Wednesday, November 2, 2011

COMO LLEVO LA NOTICIA A MIS PADRES

Las últimas palabras del padre José María González de Rivera han resonado siempre en mis oídos y continúan haciéndolo más de cincuenta y cinco años después de que fueron pronunciadas, y le doy gracias a mi Dios porque se convirtieron en una profecía. Dios ha bendecido siempre lo que yo he hecho, me ha bendecido en mi trabajo, me ha bendecido dándome una mujer y una familia admirables, me ha bendecido dándome los medios y la capacidad para ser un hombre honorable, solidario, responsable, competente y gracias a ello me ha dado una lluvia permanente de amigos, que es la riqueza mas importante que he tenido en mi vida. Gracias Padre González por sus palabras y su profecía.

Salí de la oficina del padre González profundamente confundido, más que eso, preocupado, y tal vez más aun, tenía un miedo terrible, a pesar de que en ese momento no había alcanzado a ver todas las implicaciones que esta conversación iba a tener para el resto de mi vida. Yo era demasiado joven para entender todo eso, yo solo estaba seguro de que en ese momento estaba dando mis últimos pasos en el colegio al que amaba tanto y que yo estaba entrando en un nuevo y crucial punto de mi vida. Sabía que yo estaba definitiva e irreversiblemente fuera del Seminario. Sabía también que mis padres no iban a poder pagarme un colegio comparable en ninguna parte.

Nunca se me ocurrió que yo no fuera un niño con suficiente “piedad o vocación sacerdotal”, a esa edad, yo no entendía los conceptos de “ser piadoso”, “libre pensador” o de “pensar dentro de los límites admisibles”, mientras lo que si era claro para mi es que yo amaba mi colegio, me gustaba y disfrutaba casi todo lo que teníamos en él, la educación, las clases de idiomas, jugar al futbol (sobre todas las cosas), el basquetbol, la excelente comida, las excursiones de fin de semana, la lectura diaria de los cuentos de los hermanos Grimm durante las comidas, etc., etc. Simplemente yo NO estaba preparado para aceptar que todo eso iba a dejar de ser parte de mi vida. Derrepente me sentí lleno de miedo, casi con pánico, como cayendo en picada desde una gran altura, como si estuviera subido a una montaña rusa casi vertical, corriendo a gran velocidad, con mis ojos tapados y en medio de la noche, sin nadie que estuviera controlando la situación.

Cuando llegué al dormitorio me comencé a preguntar “¿tengo, o tuve alguna vez, la vocación para ser un sacerdote?”, “¨que mismo es la vocación sacerdotal?”, honestamente yo no tenía, y por tanto no encontraba, las respuestas a mis propias preguntas, pero lo peor de todo era que yo no entendía nada de esto. Si ser un buen estudiante, con calificaciones brillantes y buena conducta, sintiéndome feliz en el colegio Seminario no es suficiente, entonces, por el amor de Dios, ¿Qué es suficiente? Simplemente yo no tenía los argumentos con los que pudiera rebatir al padre González, por lo tanto, yo debía aceptar que NO podía retornar al colegio que tanto amaba y que en poco mas de un año y medio se había convertido en parte esencial de mi vida.

Lo que si sabía era que mi vida iba a sufrir un cambio dramático. Viniendo como venía, de una familia muy humilde y sin recursos económicos, no había forma de que en ella se consiguieran los medios para ponerme en un colegio comparable al Seminario, y lo más probable es que yo tendría que ir a parar en algún colegio público como aquel en el que comencé mi primer año de secundaria en Guayaquil.

Los colegios públicos en esa época (tal como ocurre hoy), eran aquellos a los que la gente sin recursos enviaba a sus hijos a educarse porque no tenía otra alternativa. La educación no era mala, pero era definitivamente de menor calidad de la que se podía conseguir en colegios particulares, especialmente religiosos. La situación es aún peor en estos días porque desde hace algunas décadas, un sindicato de profesores controlado por dirigentes de tendencia comunista Maoista, controla y maneja la educación pública, negándose a cualquier forma de evaluación de su desempeño por parte del gobierno o de los padres de familia. Todo intento de parte de los quince últimos gobiernos del Ecuador durante los últimos cincuenta años por quitarle el control de la educación a este sindicato ha fracasado rotundamente, con el resultado obvio de una educación crecientemente deficiente para la juventud pobre del país.

