Thursday, June 19, 2014



MI VISITA A CALIFORNIA/ABRIL 2014

SEGUNDA PARTE-VISITANDO A LOS PRIMOS IZURIETA

Nuestros primos Pancho y Mechita Izurieta son dos empresarios exitosos en la grande y bella California. Los dos son dueños y manejan cada uno su negocio de una Óptica. Mechita en Los Angeles y Pancho en Palm Springs. Esto es el fruto de su trabajo incesante y abnegado, ellos se lo han ganado a base de su esfuerzo, de su incansable trabajo consistente e invariable y admirable. Ese es el premio que han conseguido por su lucha tenaz y permanente.
El viaje para el siguiente día había sido preparado con mucha anticipación y coordinamos con Mechita que con Angie llegaríamos a su casa a las ocho de la mañana. Angie se regresaría a Los Angeles y de allí en adelante seguiríamos hasta Palm Springs con Mechita de piloto.

Llegamos tal cual lo habíamos planeado y Gustavo Andrade, el esposo de Mechita nos recibió muy cariñoso y nos invitó a pasar. Su residencia está en una ciudadela que tiene al fondo las grises montañas del sur der California, es de color beige con techo de tejas, tiene dos pisos y un amplio jardín lleno de flores y con árboles de naranja y limoneros. En el primer piso está la sala principal, una sala de estar, el comedor y la cocina mientras que en el segundo piso están los dormitorios. Gustavo nos invitó a desayunar con jugo de naranja, huevos revueltos pan y mantequilla. La hospitalidad de Gustavo, a pesar de ser esta solo la segunda vez en la vida que nos hemos visto, es excepcional y estamos muy agradecidos por ello.

A las nueve Mechita salimos con dirección a Palm Springs. Gustavo se queda en casa y Angie se regresa a Los Angeles. Con Mechita al volante, pronto entramos a la autopista número 15 y después de unos minutos volvemos a la autopista I-10, para enfilar hacia Palm Springs. La ruta a Palm Springs atraviesa un extenso desierto donde hay montañas grises de lado y lado y entre ellas una gran cantidad de grupos de molinos de viento que son generadores de energía eólica. A las diez en punto de la mañana llegamos donde Lucha, su mamá, nuestra querida Lucha, madre de mis primos, quien nos espera con su siempre amplia y contagiosa sonrisa y el afecto invariable que le sale a borbotones.


MOLINOS DE VIENTO GENERADORES DE ENERGIA EOLICA
EN LA RUTA A PALM SPRINGS

En su casa estaba ya su hermana Gloria, la Glorita que yo conocí cuando yo tenía dieciséis años y a quien solo había vuelto a ver una sola vez en los últimos cincuenta y cinco. Las dos nos dieron una bienvenida muy cariñosa. Lucha a través de su siempre esplendida hospitalidad, haciéndome sentir inmediatamente como si estuviera en mi propia casa.
En el camino hablamos con Mechita de su infancia y adolescencia en Guayaquil, de lo que recuerda de su padre (mi primo Raúl Izurieta), de la vida con sus abuelitos, y de su viaje a Los Angeles, donde los esperaba su madre que había quedado viuda cuando sus hijos apenas tenían 15 y 13 años: también hablamos de su vida nueva en Los Angeles y de su difícil pero rápida adaptación a su nueva vida, a su nuevo colegio, a sus nuevos amigos y compañeros, bajo la protección y cuidado de su madre viuda, que para entonces solo tenía unos pocos meses viviendo en Los Angeles. “fue muy duro adaptarme a la nueva vida”, dijo Mechita, “pero lo logré en un tiempo relativamente corto y sin traumas que afectaran mi vida futura”, agregó. Hablamos también de su feliz matrimonio, y de sus hijos muy queridos, en general hicimos en una hora un vistazo a su vida, de la cual se encuentra muy satisfecha, pero agregó, “siempre añoro mi patria, Ecuador”.

LUCHA BARRAGAN, LA MADRE DE MIS PRIMOS MECHE Y PANCHO IZURIETA

El departamento de Lucha en Palm Springs está en el piso bajo de un edificio de varios departamentos, con jardines, piscina y amplia área de parqueo. Tiene dos dormitorios; el master, de unos veinte metros cuadrados, es muy cómodo, con una cama King size en el centro, que ella bondadosamente y a pesar de mis protestas, me asignó para las dos noches que estaré visitándola; completan el espacio de este dormitorio una cómoda, un escritorio un sofá y un televisor grandes. Este dormitorio se comunica por un lado al jardín y por el otro, pasando frente a un closet grande, con el baño. Un segundo dormitorio, muy cerca de la sala, es el dormitorio de las visitas, pero esta vez Lucha insiste que ella lo va a usar para que su visitante (yo) pueda estar más cómodo.

