Monday, July 19, 2010

PUEBLO DE MIS RECUERDOS




PALLATANGA- LA DAMA DEL MAIZ, MONUMENTO SITUADO A LA ENTRADA DEL PUEBLO CUANDO SE LLEGA DESDE RIOBAMBA


En el piso superior de la casa, hacia el lado del frente, había siempre un pequeño balcón donde se colocaban maceteros con flores, al estilo de los países del centro europeo en el verano, con la excepción de que aquí, en Pallatanga, los maceteros tienen flores los 365 días del año. Desde estos balcones, la familia y sus invitados miraban los eventos que en los días de fiesta se desarrollaban en la plaza, estos eventos incluían torneos de cintas a caballo, corridas de toros, desfiles escolares, procesiones religiosas, torneos de futbol y de vóley, carreras de caballos, así como los festejos propios de las “vísperas” (la noche previa a las fiestas religiosas), especialmente de las “fiestas patronales” a fines de septiembre , o las fiestas de “San Vicente Ferrer” cada cinco de abril y los “pases del Niño” en la Navidad. El resto del piso alto de las casas lo ocupaban dos o tres dormitorios, uno de los cuales era el de los padres de la familia, y los otros, con dos camas en cada cuarto, eran destinados al resto de la familia que generalmente era numerosa. Las camas siempre eran usadas por dos personas.

Allí, en la plaza, y adosados a la escuela se construían los escenarios ocasionales para las presentaciones de teatro, que eran parte esencial de las fiestas del pueblo. A Pallatanga llegaban grupos teatrales y deportivos de pueblos vecinos como Chillanes, Cajabamba y Bucay. Había un gran intercambio cultural y deportivo entre esos pueblos.

La elección de La Reina del pueblo era un evento particularmente especial. Esta elección era muy democrática, eran los habitantes del pueblo los que votaban por las candidatas que eran escogidas por un grupo de personas encabezadas por el director de la escuela. En Pallatanga había mujeres muy bonitas y las elecciones eran muy reñidas. Una vez elegida la Reina, las demás candidatas se convertían en damas de “la corte” y desaparecían las rivalidades propias de una elección democrática. En el año 1953 fue elegida Reina de Pallatanga mi hermana Florcita. Ella era de tez muy blanca, medía un metro cincuenta y cinco, tenía unos grandes ojos verde aceituna, pelo castaño, nariz romana y pestañas muy grandes, pero sobre todo, era muy inteligente y sólo recientemente se había graduado como la mejor normalista en el Colegio Rita Lecumberry de Guayaquil. Fue una reina muy especial a quien el presidente Velasco Ibarra, cuando visitó Pallatanga, alabó por su inteligencia y gran oratoria.

Junto a la casa principal siempre había una construcción pequeña, separada, aproximadamente de tres por cinco metros, donde estaba la cocina de leña, con fogón de ladrillo, las ollas se sostenían en parrillas de hierro que cruzaban el fogón a una altura de unos veinte centímetros, para permitir la colocación de los leños debajo de las parrillas. En la cocina siempre estaban los cuyes, que eran una parte importante de la dieta de los pallatangueños, los cuyes se alimentaban exclusivamente con hierba fresca que se traía de los alrededores del pueblo.
Casi todas las casas tenían su techo hecho con “cadi”, que eran las hojas de las palmeras que abundaban en los bosques subtropicales de la zona. A medida que la economía de las familias iba mejorando, cambiaban el techo de cadi por el de zinc, que era más liviano, durable, higiénico y de mejor apariencia. El techo de zinc era un indicativo de que la familia tenía un mejor nivel económico. Algunas familias tenían, junto a la edificación de su cocina, una pequeña edificación adicional, era para el horno de adobe, donde se ahornaba el pan, el chancho, o en ocasiones especiales el pavo, el venado o la guatusa. En nuestra casa, el horno era muy importante porque allí, mi madre horneaba no sólo el pan nuestro de cada día, sino el pan que ella hacía para ganarse el sustento de la familia.

