Thursday, July 26, 2012

YA CUMPLI SETENTA AÑOS


OFICIALMENTE SWEET ENTA

Hace solo tres semanas cumplí SETENTA AÑOS; 25,550 días de vida, cada uno de los cuales ha sido un canto a la vida, un himno a la esperanza y una página de historia que me llena de orgullo. Aun siento las alas en mis pies y el acero en mi corazón, como cuando tenía 26 años y salí al mundo volando, buscando mi futuro, a forjar mi destino, tengo el corazón lleno de ilusiones y esperanzas y el alma plena de orgullo por lo ya hecho y de ilusiones por lo que planeo hacer; de gratitud a Dios, a la vida, a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos y a la vida.
Hace un momento solamente, gracias a la tecnología del skype, he visto y he hablado en la pantalla de mi computador a mis dos nietos, a mi hija y a mi yerno. Ellos estaban a diez mil kilómetros de distancia pero hablamos como si estuviéramos uno frente a otro.
Hace sólo cuatro días he ganado un torneo nacional de golf en el club de mis amores, el Guayaquil Country Club. ¿Cómo no voy a estar enamorado de la vida si hoy puedo hacer cosas que cuando yo nací, nadie podía siquiera imaginarse, y menos yo?. Cómo no voy a estar lleno de esperanzas si a mi edad todavía puedo competir y ganar?
Nací en Pallatanga, un pequeño pueblito de trescientos habitantes en la Provincia del Chimborazo, el treinta de junio de 1942. Literalmente, salí del vientre de mi madre, golpeado, con los ojos hinchados y con hematomas en todo mi cuerpo, como resultado de los golpes recibidos en el viaje de setenta kilómetros que mi padre y mi padre hicieron, a caballo (desde Riobamba a Pallatanga), para que yo pudiera nacer en el pueblo querido, el pueblo de nuestros ancestros, el pueblito de sus amores.
Mi nacimiento fue el preludio de que mi vida no iba a ser fácil, de que estaría llena de dificultades, pero que sobreviviría a todas ellas, y que de cada etapa de mi vida, por difícil que esta fuera, yo saldría más fuerte y mejor preparado para la siguiente. Por eso estoy aquí, delante de ustedes, mis lectores, contándoles mi historia, y cantándoles un himno a la vida, a la esperanza y a la fe en Dios y su infinita capacidad de crear, de fortalecer e impulsar permanentemente a los hombres.
Esta es mi canción a mis hijos y a la vida;

Los años jóvenes han pasado por mi cuerpo
Pero se han quedado en mi alma
Mi cuerpo se niega a obedecer al tiempo
Se atrinchera obstinadamente en mi alma
Y mi alma se fortalece en los recuerdos
Siento intensas ganas de seguir viviendo
Para ver a mis hijos y a mis nietos en la cima
Mi amada Fanny junto a mi, disfrutando de la gloria, y
Desde el Cielo mi madre sonriendo y contemplándonos
Agradeciendo a Dios por su obra en marcha!

Guayaquil, Julio 26, 2012



DILES QUE ME QUIERES!



BRINDANDO POR LA VIDA!

NUEVAS GENERACIONES EN LA FAMILIA
Y NUEVAS ESPERANZAS PARA EL FUTURO


DIOS ME DIO AMIGOS DEL ALMA
Y LOS CONSERVO COMO AL VINO



CON PABLO SALAME
UN AMIGOENTRAÑABLE



COMPAÑERA DE MIS ULTIMOS CUARENTA AÑOS
Y MADRE DE MIS HIJOS



AMIGOS DE MUCHOS AÑOS
Y GOLFISTAS DE TODA LA VIDA



AMIGOS, GRANDES AMIGOS, REQUETEAMIGOS!


LA PRIMA MECHE
CON SU "BELLO" ANTONIO



Thursday, July 5, 2012

FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK


Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor

Contrario a lo que me pasaba al comienzo del año, época en la cual, yo tenía miedo de abrir mi boca para hablar inglés por temor a no ser entendido, a finales del año 1967, me sentía en Nueva York casi como Pedro en su casa. Hablaba con toda clase de gente, en la universidad, en el tren, con los clientes en mi trabajo, en los almacenes podía comprar lo que necesitaba y quería, y no lo que sólo podía ver a primera vista, sin preguntar a los vendedores por temor a no decir lo que pensaba y comprar lo que no necesitaba. Podía discutir en clase y siempre me quedaba el dulce sabor de la satisfacción interior de poder decir lo que quería hablar, de ser entendido y entender.

Por otro lado, tenía un trabajo muy bien pagado, que se acomodaba a mis necesidades de tiempo como anillo al dedo, podía tener en él dos nutritivas y abundantes comidas entre cinco y seis días a la semana y había completado mis estudios de inglés y dos semestres adicionales en la Universidad con un decente promedio de calificaciones (3.3), y estaba preparándome para mejorar aun mas. En medio de todo esto, sentía la enorme satisfacción de no tener que comer la comida que yo mismo cocinaba y que diariamente me recordaba que no tenía vocación para chef.

Nuestros clientes en el restaurant eran principalmente gente que iba a los teatros vecinos (estábamos localizados en el centro mismo de la famosa área de los Teatros de Broadway), muy cerca de la famosa Times Square. Había entre ellos muchos turistas americanos y extranjeros que venían a la ciudad de Nueva York y no podían perderse una función de sus famosos teatros, también venían a menudo actores y actrices de los mismos teatros y yo tenía la oportunidad de dialogar con muchos de ellos. Algunos se mostraban muy amigables y complacidos de hablar conmigo, y al pagar sus cuentas se mostraban generosos a traves de sus propinas que nunca bajaba del 15% del valor de su cuenta, y a menudo llegaba hasta el 25 y 30 por ciento. Esto era la razón por la cual, al final de la semana, yo estaba ganando un salario (propinas incluidas), de más de $250, o un equivalente en dólares de ahora, de aproximadamente $2500 semanales. Era un platal para un joven como yo, nuevo en Nueva York y apenas en el proceso de adaptarme a la vida de esta linda y generosa ciudad. Como en la legislación tributaria de esos tiempos las propinas sólo eran sujetas a impuestos en la cantidad que el contribuyente deseaba declarar, el valor neto de mi salario era muy cerca del valor bruto.

Tenía como compañero del equipo de servicio en el restaurant a un ciudadano argentino de unos 35 años de edad que había sido algún tiempo atrás un actor secundario en los teatros de Buenos Aires. Se llamaba Horacio Capellatti y era muy ducho en el servicio a clientes como mesero. Horacio hablaba con ese agradablemente especial acento medio italiano de la gente de Buenos Aires, que hace que rápidamente los identifiquemos como “porteños”, ese hablar que pone casi siempre el acento en la última sílaba de las palabras y que arrastra las letras LL y Y, como si fueran una combinación de las letras sha. “Ché Rafael”, me llamaba y yo le decía Ché Horacio.

Era un tipo de lo más simpático, dicharachero, medio fanfarrón, se preciaba de ser un Don Juan con las mujeres, y “guapo”, en el sentido de que se enfrentaba a cualquiera a los trompones en cualquier parte, siempre ganando las peleas. Se pasaba el tiempo tomándole el pelo a todo el mundo y a cada paso sin importarle quien estuviese a su alrededor. Como lo hacen sus lejanos parientes italianos, usaba las manos para gesticular y poner énfasis en casi cada frase que pronunciaba, mientras se movía casi siempre en círculos, como para asegurarse de que su audiencia de todos lados lo escuchaba, le entendía y luego le celebraba sus chistes. Esto era casi una ceremonia que duraba entre media hora y cuarenta y cinco minutos cada día, durante nuestras comidas y antes de vestirnos con nuestros uniformes para empezar nuestro trabajo a las cuatro y media de la tarde. Me caía bien este hombre y la simpatía era mutua. Hacíamos un muy eficiente equipo de trabajo y nunca tuvimos una discusión desagradable en el momento de repartirnos nuestras propinas. Esto último era siempre 50-50 después de entregar a los bus boys su 15% del total.



La noche de la Navidad de 1967, teníamos el restaurant lleno de gente comiendo, casi no teníamos tiempo de hablar entre nosotros los miembros del grupo de meseros, y nuestros cortos diálogos se limitaban sólo a lo indispensable del trabajo; sirve el vino aquí, sirve el postre allá, pásale la cuenta acullá, etc. Los clientes entraban y salían, las propinas de esa noche eran muy generosas y sabíamos que íbamos a salir con mucho dinero para celebrar la Navidad.

Poco a poco fueron saliendo nuestros clientes y el salón principal del restaurant iba quedando vacío, pero nos quedaba un grupo de seis personas en una de la mesas de nuestra área, que seguían consumiendo buen vino y disfrutando su conversación. Horacio, que aparentemente tenía su propio programa para Navidad, estaba poniéndose impaciente y hacía gestos de disgusto con sus manos, mientras pedía que se fuera el ultimo grupo de clientes (sin que estos le vieran u oyeran), cuando ya eran pasadas las once de la noche. Finalmente, como a eso de las once y treinta, uno de los miembros de la mesa pidió que le lleváramos la cuenta, lo cual puso muy contento a Horacio, que inmediatamente les llevó la cuenta. El cliente, presuroso y mirando su reloj, entregó su tarjeta de crédito American Express a Horacio, quien aun más presuroso la llevó a la caja y devolvió la cuenta con la papeleta para la firma del cliente. Este firmó el recibo, y metiendo su mano al bolsillo, sacó un billete de cien dólares y lo dejó como propina en la mesa.