Pero la pregunta que me atormentaba esa noche era; ¿cómo iba yo a comunicar a mis padres el mensaje del padre González?; ¿lo entenderían?, ¿se enfadarían conmigo?; me harían responsable por no haber podido seguir adelante con su sueño de tener un hijo sacerdote? Todo el viaje de doce horas en el tren hacia Guayaquil, que solía ser una de las cosas mas lindas de mi año escolar, iba a estar lleno de esos pensamientos sombríos.

Me fui a mi cama con una serie de sentimientos contradictorios; sí, me estaba yendo de vacaciones, pero no, no retornaría a mi amado colegio, al lugar donde había vivido mas de un año y medio y había disfrutado los meses más felices de mi corta vida de estudiante.

Empaqué mis pocas cosas en mi pequeña maleta de madera para mi viaje a Guayaquil, donde mi mamá y mi papá estarían esperándome al final del siguiente día. Niño al fin, no tardé en quedarme dormido a eso de las nueve y media de la noche, pues debían despertarme a las cinco de la mañana para poder tomar el tren mixto con dirección a Guayaquil, que salía de Riobamba a las siete de la mañana.

En la mañana siguiente, un taxi vino a recoger a otros tres estudiantes y a mí, quienes debíamos viajar en el mismo tren, tres se quedarían en estaciones de la ruta a Guayaquil, mientras yo debía desembarcar al final de la misma a eso de las siete de la noche. Nos despedimos de aquellos compañeros que estaban despiertos y salimos hacia la estación del tren. El tiempo estaba algo mas frío que de costumbre, y a las seis y quince de la mañana, pudimos ver que a pesar del frío, algunos niños empezaban ya a hacer volar sus cometas en las casi desoladas y polvorientas calles de Riobamba. Volar cometas era el deporte favorito de los niños en esta época del año, cuando los vientos son fuertes y las frágiles cometas vuelan más alto y más lejos. De pronto sentí ganas de subirme a una cometa y volar lejos, muy lejos...

Saturday, October 22, 2011

MI VIDA CAMBIA DE RUTA

Las risas y el júbilo de los chicos que estaban a punto de salir de vacaciones después de un año de clases podían oírse a la distancia a través de los pasillos del enorme edificio, viniendo principalmente desde el comedor, en esta noche previa al día de partir hacia nuestras casas para las vacaciones de verano.

El edificio del colegio estaba situado al tope de una pequeña colina, en la salida sur de la ciudad de Riobamba, a muy poca distancia de la prisión donde 15 años antes, mi padre había sido injustamente encarcelado antes de ser declarado inocente y puesto en libertad incondicional.

La oficina del padre González era de unos treinta metros cuadrados, con amplias ventanas mirando hacia la ciudad por un lado y hacia el patio del colegio por el otro, pero esta vez, no se podían ver las luces de la ciudad porque las gruesas cortinas estaban cerradas. La oficina estaba sobriamente decorada con un gran cuadro de la Virgen Dolorosa, patrona del colegio, colocado en la pared de atrás del escritorio del padre González, y un cuadro del mismo tamaño con la foto de Monseñor Proaño en la pared del lado derecho del escritorio principal. Una foto (del mismo tamaño) del papa Pio XII, el jefe espiritual de los quinientos millones fieles de la Iglesia Católica colgaba de la pared a la izquierda del escritorio del padre González.

González siempre me pareció una persona impresionante y un excelente profesor. Siempre tuve una química especial con él, además, él era admirado y respetado (y en cierta forma hasta temido) por sus colegas profesores. Sus métodos de enseñanza eran muy académicos y efectivos y transmitía sus conocimientos con sabiduría y métodos didácticos, pero todos teníamos la impresión de que su temperamento fuerte podía explotar en cualquier momento, pudiendo con eso paralizar todo el colegio.

González siempre vestía su larga sotana negra de “un millón de botones” siempre con una camisa blanca de mangas largas perfectamente planchada debajo de la sotana y un collar de plata que sostenía un dorado crucifijo de una cuarta de largo colgando de su cuello, que a menudo lo sobaba con los dedos de su mano izquierda mientras entraba despacio pero firme a sus clases de idiomas y de Religión. González siempre calzaba zapatos que parecían estar recién betunados. Esta era una de las características más distintivas para un hombre que en general parecía ceñirse a las reglas más estrictas de conducta social, religiosa, académica y del buen vestir

“Por favor, entra y siéntate Rafael”, dijo el padre González cuando yo tímidamente toqué la puerta de su oficina. Tan pronto entré, el se levantó y cerró la oficina para evitar interrupciones. “Siéntate aquí, frente a mi”, continuó el padre González, y me hizo sentar en una silla tan alta que mis piernas quedaron colgando a veinte centímetros del piso. Medio intimidado, me agarré a los brazos de la silla casi como cuando uno va a comenzar una corrida en una montaña rusa en la oscuridad.

