Thursday, June 14, 2012

DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD


EDIFICIO DE LAS NACIONES UNIDAS EN NUEVA YORK
LA PAZ DEL MUNDO DEPENDIA DE LO QUE AQUI SE HICIERA

La paz mundial estaba en enorme riesgo, los impredecibles gobernantes soviéticos eran capaces de reaccionar agresivamente a la vergonzosa derrota que los judíos habían propinado a sus pupilos árabes armados en mar, tierra y aire hasta los dientes, con el más moderno y sofisticado arsenal ruso de la época, y entrenados por la flor y nata de las fuerzas armadas soviéticas. Por eso, el edificio de la ONU estaba lleno con la presencia de los más altos representantes diplomáticos del mundo, y esa gente comía en ese mismo edificio, en el mismo lugar donde yo trabajaba limpiando mesas, sirviendo el pan y el agua, y en algunos casos el vino. Por eso, yo pude hablar, uno a uno, personalmente, con algunos de los hombres mas importantes del planeta en ese entonces, entre ellos el secretario General de la ONU, U Thant; el secretario de Estado de los Estados Unidos William Rogers; el Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética Alexei Kosygin; el Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Abba Eban, el embajador británico en la ONU Lord Carradon (autor de la Resolución 242) y a una larga lista de otros diplomáticos de élite cuyos nombres se me han olvidado después de 45 años.

Estos días vividos en New York en su calidad de “Capital del Mundo”, han quedado grabados en mi mente como uno de los períodos más interesantes de mi vida y se quedarán allí para siempre en mi recuerdo. Nunca más, a pesar de las altas funciones que llegué e desempeñar en cuatro de los cinco continentes del mundo, estuve tan cerca de un evento tan importante como el que se llevaba a cabo en esos días en el salón del Consejo de Seguridad de la ONU en junio de 1967.

Esa guerra “caliente” en el Medio Oriente, que el mundo entonces llamó “la Guerra de los Seis Días”, en efecto se detuvo imediatamente, no tuvieron que morir más soldados árabes ni israelitas en ese conflicto, pero la “Guerra Fría” no se detuvo. El mundo siguió viviendo por casi dos generaciones más, un delicado balance de fuerzas entre las dos superpotencias, balance que de vez en cuando provocaba importantes guerras regionales, incluyendo una en el mismo lugar y con los mismos actores que la “guerra de los Seis días”, guerra que se llamó entonces la “Guerra del Yom Kippur, en Octubre de 1973, sólo seis años después de la guerra anterior. En esta nueva guerra, Siria, Egipto, Jordania e Irak, junto con el movimiento Palestino y por supuesto con el apoyo y armas Soviéticas, volvieron a invadir Israel. Esta vez, la guerra duró cerca de veinte días y el resultado final fue casi exactamente igual que el de la guerra anterior. Los invasores fueron forzados por Israel a batirse en retirada y los soviéticos tuvieron que volver a sufrir el deshonor de haber auspiciado una vez más una guerra en la que sus clientes árabes volvieron a perder…

La paz en el Medio Oriente sigue sin conseguirse. La intransigencia de los actores principales hace casi imposible una reconciliación de árabes y judíos. En el año 2012, cuarenta y cinco años después de la guerra de los seis días, los mismos países, con distintos líderes siguen enfrentados sin encontrar una solución definitiva a su conflicto.

Mientras tanto, la noche de 30 de junio de 1967, el día de mi cumpleaños número 25, en el Playboy Club de Nueva York, como si fueran las frutillas y la crema sobre la torta de mi cumpleaños, seis conejitas me cantaban el “happy birthday” y se tomaron una foto conmigo. Este si que fue un feliz cumpleaños para Rafico…En realidad no hubo una “torta” de cumpleaños, pero si un rico pedazo de cake que una de las conejitas me entregó después de ella comerse un pedacito del mismo. La foto que fue tomada por una de las conejitas, la conejita fotógrafa, se ha perdido y yo pagaría cualquier cosa por recuperarla. Mi esposa Fanny jura que no tiene que ver nada con esa desaparición, y yo le creo, por supuesto…

A finales de mayo de 1967, concluí mis clases de inglés en la NSSR y junto con mis demás compañeros del sexto nivel, tomé el examen que nos permitiría ingresar a estudios académicos en la misma Universidad. Aprobamos el examen los 10 estudiantes de mi curso y eso nos permitía matricularnos para estudios superiores en la misma universidad. Como resultado de esto, decidí mantener mi trabajo nocturno en el Playboy Club y continuar estudiando en el horario diurno.

Hago una breve historia de la Universidad en la que estudié mientras estuve en Nueva York:
ESTA ES LA ZONA DONDE SE ENCUENTRA LA NEW SCHOOL FOR SOCIAL RESEARCH EN NUEVA YORK

La NSSR (New School for Social Research) fue fundada en 1919, por un grupo de profesores “pacifistas” de la Universidad de Columbia que habían tomado una actitud de franca oposición a la participación estadounidense en la Primera Guerra Mundial, y a la política exterior del presidente Wilson, y que por lo mismo fueron censurados por el presidente de dicha universidad.

Estos profesores reaccionaron a su censura renunciando a sus cátedras y fundando una nueva universidad (la NSSR) dirigida a gente adulta, en el distrito de Chelsea en la ciudad de Nueva York. En esta universidad, sus alumnos podrían discutir libremente sus ideas, no sólo entre ellos y con sus profesores, sino con otros académicos, políticos y artistas de la época que representaban un amplio espectro de orientaciones intelectuales, políticas y sociales.

A través de las varias décadas desde su fundación (ahora casi cien años), esta universidad ha podido mantener el espíritu original, y “la Libertad de Pensamiento” de sus fundadores es el principio fundamental que la orienta. Uno de los mas influyentes diarios de los Estados Unidos, coloca a esta universidad entre las primeras diez escuelas “no tradicionales”. Entre los estudiantes mas destacados que han pasado por esta universidad están Shimon Peres el ex primer ministro y presidente de Israel; Eleanor Roosevelt, la esposa del gran Presidente americano Franklin D. Roosevelt y el famoso dramaturgo Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams III), autor del libro Un Tranvía Llamado Deseo.

En la época en que yo ingresé a esta universidad, La New School for Social Research tenía (y creo que aun lo mantiene), un sistema de “programa de estudio dirigido por el estudiante” (student directed curriculum), que no requería que el estudiante tomara cursos de educación general. En su lugar, a los estudiantes se les alentaba a “explorar” antes de escoger una especialización, seleccionando tópicos que eran de su mayor interés, en otras palabras, los estudiantes tenían la oportunidad de ser los “diseñadores” de su propia e individualizada educación. Me aproveché de esta oportunidad, y decidí enfocar mis estudios en Economía, Economía de la Empresa, Organización y Administración de Negocios.

Decidí “probar las aguas” tomando un dieciséis horas de clase, y a fines de agosto, después de las clases de verano, estaba en buen camino. En el área de economía, los estudios incluían una amplia gama de “escuelas de pensamiento”, incluyendo la escuela Keynesiana (fundada por John Maynard Keynes, que destaca el papel del gobierno en la regularización de la economía, el empleo y los ciclos económicos), las escuelas post Keynesianas, así como también las clásicas teorías económicas de Smith, Ricardo y Marx. Terminé mi ciclo de verano con un promedio de 3.3 sobre 4, que me calificaba para una asistencia financiera que equivalía al 30% del costo de mis estudios. Esto, por supuesto me ayudó enormemente a sobrellevar el peso financiero de mis estudios. En los siguientes semestres, esta ayuda no sólo se mantuvo, sino que se elevó a casi el 50% del costo total.

Para el mes de octubre, y gracias a mi buen inglés, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros me sugirió que era hora de que yo aplicara para un trabajo como mesero (“waiter”) para el turno de la noche en el restaurant donde él trabajaba ya desde hace algunos meses, el “Canterbury Restaurant”, un restaurant medio exclusivo, de tipo inglés, situado en la calle 47 West y Broadway, en el piso bajo del Hotel Edison, y en el corazón del área de Times Square, el distrito de los más famosos teatros de Nueva York. La clientela de este restaurant era casi exclusivamente compuesta por gente que iba a respectar las funciones de teatro.

Pese a que cambiarme de trabajo implicaba dejar atrás a las muy queridas y admiradas “conejitas del Playboy”, llené la solicitud de trabajo y me presenté a una entrevista con el gerente del restaurant y su Maître d’. Después de las entrevistas, mi solicitud de trabajo fue aceptada e inmediatamente comencé a trabajar allí. Ahora me tocó vestir un elegante uniforme de pantalón negro, camisa blanca, corbatín negro y chaqueta roja con un escudo de armas del castillo de Canterbury en la chaqueta, a la altura del corazón. Mi horario de trabajo sería desde las tres de la tarde hasta las once de la noche.

Para entonces, ya me había “independizado” y vivía en un apartamento pequeño, de un dormitorio en la calle 72, del lado oeste de Manhattan, muy cerca de la intersección con Broadway y la avenida Amsterdam. Tenía una estación de tren a sólo una cuadra y el Parque Central de Nueva York a sólo un largo bloque de distancia. Desde entonces, ese parque se convirtió en mi lugar preferido para caminar, por eso, cada vez que voy a Nueva York, el viaje no es completo si no camino por los sinuosos, ondulantes, verdes y bien cuidados senderos de este maravilloso parque.

En mi nuevo trabajo tenía la ventaja adicional de estar a sólo veinte minutos en tren desde la universidad de donde salía a la una de la tarde, y a solo otros veinte minutos de tren hasta mi departamento, pero, además, podía llegar después de mis clases y almorzar la comida que para los empleados se preparaba en el restaurant. En el intermedio entre la hora de la cena y la hora del “supper” podía comer también mi propia cena. Era una situación ideal. Ahora ya no tenía que cocinar en mi departamento. Para el desayuno, sólo comía un poco de cereal (corn flakes) con leche. Mi alimentación no sólo que había mejorado sustancialmente, sino que su costo se había reducido casi a cero. Además, entre una y treinta de la tarde y once de la noche, tenía al menos tres horas para estudiar. Era casi una situación ideal. Siempre pensé que Mi Dios protegía y guiaba cada uno de mis pasos, pero esta en particular, era una época en que me sentí especialmente protegido y guiado por El.

Comencé a ganar mas dinero del que jamás había pensado, yo era ya, después de sólo diez meses de mi llegada a Nueva York, un neoyorkino más, y mis horizontes se estaban abriendo mas rápido de lo que pudieran haberme sugerido mis sueños mas ambiciosos; mi espíritu me decía que las vías estaban abiertas para que yo pudiera subir aun más.
Pero no todo era perfecto, mi querida Anita empezó a quejarse de que yo no la visitaba lo suficiente. Ella vivía en Hackensack, en la vecina New Jersey, a solo una hora de viaje en bus desde Nueva York, y yo sólo la estaba viendo los domingos, cuando ni yo ni ella trabajábamos. No era que yo me despreocupaba de ella, pero mi calendario de trabajo y mis actividades entre estudio y trabajo no me daban más tiempo para verla. No era la situación ideal, pero era lo que yo podía hacer bajo las circunstancias que entonces vivía. A ella le resultaba duro entender esto.

