Tuesday, August 26, 2014

CAPITULO III
SOLTANDO LA LENGUA


CARLITO CON SU ALEUITA FANNY

El día de mi cumpleaños, el 30 de junio, Fanny había estado organizando una pequeña reunión con nuestros más íntimos amigos, sin que yo lo supiera, porque quería darme la sorpresa. Para el efecto había estado haciendo arreglos en la casa, que a Carlito le habían parecido inusuales y por tanto le había preguntado a su abuelita a que se debían. Fanny le había contestado que era porque iban a venir en la noche unas personas a saludar a su abuelito. Cuando eran las siete de la noche y Carlito Matteo y yo jugábamos futbol con pelota suave en mi oficina, Carlito me preguntó si esa noche, cuando viniera la gente a nuestra casa, él podría entrar a conversar con las visitas, mi contestación (a la par que me enteraba parcialmente de lo que estaba preparándose), fue que “claro, por supuesto Carlito, esta es tu casa, y en ella, tu puedes hablar con cualquier persona, a cualquier hora y en cualquier lugar”, la respuesta de Carlito en ingles fue; “exactly “ y Matteo, que se encontraba junto a nosotros, con voz firme y convincente agregó en un castellano perfecto; “exactamente Carlito”.

LA FAMILIA ROMERO VERA COMPLETA, DESPUES DE DIEZ AÑOS

Lo hizo en un español clarísimo como si fuera un auténtico y versado guayaquileño, no podía creerlo, era Matteo, mi nieto de cuatro años, cuya primera lengua es el inglés, quien usando el tono y el acento apropiado, había captado la idea tan perfectamente que no cabían dudas de ninguna clase.
Abracé a mis dos nietos con la emoción que uno tiene al descubrir que tus hijos están en el camino de aprender el significado de palabras o expresiones que no son comunes y que ellos por primera vez las usan apropiadamente. Fue uno de los momentos más felices que viví junto a mis nietos. Después de esto, cada vez que tenía oportunidad de usar la palabrita, Matteo la usaba, con la seriedad y el aplomo de un adulto versado en la lengua de Cervantes.
A partir de la segunda semana de su visita, mis nietos empezaron a sentirse más cómodos hablando español, por ejemplo, cada vez que iban conmigo al Country Club, ellos iban en los asientos traseros y yo manejaba. Matteo no dejó nunca de recordarme que debía ajustarme el cinturón de seguridad con una firme exhortación en perfecto castellano diciéndome “cinturón señor!”

CARLITO Y MATTEO CON SU AMIGO MAXI

SIGUE LA COPA DEL MUNDO

El mundial seguía su curso y Carlito estaba más metido que nunca en los detalles del mismo. Se venía el partido Brasil vs Colombia (el 4 de julio) y todos los adultos de la casa le íbamos a Colombia, que hasta entonces había hecho un excelente papel y brillaba con estrella propia su jugador James Rodríguez, quien le había hecho un espectacular gol nada menos que a Uruguay, para ganarle 2-0, y pasar a cuartos de final; partido en el que Carlito (no podía ser de otra manera) le fue a Colombia y se regocijó con el triunfo cafetero, principalmente porque eliminaron al Uruguay del odiado doggie Suarez.
Pero, se vinieron los cuartos de final, y en ellos debían enfrentarse Brasil y Colombia, para que el ganador pasara a las semifinales, allí sí, Carlito (y por tanto Matteo), mantuvo firme su lealtad hacia Brasil, a pesar de que todos los demás le íbamos a Colombia, nuestro país vecino, que además jugaba con una camiseta parecida a la de Ecuador.

CARLITO Y MATTEO, HINCHAS DE BRASIL CON SU BANDERA

Para este partido los niños se vistieron, cómo no?, con el uniforme de Brasil
El partido fue muy disputado, y casi al final, el árbitro anuló un legítimo gol de Colombia, con lo cual Brasil, el anfitrión, pasaba a semifinales, donde, oh impredecible futbol! a Brasil le esperaba una dolorosa crucifixión.

DISFRUTANDO LA COPA HASTA EL FINAL

Carlito gozó del triunfo con la alegría y la euforia de un legítimo brasileño (y cómo no?, acolitado por Matteo), y, claro, siguiendo nuestro protocolo, les abracé y besé felicitándoles por el triunfo de su equipo, felicitaciones que ellos recibieron con gran alegría y orgullo por el triunfo de “su equipo”.

Visitábamos el sábado 5 de julio a nuestros amigos Julio y Rocío en su bella casa de playa cerca de Olón, y ese día se enfrentaban, a las dos de la tarde Costa Rica y Holanda por cuartos de final. Muy por la mañana, los niños y yo nos bañamos en la piscina y después, decidimos caminar por la orilla del mar. Antes de bajar a la playa, Carlito me pidió que buscara una funda plástica porque quería hacer algo que no entendí muy bien durante nuestro paseo. Carlito salió conmigo y, oh sorpresa, lo que quería era recoger los desechos plásticos que estaban botados en la playa, junto al mar, porque “quería ayudar a que el agua del mar no se contamine y por tanto no se mueran las aves y los animalitos que en ella vivían”… Terminamos recogiendo tanta basura que llenamos la funda plástica que habíamos llevado y regresamos a bañarnos en la piscina. Me sentí una vez más orgulloso de mi nieto y de su tempranísima concepción de un mundo limpio y amigable con la naturaleza.
Entretanto, Matteo, fiel a su costumbre de curioso “investigador”, acompañado por Janet, una chica del lugar que nos ayudó a cuidar a los niños los dos días de ese fin de semana, continuó caminando por la playa, observando y examinando las conchitas, disfrutando del vuelo de las aves y sobretodo correteando a los cangrejitos que se le escondían en sus diminutas guaridas. Su curiosidad era tal, que se pasó en la playa en su tarea “científica” por más de una hora después de que Carlito y yo nos habíamos retirado y no dejó de hablar de su experiencia con los animalitos de la playa hasta después de algunos días.
Ah!, pero a las dos de esa tarde había un partido que a Carlito le interesaba mucho, igual que al resto de las visitas (todos adultos) que estábamos en la Casa de Julio y Rocío. Era el partido entre Holanda y Costa Rica por cuartos de final de la copa del mundo. Carlito se instaló en la sala, frente al televisor, y junto a él estaba su hermano Matteo, los dos habían declarado a los cuatro vientos su simpatía por Holanda, mientras que todos los demás (unas catorce personas), se inclinaban por Costa Rica. Yo, a pesar de que mi corazón estaba con Costa Rica, decidí obedecer a mi cerebro y me mantuve neutral y por tanto no alentar a Costa Rica, para no dejar totalmente solos a Carlito y Matteo.
Uno de los adultos asistentes era Quino Gómez, un amigo español andaluz que guardaba en su corazón el deseo de venganza con Holanda por su goleada de 5-1 a España (para todos los demás, menos para Quino, eso era ya sólo un lejano recuerdo), y decidió que con intermitentes contrapuntos mostraría a Carlito su antipatía por Holanda más que su simpatía por Costa Rica


CARLITO Y SU TIO RAFAEL HABLANDO DE FUTBOL

El partido se hizo mucho más complicado que lo que todos esperábamos, y el Goliat europeo no pudo con el David latinoamericano en los noventa minutos de tiempo normal, y tampoco pudo en los treinta minutos de tiempo suplementario, así que se fueron a los penales para definir el ganador. Quino se acercaba con frecuencia a Carlito para insinuarle que se declarara vencido, pero este se mantenía firme aunque sufriendo por que los contendores no se daban tregua. Finalmente, en la tanda de los penales, Holanda se impuso a Costa Rica y Quino salió de la sala con el rabo entre las piernas, mientras Carlito, exuberante me abrazaba y mostraba su impresionante emoción de ganador. Unos minutos después, me preguntó, “alehuito, y ahora que le digo al señor que me molestaba tanto en el partido?” , “anda, ve y dile que Holanda se merecía ganar, que es un buen ganador pero que Costa Rica jugó muy bien”, pero me imagino que Carlito no quería refregarle limón sobre la herida a Quino, y sólo se le acercó y le dio la mano, como diciéndole "Quino, lo siento por ti, pero valió la pena el sufrimiento"

Los partidos de semifinales los decidimos ver en pantalla gigante, en el cine, donde en una sala con asientos muy cómodos, y mientras degustábamos los infaltables nachos y el canguil, vimos a los cuatro mejores equipos del mundo, enfrentarse a muerte con la esperanza de llegar a la cima. Esos equipos fueron; Brasil, el anfitrión, que llegó hasta aquí sin convencer a nadie; Alemania, que excepto por un contundente 4-0 a Portugal, tampoco se veía como el claro e innegable ganador; Argentina que había llegado de la mano de su estrella Messi, pero tampoco lucía como un claro candidato al máximo título, y la impredecible Holanda, que después de crucificar a España (5-1), tuvo que sudar la gota gorda para ganar a Costa Rica en la tanda de penales. En esas condiciones, cualquiera podía ganar y por tanto cada partido nos llenaba de emoción. Después de cada partido en el cine, a los niños los llevábamos a comer yogurt y pan de yuca, una delicia gastronómica típica de Guayaquil, que Matteo y Carlito disfrutaban cada vez más.


MATTEO CON SU MAMA MARIUXI

La mayor sorpresa de las semifinales fue, sin duda, la inmisericorde goleada de Alemania, que mostrando un futbol contundentemente agresivo y coordinado, masacró a Brasil por 7-1, una goleada que no solo electrocutó a Brasil que hasta entonces se consideraba a sí mismo como el más firme candidato a la corona de campeón, sino que provocó un mar de lágrimas en todo el país. Carlito, que le había ido a Brasil en este partido, no pudo evitar unirse a los brasileños en el llanto, que sólo se calmó cuando su aleuita y yo le dimos un fuerte abrazo, diciéndole que lo sentíamos mucho y que había que seguir adelante disfrutando del mundial.
Fue una píldora muy amarga la que tuvieron que tomar Carlito, lealmente acompañado por Matteo que invariablemente estaba con su hermano en sus simpatías futboleras, tanto en el triunfo como en la derrota.