La cara de Horacio era todo sorpresa al ver semejante propina sobre la mesa, abrió sus brazos y sus ojos, y como haciendo la venia de un actor ante su público que le aplaude, se inclinó casi hasta sus rodillas delante del cliente, y en un gesto que nadie esperaba, se sacó de su cabeza la peluca que hasta entonces nadie sabía que tenía y vimos que su cabeza era tan lampiña y brillosa como una bola de billar. En su inglés fuertemente influenciado por el tono de su español de porteño dijo en la voz más alta que jamás le habíamos oído, THANK YOU SIR, THANK YOU MUCH, VERY MUCH AND HAVE A MERRY CHRISTMAS AND A HAPPY NEW YORK, y volvió a repetir su discurso en español, y en italiano…

Tanto los clientes como los pocos empleados que quedábamos en el salón nos echamos a reír a mandíbula batiente sin poder detenernos, y nuestras risas duraron por varios minutos hasta que los clientes, que continuaban mirando sus relojes, siguieron riendo mientras salían por la puerta principal del restaurant a continuar celebrando sus navidades en New York, y nosotros descendíamos a los vestuarios festejando el chiste del ahora “pelado Capellatti” que de allí en adelante se quedó con ese nombre.
Cuando después de varios minutos nuestras risas cesaron y nos dimos cuenta que era casi la media noche, Horacio y yo sumamos las propinas de la noche y después de entregarles a los bus boys un 15% del total y darles $20 extras (dos), nos repartimos el saldo y vimos que nos quedaban alrededor de $160 para cada uno.
IMAGENES DE SANTA CLAUS ESTABAN POR TODAS PARTES

Me sentí esa noche tan rico que decidí tomar un taxi para ir a festejar la Navidad en la casa de Anita en Hackensack, New Jersey, un viaje de casi una hora que me costó $30, que en dólares de hoy hubieran sido unos $300. Mientras el taxi avanzaba por la calle 47 W. y se dirigía hasta la Novena Avenida para luego girar hacia el sur y dirigirse hacia el Lincoln Tunnel, y en medio de por lo menos dos docenas de imagenes de Santa Claus en el camino, yo iba pensando casi en voz alta “QUE FELIZ ME SIENTO; YO TE AMO NEW YORK; FELIZ NAVIDAD NEW YORK, NEW YORK”

Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
LA ESTATUA DE LA LIBERTAD. ICONO SOBRESALIENTE DE NUEVA YORK

Mientras atravesaba el Lincoln túnel, pasadas las doce y media de la noche y seguía mi viaje hacia Hackensack, me puse a meditar sobre los imponderables de la vida, me acordé que sólo hacía un año que tuve una de las Navidades mas amargas de mi vida, en mi propia ciudad, en Guayaquil. Esa noche estuve sólo, había perdido mi trabajo a causa de un gobierno demagógico y corrupto que pagaba con empleos en el Estado los favores políticos que debía a sus seguidores, mientras despedía a quien se había ganado su trabajo con perseverancia, inteligencia y esfuerzo.

La noche de Navidad, en el año anterior, yo estuve aturdido, confundido, asustado, con miedo sobre mi futuro, sin saber que hacer para seguir adelante en un país que ofrecía tan pocas oportunidades a la gente joven. Mientras que ahora, esta noche, justo sólo un año después, estaba extremadamente feliz, había tenido una jornada de intenso pero muy productivo trabajo, estaba en camino a ver a mi chica con quien festejaríamos alegremente la Navidad. Pensé entonces que así es la ruleta de la vida, un día te sientes poco menos que un miserable y pisoteado gusano, y el próximo eres como un pájaro madrugador, que vuela feliz, cantándole a la vida…

No creía entonces, como no lo creo ahora, que existe el llamado “destino” o la mala o buena suerte de la gente. Sólo existe la vida que uno mismo se va creando día a día con su esfuerzo, con inteligencia, con perseverancia, pero claro, siempre con Fe en Dios y Su infinita capacidad de escucharte. Pensé entonces que nosotros no somos otra cosa que el resultado de cómo colocamos cada uno de los ladrillos en el edificio de nuestras vidas, siguiendo la invisible pero siempre presente dirección técnica del Gran Arquitecto del Universo.

Cuando llegué a su casa. Anita me estaba esperando, lucía bellísima en su nuevo vestido rojo con un lasito verde a la altura de su corazón. El perfume que ella usaba esa noche era el más dulce y agradable perfume que yo haya olido hasta entonces (y que se grabó en mi mente por muchos años). Llevaba una rosa blanca junto a su oreja, en el lado izquierdo de su corta y hermosa cabellera casi rubia. Sus labios pintados con un brillante rojo hacían que sus hermosos dientes lucieran más blancos y relucientes cuando me sonreía, mientras sus ojos verde esmeralda estaban llenos de felicidad cuando finalmente llegué a su casa a la una y media de la mañana del 25 de diciembre. Tuve que repartir abrazos y deseos de Feliz Navidad a todos y cada uno de los presentes, casi todos eran hermanos y primos de Anita. Mientras tanto, las mujeres se apresuraban a servir la cena que había estado esperando mi llegada y de la cual Anita había sido parcialmente responsable.

Fue una cena muy al estilo ecuatoriano, con un rico ceviche de camarones como entrada y seguido de un pavo al horno con su respectivo relleno. Hubo vino durante la cena y whiskey después de ella, lo cual nos ayudaba a mantener e incrementar nuestro buen humor y ganas de farrear, y claro que farreamos hasta las cinco de la mañana. Caí agotado a esa hora y me permitieron dormir en un sofá en la sala de la casa de su hermano. Dormí hasta las once de la mañana. Al medio día, Anita y yo tomamos un bus que nos condujo a Nueva York para asistir a la función de gala del Radio City Music Hall con su mundialmente famoso show de Navidad.

En mi próximo capitulo: EL FIN DE UN SUEÑO Y EL COMIENZO DE OTRO

Monday, July 2, 2012

EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK

Ya lo dije antes, a fines de mayo me mudé a mi apartamentito/estudio ubicado en el numero 58 W. de la Calle 72, muy cerca del Parque Central y a solo unos doscientos metros del sitio donde en el año 1980, un loco maniático mató a John Lennon, el más famoso de los cuatro Beattles.

Yo “heredé” este apartamentito cuando unos amigos ecuatorianos que vivían allí, al crecer su familia se mudaron a un apartamento más amplio en el área de Queens. Junto con este pequeño departamento, también “heredé” una cama de tamaño “queen” con sus respectivas sábanas y almohadas, una mesita pequeña a la que le daba el triple uso de escritorio, mesa de estudio y comedor; un colchón inflable para cuando yo tuviera visitas, y un par de sillas. Ese era, inicialmente, todo mi mobiliario en mi “departamento de soltero” en Nueva York, y eso era suficiente, y, consciente de que mi estadía en Nueva York no sería muy larga era más que suficiente para mí y no le agregué mucho después.

Mas tarde compré, por $40 un televisor pequeño, usado, sólo blanco y negro, pues los de color, que ya empezaban a invadir el mercado, aún eran muy caros para mi bolsillo y por tanto eran un lujo que aún no me podía dar. También compré un pequeño tocadiscos y un radio de transistores, y eso me permitía oír la música del Ecuador y de vez en cuando escuchar “la Voz de los Andes” una emisora que desde Quito, daba noticias del Ecuador al mundo.

Siempre fue parte importante de mi vida el mantenerme informado de lo que pasa en el mundo. A los once años, EL UNIVERSO, el gran periódico de Guayaquil era ya parte de mi vida diaria. A través de él yo me enteraba de lo que pasaba en el Ecuador y el mundo, En Nueva York, no dejé de escuchar las noticias, ahora a través de mi nuevo televisor y de mi radio de onda corta. Eso me ayudó además a mejorar mi habilidad para escuchar y comprender el nuevo idioma.

Ver al joven Johnny Carson en su programa “The Tonight Show Starring Johnny Carson” en la NBC, que comenzaba a las once de la noche, un poco antes de la hora en que llegaba de mi trabajo, se convirtió en mi hobby. Al principio me costaba comprender sus chistes y sus agudas pero graciosas críticas al sistema y a los políticos y otros personajes de la época, pero poco a poco fui mejorando mi comprensión y me convertí en un fanático de ese hombre que se mantuvo con un altísimo rating casi hasta 1994 en que decidió abandonar la TV. En los 80’s, viviendo en Salt Lake City, volví a disfrutar del mismo programa, sólo que esta vez tomó un segundo lugar, puesto que mis tres hijos hicieron de “The Smurfs” (Los Pitufos), su programa favorito, y claro, papi y mami tenían que verlo, junto con sus tres hijos, sin recurso de apelación.

Alberto Terreros continuó siendo durante toda mi estadía en Nueva York, mi guía, mi amigo fiel, mi guardián, mi benefactor y mi mentor, en otras palabras, mi “ángel de la guarda”. Él siempre estuvo junto a mí, ayudándome, confortándome, guiándome, consiguiéndome trabajo, y, por supuesto, dándome su apoyo moral y material, enseñándome a desenvolverme en la enorme y complicada ciudad de Nueva York con su extenso y muy eficiente sistema de trenes subterráneos y buses urbanos y suburbanos. Me ayudó a obtener mi licencia de manejo que nunca la usé mientras viví en la Gran Manzana.

Pero, a pesar de su “sabiduría innata” y su gran conocimiento de los detalles relacionados con la ciudad, Alberto no pudo nunca superar las barreras que le imponían su limitado conocimiento del idioma inglés. Muchos años después, en 1979, cuando yo ya era el Director financiero de COFIEC, el más grande banco industrial del Ecuador en esa época, Alberto me visitó en Quito, donde en el piso 10 del edificio del banco yo atendía mis funciones en una enorme oficina esquinera desde la cual se podía ver una gran parte de la ciudad.

Me sentí muy feliz de ver a Alberto, mi gran amigo y guía, y le invité a almorzar en el Hotel Hilton Colón, que estaba frente a mi oficina. En esa ocasión, Alberto me dijo que estaba cansado de vivir en Nueva York, que estaba pensando en regresar al Ecuador, pero que tenía temor de regresar, porque se sentía en Guayaquil como un pez fuera del agua. Pensaba en abrir un restaurante, negocio del cual sabía mucho por sus trabajos en Nueva York. Se me perdió de vista desde entonces, me hubiera gustado continuar con nuestra amistad, poderlo ayudar en su relocalización en Ecuador, pero no supe más de él hasta hace un año, en 2011 en que por fin pude conectarme con mi gran amigo, El está también jubilado, divorciado de su primera esposa, se había vuelto a casar tuvo hijos y nietos, y vive feliz, cerca de su familia…En Nueva York.

