Thursday, October 21, 2010

AMORES DE NIÑO



TERRY, LA MASCOTA DE MI HIJA ANGIE CUANDO TENIAS 12 AÑOS

Por la época en que yo tenía unos cuatro años,mis hermanas y mi madre me contadaban que yo era lo que ellas llamaban, “un tremendo andariego”. No paraba en la casa, salía de ella sin decirle nada a nadie, enfilaba calle abajo y me iba a visitar a cuantas amistades teníamos (que era toda la gente del pueblo), me quedaba dormido en la casa de uno y de otro, pero mi lugar preferido era la casa de Rosita Dillon. Rosita era entonces una chica de dieciséis años, la más linda chica que jamás ha nacido en Pallatanga, recuerdo su pelo negro brillante, su tez blanca su nariz perfecta, sus radiantes ojos azules y pestañas de modelo, sus dientes blancos como la nieve, su voz dulce y su sonrisa amplia y cariñosa, yo amaba a Rosita y solía quedarme en su casa a hacer la siesta, de la cual ella me despertaba siempre con un beso. Casi todos los días, Rosita me acompañaba de regreso a mi casa, donde mi madre me esperaba, segura de saber donde había estado y con quien volvería. Pocos años después, por primera vez conocí lo que eran los celos y el rencor porque los sentí contra aquel desconocido hombre que viniendo desde Quito, la enamoró, se casó con Rosita y se la llevó de Pallatanga para nunca más volver…
Antes de cumplir los seis años entré a la escuela primaria, mi maestra era una linda chica de dieciocho años, de quien también me enamoré, su nombre era Leticia, era de piel blanca, tirando a trigueña, de ojos negros, de mirada y sonrisa triste, pero me cautivó desde el primer momento. Recuerdo que en su clase solía quedarme ensimismado mirándola y sin poner mucha atención al tema, porque toda mi atención se concentraba en mirarla y admirarla. Creo que ella se daba cuenta de mi estado de semi sueño porque se acercaba a mí, y con su mano suave acariciaba mi cabeza y en voz baja, casi susurrando me decía con un acento claramente colombiano “ponga atención a la clase mijo”. Ella era una de las hijas de don Chepe Mejía, un colombiano, un paisa de Manizales que recientemente había venido a vivir en Pallatanga, la tierra de su esposa. Yo adoraba la clase de Leticia y no por lo mucho que aprendía, sino porque me daba tiempo de verla y admirarla. Yo adoraba las ocasiones en que ella venía a casa a comer con nosotros. Ella me llevaba aparte y me invitaba a repetir el alfabeto y a escribir en la pizarra de carbón las primeras oraciones que aprendí en la escuela: “Mi mamá me ama”; “yo amo a mi mamá”; “mi mamá muele en su molino”; y, claro, un día se lo pedí y ella me enseñó a escribir: “yo amo a mi maestra”!. Todos esos amores eran ciertos!
Fue un amor que tampoco duró mucho, porque Leticia también se casó con el tonto más tonto que he conocido, el tonto que me la quitó y se la llevó a Riobamba. Muchos años después, cuando yo tenía trece años y estaba interno en el Seminario Menor La Dolorosa, la volví a ver, ya tenía tres hijos, y su belleza ya no era la que yo recordaba. Me invitó a almorzar en su modesta casa, y, mientras comía, medio furtivamente la miraba y no logré encontrar en ella la belleza que tanto me cautivó cuando yo tenía seis años. Allí aprendí, así de temprano, que el amor a una mujer no es eterno y que para que sea duradero, necesita el contacto personal continuo con la persona amada. Dejé de aborrecer a su marido y cuando me invitaban a su casa, iba siempre, más por las deliciosas manzanas al horno que ella preparaba y me brindaba, que por el deseo de refrescar en mi mente ese antiguo amor que en un tiempo me tenía cautivo.

APRENDIENDO A BOXEAR

A LOS SIETE AÑOS TOME MIS PRIMERAS (Y UNICAS)
LECCIONES DE BOX

A los siete años tuve mi primera experiencia con el box. Mi padre había regalado a la escuela dos pares de guantes de boxeo que sirvieron para organizar una escuelita de box. Al final de la tarde, después de las clases, nos reunían a los interesados en aprender a boxear en los patios de la escuela, allí, el encargado de las prácticas nos escogía el contendor. Recuerdo que el primero que enfrenté era Mario García, un chico unos dos años mayor que yo, flaquito y conocido por peleón, que como yo, tenía una mano con cicatrices de una quemadura.

Nos pusieron los guantes y nos empujaron al “cuadrilátero”. Instintivamente alcé mis brazos para protegerme, y, al hacerlo, y atravesando mi precaria defensa, me llegó un guantazo, no fue muy fuerte, pero me hizo retroceder, casi me caigo. De pronto sentí ganas de golpear furiosamente y entré a hacerlo, lo hice con tanta eficacia, que al minuto, Mario, mi contrincante, estaba en el suelo y derramando sangre por la nariz. Nos separaron inmediatamente. Mario empezó a llorar, creo que mas por la impresión de ver la sangre que por el dolor que le produjo el golpe. Allí terminó la pelea, pero eso me dio la fama de “buen trompón”, que me duró todo el tiempo que estuve en la escuela primaria y hasta mucho tiempo después de que abandoné Pallatanga para ir a estudiar en Guayaquil. Lo que si aprendí en esa pelea fue que si quieres derrotar a tu adversario, tienes que pegar primero, y duro, para no darle la oportunidad de responder, Fue allí mismo que se me pegó la frase “el que pega primero, pega dos veces”, que nunca se me olvidó.
GUARDIAN


GUARDIAN, NUESTRA MASCOTA
CUANDO YO TENIA CINCO AÑOS. NOBLE ,
LEAL Y VALIENTE, ERA NUESTRO MEJOR AMIGO

En nuestra casa teníamos un perro de un color café claro, jaspeado con pequeñas pintas negras, muy similar al color de los tigres, su nombre, bien ganado, era “guardián”. Era un perrito de tamaño mediano, no tenía ningún pedigree, y su más destacada virtud era su fidelidad a la tarea de cuidar la casa. Era muy valiente y se enfrentaba a cualquier perro que lo desafiaba. Don Luis García, era el dueño de la gallera del pueblo, y tenía su casa frente a la plaza del pueblo, junto a la iglesia, él había traído en uno de sus viajes a la costa, un perro blanco, de raza grande al que le había puesto por nombre “káiser”, y al que lo entrenaba continuamente para la tarea de pelear y derrotar a todo perro que se le asomara por delante.
KAISER, EL RIVAL DE GUARDIAN POR UNA SOLA VEZ,
ERA EL ORGULLO DE SU DUEÑO