Alrededor de la plaza central del pueblo se construyeron las principales calles y, por supuesto, las edificaciones más importantes como la iglesia, el convento (residencia del cura), la escuela, y muy cerca la Tenencia Política y la Cárcel (que estaba debajo de las oficinas del Teniente Político). Junto al convento estaba la casa del único boticario del pueblo, el señor Tufiño, un hombre bajito, blanco, de cejas muy negras y espesas, de hablar pausado y algo amanerado. El en realidad era como el médico del pueblo, el único que sabía poner inyecciones y a quien los niños solíamos temer cuando llegaba, porque sus visitas generalmente significaban un doloroso y desagradable “pinchazo” en las nalgas


LA CASA DEL ZAMBO PAREDEZ,SIMBOLO DE LA VIVIENDA DE MI PUEBLO

La calle principal, que pasaba por la iglesia y que mucho después fue nombrada “calle Diez de Agosto”, tenía un total de treinta casas cuyo frente miraba hacia el este, y comenzaba en nuestra casa, al norte, y terminaba en la casa del “Zambo Paredes” al sur. El zambo era un personaje muy importante en el pueblo, era el carpintero que había construido muchas de las casas de Pallatanga, y quien se convirtió en el fundador y director de una escuela de carpintería cuyos discípulos construyeron todas las casas del pueblo. Aún hoy, después de dos tercios de siglo, hay muchas casas construidas por el zambo o sus discípulos, que están allí, como testigos de una era ya pasada, pero que permanece intacta en nuestros recuerdos

Alrededor de la plaza, en el lado oriental del pueblo, había unas doce casas, entre ellas la de Isidoro Martínez, la del “gato Ricaurte” y la de don Rodolfo Torres, estas dos últimas estaban pintadas con alegorías ecuestres, recordando a Los Libertadores, Simón Bolívar y Sucre, con el escudo del Ecuador en medio. En ambas casas había tiendas que vendían desde abarrotes hasta materiales de construcción.Eran el equivalente pallatangueño de los ¨malls" de hoy en las grandes ciudades


SIMBOLO DE PALLATANGA, LA CASA PINTADA CON IMAGENES DEL MARISCAL SUCRE Y EL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR

Perpendicular a la anterior, en dirección oeste-este, en direcció al río, comenzaba una callecita de no mas de cinco casas, incluyendo una muy bajita, con paredes de adobe y techo de cadi, donde vivían doña Mariana Morales y sus tres hijas, que hacían llapingachos de papa y zanahoria blanca con queso criollo. Los llapingachos eran fritos en manteca de chancho con achiote en un latón grande puesto sobre el fogón de leña, hasta que quedaran dorados y semi crocantes. Doña Mariana y sus tres hijas servían estos llapingachos cubiertos con una salsa de maní sobre una cama de lechuga con algo de agua-sal y acompañados del infaltable “hornado”. Era el bocado más delicioso que los pallatangueños comíamos los sábados y domingos. No había lugar para sentarse, excepto una pequeña banca de madera, por eso, la mayoría de los clientes comíamos parados delante del fogón de doña Mariana. Las dos hijas más jóvenes de doña Mariana; Judith y María Luisa continuaron la tradición que su madre comenzó mucho antes de que yo naciera y la continuaron por muchos años después de que yo me fui del pueblo en 1954. Ellas fueron, y de alguna manera siguen siendo, iconos de la vida del Pallatanga de mediados del siglo pasado y actores vivos de la capacidad de trabajo de la mujer ecuatoriana en su búsqueda de supervivencia , sin importar cuán hostil o cuán benigno pueda ser su entorno.

En Pallatanga había dos escuelas primarias (una para niños y otra para niñas) y no había un colegio secundario. Allí, frente a la plaza, en el lado sur y con frente al norte, estaba nuestra escuela, “La Condamine”. Frente a la escuela estaba la Plaza, que servía muchos propósitos. Era, en primer lugar, una cancha de futbol, también allí se ubicaba las canchas de vóley y de básquet que usábamos los chicos de la escuela y donde recibíamos nuestras clases de Educación Física.

