Wednesday, September 15, 2010

LLEGA UNA NUEVA VIDA



PALLATANGA- LA CASA DE MI TIO ANTONIO EN PALLATANGA, TAL COMO ESTA HOY

La familia entera ayuda a mi madre mientras mi padre se ocupa de desensillar a las mulas y desempacar el equipaje. “Lilita”, llama mi madre en alta voz a mi hermana de 14 años, tan pronto se ha bajado de la mula, “mi amor, apúrate mijita, ve volando a traer a doña Rosita Lozano, dile que es urgente, urgentísimo, que venga corriendo porque voy a dar a luz inmediatamente”. Lilita no se hace esperar y corre a cumplir con su mandado y, ciertamente en menos de media hora, y cuando mi madre empezó a sentir los más fuertes dolores del parto, llega la comadrona, doña Rosita, que ha sido la partera que ha atendido a mi madre en seis de los ocho partos anteriores. Ella es una experta, casi todos los niños nacidos en este pueblo en los últimos veinte años han sido atendidos por ella. “Urgente, calienten agua que el parto empieza en quince minutos”, dice doña Rosita, y en efecto, a las diez y media de la mañana se oye un fuerte grito de mi madre, e inmediatamente el llorar intenso del recién nacido que a todo pulmón también expresa su júbilo en la única forma que sabe hacerlo, llorando a todo pulmón…
“Es un varón, es un varón”, dice doña Rosita” alzando al recién nacido tomado de los pies y a quien le da dos fuertes nalgadas, como para darle la “bienvenida” a este mundo; “lo sabía, lo sabía”, dice mi madre, aún muy adolorida, e inmediatamente agrega, “tráiganmelo que quiero abrazarlo, quiero besarlo, quiero decirle que lo quiero a montones” y continúa, “hay que bautizarlo inmediatamente, llamen al cura, hay que bautizarlo, mi niño se llamará Rafael, como mi abuelo, por varón, por valiente, y por buen viajero”.
El recién nacido tenía su carita hinchada, con moretones, con señales de golpes en todo su cuerpo como resultado del maltrato recibido en el viaje, pero sobretodo por los golpes recibidos cuando mi madre se cayó de la mula esa misma mañana. Sin embargo, el recién nacido lloraba a todo pulmón, él también estaba feliz de haber llegado y lo expresaba en el único lenguaje que él sabía y todo el mundo le entendía.
Era el martes 30 de junio de 1942 y el recién nacido era yo…
La salud del niño, muy al contrario de lo que podría haberse esperado, es muy buena, se alimenta exclusivamente del seno de su madre por los primeros seis meses, luego empieza a comer alimentos suaves, después de todo, su madre es una experimentada madre de seis hijos vivos. Nadie esperaba que este niño, de repente, sufriera un serio accidente que puso a toda la familia en emergencia. Muy cerca de que yo cumpliera ocho meses y mientras mi madre planchaba la ropa de la familia, usando la plancha de hierro sólido calentada al fuego de carbón como se usaba en esa época, ocurre un incidente que conmueve a toda la familia.
Yo había comenzado a “gatear” y daba vueltas sin cesar por todo el pequeño espacio de nuestra vivienda. Un día, mi madre había colocado la plancha arrimada en la pared de adobe mientras doblaba la ropa ya planchada. De repente, y sin que mi madre se diera cuenta, he llegado gateando hasta la plancha y esta me ha caído sobre mi mano derecha, produciéndome graves quemaduras en toda la mano derecha. Mis gritos y el llanto de dolor eran conmensurables con el daño que había recibido en toda la mano que ahora parecía una sola llaga, la angustia y la desesperación de mi madre y mis hermanos era enorme, corrían de un lado al otro sin saber qué hacer, hasta que mi madre reacciona y por fin me curan con sábila y clara de huevo, cubriéndome la mano con un paño. No cesaban los llantos y debieron pasar varias horas hasta que el cansancio me permitiera dormir.
Mi padre estaba ausente en uno de sus viajes de trabajo, y por tanto no sabía lo que había ocurrido. Cuando llegó de su viaje, mis hermanas y mi madre se turnaban para sacarme de la casa e impedir que mi padre me viera, porque estaba dentro de lo probable que, debido a su temperamento, buscara culpables y terminara causando un grave incidente familiar encima de la tragedia ya ocurrida. La quemadura poco a poco fue curándose, pero en m i mano quedaron serias cicatrices que dejaron tres de los cinco dedos de mi mano derecha parcialmente unidos. Al principio de mi vida de estudiante en la escuelita primaria esto me causaba cierto grado de dificultad para escribir, pero poco a poco pude superarlo, y para cuando llegué a segundo grado de primaria, ya me había acostumbrado a lidiar con el problema. Pasados los once años de edad y cuando me aprestaba a ingresar al colegio secundario Aguirre Abad de Guayaquil, fui sometido a una operación en el Asilo Mann de Guayaquil, donde los doctores Eduardo Alcivar Elizalde y Jorge Mite reconstruyeron mi mano casi completamente y la dejaron totalmente hábil en la práctica y casi normal en la parte cosmética.


PALLATANGA-UNA CASA CONSTRUIDA EN 1942
Y QUE AUN HOY ESTA EN PIE

En el segundo gobierno de Velasco Ibarra, en 1944, mi padre llega a ser, por primera vez, el Teniente Político del pueblo, una suerte de comisario que aparte de tener obligaciones policiales, también tenía a su cargo el Registro Civil (registro legal de nacimientos, matrimonios, divorcios y muertes), que antiguamente lo mantenía la Iglesia Católica, pero que desde 1908, con las reformas legales introducidas por la revolución liberal encabezada por Eloy Alfaro, pasó a ser responsabilidad del gobierno central. Con un sueldo de 120 sucres mensuales, que si bien no llenaba todas las necesidades del hogar, ayudaba a llevar la pesada carga de mantener una familia de siete personas, carga que principalmente mi madre la llevaba sobre sus hombros con el producto del trabajo en su panadería. La Tenencia Política, era el puesto administrativo más codiciado por algunas personas en el pueblo, y, como era de esperarse, muchos la buscaban con tenacidad hasta obtenerla, sin importar que esa búsqueda significara necesariamente también, el pedido tácito de que se despida a quien ostentaba esa dignidad. Usualmente era a través de la amistad con el gobernador de la provincia que se conseguía el premio, y, por tanto, había cambio de teniente Político cada vez que había un nuevo gobernador. Mi padre consiguió su posición debido a su altísima lealtad al Velasquismo, cosa que nunca dejó de ser cierto hasta su muerte, casi cincuenta años después, en 1991
Los párrafos anteriores son producto de mi recuerdo de los diálogos que desde muy joven tuve con mi madre. Ella y yo teníamos un amplio y permanente canal de comunicación. Recuerdo que de vez en cuando me recostaba sobre su pecho y ella acariciaba con sus manos mi cabellera de pelo necio y me contaba sobre su juventud, su escuela, su mentor espiritual el padre Arrieta, sobre mis hermanas, mis hermanos, me contaba historias y cuentos de los hermanos que mucho mas tarde me enteré que eran de los hermanos Grimm y otros, de los viejos libros de lectura españoles que ella usó en su escuela primaria. Muchas veces sus ojos se llenaban de lágrimas mientras hablaba. La emoción que ella sentía era incontenible, también yo me contagiaba de ella…y lloraba. Llorábamos juntos en una comunión espiritual grandiosa que extraño, porque nunca más me he comunicado con nadie de esa forma. Ella, sin embargo, jamás me contó sobre la parte más amarga, de su historia personal, de la violencia doméstica de la ella había sido víctima antes de que los varones de la familia naciéramos


