Sunday, August 29, 2010

MÁS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS



PALLATANGA, EL LUGAR QUE MIS PADRES TANTO AMARON Y DONDE NACIMOS CASI TODOS SUS HIJOS

Transcurren cinco años y dos niños más nacen y mueren antes de cumplir dos años, otra niña a la que nuevamente le nombraron Violeta, y, por fin, el primer varón a quien le ponen el nombre de mi padre. Pero, oh ironías del destino, por fin llegó, después de cinco mujeres el varón tan esperado, pero este también muere afectado por la gastroenteritis, el flagelo que en esa época causaba la mayor parte de la mortalidad infantil en el Ecuador, especialmente en la población pobre. Mi padre lloró inconsolable, al fin llegó el varón que tanto había esperado, el que llevaba su nombre, su quinto hijo, y se muere. Su tristeza y la de mi madre son desoladoras, nada hay que los consuele, pero dos años después, en 1938 vuelve a nacer un varón a quien le ponen el mismo nombre que al primero, el nombre de mi padre, y esta vez el niño es saludable y vive, ese es mi hermano Pepe que hoy tiene 72 años. Pepe, un niño de color moreno, de carácter taciturno, solitario, poco comunicativo y que siempre pareció sentirse tanto más cómodo cuanto menor era el número de personas a su alrededor. El tenía un notable parecido físico, excepto por el color de su piel, con mi padre. Pepe desde muy joven mostró su inclinación por los negocios, probó su suerte como comerciante, como criador de aves, y como agricultor, pero nunca dejó de luchar por obtener una educación superior y de buscar el bienestar de su familia. Se casó muy joven, a los 22 años y cuando tenía ya tres hijos decidió volver a la Universidad, se graduó de economista y luego desempeñó funciones muy importantes en el área contable y financiera en varias empresas y también en el sector público. Finalmente, siguiendo su instinto de empresario, en 1976 fundó una firma de Contadores Públicos que llegó a ser la numero cuatro en el país, y es hasta hoy, muy importante.



PAREJA DE VIEJOS PALLATANGUEÑOS QUE CONOCIERON Y RECUERDAN A MI MADRE

Pepe siempre amó el campo, la agricultura, la ganadería y un poco también la soledad, y ellas han seguido siendo parte esencial de su vida. Hoy, como propietario de dos haciendas ganaderas, es un pionero de la ganadería lechera moderna en Pallatanga. Ama la naturaleza y a los animales, adora los caballos y tiene en sus establos los más hermosos caballos de la región. Siempre ligado a Pallatanga, ha intentado por dos veces, ser su alcalde. Tal vez sea su espíritu solitario, que sólo lo acerca a la gente en época de elecciones, lo que ha impedido a Pallatanga tenerlo como alcalde, o quizás sea que Pallatanga y su gente no están listos para tener un alcalde con sus méritos y su experiencia administrativa y gerencial. Cualquiera que sea el caso, él sigue amando a y viviendo en Pallatanga. Esa es la vida que le gusta, esa es la vida que ha escogido, una vida de sacrificio, de soledad y de trabajo en el campo. Uno de los sueños de Pepe es construir un asilo de ancianos pobres para Pallatanga, una obra que él la ha venido madurando desde hace algún tiempo, y que la quiere hacer en memoria de nuestra madre, a quien, el recuerda, igual que todos su hijos, como una mujer dedicada a ayudar a los necesitados. Su plan es construir el asilo en los terrenos donde vivieron nuestros ancestros paternos, en Azazán, a tres kilómetros al noreste de Pallatanga


LA CALLE PRINCIPAL DE PALLATANGA- AUN HAY CONSTRUCCIONES DE LA EPOCA DE MI NIÑEZ

En 1940 nació mi hermano Pancho, el más guapo chico que Pallatanga haya visto nacer hasta entonces. Blanco, de ojos azules, alto como los abuelos maternos, de pelo rubio, ensortijado, cara ancha y cachetón, frente más bien pequeña, con una permanente sonrisa a flor de labios y equipado con una capacidad inagotable de “caerle bien” a todo el mundo por sus bromas, su ironía, su capacidad innata para el chiste, para la burla graciosa y el sarcasmo burlón que le resbalaba a la víctima sin herirla, mientras divertía a la audiencia, cualquiera que esta fuera. Pancho se sentía a gusto en todas partes, lo mismo le daba tomarse un whisky con sus amigos de Guayaquil como un coctel con la más refinada de las compañías, un canelazo con sus amigos de Pallatanga, o una chicha con los indios de los recintos cercanos a su pueblo. Todos lo querían por eso, por su espontaneidad, por su gracia, por su carisma. Su mera presencia imponía respeto y despertaba simpatía simultáneamente.
Pancho podía, sin ningún esfuerzo, mantener la atención y hacer reír a todo el mundo en una reunión, en cualquier parte y a cualquier hora, tanto como también podía arengar a su pueblo a reclamar sus derechos y exigir justicia.
Por otro lado, Pancho hizo de su vida un homenaje a la aventura, nunca hizo planes de largo plazo para su vida, todo lo improvisaba, esperando que su capacidad de sortear riesgos le permitiera salir airoso de los más graves peligros. Se casó muy joven, a los dieciocho años, con una mujer dos años mayor que él, compañera de colegio, ambos sin mayor preparación para la vida, porque sólo llegaron a cuarto año de colegio secundario, por eso él se vio precisado a improvisar habilidades y a buscar empleos aquí y allá, viviendo siempre apretado en el presupuesto familiar, siempre fiando y con dificultades para pagar sus deudas. Vivió y murió en su ley, pero, amó a Pallatanga como lo han amado sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. Gracias a él y a sus amigos en el Congreso Nacional, Pallatanga se hizo cantón, se ubicó en el mapa político de la República del Ecuador y Pancho fue su primer Alcalde (entonces Presidente Municipal). Pancho murió a causa de un terrible accidente en el que el vehículo que él manejaba regresando de inspeccionar obras municipales en un alejado recinto perteneciente a su jurisdicción, se despeñó por una ladera de doscientos metros de profundidad. Su sepelio fue una masiva pero dolorosa demostración del amor que le tenía la gente de su pueblo. Acercándose a su sarcófago lloraban los indios de las montañas, diciéndole “taita Panchito porqué te vas”, También lloraban los habitantes del centro parroquial, tanto como sus hijos, sus hermanos y sus amigos de Guayaquil, Riobamba y Quito. Pallatanga lloró la muerte de Pancho y su pueblo lo sigue amando y recordando todos los días.
Mi madre siempre nos dijo que, aunque ella recordaba poco a su propio padre, a Pancho lo consideraba como “el vivo retrato de su padre". “Este muchacho es puro Montiel” solía decir ella. El nacimiento del segundo hijo varón, Pancho, casi terminó por calmar completamente las ínfulas machistas de mi padre, pues él dejó de beber y de jugar a los naipes y a los dados y se volvió más hogareño y respetuoso de su familia. Sin embargo, si bien ya no causaba susto y temor a sus hijos cuando llegaba a la casa, él no necesariamente promovía el diálogo y la alegría. Su palabra era la ley y no dejaba espacios para discrepar. El tenía un látigo colgado en una de las paredes del comedor, usualmente lo señalaba en presencia de nosotros para hacer énfasis en su autoridad. Con frecuencia lo usaba, sólo contra sus hijos varones, para castigar lo que consideraba faltas dignas de castigo, que no eran otra cosa que nuestras travesuras de chicos. Promovía la obediencia como norma suprema y no alentaba la discusión aunque esta fuera razonada. Su razonamiento era más o menos equivalente a “mi palabra es la ley”. Sería tal vez por eso que su compañía nos hacía sentir seguros, porque nos sentíamos cerca del "poder". Nos gustaba cabalgar con él, aunque sea al anca de su caballo. Mi padre tenía, sin embargo, sus maneras de mostrarnos su cariño, por ejemplo, a la vuelta de sus frecuentes viajes a Bucay, nos traía plátanos oritos, piña, plátanos morados, y en la temporada de mangos, nos traía mangos de chupar, que eran nuestra mayor golosina.