En la plaza también se ubicaba el mercado dominical, principalmente atendido por “los Licaneños”, comerciantes mestizos, casi indios, originarios de Licán, un pequeño pueblito serrano al otro lado de la cordillera, junto a Riobamba. Ellos hacían una travesía semanal de 150 kilómetros a través de los páramos de la serranía, en un viaje que les tomaba cuatro días (dos de ida y dos de regreso), arreando a sus burros, iban y venían desde y hasta su pueblo, trayendo a Pallatanga la lechuga, la cebolla, las papas, la zanahoria, el tomate, la col, la coliflor, las frutas serranas y otros productos que no se producían en Pallatanga, y llevando de regreso las naranjas, los limones, las mandarinas, la yuca, la alverja, la lenteja, el frejol, las panelas y otros productos de nuestra zona. El domingo era el día de “la feria”, el día que la plaza se llenaba de gente comprando y vendiendo, era el día en que nuestro pueblo vibraba de actividad económica, alrededor de los puestos tendidos de los Licaneños

ES SABADO EN LA PLAZA DE PALLATANGA Y LOS LICANEÑOS Y SUS BURROS HAN LLEGADO

Los licaneños y su recua de alrededor de veinte burros siempre me parecieron personajes de realismo mágico, eran el pulmón económico de Pallatanga, eran viajeros incansables que parecían dar vueltas casi interminablemente, en un mágico círculo de actividad comercial altamente importante para nuestro pueblo, manteniendo siempre su perfil bajo, humilde pero valiente, casi heroico, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, década tras década. Llegaban los sábados, casi exactamente a las tres de la tarde, acampaban en la plaza, descargaban a sus burros y empezaban a arreglar sus tiendas en la plaza, preparándose para la feria del domingo. El lunes a las nueve de la mañana, desde la ventana de mi escuela los veía partir de regreso a su pueblo, uno tras otro, arreando a sus burros, nuevamente cargados, esta vez con productos de Pallatanga para ser vendidos en Riobamba. Cuando en los primeros años de los cincuenta ocurrió casi lo imposible y llegaron a Pallatanga los primeros carros, los licaneños se negaron a desaparecer como comerciantes, se mutaron, se hicieron comerciantes motorizados y siguieron trayendo a nuestro pueblo lo que allí no se producía y siguieron moviendo la economía de nuestro pueblo, con la misma eficiencia y los mismos resultados conque los Fenicios movían la economía del Mediterráneo, miles de años antes de nuestra era. A los licaneños siempre los admiré y hasta los envidié porque eran viajeros incansables. Cuando yo era un niño de siete años, por mi mente alguna vez pasó el deseo de acompañar a estos viajeros, para ver con ellos qué había mas allá de las montañas, más allá de mi horizonte. Los licaneños fueron, son, y serán una parte importante de la historia de nuestro pueblo, y son para mí como héroes anónimos que vivirán siempre en mis recuerdos.

En mi próxima entrega: MAS RECUERDOS DE MI PUEBLO

Wednesday, July 14, 2010

LA TIERRA PROMETIDA



LA TIERRA PROMETIDA-RAFAEL MARIA SE QUEDO AQUI A TRABAJAR, A PRODUCIR, A VIVIR EN LIBERTAD

Rafael María se quedó allí, en ese valle donde en sus bosques abundan las orquídeas, las hortensias, las petunias, los floripondios, las begonias y donde las rosas, traídas de otros lares, crecen silvestres, con aromas dulces que dan placer al cuerpo y elevación al alma, flores que con sus matices y colores compiten con las mariposas por mostrar su belleza al sol. Rafael se quedó allí donde las orquestas de pájaros de múltiples colores, dan cada día en la mañana un concierto de bienvenida al día y le vuelven a cantar al anochecer, en despedida alegre, como pidiendo su pronto regreso. Tierra casi edénica, donde los pájaros con sus cantares y las mariposas que semejan un diminuto arco iris, reinan en el aire, dejando una estela de sonidos musicales y colores, de alegría, de amor, de esperanza, y de belleza, como verdadero himno a la creación.