UN EQUIPO DE FUTBOL DE PALLATANGA CON SUS MADRINAS-1944

He sentido siempre que desde antes de mi nacimiento, entre mi madre y yo existió una conexión muy profunda y especial, no digo que yo haya sido el “preferido” de ella, porque no creo que lo fuera, después de todo, ella no hubiera nunca aceptado que amaba a un hijo más que a otro, y, sin embargo, cuarenta y un años después de su muerte, pienso que la conexión que teníamos era mucho más grande que la que mis hermanos y hermanas podrían haber sentido. Aún hoy la siento, casi que la veo, vigilando el bienestar de sus hijos, pidiendo a Dios por nosotros, dándonos aliento para superar dificultades y avanzar siempre hacia adelante en nuestros caminos de la vida. Recuerdo especialmente nuestro diálogo en una ocasión, cuando yo debo haber tenido unos siete años, ella me encontró meditabundo, sentado en el piso de la esquina de la casa, muy cerca de la gran cruz de madera que estaba frente a nuestra casa y que alumbrábamos en honor a la Virgen María, para el primero de mayo, con linternas de kerosene que nos prestaban las familias del pueblo. Yo tenía mi mirada puesta en el horizonte, hacia el suroeste, como queriendo llegar con mi mirada más allá de las montañas, hacia donde yo intuía que estaba Guayaquil, la gran ciudad y hacia donde yo pensaba que se extendía el mundo.
En mi próxima entrega: MI NIÑEZ

Friday, September 10, 2010

SIGUE EL DURO CAMINO


CABALGANDO EN EL PARAMO

A las cinco de la tarde y cuando la neblina empieza lentamente a subir hacia las montañas viniendo desde la costa, pero mezclandose con el viento helado del páramo, llegan a Pangor, un pueblito de no mas de veinte casas, habitado por gente muy humilde, mestizos, casi indios puros. Allí es donde mis padres planean pasar la noche pidiendo posada a esa gente pobre, muy pobre, pero generosa, de un corazón inmenso, que nunca le niega una posada y un bocado de comida a quien lo necesita. Ayudar al viajero es considerado por esta humilde gente casi como una obligación religiosa. Este es un pueblo de veinte casitas de adobe, pisos de tierra y techos de paja, sus habitantes viven para criar ovejas, chanchos, gallinas y cuyes, pero además cultivan papas, habas, mellocos y ocas. Nunca se quejan del frío, porque este es su eterno compañero, y porque además, siempre usan un pesado poncho de lana que ellos mismo la tejen. Sienten frío sólo cuando se bañan en las aguas gélidas del vecino río que trae aguas del páramo. Se bañan tres o cuatro veces al año y nunca lo hacen con entusiasmo. Así es su vida, se han acostumbrado a ella y casi nunca se quejan por sus limitaciones.
Los olores dentro de la casa son una mezcla de ropas y cuerpos sucios, de sudores repetidos, de excretas y orines de los cuyes que comparten el espacio dentro de la casa con sus humanos criadores, y de pesadas cobijas de lana que sólo se lavan una vez cada seis meses. Pulgas y piojos habitan en abundancia en este ambiente tan propicio para ellos. Es en este lugar donde la madre que espera a su hijo en un par de días, y su marido, deben, mas bien tienen, que pernoctar. Mi madre, religiosa como es, reflexiona y piensa que la madre de Jesús, y su esposo, José, debieron acampar en un pesebre, y compartir el espacio con ovejas y vacas en lechos de paja. Hace una profunda reflexión y concluye que debebería sentirse feliz de compartir este destino con la Santa Madre de Dios y su Familia. Es, sin duda, una formidable forma de buscar alivio, qué mejor destino puede haber para una madre cristiana?, ella mismo se pregunta y su respuesta, sin palabras, es una tácita aceptación de las humildes condiciones en que debe acampar, y entonces decide que quedarse esa noche es lo más razonable, más no llega al punto de considerar siquiera el quedarse a dar a luz allí.
El cansancio es enorme, han cabalgado por más de doce horas subiendo y bajando el páramo y están a sólo unas seis horas de llegar a su destino, la hospitalidad de la gente de Pangor es inmensa, ellos comparten sin remilgos su pobreza de cuya dimensión no parecen estar plenamente conscientes. Con una generosidad admirable, brindan su casa, su cama, su comida, su abrigo, pero más que todo eso, su enorme simpatía y solidaridad humanas. Ellos invitan a sus huéspedes a quedarse, le sugieren a mi madre que se quede a dar a luz a su hijo en su casa. Mi madre les agradece su bondad y su generosidad pero les dice que ha decidido avanzar hasta Pallatanga donde su familia la espera. Ellos lo comprenden, pero tienen dudas sobre si mi madre podrá lograr su propósito.
En otras condiciones habría sido imposible para mis padres descansar, peor dormir, pero su cansancio es tan grande que, poco después de las siete de la noche se quedan dormidos, a sabiendas de que hay una jornada más, no tan larga ni tan dura como la anterior, pero que hay que hacerla, sobre todo porque hay un día menos para el parto.
Igual que el día anterior, a las cuatro de la mañana vuelven a emprender el viaje, las mulas han descansado también y, aunque mi madre empieza a sentir los primeros síntomas del parto, los dos emprenden la segunda y definitiva jornada para llegar a Pallatanga. Es una madrugada oscura y llena de neblina, la esplendorosa noche anterior ha sido reemplazada por una helada llovizna y con visibilidad casi nula. Mi padre conoce bien este camino, lo ha recorrido a pie decenas de veces reparando la línea del telégrafo, y sin embargo, siente que hay riesgo, la obscuridad es casi total, el camino es tan estrecho que en él sólo cabe un animal a la vez, no hay forma de hacer el viaje uno junto a otro, hay que ir en fila, así que él se adelanta para actuar como guía, sintiendo y oyendo el paso de la mula que le sigue, que es la que lleva el poco equipaje de la pareja, y de la que cabalga mi madre. Camina despacio para no distanciarse. Así caminan más de media hora, pero, de pronto escucha un grito desesperado de mi madre: “Timoooo, auxilioooo, por Dios, estoy en el suelo, ayuuudameee!”.


CERCA DE PANGOR, EN EL VIAJE A PALLATANGA

La obscuridad es casi total, pero mi padre tiene una linterna de mano. Se baja de su montura, amarra a su mula y regresa enfocando su linterna buscando a mi madre. Unos veinte pasos atrás encuentra a la mula en que ella cabalgaba, la amarra y sigue buscando a mi madre, veinte pasos más hacia atrás y la encuentra en el suelo, tratando de incorporarse, adolorida y quejándose de dolores de parto. Cuando mi padre por fin la encuentra, ella dice, con palabras llenas de angustia, “por Dios, ayúdame, me muero del dolor, mi hijo está en peligro, he perdido de vista a la mula, me duele mucho mi vientre, estoy empezando a sangrar, por Dios, por lo que más quieras, por favor, ayúdame, casi no soporto este dolor, me he golpeado la cabeza y el vientre, me duele todo el cuerpo”, y agrega “Timo, por el amor de Dios, sigamos, vuelve a subirme a la mula, debemos llegar pronto, no hay tiempo que perder”. “Luquita”, dice mi padre, “creo que debemos esperar aquí a que amanezca para poder seguir el viaje, en una hora habrá salido el sol y podremos seguir nuestro camino con más seguridad”. “no, Timo, por favor, no, no” dice mi madre, “una hora es demasiado tiempo, debemos seguir para encontrar ayuda, pronto dejará de lloviznar y al amanecer empezará a abrigar, por favor, sigamos nuestro camino”. Su determinación no deja espacios para discusión, el viaje se reanuda en medio de intermitentes quejidos mezclados con palabras de aliento hacia mi padre y esporádicos monólogos dirigidos al niño por nacer. “Aguante un poquito más mijito, usted es valiente, ya mismo llegamos, no se me adelante, ya llega el día, la luz, el calorcito de Pallatanga y sólo entonces usted debe llegar, ni un minuto antes”. Era una manera de auto animarse y animar a mi padre que estaba a punto de rendirse.
Al continuar el descenso desde la sierra hacia el valle de Palltanaga, el cielo se despeja y llega la mañana con el sol primero tímidamente asomando sobre las montañas de oriente y alumbrando las cimas de la cordillera al occidente, y luego esplendoroso, alumbrando todas la montañas en ese maravilloso e interminable repetir diario de su camino de veinticuatro horas, las nubes han pasado ya en su viaje a las alturas, de pronto, mi madre exclama eufórica "timo, ya estamos por llegar, ya casi lo hemos logrado" si, allí, a la distancia se puede ver las casitas esparcidas del pueblo de Pallatanga, el pueblito querido, el pueblito de los viejos, el pueblito de los hijos, el pueblito del niño que está por llegar, el pueblito que parece un nido de pájaros allá, abajo, en el abrigado y querido valle.