A mediados de la década de 1930, se produjo un evento que dejaría marcas indelebles en la vida de toda la familia. Mi padre fue acusado de haber violado a una mujer en el pueblo de Chambo, cerca a Riobamba, fue enjuiciado y condenado a una pena de cinco años de prisión. Mi madre y sus seis hijos quedaron desamparados, sin su marido, sin trabajo, sin sustento, sin amigos, con la vergüenza, el hambre, la miseria y el frío como únicos compañeros en la desgracia. No había nadie que se apiade de nuestra familia, “parece que hemos sido abandonados hasta por Dios”, llegaría a decir mi madre en un momento de desesperación. Para colmo de males, mi madre se enfermó con la peste de la “viruela”, una enfermedad temible y muchas veces mortal, que a los que la sobreviven, les deja en su cuerpo las huellas indelebles de su paso, en forma de cicatrices de las ampollas reventadas.
Mi madre sobrevive a la peste, pero su bella cara queda marcada por las huellas de la viruela. Milagrosamente recuperada de la viruela, mi madre se ganaba la vida lavando ropa a familias de Riobamba, trabaja doce horas diarias en esto, solo para ganar lo suficiente para la alimentación de ella y sus tiernos hijos. Por poco tiempo y como una forma de tener cerca a su marido, también trabaja en la proveeduría de la cárcel, de donde consigue algo de alimento para su familia.
Pasa un año y medio en este desamparo, pero no es verdad que Dios haya abandonado a nuestra familia, sólo le ha asignado una pesada cruz para cargar. Finalmente el verdadero violador es capturado, confesó su crimen e indica además que se tomó el nombre del “guarda Romero” para cometer su delito. Mi padre es absuelto definitivamente y sale de la cárcel, le devuelven su empleo y la vida comienza a dar la semblanza de normalidad.


En mi próximo capítulo: LOS CAMINOS DE UNA NUEVA VIDA

Monday, August 23, 2010

LA FAMILIA CRECE, VUELVE LA VIOLENCIA


MI FAMILIA EN 1947
UN FOTOGRAFO DE MANGA VENIA A PALLATANGA UNA VEZ AL AÑO

La vida sigue tan dura como siempre, mi madre sigue trabajando incansablemente para llevar adelante a nuestra familia que sigue creciendo, mi padre hace lo que honestamente le es posible para ayudar a llevar el peso de la casa, pero su éxito es limitado.
Cada vez que me acuerdo de sus esfuerzos de limitado éxito , me acuerdo de mis lecciones de economía en la U en NYC, cuando estudiábamos a uno de los mas famosos economistas del siglo XX, John Maynard Keynes, ingles, autor de la “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”, quien sostenía que en épocas de recesión, había que activar la economía a través de la demanda, incrementando el empleo, aunque esto tuviera que hacerse a través de obras públicas en que se cavaran huecos que luego había que volver a tapar, porque esto generaba ingresos a la gente, ingresos que luego se usaban para demandar bienes y servicios que ponían a trabajar a las empresas,que a su vez creaba mas empleo, y por lo tanto más demanda.
Mi padre siempre se mantuvo ocupado, muy ocupado en muchas cosas, aunque casi ninguna de ellas era productiva y por tanto no generaba ingresos. Era casi como cavar huecos y volverlos a tapar, pero sin obtener un salario por ello.
La familia seguía creciendo, mis hermanas, Lilita y Florcita, nacidas en 1929 y 1931, respectivamente, ayudaban a mi madre llevando pequeñas canastas de pan para vender en el pueblo los sábados y domingos. Con su arduo trabajo, mi madre se convirtió en el principal sostén de la familia. Mi padre, por su lado, entró en un hibrido de actividades comerciales, agrícolas y de servicios, en ninguna de ellas con demasiada suerte y, por tanto con poco éxito. Compraba granos (alverja, lenteja y frejoles) a los agricultores de la zona, también compraba aves, principalmente gallinas, pollos, pavos y hasta ganado vacuno a los campesinos de Pallatanga y los vendía en Bucay. También cultivaba la tierra en Azazán, en la finca de la abuela y en otros terrenos, trabajando a medias con los dueños de los predios, y, finalmente volvió a conseguir empleo como “reparador” de las líneas del telégrafo entre Pallatanga y Pangor (un pueblo infestado de pulgas, como lo llamaba mi mamá). El trabajo de mi padre consistía en dar mantenimiento y ejecutar reparaciones a la línea del telégrafo, la única conexión de Pallatanga con el mundo exterior, en un segmento puramente montañoso, frío y agreste de aproximadamente 30 kilómetros, que separaba Pallatanga de Pangor y que demandaba trasladarse a pie y cargando los implementos de trabajo, que incluían cables y herramientas con un peso de alrededor de treinta libras, cada vez que el telegrafista del pueblo, que era su jefe, le hacía saber que la línea estaba fuera de servicio. Trabajo agotador y sin horario fijo, que incluía noches de dormir fuera de casa, a la intemperie y en el gélido frío del páramo.
Cuando mi padre regresaba de sus frecuentes viajes de trabajo, mi madre no lo dejaba entrar a la casa sin haberse bañado y haber lavado su ropa para desinfectarla y evitar que las pulgas, los piojos y otros insectos del campo entrasen en su casa y la infestaran. De hecho, mi madre hervía la ropa de mi padre, antes de ponerla a secar y llevarla a la casa. La vida, siendo dura, muy dura para la pareja, había mejorado respecto de los primeros años del matrimonio. Los ahora esporádicos arranques de violencia doméstica desatados por mi padre eran cada vez mas espaciados, pero no menos temibles, la violencia sólo entraba en cortos períodos de descanso, para después regresar con más fuerza…
Fué por esa época que, después de llegar de uno de sus viajes, arremetió contra mi madre mientras esta dormía, con látigo en mano, la azotó hasta el cansancio y la dejó en el suelo, con su espalda y casi todo su cuerpo sangrando, casi inconsciente. Esta es quizás, la más violenta de sus arremetidas contra su esposa y compañera, pero tal vez la última, porque al haberla presenciado mis hermanas, ellas le imploraron que pare los azotes y, a riesgo de ser ellas también atacadas, le reprocharonn su conducta, llenas de miedo pero envalentonadas por su desesperación, llegan hasta a intentar quitarle el látigo conque mi padre atacaba.