“Necesito hablar contigo ahora”, dijo, y añadió, “ no puedo continuar demorando más esta conversación, porque tu te vas mañana” y continuó diciendo, “no quería tener esta conversación contigo antes de hoy para no afectar tu desempeño en los exámenes finales” y continuó hablando así: “te ruego que no tengas en cuenta mi posición en el colegio, porque quiero tener una conversación franca y amistosa contigo como si fuéramos iguales, de hombre a hombre”, mientras en lo que parecía una gran contradicción, él se sentaba en su gran silla de rector y yo estaba sentado frente a él en lo que parecía la silla de los acusados. Me empezaron a dar escalofríos mientras todo sonaba muy raro para mí, como que algo muy serio iba a ser dicho;

González debe haber notado que me estaba poniendo más nervioso mientras él hacía su discurso introductorio, así que el empezó a tratar de calmarme poniéndose de pié y caminando alrededor de su escritorio poniendo sus manos sobre mis hombros mientras pasaba detrás mío; luego me entregó uno de los deliciosos chocolates suizos que él guardaba en su escritorio, uno de esos que él sacaba de vez en cuando para su deleite y que nunca compartía con nadie.

De pronto, después de que él tomó un profundo respiro, él comenzó preguntándome si yo había disfrutado del colegio, si estaba contento de que el año lectivo se acababa y de que me había ganado el más alto premio académico del año “el que te lo mereciste, sin lugar a dudas”. Contesté todas sus preguntas de una vez diciéndole que “si, padre, estoy muy contento” y añadí; mis padres van a estar muy orgullosos conmigo, tal como yo lo estoy con ellos”, agregando; “en estos tres meses de vacaciones, yo trataré de hacer muchas cosas, primero, iré a Guayaquil por una semana, luego iré a Pallatanga, donde ayudaré a mi madre en su panadería, me encanta hacerlo”; y continué; “ayudaré a mi padre en sus cosechas del maíz, montaré a caballo con mi hermano, mis primos y mis amigos, y, por supuesto, visitaré y jugaré con mis amigos de la escuela y mis parientes, usted sabe padre” dije mientras trataba de sonar sereno en un ambiente en el que algo olía mal, lo podía sentir, mientras estaba a punto de oírlo también

“Desde luego”, dijo el padre González y agregó; “Rafael, tu sabes lo mucho que apreciamos tu desempeño académico, no hay ninguna duda de que tu eres nuestro mejor estudiante, pero”, y paró por un momento para seguir; “la razón por la que quiero hablar contigo esta noche es que, a pesar de que tu has sobrepasado en mucho las expectativas académicas del colegio, siento mucho el tener que comunicarte que hemos decidido pedirte que NO regreses a nuestro colegio el próximo año”. González no me miraba a los ojos, obviamente él se sentía muy incómodo haciendo lo que estaba haciendo y diciendo lo que estaba diciendo, podía ver en sus ojos que él hubiera preferido no hacerlo. Se detuvo por cerca de un minuto y agregó; “tu sabes, Rafael, este es un Seminario, una escuela para formar futuros sacerdotes, ministros disciplinados de la Iglesia que serán los encargados de conducir las almas y los corazones de la gente bajo normas estrictas de piedad y obediencia”, y continuó diciendo “yo se que tu serás bueno en cualquier cosa que decidas hacer en la vida, no tengo ninguna duda al respecto, pero lo que es más”, agregó; “se que serás un hombre exitoso, y que formarás una familia feliz” y luego siguió; “pero por seguro sabemos que no vas a ser un buen sacerdote, un humilde pastor de almas, así que, por favor. Diles a tus padres que la beca que te hemos dado por los dos últimos años no será renovada y que por tanto ellos deben buscarte otro colegio para el próximo año”

Súbitamente sentí que escalofríos y una fiebre alta invadían todo mi cuerpo, sentí que un millón de diminutas hormigas caminaban sobre mi cabeza y se deslizaban hacia todo mi cuerpo. Sentí como que el edificio del colegio se derrumbaba sobre mi cuerpo y que no podía moverme. No sabía qué decir ni que hacer, y sin embargo pude articular dos palabras que salieron mas de mi estómago que de mi cerebro; “por qué?”.