Confío en poder volver a ver a Alberto en un futuro cercano, confío así mismo que podré decirle una vez más lo grande que fue para mi el encontrarle en mi camino; lo valiosa que fue su ayuda; lo mucho que aprecio su generosidad y su entrega a la causa de un amigo, yo, y finalmente, lo mucho que su ayuda pesó en mi futuro y el de mi familia.

Así como tuve muchos días y noches felices en Nueva York, también tuve días y noches tristes mientras vivía allá en soledad. Estuve tentado muchas veces a pedir a Anita que se casara conmigo y se fuera a vivir conmigo en Nueva York, lo cual nos habría hecho muy felices, pero resistí la tentación, no quería cometer el mismo error dos veces, y no tengo remordimientos por no haberlo hecho. Extrañaba mucho a Anita, pensaba mucho en ella día y noche mientras viví en Nueva York y muchos meses después de mi regreso a Guayaquil. También extrañaba a mi familia, extrañaba a mi madre, a mis amigos, la música, la comida, los fines de semana remando en El Salado, los viajes a Pallatanga, y, por supuesto extrañaba a mis compañeros de la Universidad.

Mi madre me crio católico y siempre he permanecido católico, tengo ahora y siempre tuve mucha fe en Dios, en Su infinita capacidad de ayuda; en Su inagotable capacidad de perdonar y de dirigir la nave de nuestras vidas hacia puerto seguro; en Su invisible pero siempre perceptible capacidad de enrumbar nuestra barca a las mejores aguas, para pescar en abundancia. Mientras estuve en Nueva York, nunca me perdí la misa del domingo, y si hay algo que sentí siempre dentro de mi, fue la fuerza que EL me daba para afrontar las dificultades con entereza y superar los obstáculos que sin duda aparecían en mi camino. Siempre le pedí Su ayuda; siempre Le pedí por la salud de mi madre y de mi padre; siempre le pedí la fuerza de carácter para no desertar en mi esfuerzo por superarme, de ser mejor, de salir adelante, de superar todas las dificultades, y de permitirme un futuro mejor.

Estuve convencido entonces, como lo estoy ahora, que mis plegarias siempre fueron escuchadas, que mis pedidos no fueron archivados en un perdido file en el cielo, sino que fueron respondidos, mas temprano que tarde, no necesariamente en la forma que yo lo solicitaba, sino en la forma que El creía mas conveniente para mi, la que siempre terminó siendo la mejor respuesta posible. No obstante lo anterior, debo dejar en claro que siempre creí que los logros personales no son obra sólo de la voluntad de Dios, sino que resultan de la combinación de un gran esfuerzo, dedicación, sacrificio individual y persistencia, acompañados de una inquebrantable FE en Dios y de Su capacidad infinita de escuchar a Sus criaturas y darles lo que necesitan. Por eso decidí ser inflexible ante la tentación de una vida fácil y placentera a mi temprana edad, por eso decidí seguir adelante, seguir comprometido con mi mismo y con mi futuro

Mi soledad y mi dura vida de entonces fueron una buena parte de la base del sólido edificio de mi carácter; de mi capacidad de resistencia a la adversidad y de mi temple como adulto, y en definitiva de mi futuro, que nunca estuvo exento de dificultades, pero que se fue trazando con empeño, con decisión, con sacrificio, con tenacidad, tal como se construye una amplia carretera en medio de las dificultades de un terreno quebrado, sinuoso, montañoso, lleno de dificultades…

En marzo de 1968, cuando yo estaba a punto de concluir mi tercer semestre de clases en la Universidad, llegaron a visitarme en Nueva York mis hermanas Letty y Flor y se quedaron por mes y medio conmigo, sentí mucho que debido a mis ocupaciones en el trabajo y en el estudio no pude acompañarles a conocer mejor la Gran Manzana, pero ellas se acompañaban mutuamente, y siguiendo mis indicaciones, pudieron conocer la ciudad y hasta trabajaron un par de semanas en una fabrica de zapatos. Eso les ayudó a recuperar un poco el costo de su viaje. Conocieron, con mi guía, el Museo Metropolitano, la Estatua de la Libertad, el edificio de las Naciones Unidas, el Parque Central, la famosa zona de Times Square con sus esplendorosas luces de neón por la noche, el Brooklyn Bridge, el Zoológico del Bronx; y asistimos a una función del famoso Radio City Music Hall. La pasaron muy bien y me sirvieron de compañía por lo menos por unas pocas semanas. Cuando cruzábamos en un bus el Túnel Lincoln que conecta la ciudad de Nueva York con la vecina New Jersey, mis dos hermanas se pegaron un gran susto (y les costó creerme) cuando les dije que estábamos cruzando el Río Hudson a diez metros por debajo de su lecho.

Cuando ellas se regresaron al Ecuador, dejaron en mi departamento y en mi alma un vacío muy grande. La dulzura de carácter de mi hermana Letty; su habilidad extraordinaria para cocinar nuestra deliciosa comida criolla, y su genuina forma de expresar cariño, fueron para mí como un manto de abrigo temporal para el frío de mi soledad.

Mis hermanas se admiraban de que yo pudiera resistir la presión de un trabajo a tiempo completo y estudiar simultáneamente a tiempo completo, estaban fascinadas de que yo pudiera hablar inglés (un idioma que ellas no entendían), con una facilidad para ellas desconocida. Un día me dijeron que me habían oído hablar en inglés mientras dormía, y, a pesar de que ellas no habían entendido nada de lo que yo hablaba, sabían que yo estaba soñando sobre una discusión en clase, porque las dos eran profesoras y sabían cuando había una discusión académica

Mi capacidad de trabajo había crecido tanto en los últimos doce o catorce meses, que yo no sentía que estaba haciendo un esfuerzo especial, tal era la estamina que tenía dentro de mi cuerpo, que inconscientemente estaba sólo haciendo lo que mi cuerpo me permitía hacer eficientemente. Yo era entonces, igual que ahora, un soldado veterano de guerras ya peleadas y ganadas, solo vale la pena recordar que cuatro de los seis años de mi secundaria y dos de la universidad ya trabajé y estudié a tiempo completo. Crecí peleando para sobrevivir, estaba dentro de mi carácter el ser un luchador para ganar, yo no iba a dejarme ganar por la dureza de las circunstancias sin importar cuales o cuan duras estas fueran.

Claro que me sentía cansado de vez en cuando, recuerdo que algunas veces llegaba a mi departamento a las once y veinte de la noche, cansado y con un fuerte dolor en el lado izquierdo de mi espalda, especialmente en las noches en que me tocaba cargar muchas bandejas llenas de platos para llevar a las mesas y servir a nuestros clientes, pero eso no me causaba gran preocupación, sabía que después una ducha y seis horas de sueño, el dolor se iría y mi cuerpo estaría listo para emprender un nuevo día de trabajo y de estudio. Por otro lado, nunca estuve psicológicamente cansado, siempre estuve listo para continuar persiguiendo mi meta,

Para esa época, Anita comenzó a visitarme en Nueva York casi todos los domingos y la pasábamos muy bien. Paseábamos con frecuencia en el Parque Central que lo teníamos muy cerca, asistíamos a varias clases de shows, al cine y al teatro. También visitábamos los museos, el parque zoológico, la estatua de la Libertad y otros sitios interesantes y divertidos. Fue entonces que ella empezó a hablarme de “casarnos”, una palabra a la que yo le tenía alergia y me causaba escalofríos. Francamente yo prefería que no tocáramos el tema, al menos no en esos momentos, y eso a ella le causaba resentimiento, no obstante lo cual, seguimos saliendo juntos. Yo quería tomarme un poco mas de tiempo, quería conocerla mejor, no quería cometer el mismo error dos veces y casarme sólo porque ella me hacia falta en mi soledad. Además, si bien es cierto que económicamente, juntos podríamos haber sido capaces de llevar adelante un matrimonio, no era este el lugar, ni la situación económica en las que yo aspiraba poder llevar adelante un matrimonio, pero mas que nada, yo me temía que este podría descarrilar mis planes de largo plazo; pero, tampoco quería romper con ella, yo sentía que la amaba, sabía que la extrañaba, me hacía falta cuando estaba ausente. En el fondo de todo esto estaba un profundo temor a equivocarme nuevamente. Yo era un “gato escaldado”. Yo ya me había “quemado” una vez, y le había cogido miedo al fuego.

Había una cosa en la que Anita y yo éramos muy distintos; ella no era ambiciosa. Ella hubiera sido feliz si se casaba conmigo y teníamos niños y vivíamos en algún lugar de Nueva Jersey financiados con nuestros sueldos, trabajando en alguna fábrica sin trascendencia. Mientras tanto yo, estaba viviendo momentos en que mis metas eran muy altas, momentos en que para mí sólo el cielo era el límite, y no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños, por nada del mundo. Allí estaba la mayor diferencia entre ella y yo.
En mi próximo capitulo: FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK

Thursday, June 14, 2012

DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD


EDIFICIO DE LAS NACIONES UNIDAS EN NUEVA YORK
LA PAZ DEL MUNDO DEPENDIA DE LO QUE AQUI SE HICIERA

La paz mundial estaba en enorme riesgo, los impredecibles gobernantes soviéticos eran capaces de reaccionar agresivamente a la vergonzosa derrota que los judíos habían propinado a sus pupilos árabes armados en mar, tierra y aire hasta los dientes, con el más moderno y sofisticado arsenal ruso de la época, y entrenados por la flor y nata de las fuerzas armadas soviéticas. Por eso, el edificio de la ONU estaba lleno con la presencia de los más altos representantes diplomáticos del mundo, y esa gente comía en ese mismo edificio, en el mismo lugar donde yo trabajaba limpiando mesas, sirviendo el pan y el agua, y en algunos casos el vino. Por eso, yo pude hablar, uno a uno, personalmente, con algunos de los hombres mas importantes del planeta en ese entonces, entre ellos el secretario General de la ONU, U Thant; el secretario de Estado de los Estados Unidos William Rogers; el Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética Alexei Kosygin; el Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Abba Eban, el embajador británico en la ONU Lord Carradon (autor de la Resolución 242) y a una larga lista de otros diplomáticos de élite cuyos nombres se me han olvidado después de 45 años.