Tardarían varias semanas en sanar las llagas en la espalda de mi madre, pero ella jamás comentó el incidente con nadie, y sólo consoló el llanto de sus hijas enjugándolo con su propio llanto y resistiendo el inmenso dolor que por todo su cuerpo sentía. Miguel Ángel Izurieta, tío de mi madre, quien era el Teniente Político de Pallatanga y la única autoridad del pueblo, tomó conocimiento de este bárbaro acto de violencia doméstica, pero archivó el caso por considerarlo “cosas entre marido y mujer”.
Tal era la cultura machista de ese entonces, cultura que aun hoy se da en ciertos segmentos de la sociedad ecuatoriana. Hay una dosis de cinismo en nuestra sociedad, condenamos la bestialidad de los Talibanes y criticamos el trato que dan a sus mujeres, pero esa conducta poco difiere de la que hasta ahora existe en esta parte del mundo. No se trata de un asunto de religión, es mas bien un asunto cultural, de una cultura perversamente anquilosada en nuestros pueblos, que sigue sobreviviendo al progreso y al avance de la civilización.

Profundamente cristiana como era, mi madre probablemente llegó a la conclusión de que esa era la cruz que le tocó cargar, y que más valía la integridad de su familia que todo el sufrimiento del mundo que debía soportar. A nosotros los hijos varones, los más jóvenes de la familia, nuestra madre nunca nos habló de esa carga tan violenta y pesada que le tocó llevar por tantos años. Creo que a la postre eso fue preferible, porque ello evitó que sus hijos pudiéramos rebelarnos contra nuestro padre con consecuencias no predecibles, o guardarle rencor aún después de su muerte.

Mi madre murió llevándose su secreto a la tumba, y mi padre nunca buscó la ocasión, ni tuvo el valor para contarnos esta negra etapa de su vida. Que Dios lo perdone por lo que hizo, mi madre seguramente lo perdonó mucho antes de morir, y, yo, como su penúltimo hijo, después de escribir sobre este drama familiar, dejo a su alma en paz, sabiendo que antes de morir, mi padre probablemente se arrepintió mil veces de estas faltas contra la mujer que tanto lo amó, contra la madre de sus hijos que él también amó. Tal vez era ese el perdón que mi padre le pedía a mi madre cuando su cuerpo aún estaba en el ataud, con palabras que no alcancé a escuchar, mezcladas con lágrimas, el día de su sepelio, el 25 de julio de 1969, antes de que sus hijos la lleváramos a su última morada en el Cementerio General de Guayaquil.

Hoy, después de 41 años de la muerte de mi madre y de 19 de la muerte de mi padre, sus cenizas reposan juntas para siempre, en una misma urna en la Iglesia de María, Madre de la Iglesia, en Puerto Azul, en Guayaquil, allí los visito siempre y les agradezco con mucho amor, a los dos, por haberme dado la vida…

En 1930 nació otra niña en la familia, a la que le ponen el nombre de Violeta, quien, afectada por una severa gastroenteritis, muere antes de cumplir un año. Nunca pude saber cómo era ella. En 1931 nace otra bella niña, blanca, pelo castaño, casi rubio con ojos también verdes aceituna, herencia de los abuelos maternos a quien le ponen por nombre Flor (la llamamos Florcita). Al principio no le hizo muy feliz a mi padre esta niña que viene a ser la tercera mujer en un mundo machista que valora y aprecia a las niñas, tanto menos cuanto mayor es su número en la familia. Su actitud negativa sin embargo cambió pronto y Florcita se convirtió en su mimada, en la niña de sus ojos.
En mi próxima publicación: MAS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS
Publicado en Agosto 23 de 2010

Wednesday, August 18, 2010

LOS MISERABLES

Obligados por las circunstancias cada vez más duras, mis padres piden y obtienen posada en la casa de la abuela de mi padre Elisa Zavala viuda de Romero, en su finca de Azazán,a tres kilómetros al norte del pueblo. Allí, quien llevaba las riendas era el “tío Juan Celio”, un hombre de cuarenta años que desde la muerte de su padre era el jefe de la casa, él se comportaba como un sádico dictador, llegando en ocasiones a imponer su voluntad sobre su mujer mediante el uso violento del látigo y de las espuelas que usaba para montar a su caballo. El lenguaje que Juan Celio mejor hablaba era el del golpe de látigo, y la única voz que escuchaba y aceptaba era la de los que con él estaban de acuerdo. Dividía al mundo en dos bandos, el de los buenos y el de los malos. Eran buenos los que estaban de acuerdo con él, y eran malos los que no concordaban con sus ideas. No había términos medios. Tenía una pasión casi obsesiva por construir caminos, y a él se deben los caminos que comunicaban Pallatanga con los pueblos vecinos, incluyendo con Bucay, Chillanes y Pangor. Nunca se ganó el cariño de la gente, pero si el respeto derivado del temor, porque en su calidad deTeniente Político del pueblo, tenía más autoridad del que le daban las leyes.
De contextura fuerte, carácter irascible, tenía el aspecto y a veces él mismo creía que se parecía a García Moreno, él debe haber sentido que era su misión corregir al mundo a base de su furia, y así es como trataba a mi padre y al resto de la familia. Desde el principio, la vida de mis padres no fue agradable en la casa de la abuela. Esta descargó en mi madre todos los deberes de la casa, sin darle otro derecho que el de comer y dormir, en la medida y en los horarios que ella ordenaba. El trato inhumano que recibían mis padres de parte de la abuela y el tío, terminaron por causarles tanto dolor, angustia y desesperación, que decidieron buscar otro lugar donde vivir y así, por primera vez salieron a vivir solos, a sabiendas que nada sería fácil, pero seguros también que nada sería tan difícil y doloroso como la vida que tenían en la casa de la abuela, donde vivieronla miseria humana en su expresión más dura, tanto o más patética que la que describió Víctor Hugo en su obra maestra “Los Miserables”.
En la pequeña casa de techo de paja, en lo alto de la pequeña colina a la entrada norte al pueblo de Pallatanga, allí, donde mis padres recibieron en préstamo una pequeña habitación de piso de tierra, nace el ocho de abril de 1924, mi primera hermana, Letty, la morenita bella, la de los ojos negros como la noche, de la sonrisa blanca como la nieve y brillante como el amanecer de un día de verano. A pesar de la extrema pobreza de mis padres, Letty trae mucha alegría al hogar, pero, la pobreza no cede, y ahora ataca con furia a los tres. Es una pobreza franciscana, no hay forma de resolver el drama y, para colmo, mi padre empieza a desarrollar una enfermedad que durará por muchos años y que se volverá recurrente y cada vez más seria, la enfermedad de los celos.
Agobiado por la pobreza y sin recursos para resolverla, empieza a crearse fantasmas de infidelidades inexistentes y a actuar violentamente en función de sus fantasías, empieza a golpear a mi madre cada vez que se emborracha y se emborracha cada vez que le atacan sus celos, un círculo vicioso que parece no tener fin. Sólo me pude enterar de esta faceta tan negra de la vida de nuestra familia a la edad de 67 años. Fue mi hermana Florcita, quien a los setenta y ocho años de edad, jubilada y dedicada en gran parte a la obra social y de evangelización en Pallatanga, quien me entregó unas páginas que considero el documento base para esta parte de mi relato.
Tras años de dolor, de pobreza y casi de horror, y por fin, cansada del maltrato y la miseria, mi madre huye a Guayaquil con su única hija y pide refugio en la casa de su tía Sofía Montiel, Dueña del Hotel Ritz, en la calle Pichincha y P. Ycaza, la tía la acoge con cariño, le da albergue y alimentación para mi madre y su hija, pero lo que es más importante, le da respeto y cariño, la trata con amor casi maternal, mi madre allí es recibida màs que con con compasión, con amor, allí va a tener abrigo, allí va a tener alimentación para su hija y para ella. Ha decidido separarse para siempre de mi padre, su marido, porque, ella podía soportar la pobreza, pero ya no soportaba más el maltrato para ella e indirectamente para su tierna hija. Ha tomado una decisión firme, “no va más”, y en Guayaquil se queda.
Pocos meses después empieza a recibir cartas de mi padre, pidiéndole perdón por todo lo pasado e invitándola a regresar a su hogar. Esto causa mucha angustia a mi madre porque aún, a pesar de todo, ama a su marido, pero el recuerdo del maltrato le impide aceptar una reconciliación, y así pasan tres años. No cesan las cartas de mi padre, le dice en su correspondencia a mi madre que ha conseguido un empleo en Riobamba, como “guarda de estancos”, una especie de policía para el control del comercio de la sal y del alcohol que eran monopolios del estado. Mi padre sostiene en sus cartas que con eso se acabaron las penurias económicas y que ahora es “otro hombre”, que se ha vuelto responsable y que ya “no toma ni juega a las cartas” y que ahora será un padre modelo para su única hija y un amante esposo para mi madre. Mi madre no es inmune a estos cantos de sirena, y, después de tres años, finalmente sus temores ceden y finalmente acepta volver a vivir con mi padre.
Ahora vivirán en Riobamba. Allí, en medio de una segunda luna de miel, nace la segunda hija de su matrimonio, mi hermana Lilita la bella, que es blanca, de ojos verdes como una aceituna, de pelo rubio y ligeramente ensortijado, nace en octubre 12de 1928. Lilita fue, desde muy pequeña la hija más cariñosa con mi madre, y, la que más se parecía a ella, tanto física como espiritualmente. Su parecido físico era muy grande, pero su parecido mayor estaba en su alma, ella era el retrato mismo de mi madre. Ella fue, después de la muerte de mi madre y cuando yo era aún un jovencito en formación, la madre que yo necesitaba para consolidar mi personalidad, para terminar de ser un joven y hacerme un adulto responsable. Ella concluyó la obra de criarme porque mi madre no lo pudo hacer, a ella, a Lilita debo en gran parte lo que soy, lo que hice y lo que haré en la vida.
Con el empleo que ha conseguido mi padre, las cosas en efecto han mejorado económicamente, el sueldo de mi padre, siendo muy modesto, alcanza sin embargo para sostener a la familia de cuatro. Letty va a la escuela a los seis años y, junto con Lilita, alegran la vida modesta de mis padres. Pronto, sin embargo mi padre pierde el empleo y la familia tiene que regresar a Pallatanga, a buscar la forma de sobrevivir. Mi madre empieza a usar las habilidades aprendidas de su abuela materna y se dedica a hacer pan, el pan que todos recuerdan en el pueblo como el pan de doña Luquita, un pan cuyo aroma y sabor lo recuerdo con nostalgia y con amor. Nada hay en la vida que me agrade tanto como el aroma a pan caliente que salía del horno de adobe, calentado con leña, donde se ahornaba el pan más delicioso del que yo tenga memoria. No hay en ninguna parte del mundo las empanadas de queso que mi madre hacía y que años después, desde cuando tuve siete años, yo le ayudaba a hacer. También yo le ayudaba a hacer las palanquetas, una especie de pan baguette, de harina y agua y que a la gente le gustaba especialmente para hacer sanduches y comerlos en el desayuno. Hasta los doce años ayudé a mi madre a preparar el horno, a hacer el pan, y, por supuesto, a comérmelo.