Retrocediendo un poco en el tiempo, cuando llegué a Nueva York en enero de 1967 y la visité por primera vez en su casa, ella se puso muy feliz. Hablé con ella de mis planes, que incluían aprender inglés y luego asistir a la universidad, pero le hice también saber que mi idea no era quedarme a vivir en los Estados Unidos, yo había decidido que mi futuro estaba en el Ecuador. Le pedí que no le hiciera saber a su padre que yo estaba en Nueva York, y ella estuvo totalmente de acuerdo. También acordamos que yo la visitaría sólo los fines de semana y los días festivos, con lo que ella también estuvo de acuerdo.

Unas semanas después, cuando ya estaba tomando mis cursos de inglés, le sugerí que también ella tomara clases de inglés en la misma universidad, en el horario de los sábados, y así lo hizo, pero su estamina y su deseo de mejorar su inglés no eran iguales a los míos, así que en sólo un mes renunció a sus clases a pesar de que su inglés era sólo muy básico y de que en su trabajo no tenía oportunidad de mejorarlo, puesto que ella trabajaba como obrera en una fabrica de perfumes, ganando un salario de $44 por semana y donde el 95% del personal de la fábrica eran hispano parlantes (mayoritariamente exiliados cubanos) con quienes no necesitaba hablar inglés.


En mi próximo capítulo: EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK

CONOCIENDO AL MUNDO A TRAVES DE NUEVA YORK


Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor

Pese a que en mi mente estuvo presente por algún tiempo el prejuicio mas que latino, ecuatoriano, de que lavar platos no era una tarea de la que pudiera sentirme orgulloso, y sobre la cual podría yo hablar abiertamente con mi familia, lavé platos por casi dos meses en la International House of Pancakes ganando un salario de menos de $50 a la semana. Mientras tanto ya había emprendido, casi con obsesión, la ardua tarea de aprender inglés por mi cuenta, usando mis libros de ingles de la universidad y siempre con un diccionario de bolsillo a la mano.

Emprendí la tarea de desenterrar el inglés que tenia escondido en alguna parte de mi cerebro, que lo había aprendido en el colegio así como en la universidad, y que nunca lo había usado, porque nunca necesité hacerlo. Para fines de febrero de 1967, esto es, sólo un mes después de mi llegada a Nueva York, ya me sentía menos incomodo en Nueva York, porque empezaba a entender un poquito lo que la gente hablaba y empezaba, con dificultad, a querer formar oraciones cortas tomadas de mis libros, para hacerme entender de la gente que me rodeaba, especialmente en mi trabajo.

Fue en este punto que el primero de marzo decidí visitar The New School for Social Research, ubicada en la calle 14 del Bajo Manhattan, para solicitar información acerca de los cursos de Inglés como Segunda Lengua que ellos ofrecían y que comenzarían en la segunda quincena de ese mes. Ofrecían clases de cuatro horas de inglés en la mañana, en la tarde y en la noche con un costo por cada tres meses de $265. Me matriculé inmediatamente para las clases nocturnas, y asistí a un examen de admisión que se tomaría esa misma semana, después del cual, la Universidad me ubicaría en el nivel que me correspondiera, de acuerdo con los resultados obtenidos en el examen.

Me ubicaron en el tercer nivel de un total de seis y empezamos las clases a mediados de marzo. Nuestro profesor era un hombre especializado en enseñanza de leguas en la Universidad de Columbia. Durante la primera semana empecé a sentir que mis clases eran relativamente fáciles. El lunes de la tercera semana, en medio de una de mis clases una funcionaria de la Universidad me solicitó salir de ella e ir a la administración porque necesitaban hablar conmigo. Me asusté porque creía que me hablarían sobre mi situación de inmigración, sin embargo, después de unos pocos minutos de espera, sentado fuera de la oficina de la funcionaria, muy gentilmente ella me invitó a pasar y fue directo al grano. En perfecto español, pero con acento de gringa, me pidió disculpas porque según la evaluación de nuestro profesor, mis conocimientos de ingles no correspondían al nivel en que me habían ubicado. En mi mente rápidamente empecé a pensar que me bajarían de nivel y me sentí un poco triste, pero ese no era el caso, la señora me explicó que mi profesor creía que yo debería estar en el QUINTO nivel.

La sangre me volvió al cuerpo, me tranquilicé y siguiendo las instrucciones que me dieron, esperé la hora de descanso y me pasé a la clase del quinto nivel, donde mi nueva profesora (una dama que hablaba inglés con un acento especial, entonces desconocido para mi y que luego me enteré que era de Inglaterra), ya me esperaba. Pronto me di cuenta que las clases aquí iban a ser infinitamente mas difíciles que las que había venido tomando. Las clases incluían muchos deberes (homework), eran muy interactivas, e incluían conversación, comprensión, lectura y discusión de la lectura, aparte de dos horas de laboratorio de comprensión los días sábados. Éramos diez estudiantes de diferentes países, incluyendo Japón, Alemania, Dinamarca, Francia, Hungría, Polonia, Italia, Argentina e Israel. Solo éramos dos estudiantes latinos que hablábamos español. No se permitía hablar en clase en ningún otro idioma que no fuera inglés. Algunos de los compañeros estudiantes, incluyendo el argentino, eran miembros de las delegaciones de sus países a las Naciones Unidas y tenían, por tanto, rangos diplomáticos.

Mis clases de inglés pronto empezaron a darme dividendos. Para los primeros días de abril, ya empecé a tener una mejor comunicación con la gente con quien interactuaba, tanto en el trabajo como en la universidad. Una excelente prueba de mi evidente mejor inglés vino de forma inesperada y hasta jocosa un día que llegaba a mi trabajo a las siete de la mañana. Como de costumbre, al encontrarme con mi compañero de trabajo, Joe, un joven afroamericano de unos veinte años, le saludé con un sencillo “Hi Joe”, él me contestó con su acostumbrado “Hi Rafael”, pero agregó la pregunta “what’s new?” (Qué hay de nuevo?), a lo que le di una respuesta para esa especifica pregunta, que había yo aprendido de mis libros y en mi clase el día anterior: le dije “nothing in particular, Joe” (nada en particular). No fue mas, Joe se echó a reír a carcajadas repitiendo varias veces “nothing in particular, ja, ja, ja, ja”, nothing in particular, ja, ja, ja., se agarraba el estómago y hasta lagrimeaba de la risa.

El caso es que, como lo entendí después, mi respuesta era en un inglés muy formal, mas bien de mas alto nivel, y, claro, Joe, un joven negro de clase trabajadora y humilde, no estaba acostumbrado a este tipo de respuesta, que era adecuada dentro de un dialogo de gente con mayor nivel cultural. Nunca olvidaré ese día y ese especial momento. “Donde aprendiste eso Rafael?”, me preguntó luego mi amigo Joe, mientras continuaba riéndose de mi y de mi respuesta tan formal. Le expliqué que estaba asistiendo a la universidad para aprender inglés y que estaba usando una expresión que había aprendido el día anterior de mi profesora inglesa. La expresión de Joe cambió de repente de la risa a la admiración, me dio un abrazo y se disculpó, él estaba avergonzado de lo que había hecho. “no tienes porqué preocuparte Joe”, le dije, “somos amigos y nos podemos hacer bromas, no es así?” Ese fue el primer día en que me di cuenta de lo rápido que estaba asimilando el nuevo idioma y de cómo eso me estaba elevando en la escala social. Eso, eso mismo era lo que yo perseguía!.

Desde entonces, y por el mes siguiente, Joe se convirtió en mi gran amigo y cada día me preguntaba que es lo que había aprendido el día anterior, se sorprendía de lo rápido que yo iba en mi aprendizaje del idioma y me felicitaba por ello. Cuando un mes después cambié de trabajo y me despedí de Joe, este me miró con una cara triste, me dio un abrazo, me deseó buena suerte y me dijo en inglés; “So long Rafael, you´ll do good, I´m sure you will¨ (hasta siempre Rafael te va a ir bien, estoy seguro de eso”). Joe no era un profeta, pero siempre lo he recordado como lo más cercano a uno de ellos.

Las ocho meseras del restaurant hicieron fila para despedirse de mi, cada una mas cariñosa que la otra, todas eran señoras de mas de cincuenta años, todas eran madres, y algunas eran abuelas, con todas me llevé muy bien y de ellas aprendí algo del arte de servir bien en una mesa, arte que luego de algunos meses habría de servirme mucho para mejorar mis ingresos y mi relación con la gente. Esta gente era típicamente neoyorquina, trabajaba muy fuerte, vivían muy lejos de su lugar de trabajo, gran parte de sus vidas debajo del suelo viajando en el tren subterráneo (“metro”) de mañana y tarde y estaban orgullosas de lo que hacían en su trabajo y de lo que podían hacer con sus ingresos. Sus hijos iban a la universidad o ya eran profesionales, eran parte importante de lo que se llama “el sueño americano”. Y yo empezaba a ser parte de este duro pero fascinante mundo. Yo también, a mi manera, perseguía mi sueño americano!

Para el mes de abril de 1967, mi amigo Alberto Terreros (mi ángel de la guarda) había conseguido un trabajo nuevo como bus boy (ayudante de meseras) en el famoso club nocturno Playboy de Nueva York e inmediatamente me consiguió uno igual en el mismo club, con el mismo horario y la misma remuneración. Eso me permitió dar el salto desde la International House of Pancakes (IHOP) y de lavador de platos, al mismísimo club donde las meseras eran chicas muy lindas de entre 23 y 28 años, de esculturales cuerpos y caras de muñeca, vestidas de conejitas, reclutadas personalmente por el señor Hugh Hefner el ya famoso dueño de la Revista Playboy y de los clubes del mismo nombre, con su exquisito gusto por las mujeres bonitas y la gran vida, y dueño de un imperio de la diversión.
UNA BUNNIE (CONEJITA) DEL PLAY BOY CLUB
El Playboy Club de Nueva York estaba situado casi en la esquina de la calle 59 y Park Ave., frente al inmenso edificio de la General Motors y diagonal al famoso Hotel Plaza, a solo unas pocas cuadras del gran Museo Metropolitano de la ciudad. La esquina sur oriental del Parque Central de Nueva York estaba solo a unos cincuenta pasos. Mi trabajo era ayudar a las conejitas a arreglar y limpiar mesas principalmente para servir cocteles a los socios del club y sus invitados. Mi salario subió de cuarenta y cuatro dólares semanales a $75 más la propina que el club entregaba cada quince días, con lo cual empecé a ganar un promedio de $160 dólares semanales, casi cuatro veces lo que ganaba lavando platos en IHOP, era un platal para mi, y empecé a ahorrar. Amaba mi trabajo porque empecé a interactuar con otro tipo de gente; podía usar más frecuentemente mi inglés; trabajaba con las bellas conejitas y como bono especial, al menos dos noches por semana podía ver (entre servicio y servicio), los fantásticos shows que en el “Playroom” se presentaban para deleite de los clientes del Playboy Club.