Estos días vividos en New York en su calidad de “Capital del Mundo”, han quedado grabados en mi mente como uno de los períodos más interesantes de mi vida y se quedarán allí para siempre en mi recuerdo. Nunca más, a pesar de las altas funciones que llegué e desempeñar en cuatro de los cinco continentes del mundo, estuve tan cerca de un evento tan importante como el que se llevaba a cabo en esos días en el salón del Consejo de Seguridad de la ONU en junio de 1967.

Esa guerra “caliente” en el Medio Oriente, que el mundo entonces llamó “la Guerra de los Seis Días”, en efecto se detuvo imediatamente, no tuvieron que morir más soldados árabes ni israelitas en ese conflicto, pero la “Guerra Fría” no se detuvo. El mundo siguió viviendo por casi dos generaciones más, un delicado balance de fuerzas entre las dos superpotencias, balance que de vez en cuando provocaba importantes guerras regionales, incluyendo una en el mismo lugar y con los mismos actores que la “guerra de los Seis días”, guerra que se llamó entonces la “Guerra del Yom Kippur, en Octubre de 1973, sólo seis años después de la guerra anterior. En esta nueva guerra, Siria, Egipto, Jordania e Irak, junto con el movimiento Palestino y por supuesto con el apoyo y armas Soviéticas, volvieron a invadir Israel. Esta vez, la guerra duró cerca de veinte días y el resultado final fue casi exactamente igual que el de la guerra anterior. Los invasores fueron forzados por Israel a batirse en retirada y los soviéticos tuvieron que volver a sufrir el deshonor de haber auspiciado una vez más una guerra en la que sus clientes árabes volvieron a perder…

La paz en el Medio Oriente sigue sin conseguirse. La intransigencia de los actores principales hace casi imposible una reconciliación de árabes y judíos. En el año 2012, cuarenta y cinco años después de la guerra de los seis días, los mismos países, con distintos líderes siguen enfrentados sin encontrar una solución definitiva a su conflicto.

Mientras tanto, la noche de 30 de junio de 1967, el día de mi cumpleaños número 25, en el Playboy Club de Nueva York, como si fueran las frutillas y la crema sobre la torta de mi cumpleaños, seis conejitas me cantaban el “happy birthday” y se tomaron una foto conmigo. Este si que fue un feliz cumpleaños para Rafico…En realidad no hubo una “torta” de cumpleaños, pero si un rico pedazo de cake que una de las conejitas me entregó después de ella comerse un pedacito del mismo. La foto que fue tomada por una de las conejitas, la conejita fotógrafa, se ha perdido y yo pagaría cualquier cosa por recuperarla. Mi esposa Fanny jura que no tiene que ver nada con esa desaparición, y yo le creo, por supuesto…

A finales de mayo de 1967, concluí mis clases de inglés en la NSSR y junto con mis demás compañeros del sexto nivel, tomé el examen que nos permitiría ingresar a estudios académicos en la misma Universidad. Aprobamos el examen los 10 estudiantes de mi curso y eso nos permitía matricularnos para estudios superiores en la misma universidad. Como resultado de esto, decidí mantener mi trabajo nocturno en el Playboy Club y continuar estudiando en el horario diurno.

Hago una breve historia de la Universidad en la que estudié mientras estuve en Nueva York:
ESTA ES LA ZONA DONDE SE ENCUENTRA LA NEW SCHOOL FOR SOCIAL RESEARCH EN NUEVA YORK

La NSSR (New School for Social Research) fue fundada en 1919, por un grupo de profesores “pacifistas” de la Universidad de Columbia que habían tomado una actitud de franca oposición a la participación estadounidense en la Primera Guerra Mundial, y a la política exterior del presidente Wilson, y que por lo mismo fueron censurados por el presidente de dicha universidad.

Estos profesores reaccionaron a su censura renunciando a sus cátedras y fundando una nueva universidad (la NSSR) dirigida a gente adulta, en el distrito de Chelsea en la ciudad de Nueva York. En esta universidad, sus alumnos podrían discutir libremente sus ideas, no sólo entre ellos y con sus profesores, sino con otros académicos, políticos y artistas de la época que representaban un amplio espectro de orientaciones intelectuales, políticas y sociales.

A través de las varias décadas desde su fundación (ahora casi cien años), esta universidad ha podido mantener el espíritu original, y “la Libertad de Pensamiento” de sus fundadores es el principio fundamental que la orienta. Uno de los mas influyentes diarios de los Estados Unidos, coloca a esta universidad entre las primeras diez escuelas “no tradicionales”. Entre los estudiantes mas destacados que han pasado por esta universidad están Shimon Peres el ex primer ministro y presidente de Israel; Eleanor Roosevelt, la esposa del gran Presidente americano Franklin D. Roosevelt y el famoso dramaturgo Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams III), autor del libro Un Tranvía Llamado Deseo.

En la época en que yo ingresé a esta universidad, La New School for Social Research tenía (y creo que aun lo mantiene), un sistema de “programa de estudio dirigido por el estudiante” (student directed curriculum), que no requería que el estudiante tomara cursos de educación general. En su lugar, a los estudiantes se les alentaba a “explorar” antes de escoger una especialización, seleccionando tópicos que eran de su mayor interés, en otras palabras, los estudiantes tenían la oportunidad de ser los “diseñadores” de su propia e individualizada educación. Me aproveché de esta oportunidad, y decidí enfocar mis estudios en Economía, Economía de la Empresa, Organización y Administración de Negocios.

Decidí “probar las aguas” tomando un dieciséis horas de clase, y a fines de agosto, después de las clases de verano, estaba en buen camino. En el área de economía, los estudios incluían una amplia gama de “escuelas de pensamiento”, incluyendo la escuela Keynesiana (fundada por John Maynard Keynes, que destaca el papel del gobierno en la regularización de la economía, el empleo y los ciclos económicos), las escuelas post Keynesianas, así como también las clásicas teorías económicas de Smith, Ricardo y Marx. Terminé mi ciclo de verano con un promedio de 3.3 sobre 4, que me calificaba para una asistencia financiera que equivalía al 30% del costo de mis estudios. Esto, por supuesto me ayudó enormemente a sobrellevar el peso financiero de mis estudios. En los siguientes semestres, esta ayuda no sólo se mantuvo, sino que se elevó a casi el 50% del costo total.

Para el mes de octubre, y gracias a mi buen inglés, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros me sugirió que era hora de que yo aplicara para un trabajo como mesero (“waiter”) para el turno de la noche en el restaurant donde él trabajaba ya desde hace algunos meses, el “Canterbury Restaurant”, un restaurant medio exclusivo, de tipo inglés, situado en la calle 47 West y Broadway, en el piso bajo del Hotel Edison, y en el corazón del área de Times Square, el distrito de los más famosos teatros de Nueva York. La clientela de este restaurant era casi exclusivamente compuesta por gente que iba a respectar las funciones de teatro.

Pese a que cambiarme de trabajo implicaba dejar atrás a las muy queridas y admiradas “conejitas del Playboy”, llené la solicitud de trabajo y me presenté a una entrevista con el gerente del restaurant y su Maître d’. Después de las entrevistas, mi solicitud de trabajo fue aceptada e inmediatamente comencé a trabajar allí. Ahora me tocó vestir un elegante uniforme de pantalón negro, camisa blanca, corbatín negro y chaqueta roja con un escudo de armas del castillo de Canterbury en la chaqueta, a la altura del corazón. Mi horario de trabajo sería desde las tres de la tarde hasta las once de la noche.

Para entonces, ya me había “independizado” y vivía en un apartamento pequeño, de un dormitorio en la calle 72, del lado oeste de Manhattan, muy cerca de la intersección con Broadway y la avenida Amsterdam. Tenía una estación de tren a sólo una cuadra y el Parque Central de Nueva York a sólo un largo bloque de distancia. Desde entonces, ese parque se convirtió en mi lugar preferido para caminar, por eso, cada vez que voy a Nueva York, el viaje no es completo si no camino por los sinuosos, ondulantes, verdes y bien cuidados senderos de este maravilloso parque.

En mi nuevo trabajo tenía la ventaja adicional de estar a sólo veinte minutos en tren desde la universidad de donde salía a la una de la tarde, y a solo otros veinte minutos de tren hasta mi departamento, pero, además, podía llegar después de mis clases y almorzar la comida que para los empleados se preparaba en el restaurant. En el intermedio entre la hora de la cena y la hora del “supper” podía comer también mi propia cena. Era una situación ideal. Ahora ya no tenía que cocinar en mi departamento. Para el desayuno, sólo comía un poco de cereal (corn flakes) con leche. Mi alimentación no sólo que había mejorado sustancialmente, sino que su costo se había reducido casi a cero. Además, entre una y treinta de la tarde y once de la noche, tenía al menos tres horas para estudiar. Era casi una situación ideal. Siempre pensé que Mi Dios protegía y guiaba cada uno de mis pasos, pero esta en particular, era una época en que me sentí especialmente protegido y guiado por El.

Comencé a ganar mas dinero del que jamás había pensado, yo era ya, después de sólo diez meses de mi llegada a Nueva York, un neoyorkino más, y mis horizontes se estaban abriendo mas rápido de lo que pudieran haberme sugerido mis sueños mas ambiciosos; mi espíritu me decía que las vías estaban abiertas para que yo pudiera subir aun más.
Pero no todo era perfecto, mi querida Anita empezó a quejarse de que yo no la visitaba lo suficiente. Ella vivía en Hackensack, en la vecina New Jersey, a solo una hora de viaje en bus desde Nueva York, y yo sólo la estaba viendo los domingos, cuando ni yo ni ella trabajábamos. No era que yo me despreocupaba de ella, pero mi calendario de trabajo y mis actividades entre estudio y trabajo no me daban más tiempo para verla. No era la situación ideal, pero era lo que yo podía hacer bajo las circunstancias que entonces vivía. A ella le resultaba duro entender esto.

Retrocediendo un poco en el tiempo, cuando llegué a Nueva York en enero de 1967 y la visité por primera vez en su casa, ella se puso muy feliz. Hablé con ella de mis planes, que incluían aprender inglés y luego asistir a la universidad, pero le hice también saber que mi idea no era quedarme a vivir en los Estados Unidos, yo había decidido que mi futuro estaba en el Ecuador. Le pedí que no le hiciera saber a su padre que yo estaba en Nueva York, y ella estuvo totalmente de acuerdo. También acordamos que yo la visitaría sólo los fines de semana y los días festivos, con lo que ella también estuvo de acuerdo.