Saturday, August 14, 2010

UN SECRETO FAMILIAR BIEN GUARDADO

Elisa, la segunda hija de la abuela de mi padre, se casó con Manuel Cevallos, un hombre regordete, de baja estatura, que le ganó el mote de “chomboto” (equivalente a patucho, petiso, omoto), de convicciones y temperamento machista, grosero y hasta violento. Era dueño de una pequeña finca y de un huerto de naranjas muy cerca del cementerio del pueblo, sus únicas actividades conocidas eran el cuidado de su huerto y oficiar como “maestro de capilla” de la iglesia. Tocaba la pianola en la iglesia del pueblo, y a pesar de que su voz no era un encanto, cantaba sin inhibiciones en las misas especiales, causando hilaridad entre los feligreses al escuchar sus “gallos” al cantar. Cuando a los ocho años pasé por el sacramento de la “confirmación”, nunca supe, porqué mis padres lo eligieron como mi padrino. A nosotros se nos enseñó a llamarlo “tío Manuel. Nunca sentí nada especial por este hombre que sin saberlo yo, era mi abuelo paterno.

Amable, la menor de las hijas de los abuelos de mi padre, nunca se casó, pero tuvo tres hijos cuyo padre fue, según lo he podido averiguar recientemente, era su cuñado Manuel, el marido de su hermana Elisa. Los hijos de esa ilegítima relación fueron, José Temístocles (mi padre), y sus hermanos Antonio, y Angelita. Manuel Cevallos nunca reconoció estos hijos como suyos y no les dio su apellido y, por tanto, los hijos de Amable solo llevaron el apellido de su madre, Romero. En mi casa nunca se habló de este tema, pues era, como lo comprendí mucho después de muerto el “tío Manuel”, un tema del cual no se debía hablar, de modo que sólo me enteré de este importante asunto familiar después de la muerte de mi padre, en 1992, cuando yo ya había cumplido cincuenta años, esto es, 92 años después de los hechos originales. Esto fue, ciertamente un secreto bien guardado. Así era como se trataban estos asuntos en las familias de entonces. Los pecados de familia era mejor guardarlos en el closet, la ley era no "hablar del tema", punto.

En sus primeros años, el hogar de mis padres se mantuvo balanceándose entre la pobreza y la desesperación, casi en la miseria, pero gracias a mi madre, nunca fuimos a dormir con estómagos vacíos. Ella nunca estaba desocupada. Cuando no estaba cocinando, estaba lavand o planchando, o tejiendo, bordando, cociendo o remendando la ropa de sus hijos, moliendo café, limpiando la casa, cuidando su jardín y sus plantas, o bañando a sus hijos.

Hasta la edad de siete años, recuerdo que ella me bañaba en una tina de madera, luego de lo cual, envuelto en una toalla, me llevaba hasta la cama, donde me ponía de pié y pacientemente me ponía la ropa limpia y planchada que ella mismo había preparado, y sólo me dejaba ir después de darme un beso en la frente. El café era para mi madre su compañero infaltable, se tomaba al menos diez tazas de café al día, era casi una adicción. Era el café que venía de las plantas que ella mismo sembraba en el patio trasero de la casa, que ella cuidaba con afán y ella mismo lo cosechaba (o nosotros, sus hijos, le ayudábamos a hacerlo), lo lavaba, lo secaba, lo molía, lo pasaba por el colador y allí tenía una esencia con el aroma que a ella le gustaba, un aroma fuerte y un sabor amargo que a mí nunca me llegó a gustar. El café era la única debilidad de mi madre y probablemente contribuyó en mucho a agravar su alta presión arterial que finalmente la llevó a una muerte temprana a la edad de sesenta y dos años, en 1969.