En el comedor, que está junto a la sala y frente a la cocina, hay una mesa cuidadosamente arreglada con blanco mantel y servilletas bordadas, con platos, cubiertos, tasas y copas como para recibir al propio presidente Obama, y en el centro de la mesa, dos arreglos florales de un exquisito gusto, hechos por Lucha mismo, con rojas buganvillas tomadas de su jardín. Sobre la mesa, que está cerca de un gran espejo que va de pared a pared, haciendo que el espacio luzca muy grande, ya estaba servido el jugo. En su cocina, que está junto al comedor, Lucha se apresuraba a darle los toques finales al brunch que nos iba a servir. Nos tomamos fotos para tener un recuerdo más fiel de este momento tan especial y en pocos momentos estábamos sentados a la mesa y degustando las delicias que Lucha con tanto esmero y cariño había preparado.

Volvemos a hablar ahora en la mesa, sobre la familia, sobre el Ecuador, sobre Guayaquil, de recuerdos del pasado y mucho más en medio de expresiones de cariño y consideración, y mientras tomábamos una botella de vino tinto, el tiempo se va volando. Ya casi es hora de ir a la casa de Panchito, donde él ha preparado un almuerzo para algunos amigos y todos nosotros estamos invitados.

Panchito tiene las facciones típicas de un Izurieta, con nariz grande, piel color canela, de más o menos un metro setenta y cuatro de estatura; pelo color de sal y pimienta y ojos cafés, usa lentes de aumento y tiene carácter tranquilo muy parecido al de su tío Cesar quien es recordado por todos nosotros por la proverbial calma con que habla y actúa bajo cualquier circunstancia. Panchito, tanto como su tío Cesar parece ser un hombre proverbialmente tranquilo, casi inmune a las alteraciones de temperamento, por lo menos así es como yo lo conozco y le he visto comportarse con su familia.

Su esposa Verónica es una señora muy guapa, muy blanca, de familia anglosajona muy cristiana y es profesora en la universidad en Palm Springs. Con ella han procreado tres hijas y un varón, Bryce, el último, el conchito, el mimado de su padre y con quien ha fundado el “club de los chicos”, que es una alianza entre padre e hijo que no admite interferencia de las mujeres de la casa. Es muy grato ver la calurosa y estrecha relación padre –hijo que existe entre Panchito y Bryce.
Panchito había invitado a varios amigos; un joven amigo mexicano, su esposa y sus dos tiernos hijos, un amigo argentino, su esposa y su hija, a ellos nos unimos los miembros del círculo familiar de Pancho, entre ellos su mamá, su tía Gloria, su hermana Mechita y yo.

Era domingo de pascua, y los niños encontraron en la búsqueda de los huevitos coloreados en el amplio patio de la casa, y en sus juegos en la piscina, la mejor forma de divertirse, mientras que los adultos nos divertíamos también, mirando a los niños rebuscar todos los rincones en su búsqueda de los huevitos de pascua.

Mi nombre (Rafael) ha estado en nuestras familias por varias generaciones. Nuestro bisabuelo, (Rafael María Izurieta) así como su padre, o sea nuestro común tatarabuelo, tenían este mismo nombre, y desde entonces (y tal vez desde mucho antes) este nombre se ha repetido constantemente en nuestras familias. Quizás sea mi nombre (y por supuesto nuestra sangre), un elemento que contribuye a que Panchito y toda su familia me acojan siempre con tanto cariño y simpatía; un sentimiento que ha sido siempre igualmente retribuido. Esta reunión informal, pronto se tornó en una tertulia en la que aquellos que hablábamos español, sin proponernos, desplazamos a los que solo hablaban inglés, y entonces, entre copa y copa de vino, o entre botella y botella de cerveza, hablamos casi de todo; del Ecuador, de México, de Argentina, del pasado, del presente, del porvenir, de vino, de música, de deportes, de política, de economía, de chistes gallegos y de los otros y de cuanto tema se traía a la mesa. Fue una tertulia en la que cada uno exponía su idea con mucho respeto a las ideas de los demás, sin que nadie pretendiera ser el dueño de la verdad. Fue una inolvidable y enriquecedora reunión. Gracias Panchito por juntarnos en tu casa.