Don Luis Garcia hacía gala de las habilidades de su perro para someter a sus rivales. García no era el santo de nuestra devoción, y el sentimiento era mutuo desde el día que yo había derrotado a su hijo en mi primer match de box. El quería de alguna manera desquitarse de los Romero por la derrota y la “humillación” de su hijo. Un día, acompañados de “guardián”, mi padre y yo íbamos a visitar al tío Antonio, quien vivía a unos cien metros de distancia de la casa de García en dirección al sur del pueblo, y teníamos que pasar por ella. García vio llegada la oportunidad que había venido buscando para que “káiser” vengara la derrota de su hijo, humillando a “guardián” delante de sus dueños y, sin perder tiempo llamó a su perro para que demoliera a guardián.
Los perros se trenzaron en una lucha sin cuartel, cayeron y se revolcaron en el suelo buscando aferrarse con su hocico a la parte más vulnerable del rival. La sorpresa de García no tuvo límites cuando, nuestro pequeño pero hábil y valiente guardián, agarró a káiser por su pescuezo, lo revolcó a su gusto y en dos minutos lo sacó en carrera, aullando como un cachorro y buscando refugio dentro de su casa. García, que no soportaba su humillación, persiguió a su perro hasta la casa y le cayó a latigazos gritándole “peeeerro maricóooon, te has dejado derrotar por un perrito runa de la mitad de tu tamaño”, y siguió mascullando palabras irrepetibles.
Guardián continuó su paseo con nosotros hasta la casa de tío Antonio, como si no hubiera pasado nada, y, al regreso, miraba hacia dentro de la casa de García como esperando a ver si káiser osaba salir. Por un buen tiempo después de aquel día don Luis García no volvió a salir a nuestra vista y hasta muchos años después de esta pelea de perros, este hombre mostraba su renuencia a perdonar a nuestra familia la afrenta que recibió de parte de guardián.
En mi próxima entrega:
GUARDIAN-LA SUERTE ESTA HECHADA

Thursday, October 14, 2010

PERDIDO EN LA GRAN CIUDAD


TRENES VOLADORES, UNA VISION FANTASTICA DE UN CAMPESINO CUYA IMAGINACION "VOLABA"

Este había sido, sin ninguna duda el día mas largo de mi vida, y el más emocionante también. Pese a que cada cosa que veía en la gran ciudad me llamaba mucho la atención, el cansancio de haber viajado tantas horas me hizo que me durmiera tan pronto llegamos a la casa de mi hermana Letty. Esa noche soñé con una enorme cantidad de cosas, todas nuevas: soñé en los precipicios que había visto en el camino a Bucay; en el paso de los ríos montado al anca del caballo en que cabalgaba mi papá; soñé también, y creo que hasta me desperté, con el pito del inmenso e impresionante tren; con el ronco bramido del barco Galápagos al empezar y al terminar su corto viaje de Durán a Guayaquil. Soñé también con los postes y los árboles que viajaban raudos en dirección opuesta a la del tren; soñé también con los gritos de las vendedoras de piña, y, claro, soñé con nuestro corto, pero emocionante viaje en el “Galápagos”, el inmenso barco que nos llevó a la otra orilla del caudaloso río que separaba Durán, la última estación del tren, de la ciudad de Guayaquil.
Letty vivía en una casa de madera de tres pisos, con el típico portal guayaquileño, la casa era de color pastel, con ventanas venecianas de color caoba. El piso bajo donde vivía mi hermana con su esposo, tenía cinco habitaciones y una cocina, allí vi, por primera vez una cocina a kerosene, un avance tecnológico que aún no había llegado a Pallatanga, donde la cocina era un fogón, con parrillas de hierro y en el que el fuego se alimentaba con trozos de leña. Había un patio empedrado de unos 100 metros cuadrados detrás de la casa, donde había una pila de agua donde nadaban unos cuantos patos y bebían las gallinas que mi hermana criaba. La casa estaba localizada en el centro de la ciudad, en la calle Luque 629 entre Boyacá y Chanduy. Letty nos asignó un cuarto para mi mamá, mi papá y para mí. Esa noche caí rendido, literalmente exhausto, me desperté como a las siete de la mañana, cuando mis padres ya se habían levantado, y mi mamá ya estaba en la cocina, ayudando a mi hermana en sus quehaceres domésticos. Era un día del mes de abril de 1947, y a las ocho de la mañana ya empecé a sentir el calor y la humedad típicos de esa época en Guayaquil. A las ocho y media de la mañana me invitó mi padre a caminar en la ciudad. El tenía que ir al Mercado Central a cobrar a uno de sus clientes el valor de unos quintales de alverja que les había vendido, y claro, me llevó como su compañía y a hacerme conocer la ciudad. Yo estaba cada vez mas deslumbrado por todo lo que veía: las calles pavimentadas, los automóviles, los buses, los grandes letreros de Pepsi Cola, de Colgate, de Firestone, de Michelin, de General Electric, los gritos de los vendedores anunciando sus productos en las calles, etc. Todo era nuevo, todo era grande, la gente caminaba muy rápido, era como si todos anduvieran de prisa por llegar a su destino, mientras yo miraba todo con curiosidad, casi extasiado. En el camino vi a gente que regresaba a sus casas con un indio al lado, cargando una canasta muy grande, y aparentemente muy pesada que mi padre me explicó que estaba llena de víveres comprados en el mercado

GUAYAQUIL-EL PARQUE CENTENARIO-
UN ICONO DE LA CIUDAD


Caminamos unos diez minutos desde la casa de mi hermana Letty y recuerdo que entramos al mercado, por la puerta de la calle Clemente Ballén, inmediatamente tomando hacia la derecha, hacia donde estaban los comerciantes de granos. Llegamos donde uno de ellos, con quien mi padre entabló una conversación que tenía que ver con sus negocios. Derrepente sentí un deseo de caminar alrededor y le dije a mi padre que me permitiera hacerlo. Absorto en su conversación, él debe haberme dado una autorización explícita, o tal vez lo que yo debo haber interpretado como su autorización tácita, y empecé a caminar por mi cuenta, salí del mercado por la misma puerta por donde entramos, y me encaminé hacia la calle Santa Elena, de allí ya no recuerdo para donde fui. Luego de caminar, sin rumbo fijo por unos veinte o treinta minutos, derrepente me sentí perdido, estaba caminando sólo, completamente sólo, dentro de lo que mucho después supe que era el parque Centenario, y empecé a mirar a mi alrededor, primero confundido, luego asustado, después llorando de miedo y finalmente en pánico. Empecé a correr de un lado al otro, como si hubiera perdido el sentido de la orientación, posiblemente debo haber gritado hasta que la gente que pasaba por el lugar debe haber notado mi estado de ánimo y llamaron a un policía. El policía debe haberme calmado, debe haberme preguntado mi nombre y otros datos, pero también, en el proceso, debe haberse dado cuenta que yo no era de la ciudad, que era serranito, que no conocía la ciudad y que estaba perdido.