Rafael María no se quedó allí por casualidad, él eligió esta tierra para vivir, para formar su familia, para trabajar, para prosperar, para crecer, ejerciendo su derecho natural a la vida, a la libertad, al trabajo fecundo y al bienestar derivado del esfuerzo personal, en esta tierra que el gran artista pudo haber elegido para pintar, para escribir, para amar, para cantar; que el poeta pudo haber escogido para escribir versos a la tierra, al campo, a los ríos, a la naturaleza , o que el músico pudo elegir para inspirarse y crear las más bellas partituras, himnos a la naturaleza, al Dios que la creó, o a la mujer que ama con todo su corazón. Esta tierra de montañas y de valles, donde el frío casi nunca llega y donde jamas nadie ha sentido calor. Rafael María amó esta tierra de maravilloso clima, tierra que invita al hombre a fecundarla con su esfuerzo, tierra llena de bosques con árboles robustos que generosamente brindaban su madera para construir sus casas; mientras no menos generosas, las grandes palmeras echaban al viento sus frondosas ramas ofreciéndose para cubrir sus techos
Estas tierras cautivaron a mi bisabuelo y este sucumbió a la tentación de quedarse.

Estas tierras generosamente fértiles sólo esperaban la presencia de hombres y mujeres dispuestos a trabajarlas con decisión, con amor, con pasión, para devolverles cosechas abundantes como premio al esfuerzo desplegado para fecundarlas.

Rafael María Izurieta era un hombre alto, de un metro noventa, delgado, blanco y pecoso, de ojos azules, pelo negro con mechones blancos, de barba negra que tempranamente se volvió gris, casi blanca: Igual que su padre el paisa, Rafael María tenía nariz y orejas muy grandes, ojos azules como el cielo, él era de ancestro y temperamento paisa, de la Antioquia colombiana, donde el trabajar en el campo siempre ha sido un oficio noble y respetado. Rafael tocaba la guitarra como un músico experto y cantaba como para romper corazones. El creía, igual que sus ancestros, que amar a Dios, disfrutar de la música, el amor, el aguardiente y el trabajo era la más noble, la más respetable, y digna forma de vivir.

LA TIERRA PROMETIDA, UN VALLE HERMOSO, VERDE POR EL CAMPO, BLANCO POR LAS NUBES, Y DORADO POR EL SOL

Rafael María, nació en Mocha, un pueblito serrano, muy cerca de Ambato, donde se cultivan, manzanas, peras, duraznos, lechuga, papas y muchas flores.

En busca de mis raíces, visité Mocha hace muy poco tiempo y, en efecto, allí aún quedan descendientes de mi tatarabuelo y parientes de mi bisabuelo, con el apellido y las características físicas de ellos, del padre de Rafael María, y del abuelo de mi madre. La característica más notable de los Izurieta de esta rama, dondequiera que ellos se encuentren, es su piel muy blanca y pecosa, su gran nariz aguileña, sus orejas grandes y sus ojos azules como el cielo despejado, o como el mar profundo en un día de intenso sol.

Un par de años después de su llegada, Rafael María conoció a Mercedes Victoria Núñez Arias, una joven y hermosa mujer, de tez blanca, pelo castaño oscuro y ojos cafés, nacida en Guamote, provincia del Chimborazo. Ella llegó a esta zona junto con sus padres por el año 1862, ellos también habían migrado a las semi cálidas y acogedoras tierras subtropicales para colonizarlas, para fecundarlas, para convertir su abnegado trabajo en frutos abundantes, los Núñez Arias llegaron con sus caballos, con sus mulas, con sus bueyes, con sus vacas y sus burros, abriendo caminos al andar, bajando desde las frías montañas andinas siguiendo el cauce de los ríos, desafiando a los barrancos, en busca de tierras fértiles y acogedoras y allí encontraron mucho más de lo que buscaban. Encontraron La Tierra Prometida

Mujer muy trabajadora, de carácter férreo, formada bajo los rigores de una familia con tradiciones, principios y procedimientos rectos, gente de ancestrales creencias católicas, vino de las alturas, a colonizar y trabajar las tierras bajas en las faldas de la cordillera occidental, llegó con sus padres en la primera ola de colonizadores de estas tierras y más que las tierras que buscaban, también encontró el amor. Aquí conoció a Rafael María, mi bisabuelo, el que sería su esposo y con quien formaría una familia muy grande.