Lo que al comienzo de la reunión parecía un exceso de comida para el número de personas que allí estábamos, terminó siendo lo justo, porque a las nueve de la noche, cuando nos retirábamos, solo quedaban los escombros de lo que fuera la cuidadosamente arreglada mesa en la que había abundancia de todo; desde empanadas argentinas, pasando por deliciosas salchichas tipo alemán, costillas al bbq, frutas, ensaladas de fruta y de legumbres y cuanta comida cabía en la extensa y bien adornada mesa que Verónica se había esmerado en arreglar. No cabe duda que Panchito y su esposa son maravillosos anfitriones. Mi respeto y admiración por su organización, y mi enorme gratitud por su cariño.
A las nueve de la noche es hora de regresar a casa; Mechita, su mamá, su tía Gloria y yo volvemos juntos, estamos cansados pero felices, el día ha sido largo pero muy divertido, y a poco de llegar ya estamos durmiendo, ha sido un día maravilloso, lleno de bondad y de cariño, más que solo de afecto, de muchos recuerdos, de añoranzas y de esperanzas; han habido en este día tantas cosas para guardar con letras de oro en el libro de nuestras vidas… Así, la vida es muy linda!. Esa misma noche Mechita se regresó a su casa, en Fontana.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, Panchito vino a recogerme y a desayunar con su mamá, su tía, y conmigo. Glorita se despidió entonces de nosotros porque debía regresar a su casa en Glendale, cerca de Los Angeles. Nos despedimos con un abrazo muy cariñoso y ella me pidió darle a mi hija Angie su dirección y su teléfono, ya que su casa no está lejos de la de Angie. Con Panchito luego fuimos a abrir su almacén de óptica, situado en el área comercial de Palm Springs.

Tan pronto como Pancho abrió su tienda, empezaron a entrar sus clientes a quienes atiende con mucho profesionalismo, ayudado por su hermano menor quien respira y trasluce mucha energía. Entretanto, yo me dedico a leer la revista de Palm Springs que tiene artículos interesantes de las actividades artísticas, deportivas y sociales de la ciudad. En la tienda hay mucha actividad, evidentemente el negocio de Panchito tiene prestigio y es muy apreciado por su clientes, algunos de ellos llegan en lujosos carros, pero también hay otros que llegan en vehículos más modestos, y todos demuestran el aprecio que tienen por la atención profesional que reciben, lo que parece ser el secreto del éxito de Panchito en su negocio. El aplica en su trabajo la misma calma, la misma tranquilidad, y la misma cortesía que aplica con su familia y con sus amigos. Esto no debería ser un secreto para nadie, pero no hay mucha gente que aplique en los negocios este básico principio en la vida real.

Al medio día pasamos a ver a su mamá que debía ver a su médico por ciertas molestias estomacales, luego de lo cual fuimos los tres a almorzar en un club de golf cerca del almacén de Pancho. Después del almuerzo, llevamos a Lucha a su casa y pasamos a recoger de la escuela a Bryce, quien ya nos estaba esperando para que lo lleváramos a casa.

De allí en adelante, y sin advertirme lo que tenía en mente, Panchito enfiló su carro por el centro de Palm Springs en dirección sur-este, pasando por el área de las tiendas de mayor fama (y precios más altos) de la ciudad, hasta que tomó la carretera 111 y seguimos por ella encontrando en el camino varias pequeñas ciudades, entre las que recuerdo Cathedral City, Palm Desert e Indian Wells, todas ellas llenas de grandes árboles, palmeras, jardines llenos de flores y campos de golf a ambos lados de la carretera, con canchas que parecen hechas con verdes alfombras persas, todas construidas al pie de las desérticas montañas, donde parecería a simple vista que no hay agua ni para calmar las sed de las aves que sobrevuelan esos campos.


HERMOSOS JARDINES LLENOS DE ARBOLES Y FLORES
EN PALM SPRINGS, CALIFORNIS


Esa es la magia que surge del esfuerzo humano por buscar su bienestar, por construir la belleza donde no la hay, por demostrar que nada es imposible cuando existe la determinación de vivir mejor, sin importar el costo.