En el partido Argentina-Holanda el día siguiente, nosotros le íbamos a Argentina y Carlito a Holanda, ganó Argentina en los penales, con una actuación maravillosa de su arquero el “chiquito Romero”. El dolor de Carlito ya no fue tan fuerte, ahora ya sabía quiénes eran los finalistas, e inmediatamente se alineó con Alemania.
El nombre de “chiquito Romero” sin embargo, se impregnó en las memorias de Carlito y Matteo, y de allí en adelante, en cada partido que jugábamos en nuestro patio o en la piscina, uno de los dos adoptaba el nombre del arquero Argentino cuando les tocaba ir al arco a parar los disparos del equipo contrario en el que yo era arquero, defensa, mediocampista y delantero, todo en uno.


LA TIA ANGIE, MARIUXI Y MATTEO


En mi próximo capítulo hablaré sobre como mis nietos disfrutaron de los últimos tramos de la copa del mundo pero especialmente de la final, cuando vestidos con el uniforme del equipo alemán y mirando en pantalla gigante vieron al equipo de su preferencia ganar y coronarse campeón. No dejen de leerlo

Wednesday, August 20, 2014



CAPITULO II
LA COPA DEL MUNDO
Pero lo más grande y mejor estaba por venir. Carlito es, desde hace por lo menos tres años, un fanático de los deportes, pero en especial del futbol, su equipo favorito es el Manchester United, uno de los más destacados equipos de la Liga Inglesa cuyos partidos los sigue invariablemente por la TV internacional.
Carlito llegó al Ecuador nada menos que el primer día de la mayor fiesta del futbol del mundo que sólo se da cada cuatro años. Nada que ellos hayan visto u oído en materia de deportes se iguala a lo que pudieron ver y palpar durante los 31 días que duró el Campeonato Mundial de Futbol. Carlito traía desde la tierra de sus abuelos paternos, Líbano, las calcomanías de los jugadores de todos los países participantes en el torneo. Aquí muy pronto entendió la planificación y los horarios de los partidos, y siguió a través de la TV, con la atención, devoción y comprensión de un hincha adulto, todos los partidos del mundial.

FESTEJANDO UN GOL

Matteo seguía con atención los partidos que le cautivan a su hermano y le hace barra al mismo equipo que Carlito, pero el nivel de su atención disminuye lentamente a medida que transcurren los noventa minutos de la competencia. Si no hubiera sido por su lealtad a Carlito, a él más le hubiera gustado disfrutar de los programas del canal de Disney. Su lealtad al equipo que escogió, sin embargo, se mantenía inalterable.
En cada partido Carlito, y por tanto su hermano Matteo (que siempre preguntaba a Carlito cuál era su equipo, para adherirse al mismo con un sencillo “me too”), seguían la competencia hasta en el más mínimo detalle. Al principio sus expresiones de admiración por una buena jugada, o, de reproche por una mala, eran en inglés, (“wow, what a great goal”; “what a miss”; “what a fool”, “how can he miss that”); pero a medida que avanzaba el campeonato y aprendían nuestras expresiones en español, empezaron a desarrollar su lenguaje criollo para el futbol, con expresiones como “que golazo!”, “que bestia!”, “se lo comió” (ese gol), o “arquero mantequilla” “se la pasaron por las anchetas”, etc., etc., expresiones típicamente guayaquileñas que nos oyeron decir a su tío Rafael o a mí durante los partidos. Poco a poco su inglés fue dando paso a un español muy guayaquileño, con el acento y la entonación propia de nuestro medio. Al oír hablar en español a Matteo, nadie podría suponer que su primera lengua es el inglés, que él lo usa con una propiedad y una sintaxis propia de un niño de cuarto grado.

CARLITO Y EL ABUELO REVISANDO EL CALENDARIO DEL MUNDIAL

Nuestro día se distribuía muy estrictamente tomando como eje el horario de los partidos del Mundial, así, se levantaban a las siete y media de la mañana, se bañaban y bajaban a desayunar (cada uno ordenaba a Simona el desayuno de su preferencia), después de lo cual, Mónica les bañaba y vestía para inmediatamente dirigirnos a la clase de tenis en el Guayaquil Country Club, donde su entrenador, Wimper, los esperaba para la clase de 9:30 a 10:30, para luego de un descanso de 30 minutos pasar a una pequeña sala que el club nos tenía preparada, con TV de pantalla gigante.
Mientras esperábamos el primer tiempo del partido, Panchito, el jefe de los meseros del Country nos invitaba al canguil y los chifles que Carlito comía con la deliciosa salsa de ají del club; Matteo acababa el tazón de chifles en un abrir y cerrar de ojos y pedía más. Luego venía el plato principal que era generalmente un espagueti a la boloñesa para Carlito mientras que Matteo se comía una corvina a la plancha con brócoli.
Siempre respetuosos de las reglas que su mamá les ha enseñado sobre bebidas, ellos siempre bebieron sólo agua. Terminado el primer partido, a la una de la tarde salíamos del club y nos dirigíamos a la casa, para ver el segundo partido, que comenzaba a las dos. No siempre coincidíamos en el equipo de nuestras preferencias, pero cuando terminaba el parido, y cualquiera que haya ganado, nos abrazábamos para felicitar a los hinchas del equipo ganador.
El tío Rafael construyó con los niños una relación muy especial y en esto el futbol y la Copa del Mundo eran los elementos que permitían el mayor contacto. Los niños lo buscaban siempre para discutir de futbol, de los equipos, de posibles clasificados, de ganadores o perdedores. Ellos tenían sus equipos favoritos y su tío los suyos. Casi nunca coincidían en sus preferencias y eso era el elemento que los separaba, pero que a su vez fortalecía su relación porque permitía la discusión. Era un ejemplo de que en el futbol como en la vida, los adultos, tanto como los niños pueden discrepar y seguir siendo buenos amigos. Rafael casi siempre le iba al que él llamaba el “underdog”, o al equipo con menores opciones de ganar en cada partido, casi como en una apuesta , apuntándole a la suerte más que a la lógica, mientras que los niños sabían a qué equipo le iban y porqué, sin cambiar sus preferencias por nada del mundo. El resultado de cada partido, gane quien gane, era motivo para fortalecer la relación, porque habíamos decidido que el perdedor debía siempre felicitar al ganador con un “fue un buen partido” y un fuerte abrazo al ganador.
Después del segundo partido de la ronda de clasificación, los días que no tenían clase de natación, Carlito y Matteo salían a nuestro patio trasero a jugar su propio partido de futbol con su tío Rafael, en quien encontraron un duro contendor siempre dispuesto a competir con ellos. Llegaron a tener una vibrante y estrecha relación, aprendiendo a respetarle su tiempo de trabajo pero exigiéndole su compañía cuando lo veían desocupado.


Cuando Rafael, por razones de trabajo tuvo que viajar, los primeros días de su ausencia ellos iban al cuarto de su tío a buscarle para invitarle a sus partidos de futbol, pero tristemente regresaban sin encontrarle, esperando que pronto regresara. En ausencia de su tío Rafael, eran Alfonsito o su aleuito los contendores de turno. Todos los días había futbol en la “cancha” de la casa

COMO PECES EN EL AGUA


Tres veces por semana, a las seis de la tarde Carlito y Matteo tenían clase de natación con Nicole, una linda chica amiga de la prima Gaby Muñoz, que venía desde Samborondon para esta clase, y en los días en que no tenían clase con ella, igual, los niños y yo nos metíamos a la piscina, a jugar futbol acuático y cada uno de nosotros tomaba el nombre de un famoso futbolista. En las dos últimas semanas de su estancia en Guayaquil, Matteo, a quien le gustaba hacer de arquero, se tomó el nombre de “chiquito Romero”, el gran arquero de Argentina. Nuestros partidos casi siempre terminaban empatados, con lo que el próximo partido siempre tenía la emoción del desempate. A las siete de la noche nos juntábamos a la mesa con aleuita, tío Rafael, los niños y yo, a discutir los partidos del día y hacer los pronósticos para los del día siguiente y tomar partido por un equipo en cada uno. Era además la hora para que ellos vieran un poco de TV, y su canal favorito era el 116, el canal de Disney, donde aparte de divertirse con las aventuras de Dora la Exploradora, aprendían mucho el español, nuestra bella lengua


FINALMENTE TODOS JUNTOS
Nuestra familia es muy grande, tuve muchos hermanos y por eso tengo muchos sobrinos que a su vez tienen muchos hijos y algunos de sus hijos ya tienen también sus propios hijos (lo que me hace a mí un tío bisabuelo). Juntos, hacemos una tribu de más de setenta personas distribuidas por el mundo y tenemos pocas oportunidades de juntarnos, pero cuando hay una, como la llegada de nuestras hijas Mariuxi y Angie (quien hizo un alto de cinco días a sus altas responsabilidades en Los Angeles para estar con nosotros ese día), no dejamos pasar la oportunidad y la aprovechamos para juntos celebrar la familia y la vida.

LOS TRES HERMANOS, AL FIN JUNTOS

Hacía más de diez años (desde el matrimonio de Mariuxi en 2004), los cinco miembros de nuestra familia, mi mujer, Mariuxi, Rafael, Angie y yo no habíamos podido estar juntos. Esta vez, se hizo el milagro porque las grandes ausentes, Mariuxi y Angie estaban con nosotros. BINGO! Esta es la oportunidad entonces. Hasta con señales de humo llamamos a la tribu y esta respondió. Cierto es que la tribu no estuvo completa, pero el 18 de junio en mi casa faltaron muy pocos por razones muy entendibles; algunos por estar muy lejos en alguna parte del mundo y otros por razones de trabajo o de salud, pero tuvimos un amplio quorum y unánimemente la tribu votó por divertirnos y pasarla bien. Por razones de experiencia (no de edad, por si acaso), yo era el jefe de la tribu, e hice un brindis por nuestros antepasados, por toda nuestra extensa familia, por nuestros hijos, por nuestros nietos, y por la VIDA!. La pasamos muy lindo, pertenecemos a una tribu maravillosa y la permanencia de la familia y de nuestra sangre está ampliamente asegurada.