La costura era una de sus aficiones y una de sus principales obligaciones. Su máquina de coser Singer era su permanente compañera. Hasta que cumplí seis años, cuando fui a la escuela, no recuerdo haberme puesto una prenda de vestir que no haya sido hecha por ella. El concepto de reciclaje que hoy se trata de enseñar a la gente por todos los medios, lo manejaba ella a la perfección hace más de setenta años en el vestuario de su familia. Las prendas viejas de mi padre las recortaba (donde no estaban remendadas) y las convertía en prendas “nuevas” para nosotros, sus hijos, que las usábamos orgullosos. Lo mismo hacía con sus propias ropas, que casi siempre terminaban en lindos vestidos para sus hijas, y por supuesto, en nuestra familia las prendas de los hermanos mayores siempre terminaban por ser usadas por los menores, incluidos los zapatos, después de que habían pasado innumerables veces por las medias suelas y otras reparaciones hechas por el zapatero del pueblo. Como mi madre usaba harina importada para su panadería, la tela estampada de los sacos de esa harina era “reciclada” unas veces como fundas de almohada, otras como ropa interior para nosotros, y otras como camisas para los hijos varones o vestidos para mis hermanas. Mi madre manejaba la economía de la casa bajo el principio industrial japonés de "cero desperdicio", con una sabiduría sin paralelo!
Ella asistió a la escuela del recién fundado pueblo, cuyo director, profesor, presidente, secretario, portero, y todólogo, era don Federico Cepeda, un penipeño que se convirtió en ícono del pueblo, porque llenaba todos los espacios vacíos que había en la escuela de este naciente pueblito. Mi madre terminó los seis años de educación primaria en 1922, y a sus quince años, se convirtió en la primera mujer en obtener el certificado de haber completado la educación primaria en Pallatanga, nivel escolar al que por entonces sólo llegaba en el Ecuador un cinco por ciento de la población femenina. Saber leer y escribir era entonces casi como pertenecer a una elite ilustrada. El analfabetismo debe haber estado en 1922 en un porcentaje superior al 80% de la población.



MACHU PICHU 2002-"SUBIR TAN ALTO COMO TE DEN LAS FUERZAS, Y... SEGUIR SUBIENDO"

Fue por esa época que llegó a Pallatanga, casi como enviado del cielo, el primer sacerdote, un religioso que despertó en la gente de este pueblo su latente fe en Jesucristo, alentó su natural propensión por la caridad y la solidaridad, pero, más importante aún, despertó el espíritu de superación en una población donde la educación sólo era un privilegio destinado a unos pocos. El padre Arrieta de ascendencia vasca, logra a través de sus homilías, convertirse en el mentor espiritual de mi madre, de él, ella aprende a amar a los más pobres, a ver a su prójimo con amor y compasión, a dar más que a recibir, a dar sin esperar nada en retorno, y, aprende también los fundamentos básicos del amor a Cristo y a su madre María. Aprende también que el mundo es muy grande y que Pallatanga sólo es un pedacito diminuto de ese mundo inmenso que está más allá de las montañas y los ríos, aprende que hay universidades donde los hombres y mujeres se superan a través del conocimiento, de la investigación, del sacrificio y la abnegación, aprende que allá, fuera de su pueblo hay mucha gente que vive mejor, pero también aprende que allá, tal como en su pueblo, hay pobreza, hay enfermedades, hay bondad y hay maldad, que hay un mundo diferente pero que ofrece más oportunidades a través de la educación y del esfuerzo. Allí empieza a formarse el espíritu de mi madre, allí nace su amor solidario por los pobres, allí nace su fe en la educación como el único camino del éxito,allí nace su inquebrantable decisión de dar a su hijos la invariable orden de ”ir lejos en el estudio para alcanzar sus metas”, de “ver los obstáculos sólo como incidencias que hay que superar”, que "hay que subir tan alto como te den las fuerzas y seguir subiendo", que “no es mejor el que nunca se ha caído, sino el que aprende a levantarse con la cabeza en alto para seguir adelante”. Aprende lo que luego enseñará a su hijos, que la solidaridad es una cualidad fundamental para todo ser humano. Esos eran, en esencia, los principios básicos que guiaban la vida de mi madre y esos fueron los cimientos de nuestra formación personal.
Ella supo siempre que una mayor educación sólo podía tener fuera de Pallatanga, pero ella no pudo salir de su pueblo sino muy cerca del final de sus días, sus límites eran pequeños, sus abuelos nunca consideraron siquiera como una posibilidad el que ella se fuera a la gran ciudad para recibir más educación, y no era por falta de recursos, era simplemente porque en sus formas de pensar no cabía la idea de que una mujer joven tuviera que irse del hogar para educarse. Eran sencillamente gente amoldada a una cultura del siglo diecinueve, viviendo en los albores del siglo veinte. Mi madre amó a Pallatanga y a los pallatangueños, calmó su sed y su hambre, les dio posada y abrigo, les calmó sus dolores y muchas veces salvó las vidas de sus hijos con la innata sabiduría de un chaman, alimentó sus cuerpos y sus almas como lo hace una madre con sus hijos, y a nosotros, sus hijos, nos enseñó eso mismo.

MATTEO, MI SEGUNDO NIETO, SEGUIRA LA TRADICION QUE INICIO SU BISABUELA


Nosotros, hemos seguido sus lecciones, tal vez no al pié de la letra, pero la semilla está en nuestro corazón y nuestras mentes, ha germinado en tierra fértil y ha crecido a través de sus hijos, se fortalecerá a través de sus nietos, seguirá creciendo a través de sus bisnietos y se hará cada vez más fuerte en las generaciones futuras. Llevar su sangre en nuestras venas es nuestro mayor motivo de orgullo!

En mi próxima entrega: LOS MISERABLES

Tuesday, August 10, 2010

EL AMOR LO VENCE TODO



PALLATANGA-AL FONDO, LA HACIENDA SANTANA DONDE MI MADRE CONOCIO A MI PADRE


A la una y media de la tarde, Timo está parado junto a la entrada principal de la hacienda Santana, ansiosamente esperando el regreso de su patrona Luquita. Han pasado sólo cinco horas que para él parecen un siglo. Ella estará pronto de regreso y él va a prestarse voluntario a ayudar a bajar de su caballo a la patronita. Este es el momento más importante del día para Timo, este es el momento en que su corazón comenzará a galopar fuera de control. “No puedo hacer otra cosa que soñar”, piensa Timo. “Sólo tocar sus manos hace temblar todo mi cuerpo y mis piernas se debilitan y se doblan“, y sigue pensando “sé que esto sólo es un sueño pero no puedo evitar seguir soñando, es un sueño sin ninguna posibilidad de hacerse realidad, pero, oh Dios, cómo adoro este sueño”.
Pasan unos minutos, Timo vuelve a la realidad de su trabajo, hay que controlar las bocatomas de agua, unos peones están regando los cañaverales, otros están deshierbando la caña, más allá está la yuca en estado de cosecha (arranque), los peones en el trapiche están moliendo caña, en fin, el tiempo pasa volando, él está muy ocupado, son muchas sus responsabilidades, pero él está pendiente, el sol ha pasado ya del mediodía, la hora en que su cuerpo no tiene sombra, ese es su reloj, eso significa que la “señorita” estará llegando pronto de regreso de la escuela y él debe estar allí, en el portón, para no desperdiciar la oportunidad de ayudar a su patronita a bajarse del caballo, para tomar su mano con guante blanco. De repente, y tal como él lo esperaba, se oye el galope del caballo, la señorita está llegando.
“Hola Timo” dice Luquita, “que gusto volverte a ver” “hoy ha sido un día muy importante”, “hoy hemos celebrado cien años de La Batalla del Pichincha”, “ah” dice Timo, “que bien, entonces hablaron de Antonio José de Sucre, de Abdón Calderón y del ejército patriota que derrotó a los españoles, sellando la libertad del Ecuador, nos es así? Dice Timo, “así es”, dice Luquita, un tanto sorprendida por los comentarios de Timo, quien aparentemente sabe más de lo que ella imaginaba. Claro, él había terminado su primaria hace más de cinco años y había sido un estudiante aprovechado de don Federico Cepeda, el mismo maestro que ahora dirigía los estudios de ella.
“Hola patronita”, “a mi también me da mucho gusto el volverla a ver”, y agrega “me permite ayudarle a bajarse del caballo? “Claro que si Timo,” contesta ella extendiéndole su mano cubierta por un guante blanco ligeramente marcado por el polvo del camino y de la rienda del caballo. Timo toma la mano de su “patronita”, quien ha apretado la suya un poco más que de costumbre. Timo se siente mareado, de pronto siente que su corazón galopa sin freno, no lo puede creer, es ella apretando su mano, y piensa, “cómo quisiera que ella supiera lo importante que es este momento para mí”. El ligero pero inconfundible aroma del perfume que lleva su patrona y que desde hace tiempo a Timo lo transporta al cielo, le provoca más mareo, su cerebro no puede procesar toda la información que está recibiendo, no puede pensar en nada coherente, está en las nubes. Al bajarse del caballo ella agrega, en voz casi inaudible, “Timo, me gusta que me ayudes a bajar de mi caballo”. “Me encanta hacerlo señorita”, dice él, mientras busca la mejor combinación de palabras para seguir el diálogo, mientras, la mano de Luquita está aún sosteniendo la de él, y él, casi como en el aire sólo atina a tomarla con su otra mano, y ahora, apretando las dos manos en una forma que lo llena de temor y de vergüenza, y respondiendo a su instinto besa la mano de su patrona mientras en palabras que casi sólo él escucha le dice “estoy locamente enamorado de usted señorita, perdóneme pero la amo desde el primer día que la vi”. Ella cierra por un instante sus ojos, suspira profundamente y contesta “gracias Timo”, sosteniendo aún las dos manos de Timo y suavemente apretándolas.