HERMOSA CANCHA DE GOLF EN PALM SPRINGS, CALIFORNIA

Paramos en el Indian Wells Country Club, uno de los muchos clubs campestres que hay en la ruta que hemos recorrido y que después de más de cuarenta minutos de recorrer, ya hemos empezado a regresar. Panchito decidió parar aquí para tomar un trago en la terraza del bar de los golfistas, terraza que tenía una vista excepcional al campo de golf donde en épocas no muy lejanas se jugaba el torneo Bob Hope Classic, y donde han jugado en el pasado estrellas de cine y de la canción como Frank Sinatra y el mismo Bob Hope. Nos deleitamos viendo la caída del sol sobre los verdes y bien cuidados campos, con sus lagunas artificiales iluminadas con faroles de estilo clásico y luz anaranjada. Muy en mis adentros me hacia la ilusión de que algún día jugaré golf en este campo. Así somos los golfistas, siempre vivimos soñando con los verdes campos…


OTRA CANCHA DE GOLF EN PALM SPRINGS, CALIFORNIA


De regreso a casa, pasamos por las nuevas instalaciones del Indian Wells Tennis Garden, sede del Indian Wells Classic, uno de los torneos más famosos del tour internacional de Tennis, y donde se enfrentan cada año durante dos semanas en el mes de marzo, los mejores tenistas del mundo para disputar un premio de más de un millón de dólares.
Todo esto fue maravilloso, Panchito se había lucido como chaperón de su primo Rafico, pero faltaba la cereza sobre el pastel…

Esta llegó mientras regresábamos por carretera 111, la misma vía que habíamos tomado antes, pero ahora en dirección nor-occidente, regresando hacia Palm Springs. Panchito de repente se salió de la ruta, entró a un centro comercial y se dirigió a un pequeño restaurant de comida mexicana cuyo nombre no recuerdo. “Vamos a comer algo muy sabroso, y que tú no has comido nunca antes”, me dijo mientras entrabamos. Siete mesas para cuatro personas cada una era todo lo que tenía el restaurant, a la hora que llegamos, solo había unas cuatro personas en una mesa y parecían ser de la casa, porque fue una de ellas la señora que se levantó a atendernos.

La mesera nos entregó la carta con el menú de la casa, al tiempo que nos servía una canasta de chips con la infaltable salsa mexicana medio picante para que nos sirva de aperitivo, y para la cual me confieso ser un adicto, pero Panchito dijo que no necesitábamos ver la carta porque sabía lo que íbamos a comer, e inmediatamente ordenó el plato que más conocía, Baroja de Mariscos. Pancho ordenó también una bebida cuyo nombre no recuerdo, que tenía muy poco alcohol, era ligeramente dulce, muy refrescante y tenía algo de sabor y olor a un margarita, servido en una copa de vidrio muy, muy pesada con sal en el filo de la copa, tal como si fuese un margarita clásico. Con ella acompañamos nuestra comida. Comimos tanto y con tanto gusto, que un segundo plato (unos burritos especiales) que había ordenado Pancho, ni siquiera los tocamos y él se lo llevó a su casa.

El plato principal fue una combinación de camarones, almejas, pulpo, calamares y pescado en una salsa de guacamole con olor y sabor de jalapeño, y a la que no le faltaba el pico de gallo, las cebollas blanca y colorada, limón, perejil y ajo. Era una mezcla que a la vista resultaba muy atractiva y que al paladar resultó irresistiblemente deliciosa. Fue la comida mexicana más sabrosa que yo había comido en mucho tiempo, era la cereza que le faltaba al pastel de este inolvidable paseo y mi despedida de Palm Springs.

Al día siguiente Pancho me recogió en la casa de su mamá a las nueve de la mañana. Le agradecí y me despedí de Lucha, la abracé con mucha gratitud por su hospitalidad y por su invariable cariño. Le dije que la esperaríamos en Guayaquil para tratar de retribuirle su hospitalidad. Salimos con Panchito a su tienda, para abrirla, dejar a su hermano menor encargado de las ventas, y a eso de las once de la mañana salir para Los Angeles. Así lo hicimos y a las once enfilamos por la autopista Interestatal 10, en dirección al nor-oeste, y llegamos a Los Angeles a la una de la tarde. Mientras manejaba, conversamos sobre su infancia, su adolescencia y su juventud, las dos primeras en Guayaquil, con su mamá y sus abuelitos, y su juventud en Los Angeles.