EL MANZO Y CAUDALOSO RIO GUAYAS,
SIMBOLO DE GUAYAQUIL Y DEL ECUADOR


Debe haber venido un segundo policía, pues muy levemente recuerdo que dos policías discutían lo que debían hacer conmigo. Finalmente, los dos policías me llevaron a una cercana “casa cuna” que quedaba a sólo unas cuadras de distancia del parque Centenario pues asumo que ellos, correctamente pensaban, que allí podrían ayudarme a encontrar mi a familia, como en efecto ocurrió.
Después de unos momentos caminé, de la mano de uno de los dos policías, hacia el lugar aparentemente sugerido por su colega. La casa Cuna estaba localizada en la calle Víctor Manuel Rendón entre Escobedo y Boyacá. Allí me dejaron los bondadosos policías, recomendándole a la administradora de la Casa Cuna que trataran de localizar a mi familia para que yo pudiera volver con ella.
Entre tanto mi padre, que se había percatado de mi ausencia, había empezado a buscarme, sin éxito, alrededor del mercado. Al poco rato había entrado en pánico porque había perdido a su hijo en la gran ciudad, preguntaba a todo el mundo dentro y en los alrededores del mercado si habían visto a un niño de cinco años, caminando sólo por esos lugares, sin encontrar respuesta positiva. La sensación de buscar una aguja en un pajar invadió a mi padre hasta que finalmente, alrededor de las once de la mañana regresa a la casa y comunica a mi madre y a mi hermana Letty lo que estaba pasando. La angustia empieza rápidamente a cundir en la casa, todo el mundo llora desesperadamente y más que nadie mi madre. Toma un largo tiempo, como más de media hora, hasta que los ánimos se calman y se empieza a pensar racionalmente en la mejor forma de actuar para encontrarme. En un improvisado concilio familiar de emergencia se decide actuar. El primer paso es llamar a la policía, al cuerpo de bomberos y a los hospitales, pero esto no da resultados positivos. La angustia empieza a crecer de manera exponencial, a eso de las dos de la tarde, cuando ya habían pasado casi cinco horas desde la última a vez que mi padre me vio, se le ocurre a Letty ir a las emisoras de radio a poner avisos de emergencia. Van a las radios Zenith, El Mundo y América, las mas escuchadas de la ciudad con el mismo mensaje de angustia de los padres y la familia del niño Rafael Romero Montiel, perdido en los alrededores del Mercado Central desde esta mañana, y pidiendo a los radioescuchas su ayuda para localizarlo y devolverlo a su familia.


EL RIO GUAYAS, FRENTE A LA
MODERNA Y PUJANTE GUAYAQUIL

Como era de esperarse, a eso de las tres y media de la tarde, alguien en la casa cuna donde yo estaba, ha escuchado el aviso de Radio El Mundo, dando mis características y mi nombre y pide que llamen a mi familia para avisarles que yo estaba sano y salvo, y no muy lejos de la casa. Menos de media hora después, alcancé a ver a través de la puerta de tela metálica de la casa cuna, a mi hermana Letty, que con un vestido de color lila, llegaba a rescatarme. Grité de júbilo: Ñañita, estoy aquí!, y quería abalanzarme a sus brazos, sin percatarme que la tela metálica nos separaba.
Letty me abrazó y me besó repetidamente y en pocos momentos más yo estaba nuevamente en las calles de Guayaquil, caminando de la mano de mi hermana y en camino a ver a mis padres que aún muy preocupados, pero felices, esperaban mi llegada.
Aprendí entonces que la gran ciudad puede ser peligrosa, que no todo lo que te emociona es siempre seguro y que hay que saber a donde vas y con quien vas, que no hay que solamente conocer la ruta, sino que hay que evaluar los riesgos de tomarla. Desafortunadamente sólo me acordé de ello después de que en Mayo 13 de 2007, fui víctima de un secuestro express en Guayaquil, cuando una banda de tres criminales me asaltaron mientras iba sólo y supuestamente seguro, a cenar en uno de los hoteles de la ciudad. Armados con metralletas me bloquearon la vía, me asaltaron a punta de metralleta, golpearon mi carro y me golpearon a mí hasta hacerme desangrar dentro del carro, hasta someterme a su suprema voluntad. Me llevaron con ellos dentro de mi carro, yo tendido en el piso en la parte posterior del carro, con una pistola apuntando a mi cabeza y con la orden de “cerrar los ojos y no levantar la cabeza”. Los asaltantes, después de robarme todas mis pertenencias y seguir asaltando, con mi carro, a otros carros en las principales vías del norte de la ciudad, finalmente me dejaron dentro del carro y huyeron en otro vehículo cuando creyeron que me habían matado, cuando dejé de contestar sus preguntas y me quedé quieto, simulando estar muerto. Fueron las cuatro horas mas duras de mi vida, pensé que los delincuentes me iban a matar, pensé en mi madre, en mi mujer, en mis hijos, y en lo mucho que los quiero y lo mucho que debo siempre repetirles que los amo.
En m i próxima entrega: MIS PRIMEROS AMORES