COMO SU ABUELA LUQUITA, MI HIJA MARIUXI ES UNA GRAN JINETE


Por unos instantes hay silencio, ninguno de los dos sabe que más decir, luego ella suavemente retira su mano de las de Timo y se va, caminando lentamente, mirando de tiempo en tiempo hacia atrás y sonriendo, hasta perderse de vista en el largo camino lleno de frondosos árboles de lado y lado, frente a la casa de sus abuelos.
Timo despierta lentamente de su estado de catarsis y empieza a tratar de coordinar ideas. “Todo esto debe ser sólo un sueño, un sueño mucho más allá de lo que yo pudiera haber soñado en el más loco de mis sueños”
Poco tiempo después, mientras Luquita terminaba su año escolar, que también significaba el fin de sus estudios, Timo y Luquita siguieron viéndose furtivamente, siempre tratando de evitar los ojos curiosos de la gente de la hacienda y más aún la vigilancia de sus abuelos.
Simpático, de carácter jovial y dicharachero, Timo se ganó la confianza primero, luego el afecto, y finalmente el amor de Luquita, y a los pocos meses decidieron que querían unir sus vidas. Ella de dieciséis, casi una niña, y el de veintidós, apenas un joven saliendo del cascarón. Ante la certeza de que su unión matrimonial no sería aceptada por los abuelos de mi madre, deciden hacer lo que les pareció más riesgoso pero menos complicado, decidieron escaparse juntos y enfrentar las consecuencias. A los pocos días se casaron ante el altar de la iglesia y su matrimonio fue celebrado por el padre Arrieta, el mentor espiritual de mi madre. Lo orgullosos abuelos, ofendidos, terminalmente ofendidos, nunca aceptaron la decisión de su nieta, la desheredaron y nunca más la recibieron en su casa. Enfrentados a las dificultades que la pobreza imponía sobre sus vidas, Timo, y Luquita vivieron del minúsculo salario que él podía ganar como peón, como ayudante de arrieros, o simplemente como agricultor de pequeñas parcelas donde lo aceptaban como “partidario”, una forma de precarismo agrícola que aún subsiste en el Ecuador y que consiste en que una persona hace todo el trabajo de cultivo y cuidado de la siembra y otra (el dueño de la tierra), pone la tierra y la semilla, y al final se reparten las cosechas en partes iguales.
De los ancestros de mi padre sólo sé que como la mayoría de los pallatangueños, vinieron de Penipe, un pueblo asentado al pié del Tungurahua sujeto a las veleidades del volcán y, por lo tanto a emigraciones periódicas. La abuela, Elisa Zabala de Romero, casada con un hombre originario de Piñas en la provincia de El Oro, y de quien no he podido encontrar más información, tuvo tres hijos, Juan Celio, Elisa, y Amable, la madre de mi padre.
Juan Celio tuvo muchos hijos que se esparcieron en el Ecuador, uno de ellos, Porfirio, llegó a ser un alto oficial de la Fuerza Aérea; Eduardo, se hizo telegrafista, una profesión muy apreciada en su época; Zenaida, que se casó con Miguel Acurio y tuvo muchos hijos, buena parte de los cuales viven en Santo Domingo de los Tzachilas; Iraida, que se casó con un pallatangueño de apellido Bahamonde; Zoila, que se casó con su primo hermano, mi tío Antonio (hermano de mi padre), y finalmente Armenia, la mas joven que se casó con un señor de apellido Carrazco y vive aún, a una avanzada edad, en Guayaquil.