EL TIO FAYEL Y SUS DOS SOBRINOS

Y SIGUE LA COPA DEL MUNDO
Excepto por su invariable apoyo a Brasil, aun después de su trágico 1-7 frente a Alemania, el amargamente imborrable 8 de julio, Carlito y Matteo siempre estaban del lado de los equipos europeos, no obstante que nosotros, los adultos, siempre les íbamos a los equipos de América Latina. Cuando le preguntábamos a Carlito porqué su apoyo a los europeos, aun sabiendo que su mamá y nosotros le íbamos a los equipos latinos, su invariable respuesta era; “por mi papá”
Carlito escogió que dormiría conmigo en la cama King size, tres cuartos de la cual él ocupaba, revoloteándose en ella toda la noche mientras que yo me acomodaba en lo que quedaba de mi normalmente amplia cama. Muy frecuentemente antes de dormirse, nos abrazábamos fuertemente dándonos palmaditas en la espalda (un “abrazo de compadritos”) para desearnos una buena noche y él me daba un beso, que yo devolvía con muchos más.
Fue en una de esas noches, pocos días antes de irse, cuando él sabía que su viaje de regreso estaba cerca, cuando me abrazó fuertemente antes de acostarse, y mientras me daba mi abrazo de compadrito me dijo al oído en su español incipiente; “tu es mi mejor amigo del mundo”, bellas palabras que nunca olvidaré y que se las recordé cuando con otro abrazo de compadrito nos despedimos en el terminal aéreo, poco antes de que pasaran al área de inmigración y luego a la sala de espera antes de abordar el avión que los llevaba de regreso a sus padres que los esperaban en Paris.
Mariuxi nos pidió que por las noches leyéramos historias infantiles con Carlito que está aprendiendo a leer, y así lo hicimos. Luego de la lectura hacíamos una sesión de comprensión en la que Carlito era sobresaliente.


Confieso que no fuimos muy estrictos con el horario de dormir ( es imposible ser estrictos con los nietos, no es así abuelitos?), les permitíamos ver TV o jugar con sus “tabletas” o la mía, hasta que mostraban síntomas de tener sueño, lo cual ocurría alrededor de las diez de la noche. Yo me levantaba algunos días a nadar a las siete de la mañana y Carlito se quedaba en la cama durmiendo. Poco después aparecía Carlito en la piscina y se lanzaba con un salto al agua y entonces empezábamos a jugar hasta las ocho, hora de desayunar y prepararse para la clase de tenis.
El Mundial transcurría con muchas emociones y con muchos goles, pero sin grandes sorpresas excepto las iniciales, como la goleada de Holanda a España (5-1) o el avance incontenible de una desconocida Costa Rica sobreponiéndose a tres ex campeones mundiales (Italia, Inglaterra y Uruguay). El partido de Italia con Uruguay fue especialmente importante para Carlito, que como buen fanático del Manchester United, y por tanto enemigo del Liverpool, donde jugaba Suarez, bautizó a éste como “doggie Suarez” (perrito Suarez), después del mordiscón que este le dio al jugador italiano en los octavos de final, que Carlito llamaba “the round of sixteen”, porque no entendía el término “octavos de final”.

En el capitulo III, que publicaré en pocos días, describo el proceso de enseñanza y aprendizaje de nuestro idioma a mis nietos, no se lo pierdan...




Monday, August 18, 2014


HISTORIA DE UNA VISITA IMPORTANTE
“Esto es lo mejor que me ha pasado en mi vida”
“This is the best thing that has ever happened in my life”
Matteo Tachdjian (4), Guayaquil, Junio 26, 2014
PROLOGO
Esas palabras, dichas en voz alta y con su contagiosa y pícara sonrisa por mi nieto Matteo, de cuatro años de edad, el día que por primera vez se metió con su hermano Carlito en el Jacuzzi de nuestro dormitorio, resumen a perfección la experiencia que acabo de pasar, teniendo a nuestros nietos de visita en Guayaquil.
Mil Gracias a Carl y Mariuxi, los padres de mis nietos, por las maravillosas semanas que hemos pasado junto a Carlito y Matteo, disfrutando de sus alegrías, de sus sonrisas, de sus juegos, de su compañía y aprendiendo tanto de ellos, de su innata sabiduría e inteligencia, a la par que haciéndoles conocer nuestro país, nuestra ciudad, nuestro idioma y nuestras costumbres.
Se fueron con su “aleuita” Fanny de regreso a Paris, pero me han dejado su recuerdo, y en él me regocijo y vuelvo mentalmente a vivir su presencia, y por eso escribo estas líneas, para contar a mi familia y a mis amigos lo muy felices que hemos sido con ellos, porque, parafraseando a mi nieto Matteo, “esto es lo mejor que me ha pasado en mi vida”.
Al despedirme de mis nietos en el aeropuerto, sentí un enorme nudo en mi garganta, sobre todo cuando primero Carlito y luego los dos me abrazaban tiernamente sabiendo que se iban y que yo me quedaba. A Carlito le dije en el oído que recuerde que yo soy “su mejor amigo del mundo”, el título honorífico más importante que he recibido en mi vida, y que él mismo me lo dio una noche mientras me abrazaba tiernamente antes de acostarse
Me temía que mi casa vacía y silenciosa iba a hacerme llorar por la ausencia de mis nietos, en realidad no ha tenido ese efecto, por lo menos no hasta ahora, porque pienso continuar disfrutando de los recuerdos de su visita, y por eso escribo estas líneas.

CAPITULO I
LA LLEGADA A GUAYAQUIL
Junio 12 2014
Son las siete de la noche y vamos al Aeropuerto Internacional José Joaquín de Olmedo a recibir a Mariuxi y sus hijitos, nuestros nietos que llegan en el vuelo 927 de American Airlines desde Paris, vía Miami, en un largo viaje de 18 horas. Ellos vienen desde Riad, la capital de Arabia Saudita donde viven con sus padres, que son ejecutivos de empresas multinacionales desde septiembre del 2013. Los niños han estado viajando por tres días consecutivos, haciendo escalas en Beirut, Líbano, Paris, Francia y Miami, antes de tocar tierra en Ecuador.
Carl, el padre de los niños es un brillante y joven profesional libanés de ascendencia armenia a quien mi hija Mariuxi, ecuatoriana por nacimiento, conoció en la Universidad, cuando ambos hacían sus estudios de pos grado en la Thunderbird School of Global Management, en Phoenix, Arizona, donde se graduaron en el año 2002. Sus hijos, nuestros nietos, por tanto, desde muy pequeños están destinados a asimilar, través de sus padres, y de nosotros, sus abuelos paternos y maternos, las culturas ancestrales de la sangre que corre por sus venas. He allí la importancia que para nosotros, tanto como para sus padres, tiene la visita de nuestros nietos a Ecuador. Esta es la oportunidad que tenemos sus abuelos maternos, para transmitir a estos niños que vienen de un mundo tan diferente, nuestra cultura, nuestra música, nuestros orígenes, nuestros valles, nuestras montañas, nuestros ríos, y, por supuesto, nuestro idioma. Fanny y yo estamos plenamente conscientes de la importancia que para los niños, para sus padres y para nosotros tiene la llegada de nuestros nietos a nuestra patria y a nuestro hogar.
La espera parece interminable, el avión había llegado a la terminal aérea de Guayaquil a las siete y media de la noche, pero ya eran casi las nueve y ellos no salían al área de pasajeros especiales en que los estábamos esperando.
Sentía una mezcla de angustia por la demora y felicidad porque ya estaban muy cerca y podría abrazarles, besarles y sentirles junto a mí. Caminaba de un lado al otro dentro de la sala de espera, inquieto me paseaba mirando hacia la puerta de acceso de los pasajeros, esperando que se abriera para dejar pasar a nuestra hija y a nuestros nietos. Soy un abuelo chocho, sin la menor duda, y no tengo ningún problema en confesarlo, es más, me siento orgulloso y feliz por serlo y por admitirlo. Podría decirlo a voz en cuello para que lo sepa todo el mundo.

COMIENZA LA FIESTA

Doce meses han pasado desde la última vez que los vi partir con su abuela rumbo a Dubai, y eso es un tiempo muy largo para mí (y para ellos una buena parte de sus vidas), y mi temor era que al llegar no me reconocieran, especialmente Matteo el más pequeño de los dos. Mi ansiedad y mis temores se acabaron súbitamente pocos minutos después, para transformarse en una explosión de felicidad, cuando Mariuxi, con su barriguita ya mostrando que espera a su tercer bebé (una niña que se llamará Luna María), con sus dos hijitos agarrados de su mano, aparecieron en la puerta de acceso al área donde los esperábamos y los tres al unísono mostraron sus amplias sonrisas de felicidad y me abrazaron y abrazaron a su “aleuita” Fanny.
Los tres viajeros estaban muy cansados por el largo viaje, pero vibraban de emoción por haber llegado y esa emoción la trasladaban a sus sonrientes rostros y a sus inquietos brazos y, por supuesto a nosotros, sus abuelos que los esperábamos con ansiedad. Alehuiiiiito!, gritaron casi al unísono Carlito y Matteo cuando me vieron parado junto a la puerta de acceso con mis brazos tan abiertos como era posible para abrazar a los tres viajeros al mismo tiempo. A partir de ese momento empecé a vivir mi propia versión de lo que Matteo, con su innata y chispeante inteligencia llamó después “lo mejor que me ha pasado en mi vida”.
Así comenzó lo que yo tanto había estado esperado, la “fiesta ecuatoriana” para mis nietos. Esas vacaciones que son casi el único espacio de tiempo y de contacto entre abuelos viviendo en Ecuador y nuestro nietos, viviendo con sus padres muy lejos de nosotros, tan lejos que físicamente sólo los podemos ver una vez por año, cuando ellos están de vacaciones. Es el espacio de tiempo que tanto esperamos los abuelos, para fortalecer el poderoso vínculo de la sangre y de los genes que nos unen y permitirles encontrar y disfrutar de lo mejor de sus raices maternas. Es el espacio de tiempo que necesitamos para establecer los vínculos que nos permitirán vivir nuestras vidas, separados por la distancia pero unidos por nuestro profundo e indisoluble amor de abuelos a nietos y de nietos a abuelos.
Contrario a mis temores por el tiempo transcurrido desde la última vez que nos vimos, tanto Matteo como, con mayor razón, Carlito, entraron a la “fiesta” de sus vacaciones con la misma emoción que yo. Reconocieron nuestra casa como si fuese ayer cuando se fueron. Se sintieron como “patitos en el agua“ y yo, como niño con juguete nuevo, dispuesto a darles todo el tiempo que necesiten para que sus vacaciones ecuatorianas sean tan llenas de emoción y las recuerden tanto, que en los próximos años puedan pedir a sus padres volver siempre al Ecuador a visitar a sus abuelitos y pasar sus vacaciones.
Muy temprano al día siguiente de su llegada hicieron un “reconocimiento del terreno”. Volvieron a ver y les encantó nuestro patio trasero, lleno de flores, que como esperándolos, aparecían por todas partes, caminaron en el verde y mullido césped donde el año pasado tuvimos repetidos y emocionantes partidos de futbol, reconocieron la pelotita de futbol ya medio desinflada con la que jugamos nuestros “clásicos” en el 2013, encontraron también la nueva pelota de futbol que su tío Rafael les había comprado, con el diseño de las pelotas con que se jugaría el campeonato mundial en Brasil, y se emocionaron aún más (adoran el futbol); miraron la piscina en forma de riñón con su contorno de rocas y rodeada de maceteros con flores de múltiples colores, y recordaron que allí también tuvieron momentos muy gratos el año anterior; salieron al frente de la casa y encontraron el aro de basquetbol que usamos el año pasado para nuestros grandes partidos.
Reconocieron y saludaron a Simona, Mónica y Alfonsito, nuestros empleados cómplices y encubridores de sus travesuras. Estaban ya listos para comenzar sus “vacaciones ecuatorianas”. Lo primero que hicimos esa mañana después del desayuno fue jugar un partido de basquetbol. Carlito es un especial encestador, y por tanto, me ganó el partido que habíamos pactado a veinte puntos. Matteo hacía de árbitro y su neutralidad se mantenía sólo hasta cuando Carlito reclamaba una falta (que a veces no existía) y que el “árbitro” sin dudar, se la concedía. A mí me amenazó un par de veces con una “yellow card” (tarjeta amarilla) for faltas que en su opinión yo había cometido.