Rafael María y Mercedes Victoria empezaron su vida común llenos de esperanza y de fe. En los terrenos llanos y más fértiles cultivaban caña y fabricaban panelas y aguardiente, en los terrenos más altos y en las suaves lomas cultivaban maíz, alverja, lenteja y frejoles. Mercedes fundó por el año 1875 la primera y única panadería del pueblo, y, con el fruto de su rudo y abnegado trabajo, adquirieron tierras hasta convertirse en grandes terratenientes. Su hacienda “Chasasal”, al juntarse con la “Santana” que adquirieron posteriormente, era tan grande que sus dueños nunca llegaron a conocer sus límites. Se sabe, sin embargo, que su extensión total era de más de dos mil hectáreas. Era todo el lado oriental de la montaña que va desde San Carlos hasta La Tigrera, con las correspondientes tierras bajas que llegan hasta la orilla occidental del rio Güichichi, que junto con el Coco, el Chayahuan y el Citado, son importantes afluentes del Rio Chimbo.

Rafael María y Mercedes se convirtieron en los fundadores del nuevo pueblo cuando tomando terrenos de su hacienda Santana, hicieron una donación de alrededor de doscientas hectáreas para que allí se fundara el pueblo que hoy es Pallatanga, un pueblo que, cuando yo nací, en 1942, sólo tenía alrededor de setenta casas y no más de trescientos habitantes y que agregando la población de las haciendas vecinas que pertenecían a familias de la misma ola de inmigrantes, su población total no llegaba a quinientos habitantes.

El éxito de la primera ola de inmigración a esta tierra escogida en primera instancia por mis bisabuelos, trajo más gente de la sierra a Pallatanga, en el sitio que Rafael María y Mercedes escogieron y donaron, el pueblo comenzó a crecer, se delineó una plaza con la idea de que más tarde se podría hacer un parque (idea que la materializó, muchos años después mi hermano Pancho, como primer alcalde de Pallatanga), y alrededor de esta plaza de construyeron las primeras casas. Vinieron de la sierra los Borja, los Torres, los Cardoso, los Saltos, los Granizo, los Rivera, los Robalino, los Espín, los Cevallos, los Romero, los Muñoz, los Cadena, los Chávez, los Zavala, los Mejía, los Morán, los Paredes y otros.

Casi todas las casas del pueblo tenían el mismo diseño, construidas por “el zambo” Paredes, totalmente de madera bajo el modelo clásico de vivienda costeña, con el piso de tabla sobre un espacio vacío de alrededor de 60 centímetros sobre el suelo, sobre bases de piedras traídas desde el cercano Río Güichichi, y casi todas tenían dos pisos. El espacio debajo del piso servía generalmente para guardar madera que se dejaba allí para secar y luego ser utilizada para futuras construcciones.

El piso bajo siempre tenía un portal cubierto, como en la costa, que era una especie de antesala de la casa, allí se colocaba una banca de madera, y allí se recibían las visitas de la gente que pasaba, especialmente los domingos, cuando los campesinos venían al pueblo a hacer sus compras para la semana y a oír la “Santa Misa”.

Por el año 1912 llega el primer sacerdote quien se hace cargo de los asuntos eclesiásticos de la parroquia como el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios y encuentra un apoblacion ansiosa de acercarse a Dios.

Casi todas las casas eran iguales, en el primer piso había un par de habitaciones pequeñas, como de tres por tres metros que se usaban como dormitorios o como bodegas, especialmente de mazorcas de maíz o de sacos con cereales, en una especie de granero dentro de la casa. Allí se guardaban las semillas que se usarían en la siembra al comenzar el invierno el año siguiente.