PALLATANGA, COMO UN NIDO DE PAJAROS EN EL ABRIGADO Y QUERIDO VALLE

Mi madre está muy alegre en medio de sus dolores, y casi gritando dice; “benditos sean Dios y la Virgen Santísima”, mi madre no se puede aguantar la emoción y lo grita a todo pecho, “timo, lo vamos a lograr, lo vamos a lograr, mi hijo va a nacer en Pallatanga”, “alabado sea el Señor”.
Después de una hora más de cabalgar en el lento pero seguro paso de las mulas llegan a Pallatanga. Lilita, Florcita, el varón de cuatro años, y Pancho de dos, salen jubilosos a recibir a los viajeros, se oyen gritos de alegría, “mamita” gritan los chicos, “qué me ha traído mamita” grita el mayor de los varones. Mi madre contesta, “un ñañito”, y agrega, “pero debes esperar un ratito más hasta que nazca, lo hará ya mismo”. Pancho, que en su media lengua repite todo lo que oye a su hermano, dice, “que me me me tajite mamita? Y los dos rodean a su madre para abrazarla y besarla. Es una escena de suprema felicidad, la madre y sus hijos abrazados, ella casi llorando de la emoción, ellos, felices porque ya no van más a estar sin su madre. Letty, la hija mayor de la familia no está, ella ya se ha casado y vive en Guayaquil, sólo están, a cargo de los chicos y de la casa, Lilita, de 14 años y Florcita de 11.

En mi próxima entrega: LLEGA UNA NUEVA VIDA

Sunday, September 5, 2010

LOS CAMINOS DE UNA NUEVA VIDA



TUTUPALA, UN DESOLADO LUGAR A DONDE MI HERMANA LETTY LLEVA LA ESPERANZA

Fue por esa época que Letty, la mayor de mis hermanas, que había obtenido en Riobamba un título de profesora de tercera clase, consigue emplearse como profesora en la aldea indígena de Tutupala, en lo más alto del páramo serrano, cerca de Guamote en la provincia del Chimborazo, a unos 3500 metros de altura, donde sólo viven la pobreza y la desesperación, encarnadas en los pobres indios.

Tutupala era un recinto habitado exclusivamente por indios guasipungueros cuyas paupérrimas viviendas estaban esparcidas en el páramo y vivían en la más abyecta pobreza. Esta pobre gente vio en la llegada de una “profesora” a sus ancestralmente abandonadas tierras, como una pequeña luz al final del eterno y obscuro túnel de su desesperante abandono, pobreza e ignorancia, y por eso le entregan su “mejor casa” para que la profesora viva, porque ellos intuyen que al aprender a leer y escribir, sus hijos podrán aspirar a una mejor vida que la suya. La “casa” que los indios ofrecen a mi hermana es una pequeña choza de paredes de adobe, piso de tierra y techo de paja del páramo, con una sola habitación que servía de sala, comedor, dormitorio y un fogón en el suelo como cocina. Sólo había en esta rudimentaria casa una pequeña mesa de madera con cuatro taburetes, y dos tarimas para ser usadas como camas. La casa era muy pobre, pero la mejor que los indios de Tutupala podían dar a la profesora de sus hijos, y lo habían hecho con todo su cariño.
Los indios vieron a mi hermana como al ángel que han estado esperado por siglos para educar a sus hijos y por eso le brindan cariño y le hacen sentir bienvenida. Pero Letty es muy joven y vivir sola en este desolado páramo es un riesgo que mis padres no creen que deba correrse, por eso deciden que mi madre “acompañe” a Letty. Mi padre mientras tanto se quedó en Pallatanga con Lilita y Florcita, mis dos hermanas, quienes cuidan a mis hermanos más pequeños, Pepe y Pancho.

Letty y mi madre salen de Tutupala después de cerca de dos años en que la familia se sustenta con los escasos ingresos de mi padre y el sueldo que mi hermana tenía como profesora. Este helado purgatorio se termina cuando mis padres aceptan que mi hermana se case con un joven de Guayaquil que viajó hasta Tutupala a pedir su mano y se la lleva, ya casada, a Guayaquil. Letty había conocido a su futuro esposo cuando ella vivió en Guayaquil en casa de nuestra tía Mercedes Montiel y mientras estudiaba en el Normal Rita Lecumberry
Pero, la pobreza y la desesperación siguen siendo permanentes compañeras de nuestra familia. Fue por el año 1939 que vuelve mi padre a conseguir empleo como guarda de estancos y lo destinan a Riobamba. Con cinco hijos y con poco o ningún entusiasmo por el cambio, mi madre se traslada a la capital de la provincia, obligada por las circunstancias. A ella no le agrada Riobamba, la considera una ciudad fría, “de gente indiferente, hipócrita, chismosa y de tacañería ancestral, ciudad y gente fría, exageradamente fría, de clima de sentimientos y de alma. Mi madre ama Pallatanga, por su clima, por su gente, por su negocio que le permite ganar dinero y mantener a su familia, eso le daba además un grado importante de independencia económica. Pero, esposa obediente y fiel a su juramento de acompañar a su marido en las buenas y las malas, al fin, acepta el cambio y se va a vivir otra vez en la sierra para cumplir con su deber de esposa y madre.
Hacia fines de 1941, nuevamente esta mi madre encinta, esta vez ella sabe que es un varón por la similitud de su embarazo con los dos anteriores. A comienzos de junio de 1942, mi madre se dirige a su marido y le dice “Timo, sé que va a ser un varón”, y agrega, “pero quiero que volvamos a Pallatanga, tengo miedo de esta ciudad, no quiero que mi hijo nazca aquí, donde hemos sufrido y llorado tanto, en esta ciudad de sufrimiento, con gente indiferente, donde hemos derramado tantas lágrimas y hemos recibido tan poco consuelo”. “Yo quiero que mi hijo nazca en mi pueblo, en el calor de la familia, de mis amigos, de nuestro clima y de nuestra tierra”. Mi padre trata, dado el avanzado estado del embarazo, de disuadir a mi madre de hacer el largo viaje a caballo (75 kilómetros de montaña), pero la decisión de mi madre es irreversible y el argumento de mi padre es en vano, ella no acepta la idea de que su hijo nazca en esta tierra de frío, de dolor, de amargura, de desolación, de desconsuelo, de penas, de llantos, de enfermedades y hasta de hambre. Finalmente mi padre comprende que no hay forma de disuadirla, y pide el traslado a Pallatanga.
Después de tres semanas se lo conceden, pero falta menos de una semana para el día que mi madre debe dar a luz y, finalmente la madrugada del 28 de junio de 1942, mi padre consigue tres mulas y emprenden el largo y penoso viaje hacia Pallatanga. Son las cuatro de la mañana, el cielo está lleno de estrellas y la luna ilumina el estrecho y empinado camino hacia las montañas. Hay que ascender hasta 4,000 metros de altura para comenzar el descenso hacia Pallatanga, la primera jornada debe demorar por lo menos doce horas. La temperatura en la montaña llega muy cerca de cero grados centígrados, lúgubre sopla el viento del páramo semejando al aullido de los lobos, o el ulular de las palomas, las mulas siguen por el estrecho y aún oscuro camino, cual si fueran alumbradas por el viento, pero es sólo su instinto el que les hace caminar seguras, por un camino que aún con luz del día es escabroso y difícil para el ser humano.
A las seis de la mañana el sol comienza a alumbrar la ruta, la temperatura es aún muy fría, pero la luz ayuda y el paso de las bestias se acelera, a medida que pasan las horas, y a pesar de que el camino sigue subiendo a las alturas andinas, hay menos viento y mas sol, la incomodidad del viaje se hace algo menos severa, mi madre resiste estoicamente, sin la menor queja y el niño que lleva dentro de su vientre parece comprender la urgencia del viaje y no muestra síntomas de sentirse incómodo. A las once de la mañana han andado ya un poco más de la mitad de la distancia planeada para la primera jornada, todo subiendo la gran montaña, todo en camino estrecho y zigzagueante, todo en medio de la soledad del páramo, donde hasta las aves se refujian del frío y dejan de cantar por su tristeza.