Unas semanas después, cuando ya estaba tomando mis cursos de inglés, le sugerí que también ella tomara clases de inglés en la misma universidad, en el horario de los sábados, y así lo hizo, pero su estamina y su deseo de mejorar su inglés no eran iguales a los míos, así que en sólo un mes renunció a sus clases a pesar de que su inglés era sólo muy básico y de que en su trabajo no tenía oportunidad de mejorarlo, puesto que ella trabajaba como obrera en una fabrica de perfumes, ganando un salario de $44 por semana y donde el 95% del personal de la fábrica eran hispano parlantes (mayoritariamente exiliados cubanos) con quienes no necesitaba hablar inglés.


En mi próximo capítulo: EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK

CONOCIENDO AL MUNDO A TRAVES DE NUEVA YORK


Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor

Pese a que en mi mente estuvo presente por algún tiempo el prejuicio mas que latino, ecuatoriano, de que lavar platos no era una tarea de la que pudiera sentirme orgulloso, y sobre la cual podría yo hablar abiertamente con mi familia, lavé platos por casi dos meses en la International House of Pancakes ganando un salario de menos de $50 a la semana. Mientras tanto ya había emprendido, casi con obsesión, la ardua tarea de aprender inglés por mi cuenta, usando mis libros de ingles de la universidad y siempre con un diccionario de bolsillo a la mano.

Emprendí la tarea de desenterrar el inglés que tenia escondido en alguna parte de mi cerebro, que lo había aprendido en el colegio así como en la universidad, y que nunca lo había usado, porque nunca necesité hacerlo. Para fines de febrero de 1967, esto es, sólo un mes después de mi llegada a Nueva York, ya me sentía menos incomodo en Nueva York, porque empezaba a entender un poquito lo que la gente hablaba y empezaba, con dificultad, a querer formar oraciones cortas tomadas de mis libros, para hacerme entender de la gente que me rodeaba, especialmente en mi trabajo.

Fue en este punto que el primero de marzo decidí visitar The New School for Social Research, ubicada en la calle 14 del Bajo Manhattan, para solicitar información acerca de los cursos de Inglés como Segunda Lengua que ellos ofrecían y que comenzarían en la segunda quincena de ese mes. Ofrecían clases de cuatro horas de inglés en la mañana, en la tarde y en la noche con un costo por cada tres meses de $265. Me matriculé inmediatamente para las clases nocturnas, y asistí a un examen de admisión que se tomaría esa misma semana, después del cual, la Universidad me ubicaría en el nivel que me correspondiera, de acuerdo con los resultados obtenidos en el examen.

Me ubicaron en el tercer nivel de un total de seis y empezamos las clases a mediados de marzo. Nuestro profesor era un hombre especializado en enseñanza de leguas en la Universidad de Columbia. Durante la primera semana empecé a sentir que mis clases eran relativamente fáciles. El lunes de la tercera semana, en medio de una de mis clases una funcionaria de la Universidad me solicitó salir de ella e ir a la administración porque necesitaban hablar conmigo. Me asusté porque creía que me hablarían sobre mi situación de inmigración, sin embargo, después de unos pocos minutos de espera, sentado fuera de la oficina de la funcionaria, muy gentilmente ella me invitó a pasar y fue directo al grano. En perfecto español, pero con acento de gringa, me pidió disculpas porque según la evaluación de nuestro profesor, mis conocimientos de ingles no correspondían al nivel en que me habían ubicado. En mi mente rápidamente empecé a pensar que me bajarían de nivel y me sentí un poco triste, pero ese no era el caso, la señora me explicó que mi profesor creía que yo debería estar en el QUINTO nivel.

La sangre me volvió al cuerpo, me tranquilicé y siguiendo las instrucciones que me dieron, esperé la hora de descanso y me pasé a la clase del quinto nivel, donde mi nueva profesora (una dama que hablaba inglés con un acento especial, entonces desconocido para mi y que luego me enteré que era de Inglaterra), ya me esperaba. Pronto me di cuenta que las clases aquí iban a ser infinitamente mas difíciles que las que había venido tomando. Las clases incluían muchos deberes (homework), eran muy interactivas, e incluían conversación, comprensión, lectura y discusión de la lectura, aparte de dos horas de laboratorio de comprensión los días sábados. Éramos diez estudiantes de diferentes países, incluyendo Japón, Alemania, Dinamarca, Francia, Hungría, Polonia, Italia, Argentina e Israel. Solo éramos dos estudiantes latinos que hablábamos español. No se permitía hablar en clase en ningún otro idioma que no fuera inglés. Algunos de los compañeros estudiantes, incluyendo el argentino, eran miembros de las delegaciones de sus países a las Naciones Unidas y tenían, por tanto, rangos diplomáticos.

Mis clases de inglés pronto empezaron a darme dividendos. Para los primeros días de abril, ya empecé a tener una mejor comunicación con la gente con quien interactuaba, tanto en el trabajo como en la universidad. Una excelente prueba de mi evidente mejor inglés vino de forma inesperada y hasta jocosa un día que llegaba a mi trabajo a las siete de la mañana. Como de costumbre, al encontrarme con mi compañero de trabajo, Joe, un joven afroamericano de unos veinte años, le saludé con un sencillo “Hi Joe”, él me contestó con su acostumbrado “Hi Rafael”, pero agregó la pregunta “what’s new?” (Qué hay de nuevo?), a lo que le di una respuesta para esa especifica pregunta, que había yo aprendido de mis libros y en mi clase el día anterior: le dije “nothing in particular, Joe” (nada en particular). No fue mas, Joe se echó a reír a carcajadas repitiendo varias veces “nothing in particular, ja, ja, ja, ja”, nothing in particular, ja, ja, ja., se agarraba el estómago y hasta lagrimeaba de la risa.

El caso es que, como lo entendí después, mi respuesta era en un inglés muy formal, mas bien de mas alto nivel, y, claro, Joe, un joven negro de clase trabajadora y humilde, no estaba acostumbrado a este tipo de respuesta, que era adecuada dentro de un dialogo de gente con mayor nivel cultural. Nunca olvidaré ese día y ese especial momento. “Donde aprendiste eso Rafael?”, me preguntó luego mi amigo Joe, mientras continuaba riéndose de mi y de mi respuesta tan formal. Le expliqué que estaba asistiendo a la universidad para aprender inglés y que estaba usando una expresión que había aprendido el día anterior de mi profesora inglesa. La expresión de Joe cambió de repente de la risa a la admiración, me dio un abrazo y se disculpó, él estaba avergonzado de lo que había hecho. “no tienes porqué preocuparte Joe”, le dije, “somos amigos y nos podemos hacer bromas, no es así?” Ese fue el primer día en que me di cuenta de lo rápido que estaba asimilando el nuevo idioma y de cómo eso me estaba elevando en la escala social. Eso, eso mismo era lo que yo perseguía!.

Desde entonces, y por el mes siguiente, Joe se convirtió en mi gran amigo y cada día me preguntaba que es lo que había aprendido el día anterior, se sorprendía de lo rápido que yo iba en mi aprendizaje del idioma y me felicitaba por ello. Cuando un mes después cambié de trabajo y me despedí de Joe, este me miró con una cara triste, me dio un abrazo, me deseó buena suerte y me dijo en inglés; “So long Rafael, you´ll do good, I´m sure you will¨ (hasta siempre Rafael te va a ir bien, estoy seguro de eso”). Joe no era un profeta, pero siempre lo he recordado como lo más cercano a uno de ellos.

Las ocho meseras del restaurant hicieron fila para despedirse de mi, cada una mas cariñosa que la otra, todas eran señoras de mas de cincuenta años, todas eran madres, y algunas eran abuelas, con todas me llevé muy bien y de ellas aprendí algo del arte de servir bien en una mesa, arte que luego de algunos meses habría de servirme mucho para mejorar mis ingresos y mi relación con la gente. Esta gente era típicamente neoyorquina, trabajaba muy fuerte, vivían muy lejos de su lugar de trabajo, gran parte de sus vidas debajo del suelo viajando en el tren subterráneo (“metro”) de mañana y tarde y estaban orgullosas de lo que hacían en su trabajo y de lo que podían hacer con sus ingresos. Sus hijos iban a la universidad o ya eran profesionales, eran parte importante de lo que se llama “el sueño americano”. Y yo empezaba a ser parte de este duro pero fascinante mundo. Yo también, a mi manera, perseguía mi sueño americano!

Para el mes de abril de 1967, mi amigo Alberto Terreros (mi ángel de la guarda) había conseguido un trabajo nuevo como bus boy (ayudante de meseras) en el famoso club nocturno Playboy de Nueva York e inmediatamente me consiguió uno igual en el mismo club, con el mismo horario y la misma remuneración. Eso me permitió dar el salto desde la International House of Pancakes (IHOP) y de lavador de platos, al mismísimo club donde las meseras eran chicas muy lindas de entre 23 y 28 años, de esculturales cuerpos y caras de muñeca, vestidas de conejitas, reclutadas personalmente por el señor Hugh Hefner el ya famoso dueño de la Revista Playboy y de los clubes del mismo nombre, con su exquisito gusto por las mujeres bonitas y la gran vida, y dueño de un imperio de la diversión.
UNA BUNNIE (CONEJITA) DEL PLAY BOY CLUB
El Playboy Club de Nueva York estaba situado casi en la esquina de la calle 59 y Park Ave., frente al inmenso edificio de la General Motors y diagonal al famoso Hotel Plaza, a solo unas pocas cuadras del gran Museo Metropolitano de la ciudad. La esquina sur oriental del Parque Central de Nueva York estaba solo a unos cincuenta pasos. Mi trabajo era ayudar a las conejitas a arreglar y limpiar mesas principalmente para servir cocteles a los socios del club y sus invitados. Mi salario subió de cuarenta y cuatro dólares semanales a $75 más la propina que el club entregaba cada quince días, con lo cual empecé a ganar un promedio de $160 dólares semanales, casi cuatro veces lo que ganaba lavando platos en IHOP, era un platal para mi, y empecé a ahorrar. Amaba mi trabajo porque empecé a interactuar con otro tipo de gente; podía usar más frecuentemente mi inglés; trabajaba con las bellas conejitas y como bono especial, al menos dos noches por semana podía ver (entre servicio y servicio), los fantásticos shows que en el “Playroom” se presentaban para deleite de los clientes del Playboy Club.

