serranas y otros productos que no se producían en Pallatanga, y llevando de regreso las naranjas, los limones, las mandarinas, la yuca, la alverja, la lenteja, el frejol, las panelas y otros productos de nuestra zona. El domingo era el día de “la feria”, el día que la plaza se llenaba de gente comprando y vendiendo, era el día en que nuestro pueblo vibraba de actividad económica, alrededor de los puestos tendidos de los Licaneños

ES SABADO EN LA PLAZA DE PALLATANGA Y LOS LICANEÑOS Y SUS BURROS HAN LLEGADO

Los licaneños y su recua de alrededor de veinte burros siempre me parecieron personajes de realismo mágico, eran el pulmón económico de Pallatanga, eran viajeros incansables que parecían dar vueltas casi interminablemente, en un mágico círculo de actividad comercial altamente importante para nuestro pueblo, manteniendo siempre su perfil bajo, humilde pero valiente, casi heroico, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, década tras década. Llegaban los sábados, casi exactamente a las tres de la tarde, acampaban en la plaza, descargaban a sus burros y empezaban a arreglar sus tiendas en la plaza, preparándose para la feria del domingo. El lunes a las nueve de la mañana, desde la ventana de mi escuela los veía partir de regreso a su pueblo, uno tras otro, arreando a sus burros, nuevamente cargados, esta vez con productos de Pallatanga para ser vendidos en Riobamba. Cuando en los primeros años de los cincuenta ocurrió casi lo imposible y llegaron a Pallatanga los primeros carros, los licaneños se negaron a desaparecer como comerciantes, se mutaron, se hicieron comerciantes motorizados y siguieron trayendo a nuestro pueblo lo que allí no se producía y siguieron moviendo la economía de nuestro pueblo, con la misma eficiencia y los mismos resultados conque los Fenicios movían la economía del Mediterráneo, miles de años antes de nuestra era. A los licaneños siempre los admiré y hasta los envidié porque eran viajeros incansables. Cuando yo era un niño de siete años, por mi mente alguna vez pasó el deseo de acompañar a estos viajeros, para ver con ellos qué había mas allá de las montañas, más allá de mi horizonte. Los licaneños fueron, son, y serán una parte importante de la historia de nuestro pueblo, y son para mí como héroes anónimos que vivirán siempre en mis recuerdos.

En mi próxima entrega: MAS RECUERDOS DE MI PUEBLO

Wednesday, July 14, 2010

LA TIERRA PROMETIDA



LA TIERRA PROMETIDA-RAFAEL MARIA SE QUEDO AQUI A TRABAJAR, A PRODUCIR, A VIVIR EN LIBERTAD

Rafael María se quedó allí, en ese valle donde en sus bosques abundan las orquídeas, las hortensias, las petunias, los floripondios, las begonias y donde las rosas, traídas de otros lares, crecen silvestres, con aromas dulces que dan placer al cuerpo y elevación al alma, flores que con sus matices y colores compiten con las mariposas por mostrar su belleza al sol. Rafael se quedó allí donde las orquestas de pájaros de múltiples colores, dan cada día en la mañana un concierto de bienvenida al día y le vuelven a cantar al anochecer, en despedida alegre, como pidiendo su pronto regreso. Tierra casi edénica, donde los pájaros con sus cantares y las mariposas que semejan un diminuto arco iris, reinan en el aire, dejando una estela de sonidos musicales y colores, de alegría, de amor, de esperanza, y de belleza, como verdadero himno a la creación.

Rafael María no se quedó allí por casualidad, él eligió esta tierra para vivir, para formar su familia, para trabajar, para prosperar, para crecer, ejerciendo su derecho natural a la vida, a la libertad, al trabajo fecundo y al bienestar derivado del esfuerzo personal, en esta tierra que el gran artista pudo haber elegido para pintar, para escribir, para amar, para cantar; que el poeta pudo haber escogido para escribir versos a la tierra, al campo, a los ríos, a la naturaleza , o que el músico pudo elegir para inspirarse y crear las más bellas partituras, himnos a la naturaleza, al Dios que la creó, o a la mujer que ama con todo su corazón. Esta tierra de montañas y de valles, donde el frío casi nunca llega y donde jamas nadie ha sentido calor. Rafael María amó esta tierra de maravilloso clima, tierra que invita al hombre a fecundarla con su esfuerzo, tierra llena de bosques con árboles robustos que generosamente brindaban su madera para construir sus casas; mientras no menos generosas, las grandes palmeras echaban al viento sus frondosas ramas ofreciéndose para cubrir sus techos
Estas tierras cautivaron a mi bisabuelo y este sucumbió a la tentación de quedarse.

Estas tierras generosamente fértiles sólo esperaban la presencia de hombres y mujeres dispuestos a trabajarlas con decisión, con amor, con pasión, para devolverles cosechas abundantes como premio al esfuerzo desplegado para fecundarlas.

Rafael María Izurieta era un hombre alto, de un metro noventa, delgado, blanco y pecoso, de ojos azules, pelo negro con mechones blancos, de barba negra que tempranamente se volvió gris, casi blanca: Igual que su padre el paisa, Rafael María tenía nariz y orejas muy grandes, ojos azules como el cielo, él era de ancestro y temperamento paisa, de la Antioquia colombiana, donde el trabajar en el campo siempre ha sido un oficio noble y respetado. Rafael tocaba la guitarra como un músico experto y cantaba como para romper corazones. El creía, igual que sus ancestros, que amar a Dios, disfrutar de la música, el amor, el aguardiente y el trabajo era la más noble, la más respetable, y digna forma de vivir.