Tuve que cambiar mis clases de inglés al horario diurno y ahora ellas comenzaban a las nueve de la mañana y terminaban a la una de la tarde. Como resultado, llegaba a mi trabajo a las dos y media de la tarde, comía con los empleados y tenía tiempo para hacer deberes y descansar. Me esperaba una jornada de ocho horas de trabajo. Me gustaba mi trabajo, mi horario, mi sueldo, me fascinaban las conejitas a las que veía tan de cerca que hasta podía tocarlas (pero nunca lo hice), era casi un sueño!
A mediados de mayo, cuando las clases de la universidad llegaron al fin del trimestre, otra vez mi amigo Alberto Terreros me consiguió un nuevo trabajo, a tiempo parcial en el “Clouds’ Club” (Club de las Nubes) en la calle 42 de Manhattan, en el piso ochenta del segundo edificio mas alto de Nueva York, el Chrysler Building.

Imágenes de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
EL CHRISLER BUILDING EN NUEVA YORK, EL "CLUB DE LAS NUVES ESTABA EN EL PISO 82

Mi trabajo allí era otra vez como bus boy (ayudante de mesero) exclusivamente para la hora del lunch, de 11AM a 2PM. El salario era el mínimo, pero las propinas que nos daban las meseras (15% de las suyas) eran atractivas y se agregaban a la suma que recibía del Playboy Club. En este trabajo de “altura” solo duré dos semanas, porque otra vez, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros consiguió para él, y también para mí un trabajo de bus boy a tiempo parcial (11 Am a 3PM) en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo edificio de la ONU, en la orilla del Rio East, en la intersección con la calle 42 en el lado Este de La Gran Manzana.


Sólo unos pocos días después de que yo comencé a trabajar en el restaurant principal de la ONU, a comienzos del mes de junio, una coalición de países árabes que incluía a Egipto, Jordania y Siria, con el apoyo logístico, político y económico de casi todo el mundo árabe, sorpresivamente invadió Israel y estalló la guerra en el Medio Oriente.
Los dos primeros días de la guerra los invasores hicieron avances importantes en su intento por aniquilar a Israel, sin embargo, cuando las fuerzas de defensa israelitas, al mando del general Moshe Dayan (el del ojo derecho tapado), lograron reagruparse y contra atacar, los invasores fueron rápidamente repelidos y en los siguientes tres días, rompiendo totalmente la resistencia de los ejércitos árabes, penetraron profundamente en los territorios de los países invasores, tomando total control de la Península del Sinaí al sur, de Las Colinas del Golán al norte y de Judea, Samaria y la Franja de Gaza al este y sureste.

MOSHE DAYAN, DERROTO A LOS INVASORES ARABES EN LA GUERRA DE LOS SEIS DIAS

Esto se convirtió entonces en la victoria más espectacular de la historia, de un ejército de defensa, sobre varios ejércitos invasores que numéricamente le superaban en una proporción de casi cinco a uno.

La Unión Soviética (que apadrinaba a los países invasores), y que en los dos primeros días de la guerra se había negado a apoyar una Resolución pidiendo el cese al fuego, al ver que sus ahijados árabes estaban a punto de ser aniquilados, pidió con urgencia la reunión del Consejo de Seguridad para que se obligue a las fuerzas israelíes a replegarse a sus posiciones de antes del conflicto. El cese de la guerra era vital para los soviéticos, porque su continuación hubiera significado la aniquilación total de los invasores y el desprestigio total de la Unión Soviética y de sus armas utilizadas por los ejércitos árabes.

Las Naciones Unidas se convirtieron entonces en el centro de atención de todo el mundo, y los cancilleres no solo de los países beligerantes, sino de muchos otros países miembros de la ONU llegaron a Nueva York y se reunieron en el salón del Consejo de Seguridad, para discutir una formula urgente de arreglo al conflicto. En esos mismos momentos yo estaba, como si fuera un sueño, trabajando en el edificio de las Naciones Unidas, en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo lugar donde los personajes más importantes del mundo se reunían para discutir y resolver asuntos de transcendental importancia histórica para toda la humanidad.

Esto era increíble. Yo, este muchachito nacido en Pallatanga, de una familia humilde, que había estado en Nueva York lavando platos en un restaurante, que estaba recién aprendiendo el idioma inglés, estaba ahora en medio de los diplomáticos mas importantes del mundo, claro, mientras ellos discutían sobre la guerra y sobre la paz, yo les servía el pan y el agua en las mesas del comedor de la ONU. Conocí entonces personalmente a algunos de esos personajes, y hable con ellos, mientras les servía el agua o el pan en sus mesas. Me sentía en la cumbre del mundo!

En el sexto día de la guerra, y cuando el ejército Israelí estaba a punto de penetrar en las capitales de los países invasores y literalmente aniquilar a sus ejércitos, el Consejo de Seguridad, a través de su Resolución 242, adoptada por unanimidad, ordenó el cese al fuego, la retirada de los ejércitos a sus posiciones antes de la guerra y a todos los países a trabajar para el establecimiento de una paz duradera entre los vecinos árabes y el estado de Israel.

Israel se vio obligado a retroceder, pero no lo hizo a la posición pre-conflicto. Se quedó en la Península del Sinaí, en la Franja de Gaza, en las Colinas del Golán y en la orilla Oeste del Río Jordán. Estos territorios se convirtieron entonces en los amortiguadores de posibles invasiones futuras, pero al mismo tiempo en el posible detonante de un polvorín que en cualquier momento pudiera destruir al mundo.

Sólo Egipto y Jordania recuperaron muchos años después, mediante tratados de paz separados firmados con Israel, los territorios perdidos en “la guerra de los seis días”. Las Colinas del Golán, que pertenecían a Siria, aún son retenidas por Israel, como una zona de amortiguación y de protección contra futuros ataques por sorpresa al estado judío.

El no cumplimiento pleno de esta resolución y de otras posteriores similares, por parte de los países en conflicto, ha significado que éste no sólo se mantenga, que se intensifique y se agrave, sino que haya llegado a un punto en que el mundo de ha acostumbrado a vivir con él, pensando que no tiene solución posible, pero también consciente de su gravedad y de su peligrosidad para la paz mundial.