El sacerdote obviamente se sentía muy incómodo mientras cumplía su deber y contestaba mi pregunta en una ceremoniosa y calmada manera: “estamos seguros, Rafael que tu no vas a comprenderme ahora, tampoco lo hizo la mayoría de nuestro grupo de profesores, pero estamos seguros de que eventualmente tu lo comprenderás, y cuando lo hagas, estamos seguros que estarás de acuerdo, y tal vez hasta nos agradezcas por lo que estamos haciendo ahora”.

González se detuvo por un momento y luego continuó, “Rafael, tu eres demasiado libre pensador, con alguna frecuencia tu tiendes a hacer comentarios y hacer preguntas que se salen de los límites de lo que es aceptable en una escuela religiosa como la nuestra”. Tenemos temor de que tu libre manera de pensar pudiera regarse hacia los otros estudiantes y destruir el concepto de obediencia ciega que estamos tratando de enseñar a nuestros estudiantes aquí.”, y agregó “mas que nada, Rafael, Yo creo (esta es la primera vez que hablaba en primera persona) que tu no tienes las condiciones de piedad requeridas para ser un sacerdote”. “En resumen”, agregó, "ni el obispo ni yo creemos que tienes la vocación sacerdotal requerida para continuar en este colegio, y, tu sabes que aquí educamos chicos para convertirse en sacerdotes que luego saldrán a predicar la palabra de Dios a la gente, el evangelio de humildad, de obediencia ciega a los mandatos de Dios y de su Iglesia”

Una vez que dijo lo que tenía que decir, González pareció sentirse aliviado, pero se veía muy triste y no quería prolongar lo que probablemente fue un momento muy penoso para el. Se levantó de su silla, se acercó a mi y muy tiernamente me dijo algo así; “que Dios Todopoderoso y nuestra patrona, Su Madre María, te bendigan siempre y bendigan cualquier cosa que tu hagas en la vida”, y casi susurrando a mi oído agregó; “Buena suerte Rafael, te voy a extrañar mucho y todos los profesores te van a extrañar, lo mismo que tus compañeros”, y sus palabras finales fueron; “te deseo lo mejor en la vida Rafael, adiós y que Dios Nuestro Señor te bendiga siempre”.

Tuesday, October 11, 2011

UN FIN INESPERADO

Julio de 1956
En los primeros días de Julio de 1956 yo recién había cumplido 14 años y completado el segundo año de colegio secundario en el Seminario Menor La Dolorosa de Riobamba, una pequeña ciudad de treinta mil habitantes en la Sierra del Ecuador. Aquí, estudiantes secundarios católicos cuidadosamente escogidos por la jerarquía eclesiástica, eran preparados durante seis años para ser enviados al Seminario Mayor San José en Quito, donde finalmente se ordenarían como sacerdotes católicos.

Nuestro colegio era el sueño hecho realidad para el obispo Leonidas Proaño, un respetable y respetado obispo, cuyas ideas controversiales acerca del rol de la iglesia en la sociedad eran consideradas por mucha gente en la clase dirigente del país como una seria amenaza para La Patria y sus instituciones

Las ideas de Proaño estaban influenciadas en gran medida por las del obispo brasileño Elder Camara, fundador de la llamada Doctrina Social de la Iglesia, quien sostenía que el rol de la Iglesia no debe limitarse a salvar almas para el cielo, sino que debía ser más proactivo en la formación de un nuevo tipo de individuo para la sociedad. Camara sostenía que la Iglesia debería tomar un rol de liderazgo para no solo evangelizar a la gente, sino formar líderes que eventualmente ayudarían en el cambio hacia una sociedad más justa y equitativa. Proaño, igual que Camara, creía firmemente en la capacidad de la iglesia para liderar un movimiento de cambio en la sociedad ecuatoriana, un cambio que introdujera la justicia para los pobres, y en particular para los indios nativos de la serranía ecuatoriana.