EL PARAMO, INHOSPITO PERO OBLIGADO PASO PARA IR DE RIOBAMBA A PALLATANGA

Cerca del mediodía mi madre pide un descanso y con ayuda de mi padre ella desciende de la mula, se sienta, acaricia su vientre y siente un fuerte movimiento del bebé por nacer que aprovecha el descanso también para estirarse después de haberse mantenido casi inmóvil durante todo el camino, tan inmóvil que por momentos su madre llega a temer, sin decirlo, que el niño no esté bien. “Timo” dice mi madre, “este niño va a ser valiente, ha resistido todo esto mejor que nosotros, y agrega “parece que disfruta el viaje, seguro que va a ser un gran viajero”, mi padre sonríe y como agregando un comercial contesta, “va a ser tan valiente como su padre”, los dos ríen mientras sentados aprovechan el descanso para comer la tonga de arroz con papas y refrito, hecho con pan viejo, queso y cebollas.



EL CHIMBORAZO, IMPONENTE "REY" DE LOS ANDES

El descanso es aprovechado también para mirar el verde casi infinito de las montañas, a lo lejos y gracias a que el día es esplendorosamente claro, ambos divisan las nieves eternas del Chimborazo y del Altar, dos colosos de la cordillera Andina que parecen mirar curiosamente a la pareja de viajeros en lo mas alto del páramo. El majestuoso Chimborazo, el “Rey de los Andes”, con su cono blanco descendiendo desde su cima cual gigantesco velo de una novia, muestra sus faldas pobladas de llanuras cultivadas que semejan inmensas alfombras multicolores tendidas al sol, muestra también los riachuelos que nacen de sus nieves y corren serpenteando a través de montañas, colinas y valles, a formar los ríos que llegarán a los dos mas grandes océanos, no sin antes haber brindado, generosamente, sus aguas para calmar la sed de los hombres y fertilizar sus campos. Sin duda, esta es una escena que alivia el cansancio de sus cuerpos a Timo y Luquita, y les refresca la mente, les fortalece su fe en Dios y les prolonga la esperanza. Un poco hacia occidente también ven El Altar, esa otra gigantesca montaña que como su nombre lo dice, semeja un monumental sitio de adoración, desde donde Los Andes rinden tributo a su Creador, al Arquitecto del Universo, Nuestro Gran Dios.


EL ALTAR, BELLA MONTAÑA DE LOS ANDES ECUATORIANOS

Los viajeros han descansado casi una hora, mi madre sugiere reanudar la marcha, faltan unas cinco horas para llegar a Pangor, ahora casi todo el camino será en descenso y por tanto ligeramente más incómodo para los jinetes, tendrán que AVANZAR más lentamente. La ilusión de ver a su hijo nacer en Pallatanga le da a ella las fuerzas que necesita para seguir. Timo, contagiado por la energía de su mujer, sabe que debe continuar, no hay como dar un paso atrás, ya los dados han sido lanzados, sólo se puede seguir adelante en el camino y eso es precisamente lo que hacen.

En mi próxima entrega:SIGUE EL DURO CAMINO

Sunday, August 29, 2010

MÁS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS



PALLATANGA, EL LUGAR QUE MIS PADRES TANTO AMARON Y DONDE NACIMOS CASI TODOS SUS HIJOS

Transcurren cinco años y dos niños más nacen y mueren antes de cumplir dos años, otra niña a la que nuevamente le nombraron Violeta, y, por fin, el primer varón a quien le ponen el nombre de mi padre. Pero, oh ironías del destino, por fin llegó, después de cinco mujeres el varón tan esperado, pero este también muere afectado por la gastroenteritis, el flagelo que en esa época causaba la mayor parte de la mortalidad infantil en el Ecuador, especialmente en la población pobre. Mi padre lloró inconsolable, al fin llegó el varón que tanto había esperado, el que llevaba su nombre, su quinto hijo, y se muere. Su tristeza y la de mi madre son desoladoras, nada hay que los consuele, pero dos años después, en 1938 vuelve a nacer un varón a quien le ponen el mismo nombre que al primero, el nombre de mi padre, y esta vez el niño es saludable y vive, ese es mi hermano Pepe que hoy tiene 72 años. Pepe, un niño de color moreno, de carácter taciturno, solitario, poco comunicativo y que siempre pareció sentirse tanto más cómodo cuanto menor era el número de personas a su alrededor. El tenía un notable parecido físico, excepto por el color de su piel, con mi padre. Pepe desde muy joven mostró su inclinación por los negocios, probó su suerte como comerciante, como criador de aves, y como agricultor, pero nunca dejó de luchar por obtener una educación superior y de buscar el bienestar de su familia. Se casó muy joven, a los 22 años y cuando tenía ya tres hijos decidió volver a la Universidad, se graduó de economista y luego desempeñó funciones muy importantes en el área contable y financiera en varias empresas y también en el sector público. Finalmente, siguiendo su instinto de empresario, en 1976 fundó una firma de Contadores Públicos que llegó a ser la numero cuatro en el país, y es hasta hoy, muy importante.



PAREJA DE VIEJOS PALLATANGUEÑOS QUE CONOCIERON Y RECUERDAN A MI MADRE

Pepe siempre amó el campo, la agricultura, la ganadería y un poco también la soledad, y ellas han seguido siendo parte esencial de su vida. Hoy, como propietario de dos haciendas ganaderas, es un pionero de la ganadería lechera moderna en Pallatanga. Ama la naturaleza y a los animales, adora los caballos y tiene en sus establos los más hermosos caballos de la región. Siempre ligado a Pallatanga, ha intentado por dos veces, ser su alcalde. Tal vez sea su espíritu solitario, que sólo lo acerca a la gente en época de elecciones, lo que ha impedido a Pallatanga tenerlo como alcalde, o quizás sea que Pallatanga y su gente no están listos para tener un alcalde con sus méritos y su experiencia administrativa y gerencial. Cualquiera que sea el caso, él sigue amando a y viviendo en Pallatanga. Esa es la vida que le gusta, esa es la vida que ha escogido, una vida de sacrificio, de soledad y de trabajo en el campo. Uno de los sueños de Pepe es construir un asilo de ancianos pobres para Pallatanga, una obra que él la ha venido madurando desde hace algún tiempo, y que la quiere hacer en memoria de nuestra madre, a quien, el recuerda, igual que todos su hijos, como una mujer dedicada a ayudar a los necesitados. Su plan es construir el asilo en los terrenos donde vivieron nuestros ancestros paternos, en Azazán, a tres kilómetros al noreste de Pallatanga