En mi próxima entrega: UN SECRETO BIEN GUARDADO

Thursday, August 5, 2010

EL TRONCO FAMILIAR





PALLATANGA EN 1945- DOS BELLAS PRIMAS POR EL LADO IZURIETA


El último hijo del matrimonio Montiel Cadena, Francisco, un hombre alto, muy atractivo, blanco, de pelo ligeramente crespo, castaño muy claro, casi rubio, de ojos azules, frente más bien pequeña y nariz romana, se casó en Pallatanga con Luz María Izurieta, la última hija del matrimonio Izurieta Núñez, los fundadores de Pallatanga. Ellos son mis abuelos maternos. Los dos son muy jóvenes y al casarse, lo hacen con el beneplácito de los padres de ambos lados. Con esta unión se consolida una vieja y entrañable amistad entre las dos familias, de ambos lados hay razones para pensar que este matrimonio será muy feliz, ella es joven, bella e inteligente y él es joven, fuerte, apuesto, inteligente y trabajador
Al poco tiempo de casados, a Francisco Montiel Cadena y Luz María Izurieta Núñez les nace en 1907, una hija, Lucrecia Judith, la que será mi madre, una encantadora criatura que hace felices a sus padres, a sus abuelos y a todo el clan familiar. Las cosas van poco menos que a pedir de boca. Lucrecia la recién nacida, viene a consolidar una unión familiar de raíces profundas y que se espera que se convierta en un árbol fuerte y frondoso, pero, el destino no lo quiso así.
Cuando apenas había cumplido veinticinco años de edad, mi abuelo Francisco Montiel Cadena, muere atacado por la inmisericorde enfermedad de la malaria y deja viuda a su mujer y huérfana de padre a mi futura madre cuando ella apenas tenía cinco años. Luz María, la viuda vuelve a casarse después de tres años con un caballero de apellido Torres, con quien tiene un hijo, Alejandro, quien es blanco y pecoso, de pelo negro grisáceo, alto, delgado, de ojos azules, y narizón, casi el retrato de su abuelo Rafael María. Sus hijos, y en particular sus hijas, heredaron algunas de las características físicas del bisabuelo Rafael. Eran altas, delgadas, blancas y pecosas, pelo castaño claro, ojos azules, tenían una belleza cautivadora. Alejandro, el único hermano de mi madre, a quien yo conocí, era un hombre muy alegre, de una simpatía personal innata, vivía su vida para disfrutarla, para contar historias, para reírse de la gente y de las penas, para jugarle bromas a la gente, a adultos y a niños, era un hombre muy simpático de carácter y de físico. Heredó la habilidad de su abuela Mercedes Victoria y se hizo panadero hasta su muerte en la década de 1990. Vivió los últimos veinte años de su vida haciendo pan en su panadería en el cantón El Triunfo, antes llamado “la Boca de los Zapos”, en la carreta de Guayaquil a Pallatanga
Poco tiempo después del nacimiento de su segundo hijo, la malaria vuelve a arremeter contra la familia y esta vez no perdona la vida a mi abuela Luz María, quedando Lucrecia Judith (mi futura madre), huérfana de padre y madre a la tierna edad de ocho años. Sus abuelos maternos toman a su cargo la crianza de mi madre.
Mi madre era de tez blanca y pecosa como la de su abuelo, alta, de un metro setenta y cuatro de estatura, tenía un pelo negro largo con tempranos mechones grises y ligeramente rizado, ojos cafés como los de su abuela Mercedes Victoria, nariz romana, labios finos y sonrisa permanente, de frente amplia, ella llevaba su pelo siempre recogido con un peinado que incluía un moño clásico, asegurándolo hacia atrás con una cinta elástica o una peineta de hueso. Su cara estaba siempre bien cuidada, nunca usó lápiz de labios y el único maquillaje que usaba, en días especiales, era el polvo facial de Tabú que tenía en su pequeño estuche redondo con un pequeño espejo. Nunca le gustaron las joyas, que además no las hubiera podido comprar, usualmente no llevaba aretes, pero en ocasiones especiales llevaba en sus orejas unos pequeños aretes colgantes con una perlita muy pequeña. De una simpatía innata, ella siempre tenía una leve sonrisa a flor de labios, sonrisa que invitaba a devolvérsela y así comenzar una agradable tertulia que terminaba invariablemente en una amistad duradera. Jamás escuché a mi madre hacer una crítica negativa a nadie, siempre estuvo del lado de los débiles, pero nunca en contra de los fuertes, siempre mantuvo en su carácter la predisposición a ayudar.
Don Vicente Granizo, un pallatangueño que conoció en su juventud a mi madre, a quien llamaba “mi comadre Luquita”, y que murió, hace menos de dos años a los 98 años de edad, describió a mi madre diciendo casi textualmente, “ella era una mujer muy bella, siempre tuvo un porte distinguido, su andar era pausado, nunca parecía estar de prisa, pero siempre estaba en el sitio adecuado a la hora en que debía estar”. “Mi comadre”, agregó don Vicente, “siempre me pareció una obra de arte, no solo por su belleza exterior, que la tenía, y mucha, sino sobretodo por su carácter, por su temple, por su inquebrantable forma de ver las cosas con amor, con dulzura y con sencillez”. Don Vicente continuó describiéndola así: “Sin intentarlo siquiera, y por supuesto sin que ella lo supiera, su presencia era sentida, admirada y respetada por donde ella iba”. Todo el mundo la quería, todos la respetábamos y la admirábamos”, y finalmente agregó, “cuando ella se casó con mi compadre Timo, muchos jóvenes envidiaban a él por haberse casado con una mujer tan bella”, y Don Vicente concluyó, “Pallatanga nunca fue igual después de su muerte, y hoy, cuarenta años después, mucha gente sigue recordándola con amor y llora cuando recuerdan su partida final”.
MI padre, José Temístocles Romero (“Timo”), a sus veintidós años de edad trabajaba como peón en la hacienda de Rafael María Izurieta. El era físicamente atractivo, pequeño de estatura, blanco, de pelo negro que le combina bien con sus ojos café claros, tenía cejas muy espesas y un bigote negro fino que le iba bien con su siempre afeitada barba. Su estatura era de sólo un metro sesenta, tenía brazos y manos fuertes y callosas. Era el hombre de confianza de don Rafael María, a quien se lo recomendó altamente su tío Juan Celio Romero, el teniente político del pueblo. Timo era un hombre que hacía de todo, cuidaba y entrenaba los caballos de Rafael María, supervisaba a los demás peones y a menudo le servía como guardaespaldas a su patrón. En poco tiempo, Timo se convirtió en el hombre más importante de la hacienda, después de su dueño.
En las siguientes líneas quiero describir, hasta donde eso es posible los eventos que según mi imaginación y los relatos que escuché de ellos mismos, llevaron a la unión y al matrimonio de mis padres:


PALLATANGA EN 1925-A LA IZQUIERDA EL TIO JUAN CELIO, TUTOR Y MENTOR DE MI PADRE


“Buenos días, señorita Luquita”, le dice Timo al acercársele la nieta huérfana del patrón, que montaba un enorme caballo negro de pura raza en su camino a la escuela. Ella es una bella chica de 15 años cuyo largo y sedoso pelo negro se mece al ritmo de su caballo galopando. “Cómo está usted esta linda mañana, patronita” dice Timo. “estoy muy bien, gracias Timo” responde ella, y agrega “ciertamente, es una linda mañana, pero, debo ir a la escuela, me gustaría ir a un paseo por el campo, a través de esas montañas”, dice mientras señala detrás suyo la masa inmensa de las montañas de la cordillera occidental, que son parte de la hacienda de su abuelo.
“Cierto” dice Timo y agrega “en verdad, lo único que le falta a este día para ser perfecto es que usted tenga vacaciones para pasear” y agrega, “que tenga usted un lindo día señorita Luquita, monte con cuidado y que regrese pronto”, y dicho esto, Timo se apresta a volver a trabajar. El día es corto y las tareas son muchas.
“Hasta luego Timo”, dice Luquita y acelera su caballo para llegar a tiempo a sus clases, acompañada sólo de un leve recuerdo de sus madre que ha fallecido hace cerca de siete años, y por la siempre presente orquesta de pájaros cantando en su camino a la escuela. Es su último año en la escuela, está en el sexto grado y, dentro de poco tiempo ella habrá culminado la primaria, el más alto grado de educación que en su pueblo podían tener los jóvenes
En mi próxima entrega: EL AMOR LO VENCE TODO