Thursday, June 19, 2014



MI VISITA A CALIFORNIA/ABRIL 2014

SEGUNDA PARTE-VISITANDO A LOS PRIMOS IZURIETA

Nuestros primos Pancho y Mechita Izurieta son dos empresarios exitosos en la grande y bella California. Los dos son dueños y manejan cada uno su negocio de una Óptica. Mechita en Los Angeles y Pancho en Palm Springs. Esto es el fruto de su trabajo incesante y abnegado, ellos se lo han ganado a base de su esfuerzo, de su incansable trabajo consistente e invariable y admirable. Ese es el premio que han conseguido por su lucha tenaz y permanente.
El viaje para el siguiente día había sido preparado con mucha anticipación y coordinamos con Mechita que con Angie llegaríamos a su casa a las ocho de la mañana. Angie se regresaría a Los Angeles y de allí en adelante seguiríamos hasta Palm Springs con Mechita de piloto.

Llegamos tal cual lo habíamos planeado y Gustavo Andrade, el esposo de Mechita nos recibió muy cariñoso y nos invitó a pasar. Su residencia está en una ciudadela que tiene al fondo las grises montañas del sur der California, es de color beige con techo de tejas, tiene dos pisos y un amplio jardín lleno de flores y con árboles de naranja y limoneros. En el primer piso está la sala principal, una sala de estar, el comedor y la cocina mientras que en el segundo piso están los dormitorios. Gustavo nos invitó a desayunar con jugo de naranja, huevos revueltos pan y mantequilla. La hospitalidad de Gustavo, a pesar de ser esta solo la segunda vez en la vida que nos hemos visto, es excepcional y estamos muy agradecidos por ello.

A las nueve Mechita salimos con dirección a Palm Springs. Gustavo se queda en casa y Angie se regresa a Los Angeles. Con Mechita al volante, pronto entramos a la autopista número 15 y después de unos minutos volvemos a la autopista I-10, para enfilar hacia Palm Springs. La ruta a Palm Springs atraviesa un extenso desierto donde hay montañas grises de lado y lado y entre ellas una gran cantidad de grupos de molinos de viento que son generadores de energía eólica. A las diez en punto de la mañana llegamos donde Lucha, su mamá, nuestra querida Lucha, madre de mis primos, quien nos espera con su siempre amplia y contagiosa sonrisa y el afecto invariable que le sale a borbotones.


MOLINOS DE VIENTO GENERADORES DE ENERGIA EOLICA
EN LA RUTA A PALM SPRINGS

En su casa estaba ya su hermana Gloria, la Glorita que yo conocí cuando yo tenía dieciséis años y a quien solo había vuelto a ver una sola vez en los últimos cincuenta y cinco. Las dos nos dieron una bienvenida muy cariñosa. Lucha a través de su siempre esplendida hospitalidad, haciéndome sentir inmediatamente como si estuviera en mi propia casa.
En el camino hablamos con Mechita de su infancia y adolescencia en Guayaquil, de lo que recuerda de su padre (mi primo Raúl Izurieta), de la vida con sus abuelitos, y de su viaje a Los Angeles, donde los esperaba su madre que había quedado viuda cuando sus hijos apenas tenían 15 y 13 años: también hablamos de su vida nueva en Los Angeles y de su difícil pero rápida adaptación a su nueva vida, a su nuevo colegio, a sus nuevos amigos y compañeros, bajo la protección y cuidado de su madre viuda, que para entonces solo tenía unos pocos meses viviendo en Los Angeles. “fue muy duro adaptarme a la nueva vida”, dijo Mechita, “pero lo logré en un tiempo relativamente corto y sin traumas que afectaran mi vida futura”, agregó. Hablamos también de su feliz matrimonio, y de sus hijos muy queridos, en general hicimos en una hora un vistazo a su vida, de la cual se encuentra muy satisfecha, pero agregó, “siempre añoro mi patria, Ecuador”.

LUCHA BARRAGAN, LA MADRE DE MIS PRIMOS MECHE Y PANCHO IZURIETA

El departamento de Lucha en Palm Springs está en el piso bajo de un edificio de varios departamentos, con jardines, piscina y amplia área de parqueo. Tiene dos dormitorios; el master, de unos veinte metros cuadrados, es muy cómodo, con una cama King size en el centro, que ella bondadosamente y a pesar de mis protestas, me asignó para las dos noches que estaré visitándola; completan el espacio de este dormitorio una cómoda, un escritorio un sofá y un televisor grandes. Este dormitorio se comunica por un lado al jardín y por el otro, pasando frente a un closet grande, con el baño. Un segundo dormitorio, muy cerca de la sala, es el dormitorio de las visitas, pero esta vez Lucha insiste que ella lo va a usar para que su visitante (yo) pueda estar más cómodo.

En el comedor, que está junto a la sala y frente a la cocina, hay una mesa cuidadosamente arreglada con blanco mantel y servilletas bordadas, con platos, cubiertos, tasas y copas como para recibir al propio presidente Obama, y en el centro de la mesa, dos arreglos florales de un exquisito gusto, hechos por Lucha mismo, con rojas buganvillas tomadas de su jardín. Sobre la mesa, que está cerca de un gran espejo que va de pared a pared, haciendo que el espacio luzca muy grande, ya estaba servido el jugo. En su cocina, que está junto al comedor, Lucha se apresuraba a darle los toques finales al brunch que nos iba a servir. Nos tomamos fotos para tener un recuerdo más fiel de este momento tan especial y en pocos momentos estábamos sentados a la mesa y degustando las delicias que Lucha con tanto esmero y cariño había preparado.

Volvemos a hablar ahora en la mesa, sobre la familia, sobre el Ecuador, sobre Guayaquil, de recuerdos del pasado y mucho más en medio de expresiones de cariño y consideración, y mientras tomábamos una botella de vino tinto, el tiempo se va volando. Ya casi es hora de ir a la casa de Panchito, donde él ha preparado un almuerzo para algunos amigos y todos nosotros estamos invitados.

Panchito tiene las facciones típicas de un Izurieta, con nariz grande, piel color canela, de más o menos un metro setenta y cuatro de estatura; pelo color de sal y pimienta y ojos cafés, usa lentes de aumento y tiene carácter tranquilo muy parecido al de su tío Cesar quien es recordado por todos nosotros por la proverbial calma con que habla y actúa bajo cualquier circunstancia. Panchito, tanto como su tío Cesar parece ser un hombre proverbialmente tranquilo, casi inmune a las alteraciones de temperamento, por lo menos así es como yo lo conozco y le he visto comportarse con su familia.

Su esposa Verónica es una señora muy guapa, muy blanca, de familia anglosajona muy cristiana y es profesora en la universidad en Palm Springs. Con ella han procreado tres hijas y un varón, Bryce, el último, el conchito, el mimado de su padre y con quien ha fundado el “club de los chicos”, que es una alianza entre padre e hijo que no admite interferencia de las mujeres de la casa. Es muy grato ver la calurosa y estrecha relación padre –hijo que existe entre Panchito y Bryce.
Panchito había invitado a varios amigos; un joven amigo mexicano, su esposa y sus dos tiernos hijos, un amigo argentino, su esposa y su hija, a ellos nos unimos los miembros del círculo familiar de Pancho, entre ellos su mamá, su tía Gloria, su hermana Mechita y yo.

Era domingo de pascua, y los niños encontraron en la búsqueda de los huevitos coloreados en el amplio patio de la casa, y en sus juegos en la piscina, la mejor forma de divertirse, mientras que los adultos nos divertíamos también, mirando a los niños rebuscar todos los rincones en su búsqueda de los huevitos de pascua.

Mi nombre (Rafael) ha estado en nuestras familias por varias generaciones. Nuestro bisabuelo, (Rafael María Izurieta) así como su padre, o sea nuestro común tatarabuelo, tenían este mismo nombre, y desde entonces (y tal vez desde mucho antes) este nombre se ha repetido constantemente en nuestras familias. Quizás sea mi nombre (y por supuesto nuestra sangre), un elemento que contribuye a que Panchito y toda su familia me acojan siempre con tanto cariño y simpatía; un sentimiento que ha sido siempre igualmente retribuido. Esta reunión informal, pronto se tornó en una tertulia en la que aquellos que hablábamos español, sin proponernos, desplazamos a los que solo hablaban inglés, y entonces, entre copa y copa de vino, o entre botella y botella de cerveza, hablamos casi de todo; del Ecuador, de México, de Argentina, del pasado, del presente, del porvenir, de vino, de música, de deportes, de política, de economía, de chistes gallegos y de los otros y de cuanto tema se traía a la mesa. Fue una tertulia en la que cada uno exponía su idea con mucho respeto a las ideas de los demás, sin que nadie pretendiera ser el dueño de la verdad. Fue una inolvidable y enriquecedora reunión. Gracias Panchito por juntarnos en tu casa.