LA CALLE PRINCIPAL DE PALLATANGA- AUN HAY CONSTRUCCIONES DE LA EPOCA DE MI NIÑEZ

En 1940 nació mi hermano Pancho, el más guapo chico que Pallatanga haya visto nacer hasta entonces. Blanco, de ojos azules, alto como los abuelos maternos, de pelo rubio, ensortijado, cara ancha y cachetón, frente más bien pequeña, con una permanente sonrisa a flor de labios y equipado con una capacidad inagotable de “caerle bien” a todo el mundo por sus bromas, su ironía, su capacidad innata para el chiste, para la burla graciosa y el sarcasmo burlón que le resbalaba a la víctima sin herirla, mientras divertía a la audiencia, cualquiera que esta fuera. Pancho se sentía a gusto en todas partes, lo mismo le daba tomarse un whisky con sus amigos de Guayaquil como un coctel con la más refinada de las compañías, un canelazo con sus amigos de Pallatanga, o una chicha con los indios de los recintos cercanos a su pueblo. Todos lo querían por eso, por su espontaneidad, por su gracia, por su carisma. Su mera presencia imponía respeto y despertaba simpatía simultáneamente.
Pancho podía, sin ningún esfuerzo, mantener la atención y hacer reír a todo el mundo en una reunión, en cualquier parte y a cualquier hora, tanto como también podía arengar a su pueblo a reclamar sus derechos y exigir justicia.
Por otro lado, Pancho hizo de su vida un homenaje a la aventura, nunca hizo planes de largo plazo para su vida, todo lo improvisaba, esperando que su capacidad de sortear riesgos le permitiera salir airoso de los más graves peligros. Se casó muy joven, a los dieciocho años, con una mujer dos años mayor que él, compañera de colegio, ambos sin mayor preparación para la vida, porque sólo llegaron a cuarto año de colegio secundario, por eso él se vio precisado a improvisar habilidades y a buscar empleos aquí y allá, viviendo siempre apretado en el presupuesto familiar, siempre fiando y con dificultades para pagar sus deudas. Vivió y murió en su ley, pero, amó a Pallatanga como lo han amado sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. Gracias a él y a sus amigos en el Congreso Nacional, Pallatanga se hizo cantón, se ubicó en el mapa político de la República del Ecuador y Pancho fue su primer Alcalde (entonces Presidente Municipal). Pancho murió a causa de un terrible accidente en el que el vehículo que él manejaba regresando de inspeccionar obras municipales en un alejado recinto perteneciente a su jurisdicción, se despeñó por una ladera de doscientos metros de profundidad. Su sepelio fue una masiva pero dolorosa demostración del amor que le tenía la gente de su pueblo. Acercándose a su sarcófago lloraban los indios de las montañas, diciéndole “taita Panchito porqué te vas”, También lloraban los habitantes del centro parroquial, tanto como sus hijos, sus hermanos y sus amigos de Guayaquil, Riobamba y Quito. Pallatanga lloró la muerte de Pancho y su pueblo lo sigue amando y recordando todos los días.
Mi madre siempre nos dijo que, aunque ella recordaba poco a su propio padre, a Pancho lo consideraba como “el vivo retrato de su padre". “Este muchacho es puro Montiel” solía decir ella. El nacimiento del segundo hijo varón, Pancho, casi terminó por calmar completamente las ínfulas machistas de mi padre, pues él dejó de beber y de jugar a los naipes y a los dados y se volvió más hogareño y respetuoso de su familia. Sin embargo, si bien ya no causaba susto y temor a sus hijos cuando llegaba a la casa, él no necesariamente promovía el diálogo y la alegría. Su palabra era la ley y no dejaba espacios para discrepar. El tenía un látigo colgado en una de las paredes del comedor, usualmente lo señalaba en presencia de nosotros para hacer énfasis en su autoridad. Con frecuencia lo usaba, sólo contra sus hijos varones, para castigar lo que consideraba faltas dignas de castigo, que no eran otra cosa que nuestras travesuras de chicos. Promovía la obediencia como norma suprema y no alentaba la discusión aunque esta fuera razonada. Su razonamiento era más o menos equivalente a “mi palabra es la ley”. Sería tal vez por eso que su compañía nos hacía sentir seguros, porque nos sentíamos cerca del "poder". Nos gustaba cabalgar con él, aunque sea al anca de su caballo. Mi padre tenía, sin embargo, sus maneras de mostrarnos su cariño, por ejemplo, a la vuelta de sus frecuentes viajes a Bucay, nos traía plátanos oritos, piña, plátanos morados, y en la temporada de mangos, nos traía mangos de chupar, que eran nuestra mayor golosina.

A mediados de la década de 1930, se produjo un evento que dejaría marcas indelebles en la vida de toda la familia. Mi padre fue acusado de haber violado a una mujer en el pueblo de Chambo, cerca a Riobamba, fue enjuiciado y condenado a una pena de cinco años de prisión. Mi madre y sus seis hijos quedaron desamparados, sin su marido, sin trabajo, sin sustento, sin amigos, con la vergüenza, el hambre, la miseria y el frío como únicos compañeros en la desgracia. No había nadie que se apiade de nuestra familia, “parece que hemos sido abandonados hasta por Dios”, llegaría a decir mi madre en un momento de desesperación. Para colmo de males, mi madre se enfermó con la peste de la “viruela”, una enfermedad temible y muchas veces mortal, que a los que la sobreviven, les deja en su cuerpo las huellas indelebles de su paso, en forma de cicatrices de las ampollas reventadas.
Mi madre sobrevive a la peste, pero su bella cara queda marcada por las huellas de la viruela. Milagrosamente recuperada de la viruela, mi madre se ganaba la vida lavando ropa a familias de Riobamba, trabaja doce horas diarias en esto, solo para ganar lo suficiente para la alimentación de ella y sus tiernos hijos. Por poco tiempo y como una forma de tener cerca a su marido, también trabaja en la proveeduría de la cárcel, de donde consigue algo de alimento para su familia.
Pasa un año y medio en este desamparo, pero no es verdad que Dios haya abandonado a nuestra familia, sólo le ha asignado una pesada cruz para cargar. Finalmente el verdadero violador es capturado, confesó su crimen e indica además que se tomó el nombre del “guarda Romero” para cometer su delito. Mi padre es absuelto definitivamente y sale de la cárcel, le devuelven su empleo y la vida comienza a dar la semblanza de normalidad.