Friday, July 30, 2010

LOS ABUELOS Y SUS FAMILIAS


VISTA DEL VALLE DE PALLATANGA Y AL FONDO UNA PARTE DE LO QUE FUE LA HACIENDA DEL BISABUELO RAFAEL MARIA
Mis bisabuelos por el lado materno, Rafael María y Mercedes Victoria tuvieron cuatro hijos: Miguel Ángel, Alberto, Rafael María y Luz María. Todos se quedaron en Pallatanga y formaron sus propias familias, excepto Rafael María hijo, que murió muy joven, afectado por la malaria, que por muchos años más siguió siendo junto con la gastroenteritis, el mayor azote de la población de la naciente Pallatanga.
Luz María, la más joven de los hijos de Rafael María y Mercedes Victoria medía más de un metro setenta, era de pelo castaño, de pestañas muy largas y rizadas, boca de labios finos y dientes muy blancos y ojos azules como los de su padre. Ella conoció, a los dieciséis años de edad, a un joven también, blanco, de pelo castaño y ojos verdes, Francisco Montiel Cadena, hijo de Joaquín Montiel León, español, nacido en Castilla la Vieja, y de Rosario Cadena Altamirano, riobambeña. Del matrimonio de Joaquín y Rosario nacieron cuatro hermanos, Sofía, Mercedes (Mechita), Adelaida (Lalita) y Francisco. Un quinto hijo de este matrimonio murió, víctima de la malaria, a muy temprana edad.
Poco tiempo después de su matrimonio con Rosario, Joaquín recibió de su suegro la responsabilidad de manejar los negocios y la considerable fortuna de la familia. Por algún tiempo las cosas marcharon bien, pero cuando ya habían nacido sus cuatro hijos, Joaquín se enamoró locamente de una bella mujer peruana que pasaba por Riobamba, y abandona a su familia y los negocios para irse con ella a vivir en Lima, Perú.
Muchos años después, Joaquín regresó al Ecuador, en quiebra, y arrepentido de su loca aventura, a buscar a su abandonada esposa y le suplica el perdón y olvido, pero ésta nunca se los otorga. Enfermo y sin recursos, Joaquín regresa a Lima, para nunca más volver. Es muy probable que en Lima o en algún otro lugar del Perú haya descendientes de Joaquín Montiel, nuestro bisabuelo el infiel marido de nuestra bisabuela Rosario.



FLORES DE PALLATANGA

Al haber sido abandonada por su esposo, Rosario y sus cuatro hijos quedan bajo el cuidado del hermano mayor de los Cadena, Nicolás, quien posee una gran hacienda (Sillagoto) muy cerca de Pallatanga y allá se lleva a su hermana y sus cuatro hijos que habían nacido en Riobamba. La hacienda de Nicolás tiene más de mil hectáreas, tiene extensiones de terrenos llanos y muy fértiles, tiene riego suficiente en toda la llanura, allí Nicolás cultiva caña y cría ganado vacuno. Produce aguardiente y panelas que vende a buenos precios en Bucay y Milagro, los prósperos pueblos que son la antesala para llegar a Guayaquil en el ferrocarril, construido y administrado por los ingleses e inaugurado en 1912. La abandonada familia y su protector gozan de una holgada situación económica.
Los años pasan, los Montiel Cadena llegan a adultos, Sofía se casó en Pallatanga con Moisés Muñoz y este matrimonio no dura mucho tiempo debido a los maltratos que Sofía recibía de su marido. Ella se fue a Guayaquil, se divorció de Moisés Muñoz y se casó con Antonio Gómez, de cuya unión nace una única hija, Emma, quien vivió hasta los 94 años y falleció en Guayaquil en el año 2008. Emma tuvo tres hijas, Elsa, Elena y Diana.
Mercedes (Mechita), Montiel Cadena se trasladó a Guayaquil y se casó con Luis Sono, de cuya unión nacieron Luis, Sara, Blanca y María Eugenia Sono Montiel. No tengo ninguna información de los tres primeros, pero María Eugenia, la menor de los cuatro era contemporánea de mi hermana Letty con quien hizo amistad, al punto que María Eugenia influenció mucho para que mi hermana Letty se casara con Amado Lombeida en el año 1943.
María Eugenia (Maruja), una mujer muy guapa, alta, de pelo negro lacio, de ojos negros, de nariz romana, frente amplia y tez trigueña, de temperamento fuerte y acostumbrada a la vida holgada que la fortuna de su padre se lo permitía, al morir este y su familia quedar sin recursos, busca en el matrimonio con el cuencano Luis Alberto Ríos Torres la forma de recuperar el estilo de vida al que estaba acostumbrada. Ríos, un hombre mucho mayor que Maruja, se dedicaba a negocios financieros y tenía mucho dinero, pero amaba a este más que a su propia madre, sus negocios incluían prestar dinero al chulco, lo que de por sí requiere alma negra y corazón de piedra, nunca le dio a Maruja la vida que ella esperaba, y por el contrario, le creó un infierno en la tierra, por sus celos, y por su avaricia la hizo víctima de su brutalidad doméstica. Ellos fueron los padres de Mechita y Luis Alberto y Ríos Sono.
Mechita Ríos, es, con mucho, la prima más querida que conozco de este lado de la familia. Muy guapa e inteligente, por su propio esfuerzo, y venciendo las dificultades que tuvo en su infancia por un padre intolerante y tirano, ella se educó, se hizo una empresaria. A los quince años, y como la forma más rápida de salir del infierno de su casa, se casó con un hombre mucho mayor que ella a quien nunca amó, pero a quien nunca le fue infiel. Se divorció siendo aún muy joven, se volvió a casar y se volvió a divorciar, porque no encontraba el amor que ella buscaba. Finalmente, a la edad de cincuenta años, aún muy guapa y altamente activa en los negocios, se casó con Antonio Elizalde, un abogado de prestigio, con quien vive felizmente casada. Fue por iniciativa de ella que nos conocimos y, es gracias a ella que mantenemos una relación de amistad y de cariño que va más allá del parentesco y que me ha permitido conocer a otros miembros de la familia por el lado de los Montiel.
Adelaida Montiel Cadena, la más joven de los hijos de Joaquín Montiel y Rosario Cadena, sale de la tutela de su tío Nicolás y también se muda a Guayaquil, allí se casa con Luis Lara, con quien tienen cuatro hijos, Joffre, Luis, Ida y Ottón. Este último murió siendo muy joven. Joffre el hijo mayor de este matrimonio, estudió medicina, se especializó en cardiología en la prestigiosa Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de México y se convirtió en uno de los más prominentes y respetados médicos cardiólogos de Guayaquil. Desde mediados de la década de 1960, Joffre fue el médico cardiólogo de mi madre, a él siempre le guardamos los Romero Montiel una enorme gratitud por el trato cariñoso que siempre dio a nuestra madre. Joffre murió en la década de 1980
Ida Lara Montiel, tuvo dos hijos y tres hijas. Ottón, el mayor, nacido en 1942, igual que yo, hizo sus estudios primarios mayormente en casa, los secundarios en el Colegio Lasallano San José de Guayaquil y sus estudios superiores en la Universidad de Guayaquil. Sus estudios de posgrado los hizo en el Instituto Tecnológico de Monterrey, México y luego en la Universidad de Northern Illinois, donde obtiene su título de Máster en Ingeniería y, finalmente en la muy prestigiosa Universidad de Berkeley, en California, donde obtuvo su doctorado en ciencias con especialización en Ingeniería Sísmica. Dotado de las mejores credenciales académicas y de gran inteligencia, Ottón fundó y es presidente ejecutivo de una empresa dedicada a los estudios de ingeniería sísmica, fiscalizaciones de la ingeniería en obras públicas y privadas y particularmente de cálculos estructurales de construcciones civiles. En los últimos tres años la empresa de Otton ha visto altamente incrementado el nivel de trabajos de fiscalización de obras públicas, mientras él personalmente se ha dedicado a la investigación científica en el área sísmica aportando con sus trabajos a prestigiosas instituciones superiores de investigación científica, especialmente de Canadá y los Estados Unidos.
Ottón tiene un hermano, Luis, quien es un prominente médico cardiólogo con su práctica privada en el Hospital Alcivar de Guayaquil. Ellos tienen tres hermanas a quienes conozco muy poco, y sólo las veo ocasionalmente en reuniones familiares en la casa de de Meche u Ottón.
En mi próxima entrega: EL TRONCO FAMILIAR