Proaño estaba especialmente preocupado por los millones de indios que vivían en condiciones infrahumanas en las más lejanas, más frías, más altas y más duras regiones de la Sierra del Ecuador, a donde fueron arrinconados, primero por los conquistadores españoles y luego por los terratenientes criollos, herederos de los primeros, para que pudieran servir como esclavos a los intereses de sus patrones. Fue para ir en esa dirección que Proaño fundó y dirigió el sistema de Escuelas Radiofónicas, cuyo principal propósito fue el de alfabetizar y evangelizar a los indios a través de mensajes que les dejaran saber que ellos no eran solamente bestias de trabajo como habían sido tratados por siglos, sino que eran seres humanos con iguales derechos y obligaciones que sus patrones blancos. Como parte de ese su visionario macro proyecto social, el obispo Proaño creó el Seminario Menor La Dolorosa, la escuela que debía convertirse en la Joya de la Corona de su diócesis.

En la tarde de este soleado día de la segunda semana de Julio de 1956, la ceremonia formal del cierre del año lectivo tenía lugar en el amplio y bien iluminado salón de actos de nuestro colegio, donde las imágenes de la Madre Dolorosa, patrona del colegio, de su prima Santa Isabel y de los doce apóstoles, colgaban de tres de las cuatro grandes paredes. Un crucifijo de un metro de alto colgaba de la pared detrás de la mesa directiva. El rector del Seminario y sus profesores formaban la mesa directiva. Varios discursos se habían dado ya deseándonos buena suerte, lindas vacaciones y pronto regreso, y comenzaban ya a entregarse las medallas y diplomas a algunos estudiantes por su aprovechamiento en el estudio y por sus aptitudes deportivas.

Yo estaba sentado en la segunda fila del auditorio, casi completamente abstraído de lo que ocurría en aquel gran salón, estaba soñando despierto, imaginándome la cara feliz de mi mamá cuando yo llegara a nuestra casa para unas nuevas vacaciones de tres meses, cuando derrepente fui llamado por mi nombre desde la mesa directiva. Los compañeros que estaban sentados junto a mí, me despertaron para que saliera a recibir mis dos premios; uno por mejor estudiante de idiomas, y otro como el mejor estudiante de mi curso por el año lectivo 1955-1956.

La audiencia aplaudía con entusiasmo mientras el rector del colegio y los otros profesores me abrazaban y me felicitaban por mis premios. Me sentí muy emocionado y feliz, pero a la vez me sentí un tanto desilusionado porque no recibí ninguno de los premios otorgados a los mejores deportistas del colegio. Una vez mas sentí envidia hacia mi amigo Ricardo Estrada, quien se ganó el premio al mejor deportista por su desempeño en futbol, voleibol y basquetbol durante el año lectivo que se acababa. El era un gran atleta y yo lo admiraba (y sanamente le envidiaba) por eso. Nunca he vuelto a ver ni a saber de la vida de Ricardo. Es como si la tierra se lo hubiera tragado para siempre después de aquel día de Julio de 1956.

Cuando eran alrededor de las siete de aquella noche muy fría, de luna llena y con fuerte viento en Riobamba, ciudad que está a casi tres mil metros de altura, la ceremonia de clausura del año lectivo llegó a su fin y los corredores quedaron casi vacíos pues la gran mayoría de los estudiantes se dirigieron al comedor. Yo caminaba despacio hacia el comedor que quedaba a unos treinta metros de distancia, retomando mi sueño despierto del que fui abruptamente interrumpido momentos atrás para recibir mis premios académicos, cuando fui nuevamente interrumpido. Esta vez no eran mis compañeros los que me despertaron, era el padre González, el rector del colegio.

González estaba entonces en sus tempranos cincuentas, era de tés muy blanca, siempre perfectamente afeitado, de cabeza muy grande y cara redonda, casi roja, con su pelo negro comenzando a mostrar aéreas grises en las sienes, mientras empezaba a perder cabello en la parte superior de su cabeza, hacia el lado de la corona. Este impresionante sacerdote de un metro ochenta y 240 libras de peso, nacido en España y educado en Francia, siguiendo los más tradicionales códigos de educación religiosa dictados por la Iglesia Católica Romana. Tenía las mejores credenciales académicas y nunca se quedaba corto en decirlo. El había sido especialmente importado desde España para hacer de nuestro Seminario el mejor del país, tal como lo deseaba el Obispo Leonidas Proaño. González estaba encargado de hacer realidad esos deseos del Obispo y estaba decidido a conseguirlo.