En mi próxima entrega: EL PALLATANGA QUE RECUERDO

Thursday, July 8, 2010

MIS RAICES

Preámbulo
En estas memorias, los hechos y situaciones relatados que yo mismo no viví, no son, no pueden ser, un recuento exacto y minucioso de los mismos, sino una forma literaria de llenar espacios vacíos, respaldada por relatos de familia que me han permitido tender puentes, allí donde faltan mis vivencias personales

Rafael Romero Montiel, Guayaquil, Julio 8 de 2010


Rafael Romero Montiel, Guayaquil, Julio 8 de 2010

Rafael Izurieta Restrepo, mi tatarabuelo, nació alrededor de 1820, en algún lugar de Antioquia, Colombia. De estirpe paisa, campesino de cepa, amante de la tierra, de la farra, del buen trago y de la belleza de las mujeres. El es un aventurero, valiente y decidido, mide un metro ochenta y cinco, es blanco, pecoso, pelo castaño claro, ojos azules como el mar, de nariz y orejas muy grandes. “piernilargo” le dicen sus amigos y allegados. Cuando tenía alrededor de 22 años de edad, monta su caballo y halando una mula que carga su escaso equipaje, sale de su casa paterna y se junta a un grupo de arrieros que se encaminan hacia el sur.

Eran los días de la revolución criolla contra los colonizadores españoles y las únicas rutas existentes eran los caminos abiertos por las tropas en su vaivén revolucionario o por los chapetones españoles defendiendo la existencia del imperio. Rafael se va rumbo a lo desconocido, en busca de su destino, en busca de aventuras, como buen “paisa”, en busca de tierras para cultivar y de una mujer con quien formar un hogar y compartir su vida.

Después de cabalgar por más de un mes, siguiendo la ruta de Los Libertadores, en jornadas de diez horas diarias, atravesando valles, ríos, montañas, páramos y quebradas; abriendo caminos y guiándose sólo por el horizonte y su intuición, llega a la pequeña ciudad de Ambato en lo que hasta hace poco tiempo había sido la Real Audiencia de Quito, gobernada por los conquistadores y a más de mil doscientos kilómetros de distancia de su casa paterna, de su tierra natal y de su tronco familiar. Solo quiere descansar, esta no es realmente la tierra que busca, no se parece en nada a su natal Antioquia que es montañosa pero verde, de tierras fértiles y húmedas, pero su cuerpo, su caballo y su mula no dan más, necesitan descanso, él está agotado y necesita descansar, pide “posada” en una casa cerca del camino. Sus habitantes, generosos, lo reciben bien, le invitan a descansar, a compartir su techo, le dan posada y alimento y le invitan a quedarse el tiempo que él quiera. Ellos necesitan ayuda en sus labores agrícolas.

Es la familia Espinoza, ambateños, cultivadores de cebolla, de papas, de alverjas, de frejoles, de manzanas, duraznos, peras, membrillos y otras frutas. Son tres, los dos “viejos” y su única hija Luz María, una mujer blanca, de 20 años, de pelo negro brillante, de ojos verdes, de andar pausado y cadencioso, usa trenzas en su peinado diario y es quien ayuda a sus padres en sus quehaceres campesinos y el cuidado de su amplio y florido jardín lleno de rosas, begonias, petunias, hortensias, y violetas. Alrededor de su casa esta su huerto de manzanas, duraznos, limones y capulíes, todos están en flor, pronto empezarán a aparecer los brotes de pequeñas frutas que en tres meses estarán maduras, deliciosas.

Rafael encuentra en la casa de los Espinoza el reposo que necesitaba y la tradicional acogida de la gente de estas tierras, que siempre ha recibido al “forastero” con una genuina sonrisa a flor de labios, con afecto, con sinceridad, con generosidad, con bondad. Lo invitan a quedarse unos días hasta que sus fuerzas y las de sus cabalgaduras se recuperen del todo, y además, a la hora de la comida lo invitan a hablar de sus planes, de su pasado y de lo que podría ser su futuro. Voluntarioso, y, como dicen en su tierra, “comedido”, Rafael empieza pronto a ayudar a sus anfitriones a cuidar sus cultivos, a deshierbar la sementera de papas, a limpiar los surcos de la cebolla, del ajo y del ají.