En mi próximo capítulo: DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD

Wednesday, June 6, 2012

OTRA VEZ SIN TRABAJO

Los ordenadores electrónicos, o computadoras como se los conoce ahora, no existían en esos días, pero la idea de tener un sistema de verificación cruzada de la información, confiable y comprobable, es algo que yo escuche a la gente del IRS con quienes había hablado antes y durante mi curso de entrenamiento como asesor tributario, y me gusto mucho inmediatamente. Por mi propia iniciativa y sin ninguna ayuda, comencé a trabajar en un proyecto para aplicar el concepto de información cruzada para controlar el ingreso de los contribuyentes. Para fines de 1966, yo ya había iniciado este proyecto y estaba empezando su aplicación en escala limitada, para controlar el ingreso de personas que tenían más de una fuente de ingresos y que jamás habían sumado sus rentas para declarar sus impuestos. Esta era una clásica forma de defraudación al fisco, sobre la cual, los contribuyentes no sentían ningún remordimiento, pues lo consideraban la cosa más normal. “Tonto es el que, declara todos sus ingresos y paga sus impuestos correctamente” era el sentir del 99% de los evasores tributarios. Mi sistema, rudimentario como pudo haber sido, fue en verdad, el origen del actual sofisticado sistema de recaudación tributaria, que ha estado en vigencia en el SRI desde los últimos años de la década de los 90.
Todo parecía estar marchando en mi vida como lo había deseado. Tenía un muy buen trabajo, estaba desempeñándome en forma excelente en la universidad y estaba saliendo con una linda chica, mas, de repente las cosas empezaron a ponerse amargas.
A fines del año 1966, un nuevo gobierno asumió el poder en el país y, como reinaugurando las viejas y tradicionales prácticas políticas de los nuevos gobiernos, éste quiso premiar a sus partidarios dándoles puestos públicos, y comenzó desbaratando los avances que en materia tributaria había hecho el gobierno saliente del presidente Yerovi Indaburu. El nuevo presidente, Otto Arosemena Gómez, quien fuera electo por el congreso con una mayoría de un voto, dio el primer disparo y comenzó la temporada de caza de puestos públicos. El Ministerio de Finanzas era un objetivo mayúsculo para los cazadores de fortunas rápidas, y el departamento en el que yo trabajaba, que había sido técnicamente organizado con ayuda del departamento de impuestos de los Estados Unidos, resulto ser el campo más propicio para los cazadores, y yo, el funcionario que se ganó su puesto después de competir y ganar a mas de novecientos aspirantes, resulté ser el primer trofeo de esta inmisericorde cazería. Yo fui removido de mi cargo y reemplazado por un individuo cuya hoja de vida incluía el haber sido objeto de varias órdenes de captura por emitir cheques sin fondos. Pero este no era un caso aislado, la gran mayoría de los funcionarios reemplazantes era de esta misma calaña. Después de esto, la Direccion Nacional de Rentas del Ministerio de Finanzas y el departamento de Fiscalizaciones volvió a ser la cueva de Ali Baba, donde casi todos sus funcionarios eran los principales aliados de los defraudadores al fisco, de los tramposos tributarios. Esto fue un cambio de 180 grados en la direccion que el gobierno anterior había querido dar al sistema tributario del país. No fue sino más de treinta años y muchos gobiernos después, que el gobierno del Ecuador, en el año 1998, creó el SRI (Servicio de Rentas Internas), muy a la imagen y semejanza del IRS (Internal Revenue Service) de los Estados Unidos, logrando tecnificar este departamento con sistemas de control cruzado, con censos adecuados de contribuyentes y con capacitación técnica de sus funcionarios, y eliminando el nido de ratas que era la Direccion General de Rentas.
Al finalizar el año 1966, tuve una de las Navidades más tristes de mi vida, porque para colmo de males, Anita, mi linda enamorada había sido enviada por su padre a los Estados Unidos, para separarla de mí, y yo acababa de perder mi trabajo. Estaba de nuevo en las calles, buscando trabajo en un país en el que buscar un trabajo era casi tan difícil como buscar una aguja en un pajar, un país en el que la demanda por puestos de trabajo excedía a la oferta por más de cinco a uno y la brecha seguía creciendo. En ese entonces todavía no existían las estadísticas de gente sin trabajo, y peor las estadísticas maquilladas que existen ahora, cuando según ellas el país goza de una tasa de desempleo que es la más baja del hemisferio occidental. Pronto parecería que a la gente la van a ir a buscar en su casa para darte trabajo, o al menos eso es lo que dicen las actuales estadísticas oficiales!
Qué haría yo ahora?, Me encontraba enormemente triste y frustrado porque me habían despedido de mi trabajo que me lo había ganado con esfuerzo y por mi esfuerzo, pero estaba lejos de tirar la toalla, yo no me iba a dejar vencer por el sistema, seguiría peleando no solamente por sobrevivir, sino por triunfar. Decidí que la pelea estaba recién comenzando, que iba a ser una pelea larga y no siempre limpia, decidí que pelearía con decisión, con fuerza espiritual, con venganza para al final triunfar y vivir orgulloso de mí mismo.
Aprobé con calificaciones excelentes (9.85) el año escolar 1966-67. No tan bien como el año anterior, pero aun muy por arriba del resto de mi clase. Entre la Navidad de 1967 y el fin del año lectivo, estuve muy ocupado buscando trabajo (mi Plan A) sin encontrarlo por ninguna parte y buscando alternativas (Plan B). Como no había un trabajo para mí por ningún lado, a principios del año 1967 comencé a pensar en irme a los Estados Unidos en busca de trabajo, siguiendo las huellas de miles de ecuatorianos que habían salido del país en esa direccion y habían logrado resolver su problema de desocupación. Francamente no me asustaba esta alternativa, principalmente porque ella me permitiría volver a encontrarme con Anita, mi enamorada a quien extrañaba tanto, y a la vez me permitiría encontrar un trabajo, pero también, porque con suerte yo podría aprender el idioma inglés, lo que me abriría la puerta para poder seguir estudiando en los Estados Unidos.
Discutí este plan con mi sobrina María (Marujita), la hija de mi hermana Letty. Ella tenía una muy buena amiga viviendo en New York, quien estaba casada con un amigo mío y ex compañero de colegio, Alberto Terreros. La idea que discutimos con mi sobrina era que ella le escribiría a su amiga para que yo pudiera llegar en su casa mientras encontraba un trabajo y un lugar permanente para vivir. La respuesta de nuestros amigos de New York fue muy positiva. Ya tenía la mitad del problema resuelto. Este plan era un secreto entre Marujita y yo. A mi madre y el resto de mi familia le diríamos que yo iba a viajar a Chile en goce de una beca y que estaría ausente por dos o tres años, así, no habría objeciones para mi viaje. Más adelante, cuando las cosas se estabilicen, le diríamos la verdad a mi mamá y al resto de la familia.
En Enero 27 de 1967 abordé un avión de Ecuatoriana de Aviación con direccion a New York donde llegue en medio de la noche. Al llegar, mi cabeza estaba llena de sentimientos encontrados; por un lado, empezaba una vida nueva, llena de cosas desconocidas, incluyendo el idioma, por otro lado estaban las esperanzas, las ilusiones, y por qué no decirlo, la alegría de volver a estar cerca de Anita, la chica en quien continuaba soñando. Tomé un taxi, y al salir del aeropuerto me deslumbraban las luces, los rascacielos, las vías rápidas, los túneles, los letreros luminosos y los puentes de la Gran Manzana. Me sentía como haber llegado a otro planeta, pero al mismo tiempo sentía que el frio polar de cuatro grados bajo cero de esa noche, me entraba hasta los huesos y me adormecía las manos y los pies. El taxi que me conduciría del aeropuerto John F. Kennedy hasta la casa de los amigos a donde iba a hospedarme, en el número 355 de la calle 47 en el lado oeste en Manhattan, zona postal 10036. Comencé a sentir una enorme frustración por mi falta de poder de comunicación, al punto que no podía darle la direccion al taxista que me conducía a mi destino. Le entregue un papel con la misma y así llegamos a mi destino a eso de la medianoche de ese muy recordado dia.
En el camino desde el aeropuerto hasta donde vivían de mis amigos, un trayecto que nos tomaría cerca de cuarenta y cinco minutos, mi cabeza iba llena de preocupaciones, una de las cuales era la duda de si lo que estaba haciendo era lo más apropiado para mi futuro, o si por el contrario, al irme tan lejos de la patria y de la familia, a un país tan diferente, me estaba alejando también de mis metas de largo plazo. Pensé entonces que como ya había tomado la decisión y había escogido un camino que ya había empezado a caminarlo, no era sensato llenarme de más dudas. Decidí que trataría de sacar el máximo provecho posible a este viaje, a esta experiencia y que trabajaría duro para enfrentar las dificultades que aparecieran. Mi lucha recién comenzaba.
Cuando finalmente llegue al departamento de Angelita y Alberto Terreros, situado en una área mayormente poblada por inmigrantes de Puerto Rico (que hoy ha sido completamente renovada), los dos amigos me dieron la bienvenida con genuina buena voluntad y con cariño, este era ciertamente un buen comienzo para una aventura que me guardaba muchas cosas sorprendentes y desconocidas.
Alberto Terreros, quien ya había estado viviendo en NYC por unos diez años, me dijo al llegar a su casa que yo no tendría ningún problema en encontrar un trabajo en Nueva York, me dijo también, que una condición previa para buscar trabajo era tener una tarjeta del Seguro Social, así que, me dijo, “Rafael, tenemos que poner manos a la obra y mañana mismo iremos a sacar tu tarjeta del Seguro Social”, y agregó, “debemos levantarnos muy temprano para no tener que hacer una larga fila” y así lo hicimos y a las siete de la mañana del dia siguiente ya estábamos en camino.
La oficina del Seguro Social estaba ubicada en la calle 125 de Harlem, un distrito habitado principalmente por población negra, y para llegar allí había que tomar el Subway.. Para eso de las diez y media de la mañana del dia siguiente, en efecto, yo ya tenía mi tarjeta del Seguro Social en la mano y, por tanto ya estaba habilitado para buscar un trabajo y comenzar a trabajar inmediatamente.
En la misma mañana fuimos a una zona llamada “El Barrio”, poblada principalmente por gente de Puerto Rico, donde había una especie de feria libre, en medio de la calle, donde compramos un par de zapatos para caminar en la nieve, guantes de cuero y un par de chompas para protegerme del intenso frío. El mismo dia, a eso de las dos de la tarde Alberto y yo estábamos ya agarrando al toro por los cuernos, y nos presentamos a una oficina del Departamento del Trabajo del Gobierno de los Estados Unidos, donde en menos de una hora ya me dieron la direccion de un restaurant donde necesitaban gente sin experiencia, y sin el requisito de hablar inglés, para operar una maquina lavadora de platos. El Restaurant era parte de la cadena IHOP (International House of Pancakes) y estaba ubicado en la calle Roosevelt en el distrito de Queens, donde comencé a trabajar la mañana siguiente a las 7 AM del dia 29 de enero de 1967. Durante todo este dia, Alberto fue no solamente mi guía, mi chaperón, sino también mi traductor, porque mi Ingles era nulo de nulidad absoluta. Ese mismo dia le dije a Alberto que mi siguiente prioridad, una vez que empezara a trabajar, era empezar a estudiar ingles.
Alberto se sorprendió mucho de que yo tuviera como prioridad el aprender el idioma, después de todo, el había ya vivido muchos años en Nueva York, y nunca había ido a una escuela a aprender el idioma. El ingles que el sabia y que era razonablemente bueno, lo había aprendido en el dia a dia en sus trabajos, que habían sido muchos. En la época en que yo llegue a su casa, el trabajaba como ayudante de camarero en un restaurant del sector de Broadway, a solo dos cuadras de su departamento.
En mi próximo capitulo: CONOCIENDO EL MUNDO A TRAVES DE NUEVA YORK

Sunday, May 27, 2012

LAS COSAS EMPIEZAN A MEJORAR

El año escolar 1964-1965 en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil empezó a mediados del mes de mayo y yo aun no tenía un trabajo fijo. Yo estaba dispuesto a trabajar en cualquier cosa para conseguir la estabilidad e independencia financiera que me permitiera continuar estudiando. A mediados del mes de junio, el gobierno del Ecuador hizo un llamado a los estudiantes universitarios con preparación contable, para entrar al servicio público en la Direccion General de Rentas del Ministerio de Finanzas. Los estudiantes que cumplieran con los prerrequisitos podían solicitar su inscripción, adjuntando sus datos personales, y esperar ser calificados para empezar un programa de entrenamiento que conduciría a los que lo aprobaran, a obtener un nombramiento como Fiscalizadores de Rentas, es decir, como funcionarios del Ministerio de Finanzas.

Para “calificar” y poder ser admitido a este concurso, había que tener un titulo secundario de “Perito Contador”, cosa que yo no tenía, pero que muchos de mis compañeros si lo tenían. Cesar Sacotto Guzmán, quien había ya aprobado el cuarto año de la facultad, fue calificado para entrar en este programa del Ministerio de Finanzas y me propuso que yo tomara a mi cargo su trabajo como profesor de Contabilidad en el Colegio Jose Enrique Rodó, por lo menos durante el tiempo que durara el programa de entrenamiento al que había sido admitido. Si Cesar aprobaba el curso, su actual trabajo podía ser mío de manera permanente. Bingo!. Ya tenía trabajo. El único problema con este asunto era que yo solo sabia la contabilidad que había aprendido para mi examen de ingreso a la Universidad. Estaba entre la espada y la pared. Si no aceptaba esta oferta, seguía sin empleo, y si la aceptaba, me encontraba con que yo no estaba preparado para mi nuevo trabajo. Pequeño gran problema!: un profesor que no sabía la materia que enseñaba, y yo que había criticado siempre a aquellos profesores que solo tomaban su cátedra como una fácil forma de ganarse la vida!. Ironías de la vida! Pero eso no me iba a detener.

Acepte la Oferta de Cesar Sacotto y decidí que aprendería la materia que yo tenía que enseñar a estudiantes de cuarto, quinto y sexto año del colegio, sin importar si tuviera que aprender clase por clase solo unas horas antes de tener que dictarla, y así lo tuve que hacer. Para esto me ayudaron muchísimo los apuntes y los libros de texto que el propio Cesar me prestó. Aprendiendo clase por clase el dia antes de que debiera dictarla es como llegue a saber contabilidad en el detalle que solo los profesores de esta materia lo sabían. Hice un buen papel como profesor ese año, tanto así que el rector del plantel me felicito al final del año escolar y me pidió que siguiera en la cátedra el año siguiente. Todo resulto más bien de lo que yo me hubiera imaginado. Mientras enseñaba contabilidad en el colegio, yo reforzaba lo que estaba aprendiendo en la universidad. Era mejor de lo que yo hubiera podido imaginar!