Tuve que cambiar mis clases de inglés al horario diurno y ahora ellas comenzaban a las nueve de la mañana y terminaban a la una de la tarde. Como resultado, llegaba a mi trabajo a las dos y media de la tarde, comía con los empleados y tenía tiempo para hacer deberes y descansar. Me esperaba una jornada de ocho horas de trabajo. Me gustaba mi trabajo, mi horario, mi sueldo, me fascinaban las conejitas a las que veía tan de cerca que hasta podía tocarlas (pero nunca lo hice), era casi un sueño!
A mediados de mayo, cuando las clases de la universidad llegaron al fin del trimestre, otra vez mi amigo Alberto Terreros me consiguió un nuevo trabajo, a tiempo parcial en el “Clouds’ Club” (Club de las Nubes) en la calle 42 de Manhattan, en el piso ochenta del segundo edificio mas alto de Nueva York, el Chrysler Building.

Imágenes de Nueva York
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EL CHRISLER BUILDING EN NUEVA YORK, EL "CLUB DE LAS NUVES ESTABA EN EL PISO 82

Mi trabajo allí era otra vez como bus boy (ayudante de mesero) exclusivamente para la hora del lunch, de 11AM a 2PM. El salario era el mínimo, pero las propinas que nos daban las meseras (15% de las suyas) eran atractivas y se agregaban a la suma que recibía del Playboy Club. En este trabajo de “altura” solo duré dos semanas, porque otra vez, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros consiguió para él, y también para mí un trabajo de bus boy a tiempo parcial (11 Am a 3PM) en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo edificio de la ONU, en la orilla del Rio East, en la intersección con la calle 42 en el lado Este de La Gran Manzana.


Sólo unos pocos días después de que yo comencé a trabajar en el restaurant principal de la ONU, a comienzos del mes de junio, una coalición de países árabes que incluía a Egipto, Jordania y Siria, con el apoyo logístico, político y económico de casi todo el mundo árabe, sorpresivamente invadió Israel y estalló la guerra en el Medio Oriente.
Los dos primeros días de la guerra los invasores hicieron avances importantes en su intento por aniquilar a Israel, sin embargo, cuando las fuerzas de defensa israelitas, al mando del general Moshe Dayan (el del ojo derecho tapado), lograron reagruparse y contra atacar, los invasores fueron rápidamente repelidos y en los siguientes tres días, rompiendo totalmente la resistencia de los ejércitos árabes, penetraron profundamente en los territorios de los países invasores, tomando total control de la Península del Sinaí al sur, de Las Colinas del Golán al norte y de Judea, Samaria y la Franja de Gaza al este y sureste.

MOSHE DAYAN, DERROTO A LOS INVASORES ARABES EN LA GUERRA DE LOS SEIS DIAS

Esto se convirtió entonces en la victoria más espectacular de la historia, de un ejército de defensa, sobre varios ejércitos invasores que numéricamente le superaban en una proporción de casi cinco a uno.

La Unión Soviética (que apadrinaba a los países invasores), y que en los dos primeros días de la guerra se había negado a apoyar una Resolución pidiendo el cese al fuego, al ver que sus ahijados árabes estaban a punto de ser aniquilados, pidió con urgencia la reunión del Consejo de Seguridad para que se obligue a las fuerzas israelíes a replegarse a sus posiciones de antes del conflicto. El cese de la guerra era vital para los soviéticos, porque su continuación hubiera significado la aniquilación total de los invasores y el desprestigio total de la Unión Soviética y de sus armas utilizadas por los ejércitos árabes.

Las Naciones Unidas se convirtieron entonces en el centro de atención de todo el mundo, y los cancilleres no solo de los países beligerantes, sino de muchos otros países miembros de la ONU llegaron a Nueva York y se reunieron en el salón del Consejo de Seguridad, para discutir una formula urgente de arreglo al conflicto. En esos mismos momentos yo estaba, como si fuera un sueño, trabajando en el edificio de las Naciones Unidas, en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo lugar donde los personajes más importantes del mundo se reunían para discutir y resolver asuntos de transcendental importancia histórica para toda la humanidad.

Esto era increíble. Yo, este muchachito nacido en Pallatanga, de una familia humilde, que había estado en Nueva York lavando platos en un restaurante, que estaba recién aprendiendo el idioma inglés, estaba ahora en medio de los diplomáticos mas importantes del mundo, claro, mientras ellos discutían sobre la guerra y sobre la paz, yo les servía el pan y el agua en las mesas del comedor de la ONU. Conocí entonces personalmente a algunos de esos personajes, y hable con ellos, mientras les servía el agua o el pan en sus mesas. Me sentía en la cumbre del mundo!

En el sexto día de la guerra, y cuando el ejército Israelí estaba a punto de penetrar en las capitales de los países invasores y literalmente aniquilar a sus ejércitos, el Consejo de Seguridad, a través de su Resolución 242, adoptada por unanimidad, ordenó el cese al fuego, la retirada de los ejércitos a sus posiciones antes de la guerra y a todos los países a trabajar para el establecimiento de una paz duradera entre los vecinos árabes y el estado de Israel.

Israel se vio obligado a retroceder, pero no lo hizo a la posición pre-conflicto. Se quedó en la Península del Sinaí, en la Franja de Gaza, en las Colinas del Golán y en la orilla Oeste del Río Jordán. Estos territorios se convirtieron entonces en los amortiguadores de posibles invasiones futuras, pero al mismo tiempo en el posible detonante de un polvorín que en cualquier momento pudiera destruir al mundo.

Sólo Egipto y Jordania recuperaron muchos años después, mediante tratados de paz separados firmados con Israel, los territorios perdidos en “la guerra de los seis días”. Las Colinas del Golán, que pertenecían a Siria, aún son retenidas por Israel, como una zona de amortiguación y de protección contra futuros ataques por sorpresa al estado judío.

El no cumplimiento pleno de esta resolución y de otras posteriores similares, por parte de los países en conflicto, ha significado que éste no sólo se mantenga, que se intensifique y se agrave, sino que haya llegado a un punto en que el mundo de ha acostumbrado a vivir con él, pensando que no tiene solución posible, pero también consciente de su gravedad y de su peligrosidad para la paz mundial.