Lo que al comienzo de la reunión parecía un exceso de comida para el número de personas que allí estábamos, terminó siendo lo justo, porque a las nueve de la noche, cuando nos retirábamos, solo quedaban los escombros de lo que fuera la cuidadosamente arreglada mesa en la que había abundancia de todo; desde empanadas argentinas, pasando por deliciosas salchichas tipo alemán, costillas al bbq, frutas, ensaladas de fruta y de legumbres y cuanta comida cabía en la extensa y bien adornada mesa que Verónica se había esmerado en arreglar. No cabe duda que Panchito y su esposa son maravillosos anfitriones. Mi respeto y admiración por su organización, y mi enorme gratitud por su cariño.
A las nueve de la noche es hora de regresar a casa; Mechita, su mamá, su tía Gloria y yo volvemos juntos, estamos cansados pero felices, el día ha sido largo pero muy divertido, y a poco de llegar ya estamos durmiendo, ha sido un día maravilloso, lleno de bondad y de cariño, más que solo de afecto, de muchos recuerdos, de añoranzas y de esperanzas; han habido en este día tantas cosas para guardar con letras de oro en el libro de nuestras vidas… Así, la vida es muy linda!. Esa misma noche Mechita se regresó a su casa, en Fontana.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, Panchito vino a recogerme y a desayunar con su mamá, su tía, y conmigo. Glorita se despidió entonces de nosotros porque debía regresar a su casa en Glendale, cerca de Los Angeles. Nos despedimos con un abrazo muy cariñoso y ella me pidió darle a mi hija Angie su dirección y su teléfono, ya que su casa no está lejos de la de Angie. Con Panchito luego fuimos a abrir su almacén de óptica, situado en el área comercial de Palm Springs.

Tan pronto como Pancho abrió su tienda, empezaron a entrar sus clientes a quienes atiende con mucho profesionalismo, ayudado por su hermano menor quien respira y trasluce mucha energía. Entretanto, yo me dedico a leer la revista de Palm Springs que tiene artículos interesantes de las actividades artísticas, deportivas y sociales de la ciudad. En la tienda hay mucha actividad, evidentemente el negocio de Panchito tiene prestigio y es muy apreciado por su clientes, algunos de ellos llegan en lujosos carros, pero también hay otros que llegan en vehículos más modestos, y todos demuestran el aprecio que tienen por la atención profesional que reciben, lo que parece ser el secreto del éxito de Panchito en su negocio. El aplica en su trabajo la misma calma, la misma tranquilidad, y la misma cortesía que aplica con su familia y con sus amigos. Esto no debería ser un secreto para nadie, pero no hay mucha gente que aplique en los negocios este básico principio en la vida real.

Al medio día pasamos a ver a su mamá que debía ver a su médico por ciertas molestias estomacales, luego de lo cual fuimos los tres a almorzar en un club de golf cerca del almacén de Pancho. Después del almuerzo, llevamos a Lucha a su casa y pasamos a recoger de la escuela a Bryce, quien ya nos estaba esperando para que lo lleváramos a casa.

De allí en adelante, y sin advertirme lo que tenía en mente, Panchito enfiló su carro por el centro de Palm Springs en dirección sur-este, pasando por el área de las tiendas de mayor fama (y precios más altos) de la ciudad, hasta que tomó la carretera 111 y seguimos por ella encontrando en el camino varias pequeñas ciudades, entre las que recuerdo Cathedral City, Palm Desert e Indian Wells, todas ellas llenas de grandes árboles, palmeras, jardines llenos de flores y campos de golf a ambos lados de la carretera, con canchas que parecen hechas con verdes alfombras persas, todas construidas al pie de las desérticas montañas, donde parecería a simple vista que no hay agua ni para calmar las sed de las aves que sobrevuelan esos campos.


HERMOSOS JARDINES LLENOS DE ARBOLES Y FLORES
EN PALM SPRINGS, CALIFORNIS


Esa es la magia que surge del esfuerzo humano por buscar su bienestar, por construir la belleza donde no la hay, por demostrar que nada es imposible cuando existe la determinación de vivir mejor, sin importar el costo.


HERMOSA CANCHA DE GOLF EN PALM SPRINGS, CALIFORNIA

Paramos en el Indian Wells Country Club, uno de los muchos clubs campestres que hay en la ruta que hemos recorrido y que después de más de cuarenta minutos de recorrer, ya hemos empezado a regresar. Panchito decidió parar aquí para tomar un trago en la terraza del bar de los golfistas, terraza que tenía una vista excepcional al campo de golf donde en épocas no muy lejanas se jugaba el torneo Bob Hope Classic, y donde han jugado en el pasado estrellas de cine y de la canción como Frank Sinatra y el mismo Bob Hope. Nos deleitamos viendo la caída del sol sobre los verdes y bien cuidados campos, con sus lagunas artificiales iluminadas con faroles de estilo clásico y luz anaranjada. Muy en mis adentros me hacia la ilusión de que algún día jugaré golf en este campo. Así somos los golfistas, siempre vivimos soñando con los verdes campos…


OTRA CANCHA DE GOLF EN PALM SPRINGS, CALIFORNIA


De regreso a casa, pasamos por las nuevas instalaciones del Indian Wells Tennis Garden, sede del Indian Wells Classic, uno de los torneos más famosos del tour internacional de Tennis, y donde se enfrentan cada año durante dos semanas en el mes de marzo, los mejores tenistas del mundo para disputar un premio de más de un millón de dólares.
Todo esto fue maravilloso, Panchito se había lucido como chaperón de su primo Rafico, pero faltaba la cereza sobre el pastel…

Esta llegó mientras regresábamos por carretera 111, la misma vía que habíamos tomado antes, pero ahora en dirección nor-occidente, regresando hacia Palm Springs. Panchito de repente se salió de la ruta, entró a un centro comercial y se dirigió a un pequeño restaurant de comida mexicana cuyo nombre no recuerdo. “Vamos a comer algo muy sabroso, y que tú no has comido nunca antes”, me dijo mientras entrabamos. Siete mesas para cuatro personas cada una era todo lo que tenía el restaurant, a la hora que llegamos, solo había unas cuatro personas en una mesa y parecían ser de la casa, porque fue una de ellas la señora que se levantó a atendernos.

La mesera nos entregó la carta con el menú de la casa, al tiempo que nos servía una canasta de chips con la infaltable salsa mexicana medio picante para que nos sirva de aperitivo, y para la cual me confieso ser un adicto, pero Panchito dijo que no necesitábamos ver la carta porque sabía lo que íbamos a comer, e inmediatamente ordenó el plato que más conocía, Baroja de Mariscos. Pancho ordenó también una bebida cuyo nombre no recuerdo, que tenía muy poco alcohol, era ligeramente dulce, muy refrescante y tenía algo de sabor y olor a un margarita, servido en una copa de vidrio muy, muy pesada con sal en el filo de la copa, tal como si fuese un margarita clásico. Con ella acompañamos nuestra comida. Comimos tanto y con tanto gusto, que un segundo plato (unos burritos especiales) que había ordenado Pancho, ni siquiera los tocamos y él se lo llevó a su casa.

El plato principal fue una combinación de camarones, almejas, pulpo, calamares y pescado en una salsa de guacamole con olor y sabor de jalapeño, y a la que no le faltaba el pico de gallo, las cebollas blanca y colorada, limón, perejil y ajo. Era una mezcla que a la vista resultaba muy atractiva y que al paladar resultó irresistiblemente deliciosa. Fue la comida mexicana más sabrosa que yo había comido en mucho tiempo, era la cereza que le faltaba al pastel de este inolvidable paseo y mi despedida de Palm Springs.

Al día siguiente Pancho me recogió en la casa de su mamá a las nueve de la mañana. Le agradecí y me despedí de Lucha, la abracé con mucha gratitud por su hospitalidad y por su invariable cariño. Le dije que la esperaríamos en Guayaquil para tratar de retribuirle su hospitalidad. Salimos con Panchito a su tienda, para abrirla, dejar a su hermano menor encargado de las ventas, y a eso de las once de la mañana salir para Los Angeles. Así lo hicimos y a las once enfilamos por la autopista Interestatal 10, en dirección al nor-oeste, y llegamos a Los Angeles a la una de la tarde. Mientras manejaba, conversamos sobre su infancia, su adolescencia y su juventud, las dos primeras en Guayaquil, con su mamá y sus abuelitos, y su juventud en Los Angeles.

A los doce años de edad, Panchito dice que comenzó su carrera de “empresario”, organizando fiestas para sus amigos del barrio, siempre buscando y encontrando algo para venderles y hacer una ganancia. “Todo era lo más natural”, dice Panchito, nadie me daba las ideas, “yo las creaba y las implementaba por mi cuenta”. “Más tarde, cuando ya tenía quince años”, continuó su relato, “seguí organizando fiestas, consiguiendo disc-jokers y buena música bailable y cobrando la entrada a los asistentes, siempre haciendo control de calidad y manteniendo contentos a mis clientes, por lo cual estos siempre regresaran a la próxima fiesta”. Y siguió; “así mantenía mi negocio en marcha y hacia buenas ganancias”. En esencia, Panchito usaba a los quince años de edad la misma técnica que hoy utiliza para tener clientes recurrentes y mantener su negocio en marcha y prosperando. Él es un empresario de pura sangre!

Ya en Los Angeles, a los dieciséis años siguió con su natural afición a los negocios, y en todo lo que hacía ganaba algún dinero, comprando y vendiendo cosas a sus compañeros, siempre haciendo una ganancia, con ese dinero ayudaba a su madre y a sus hermanos. Ya como adulto, trabajó en una óptica y aprendió el negocio, le gustó mucho y al pasar de los años pudo adquirir uno propio; eso es lo que le ha dado para prosperar y vivir cómodamente hasta ahora.
Nuestro viaje a Los Angeles se me hizo muy corto por la amena conversación con Panchito, me dijo que pasaríamos cerca del barrio donde estaba la escuela secundaria a la que asistió cuando vino del Ecuador, está muy cerca del centro administrativo de Los Angeles, y no muy lejos de la Placita de Olvera. Pancho me dijo que me llevaría a un lugar donde solía comer en sus años mozos. Era un lugar muy pequeño ubicado en una esquina, pequeño, de alrededor de ocho metros de largo por dos de ancho, con unos diez asientos unipersonales en fila frente al mostrador, era muy modesto, como si sus dueños lo hubiesen abandonado a su suerte hace muchos años, un lugar de esos donde el tiempo parece haberse detenido y donde quienes lo atendían eran personajes taciturnos, casi indiferentes y medio misteriosos, como los de una película en blanco y negro de Alfred Hitchcock.