En mi próximo capítulo: LOS CAMINOS DE UNA NUEVA VIDA

Monday, August 23, 2010

LA FAMILIA CRECE, VUELVE LA VIOLENCIA


MI FAMILIA EN 1947
UN FOTOGRAFO DE MANGA VENIA A PALLATANGA UNA VEZ AL AÑO

La vida sigue tan dura como siempre, mi madre sigue trabajando incansablemente para llevar adelante a nuestra familia que sigue creciendo, mi padre hace lo que honestamente le es posible para ayudar a llevar el peso de la casa, pero su éxito es limitado.
Cada vez que me acuerdo de sus esfuerzos de limitado éxito , me acuerdo de mis lecciones de economía en la U en NYC, cuando estudiábamos a uno de los mas famosos economistas del siglo XX, John Maynard Keynes, ingles, autor de la “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”, quien sostenía que en épocas de recesión, había que activar la economía a través de la demanda, incrementando el empleo, aunque esto tuviera que hacerse a través de obras públicas en que se cavaran huecos que luego había que volver a tapar, porque esto generaba ingresos a la gente, ingresos que luego se usaban para demandar bienes y servicios que ponían a trabajar a las empresas,que a su vez creaba mas empleo, y por lo tanto más demanda.
Mi padre siempre se mantuvo ocupado, muy ocupado en muchas cosas, aunque casi ninguna de ellas era productiva y por tanto no generaba ingresos. Era casi como cavar huecos y volverlos a tapar, pero sin obtener un salario por ello.
La familia seguía creciendo, mis hermanas, Lilita y Florcita, nacidas en 1929 y 1931, respectivamente, ayudaban a mi madre llevando pequeñas canastas de pan para vender en el pueblo los sábados y domingos. Con su arduo trabajo, mi madre se convirtió en el principal sostén de la familia. Mi padre, por su lado, entró en un hibrido de actividades comerciales, agrícolas y de servicios, en ninguna de ellas con demasiada suerte y, por tanto con poco éxito. Compraba granos (alverja, lenteja y frejoles) a los agricultores de la zona, también compraba aves, principalmente gallinas, pollos, pavos y hasta ganado vacuno a los campesinos de Pallatanga y los vendía en Bucay. También cultivaba la tierra en Azazán, en la finca de la abuela y en otros terrenos, trabajando a medias con los dueños de los predios, y, finalmente volvió a conseguir empleo como “reparador” de las líneas del telégrafo entre Pallatanga y Pangor (un pueblo infestado de pulgas, como lo llamaba mi mamá). El trabajo de mi padre consistía en dar mantenimiento y ejecutar reparaciones a la línea del telégrafo, la única conexión de Pallatanga con el mundo exterior, en un segmento puramente montañoso, frío y agreste de aproximadamente 30 kilómetros, que separaba Pallatanga de Pangor y que demandaba trasladarse a pie y cargando los implementos de trabajo, que incluían cables y herramientas con un peso de alrededor de treinta libras, cada vez que el telegrafista del pueblo, que era su jefe, le hacía saber que la línea estaba fuera de servicio. Trabajo agotador y sin horario fijo, que incluía noches de dormir fuera de casa, a la intemperie y en el gélido frío del páramo.
Cuando mi padre regresaba de sus frecuentes viajes de trabajo, mi madre no lo dejaba entrar a la casa sin haberse bañado y haber lavado su ropa para desinfectarla y evitar que las pulgas, los piojos y otros insectos del campo entrasen en su casa y la infestaran. De hecho, mi madre hervía la ropa de mi padre, antes de ponerla a secar y llevarla a la casa. La vida, siendo dura, muy dura para la pareja, había mejorado respecto de los primeros años del matrimonio. Los ahora esporádicos arranques de violencia doméstica desatados por mi padre eran cada vez mas espaciados, pero no menos temibles, la violencia sólo entraba en cortos períodos de descanso, para después regresar con más fuerza…
Fué por esa época que, después de llegar de uno de sus viajes, arremetió contra mi madre mientras esta dormía, con látigo en mano, la azotó hasta el cansancio y la dejó en el suelo, con su espalda y casi todo su cuerpo sangrando, casi inconsciente. Esta es quizás, la más violenta de sus arremetidas contra su esposa y compañera, pero tal vez la última, porque al haberla presenciado mis hermanas, ellas le imploraron que pare los azotes y, a riesgo de ser ellas también atacadas, le reprocharonn su conducta, llenas de miedo pero envalentonadas por su desesperación, llegan hasta a intentar quitarle el látigo conque mi padre atacaba.

Tardarían varias semanas en sanar las llagas en la espalda de mi madre, pero ella jamás comentó el incidente con nadie, y sólo consoló el llanto de sus hijas enjugándolo con su propio llanto y resistiendo el inmenso dolor que por todo su cuerpo sentía. Miguel Ángel Izurieta, tío de mi madre, quien era el Teniente Político de Pallatanga y la única autoridad del pueblo, tomó conocimiento de este bárbaro acto de violencia doméstica, pero archivó el caso por considerarlo “cosas entre marido y mujer”.
Tal era la cultura machista de ese entonces, cultura que aun hoy se da en ciertos segmentos de la sociedad ecuatoriana. Hay una dosis de cinismo en nuestra sociedad, condenamos la bestialidad de los Talibanes y criticamos el trato que dan a sus mujeres, pero esa conducta poco difiere de la que hasta ahora existe en esta parte del mundo. No se trata de un asunto de religión, es mas bien un asunto cultural, de una cultura perversamente anquilosada en nuestros pueblos, que sigue sobreviviendo al progreso y al avance de la civilización.

Profundamente cristiana como era, mi madre probablemente llegó a la conclusión de que esa era la cruz que le tocó cargar, y que más valía la integridad de su familia que todo el sufrimiento del mundo que debía soportar. A nosotros los hijos varones, los más jóvenes de la familia, nuestra madre nunca nos habló de esa carga tan violenta y pesada que le tocó llevar por tantos años. Creo que a la postre eso fue preferible, porque ello evitó que sus hijos pudiéramos rebelarnos contra nuestro padre con consecuencias no predecibles, o guardarle rencor aún después de su muerte.

Mi madre murió llevándose su secreto a la tumba, y mi padre nunca buscó la ocasión, ni tuvo el valor para contarnos esta negra etapa de su vida. Que Dios lo perdone por lo que hizo, mi madre seguramente lo perdonó mucho antes de morir, y, yo, como su penúltimo hijo, después de escribir sobre este drama familiar, dejo a su alma en paz, sabiendo que antes de morir, mi padre probablemente se arrepintió mil veces de estas faltas contra la mujer que tanto lo amó, contra la madre de sus hijos que él también amó. Tal vez era ese el perdón que mi padre le pedía a mi madre cuando su cuerpo aún estaba en el ataud, con palabras que no alcancé a escuchar, mezcladas con lágrimas, el día de su sepelio, el 25 de julio de 1969, antes de que sus hijos la lleváramos a su última morada en el Cementerio General de Guayaquil.

Hoy, después de 41 años de la muerte de mi madre y de 19 de la muerte de mi padre, sus cenizas reposan juntas para siempre, en una misma urna en la Iglesia de María, Madre de la Iglesia, en Puerto Azul, en Guayaquil, allí los visito siempre y les agradezco con mucho amor, a los dos, por haberme dado la vida…

En 1930 nació otra niña en la familia, a la que le ponen el nombre de Violeta, quien, afectada por una severa gastroenteritis, muere antes de cumplir un año. Nunca pude saber cómo era ella. En 1931 nace otra bella niña, blanca, pelo castaño, casi rubio con ojos también verdes aceituna, herencia de los abuelos maternos a quien le ponen por nombre Flor (la llamamos Florcita). Al principio no le hizo muy feliz a mi padre esta niña que viene a ser la tercera mujer en un mundo machista que valora y aprecia a las niñas, tanto menos cuanto mayor es su número en la familia. Su actitud negativa sin embargo cambió pronto y Florcita se convirtió en su mimada, en la niña de sus ojos.
En mi próxima publicación: MAS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS
Publicado en Agosto 23 de 2010