Thursday, October 7, 2010

A GUAYAQUIL EN EL TREN


EL TREN, LA ESPINA DORSAL DEL ECUADOR EN LOS 50'S

A la una y veinticinco minutos abordamos el tren. Mi mamá y yo lo hicimos en un coche “de primera”, mientras mi padre, para ahorrar algo en el pasaje, lo hacía en uno “de segunda”. Nuestro coche era de color rojo, con techo negro, era de unos veinte metros de largo por tres de ancho. En la parte de afuera del coche se podía leer en letras mayúsculas: FERROCARRILES ECUATORIANOS, y en una segunda línea y con caracteres muy, muy grandes G & Q. Nuestro coche parecía una inmensa casa, adentro estaban unos cómodos asientos de cuero, de color marrón. Mi madre y yo nos sentamos juntos y yo empecé a pensar que este era el asiento más cómodo que jamás había yo usado; mis piernas quedaron colgando del asiento y yo aproveché para moverlas hacia arriba y hacia abajo, jugando con ellas hasta que el pito del tren nos anunció su partida. De pronto se oyó un largo pito del tren, e inmediatamente me sentí que este se movía, primero lentamente y luego el chaca, chaca, chaca se empezó a acelerar hasta tomar una velocidad que yo jamás había imaginado, de pronto sentí algo de vértigo, de temor a la velocidad, pero mi mamá me calmó, “mijito, este tren es muy seguro”, me dijo, "siéntate y disfruta de la vista a ambos lados de nuestro coche".
Yo no lo podía creer, estaba viviendo un sueño, me levanté del asiento y me acerqué a la ventana, para mirar cómo, raudos pasaban en dirección contraria los árboles y los postes de las líneas del telégrafo. Mi mamá me trató de explicar que sólo era una ilusión óptica, que los árboles y los postes no se movían, que se quedaban en su sitio y que sólo el tren se movía. Pero yo no lo entendí, seguía con mi vista a los postes y los árboles que se alejaban velozmente y al regresar la vista, veía que atrás les seguían más árboles y mas postes en un desfile interminable en dirección contraria a la que llevaba el tren en el que viajábamos nosotros.
Menos de dos minutos después paramos en la primera estación, Lolita, donde el tren sólo paró dos minutos para reabastecerse de agua y volvió a partir, raudo en su ruta a Guayaquil. La siguiente parada fue en Barraganetal, un pueblito de no más de veinte casas de lado y lado de los rieles, por unos segundos subieron los vendedores a ofrecer “bollos de maduro”. Algunos pasajeros los compraron y empezaron a comerlos. El bollo consistía de una masa de plátano maduro cocido al vapor con panela y canela, de color café oscuro y envuelta en una hoja de plátanos. La emoción que sentía por el viaje me hizo que no sintiera deseos de comer este criollísimo “plato”.
Seguimos nuestro viaje y parábamos en cada estación por tres o cuatro minutos, excepto en San Carlos, la estación donde se ubicaba el ingenio azucarero más grande del país, y donde había una fila de casas de lado y lado, todas del mismo color amarillo con techos de zinc, con zócalos y ventanas pintados de rojo. Aquí la parada fue de cinco minutos. Luego vino la estación de Naranjito, nada novedoso, excepto su nombre. Después de Naranjito vino la estación más grande en la ruta a Guayaquil, era Milagro, el cantón Milagro, la ciudad de la que yo había oído hablar mucho a mi padre, era una ciudad grande, muy grande, pensé que era unas cien veces más grande que Pallatanga. Allí la parada fue de unos diez minutos, allí subieron las vendedoras de piñas que con su acento fuertemente serrano en alta voz ofrecían “un par de piñas”, y, por supuesto, también ofrecían tajadas de piña fresca. Mi madre compró dos tajadas que nos comimos en menos de un minuto, y compró además dos pares de enormes piñas, las más grandes que yo había visto en mi vida, esto para llevar a Letty mi hermana mayor, pues llegaríamos a su casa en apenas unas dos horas más. Letty, para mi era casi una extraña. Casi no la conocía, pues se había casado y dejado nuestra casa antes de yo haber nacido. Ella venía, sin embargo en los inviernos a Pallatanga una vez al año, a visitarnos y se quedaba unas dos o tres semanas a la vez.
No dejaron de fascinarme en el camino los árboles y los postes que a la misma velocidad del tren corrían en sentido contrario a este. Seguía intrigado por el destino de aquellos árboles y aquellos postes, no cabía en mi mente que ellos estuvieran estáticos, mis ojos no me podían engañar…
Por fin, cuando eran las cinco y media de la tarde, llegamos a la última estación del tren, en Durán, una pequeña ciudad ferroviaria que estaba a la orilla del gran Rio Guayas, el más grande de todos los ríos del Ecuador. Debíamos desembarcar y pasar a bordo de un inmenso barco, el Galápagos, que hacía la travesía del río para llegar finalmente a Guayaquil, cuando un rojo sol allá, lejos, hacia el occidente seguía alumbrando la tarde y el día empezaba a dar paso a la noche y las luces de la “gran ciudad” empezaban a encenderse.

EL TREN, ABASTECIENDOSE DE AGUA, CERCA DE BUCAY

Eran demasiadas emociones en un solo día, habíamos empezado nuestro viaje hace casi catorce horas y yo estaba muy cansado, pero aún así, la vista del río, del inmenso río, del río que yo lo veía tan grande que parecía el mar, si, esta era la más grande de las emociones, era aún más grande que la de subirme al tren. Subirme a un barco!, jamás lo había hecho, nunca me imaginé siquiera lo que era un barco, una masa inmensa de metal y de madera, que se desplazaba rauda sobre el agua llevando mucha carga y muchos pasajeros y que se acercaba rápidamente a las luces de la gran ciudad. Mi imaginación volaba, en mi cabeza no cabían tantas emociones, en veinte minutos de navegación llegamos a Guayaquil, a la bulliciosa Guayaquil, a la que tenía luces a lo largo de todas sus calles, que mostraba luces de colores con letreros de neón que se prendían y apagaban, con nombres totalmente nuevos para mí. En sus calles habían muchos automóviles, un vehículo que yo no había visto nunca antes, también habían carretas de ruedas muy grandes haladas por caballos, de vendedores que gritaban ofreciendo sus productos. Sentí calor, estaba sudando, pero debo haber tenido mis ojos brillando de la emoción, fue el día más largo de mi vida, y el más emocionante también…

GUAYAQUIL- EL CERRO, COMO SE VEÍA DESDE EL GALAPAGOS, AL LLEGAR EN EL TREN A DURAN

Nunca pensé que después de pocos años, Guayaquil se convertiría en mi ciudad, la ciudad que más he amado en mi vida, la ciudad donde crecí, donde me eduqué, donde sufrí y fui feliz, donde fui a la universidad, donde me hice un profesional en la teoría y en la práctica, donde me casé y tuve mis dos primeros hijos, donde cuando muera quiero que mis restos reposen, junto a los de mis padres, cerca, muy cerca del Río Guayas y del Estero Salado, del Cerro Santana, del cerro del Carmen, de la Rotonda, de mi casa, de mi jardín, de mi club y, de mis amigos…
En mi próximo capítulo: PERDIDO EN LA GRAN CIUDAD

Sunday, October 3, 2010

PROHIBIDO OLVIDAR




UN POLICIA NACIONAL EN PARO

EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2010



El Ecuador vivió esta semana un día de angustia, incertidumbre, confrontación violenta, caos y dolor. La democracia como sistema de gobierno civilizado y de consenso social está en grave peligro. Las instituciones garantes de la paz social, de la seguridad y de la vida civilizada de la nación ecuatoriana estuvieron todas, o casi todas, de una manera u otra, sufriendo ayer los efectos de un gravísimo desbalance que se ha venido gestando progresivamente. Una olla de presión política ha venido hirviendo desde hace algún tiempo. Esto no nació ayer, lo que ocurrió no fue más que un sangriento síntoma de que las cosas andan mal y que la sociedad, tarde o temprano, por alguna vía, va a seguir buscando el punto de equilibrio, el punto donde TODOS tengamos que reconocer y respetar el derecho ajeno, para que sólo entonces podamos exigir que los DEMÁS respeten nuestros derechos.