Cuando entramos, había solo tres personas, un cliente que ordenó una gaseosa al tiempo que pagaba por su hamburguesa y salía del lugar; una mujer asiática de unos sesenta años, con cara muy arrugada y actitud indiferente, pelo negro encanecido y parcialmente cubierto por una vieja y casi incolora gorra estilo Mao. Su pelo parecía no haber sido peinado hace mucho tiempo, y sus ropas parecían no recordar la última vez que fueron a la lavandería. Ella nunca esbozó una sonrisa, solo contestaba nuestras preguntas en monosílabos y tomaba las órdenes con una actitud inexpresiva. El corto menú de la casa, medio borroso, estaba escrito con tiza, a mano, en una vieja pizarra negra colgada de la pared, y las opciones que allí se ofrecían eran pocas; arroz frito con huevos y costillas al bbq; arroz frito con carne a la plancha con huevo frito, y hamburguesas a la plancha.

Panchito ordenó las costillas con arroz y huevos fritos, y yo ordene la carne a la plancha con arroz y huevos fritos. La mujer asiática, siempre inmutable, preparaba la comida, atendiendo simultáneamente la negra y envejecida cacerola donde preparaba el arroz frito al que le daba vueltas en el aire cada tres o cuatro minutos, y la plancha donde asaba las costillas y la carne y freía los huevos. Un hombre de unos cuarenta años, de piel color marrón, con aspecto de inmigrante mejicano, con ropas evidentemente muy modestas y no muy limpias, preparaba los ingredientes y nunca le escuchamos pronunciar una sola palabra. Era como si él y la mujer asiática hubieran hecho un pacto del silencio. Transcurrieron unos quince minutos hasta que la comida nos fue servida, esta fue abundante, como casi todos los platos orientales, con sabor y olor a salsa china, y nos dejó lleno el estómago.

Ni Pancho ni yo comentamos mucho sobre el lugar, pero creo que él, inconscientemente me llevó a ese lugar para que yo pudiera apreciar el gran salto que había logrado dar a su vida, desde que era un adolescente que asistía a la escuela secundaria y comía en este modesto lugar y en este barrio, hace más de cuarenta años, y los lugares a los que habíamos ido en los dos últimos días, comenzando por su hermosa casa, los clubs de golf donde comimos y bebimos un par de tragos. Ese salto Pancho solo se lo debe a sí mismo, a su gran esfuerzo y a su perseverancia. Por eso, y por ser un buen hijo y un buen hermano, Nuestro Creador ha premiado y seguirá premiando a este querido primo, y lo hará también con su mujer y sus hijos.

En unos minutos más, tomamos la Avenida Melrose para dirigirnos al departamento de mi hija Angie, guiados por el GPS de mi teléfono. A las dos y media de la tarde nos despedimos con Panchito, con un abrazo muy fuerte y sincero; le agradecí por su hospitalidad y por dejarme conocer un poco de su fascinante viaje por la vida. Pancho es un ejemplo más del cumplimiento del sueño americano, que casi siempre lo consiguen aquellos que se establecen una meta y luego la persiguen con persistente, con indeclinable esfuerzo, cayéndose solo para levantarse y seguir adelante, siempre hacia adelante, sin que los obstáculos del camino los detengan.

Era el día de mi regreso a Orlando, mi vuelo debe salir a las 9:55 de la noche y debo estar en el aeropuerto unas dos horas antes. Angie me había dado las llaves de su departamento y allí la esperé hasta que llegara de su trabajo. Ya habíamos planeado que vendría a las cuatro y así lo hizo, así es ella, siempre puntual. En mi corazón y en mi mente había alegría y tristeza al mismo tiempo. Alegría porque por unas cuatro horas volvería a ver a mi princesita Angie para compartir el poco tiempo que me restaba en Los Angeles, y tristeza porque nuevamente la tengo que dejar, y debo volver a casa, a mi casa vacía, donde nadie me estaría esperando, porque Fanny, mi mujer, la que me ha cuidado y aguantado por cuarenta y un años, la que con el andar del tiempo se ha convertido en la mejor mitad de mi mismo, no estaría esta vez en casa, pues se ha ido a visitar a nuestros nietos en Arabia Saudita y no regresará a casa hasta después de tres semanas.
Llegó Angie a las cuatro de la tarde, mi corazón late de alegría al verla, ya tengo mi maleta lista. El plan es que comeremos juntos la cena en un restaurant japonés, ya desde antes habíamos decidido que comeríamos sashimi y sushi, una combinación gastronómica que nos gusta mucho a los dos. Pero antes, Angie quiere comprarle en el Farmers Market, que queda a solo unos cinco minutos de su departamento, un regalo a su mamá, por el día de las madres.


EL TRANVIA TURISTICO EN EL FARMERS' MARKET,
LOS ANGELES, CALIFORNIA


Al llegar al Farmers Market, nos subimos al segundo piso del elegante y verde tranvía que recorre solo un corto trecho, y que está hecho para que los turistas puedan disfrutar, en poco tiempo de este pequeño pero encantador lugar. Angie compró el regalo para su mami en Nordstrom y salimos de allí directo al restaurant japonés.
La Vita e Bella (la vida es bella), es el nombre de una película italiana ganadora del Oscar de la Academia hace unos quince años, y no encuentro una mejor descripción de mi vida que el nombre de esa película cuando estoy cerca de mi hija, me encanta saber que ella ha establecido sus metas, que ha diseñado la hoja de ruta para llegar a ellas, y que está avanzando con seguridad en el camino para llegar a esas mentas, es dulce y delicada pero firme, es pequeñita pero físicamente fuerte y espiritualmente aún más fuerte, es sencilla pero tiene estilo; pero por sobre todas las cosas es cariñosa con su padre. Ella es Angie, la niña de mis ojos, la que me hace soñar despierto y despertar soñando, contento.
Cierto que me da pena dejarla, pero me fortalece escucharla decir que todo estará bien. Está muy enamorada, y ella sabe que por un par de años va a tener que estar lejos de su amado, hasta que el termine sus estudios superiores; pero sabe también que tiene la fuerza de carácter para resistirlo y lo hará muy bien. No me cabe la menor duda. Hablamos de eso y de muchas otras cosas durante nuestra cena y mientras íbamos hacia el aeropuerto.

Una vez mas, el travieso tiempo se hace corto cuando estoy con ella, han pasado cuatro horas desde que nos volvimos a juntar, pero se han ido sin sentir, cada minuto vale oro. Angie es una experta en el complicado tráfico de Los Angeles y ya estamos en el aeropuerto; la despedida tiene que ser rápida porque estoy con el tiempo apretado. Ella desciende de su coche y nos damos un abrazo fuerte, fuerte, muy fuerte, me besa en la mejilla y me desea buen viaje, “te quiero mucho papito” me dice y yo ya casi no puedo hablar pero puedo articular solo unas pocas palabras ; “te quiebro mucho mijita, cuídate y que Diosito te bendiga”; no puedo decir más porque estoy a punto de llorar, y no lo hago porque ella y yo tenemos un pacto de -no llorar al despedirnos- que lo hemos mantenido ya por algunos años.

Cuando terminé de ubicarme frente al mostrador externo de la aerolínea para registrar mi equipaje y miré hacia donde había dejado a mi hija, ella iba ya saliendo de su espacio de parqueo y se dirigía hacia el carril de circulación; entonces solo pude agitar suavemente mi mano extendida y con mis ojos medio nublados por mis contenidas lágrimas la vi partir manejando su auto y pronto se perdió en el intenso tráfico de la bella y agitada ciudad de Los Angeles…


PENSAMIENTO

"Mientras haya fuego en tu alma y vida en tus sueños, no te rindas, no cedas aunque el frío queme y el miedo muerda; aunque el sol se ponga y se calle el viento, porque estás viviendo la hora y el mejor momento de tu vida".
Jorge Luis Borges

Monday, May 26, 2014

MI VISITA A CALIFORNIA





MI VISITA A CALIFORNIA/ABRIL 2014

PRIMERA PARTE-VISTANDO A MI HIJA ANGIE


PROLOGO
Después de haber dejado de escribir por mas de un año (producto de una combinación de factores que no vale la pena analizar), vuelvo a mi blog para contarles a mis lectores lo que considero uno de los mas bonitos viajes que he hecho en los dos últimos dos años, pero además quiero decirles que volveré a estar con ustedes escribiendo sobre "la montaña rusa" de mi vida.

Bienvenidos de regreso a mi Blog


EL CENTRO DE LA CIUDAD DE LOS ANGELES, CALIFORNIA

Son las nueve y media de la mañana del jueves diecisiete de abril y el piloto del avión D-377 de Delta Airlines, con 250 pasajeros a bordo viniendo de Orlando, anuncia que en quince minutos estaremos aterrizando en el aeropuerto internacional de Los Angeles. Vengo a visitar a mi hija, mi querida, mi mimada y bella Angie.

El viaje se me hizo corto y agradable. Salí de Orlando a las siete de la mañana y después de cinco horas de vuelo he llegado a la bella California cuando eran las nueve y cuarenta y cinco. Hay tres horas de diferencia entre Florida y California. Mientras los californianos recién están llegando a su trabajo, en Florida todos están ya en la hora de su lunch, allá, en Orlando donde yo vivo, son ya las doce del día.