En mi próximo capítulo: DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD

Wednesday, June 6, 2012

OTRA VEZ SIN TRABAJO

Los ordenadores electrónicos, o computadoras como se los conoce ahora, no existían en esos días, pero la idea de tener un sistema de verificación cruzada de la información, confiable y comprobable, es algo que yo escuche a la gente del IRS con quienes había hablado antes y durante mi curso de entrenamiento como asesor tributario, y me gusto mucho inmediatamente. Por mi propia iniciativa y sin ninguna ayuda, comencé a trabajar en un proyecto para aplicar el concepto de información cruzada para controlar el ingreso de los contribuyentes. Para fines de 1966, yo ya había iniciado este proyecto y estaba empezando su aplicación en escala limitada, para controlar el ingreso de personas que tenían más de una fuente de ingresos y que jamás habían sumado sus rentas para declarar sus impuestos. Esta era una clásica forma de defraudación al fisco, sobre la cual, los contribuyentes no sentían ningún remordimiento, pues lo consideraban la cosa más normal. “Tonto es el que, declara todos sus ingresos y paga sus impuestos correctamente” era el sentir del 99% de los evasores tributarios. Mi sistema, rudimentario como pudo haber sido, fue en verdad, el origen del actual sofisticado sistema de recaudación tributaria, que ha estado en vigencia en el SRI desde los últimos años de la década de los 90.
Todo parecía estar marchando en mi vida como lo había deseado. Tenía un muy buen trabajo, estaba desempeñándome en forma excelente en la universidad y estaba saliendo con una linda chica, mas, de repente las cosas empezaron a ponerse amargas.
A fines del año 1966, un nuevo gobierno asumió el poder en el país y, como reinaugurando las viejas y tradicionales prácticas políticas de los nuevos gobiernos, éste quiso premiar a sus partidarios dándoles puestos públicos, y comenzó desbaratando los avances que en materia tributaria había hecho el gobierno saliente del presidente Yerovi Indaburu. El nuevo presidente, Otto Arosemena Gómez, quien fuera electo por el congreso con una mayoría de un voto, dio el primer disparo y comenzó la temporada de caza de puestos públicos. El Ministerio de Finanzas era un objetivo mayúsculo para los cazadores de fortunas rápidas, y el departamento en el que yo trabajaba, que había sido técnicamente organizado con ayuda del departamento de impuestos de los Estados Unidos, resulto ser el campo más propicio para los cazadores, y yo, el funcionario que se ganó su puesto después de competir y ganar a mas de novecientos aspirantes, resulté ser el primer trofeo de esta inmisericorde cazería. Yo fui removido de mi cargo y reemplazado por un individuo cuya hoja de vida incluía el haber sido objeto de varias órdenes de captura por emitir cheques sin fondos. Pero este no era un caso aislado, la gran mayoría de los funcionarios reemplazantes era de esta misma calaña. Después de esto, la Direccion Nacional de Rentas del Ministerio de Finanzas y el departamento de Fiscalizaciones volvió a ser la cueva de Ali Baba, donde casi todos sus funcionarios eran los principales aliados de los defraudadores al fisco, de los tramposos tributarios. Esto fue un cambio de 180 grados en la direccion que el gobierno anterior había querido dar al sistema tributario del país. No fue sino más de treinta años y muchos gobiernos después, que el gobierno del Ecuador, en el año 1998, creó el SRI (Servicio de Rentas Internas), muy a la imagen y semejanza del IRS (Internal Revenue Service) de los Estados Unidos, logrando tecnificar este departamento con sistemas de control cruzado, con censos adecuados de contribuyentes y con capacitación técnica de sus funcionarios, y eliminando el nido de ratas que era la Direccion General de Rentas.
Al finalizar el año 1966, tuve una de las Navidades más tristes de mi vida, porque para colmo de males, Anita, mi linda enamorada había sido enviada por su padre a los Estados Unidos, para separarla de mí, y yo acababa de perder mi trabajo. Estaba de nuevo en las calles, buscando trabajo en un país en el que buscar un trabajo era casi tan difícil como buscar una aguja en un pajar, un país en el que la demanda por puestos de trabajo excedía a la oferta por más de cinco a uno y la brecha seguía creciendo. En ese entonces todavía no existían las estadísticas de gente sin trabajo, y peor las estadísticas maquilladas que existen ahora, cuando según ellas el país goza de una tasa de desempleo que es la más baja del hemisferio occidental. Pronto parecería que a la gente la van a ir a buscar en su casa para darte trabajo, o al menos eso es lo que dicen las actuales estadísticas oficiales!
Qué haría yo ahora?, Me encontraba enormemente triste y frustrado porque me habían despedido de mi trabajo que me lo había ganado con esfuerzo y por mi esfuerzo, pero estaba lejos de tirar la toalla, yo no me iba a dejar vencer por el sistema, seguiría peleando no solamente por sobrevivir, sino por triunfar. Decidí que la pelea estaba recién comenzando, que iba a ser una pelea larga y no siempre limpia, decidí que pelearía con decisión, con fuerza espiritual, con venganza para al final triunfar y vivir orgulloso de mí mismo.
Aprobé con calificaciones excelentes (9.85) el año escolar 1966-67. No tan bien como el año anterior, pero aun muy por arriba del resto de mi clase. Entre la Navidad de 1967 y el fin del año lectivo, estuve muy ocupado buscando trabajo (mi Plan A) sin encontrarlo por ninguna parte y buscando alternativas (Plan B). Como no había un trabajo para mí por ningún lado, a principios del año 1967 comencé a pensar en irme a los Estados Unidos en busca de trabajo, siguiendo las huellas de miles de ecuatorianos que habían salido del país en esa direccion y habían logrado resolver su problema de desocupación. Francamente no me asustaba esta alternativa, principalmente porque ella me permitiría volver a encontrarme con Anita, mi enamorada a quien extrañaba tanto, y a la vez me permitiría encontrar un trabajo, pero también, porque con suerte yo podría aprender el idioma inglés, lo que me abriría la puerta para poder seguir estudiando en los Estados Unidos.
Discutí este plan con mi sobrina María (Marujita), la hija de mi hermana Letty. Ella tenía una muy buena amiga viviendo en New York, quien estaba casada con un amigo mío y ex compañero de colegio, Alberto Terreros. La idea que discutimos con mi sobrina era que ella le escribiría a su amiga para que yo pudiera llegar en su casa mientras encontraba un trabajo y un lugar permanente para vivir. La respuesta de nuestros amigos de New York fue muy positiva. Ya tenía la mitad del problema resuelto. Este plan era un secreto entre Marujita y yo. A mi madre y el resto de mi familia le diríamos que yo iba a viajar a Chile en goce de una beca y que estaría ausente por dos o tres años, así, no habría objeciones para mi viaje. Más adelante, cuando las cosas se estabilicen, le diríamos la verdad a mi mamá y al resto de la familia.
En Enero 27 de 1967 abordé un avión de Ecuatoriana de Aviación con direccion a New York donde llegue en medio de la noche. Al llegar, mi cabeza estaba llena de sentimientos encontrados; por un lado, empezaba una vida nueva, llena de cosas desconocidas, incluyendo el idioma, por otro lado estaban las esperanzas, las ilusiones, y por qué no decirlo, la alegría de volver a estar cerca de Anita, la chica en quien continuaba soñando. Tomé un taxi, y al salir del aeropuerto me deslumbraban las luces, los rascacielos, las vías rápidas, los túneles, los letreros luminosos y los puentes de la Gran Manzana. Me sentía como haber llegado a otro planeta, pero al mismo tiempo sentía que el frio polar de cuatro grados bajo cero de esa noche, me entraba hasta los huesos y me adormecía las manos y los pies. El taxi que me conduciría del aeropuerto John F. Kennedy hasta la casa de los amigos a donde iba a hospedarme, en el número 355 de la calle 47 en el lado oeste en Manhattan, zona postal 10036. Comencé a sentir una enorme frustración por mi falta de poder de comunicación, al punto que no podía darle la direccion al taxista que me conducía a mi destino. Le entregue un papel con la misma y así llegamos a mi destino a eso de la medianoche de ese muy recordado dia.
En el camino desde el aeropuerto hasta donde vivían de mis amigos, un trayecto que nos tomaría cerca de cuarenta y cinco minutos, mi cabeza iba llena de preocupaciones, una de las cuales era la duda de si lo que estaba haciendo era lo más apropiado para mi futuro, o si por el contrario, al irme tan lejos de la patria y de la familia, a un país tan diferente, me estaba alejando también de mis metas de largo plazo. Pensé entonces que como ya había tomado la decisión y había escogido un camino que ya había empezado a caminarlo, no era sensato llenarme de más dudas. Decidí que trataría de sacar el máximo provecho posible a este viaje, a esta experiencia y que trabajaría duro para enfrentar las dificultades que aparecieran. Mi lucha recién comenzaba.
Cuando finalmente llegue al departamento de Angelita y Alberto Terreros, situado en una área mayormente poblada por inmigrantes de Puerto Rico (que hoy ha sido completamente renovada), los dos amigos me dieron la bienvenida con genuina buena voluntad y con cariño, este era ciertamente un buen comienzo para una aventura que me guardaba muchas cosas sorprendentes y desconocidas.
Alberto Terreros, quien ya había estado viviendo en NYC por unos diez años, me dijo al llegar a su casa que yo no tendría ningún problema en encontrar un trabajo en Nueva York, me dijo también, que una condición previa para buscar trabajo era tener una tarjeta del Seguro Social, así que, me dijo, “Rafael, tenemos que poner manos a la obra y mañana mismo iremos a sacar tu tarjeta del Seguro Social”, y agregó, “debemos levantarnos muy temprano para no tener que hacer una larga fila” y así lo hicimos y a las siete de la mañana del dia siguiente ya estábamos en camino.
La oficina del Seguro Social estaba ubicada en la calle 125 de Harlem, un distrito habitado principalmente por población negra, y para llegar allí había que tomar el Subway.. Para eso de las diez y media de la mañana del dia siguiente, en efecto, yo ya tenía mi tarjeta del Seguro Social en la mano y, por tanto ya estaba habilitado para buscar un trabajo y comenzar a trabajar inmediatamente.
En la misma mañana fuimos a una zona llamada “El Barrio”, poblada principalmente por gente de Puerto Rico, donde había una especie de feria libre, en medio de la calle, donde compramos un par de zapatos para caminar en la nieve, guantes de cuero y un par de chompas para protegerme del intenso frío. El mismo dia, a eso de las dos de la tarde Alberto y yo estábamos ya agarrando al toro por los cuernos, y nos presentamos a una oficina del Departamento del Trabajo del Gobierno de los Estados Unidos, donde en menos de una hora ya me dieron la direccion de un restaurant donde necesitaban gente sin experiencia, y sin el requisito de hablar inglés, para operar una maquina lavadora de platos. El Restaurant era parte de la cadena IHOP (International House of Pancakes) y estaba ubicado en la calle Roosevelt en el distrito de Queens, donde comencé a trabajar la mañana siguiente a las 7 AM del dia 29 de enero de 1967. Durante todo este dia, Alberto fue no solamente mi guía, mi chaperón, sino también mi traductor, porque mi Ingles era nulo de nulidad absoluta. Ese mismo dia le dije a Alberto que mi siguiente prioridad, una vez que empezara a trabajar, era empezar a estudiar ingles.
Alberto se sorprendió mucho de que yo tuviera como prioridad el aprender el idioma, después de todo, el había ya vivido muchos años en Nueva York, y nunca había ido a una escuela a aprender el idioma. El ingles que el sabia y que era razonablemente bueno, lo había aprendido en el dia a dia en sus trabajos, que habían sido muchos. En la época en que yo llegue a su casa, el trabajaba como ayudante de camarero en un restaurant del sector de Broadway, a solo dos cuadras de su departamento.
En mi próximo capitulo: CONOCIENDO EL MUNDO A TRAVES DE NUEVA YORK

Sunday, May 27, 2012

LAS COSAS EMPIEZAN A MEJORAR

El año escolar 1964-1965 en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil empezó a mediados del mes de mayo y yo aun no tenía un trabajo fijo. Yo estaba dispuesto a trabajar en cualquier cosa para conseguir la estabilidad e independencia financiera que me permitiera continuar estudiando. A mediados del mes de junio, el gobierno del Ecuador hizo un llamado a los estudiantes universitarios con preparación contable, para entrar al servicio público en la Direccion General de Rentas del Ministerio de Finanzas. Los estudiantes que cumplieran con los prerrequisitos podían solicitar su inscripción, adjuntando sus datos personales, y esperar ser calificados para empezar un programa de entrenamiento que conduciría a los que lo aprobaran, a obtener un nombramiento como Fiscalizadores de Rentas, es decir, como funcionarios del Ministerio de Finanzas.

Para “calificar” y poder ser admitido a este concurso, había que tener un titulo secundario de “Perito Contador”, cosa que yo no tenía, pero que muchos de mis compañeros si lo tenían. Cesar Sacotto Guzmán, quien había ya aprobado el cuarto año de la facultad, fue calificado para entrar en este programa del Ministerio de Finanzas y me propuso que yo tomara a mi cargo su trabajo como profesor de Contabilidad en el Colegio Jose Enrique Rodó, por lo menos durante el tiempo que durara el programa de entrenamiento al que había sido admitido. Si Cesar aprobaba el curso, su actual trabajo podía ser mío de manera permanente. Bingo!. Ya tenía trabajo. El único problema con este asunto era que yo solo sabia la contabilidad que había aprendido para mi examen de ingreso a la Universidad. Estaba entre la espada y la pared. Si no aceptaba esta oferta, seguía sin empleo, y si la aceptaba, me encontraba con que yo no estaba preparado para mi nuevo trabajo. Pequeño gran problema!: un profesor que no sabía la materia que enseñaba, y yo que había criticado siempre a aquellos profesores que solo tomaban su cátedra como una fácil forma de ganarse la vida!. Ironías de la vida! Pero eso no me iba a detener.