La nación ecuatoriana viene sufriendo un acelerado resquebrajamiento del “Contrato Social” que hace que los hombres y mujeres de una nación puedan vivir en paz. Alguien importante en nuestro país nos dijo una vez que es “prohibido olvidar” ciertas cosas. Tomándole su palabra debemos entonces ahora saber que nos es PROHIBIDO OLVIDAR algunas cosas y hechos que sistemáticamente han venido sucediendo en los ultimos años, por ejemplo:

1.Cuando recién se había posesionado del mando, el ejecutivo descabezó a las cúpulas de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional para asegurarse que no quedara allí ningún rezago de la “larga noche neoliberal”. Volaron muchas, muchísimas cabezas, hasta llegar al “cogollo”, supuestamente “no contaminado” que garantizara la “obediencia ciega” al nuevo Jefe. Subsecuentes purgas sólo continuaron ese proceso

2.Usando al entonces presidente del Tribunal Electoral, erigido de repente en Torquemada criollo, o juez supremo de la república, se destituyó a más de la mitad de los miembros del congreso (legítimamente elegidos por el pueblo), para permitir la entrada, por la puerta trasera a sus suplentes, cuyos votos se compraron muy barato, para conseguir que el congreso aprobara el referéndum que el presidente quería a toda costa.

3.Por la misma época y a vista y paciencia de la policía nacional (a la que habían venido utilizando a su gusto), turbas de anarquistas (hoy distanciados del gobierno, pero entonces cumpliendo consignas del jefe), invadieran el recinto parlamentario para golpear e intimidar a los congresistas que no seguían la línea oficial y seguir con el plan iniciado por el Torquemada criollo. Los Fiscales nada hicieron entonces, todo quedó en la impunidad. Nunca se investigó nada ni se castigó a nadie por esos actos de barbarie

4.El naciente gobierno muy pronto utilizó el bono de la pobreza como herramienta de compra de votos para las próximas cinco elecciones. Inteligente?, claro que sí, por supuesto, quién lo podría negar?, esto estaba lleno de viveza criolla. Así se aseguraban un millón y medio de votos para cada una de las próximas elecciones, no importa cuantas tuvieran que venir. Después de todo, plata era lo que mas había en el tesoro nacional, y lo que esto costaba no era más que una ínfima fracción de los recursos con que se contaba. Es recién ahora que ya se gastaron la plata, que se dan cuenta que hay que hacer “ajustes” y le empiezan a quitar beneficios a los empleados públicos, pero no sin antes haber inflado la nómina estatal enrolando a mas de cien mil amigos... del jefe.

5.Armaron una Asamblea Constituyente elegida al apuro, con una mayoría de representantes desconocidos hasta en los propios barrios donde vivían, que fueron seleccionados a dedo por... el jefe. Su elección estaba asegurada, al amparo de la justa emoción y expectativa que causó en el pueblo la llegada de un gobierno que se proclamaba como auténtico defensor de las libertades y de los derechos ciudadanos y que para probarlo, pronta y generosamente empezó a distribuir una parte del dinero del tesoro nacional entre las mayorías pobres. Bingo!, ayudamos a los pobres y aseguramos los votos! Púchica que somos vivos, no?

6.Casi simultáneamente con todo lo anterior, se puso al frente del enorme aparato estatal de propaganda a un “resucitado” Joseph Goebbels, un desconocido señor cuyas virtudes como gran comunicador sólo las conocía el círculo íntimo... del jefe. Este hombre puso en marcha un “blitzkrieg” o guerra de comunicación para difundir hasta el cansancio, al mas puro estilo nazi, la palabra de la revolución, la “única verdad“y simultáneamente destrozar al “enemigo”. Con ese sistema se ganaron tantas elecciones y referéndums como se le ocurrieron... al jefe. El costo no importa, los medios de comunicación incautados son la mas eficiente vía para hacerlo. Que hay que venderlos?, si, si, pero no hemos fijado fecha para ello… ya veremos cuando. Más viveza criolla.

7.La Asamblea controlada por el gobierno, sin el menor respeto a la opinión de las minorías, armó y aprobó una Constitución que había sido elaborada y luego dictada por los asesores de Carondelet, sin pasar por el necesario proceso democrático de discusión y de búsqueda de consensos, cosa que es indispensable en una verdadera democracia. La Constitución es EL DOCUMENTO BASE DEL CONTARTO SOCIAL, debe ser el resultado de eso. de un convenio entre las fuerzas sociales, no una imposición de lo que quiere ...el jefe


COLOCANDOLE UNA MASCARA DE GAS AL PRESIDENTE
EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2010


8.Esa misma asamblea, cuando se le acababa el tiempo que les impuso... el jefe, cual criollo árbitro de futbol, extendió el tiempo del partido y se autonombró “congresillo”, hasta poder llenar el arco del adversario con todos los “goles” que necesitaba para ganar el campeonato.

9.El nombramiento, sin ninguna vergüenza, de suplentes de los suplentes de los suplentes para llenar las vacantes en la más alta Corte de Justicia, cuando ningún jurisconsulto medianamente decente quería ocuparlas, fue uno de los “golazos” hechos, como no?, por ese congresillo, por orden de ...el jefe
10.Fue solo hace unos pocos días, que la Asamblea Nacional, compuesta en su mayoría por los mismos actores de la Constituyente y del “congresillo”, y con el mismo obediente “borrego” como conductor, apeló a toda clase de trucos para retardar la aprobación, o simplemente no aprobar leyes, tal y cual como lo ha ordenado... el jefe, olvidando por completo que el parlamento es la esencia misma de la democracia, que es el lugar donde concurren todas las fuerzas políticas dentro de una sociedad civilizada a buscar consensos, a consolidar el “acuerdo social” y no a seguir obedientemente las consignas que vengan... del supremo jefe y supremo legislador.

11.Es hace sólo un par de semanas que se enviaron a dos mil quinientos policías armados hasta los dientes, a desalojar a viva fuerza, a bala, a 200 mineros informales desarmados, con quienes nunca se llevó adelante un diálogo serio para conseguir que salgan de los lugares de su trabajo. Allí ya se ejerció la “fuerza bruta” como el método más eficaz de gobierno

12.No es de sorprenderse entonces, que la olla de presión social haya empezado; primero a silbar, luego a echar vapor y finalmente a reventar con sangre, en los dolorosos acontecimientos del jueves 30 de septiembre, cuando el principio de la “fuerza bruta” o “dale con todo para que vean quien manda aquí”, fue nuevamente aplicado, como si esa hubiese sido la única forma de sacar al “secuestrado” que desde el lugar de su “secuestro” daba conferencias, firmaba , recibía visitas, daba ordenes y hablaba con todo el mundo cuando quería del tema que quería. Curioso secuestro!