“Rafael, necesito hablar contigo, por favor ven a mi oficina después de la cena” me dijo el padre Superior, mientras posaba su enorme mano sobre mis hombros por uno o dos segundos, y luego siguió su camino hacia el segundo piso del enorme edificio de tres pisos, donde estaba su oficina. El edificio había sido planeado para ser ocupado por doscientos estudiantes, pero en este, su segundo año después de inaugurado sólo lo ocupábamos 40 estudiantes, así que gran parte del edificio estaba desocupado y en los pasillos del segundo piso se escuchaba retumbar el eco de los pasos a una distancia de unos treinta metros.

Era casi inexplicable, después de recibir mis premios yo debía estar muy contento, pero no lo estaba, no comí muy bien mi cena, y, siguiendo las instrucciones del padre González, fui hacia su oficina, pensando por un lado que tal vez él continuaría con sus alabanzas a mi desempeño escolar, e, inocente yo, tal vez me daría algún dinero (que yo lo necesitaba mucho), como un premio adicional por mi desempeño académico. Pero algo me decía que su deseo de hablar conmigo a solas, en su oficina, podría traerme sorpresas desagradables. Era sólo algo así como una premonición sin fundamento, y me empecé a poner nervioso.

En mi próximo capítulo: MI VIDA CAMBIA DE RUTA

Wednesday, October 5, 2011

REINTRODUCCION

Fue el 17 de abril de 2011 que publiqué el capítulo anterior sobre mis memorias personales, fue en esa fecha que me excusé con ustedes porque me iba a ausentar por algun tiempo. Bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, aqui estoy de nuevo, escribiendo sobre mi vida, sobre mi origen, sobre mi largo camino para llegar a donde estoy. De ahora en adelante seguiré haciéndoles que me acompañen en mi viaje de 69 años por los caminos de la vida.

DE VUELTA EN EL SEMINARIO

Durante ese seco y polvoriento verano de 1955, también tuve la oportunidad de compartir tiempo con mi padre. El era una mezcla de agricultor, de comerciante, de arriero, de empleado de gobierno (teniente político), de hombre permanentemente interesado en la política y en el acontecer mundial, leía ávidamente los periódicos y comentaba las noticias con su hermano Antonio, otro hombre interesado en esos temas.

Mi padre ayudaba en el trabajo de la panadería, especialmente los sábados cuando había que amasar y ahornar el pan, su ayuda era importante para mi madre y se la daba cuando él no estaba de viaje u ocupado en sus otras labores.

El verano era la época de las cosechas, mi padre, en sus tareas de agricultor sembraba maíz, trigo, cebada alverja y lenteja en Azazan, la pequeña finca que mis padres compraron al tío Juan Celio (y que había pertenecido a sus abuelos), en gran parte con los ahorros de mi madre, y con la entrega de la máquina de coser Singer que ella usaba para hacernos nuestra ropa, como parte de pago (por el equivalente de quinientos sucres). En esta finca, mi padre a veces sembraba a través de peones y otras “a medias” con partidarios que ponían el trabajo mientras mi padre ponía el terreno y la semilla. Yo le ayudé en algunas de las tareas agrícolas, unas veces a “lorear” en las chacras de maíz, esto es, a cuidar que los pájaros, especialmente los loros, en manadas, no se comieran los choclos y arruinaran la cosecha. Otras veces le ayudaba transportando la comida para los peones y para él mismo. Fue en ese verano que intentamos seriamente, mi padre y yo, que el aprendiera a andar en bicicleta, pero nos tuvimos que dar por vencidos después de que el sufriera algunas caídas que lo dejaron golpeado y algunas veces magullado. El ya tenía 55 años de edad y pareciera que había pasado la etapa de su vida en que podía intentar estas “nuevas habilidades”. Me imagino que debe haber sido frustrante para él, un excelente jinete, el no poder montar en una bicicleta, un aparatito de dos ruedas que sólo se movía cuando uno mismo pedaleaba.