Termine mi primer año en la Facultad de Ciencias Económicas con un promedio de 9.9 sobre 10. Casi una calificación perfecta, mientras me ganaba la reputación como un excelente estudiante entre mis compañeros y también entre mis profesores. Otra vez me gané el premio al mejor estudiante del primer año de la Facultad de Ciencias Económicas, concedido por la Asociación de Estudiantes de la Facultad.

En el mes de abril de 1965, el gobierno del Ecuador, asesorado por el gobierno de los Estados Unidos, organizó nuevamente un concurso para reclutar asesores tributarios que le ayudaran a difundir la recientemente aprobada Ley de Impuesto a la Renta. Para el efecto, igual que en el año anterior, se convocaba a estudiantes universitarios de las escuelas de Economía y Administración para participar en programas de entrenamiento, que al ser aprobados, permitirían a sus participantes ingresar al servicio público como “Asesores Tributarios”. Esta vez sin embargo ya no existía la restricción de que los participantes fueran “peritos contadores” y se abría la oportunidad a bachilleres de otras especialidades. Esta vez yo podía participar también!. Ingresé mis papeles y logré que me inscribieran en el nuevo programa de capacitación.

El proceso de selección estaba muy bien estructurado, y era supervisado por un asesor del departamento de impuestos de los Estados Unidos (IRS), el señor Brown. Un total de 900 estudiantes inscritos fuimos sometidos a una evaluación de cociente intelectual,(IQ test), al final del cual solo la mitad de los participantes logramos el puntaje mínimo necesario para pasar a la segunda fase del programa de selección. Los 450 preseleccionados empezamos entonces un programa de entrenamiento de ocho semanas, al final de cada una de las cuales se eliminaba a los participantes que no llegaran al mínimo del 70 % en el examen semanal de evaluación. Ocho semanas después, sólo 19 participantes quedamos y fuimos calificados para entrar al Servicio Civil como “Asesores Tributarios”. En este severo proceso de selección me cupo también el honor de ser el participante con las máximas calificaciones, cuestión que me calificaba para tener la calidad de “supervisor” del programa. Una semana después nos llegaron los nombramientos, nuestro sueldo seria de 2.500 sucres mensuales. No me llegó el nombramiento de supervisor, sino sólo de asesor tributario, igual que mis otros 18 compañeros. Como supervisor nuestro vino, caído de alguna parte y con la consabida “palanca”, un señor Fajardo, quien ni siquiera había participado en el programa de preparación. Así funcionaban las cosas en la administración pública del Ecuador en aquellos días, a pesar del esfuerzo que el asesoramiento estadounidense hacia por modernizarla. Pocas semanas después, nos enteramos que el señor Fajardo era cuñado del Jefe de Asesores legales del la Dirección General de Rentas del Ministerio de Finanzas en Quito. Allí estaba la explicación de su nombramiento como Supervisor. Su sueldo era de 4.500 sucres mensuales. Yo estaba feliz, no cabía mi felicidad en mi cuerpo!. Ya tenía un trabajo fijo y razonablemente bien remunerado, un trabajo que me lo había ganado sin palancas, y sólo gracias a mi capacidad, reforzada por mi esfuerzo y mi dedicación. Todo empezaba a lucir brillante, pero especialmente mi futuro!.

La idea del Programa de Reforma Tributaria era ayudar a crear una actitud positiva de la gente hacia la nueva Ley de Impuesto a la Renta y a la idea de tener que tributar. Esto no sería fácil en un país donde después del futbol, el deporte más popular era la evasión trinitaria; donde pagar impuestos era no solamente considerado tonto, sino la cosa más tonta que uno podía hacer. Con raíces en la época colonial española, la evasión de impuestos era una cosa de lo más normal, estaba en el alma y en el corazón de la gente. Mientras más evadía los impuestos, el evasor era considerado más “vivo” y jamás perdía el estatus de “gran hombre de negocios”. Algunos de estos celebres evasores fueron inclusive nombrados directores de aduanas, ministros de estado, gobernadores, alcaldes, etc. Evasor de impuestos, poco menos que era una de las profesiones más respetables y respetadas en la sociedad civil del Ecuador. Fue bajo esta atmósfera que nació, como una luz al final del túnel, nuestro programa de Difusión Tributaria, que, en poco tiempo se ganó una gran reputación por su sencillez y su profundo contenido ético.

El trabajo resultó más interesante de lo que parecía. El país atravesaba por una etapa de su vida en la que parecía que el gobierno hacia un esfuerzo (que al final resultó no muy exitoso), por mejorar las condiciones de vida de la población. Se ponía énfasis en la educación y en la salud, en la salubridad de los más pobres. Se emprendió en un plan de Reforma Agraria que pretendía eliminar las desigualdades en la propiedad de la tierra, sobre todo en la Sierra, donde unos pocos terratenientes, entre ellos la Iglesia, mantenían un régimen de propiedad heredado de la época de colonia. Haciendas de miles de hectáreas de extensión eran de propiedad de una sola familia, tierras sub utilizadas y que, en la parte utilizada, lo hacían con métodos arcaicos donde el factor más importante de la producción eran los indios a quienes se mantenía casi como esclavos. El programa de Reforma Agraria se quedó muy corto en alcanzar las metas perseguidas. Sólo avanzó a retacear la tierra, entregando pequeñas parcelas a los indios, poco menos que diciéndoles, “aquí está tu tierra, cómetela”.

En el campo tributario, sin embargo, el gobierno hacia esfuerzos por reducir el impacto de la baja tributación, que era el resultado de la combinación de la ancestral aversión de los ecuatorianos a pagar sus impuestos, con la corrupción de las autoridades encargadas del control de la tributación, y la inexistencia de leyes claras y sencillas que precisaran las fuentes, los sujetos y los controles de la tributación. Era eso lo que el programa tributario del que ahora éramos parte quería corregir. Nuestro trabajo consistió al principio en “educar a la población económicamente activa, en el contenido de la nueva Ley del Impuesto a la Renta”, mediante conferencias en colegios, empresas grandes, sindicatos, escuelas, asociaciones profesionales, etc. Eso nos dio la oportunidad de conocer a mucha gente y a desempeñarnos bien en la exposición de las razones de la ley y de sus esperados beneficios. Todo esto pasaba mientras estudiaba el segundo curso de la facultad de Ciencias Económicas, donde ahora me sentía como Juan en su casa, y seguía desempeñándome al tope de la clase. Demás esta decir que al principio del año lectivo 1965-1966, tuve que renunciar a mi trabajo como profesor de Contabilidad en el Colegio Jose Enrique Rodó, trabajo en que aprendí mas de lo que enseñé, pero nunca defraudé a mis estudiantes, ni a mis superiores, ni al amigo que me permitió reemplazarle en su puesto el año anterior.

La lección más importante que aprendí en el año que me desempeñé como profesor de contabilidad, y que jamás olvidaré, es que: muchas veces puede no gustarte lo que haces, pero si lo TIENES que hacer, LO DEBES hacer BIEN, y tratar de disfrutarlo, porque de lo contrario, podrías terminar en el desierto, con frio y con hambre.

En Julio de 1965 conocí a Anita, una pequeña y muy linda chica de 1.5 mts. de diecinueve años, nacida en Junín, provincia de Manabí, de piel muy blanca, de ojos verdes grandes y pestañas rizadas, pelo rubio, que tenía una sonrisa cautivadora y una voz de ángel. Ella era una de las tres secretarias del departamento de asearía tributaria donde yo era un “Agente Fiscal”. Anita y yo nos conocíamos y habíamos hablado varias veces en la oficina, pero no fue sino hasta una noche que fuimos invitados a una fiesta para gente de nuestra oficina, que tuve la oportunidad de bailar y estar más cerca de ella. Fue en esta fiesta que nos sentimos mutuamente atraídos y poco después ella aceptó salir conmigo y convertirse en mi enamorada.

Nuestra relación evolucionó en algo que tanto ella como yo empezamos a pensar que sería una cosa muy seria, pero en poco tiempo su padre, un manabita de cepa, quien trabajaba en la oficina de personal del Ministerio de Finanzas, llegó a descubrir que yo era un hombre divorciado e inmediatamente comenzó una agresiva campaña para hacer que su hija dejara de salir conmigo. Como suele suceder casi siempre, esto sólo logró que tanto ella como yo nos uniéramos mas haciendo vanos los esfuerzos de su padre por separarnos. Su padre tampoco estaba para darse por vencido, y, para mediados del año siguiente, le había preparado a Anita un viaje a los Estados Unidos para forzar la ruptura. En un par de meses, Anita tuvo que viajar a New Jersey, a vivir con una hermana mayor. La separación sólo logró intensificar nuestros sentimientos y entonces empezamos a escribirnos tres y hasta cuatro veces por semana. Comunicaciones por teléfono eran escasas y muy caras, así que esto estaba fuera de nuestro alcance.


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En mi próximo capítulo: OTRA VEZ SIN TRABAJO