UN REGIMIENTO DE LA POLICIA PROTESTANDO POR LA LEY QUE REDUCE SUS BENEFICIOS


La nación ecuatoriana no puede seguir siendo gobernada a fuerza de empellones y golpes, con una combinación de bala, de fuete o de correa, no somos una manada de borregos, no nos pueden seguir conducido a la brava, entre otras cosas conculcando la libertad de expresión que es ya, ahora mismo, una especie en claras vías de desaparición . No es de sorprenderse que ahora cualquiera quiere que no se publique lo que no les gusta!, que se retiren los libros de la circulación. En el Ecuador debe volver la búsqueda de acuerdos entre las diferentes fuerzas sociales y políticas. En definitiva, debemos volver a buscar un VERDADERO CONTRATO SOCIAL.

Los gobernantes deben entender que lo que ocurrió hace unos pocos días sólo fue el comienzo de lo que podría ser una forma de protesta o manifestación social de inconformidad, que se podría radicalizar. Me temo que el “no habrá perdón ni olvido” significa que el mensaje enviado por la protesta policial no ha sido sintonizado bien por su destinatario, y que nos encaminaríamos a una aceleración del círculo vicioso de protestas, castigos, más protestas, más castigos, antes de que finalmente la olla de presión reviente del todo y “el mensaje” llegue y se retorne a un camino que permita a los ecuatorianos vivir en paz, en libertad y con respeto a los derechos de TODOS.

A MIS AMIGOS Y A MI FAMILIA


MI FAMILIA, CINCO SERES, CINCO AMIGOS


Queridos amigos y familia: Les hago llegar algunos pensamientos sobre la AMISTAD, que no son míos, pero que son tan valiosos que pueden ser utilizados por cualquiera de nosotros en cualquier momento:

-El hombre más rico no es aquel que conserva el primer dólar, sino el que conserva su primer amigo
-Reprende a tu amigo en secreto, y alábalo en público
-Apártate progresivamente del amigo que te usa como un medio y no como un fin
-Quien nunca buscó amigos en la alegría, que no los busque en la desgracia
-Los amigos se convierten a veces en ladrones de nuestro tiempo
-No busques a tu amigo para matar las horas, sino para vivirlas!
-La amistad duplica las alegrías, y divide las penas por la mitad
-La verdadera amistad es fosforescente: resplandece más cuando todo se ha oscurecido
-Un hermano puede no ser tu amigo, pero un buen amigo siempre será un hermano
-El que busca un amigo sin defectos, se quedará sin amigos
-La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas
GRACIAS POR EL REGALO DE SU AMISTAD

Tuesday, September 28, 2010

MI PRIMER VIAJE A GUAYAQUIL


EL TREN, INMENSO GUSANO QUE ATRAVIESA LAS DISTANCIAS Y UNE A LOS PUEBLOS

Esa noche yo soñé con trenes voladores, con muchos niños y sus padres blandiendo sus pañuelos al despedirse en sus viajes por el aire. Chayaguan tenía entonces unos treinta habitantes, y hoy, después de sesenta años debe tener unos cien. Los trenes voladores no han llegado, los barcos tampoco, y no sé si Ricardo los siga esperando, pero lo que sí volaba, y muy alto era la imaginación de Ricardo. Evidentemente Ricardo no debe haber hecho una fortuna prediciendo el futuro. No se si el sigue viviendo en Chayaguan, y si es así, a la edad de ochenta años quizás aún sigue soñando en la grandeza de su terruño, o se ha resignado ya a la humilde pequeñez de su terruño, o quién sabe, aún espera la llegada de los trenes voladores. El gran mérito de Ricardo y de los hombres como él, es que siempre estuvo orgulloso de su origen y echó a volar su imaginación, desde muy joven, aspirando lo mejor para su tierra.
El domingo regresé a Pallatanga al anca del caballo de doña Mercedes, ella, como casi todas las mujeres de su época no montaba en una montura para hombres, lo hacía en una silla especialmente diseñada para mujeres, donde ellas se sentaban con las dos piernas hacia un solo lado, como lo hacen las damas de la nobleza inglesa cuando acompañan a sus maridos en la caza del zorro. Este fue el fin de semana en que comencé a conocer el mundo, más allá de Pallatanga.
Fue por entonces, durante unas vacaciones de la escuela, cuando yo tenía unos seis años que mi mamá decidió llevarme a Guayaquil, en un viaje que hizo para chequear su salud. Fue una experiencia fascinante. Tan emocionado estaba yo por el viaje, que casi no pude dormir aquella noche. A las tres de la mañana mi madre vino a despertarme pero me encontró ya despierto. Había que desayunar y luego emprender el viaje de cuarenta kilómetros y ocho horas, a caballo, hasta llegar a Bucay, la estación más cercana del ferrocarril que nos llevaría a Guayaquil.
El tren mixto (de carga y pasajeros) que venía desde Riobamba, paraba en Bucay para cambiar de locomotora y de tripulación al entrar en el tramo del llano después de descender, a través de los Andes, desde los 2900 metros sobre el nivel del mar en Riobamba, hasta los cien metros de Bucay y seguir su viaje de 100 kilómetros hasta Guayaquil, que está al nivel del mar. Este tren partía desde Bucay a la una y media de la tarde y llegaba a Guayaquil a las cinco y media. Nunca antes había hecho un viaje tan largo en mi vida, jamás había conocido el tren, y, por supuesto, Guayaquil era para mí sólo un nombre que significaba “la gran ciudad”, pero no tenía muy claro lo que eso significaba.
Cuando me subí al anca del caballo que montaba mi papá al empezar el viaje, sentí la emoción de ir a lo desconocido, cada sitio que pasaba era nuevo, fascinante. Los cerros que yo conocía desde mi casa, con el caminar de los caballos iban quedando atrás, dando paso a otros, más grandes, con más bosques, con otra vegetación con horizontes cada vez más extraños. Por momentos sólo veía el camino, un camino de un metro de ancho, el río en lo profundo a la izquierda y, hacia la derecha la montaña, alta, muy alta, majestuosa, casi vertical, llena de palmeras, sólo para más allá, avanzando en el camino, volver a ver el río, igualmente en lo más profundo del abismo pero esta vez a la derecha, y la montaña imponentemente alta a la izquierda, con más montañas a lo lejos, hacia el sur y hacia el oeste.
El camino de herradura que unía a Pallatanga con Bucay, que en su mayor parte no excedía un metro de ancho, era de por sí, un desafío a la valentía de los hombres y mujeres que lo circulaban. Los caballos y las mulas caminaban estrictamente en fila uno tras otro, porque el camino era tan estrecho que no cabían dos animales uno junto al otro. Los jinetes debían anunciar con silbos de alto volumen su presencia en el camino para que los jinetes que venían del otro lado se detuvieran en lugares especiales para poder hacer el cruce. Los caminos eran tan estrechos, y tan al filo del precipicio, que con frecuencia, los animales al andar enviaban pequeñas piedras rodando hacia el río que estaba a doscientos metros abajo del camino. Sentí miedo al pasar por estos lugares, y me aferraba a la espalda de mi padre, cerrando los ojos para no ver el precipicio debajo de mis pies, ni la montaña casi vertical cuando mirábamos hacia arriba, que mostraba claramente las huellas de recientes deslizamientos de tierra que solíamos llamar ”los derrumbes”. Debimos cruzar algunos correntosos ríos sin puente, montados en los caballos a los que les llegaba el agua más arriba de su pecho. Los jinetes pasábamos el río casi tan mojados como nuestras cabalgaduras.
A medida que avanzábamos en el camino, el clima iba cambiando, íbamos descendiendo desde los 1500 metros sobre el nivel del mar de Pallatanga y de su fresco clima de 18 grados centígrados y sin humedad ambiental perceptible, a los 100 metros de altura y 28 grados centígrados en Bucay, donde la humedad pasaba de los 90 grados. La vegetación iba cambiando, los arboles se iban haciendo más altos y más gruesos, el camino se iba haciendo menos angosto y mas pedregoso, el ambiente se tornaba más pesado, empezamos a ver las plantaciones de plátano, las hojas más grandes de la vegetación, el río que en nuestro camino parecíamos seguir, estaba cada vez más cerca de nosotros, era cada vez más caudaloso y seguía descendiendo pero a una velocidad más lenta, la más alta humedad ambiental se podía sentir en nuestros cuerpos, sudábamos y en nuestras caras se podía ver el color rojizo en las mejillas, el “chapudo” característico del habitante de la sierra cuando llega al trópico. Todo nos anunciaba que íbamos llegando a La Costa.