Es un día soleado, casi sin viento, sólo hay unas pequeñas nubes muy blancas navegando lentamente hacia el Este, empujadas por los suaves vientos del Océano Pacífico. En el horizonte ya se divisa la enorme ciudad de Los Angeles; los campos verdes que la rodean y sus autopistas atestadas de tráfico. Poco después el piloto anuncia que ya estamos aterrizando. Lentamente el avión se encamina al hangar y en pocos minutos hemos desembarcado. Al salir del avión, vi al capitán de la nave parado en la puerta de su cabina y lo felicité por habernos dado un lindo vuelo. Su respuesta es parca y muy cortés; “muchas gracias y bienvenido a Los Angeles”

En el medio kilómetro de camino dentro del terminal para retirar mi equipaje, veo el ir y venir de mucha gente que llega desde cientos de orígenes o se va a cientos de destinos, en miles de vuelos, todos marchando apresuradamente al ritmo que les impone su vida en este hermoso país. Esa es una de las cosas que hace tan dinámico y rico a los Estados Unidos de América, es ese imparable movimiento de su gente haciendo su trabajo o buscando sus oportunidades.
California está muy dentro de mi corazón, allí, en Los Angeles, vive mi princesita, mi niña mimada, la dueña de mi corazón, la que con su voz que me suena a música le da luz y alegría a mi vida, la que con un beso me derrite, la que cuando me dice –te quiero mucho papito-, me hace sentir como el Rey del mundo, la que cuando silba una canción me suena al oído como una sinfonía y me transporta a mi infancia y juventud, cuando yo iba por la vida silbado una y otra vez mis canciones favoritas. Silbar, para mi era tan natural y parte de mi vida, casi como lo es para los pájaros del campo, cerca de los cuales nací y me crié.

Aquí, en la ciudad de Los Angeles vive Angie, el angelito de mi cielo. A ella voy a visitar, con ella voy a pasar unos pocos días, disfrutando de su presencia, de su voz, de su cariño, de su amor, de sus mimos. Quiero llegar pronto para verla, para abrazarla, para besarla para sentirla cerca y para decirle que la quiero más que nunca.
A la hora que yo llego a la ciudad, mi Angie está trabajando y nos veremos a las cuatro de la tarde. Tomo un taxi desde el aeropuerto para llegar a su apartamento que está en West Hollywood, muy cerca de la capital mundial del arte cinematográfico, la siempre imitada pero nunca igualada Hollywood, ambas ciudades son parte de la gran ciudad de Los Angeles.


ANGIE Y FAMILIA EL DIA DE SU GRADUACION
UNIVERSIDAD DE COLORADO-BOULDER MAYO-2002

Al llegar al apartamento de Angie, encuentro que ella me ha dejado preparada una deliciosa sopa de pollo que la caliento y me la tomo inmediatamente porque he llegado con mucha hambre. Mientras espero a Angie, llamo a mis primos Pancho y Mechita Izurieta Barragán, y a su mamá, nuestra querida y recordada Lucha Barragán, quienes han vivido en California por más de cuarenta y cinco años, pero siguen amando y añorando al Ecuador como si hubieran salido de allí hace muy poco tiempo.
Pancho y Mechita pertenecen a una segunda generación de primos por el lado de mi mamá (ella era Montiel-Izurieta), y a ellos ya les había anunciado que vendría a visitarles en su tierra adoptiva. Con ellos hemos mantenido siempre una amistad y un cariño profundos que han trascendido las generaciones, el tiempo y la distancia. Nos queremos con ese cariño que nace en la sangre que corre por nuestras venas y se consolida con la química que nace de nuestro mutuo respeto y admiración. Pancho y Mechita son nietos del tío de mi madre, don Miguel Angel Izurieta, a quien mi madre quería mucho.

Visitaré a ellos por dos días en Palm Springs (una ciudad en medio del desierto, convertida por su gente después de la segunda guerra mundial, en un hermoso oasis lleno de flores, palmeras y de verde y manicurado césped en sus muchas canchas de golf; y que en el invierno desde entonces ha sido refugio de famosos personajes del cine, la TV de la radio y de los ejecutivos de grandes empresas. Allí disfrutaré de la hospitalidad de mis primos y su mamá, de su cariño y de su siempre agradable compañía, que espero poder devolver algún día.


LOS PRIMOS MECHITA Y PANCHO EN SU ADOLESCENCIA EN ECUADOR

El tiempo se me está haciendo largo, debo esperar algunas horas más hasta encontrarme con Angie, mi Princesita, entonces me tomé una siesta para recuperar el sueño que no tuve durante el largo vuelo. Así maté el tiempo hasta que de pronto, cuando eran las cuatro de la tarde, se abrió la puerta y voila!- era Angie, esa personita tan especial y querida y que tanto extraño, si, es ella mismo, está frente a mí, y con su brazos abiertos se acerca y me abraza y me besa, fuerte, fuerte, fuerte, como solo ella sabe hacerlo con su papito. Soy el hombre más feliz del mundo, estoy con mi hija, a quien he venido a ver desde muy lejos, es como un sueño hecho realidad. No encuentro palabras para decirle lo mucho que la quiero, pero mis ojos hablan mejor que mi boca y sus ojos me responden que también ella me quiere por igual.
Hablamos de su mamá, de sus hermanos, de mis nietos que son sus sobrinos y que acaparan la atención de toda la familia, los dos sabemos que ellos vendrán a Ecuador en el mes de junio y entonces ella me dice que también quiere venir a verlos. Hablamos de Jay, el chico con el que ha estado saliendo desde hace un año y medio y del que está seriamente enamorada. En fin, hablamos de todo, poniéndonos al día de muchas cosas, hay momentos de silencio que los tomamos solo para empezar con más fuerza a hablar y hablar, casi sin fin. Con ella es refrescante hacerlo, ella siempre fue una persona más madura que su edad bilógica, y ahora que es una persona completamente adulta, ha profundizado tanto su seguridad que va mucho más allá de lo que uno puede esperar. Angie nunca deja de sorprenderme, ella siempre termina por darme consejos, como si ella fuera mi madre y yo su hijo.

Han llegado las seis de la tarde; sin darnos cuenta han pasado dos horas, el tiempo ha comenzado a volar, así nos trata el travieso tiempo; nunca juega limpio, siempre se acorta cuando estás pasando lindo y se alarga cuando no lo estas. No hay forma de hacerle que marche a nuestro gusto y sabor!
Unos minutos más tarde llega Jay y nos presentamos, él es un joven de 34 años, de mediana estatura, blanco, de ojos azules y pelo castaño claro, peinado a la moderna, él es buen mozo, como dirían en mi pueblo; de sonrisa amplia, de hablar pausado y sereno, es una de esas personas que tan pronto conoces te caen bien; y cómo no me va a caer bien si Angie, mi Angie, la inteligente y madura Angie se ha fijado en el?, no es acaso ese el mejor y más seguro indicador de que estoy frente a una persona que vale la pena conocer, apreciar y aceptar?. Jay viene de una familia de raices irlandesas, rusas y alemanas y ha vivido en Los Angeles por algunos años. En Holliwood ha actuado en papeles secundarios en algunas películas, pero hoy está preparándose para volver a la Universidad y poder luego integrarse al mundo de los negocios.

Los tres hablamos un poco de los planes de Jay para seguir sus estudios y obtener su grado académico de cuarto nivel. Ha sido ya aceptado en la Universidad de Rochester, en el estado de Nueva York y ha sido también invitado a una entrevista en la Universidad de Notre Dame, una de las mejores universidades de los Estados Unidos de América. Él ha estado últimamente preparándose para esa entrevista y en tres días debe viajar para tenerla. Este chico está tomando muy seriamente su futura preparación académica.

Angie sugirió que vayamos a cenar a un restaurant de comida mexicana, ubicado no muy lejos de la casa. Durante la cena seguimos conversando y haciendo planes para el día siguiente. Jay no estará con nosotros durante el día, porque continuará su preparación para la entrevista en Notre Dame, pero nos acompañará a la cena que tendremos frente al mar, en Malibu, donde pasaremos con Angie la mayor parte del día.

Malibu es una larga y ancha playa de arena color marrón claro,de agua muy limpia, muy frecuentada por surfistas, pero suficientemente fría para que Angie y yo, como ecuatorianos acostumbrados a las cálidas aguas de nuestras costas decidiéramos no bañarnos. Esta playa, se extiende por algunos kilómetros al pie de las colinas a la orilla del mar, donde como en competencia por el premio a la más linda, están grandes y hermosas mansiones de propiedad de celebridades del cine, de los deportes y la televisión. La Autopista No. 1, llamada Autopista de la Costa del Pacifico corre al pie de estas colinas y atraviesa todo el enorme estado de California de sur a norte.


SURFISTAS EN LA PLAYA DE MALIBU, CALIFORNIA

Llegamos a nuestro destino a las once de la mañana y en la playa había un sol esplendoroso, no había vientos y en el agua (a pesar de estar muy fría), había gente bañándose y jugando con las olas, mientras muy cerca los surfistas hacían gala de sus habilidades para deslizarse al ritmo de las grandes e incesantes olas. Grandes y blancas gaviotas sobrevolaban la playa a poca altura, a la caza de los pequeños peces que son su alimento cotidiano. Colocamos toallas sobre la arena y Angie y yo nos dispusimos a disfrutar del sol y de la playa leyendo y tomando una siesta.
Cuando habíamos descansado como una hora y media, Angie me hizo notar que hay una ballena desplazándose a unos ciento veinte metros de la playa donde estábamos nosotros. Me pongo los lentes y miro hacia allá, y es cierto, no es una sino que son tres ballenas de color marrón, dos de ellas muy grandes (como de diez metros de largo) y una más pequeña que parece una cría. Las ballenas se quedaron allí, frente a nosotros, jugando en el agua, casi en el mismo sitio, entre diez y doce minutos, como si estuvieran dándonos un show para el cual nos habían elegido como su público. Las ballenas nadaban unos veinte metros con todo su enorme cuerpo sobre el agua, y luego agitando la cola se sumergían para en pocos segundos volver a la superficie, lenta y majestuosamente de forma vertical, sacando al aire casi la mitad de su cuerpo y dejándonos ver el chorro de agua vaporizada que echan al aire como si saliera de una fuente artificial, solo para inmediatamente volver a sumergirse y repetir el ciclo una y otra vez.