Hacia fines de Septiembre, cuando se acercaba el dia de volver al Seminario, sentí un poco de pena de dejar mi casa, a mi madre, a mi hermano pequeño y a mi padre, pero me alentaba el deseo de volver a disfrutar de todo lo que ofrecía mi colegio. Este iba a ser el primer año completo de estudio en el internado de Riobamba, iba a volver a disfrutar de todas las cosas que me gustaban de este lugar, incluyendo el deporte, los paseos semanales, la comida, las lecturas, y, porqué no decirlo, el estudio metódico, disciplinado y bien supervisado por nuestros maestros. Para entonces las cosechas habían terminado, los campos estaban llenos de polvo y del rastrojo que queda después de la cosecha.

En los primeros días de octubre volví a mi colegio, volví “con ganas”, así que el año escolar comenzó con pie derecho. Ahora tenía que estudiar todas las materias de igual a igual con todos los demás estudiantes de mi curso, ya no tenía yo la ventaja en algunas materias y mis compañeros en otras. Ahora todos debíamos “sudarla” por igual, y así lo hacíamos. Mis materias preferidas siguieron siendo los idiomas (4), pero tambien las matemáticas, historia y geografía. En idiomas era evidente que yo tenía una facilidad especial para aprenderlos, eso fue claro desde el año anterior, sin embargo el griego siempre fue muy dicicil para mi, y de él no recuerdo ahora casi absolutamente nada.

Lo mejor de todo era que ahora se había duplicado el número de estudiantes pues para el nuevo año lectivo se habían matriculado veinte y dos chicos en el primer curso, por lo tanto, había una cantera más grande de donde sacar más deportistas, y en particular, mas futbolistas. Ahora podíamos tener cuatro equipos casi completos y el nivel de competencia obviamente iba a mejorar, y de hecho mejoró. Para el mes de diciembre ya teníamos cuatro equipos bien estructurados y empezamos a buscar competencias con otros colegios religiosos de la ciudad. Nunca ganamos ninguna competencia intercolegial (éramos muy nuevos para eso), pero empezamos a sentirnos más maduros, más parte de la comunidad estudiantil de Riobamba. Sacamos un equipo único de 22 jugadores, una especie de selección del colegio, combinando estudiantes de primero y segundo curso, y llegamos a tener un equipo excelente, un equipo que podía jugarle de igual a igual a cualquier equipo de nuestra edad en la ciudad. Yo seguía siendo un mediocampista en el equipo titular, y sentía mucho orgullo por ello.

Nunca olvidare el dia en que, jugando contra nuestras reservas, disparando de primera, hice un tiro desde unos quince metros, directo a la esquina izquierda del arco del equipo contrario, un disparo que iba a ser el mejor gol de mi vida, un gol que hubiera quedado pegado en mi memoria para siempre, pero, de repente, como salido de la nada, un defensor despejó limpiamente esa bola cuyo destino era el fondo de las mallas. El jugador que hizo ese milagroso despeje era Ricardo Estrada (“el loco Estrada”), un chico del primer año, alto y espigado, con contextura de buen deportista y con predisposición para practicar buen futbol. Por un instante odié a Ricardo, pero solo el tiempo que duro el partido. Al finalizar este, me acerqué a el y, sonriendo le dije “arruinaste mi gol”, y, el, sonriendo de buena gana me contestó algo así como “perdóname Rafael, fue de pura suerte, no sé como lo hice”. Le di un abrazo y le dije, “fue una gran jugada, Ricardo, te felicito” y él me devolvió el abrazo. Eso selló una amistad que duro todo el año.

Para fines de diciembre de 1955, tuvimos dos semanas de vacaciones que nos permitieron a todos los estudiantes regresar a nuestras casas y pasar la Navidad y el Año Nuevo junto a nuestras familias. Regresamos a clases los primeros días del mes de enero de 1956. Nuestros estudios siguieron la rutina de una disciplina que casi nunca se quebraba, pero que nos mantenía siempre alertas a la posibilidad de cosas nuevas. Una de esas cosas inesperadas ocurrió hacia finales del mes de febrero del año 1956. A las diez de la mañana, súbitamente entró el rector en nuestra clase y nos anuncio que el obispo Leonidas Proaño iba a visitarnos para el almuerzo y que compartiría el mismo con nosotros. Fue una visita agradable, porque antes de sentarnos a almorzar y estando todos de pie frente a nuestra mesa y asiento en el comedor, el padre superior, dijo unas pocas palabras para agradecer al obispo por su visita y para darle la bienvenida a “su” casa, la casa que él había planeado con tanto cuidado y con tanta esperanza y a la que venía para ver concretada en una realidad tangible en la que se estaban preparando los sacerdotes del futuro. El obispo se limito a decir que esta era la segunda vez que visitaba su Seminario (la primera había sido la fecha en que este se inauguró) y que le complacía ver a mas de cuarenta estudiantes preparándose “para ser pastores de almas y promotores de una vida más justa para los pobres de la diócesis”. Bendijo los alimentos que nos íbamos a servir, nos encomendó a todos nosotros a la patrona del Colegio, La Virgen Dolorosa y nos invitó a sentarnos y comenzar nuestra comida.