LA LOCOMOTORA, PODEROSA MAQUINA
QUE ARRASTRA UN TREN Y ACORTA LAS DISTANCIAS

Pero lo mejor no había llegado todavía, cuando sólo nos faltaban unos dos kilómetros para llegar a Bucay, se escuchó un sonoro y repetido Uiiii, Uiiii, Uiiii, Uiiiiiii, que jamás antes lo había escuchado, sentí en mi interior una emoción desconocida. Mi padre me confirmó lo que yo había sospechado, ese era el pito del tren, del tren que nos llevaría a Guayaquil. Me enamoré de Bucay y de los sonidos del tren, de su ruidoso chaca chaca chaca, del tren al deslizarse sobre los negros y brillosos rieles, del gran ruido que hacía al acercase, del blanco vapor que despedía la locomotora y que se elevaba al cielo, del sonido de sus pitos, del color y de la inmensidad de sus vagones, del uniforme de los hombres que lo tripulaban, de su poderoso despliegue de fuerza , de la gente que en él viajaba, me enamoré para siempre del tren, ese gigantesco gusano que raudo se desliza sobre el riel y que veloz se desplaza hacia la distancia, llevando en su vagones cientos de toneladas de carga y muchos pasajeros. De pronto comprendí que mi mundo de Pallatanga era diminuto, y que iba llegando a un mundo más grande, más amplio, más moderno, un mundo que hasta entonces se había guardado muchos secretos para mí, pero que yo los iba a ir descubriendo. Después de todo, era tiempo lo que yo más tenía para hacerlo…


LOS RIELES DEL FERROCARRIL, LA RUTA DEL PROGRESO Y EL HILO QUE UNIO A LA NACION

Llegamos a Bucay una hora antes de que el tren partiera hacia Guayaquil, tuvimos tiempo de bañarnos, el calor que yo sentía era sofocante y la ducha fría me hizo sentir mejor. Me pasó el cansancio del viaje de ocho horas a caballo y estaba listo para una nueva y aún más fascinante experiencia.
En mi próxima entrega: A GUAYAQUIL, EN EL TREN