UNA BALLENA MOSTRANDO TODA SU BELLEZA (Foto de CNN)

Jamás habíamos visto semejante espectáculo tan cerca. Poco tiempo después, como sintiendo que habían cumplido con nosotros y buscando otro público para su próximo show, lentamente se alejaron nadando paralelas a la playa. Todos los felices miembros del público en esa parte de la playa (éramos muchos) las despedíamos agitando nuestras manos, como cuando un ser querido se aleja y se pierde en el túnel de abordaje del avión que lo lleva para un viaje sin retorno. Nos quedamos deslumbrados, con el bello recuerdo de esas enormes criaturas marinas que decidieron actuar para nosotros en un show privado que nunca olvidaremos. Gracias Señor Nuestro por enviar estas ballenas a darnos su incomparable show!
Después del show de las ballenas, Angie decidió ir a caminar por la playa mientras que yo volví a tomarme otra siesta disfrutando del incomparable clima de Malibu, que incluía, como si lo hubiéramos pedido a la carta; un brillante sol, 25 grados centígrados de temperatura, casi cero vientos, arena tibia y silencio casi absoluto con gaviotas sobrevolando silenciosamente y oteando el horizonte para detectar los pequeños peces que son su alimento. Se le podrá pedir algo mejor a la vida?, lo dudo, o para conseguirlo habría que viajar muy lejos y pagar muy caro.
Jay ha hecho una reservación para cenar, en un restaurant a la orilla del mar, a las seis y cuarenta y cinco de la tarde. Vamos a disfrutar del gran espectáculo de la puesta del sol en el horizonte del Océano Pacifico. Para hacer tiempo, Angie y yo volvemos al carro y empezamos a circular por la carretera hacia el lado sur, teniendo a la derecha la playa y a la izquierda las verdes y onduladas colinas donde hay una mezcla de mansiones de estilo clásico de herencia española-mexicana, con paredes blancas y techos con tejas rojas u otras de estilo más moderno, pero todas rodeadas de verdes y frondosos álamos y de hermosas flores, donde la buganvilla brilla con luz propia porque es la más abundante y colorida.

A la distancia vemos los edificios modernos y la cúpula de la capilla de la Universidad de Peperdin, una de las más prestigiosas de California y del Oeste de los Estados Unidos.
Volvemos a circular por la Autopista del Pacifico en dirección norte-sur para hacer tiempo y nos detenemos en un muelle de larga espiga, pintado casi todo de blanco muy bien cuidado, desde el cual podemos tener una vista muy amplia hacia el norte, hacia las playas donde un poco más temprano habíamos estado tomando sol y donde los surfistas siguen practicando su deporte. Al final del muelle hay muchas personas pescando con anzuelos y carnada artificial. Una de esas personas evidentemente es un experto pescador y mientras le miramos unos quince minutos, ha logrado pescar unos veinticinco peces pequeños (de los que son alimento de las gaviotas), de unos quince centímetros de largo y que parecen sardinas, que los guarda en un balde rojo, mientras los otros pescadores sólo se conformaban con intentar su pesca, mirando con una mezcla de envidia y admiración al experto pescador.


UN EXPERTO PESCADOR EN UN MUELLE DE MALIBU, CALIFORNIA

Regresamos a tierra y seguimos circulando por la Autopista del Océano Pacifico, tan lentamente como nos lo permite el intenso tráfico, hasta que llegamos al restaurant donde tendremos la cena con Jay, quien ha pasado todo el día estudiando y preparándose para su entrevista en Notre Dame en solo tres días más.
El restaurante es muy grande, con una capacidad de aproximadamente unas ciento veinte personas cómodamente sentadas, y está completamente lleno, pero la reservación hecha por Jay ha funcionado a la perfección. A las 7:50 PM estamos ya sentados, con mirada hacia el poniente, tal como lo había solicitado Jay. Pronto nos atiende nuestro camarero.
Angie y Jay van a comer Halibut, un pez de aguas frías cuya textura es muy parecida a la corvina de nuestros mares del sur, y yo solo voy a comer una porción de sashimi de atún rojo (al estilo japonés). Jay y Angie ordenan un Margarita cada uno y yo les digo que no puedo beber nada con alcohol, pero luego me animo y ordeno también un margarita que lo encuentro delicioso. La cena resulta muy amena pues hemos tenido tiempo de hablar de muchas cosas, más el tema central son los planes de Jay. El tiempo transcurre lenta pero inexorablemente y a las diez de la noche nos dirigimos a la casa. Jay se despide de nosotros y de mí en particular porque ya no nos veremos cuando el regrese de su cita en Notre Dame. Para entonces yo habré partido de regreso a Orlando.

ANGIE, JAY Y YO EN LOS ANGELES, CALIFORNIA, ABRIL DE 2014

Angie y yo hacemos ahora planes para el día siguiente, haremos turismo alrededor de la bella ciudad de Los Angeles y en esos planes Angie incluye al observatorio astronómico Grifith, un icono de la ciudad, situado en la cima de la parte sur del cerro de Holliwood, frente a la colina donde está el enorme letrero que ha identificado a Hollywood desde los años treinta del siglo pasado. También iremos a la Placita de Olvera, el lugar donde los colonizadores españoles fundaron la ciudad de los Angeles en el siglo XVIII. El plan incluye otras actividades, que cumpliremos después visitar la Plaza Olvera.

Al día siguiente desayunamos con bolones de verde (los verdes se los he llevado yo desde Orlando), que yo he preparado para Angie, a quien le gustan mucho porque le recuerdan los sabores de su amado Ecuador.
A las diez de la mañana salimos a nuestro paseo, Angie usa el sistema de posicionamiento geográfico (GPS) de su teléfono para manejar y en unos veinticinco minutos llegamos al pie de la colina donde está el observatorio. Empezamos el ascenso por una carretera de dos carriles, llena de curvas que me recuerda la carretera para llegar a mi pueblo, Pallatanga. La ruta sube, atravesando verdes y floridos bosques con pequeñas quebradas por las que baja agua cristalina que se detiene a trechos para formar pequeñas lagunas que le agregan belleza al paisaje.
Parqueamos nuestro vehículo y solo caminamos unos cincuenta metros para llegar a la cima donde está el Observatorio y allí, para aprovechar la espectacular vista de Monte Holliwood, Angie y yo nos tomamos fotos frente al monumento a los más famosos astrónomos de la humanidad, entre ellos Ptolomeo, Copérnico, Galileo Galilei, Kepler, Isaac Newton, y Edwin Hubble.

Entramos al Observatorio y compramos tickets para el próximo show que comenzaba en media hora en un teatro circular con tumbado ovalado que semeja una noche de cielo despejado, llena de estrellas mostrando la bella inmensidad y complejidad del universo, con sus innumerables constelaciones. En el show una persona narra, en vivo, la formación del Universo y el lento pero continuo avance de la ciencia a través de cientos de años para investigarlo y explicarlo y cómo, muchos hombres desde la antigüedad, desafiando los estereotipos culturales y religiosos de la época, y hasta poniendo en riesgo su vida por ello, fueron haciendo de la astronomía una ciencia que ha logrado llevar al hombre a las inmensidades del espacio, y ha permitido descubrir más y más lejanas constelaciones.

EL OBSERVATORIO ASTRONOMICO DE LOS ANGELES

Al salir del show uno comprende que nuestra tierra no es más que un minúsculo punto en la inmensidad del universo y que debemos agradecer a Dios porque en él vivimos, mientras que ni la más avanzada ciencia ha podido probar que haya otro lugar en la inmensidad del universo donde haya vida equivalente o parecida a la nuestra.
Salimos de este show un poco menos ignorantes de las complejidades del universo, pero también más humildes por estar más conscientes de nuestra pequeñez, a la vez que más agradecidos con Dios por hacernos una parte viva y pensante de este inmenso y bello universo.

Nuestro próximo destino es la Placita de Olvera, el lugar donde en 1780, cuarenta y cuatro personas fundaron (siguiendo órdenes del gobernador español Felipe de Neve) la ciudad de Nuestra Señora de Los Angeles de Porciúncula, en el centro de lo que es hoy la enorme y bella ciudad de Los Angeles.
Nadie, y menos sus cuarenta y cuatro fundadores, tenían la más remota idea de que el pueblito que fundaron entonces, se convertiría con el tiempo en una de las dos metrópolis más grandes e importantes de lo que en el futuro serían Los Estados Unidos de América. La placita tiene en su centro la iglesia de típica arquitectura barroca española, y es muy semejante a las iglesias de esa misma época que existen en Cuenca y Quito en el Ecuador. Muy cerca de la iglesia hay espacios abiertos que se han convertido en parques, con una rotonda al centro donde en el momento que llegamos, una orquesta de mariachis echaba al aire las notas de una canción ranchera, mientras que, después de un rato, en una esquina, había un grupo de tres artistas, cantando también canciones del folklore mexicano.

Dentro de la plaza había una gran cantidad de gente que vestida a la mexicana y hablando como mexicanos, traía consigo sus mascotas (perros, gatos gallinas, iguanas y hasta una pequeña vaquita), para ser bendecidas por el obispo durante una procesión que incluía jinetes sobre hermosos caballos, vestidos a la vieja usanza de los charros mexicanos.
Alrededor de la plaza y en calles típicamente estrechas, los edificios son de estilo clásico español-mexicano, ocupados por restaurantes y tiendas donde se vende casi exclusivamente artesanías mexicanas, y entre vereda y vereda, pequeñas carpas al estilo de la “bahía” en Guayaquil, donde igualmente se ofrecen más artesanías mexicanas. Todo esto le da a la placita el aspecto, el color el idioma y el sabor de México, confirmando que la población de Los Angeles tiene un alto porcentaje de gente de ese origen, que no solo conserva la cultura, el idioma, el acento, las costumbres, el vestido y el folklore de su país natal, sino que le da ha dado a esta hermosa ciudad un toque especial de la cultura hispano americana que la hace casi única en el mundo.

LA PLAZA OLVERA, EN LOS ANGELES

Angie y yo disfrutamos mucho de la Placita de Olvera, de su gente, de su música, de sus espectáculos y de sus colores, y de alguna manera sentimos que a través de nuestra sangre y nuestro idioma estamos ligados a este lugar y a su historia. Concluida nuestra visita a la Placita, decidimos ir a comer comida mexicana. Fuimos a comer en el restaurant El Coyote.
Este día muy agitado durante el cual Angie y yo mantuvimos un dialogo ininterrumpido y siempre agradable, enfocado en la familia, en nuestra optima relación de padre e hija, y en nuestros planes para el futuro. Sus reflexiones maduras e inteligentes y acertadas, siempre las he acogido en todo su valor y así seguirá siendo en el futuro. Ella es y seguirá siendo mi consultora, mi consejera, mi amiga y mi confidente.

Finalmente regresamos a casa a las seis de la tarde. Angie estaba agotada por haber manejado desde muy temprano, por tanto decidió tomar una siesta. Esta no concluyó hasta las diez de la noche, demasiado tarde para salir a comer. Así terminó este día que nos mantuvo cerca, muy cerca, mientras disfrutábamos de nuestra mutua compañía y nunca salimos a cenar. Había que prepararse para el viaje del día siguiente a visitar a mis primos Izurieta y su mamá.