Acepte la Oferta de Cesar Sacotto y decidí que aprendería la materia que yo tenía que enseñar a estudiantes de cuarto, quinto y sexto año del colegio, sin importar si tuviera que aprender clase por clase solo unas horas antes de tener que dictarla, y así lo tuve que hacer. Para esto me ayudaron muchísimo los apuntes y los libros de texto que el propio Cesar me prestó. Aprendiendo clase por clase el dia antes de que debiera dictarla es como llegue a saber contabilidad en el detalle que solo los profesores de esta materia lo sabían. Hice un buen papel como profesor ese año, tanto así que el rector del plantel me felicito al final del año escolar y me pidió que siguiera en la cátedra el año siguiente. Todo resulto más bien de lo que yo me hubiera imaginado. Mientras enseñaba contabilidad en el colegio, yo reforzaba lo que estaba aprendiendo en la universidad. Era mejor de lo que yo hubiera podido imaginar!

Termine mi primer año en la Facultad de Ciencias Económicas con un promedio de 9.9 sobre 10. Casi una calificación perfecta, mientras me ganaba la reputación como un excelente estudiante entre mis compañeros y también entre mis profesores. Otra vez me gané el premio al mejor estudiante del primer año de la Facultad de Ciencias Económicas, concedido por la Asociación de Estudiantes de la Facultad.

En el mes de abril de 1965, el gobierno del Ecuador, asesorado por el gobierno de los Estados Unidos, organizó nuevamente un concurso para reclutar asesores tributarios que le ayudaran a difundir la recientemente aprobada Ley de Impuesto a la Renta. Para el efecto, igual que en el año anterior, se convocaba a estudiantes universitarios de las escuelas de Economía y Administración para participar en programas de entrenamiento, que al ser aprobados, permitirían a sus participantes ingresar al servicio público como “Asesores Tributarios”. Esta vez sin embargo ya no existía la restricción de que los participantes fueran “peritos contadores” y se abría la oportunidad a bachilleres de otras especialidades. Esta vez yo podía participar también!. Ingresé mis papeles y logré que me inscribieran en el nuevo programa de capacitación.

El proceso de selección estaba muy bien estructurado, y era supervisado por un asesor del departamento de impuestos de los Estados Unidos (IRS), el señor Brown. Un total de 900 estudiantes inscritos fuimos sometidos a una evaluación de cociente intelectual,(IQ test), al final del cual solo la mitad de los participantes logramos el puntaje mínimo necesario para pasar a la segunda fase del programa de selección. Los 450 preseleccionados empezamos entonces un programa de entrenamiento de ocho semanas, al final de cada una de las cuales se eliminaba a los participantes que no llegaran al mínimo del 70 % en el examen semanal de evaluación. Ocho semanas después, sólo 19 participantes quedamos y fuimos calificados para entrar al Servicio Civil como “Asesores Tributarios”. En este severo proceso de selección me cupo también el honor de ser el participante con las máximas calificaciones, cuestión que me calificaba para tener la calidad de “supervisor” del programa. Una semana después nos llegaron los nombramientos, nuestro sueldo seria de 2.500 sucres mensuales. No me llegó el nombramiento de supervisor, sino sólo de asesor tributario, igual que mis otros 18 compañeros. Como supervisor nuestro vino, caído de alguna parte y con la consabida “palanca”, un señor Fajardo, quien ni siquiera había participado en el programa de preparación. Así funcionaban las cosas en la administración pública del Ecuador en aquellos días, a pesar del esfuerzo que el asesoramiento estadounidense hacia por modernizarla. Pocas semanas después, nos enteramos que el señor Fajardo era cuñado del Jefe de Asesores legales del la Dirección General de Rentas del Ministerio de Finanzas en Quito. Allí estaba la explicación de su nombramiento como Supervisor. Su sueldo era de 4.500 sucres mensuales. Yo estaba feliz, no cabía mi felicidad en mi cuerpo!. Ya tenía un trabajo fijo y razonablemente bien remunerado, un trabajo que me lo había ganado sin palancas, y sólo gracias a mi capacidad, reforzada por mi esfuerzo y mi dedicación. Todo empezaba a lucir brillante, pero especialmente mi futuro!.

La idea del Programa de Reforma Tributaria era ayudar a crear una actitud positiva de la gente hacia la nueva Ley de Impuesto a la Renta y a la idea de tener que tributar. Esto no sería fácil en un país donde después del futbol, el deporte más popular era la evasión trinitaria; donde pagar impuestos era no solamente considerado tonto, sino la cosa más tonta que uno podía hacer. Con raíces en la época colonial española, la evasión de impuestos era una cosa de lo más normal, estaba en el alma y en el corazón de la gente. Mientras más evadía los impuestos, el evasor era considerado más “vivo” y jamás perdía el estatus de “gran hombre de negocios”. Algunos de estos celebres evasores fueron inclusive nombrados directores de aduanas, ministros de estado, gobernadores, alcaldes, etc. Evasor de impuestos, poco menos que era una de las profesiones más respetables y respetadas en la sociedad civil del Ecuador. Fue bajo esta atmósfera que nació, como una luz al final del túnel, nuestro programa de Difusión Tributaria, que, en poco tiempo se ganó una gran reputación por su sencillez y su profundo contenido ético.

El trabajo resultó más interesante de lo que parecía. El país atravesaba por una etapa de su vida en la que parecía que el gobierno hacia un esfuerzo (que al final resultó no muy exitoso), por mejorar las condiciones de vida de la población. Se ponía énfasis en la educación y en la salud, en la salubridad de los más pobres. Se emprendió en un plan de Reforma Agraria que pretendía eliminar las desigualdades en la propiedad de la tierra, sobre todo en la Sierra, donde unos pocos terratenientes, entre ellos la Iglesia, mantenían un régimen de propiedad heredado de la época de colonia. Haciendas de miles de hectáreas de extensión eran de propiedad de una sola familia, tierras sub utilizadas y que, en la parte utilizada, lo hacían con métodos arcaicos donde el factor más importante de la producción eran los indios a quienes se mantenía casi como esclavos. El programa de Reforma Agraria se quedó muy corto en alcanzar las metas perseguidas. Sólo avanzó a retacear la tierra, entregando pequeñas parcelas a los indios, poco menos que diciéndoles, “aquí está tu tierra, cómetela”.

En el campo tributario, sin embargo, el gobierno hacia esfuerzos por reducir el impacto de la baja tributación, que era el resultado de la combinación de la ancestral aversión de los ecuatorianos a pagar sus impuestos, con la corrupción de las autoridades encargadas del control de la tributación, y la inexistencia de leyes claras y sencillas que precisaran las fuentes, los sujetos y los controles de la tributación. Era eso lo que el programa tributario del que ahora éramos parte quería corregir. Nuestro trabajo consistió al principio en “educar a la población económicamente activa, en el contenido de la nueva Ley del Impuesto a la Renta”, mediante conferencias en colegios, empresas grandes, sindicatos, escuelas, asociaciones profesionales, etc. Eso nos dio la oportunidad de conocer a mucha gente y a desempeñarnos bien en la exposición de las razones de la ley y de sus esperados beneficios. Todo esto pasaba mientras estudiaba el segundo curso de la facultad de Ciencias Económicas, donde ahora me sentía como Juan en su casa, y seguía desempeñándome al tope de la clase. Demás esta decir que al principio del año lectivo 1965-1966, tuve que renunciar a mi trabajo como profesor de Contabilidad en el Colegio Jose Enrique Rodó, trabajo en que aprendí mas de lo que enseñé, pero nunca defraudé a mis estudiantes, ni a mis superiores, ni al amigo que me permitió reemplazarle en su puesto el año anterior.

La lección más importante que aprendí en el año que me desempeñé como profesor de contabilidad, y que jamás olvidaré, es que: muchas veces puede no gustarte lo que haces, pero si lo TIENES que hacer, LO DEBES hacer BIEN, y tratar de disfrutarlo, porque de lo contrario, podrías terminar en el desierto, con frio y con hambre.

En Julio de 1965 conocí a Anita, una pequeña y muy linda chica de 1.5 mts. de diecinueve años, nacida en Junín, provincia de Manabí, de piel muy blanca, de ojos verdes grandes y pestañas rizadas, pelo rubio, que tenía una sonrisa cautivadora y una voz de ángel. Ella era una de las tres secretarias del departamento de asearía tributaria donde yo era un “Agente Fiscal”. Anita y yo nos conocíamos y habíamos hablado varias veces en la oficina, pero no fue sino hasta una noche que fuimos invitados a una fiesta para gente de nuestra oficina, que tuve la oportunidad de bailar y estar más cerca de ella. Fue en esta fiesta que nos sentimos mutuamente atraídos y poco después ella aceptó salir conmigo y convertirse en mi enamorada.

Nuestra relación evolucionó en algo que tanto ella como yo empezamos a pensar que sería una cosa muy seria, pero en poco tiempo su padre, un manabita de cepa, quien trabajaba en la oficina de personal del Ministerio de Finanzas, llegó a descubrir que yo era un hombre divorciado e inmediatamente comenzó una agresiva campaña para hacer que su hija dejara de salir conmigo. Como suele suceder casi siempre, esto sólo logró que tanto ella como yo nos uniéramos mas haciendo vanos los esfuerzos de su padre por separarnos. Su padre tampoco estaba para darse por vencido, y, para mediados del año siguiente, le había preparado a Anita un viaje a los Estados Unidos para forzar la ruptura. En un par de meses, Anita tuvo que viajar a New Jersey, a vivir con una hermana mayor. La separación sólo logró intensificar nuestros sentimientos y entonces empezamos a escribirnos tres y hasta cuatro veces por semana. Comunicaciones por teléfono eran escasas y muy caras, así que esto estaba fuera de nuestro alcance.


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En mi próximo capítulo: OTRA VEZ SIN TRABAJO