Tuesday, September 21, 2010

MI NIÑEZ




CON EL DANUBIO AL FONDO- FANNY Y YO VISITAMOS BUDAPEST EN EL AÑO 2000

Mi madre se acercó a mí sigilosamente, me abrazó desde atrás, me tapó los ojos con sus encallecidas manos, me besó en la cabeza y me preguntó qué buscaba yo en el horizonte. Me resultó difícil responderle porque yo mismo no sabía lo que estaba buscando, y sin embargo, ella intuyó que yo estaba viajando con mis pensamientos a lugares muy distantes. No le respondí su pregunta, y más bien le hice yo una a ella, “que se necesita para viajar muy lejos”?, y ella me respondió, “primero tienes que hacerte grande, los niños chiquitos, solos no pueden viajar muy lejos”, y añadió, “luego, debes estudiar mucho, mucho, mucho para poder ganar el dinero y poder pagar los gastos de viajar muy lejos”, y, finalmente, agregó, “yo sé que tu lo harás algún día, lo supe desde antes de que nacieras, tu viajarás por el mundo y conocerás mucha gente”, “recuérdalo mijito”. Sus palabras quedaron grabadas en mi mente desde entonces, y, cada vez que viajo, cada vez que estoy lejos de mi patria; en Europa, en la China, en Singapur, en Hong Kong, en Paris, en Nueva York, en Dubái, en Nueva Zelandia, en Argentina, en Chile, en Australia, en alguna parte de África o en Tailandia, siento que ella, mi madre, está conmigo, que ella va junto a mí, disfrutando tanto como yo de mis largos viajes por el mundo, y sonriéndome, con su siempre presente y amorosa sonrisa a flor de labios…
Tengo sólo un leve recuerdo del día en que mis padres lograron construir nuestra casita a unos cincuenta metros de distancia de la casa en que vivíamos gracias a la bondad de doña Mercedes Muñoz (“mama Michi”), madrina de mi madre. Con unos cincuenta sucres que mi hermana Letty le había regalado a mi madre y los ahorros que mi madre logró hacer gracias a su panadería, así como algunos ahorros de mi padre, la familia compró un solar de unos doscientos metros cuadrados en un terreno muy quebrado que limitaba hacia el oeste con una quebrada que en la época de lluvias descargaba aguas hacia un canal que pasaba muy cerca del pueblo; hacia el este con el camino de acceso al pueblo, hacia el norte con terrenos quebrados de la familia Espín, y hacia el sur miraba al pueblo. Se dieron modos mis padres para construir una pequeña casa de madera y techo de cadi, a la orilla de la quebrada donde estaba nuestro solar. Hacia el lado norte de la casa se construyó el horno de adobe, indispensable para la panadería, así como la pequeña cocina de fogón de leña donde mi madre criaba algunos cuyes. Nuestra casa, a unos seis metros de distancia, separada del horno y la cocina, estaba hecha totalmente de madera, de vigas asentadas sobre grandes piedras traídas desde el río, que servían de cimientos. Deben haber sido estructuralmente muy bien hechas estas casas, porque no recuerdo que ninguna se haya caído, a pesar de los temblores que ocasionalmente se sentían en nuestro pueblo.
La casita tenía cinco pequeños cuartos. Dos eran dormitorios, con ventanitas de vidrio con marcos de madera, hacia el barranco, allí cabían dos camas en cada dormitorio, y en esas cuatro camas nos acomodábamos todos los miembros de la familia. Había una salita de unos cuatro metros de largo por dos y medio de ancho donde teníamos cuatro sillas y una banca de madera, el comedor, de tres metros por dos y medio donde habían dos sillas en los extremos y, a los lados dos bancas de madera que permitían sentarse a tres personas. En el portal de la casa, de unos cinco metros de largo por dos de ancho siempre había otro par de bancas de madera, desde donde, sentados, veíamos pasar a los transeúntes que pasaban frente a nuestra casa, y a quienes, muchas veces recibíamos en sus cortas visitas de los domingos.
El comedor a la vez era la sala de trabajo de la panadería de mi madre, quien con nuestra ayuda, hacía el delicioso pan que sólo ella sabía hacer con el arte que aprendió de su abuela Mercedes. Finalmente la otra habitación, de tres por tres, la usábamos para la “tienda”, en la que vendíamos los víveres más básicos que mi padre traía desde Bucay, tales como arroz, azúcar, sal, café, té, canela, jabón de lavar y de tocador, velas de cera, cajas de sardinas, panela, caramelos, galletas, manteca (de cerdo), kerosene y, fósforos “el gallo” y, por supuesto el pan que hacía mi mamá. La tienda era un negocio de mi padre, derivado de su comercio con Bucay y ayudaba en las finanzas y, claro en la alimentación de la casa.
Me contaba mi madre que mis hermanas y hermanos mayores no cabían de la felicidad el día que nos mudamos a nuestra casita propia, y repetían en voz alta “ya tenemos nuestra casita, viva, viva, ya somos dueños de casa”. No lo recuerdo, pero me atrevo a pensar que yo era parte de la fiesta. Entonces no conocíamos (o no estaba a nuestro alcance) la pintura en las paredes. Las paredes de los cuartos que eran de tabla, estaban tapizadas con periódicos pegados a ellas con engrudo hecho con harina de trigo. Aún recuerdo algunos titulares de esos periódicos que por mucho tiempo estuvieron pegados a las paredes de la casa. Algunos tenían que ver con la guerra en Europa y el Pacífico, y recuerdo también los avisos comerciales en esos periódicos, en particular el de la pasta de dientes Kolinos, que decía más o menos así: “Sus treinta y dos dientes, mas blancos que la nieve, usando Kolinos”. Así fue como me enteré que los adultos tenían treinta y dos piezas dentales y me preocupaba que hasta los ocho años yo no llegara sino a veintiséis. Recuerdo también un aviso comercial del famoso “Jabón de Rosas”, jabón que no lo usábamos en nuestro baño porque mi madre nos bañaba siempre con “jabón Águila de Oro”, que era el jabón de lavar ropa, y que, igual que el jabón de rosas, era fabricado por la Jabonería Nacional, de Guayaquil. Evidentemente el jabón de rosas era mucho más caro y, por tanto estaba fuera del alcance del presupuesto de nuestra familia.



EN SHANHAI, CHINA EN EL 2002

Entre mis recuerdos más lejanos hay uno sobre un evento ocurrido unos seis meses después de mi primer día en la escuela primaria, fue en el verano de 1948, cuando yo tenía unos seis años. Era un día viernes, el director de la escuela, don Luis Cadena, organizó una “excursión” a Chayaguan, un recinto a unos siete kilómetros al oriente de Pallatanga, al otro lado de la montaña por donde salía el sol todos los días. Para llegar, debíamos ir por un sinuoso camino de herradura que pasaba por montañas y quebradas, una de ellas llamada “Sal si Puedes” y que nosotros llamábamos “Salí si puedes”. A mi edad, caminar esa distancia, de ida y vuelta el mismo día no era aconsejable. Debido a mi insistencia, mi madre aceptó que yo vaya, pero pidió en una carta a su madrina, doña Mercedes Muñoz (mama Michi), que vivía en Chayaguan, que no me deje regresar y que me aloje en su casa hasta el domingo, día en que ella solía salir a Pallatanga a oír misa y cuando yo debía regresar con ella.

Era la primera vez que me separaba de mi madre, pero era una aventura, hasta entonces yo sólo había oído hablar de las excursiones y de las aventuras que en ellas se vivía. Yo estaba realmente emocionado. Visitamos el villorio,que consistía de unas diez casitas, casi todas habitadas por miembros de dos familias, los Zabala o los Grannizo. Recogimos “toctes”, una especie de nuez criolla que cuelga de los arboles de nogal, jugamos futbol, nos mojamos y enlodamos en los arroyos del campo, comimos nuestras respectivas “tongas” de arroz con yuca, huevo y pinol, en pleno campo y bajo la sombra de los nogales. Pero llegó la hora de volver, y yo debía quedarme. Por primera vez sentí la nostalgia de la casa querida, me sentí lejos de mi madre, lejos de mis hermanos, me sentí poco menos que desolado. Ricardo, el hijo más joven de doña Mercedes me consolaba diciendo, “Rafico, mañana iremos a la chacra de alverjas, allí veremos los venados y cazaremos tórtolas”. Eso hicimos, en efecto al día siguiente, vi, por primera vez a un venado, en efecto vi a tres, incluyendo un cachorro que apenas podía pararse. Con su horqueta y su elástico, Ricardo cazaba tórtolas y se convirtió súbitamente en mi héroe, pues manejaba su horqueta cual si fuera una pistola, pájaro que apuntaba, pájaro que tumbaba al suelo. Lejos estaba yo entonces de sentir pena o angustia por un pájaro herido. Matar los pájaros era parte de la cultura de nuestro pueblo, la horqueta era para los chicos de Pallatanga, como el arco y la flecha para los niños y adultos de otros lares.



MI FAMILIA EN 1999-CINCO PARA UNO Y UNO PARA CINCO

Pasamos toda la mañana del sábado cazando tórtolas y recorriendo el campo. La imaginación de Ricardo no tenía límites. Sostenía que Chayaguan sería, en pocos años, más grande que Pallatanga (a la que entonces él consideraba poco menos que “su metrópoli”), en efecto, me decía, "Chayaguan será más grande e importante que Guayaquil", y lo decía con convicción. "A Chayaguan", decía Ricardo, "llegarán los trenes por el aire, de aquí saldrán y acá llegarán los barcos más grandes, trayendo gente y carga de otros países, en ellos vendrán muchos gringos que traerán mucha, mucha plata". Chayaguan será, decía Ricardo, “la ciudad mas bonita y grande del Ecuador”
En mi próxima entrega: MI PRIMER VIAJE A GUAYAQUIL