Monday, May 21, 2012

LAS COSAS CAMBIAN DRASTICAMENTE La preparación para el examen de ingreso parecía un campamento de trabajo forzado. Mis amigos y yo decidimos que, como no teníamos suficiente tiempo, íbamos a estudiar en grupo dia y noche, por lo menos 16 horas diarias, y eso fue exactamente lo que hicimos. Boris Pinchevski, Luis Abad, Luis Naranjo, Wilson Vivas y yo, contratamos como nuestro profesor de Contabilidad al economista y profesor de la Universidad, Pepe Flores, para que nos preparara para el gran dia del examen escrito, el que mas temíamos, porque el único de los cinco que tenia conocimientos contables era Lucho Naranjo, quien se había graduado en el bien conocido Colegio Mercantil. Los otros cuatro éramos bachilleres en Humanidades Modernas. Pepe Flores, quien luego se hizo nuestro gran amigo y consejero, resultó ser un excelente maestro de Contabilidad, y , como prueba de ello, al final de las seis semanas de preparación para el examen de ingreso, los cinco teníamos un muy buen conocimiento de lo que eran débitos, créditos, Balances Generales, Estados de Pérdidas y Ganancias, Balances de Comprobación, Estados de Cuentas por Cobrar, etc. El Estado de Cuentas por Pagar lo aprendimos tan bien, que el dinero que le debíamos a Pepe, solo se lo pagamos bastante más tarde, una vez que habíamos aprobado el examen de ingreso! Nuestro profesor de Contabilidad hizo tan buen trabajo, que pasamos con excelentes calificaciones cuatro de los cinco aspirantes. Sólo Wilson Vivas, que venía de colegio Vicente Rocafuerte no aprobó el examen. Lucho Abad y yo nos encargamos de las clases de matemáticas, para lo cual éramos buenos en el colegio, mientras que la preparación en las otras materias era un asunto que lo tomamos como equipo, leyendo y discutiendo cada uno de los capítulos de los libros y ensayos que tuvimos que usar en nuestro esfuerzo por ingresar. xxxxxxxxxxxxxxxxx Matemáticas y Contabilidad, como dije antes, eran las materias para el examen escrito. Mi calificación en ambos exámenes fue de 10 sobre 10 y eso me calificó para ser uno de los ciento cincuenta estudiantes que pasaron a la segunda fase del examen de ingreso, el examen oral, que debía tomarse ante un tribunal compuesto por tres profesores de la Facultad de Ciencias Económicas y debía versar sobre Historia Económica del Ecuador, Geografía Económica Universal y Economía Política. Como los estudiantes eran llamados en el orden de sus apellidos, yo tuve que esperar más de cuatro horas hasta que me llamaran. Hasta ese momento, seis de cada diez estudiantes estaban siendo reprobados en el examen. El grado de nerviosismo en la sala era elevado, sin embargo, yo estaba tranquilo esperando ser llamado. Me sentía muy bien preparado para este examen, estaba como un caballo de carreras a punto de salir a la competencia, esperando la campana para salir a mostrar lo que había aprendido. Estaba totalmente seguro de que pasaría este examen xxxxxxxxxxxxxxxxx Cada uno de los miembros de tribunal debía hacer diez preguntas en su materia. Las treinta preguntas vinieron una tras otra y mis respuestas no se hacían esperar. Después de aproximadamente veinte minutos, el presidente del tribunal, el Economista Juan Cevallos Chevazco se levantó de su asiento y anuncio en voz alta, para que toda la audiencia en la sala lo escuchara, que el estudiante Rafael Romero Montiel había sido aprobado en su examen de ingreso, POR ACLAMACION del tribunal, y pidió un aplauso para mí. Este fue un acto de reconocimiento sin precedentes de parte del tribunal examinador, para un estudiante que había respondido todas y cada una de las preguntas del tribunal en tiempo record. Me emocioné hasta las lagrimas! Y estreché las manos agradeciendo a cada uno de los miembros del tribunal, Me di la vuelta para abandonar la mesa del tribunal y pude ver a mis cuatro compañeros, que ya habían aprobado su respectivo examen, esperándome emocionados para felicitarme con un gran abrazo. Eso fue realmente una demostración de amistad y de solidaridad que nunca he olvidado. xxxxxxxxxxxxxxxxxx Al dia siguiente volví a Pallatanga porque estaba pendiente la solución del asunto de mi estado civil. Tenía que explicar a mis padres respecto de mi improvisado matrimonio. Hablar y obtener la aprobación de ellos, o por lo menos su aceptación no iba a ser fácil, pero era algo que debía hacer y hacerlo pronto. Les dije a mis viejos que todo este asunto había sido un tonto error de ambos lados, una locura de jóvenes imprudentes que no nos iba a conducir a ninguna parte, pero que viéndolo desde mi perspectiva no tenía otra solución que el divorcio y cuanto antes mejor. Les hice ver el futuro promisorio que tenía por delante una vez aprobado con tanto éxito el examen de ingreso en la universidad, futuro que no sería posible si estaba casado y tenía que dedicar mis energías a mantener un hogar al que no me sentía inclinado a mantener. Ya mi madre le había tomado cariño a Nancy, y ésta había hecho lo posible por ganarse su buena voluntad, eso hizo más difícil convencer a mi madre, pero al fin terminó aceptando mi posición. Mi padre fue más fácil de convencer y me apoyo casi desde el principio, no sin antes expresar su pena por la chica, a quien también le había tomado cariño en las pocas semanas que vivió con ellos. Ambos concluyeron que en definitiva, yo era el que debía ser el responsable de mi destino y que las decisiones importantes en mi vida, como esta, debían ser tomadas por mi y solo por mí, así como que debía también afrontar sus consecuencias. Me pidieron de manera especial que tratara el asunto con Nancy con el mayor respeto y la consideración que ella merecía y de modo que le causara el menor daño posible. Teníamos un acuerdo. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx El primero y más importante obstáculo había sido superado. Ahora me tocaba hablar y convencer a Nancy. Me tomo un par de días para prepararme mental y emocionalmente para poder hablar de este tema con quien en esos momentos era legalmente mi esposa, y cuando lo hice, lo hice en la forma más simple y sincera. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx Me senté con ella y calmadamente le dije que íbamos a tratar un asunto muy importante que afectaría el resto de nuestras vidas. Le dije que solo me tomó unos pocos días darme cuenta de que los dos habíamos cometido un gran error, que debido nuestra juventud habíamos caído en una trampa de atracción física sin trasfondo de seriedad y de amor duradero, por un lado; por otro, le dije que mi situación económica era muy precaria, que yo no podía mantener un hogar de forma responsable; que vivir juntos nos llevaría a una situación de fracaso y hasta de desprecio del uno para el otro. Le dije que lo que yo más quería era terminar nuestra relación de una manera respetuosa y evitando al máximo herir nuestros sentimientos, le dije que tenía un gran respeto por ella y que si nos separábamos divorciándonos, ambos éramos suficientemente jóvenes y tendríamos la oportunidad de re direccionar nuestras vidas. Hablé con ella sobre mis metas y la imposibilidad de conseguirlas si seguía casado. Mientras yo hablaba, ella empezó a llorar y eso me hacía más difícil llegar a convencerla con mis razonamientos. Me tomé un largo tiempo para calmarla y poder razonar. Finalmente le dije mientras sostenía sus manos en las mías: “Nancy”, “prefiero que me odies por lo que estoy haciendo y por lo que soy ahora, antes que te equivoques y me ames y quieras vivir conmigo por lo que no soy y no puedo hacer”. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx Ella lloró casi inconsolablemente de manera intermitente, en los intermedios hablaba para decirme que no quería que nos divorciáramos, que pudiéramos separarnos, que ella me esperaría pacientemente, pero al fin entendió cada una de mis palabras, las que habían salido de lo más profundo de mi corazón. Después de casi dos horas de dialogo acordamos que ella se iría a vivir con sus padres y que en unos seis meses yo regresaría con la demanda de divorcio, y que entonces ella decidiría si firmarla o no. Así lo hicimos y ella firmó su aceptación a la demanda de divorcio “por mutuo acuerdo”. Fue muy noble de su parte, y gracias a Dios no tuvimos hijos. No he vuelto a ver ni a saber nada de Nancy desde entonces, pero realmente espero que ella haya encontrado a la persona que realmente la haya amado y que la haya hecho feliz. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx Este es un capitulo sobre el cual nunca había hablado con nadie, ni con mi esposa ni con mis hijos. Ellos no habían sabido nada de esta parte de mi vida. Por todos estos años siempre pensé que nunca tendría que hablar de esto con mi familia, pero, dado que me comprometí con mis hijos a escribir MIS MEMORIAS, y porque en estas debo ser fiel a la verdad, decidí que tendría que hablar con ellos sobre este tema, antes que mantenerlo escondido en una esquina de la memoria donde se guardan las cosas que uno no quiere recordar. Por eso, antes de escribir este capítulo hable con ellos, después de cuarenta y ocho años de los hechos, tuve que encontrar el momento y el lugar apropiados para hacerlo. Gracias a Dios, todos ellos entendieron lo que hice y me respaldaron. Gracias a lo que hice en el mes de mayo de 1964, ahora tengo una familia ejemplar, una familia unida en la que todos somos solo uno. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx Cuando me senté a hablar de este asunto con mi esposa Fanny y mi hija Angie hace poco tiempo, les dije que el haberme casado en aquella ocasión fue uno de los peores errores de mi vida, pero al mismo tiempo les dije que gracias a que enmendé mi error a tiempo, pude luego de pocos años, encontrar a Fanny la linda mujer que ha sido la compañera de mi vida y la que me ha dado los tres mejores hijos del mundo, a los que amo con todo el corazón y por los que me siento orgulloso a cada instante. Les dije que si volviera a pasar por esta etapa de mi vida, probablemente haría lo mismo que hice entonces, porque la vida no es la historia de las lamentaciones, sino la crónica de las caídas que dejaron lecciones aprendidas y la forma que escogimos para levantarnos y seguir adelante aplicando lo que aprendimos al caernos y luego levantarnos. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx En Mayo de 1964, la Asociación de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil, me entregó una carta de felicitación y un diploma que leía así: A RAFAEL ROMERO MONTIEL, EL ESTUDIANTE CON LAS MAS ALTAS CALIFICACIONES EN LOS EXAMENES DE INGRESO A NUESTRA FACULTAD. Firmaba la carta y el diploma el estudiante de cuarto año de la facultad, Alfredo Mancero Samán, el presidente de la asociación, quien luego sería uno de mis mejores amigos de la facultad. Ese fue realmente el inicio de una carrera en la Universidad en la que nunca fui segundo de nadie y al finalizarla, obtuve el máximo premio que la Universidad otorga a sus mejores estudiantes en el momento de graduarse. El Premio Contenta al mejor graduado de mi promoción. Empezaba así a cumplir la promesa que le hice a mi madre! xxxxxxxxxxxxxxxxxxx Mi próximo reto era encontrar un trabajo que me permitiera trabajar el dia y estudiar en la noche, algo para lo cual yo ya era un experto pues lo había hecho durante los últimos cuatro años de la secundaria, desde que tenía catorce años. xxxxxxxxxxxxxxxxxxx En mi próximo capítulo: LAS COSAS EMPIEZAN A MEJORAR

Thursday, May 10, 2012

A LA UNIVERSIDAD POR PRIMERA VEZ

Mi último año como estudiante secundario comenzó en Mayo de 1962, y, tal como se lo había prometido a mi madre, este fue un año de gran éxito académico. Concluí mis estudios con un promedio de 19 sobre 20. Me gradué con honores en Marzo de 1963, e inmediatamente comencé mi preparación para el difícil examen de ingreso a la facultad de arquitectura de la Universidad de Guayaquil. En mayo de ese mismo año, 350 estudiantes de muchos colegios de la ciudad y del país nos presentamos al examen. Solo trece aspirantes pasaron el examen, uno de esos era yo. Me senti muy orgulloso de mi mismo, porque senti que esto era el comienzo del camino del éxito que me había propuesto obtener y con el cual había venido soñando. Yo quería ser un arquitecto y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para conseguirlo.

No sabía entonces que para ser arquitecto en esos días no solo se necesitaba la voluntad y el esfuerzo para conseguirlo, sino que también se necesitaban recursos financieros que yo no los tenía y que tampoco los podía conseguir. Estudiar arquitectura requería tiempo completo. Las clases comenzaban a las siete de la mañana de lunes a sábado y se prolongaban toda la mañana, y con un descanso de tres horas, se reanudaban a las tres de la tarde para terminar a las siete de la noche. No había lugar para poder trabajar y autofinanciarse los estudios. Pero además, había que comprar materiales de trabajo y libros caros que requerían de recursos financieros adicionales. No había forma de que yo pudiera superar estos obstáculos por los siguientes cinco años, así que decidí agotar mis reservas financieras provenientes de las ventas de libros en Manabí y termine exitosamente el primer año de la universidad, pero me tuve que retirar, repensar sobre mis posibilidades y replantear mis expectativas. Fue por todo esto que me decidí a cambiar de carrera universitaria y en abril de 1964, debía presentarme para el examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas.