Luz María, joven y bella, casi inmediatamente después de haber llegado el “huésped”, sin darse cuenta ha empezado a vestirse mejor, a soltar su pelo largo y a dejar que se descuelgue sobre su espalda, ha comenzado a ponerse un perfume de rosas sobre sus hombros y alrededor de su cuello; sin darse cuenta se ha puesto más bonita y sus padres lo notan pero no lo dicen. Quien lo ha notado más y ha “anotado” en su cabeza es Rafael, él ha empezado a buscar a Luz María por todos lados, casi a seguirla con la vista por donde ella fuera, mientras ella, mujer al fin, ha empezado discretamente a “dejarse ver” a irregulares intervalos y a simular que no había notado la presencia de Rafael. Los días pasan para Rafael cada vez más rápidos, sabe que debe irse pronto pero su corazón, que se “ha enganchado” ya en esta tierra, le dice que no debe irse. Tímido como casi todo hombre a esa edad, no sabe qué hacer, sus planes previos y su cerebro le dicen que es tiempo de seguir su camino, pero su corazón le invita a quedarse. El debe hacer algo, y pronto, o decidirse a partir para no regresar.

Luz María sale por las mañanas al arroyo más cercano con sus dos baldes de madera a recoger el agua para el uso diario, pero esta vez Rafael que ya ha notado la rutina y ha tomado una decisión, la sigue, y al llegar al arroyo se acerca a ella, con un ramo de grandes rosas rojas en la mano, tomadas del rosal que ella mismo cuida diariamente. “Luz María”, le dice, “con estas rosas, cuya belleza palidece ante la suya, quiero decirle que estoy locamente enamorado de usted, y que he decidido pedirle que se case conmigo, que sea mi compañera para toda la vida”, y agrega,”desde el mismo momento que la vi, mi corazón se prendó de usted, y ahora ya no puedo irme si usted no está conmigo, la quiero a morir”, “por favor, déjeme quererla”.

Luz María retrocede brevemente, palidece y se pone muy nerviosa, esta es la primera vez que un hombre le ha hablado así, le encanta el acento paisa de este apuesto hombre a quien sólo ha conocido menos de dos semanas y a quien sin embargo empezó a mirar y admirar casi desde el primer día. “No sé qué decirle Rafael”, avanza a murmurar, mientras sus ojos le traicionan y empiezan a mirar directamente a los ojos de su interlocutor, e inmediatamente la delatan, sus miradas se encuentran, se conectan, los dos lo saben, esto no es otra cosa que una mutua y genuina atracción. El no resiste la tentación y extiende su mano para tomar la de ella, que tiembla pero se extiende generosa para tomar la de él. Ya no hay mas palabras, el arroyo de agua limpia y el florido y perfumado campo son testigos de un abrazo, tembloroso al principio, pero largo y cálido después, coronado por un beso de dos jóvenes que han descubierto que se atraen, que se aman y que acaban de hablar con sus ojos, con sus brazos y sus labios lo que no lo han podido decir con palabras.

Rafael se quedó en Ambato, se casó con Luz María y tuvieron dos hijas y cinco hijos, el último de los cuales, Rafael María Izurieta Espinoza, nacido en 1839, es mi bisabuelo y de él voy a decir lo que he podido averiguar de varias fuentes.

Rafael María Izurieta nació en Mocha, muy cerca de Ambato, llegó a lo que hoy es Pallatanga a mediados de la década de 1860, a la edad de 21. Joven, apuesto, fuerte, valiente y ansioso de aventuras, igual que lo que hizo su padre muchos años atrás. Montó su caballo y salió de Mocha, donde vivía, y emprendió el camino que su padre nunca terminó de recorrer, camino de descenso desde la sierra fría, hacia las tierras casi vírgenes y de fertilidad sin límites, en las estribaciones de la cordillera occidental en la provincia del Chimborazo. El se quedó en esa tierra de montañas de pendientes suaves, de bosques frondosos, de rápidos arroyos, de aguas que brotan de las rocas o simplemente desde el suelo, aguas cristalinas que descienden apresuradas y casi cantando desde las montañas, que siguen en rápido descenso por los cerros, que suavizan su marcha al pasar por ondulantes colinas y hermosos valles, y que se juntan de a poco en pequeñas quebradas, como en fértil matrimonio, hasta formar correntosos ríos ansiosos de regar los campos y embellecer el paisaje con vegetación exuberante, antes de depositar sus aguas en los correntosos ríos que se apaciguan en el llano tropical y que llegan mansos a su destino final, el inmenso mar Pacífico

Emi próxima entrega: LA TIERRA PROMETIDA