Terminado el almuerzo, el padre superior nos pidió alinearnos a la salida del comedor, para que el obispo nos diera su bendición. Así lo hicimos y esta fue para mí la segunda vez en menos de un año que el Obispo de Riobamba, Monseñor Leonidas Proaño, ese ícono de la justicia para los pobres y desamparados, me daba su bendición personalmente. Luego de la visita del obispo y mientras él y el padre superior se retiraban al Rectorado, nosotros los estudiantes volvimos a nuestros salones de clase, a continuar nuestra rutina diaria de estudio.

Por el mes de marzo de ese año, las elecciones presidenciales del Ecuador se aproximaban. Se llevarían a cabo en el mes de junio. Los candidatos eran: por el partido Liberal el Dr. Raul Clemente Huerta; por el partido Conservador el Dr. Camilo Ponce Enríquez; por el partido Concentración de Fuerzas Populares (“CFP”) el populista Dr. Carlos Guevara Moreno, ex alcalde de Guayaquil y por una alianza de liberales y conservadores disidentes el Dr. Jose Ricardo Chiriboga Villagomez, ex alcalde de Quito. Todos los candidatos tenían un curriculum muy bueno como abogados o como servidores públicos, pero, elecciones al fin, las fuerzas políticas del país se polarizaron alrededor de los distintos candidatos, y como era de esperarse, también entre los estudiantes se empezaron a expresar opiniones sobre los candidatos y expresar simpatías por uno u otro de ellos.

La mayoría de mis compañeros estaban a favor de la candidatura del Dr. Camilo Ponce Enríquez, un destacado abogado, ex ministro de gobierno del Dr. Jose María Velasco Ibarra y a quien apoyaban, no solo el partido conservador, sino en bajo perfil, el propio gobierno, y las fuerzas de derecha en todo el país; a favor del Dr. Huerta estaban un número considerable de estudiantes cuyos padres o el resto de sus familias tenían tendencias liberales; a favor del Dr. Carlos Guevara Moreno, un controvertido ex alcalde de Guayaquil, fundador del parido CFP y con un historial político que incluía su participación en el lado Republicano en la guerra civil española, estaba un solitario estudiante (yo), que por haber estado el año anterior en Guayaquil, donde el CFP era un partido mayoritario, me inclinaba por esa candidatura. Chiriboga no tenía ningún partidario entre los estudiantes. Extrovertido como siempre he sido, yo expresaba en medio de todos los estudiantes, y sin ningún temor, mi simpatía por Guevara Moreno. Las elecciones finalmente se llevaron a cabo en Junio y el ganador, por un muy estrecho margen (que los liberales atribuyeron a una mano negra del gobierno), fue el Dr. Camilo Ponce, quien hizo uno de los gobiernos más democráticos que se hayan visto en el Ecuador en muchos años, no obstante que tuvo que enfrentar serios desafíos a su mandato, que venían de fuerzas opositoras que deseaban desestabilizar su gobierno.

Nunca recibí de los profesores o del rectorado ninguna llamada de atención por mi posición frente a los candidatos, la misma que a esa edad, no era otra cosa que una resultante de mi paso por Guayaquil, donde Guevara Moreno era muy popular, y no implicaba ninguna madura expresión de mi futura posición política.

El año escolar había avanzado casi a su fin sin que yo lo sintiera. Los estudios eran muy intensos, pero la disciplina y los métodos con que el Seminario los conducía eran tales que no podía creer que el fin de año se avecinaba y con ello venía un nuevo periodo de tres meses de vacaciones. Durante ese año, la disciplina en el estudio, la metodología en la enseñanza y la combinación de estudio y deporte lograron sacar de mí el mejor de los resultados. Fui excelente en el estudio y fui destacado en los deportes, especialmente en el futbol. Las vacaciones me llenaban de alegría, pero al mismo tiempo sabía que extrañaría el colegio.