En los primeros días de febrero de 1964 fui a visitar a mis padres en Pallatanga. A mediados de ese mes se celebrarían las fiestas más esperadas de mi pueblo, Los Carnavales, fiestas que los niños, jóvenes, adultos y viejos esperaban con ansiedad cada año porque eran fiestas familiares, fiestas para las cuales los pallatangueños ausentes regresaban a juntarse con sus familias para celebrar, con música, cantos, bailes, talco en la cara, comidas, con los infaltables canelazos, con baños de agua fría, etc., en una demostración de casi desenfrenada alegría que duraba toda la semana, y que una vez concluida, dejaba a todo el mundo cansado pero contento, feliz y esperando el carnaval del próximo año…

Era la ocasión esperada por todos para juntar familias, para degustar los más sabrosos platos típicos a partir del infaltable chancho, del pavo, de los cuyes, las gallinas, para hacer los tamales y competir en el más sano sentido de la palabra, en la preparación de estas delicias que se compartían entre familias que en algunos casos solo se visitaban una vez al año. Era Pallatanga en su más amplia expresión, ese era el Pallatanga que yo añoro, que hoy ya solo es historia y sobre el que con nostalgia recordamos sólo los más viejos que aún quedamos vivos. Fue en una de estas reuniones familiares en el carnaval de 1964 que me encontré con una muy atractiva chica de diecinueve años, delgada, de un metro sesenta, piel muy blanca, pelo castaño casi rubio y ojos azules con rizadas pestañas y de cara muy bonita, con la que hicimos excelente contacto visual casi inmediato y empezamos a bailar por varias horas, no sin sentir que los ojos de sus padres y de los míos nos seguían muy de cerca, pero sin que pudieran oír nuestro dialogo de dos jóvenes que era obvio que se atraían mutuamente.

Nancy y yo nos conocíamos desde los primeros años de la escuela primaria, pero habíamos dejado de vernos por los últimos nueve años, la muchachita delgada y casi insignificante que era ella a los diez años de edad, se había convertido en una linda señorita de diecinueve, que me cautivó al instante. A nuestra edad ya estábamos permitidos a tomar uno que otro trago, y así lo hicimos, mientras la fiesta familiar seguía. Arrancando valor en el efecto del alcohol consumido, y encontrando las palabras adecuadas a la ocasión, le propuse que nos “escapáramos de la multitud”, para poder “dialogar con mas intimidad”. No creo haber estado hablando muy en serio, pero ella si pareció tomarlo así. El efecto del trago me hizo en pocos momentos más hablar de cosas más intimas, cosas que estando sobrio, seguramente no me hubiera atrevido siquiera a pronunciar. En la misma medida que el licor seguía entrando en nuestro organismo, así iba fluyendo nuestra conversación, y de repente ya estábamos hablando de nuestro “gran escape”

Nuestro plan era (en teoría) muy simple. Ella se escaparía de su casa con sus pertenencias esenciales la noche siguiente, y nos encontraríamos en un lugar previamente elegido, de allí tomaríamos un bus para dirigirnos a Riobamba a disfrutar de nuestra compañía. Con una imprudencia solo explicable por nuestra juventud y el alcohol que habíamos bebido, ni siquiera pensamos en lo que haríamos después de llegar a Riobamba

El 20 de febrero de 1964 pusimos en marcha nuestro plan. Ella se escapo de su casa a eso de las ocho de la noche y nos encontramos en el lugar previamente acordado. Pasamos la noche escondidos en un molino cercano, donde un amigo nos permitió usar su habitación. Menos de dos horas después de su escape, sus padres habían notado su ausencia y notificaron a la policía y a muchos de sus familiares, quienes habían emprendido una búsqueda frenética alrededor de todo el pueblo, armados hasta los dientes. Era obvio que las intenciones de la familia de Nancy, en caso de habernos localizado aquella noche, no eran las de felicitarme “por haber encontrado el amor de nuestra vida”. Las armas que portaban, no eran precisamente las que se usan para ese efecto. Demás está decir que pasado el dulce momento del primer encuentro a solas, pronto nos dimos cuenta de la gravedad del acto que habíamos cometido y del lio en que nos habíamos metido. Recién entonces empezamos a pensar en una salida

A eso de las tres de la madrugada del dia 21 de febrero, salimos de nuestro temporal escondite en el molino, en medio de una noche totalmente oscura y nos dirigimos hacia la finca de mi padre, situada en Azazan, a unos cinco kilómetros de distancia hacia el noroeste del pueblo, donde solicitamos y obtuvimos posada para el resto de la noche con la familia de campesinos que allí vivía. Muy temprano en la mañana, envié un mensaje a mi tío Antonio Romero, con quien yo tenía una relación muy especial de cariño y de respeto mutuo, pidiéndole que viniera a vernos y que nos ayudara a salir de nuestro problema. A estas alturas era claro que necesitábamos la cabeza fría de un adulto para ayudarnos a encontrar una salida que fuera aceptable para nuestras familias y para nosotros.

Menos de tres horas después, efectivamente vino a vernos mi tío Antonio con una solución que nos dejaría temporalmente satisfechos a todos. Había conseguido de los padres de Nancy su consentimiento para que ella se casara conmigo, a la vez que de mis padres su consentimiento para que yo me casara con Nancy. Esa misma noche, en la sala de nuestra casa paterna, el teniente político del pueblo nos caso ante la Ley.

Antes de cumplir 22 años, sin un trabajo fijo, con mi ingreso a la universidad aun pendiente y casi sin un centavo en el bolsillo, de repente yo estaba casado. Era obvio que yo me había conducido a mi mismo a una situación muy difícil, probablemente porque a esa edad no estaba usando la cabeza correcta para dirigir mis pasos. Después de la ceremonia del matrimonio, la paz regresó a nuestras familias, pero no a mí.

Sólo había de pasar una semana para que yo “despertara” a la realidad y me diera cuenta del grave daño que había hecho a esta linda chica y que me había infligido a mí mismo. Mi súbita novelería, porque no era, no podía ser, un enamoramiento razonado y serio, me había conducido a una situación que comprometía mi futuro y el de la chica con quien me había casado. Este matrimonio no tenia futuro, yo no tenía un ingreso que garantizara la estabilidad de este matrimonio, ella tampoco, éramos dos irresponsables jóvenes llevados al matrimonio sin ninguna reflexión. Yo estaba comprometiendo seriamente mi futuro, ese futuro con que tanto había soñado y el que le prometí a mi madre diciéndole que nada ni nadie en el mundo iba a impedirme conseguir. Paradójicamente era yo mismo el que se estaba infligiendo esta herida.

Tenía pendiente mi examen de ingreso a la universidad, debía prepararme para él, debía hacerlo de una manera responsable, de una forma compatible con mi capacidad y con la alta meta que me había propuesto. Convertirme en un profesional, abrirme paso en un mundo en que las oportunidades se dan, pero no te esperan, superar las dificultades de la pobreza. Todo esto estaba comprometiéndose si se mantenía mi matrimonio. Estas eran las reflexiones que me hacía en silencio, mientras mi joven esposa aun me mantenía atado a su gran atractivo físico. No me atrevía a hablar con ella de estas cosas porque temía herirle.

Medité mucho, recibí consejos de mis hermanos y hermanas, así como de mis padres. Los primeros me hacían reflexionar sobre lo imprudente de mi conducta y la necesidad de dar marcha atrás, para poder seguir adelante con mis planes a futuro, mientras mis viejos, mas influenciados por sus creencias religiosas y su personalidad conservadora, me pedían que me mantuviera firme en el matrimonio. “ya veremos cómo resuelves tus problemas, pero debes mantener tu matrimonio. Ella es una chica muy buena, de buena familia, muy bonita y sencilla, ustedes hacen una linda pareja”, Dios les va a ayudar a salir adelante”, me decían. Pero la realidad era otra, para mantener mi matrimonio tendría que quedarme a vivir en Pallatanga, como un agricultor o como un comerciante, tal vez como un arriero, y ninguna de esas opciones estaban en sintonía con los planes de largo plazo que me había planteado hace mucho tiempo. Mientras tanto el tiempo corría, el precioso tiempo que yo necesitaba para prepararme para mi examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas estaba corriendo inmisericorde

No tuve más remedio que hablar con mi joven esposa. Le explique que debía irme a Guayaquil, que debía prepararme intensamente para mi ingreso a la Universidad y que no podía llevarla conmigo, le pedí su comprensión y le dije que yo prefería que se quedara con sus padres y no con los míos, pero esto no lo aceptó. Llorando, aceptó quedarse con mis padres mientras me preparaba para el ingreso a la Universidad. “Te esperaré”, me dijo, “te esperaré tanto tiempo como sea necesario hasta que puedas venir a verme para llevarme contigo, estoy dispuesta a pasar necesidades, pero junto a ti, tu eres mi esposo y junto a ti tendré la fuerza necesaria, por el tiempo que sea necesario”. Convinimos que yo regresaría a verla después de los exámenes de ingreso a fines del mes de abril. Regrese a Guayaquil a prepararme para el examen de ingreso, me junté con un grupo de tres amigos con quienes empezamos a estudiar a tiempo completo, casi literalmente dia y noche con la meta de ingresar a la Facultad de Economía. Comenzamos estudiando Contabilidad desde cero, conseguimos, por un honorario razonable, que un profesor de Contabilidad con experiencia, nos diera dos horas diarias de clase y así aprendimos esta materia que en los colegios se enseñaba en cinco años, en menos de dos meses. Fue un verdadero record. Las otras materias que debíamos estudiar eran: Matemáticas, Geografía Económica Universal, Economía Política, e Historia de la Economía del Ecuador. Como estaba previsto, me presente al examen de ingreso junto con más de seiscientos estudiantes de Guayaquil y de todo el país. El examen consistía de dos fases: la primera, de dos materias, Contabilidad y Matemáticas, era un examen escrito para aprobar el cual había que obtener un puntaje del 70% o más. Los aspirantes que aprobaban la parte escrita podían tomar el examen oral de las otras materias.