LA TIERRA PROMETIDA, UN VALLE HERMOSO, VERDE POR EL CAMPO, BLANCO POR LAS NUBES, Y DORADO POR EL SOL

Rafael María, nació en Mocha, un pueblito serrano, muy cerca de Ambato, donde se cultivan, manzanas, peras, duraznos, lechuga, papas y muchas flores.

En busca de mis raíces, visité Mocha hace muy poco tiempo y, en efecto, allí aún quedan descendientes de mi tatarabuelo y parientes de mi bisabuelo, con el apellido y las características físicas de ellos, del padre de Rafael María, y del abuelo de mi madre. La característica más notable de los Izurieta de esta rama, dondequiera que ellos se encuentren, es su piel muy blanca y pecosa, su gran nariz aguileña, sus orejas grandes y sus ojos azules como el cielo despejado, o como el mar profundo en un día de intenso sol.

Un par de años después de su llegada, Rafael María conoció a Mercedes Victoria Núñez Arias, una joven y hermosa mujer, de tez blanca, pelo castaño oscuro y ojos cafés, nacida en Guamote, provincia del Chimborazo. Ella llegó a esta zona junto con sus padres por el año 1862, ellos también habían migrado a las semi cálidas y acogedoras tierras subtropicales para colonizarlas, para fecundarlas, para convertir su abnegado trabajo en frutos abundantes, los Núñez Arias llegaron con sus caballos, con sus mulas, con sus bueyes, con sus vacas y sus burros, abriendo caminos al andar, bajando desde las frías montañas andinas siguiendo el cauce de los ríos, desafiando a los barrancos, en busca de tierras fértiles y acogedoras y allí encontraron mucho más de lo que buscaban. Encontraron La Tierra Prometida

Mujer muy trabajadora, de carácter férreo, formada bajo los rigores de una familia con tradiciones, principios y procedimientos rectos, gente de ancestrales creencias católicas, vino de las alturas, a colonizar y trabajar las tierras bajas en las faldas de la cordillera occidental, llegó con sus padres en la primera ola de colonizadores de estas tierras y más que las tierras que buscaban, también encontró el amor. Aquí conoció a Rafael María, mi bisabuelo, el que sería su esposo y con quien formaría una familia muy grande.

Rafael María y Mercedes Victoria empezaron su vida común llenos de esperanza y de fe. En los terrenos llanos y más fértiles cultivaban caña y fabricaban panelas y aguardiente, en los terrenos más altos y en las suaves lomas cultivaban maíz, alverja, lenteja y frejoles. Mercedes fundó por el año 1875 la primera y única panadería del pueblo, y, con el fruto de su rudo y abnegado trabajo, adquirieron tierras hasta convertirse en grandes terratenientes. Su hacienda “Chasasal”, al juntarse con la “Santana” que adquirieron posteriormente, era tan grande que sus dueños nunca llegaron a conocer sus límites. Se sabe, sin embargo, que su extensión total era de más de dos mil hectáreas. Era todo el lado oriental de la montaña que va desde San Carlos hasta La Tigrera, con las correspondientes tierras bajas que llegan hasta la orilla occidental del rio Güichichi, que junto con el Coco, el Chayahuan y el Citado, son importantes afluentes del Rio Chimbo.

Rafael María y Mercedes se convirtieron en los fundadores del nuevo pueblo cuando tomando terrenos de su hacienda Santana, hicieron una donación de alrededor de doscientas hectáreas para que allí se fundara el pueblo que hoy es Pallatanga, un pueblo que, cuando yo nací, en 1942, sólo tenía alrededor de setenta casas y no más de trescientos habitantes y que agregando la población de las haciendas vecinas que pertenecían a familias de la misma ola de inmigrantes, su población total no llegaba a quinientos habitantes.

El éxito de la primera ola de inmigración a esta tierra escogida en primera instancia por mis bisabuelos, trajo más gente de la sierra a Pallatanga, en el sitio que Rafael María y Mercedes escogieron y donaron, el pueblo comenzó a crecer, se delineó una plaza con la idea de que más tarde se podría hacer un parque (idea que la materializó, muchos años después mi hermano Pancho, como primer alcalde de Pallatanga), y alrededor de esta plaza de construyeron las primeras casas. Vinieron de la sierra los Borja, los Torres, los Cardoso, los Saltos, los Granizo, los Rivera, los Robalino, los Espín, los Cevallos, los Romero, los Muñoz, los Cadena, los Chávez, los Zavala, los Mejía, los Morán, los Paredes y otros.

Casi todas las casas del pueblo tenían el mismo diseño, construidas por “el zambo” Paredes, totalmente de madera bajo el modelo clásico de vivienda costeña, con el piso de tabla sobre un espacio vacío de alrededor de 60 centímetros sobre el suelo, sobre bases de piedras traídas desde el cercano Río Güichichi, y casi todas tenían dos pisos. El espacio debajo del piso servía generalmente para guardar madera que se dejaba allí para secar y luego ser utilizada para futuras construcciones.

El piso bajo siempre tenía un portal cubierto, como en la costa, que era una especie de antesala de la casa, allí se colocaba una banca de madera, y allí se recibían las visitas de la gente que pasaba, especialmente los domingos, cuando los campesinos venían al pueblo a hacer sus compras para la semana y a oír la “Santa Misa”.

Por el año 1912 llega el primer sacerdote quien se hace cargo de los asuntos eclesiásticos de la parroquia como el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios y encuentra un apoblacion ansiosa de acercarse a Dios.

Casi todas las casas eran iguales, en el primer piso había un par de habitaciones pequeñas, como de tres por tres metros que se usaban como dormitorios o como bodegas, especialmente de mazorcas de maíz o de sacos con cereales, en una especie de granero dentro de la casa. Allí se guardaban las semillas que se usarían en la siembra al comenzar el invierno el año siguiente.

En mi próxima entrega: EL PALLATANGA QUE RECUERDO