Wednesday, August 18, 2010

LOS MISERABLES

Obligados por las circunstancias cada vez más duras, mis padres piden y obtienen posada en la casa de la abuela de mi padre Elisa Zavala viuda de Romero, en su finca de Azazán,a tres kilómetros al norte del pueblo. Allí, quien llevaba las riendas era el “tío Juan Celio”, un hombre de cuarenta años que desde la muerte de su padre era el jefe de la casa, él se comportaba como un sádico dictador, llegando en ocasiones a imponer su voluntad sobre su mujer mediante el uso violento del látigo y de las espuelas que usaba para montar a su caballo. El lenguaje que Juan Celio mejor hablaba era el del golpe de látigo, y la única voz que escuchaba y aceptaba era la de los que con él estaban de acuerdo. Dividía al mundo en dos bandos, el de los buenos y el de los malos. Eran buenos los que estaban de acuerdo con él, y eran malos los que no concordaban con sus ideas. No había términos medios. Tenía una pasión casi obsesiva por construir caminos, y a él se deben los caminos que comunicaban Pallatanga con los pueblos vecinos, incluyendo con Bucay, Chillanes y Pangor. Nunca se ganó el cariño de la gente, pero si el respeto derivado del temor, porque en su calidad deTeniente Político del pueblo, tenía más autoridad del que le daban las leyes.
De contextura fuerte, carácter irascible, tenía el aspecto y a veces él mismo creía que se parecía a García Moreno, él debe haber sentido que era su misión corregir al mundo a base de su furia, y así es como trataba a mi padre y al resto de la familia. Desde el principio, la vida de mis padres no fue agradable en la casa de la abuela. Esta descargó en mi madre todos los deberes de la casa, sin darle otro derecho que el de comer y dormir, en la medida y en los horarios que ella ordenaba. El trato inhumano que recibían mis padres de parte de la abuela y el tío, terminaron por causarles tanto dolor, angustia y desesperación, que decidieron buscar otro lugar donde vivir y así, por primera vez salieron a vivir solos, a sabiendas que nada sería fácil, pero seguros también que nada sería tan difícil y doloroso como la vida que tenían en la casa de la abuela, donde vivieronla miseria humana en su expresión más dura, tanto o más patética que la que describió Víctor Hugo en su obra maestra “Los Miserables”.
En la pequeña casa de techo de paja, en lo alto de la pequeña colina a la entrada norte al pueblo de Pallatanga, allí, donde mis padres recibieron en préstamo una pequeña habitación de piso de tierra, nace el ocho de abril de 1924, mi primera hermana, Letty, la morenita bella, la de los ojos negros como la noche, de la sonrisa blanca como la nieve y brillante como el amanecer de un día de verano. A pesar de la extrema pobreza de mis padres, Letty trae mucha alegría al hogar, pero, la pobreza no cede, y ahora ataca con furia a los tres. Es una pobreza franciscana, no hay forma de resolver el drama y, para colmo, mi padre empieza a desarrollar una enfermedad que durará por muchos años y que se volverá recurrente y cada vez más seria, la enfermedad de los celos.
Agobiado por la pobreza y sin recursos para resolverla, empieza a crearse fantasmas de infidelidades inexistentes y a actuar violentamente en función de sus fantasías, empieza a golpear a mi madre cada vez que se emborracha y se emborracha cada vez que le atacan sus celos, un círculo vicioso que parece no tener fin. Sólo me pude enterar de esta faceta tan negra de la vida de nuestra familia a la edad de 67 años. Fue mi hermana Florcita, quien a los setenta y ocho años de edad, jubilada y dedicada en gran parte a la obra social y de evangelización en Pallatanga, quien me entregó unas páginas que considero el documento base para esta parte de mi relato.
Tras años de dolor, de pobreza y casi de horror, y por fin, cansada del maltrato y la miseria, mi madre huye a Guayaquil con su única hija y pide refugio en la casa de su tía Sofía Montiel, Dueña del Hotel Ritz, en la calle Pichincha y P. Ycaza, la tía la acoge con cariño, le da albergue y alimentación para mi madre y su hija, pero lo que es más importante, le da respeto y cariño, la trata con amor casi maternal, mi madre allí es recibida màs que con con compasión, con amor, allí va a tener abrigo, allí va a tener alimentación para su hija y para ella. Ha decidido separarse para siempre de mi padre, su marido, porque, ella podía soportar la pobreza, pero ya no soportaba más el maltrato para ella e indirectamente para su tierna hija. Ha tomado una decisión firme, “no va más”, y en Guayaquil se queda.
Pocos meses después empieza a recibir cartas de mi padre, pidiéndole perdón por todo lo pasado e invitándola a regresar a su hogar. Esto causa mucha angustia a mi madre porque aún, a pesar de todo, ama a su marido, pero el recuerdo del maltrato le impide aceptar una reconciliación, y así pasan tres años. No cesan las cartas de mi padre, le dice en su correspondencia a mi madre que ha conseguido un empleo en Riobamba, como “guarda de estancos”, una especie de policía para el control del comercio de la sal y del alcohol que eran monopolios del estado. Mi padre sostiene en sus cartas que con eso se acabaron las penurias económicas y que ahora es “otro hombre”, que se ha vuelto responsable y que ya “no toma ni juega a las cartas” y que ahora será un padre modelo para su única hija y un amante esposo para mi madre. Mi madre no es inmune a estos cantos de sirena, y, después de tres años, finalmente sus temores ceden y finalmente acepta volver a vivir con mi padre.
Ahora vivirán en Riobamba. Allí, en medio de una segunda luna de miel, nace la segunda hija de su matrimonio, mi hermana Lilita la bella, que es blanca, de ojos verdes como una aceituna, de pelo rubio y ligeramente ensortijado, nace en octubre 12de 1928. Lilita fue, desde muy pequeña la hija más cariñosa con mi madre, y, la que más se parecía a ella, tanto física como espiritualmente. Su parecido físico era muy grande, pero su parecido mayor estaba en su alma, ella era el retrato mismo de mi madre. Ella fue, después de la muerte de mi madre y cuando yo era aún un jovencito en formación, la madre que yo necesitaba para consolidar mi personalidad, para terminar de ser un joven y hacerme un adulto responsable. Ella concluyó la obra de criarme porque mi madre no lo pudo hacer, a ella, a Lilita debo en gran parte lo que soy, lo que hice y lo que haré en la vida.
Con el empleo que ha conseguido mi padre, las cosas en efecto han mejorado económicamente, el sueldo de mi padre, siendo muy modesto, alcanza sin embargo para sostener a la familia de cuatro. Letty va a la escuela a los seis años y, junto con Lilita, alegran la vida modesta de mis padres. Pronto, sin embargo mi padre pierde el empleo y la familia tiene que regresar a Pallatanga, a buscar la forma de sobrevivir. Mi madre empieza a usar las habilidades aprendidas de su abuela materna y se dedica a hacer pan, el pan que todos recuerdan en el pueblo como el pan de doña Luquita, un pan cuyo aroma y sabor lo recuerdo con nostalgia y con amor. Nada hay en la vida que me agrade tanto como el aroma a pan caliente que salía del horno de adobe, calentado con leña, donde se ahornaba el pan más delicioso del que yo tenga memoria. No hay en ninguna parte del mundo las empanadas de queso que mi madre hacía y que años después, desde cuando tuve siete años, yo le ayudaba a hacer. También yo le ayudaba a hacer las palanquetas, una especie de pan baguette, de harina y agua y que a la gente le gustaba especialmente para hacer sanduches y comerlos en el desayuno. Hasta los doce años ayudé a mi madre a preparar el horno, a hacer el pan, y, por supuesto, a comérmelo.

Saturday, August 14, 2010

UN SECRETO FAMILIAR BIEN GUARDADO

Elisa, la segunda hija de la abuela de mi padre, se casó con Manuel Cevallos, un hombre regordete, de baja estatura, que le ganó el mote de “chomboto” (equivalente a patucho, petiso, omoto), de convicciones y temperamento machista, grosero y hasta violento. Era dueño de una pequeña finca y de un huerto de naranjas muy cerca del cementerio del pueblo, sus únicas actividades conocidas eran el cuidado de su huerto y oficiar como “maestro de capilla” de la iglesia. Tocaba la pianola en la iglesia del pueblo, y a pesar de que su voz no era un encanto, cantaba sin inhibiciones en las misas especiales, causando hilaridad entre los feligreses al escuchar sus “gallos” al cantar. Cuando a los ocho años pasé por el sacramento de la “confirmación”, nunca supe, porqué mis padres lo eligieron como mi padrino. A nosotros se nos enseñó a llamarlo “tío Manuel. Nunca sentí nada especial por este hombre que sin saberlo yo, era mi abuelo paterno.