Sin falsa modestia y con mucho orgullo, debo decir que fui premiado por ser el estudiante con las más altas calificaciones para ingresar a la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en ese año. Obtuve un total de cincuenta puntos sobre cincuenta posibles, y en el examen oral fui objeto de sonoros aplausos de parte del jurado calificador y de todo el público presente en la sala después de que concluí mi exposición sobre la historia y la economía del Ecuador. En mi próximo capítulo:

LAS COSAS CAMBIAN DRASTICAMENTE

Friday, May 4, 2012

ATRAPADO POR LA POLITICA

Hacia el mediodía de aquel dia de abril, de acuerdo con las noticias de la radio y de la prensa, habían alrededor de doscientas mil personas llenando las calles de Guayaquil, desde el aeropuerto Simón Bolívar hasta la Plaza San Francisco en el centro mismo de la ciudad. Se aseguraba entonces que esta era la mayor masa humana jamás reunida para una manifestación política en la historia del Ecuador. A eso de la una de la tarde, en un dia soleado y con temperaturas por arriba de los treinta y dos grados, Velasco Ibarra llegó a la Plaza San Francisco, sitio donde en medio de los vítores de la multitud el candidato se ubicó en un balcón desde el cual, con su oratoria, encendería el entusiasmo de las masas que lo habían ido a recibir a su regreso de su autoexilio en Buenos Aires. Históricamente, el pueblo del Ecuador, tal como sucede en otros países del tercer mundo, y aun en los más desarrollados, siempre ha sido fácilmente cautivado por la oratoria de los caudillos que ocasionalmente aparecen en sus escenas políticas. Los redentores, los salvadores, los que prometen remedio sin costo para todos los males sociales, los demagogos, siempre han encontrado respuesta política favorable de un pueblo que está permanentemente esperando la llegada del líder que le encuentre la solución a sus problemas de pobreza, de falta de educación, de hambre, de justicia y de salud. Así, Velasco Ibarra, el prototipo del demagogo con gran oratoria, estaba en este dia frente a un pueblo con hambre y sed de justicia social, frente a un pueblo al que ya en dos ocasiones le había fallado en sus promesas, pero un pueblo que estaba dispuesto a darle otra oportunidad con su voto en las próximas elecciones. Este pueblo aun no había aprendido su lección y seguía creyendo en este hombre! Viejo guerrero de la política, curtido en las lides electorales y conocedor de la idiosincrasia de nuestro pueblo, Velasco Ibarra traía en su maleta de sorpresas, una que no le iba a fallar, una que no le podía fallar, una a la que nadie, ni sus más acérrimos enemigos podían oponerse, so pena de ser proclamados como TRAIDORES A LA PATRIA. Así que este viejo zorro de la política ni bien comenzó su discurso, sacó de su maleta de sorpresas, la “bomba” que encendió el entusiasmo de las masas; dijo que a partir de ese dia, “el pueblo ecuatoriano declaraba nulo, de nulidad absoluta, el írrito Protocolo de Rio de Janeiro, porque era una afrenta a la soberanía nacional y un insulto al pueblo y a la nación ecuatorianos” , y que él, “como abanderado de las reivindicaciones populares y de los derechos de la nación, estaría de aquí en adelante a la vanguardia en el camino de la recuperación de la Amazonía para la nación. La multitud había llegado al éxtasis tan solo cinco minutos después de iniciado el discurso del candidato. En pocas palabras Velasco Ibarra estaba ofreciéndole al país, la recuperación de más de doscientos mil kilómetros cuadrados de territorio. No había forma de que candidato alguno pudiera rebatir o negar esa aspiración de toda la nación. Velasco se acababa de poner, políticamente hablando, en el bolsillo, a una enorme multitud que deliraba de emoción y de esperanza. El Protocolo de Rio, un mal llamado “Tratado de Paz, Amistad y Límites”, había sido impuesto a nuestro país en una reunión de cancilleres americanos en Rio de Janeiro, Brasil, en enero de 1942, logrando parar la invasión peruana a las provincias de Loja y El Oro, y evitando la invasión de Guayaquil, mientras el mundo era testigo de la Segunda Guerra Mundial en los campos de Europa y el Pacifico. Consciente estaba, por supuesto, el candidato Velasco Ibarra de que había tocado con su discurso un nervio muy delicado en el corazón de los ecuatorianos, consciente estaba, por supuesto, que nadie osaría contradecirle, pero debe haber estado también consciente de que su propuesta era jurídicamente impracticable, porque los congresos de ambos países habían, en su momento, ratificado el malhadado tratado. Pero eso no importaba en este momento. Ahora había que ganar las elecciones, después se vería como se salía de este enredo jurídico internacional. Pero eso no era importante para él en ese momento, lo importante era asegurar el voto de la mayoría de los ecuatorianos en las próximas elecciones presidenciales, y eso, por supuesto que lo estaba haciendo ahora al comienzo mismo del proceso electoral, pero además, y como subproducto de su objetivo principal, este candidato estaba “devolviendo a los ecuatorianos el orgullo de que su país era un país amazónico y que con su ayuda recuperaríamos el territorio robado a nuestra patria por los peruanos”, a quienes se nos enseñaba desde mediados de la década de los cuarenta, dia a dia en las escuelas, que debíamos odiar”. Bingo!, estaba matando varios pájaros de un tiro, pero lo más importante , lo inmediato, era que estaba asegurando su triunfo en las elecciones presidenciales de junio. Mi amigo Luis Abad y yo, habíamos empezado a “escuchar” lo que el candidato decía, primero con una actitud preparada para la crítica, luego con mayor atención, para finalmente, a la altura de la mitad de su discurso, con actitud francamente aprobatoria, aplaudir el encendido discurso del candidato. Velasco Ibarra era como una combinación de mago y alquimista. El sabia como combinar sus ideas en medio del discurso encendido, para hipnotizar a la gente y convencerla de que sus ideas eran las correctas. En las elecciones de junio, el ganó con una suma de votos que era mayor a la suma de todos los votos de sus contrincantes juntos, fue una victoria arrolladora!. Fue sólo treinta y seis años y dos guerras después, que el Ecuador pudo firmar un tratado de paz con el Perú, terminando este asunto, como era de esperarse, sin que nuestro país recuperara ni una fracción del territorio que Velasco prometió recuperar en este dia. En las elecciones presidenciales de ese año cometí el más grande error político de mi vida voté por Velasco Ibarra, me deje arrastrar por su demagogia, tal como se dejó arrastrar la gran mayoría del pueblo ecuatoriano. Era la primera vez que yo votaba como ciudadano y desperdicie mi voto. Velasco Ibarra llegó a la presidencia de la Republica e hizo un gobierno como todos los demás. La banda de empresarios electorales que le rodeaba, se aprovechó como siempre del poder que les otorgaba el estar cerca del “líder”. Ellos se enriquecieron a costa del pueblo, que a cambio solo recibió más promesas incumplidas, pobreza, falta de educación, de salud y de salubridad. Ah!, pero aprendí una lección que nunca olvidaría, aprendí a votar, no con mi corazón sino con mi cabeza. Nunca más voté por un demagogo y de allí en adelante siempre voté basado en un frio análisis de los méritos y las falencias de los candidatos, sin importarme su afiliación partidaria. Entretanto, el permanente cortejo de parte de mis compañeros comunistas continuó, sin éxito por un año más y entonces me pusieron el membrete de “reaccionario”, por lo que decidieron que ya no valía la pena continuar tratando de conquistarme para su partido. En los dos últimos años de colegio en el Cesar Borja Lavayen, retorné a mis anteriores altos estándares de rendimiento académico, llegue a la excelencia en matemáticas, en física; me gustaba mucho y por tanto era bueno para historia y literatura. La biología y la química orgánica no eran mis materias preferidas, pero tuve calificaciones muy buenas. Mi promedio del quinto año del colegio era de dieciocho sobre veinte. Termine el año muy cerca del tope de la clase. En algún momento del año 1960, la estructura de apoyo financiero que le dábamos a mi madre dejó de funcionar como era necesario, por un lado, y, por otro, mi madre deseaba regresar a Pallatanga porque su intuición le decía que su matrimonio estaba en riesgo al haberse quedado mi padre solo mientras el resto de la familia vivía en Guayaquil. Para colmo de males, mis dos hermanos mayores se casaron y, sin una base financiera solida, cada uno tuvo que buscar la forma de resolver su problema. Me quede solo en Guayaquil, tuve que arrendar un cuarto y comer en un restaurant, mientras mi hermano Guido, el mas pequeño, recibía albergue de parte de mi hermana Flor. Tomé entonces bajo mi responsabilidad el pago de las pensiones del colegio de mi hermano Guido a quien habíamos matriculado en el Colegio Mercantil, un prestigioso colegio de educación contable, del cual, al graduarse, sus estudiantes salían con el título de “peritos contadores”, y podían aspirar a encontrar un trabajo de oficina, como ayudantes de contabilidad. Todo parecía marchar al compas de una vida tolerable, yo seguía trabajando y estudiando, vivía solo pero dentro de un ambiente sano donde había respeto para mí y yo respetaba a la familia donde me alojaba. En agosto de 1960, sintiéndome responsable de lo que mi hermano chico hiciera, decidí averiguar cómo iba Guido en sus estudios e hice una visita a la secretaría del colegio Mercantil. Cuando averigüé por sus calificaciones del primer trimestre, me encontré con la sorpresa de que hacía dos meses que él había dejado de asistir al colegio, y que por tanto, ya lo habían dado de baja de su clase, su año lectivo estaba perdido. Nunca pudimos saber que hacia mi pequeño hermano en el tiempo que estuvo ausente del colegio, porque el salía todos los días de la casa a las siete de la mañana con su talega de libros y cuadernos, y regresaba a las dos de la tarde como si hubiese tenido una jornada completa de clases. Solo Dios debe saber que es lo que Guido hacia fuera del colegio y fuera de la casa en esas largas horas y en esos tres largos meses. Me hacía falta la vida con mi madre, extrañaba la vida de familia, pero las circunstancias eran tales que no me permitieron seguir juntos. Para entonces yo había madurado lo suficiente para sentirme un adulto y desenvolverme sin problemas en la vida. A estas alturas yo ya había planeado convertirme en un profesional; sabía que tenía la capacidad para hacerlo, y tenía también la firme convicción de que quería y podría hacerlo. Sabía que iba a ser una carrera con muchos obstáculos, pero estaba decidido a seguir hasta llegar a la meta. En Mayo de 1962, cuando ya tenía casi 20 años, visite a mi madre en Pallatanga, y en una de esas conversaciones muy especiales que ella y yo teníamos, le prometí que estudiaría mucho hasta convertirme en un profesional de éxito: le dije que yo no me resignaría nunca a estar atrás de nadie, y que cuando cumpliera mi meta, la llevaría a ella a vivir conmigo, cómodamente, y que entonces ella podría descansar de su vida tan dura, le prometí que conmigo ella podría ver los frutos de su gran esfuerzo de toda una vida. No sabía entonces que solo unos pocos años después, y cuando ya casi había llegado yo a la meta deseada y prometida, súbitamente, ella nos dejaría para siempre, víctima de su alta presión arterial y de su debilitado corazón. En mi próximo capítulo: LLEGO A LA UNIVERSIDAD