Amable, la menor de las hijas de los abuelos de mi padre, nunca se casó, pero tuvo tres hijos cuyo padre fue, según lo he podido averiguar recientemente, era su cuñado Manuel, el marido de su hermana Elisa. Los hijos de esa ilegítima relación fueron, José Temístocles (mi padre), y sus hermanos Antonio, y Angelita. Manuel Cevallos nunca reconoció estos hijos como suyos y no les dio su apellido y, por tanto, los hijos de Amable solo llevaron el apellido de su madre, Romero. En mi casa nunca se habló de este tema, pues era, como lo comprendí mucho después de muerto el “tío Manuel”, un tema del cual no se debía hablar, de modo que sólo me enteré de este importante asunto familiar después de la muerte de mi padre, en 1992, cuando yo ya había cumplido cincuenta años, esto es, 92 años después de los hechos originales. Esto fue, ciertamente un secreto bien guardado. Así era como se trataban estos asuntos en las familias de entonces. Los pecados de familia era mejor guardarlos en el closet, la ley era no "hablar del tema", punto.

En sus primeros años, el hogar de mis padres se mantuvo balanceándose entre la pobreza y la desesperación, casi en la miseria, pero gracias a mi madre, nunca fuimos a dormir con estómagos vacíos. Ella nunca estaba desocupada. Cuando no estaba cocinando, estaba lavand o planchando, o tejiendo, bordando, cociendo o remendando la ropa de sus hijos, moliendo café, limpiando la casa, cuidando su jardín y sus plantas, o bañando a sus hijos.

Hasta la edad de siete años, recuerdo que ella me bañaba en una tina de madera, luego de lo cual, envuelto en una toalla, me llevaba hasta la cama, donde me ponía de pié y pacientemente me ponía la ropa limpia y planchada que ella mismo había preparado, y sólo me dejaba ir después de darme un beso en la frente. El café era para mi madre su compañero infaltable, se tomaba al menos diez tazas de café al día, era casi una adicción. Era el café que venía de las plantas que ella mismo sembraba en el patio trasero de la casa, que ella cuidaba con afán y ella mismo lo cosechaba (o nosotros, sus hijos, le ayudábamos a hacerlo), lo lavaba, lo secaba, lo molía, lo pasaba por el colador y allí tenía una esencia con el aroma que a ella le gustaba, un aroma fuerte y un sabor amargo que a mí nunca me llegó a gustar. El café era la única debilidad de mi madre y probablemente contribuyó en mucho a agravar su alta presión arterial que finalmente la llevó a una muerte temprana a la edad de sesenta y dos años, en 1969.

La costura era una de sus aficiones y una de sus principales obligaciones. Su máquina de coser Singer era su permanente compañera. Hasta que cumplí seis años, cuando fui a la escuela, no recuerdo haberme puesto una prenda de vestir que no haya sido hecha por ella. El concepto de reciclaje que hoy se trata de enseñar a la gente por todos los medios, lo manejaba ella a la perfección hace más de setenta años en el vestuario de su familia. Las prendas viejas de mi padre las recortaba (donde no estaban remendadas) y las convertía en prendas “nuevas” para nosotros, sus hijos, que las usábamos orgullosos. Lo mismo hacía con sus propias ropas, que casi siempre terminaban en lindos vestidos para sus hijas, y por supuesto, en nuestra familia las prendas de los hermanos mayores siempre terminaban por ser usadas por los menores, incluidos los zapatos, después de que habían pasado innumerables veces por las medias suelas y otras reparaciones hechas por el zapatero del pueblo. Como mi madre usaba harina importada para su panadería, la tela estampada de los sacos de esa harina era “reciclada” unas veces como fundas de almohada, otras como ropa interior para nosotros, y otras como camisas para los hijos varones o vestidos para mis hermanas. Mi madre manejaba la economía de la casa bajo el principio industrial japonés de "cero desperdicio", con una sabiduría sin paralelo!
Ella asistió a la escuela del recién fundado pueblo, cuyo director, profesor, presidente, secretario, portero, y todólogo, era don Federico Cepeda, un penipeño que se convirtió en ícono del pueblo, porque llenaba todos los espacios vacíos que había en la escuela de este naciente pueblito. Mi madre terminó los seis años de educación primaria en 1922, y a sus quince años, se convirtió en la primera mujer en obtener el certificado de haber completado la educación primaria en Pallatanga, nivel escolar al que por entonces sólo llegaba en el Ecuador un cinco por ciento de la población femenina. Saber leer y escribir era entonces casi como pertenecer a una elite ilustrada. El analfabetismo debe haber estado en 1922 en un porcentaje superior al 80% de la población.



MACHU PICHU 2002-"SUBIR TAN ALTO COMO TE DEN LAS FUERZAS, Y... SEGUIR SUBIENDO"

Fue por esa época que llegó a Pallatanga, casi como enviado del cielo, el primer sacerdote, un religioso que despertó en la gente de este pueblo su latente fe en Jesucristo, alentó su natural propensión por la caridad y la solidaridad, pero, más importante aún, despertó el espíritu de superación en una población donde la educación sólo era un privilegio destinado a unos pocos. El padre Arrieta de ascendencia vasca, logra a través de sus homilías, convertirse en el mentor espiritual de mi madre, de él, ella aprende a amar a los más pobres, a ver a su prójimo con amor y compasión, a dar más que a recibir, a dar sin esperar nada en retorno, y, aprende también los fundamentos básicos del amor a Cristo y a su madre María. Aprende también que el mundo es muy grande y que Pallatanga sólo es un pedacito diminuto de ese mundo inmenso que está más allá de las montañas y los ríos, aprende que hay universidades donde los hombres y mujeres se superan a través del conocimiento, de la investigación, del sacrificio y la abnegación, aprende que allá, fuera de su pueblo hay mucha gente que vive mejor, pero también aprende que allá, tal como en su pueblo, hay pobreza, hay enfermedades, hay bondad y hay maldad, que hay un mundo diferente pero que ofrece más oportunidades a través de la educación y del esfuerzo. Allí empieza a formarse el espíritu de mi madre, allí nace su amor solidario por los pobres, allí nace su fe en la educación como el único camino del éxito,allí nace su inquebrantable decisión de dar a su hijos la invariable orden de ”ir lejos en el estudio para alcanzar sus metas”, de “ver los obstáculos sólo como incidencias que hay que superar”, que "hay que subir tan alto como te den las fuerzas y seguir subiendo", que “no es mejor el que nunca se ha caído, sino el que aprende a levantarse con la cabeza en alto para seguir adelante”. Aprende lo que luego enseñará a su hijos, que la solidaridad es una cualidad fundamental para todo ser humano. Esos eran, en esencia, los principios básicos que guiaban la vida de mi madre y esos fueron los cimientos de nuestra formación personal.
Ella supo siempre que una mayor educación sólo podía tener fuera de Pallatanga, pero ella no pudo salir de su pueblo sino muy cerca del final de sus días, sus límites eran pequeños, sus abuelos nunca consideraron siquiera como una posibilidad el que ella se fuera a la gran ciudad para recibir más educación, y no era por falta de recursos, era simplemente porque en sus formas de pensar no cabía la idea de que una mujer joven tuviera que irse del hogar para educarse. Eran sencillamente gente amoldada a una cultura del siglo diecinueve, viviendo en los albores del siglo veinte. Mi madre amó a Pallatanga y a los pallatangueños, calmó su sed y su hambre, les dio posada y abrigo, les calmó sus dolores y muchas veces salvó las vidas de sus hijos con la innata sabiduría de un chaman, alimentó sus cuerpos y sus almas como lo hace una madre con sus hijos, y a nosotros, sus hijos, nos enseñó eso mismo.

MATTEO, MI SEGUNDO NIETO, SEGUIRA LA TRADICION QUE INICIO SU BISABUELA


Nosotros, hemos seguido sus lecciones, tal vez no al pié de la letra, pero la semilla está en nuestro corazón y nuestras mentes, ha germinado en tierra fértil y ha crecido a través de sus hijos, se fortalecerá a través de sus nietos, seguirá creciendo a través de sus bisnietos y se hará cada vez más fuerte en las generaciones futuras. Llevar su sangre en nuestras venas es nuestro mayor motivo de orgullo!

En mi próxima entrega: LOS MISERABLES