A los doce años de edad, Panchito dice que comenzó su carrera de “empresario”, organizando fiestas para sus amigos del barrio, siempre buscando y encontrando algo para venderles y hacer una ganancia. “Todo era lo más natural”, dice Panchito, nadie me daba las ideas, “yo las creaba y las implementaba por mi cuenta”. “Más tarde, cuando ya tenía quince años”, continuó su relato, “seguí organizando fiestas, consiguiendo disc-jokers y buena música bailable y cobrando la entrada a los asistentes, siempre haciendo control de calidad y manteniendo contentos a mis clientes, por lo cual estos siempre regresaran a la próxima fiesta”. Y siguió; “así mantenía mi negocio en marcha y hacia buenas ganancias”. En esencia, Panchito usaba a los quince años de edad la misma técnica que hoy utiliza para tener clientes recurrentes y mantener su negocio en marcha y prosperando. Él es un empresario de pura sangre!

Ya en Los Angeles, a los dieciséis años siguió con su natural afición a los negocios, y en todo lo que hacía ganaba algún dinero, comprando y vendiendo cosas a sus compañeros, siempre haciendo una ganancia, con ese dinero ayudaba a su madre y a sus hermanos. Ya como adulto, trabajó en una óptica y aprendió el negocio, le gustó mucho y al pasar de los años pudo adquirir uno propio; eso es lo que le ha dado para prosperar y vivir cómodamente hasta ahora.
Nuestro viaje a Los Angeles se me hizo muy corto por la amena conversación con Panchito, me dijo que pasaríamos cerca del barrio donde estaba la escuela secundaria a la que asistió cuando vino del Ecuador, está muy cerca del centro administrativo de Los Angeles, y no muy lejos de la Placita de Olvera. Pancho me dijo que me llevaría a un lugar donde solía comer en sus años mozos. Era un lugar muy pequeño ubicado en una esquina, pequeño, de alrededor de ocho metros de largo por dos de ancho, con unos diez asientos unipersonales en fila frente al mostrador, era muy modesto, como si sus dueños lo hubiesen abandonado a su suerte hace muchos años, un lugar de esos donde el tiempo parece haberse detenido y donde quienes lo atendían eran personajes taciturnos, casi indiferentes y medio misteriosos, como los de una película en blanco y negro de Alfred Hitchcock.

Cuando entramos, había solo tres personas, un cliente que ordenó una gaseosa al tiempo que pagaba por su hamburguesa y salía del lugar; una mujer asiática de unos sesenta años, con cara muy arrugada y actitud indiferente, pelo negro encanecido y parcialmente cubierto por una vieja y casi incolora gorra estilo Mao. Su pelo parecía no haber sido peinado hace mucho tiempo, y sus ropas parecían no recordar la última vez que fueron a la lavandería. Ella nunca esbozó una sonrisa, solo contestaba nuestras preguntas en monosílabos y tomaba las órdenes con una actitud inexpresiva. El corto menú de la casa, medio borroso, estaba escrito con tiza, a mano, en una vieja pizarra negra colgada de la pared, y las opciones que allí se ofrecían eran pocas; arroz frito con huevos y costillas al bbq; arroz frito con carne a la plancha con huevo frito, y hamburguesas a la plancha.

Panchito ordenó las costillas con arroz y huevos fritos, y yo ordene la carne a la plancha con arroz y huevos fritos. La mujer asiática, siempre inmutable, preparaba la comida, atendiendo simultáneamente la negra y envejecida cacerola donde preparaba el arroz frito al que le daba vueltas en el aire cada tres o cuatro minutos, y la plancha donde asaba las costillas y la carne y freía los huevos. Un hombre de unos cuarenta años, de piel color marrón, con aspecto de inmigrante mejicano, con ropas evidentemente muy modestas y no muy limpias, preparaba los ingredientes y nunca le escuchamos pronunciar una sola palabra. Era como si él y la mujer asiática hubieran hecho un pacto del silencio. Transcurrieron unos quince minutos hasta que la comida nos fue servida, esta fue abundante, como casi todos los platos orientales, con sabor y olor a salsa china, y nos dejó lleno el estómago.

Ni Pancho ni yo comentamos mucho sobre el lugar, pero creo que él, inconscientemente me llevó a ese lugar para que yo pudiera apreciar el gran salto que había logrado dar a su vida, desde que era un adolescente que asistía a la escuela secundaria y comía en este modesto lugar y en este barrio, hace más de cuarenta años, y los lugares a los que habíamos ido en los dos últimos días, comenzando por su hermosa casa, los clubs de golf donde comimos y bebimos un par de tragos. Ese salto Pancho solo se lo debe a sí mismo, a su gran esfuerzo y a su perseverancia. Por eso, y por ser un buen hijo y un buen hermano, Nuestro Creador ha premiado y seguirá premiando a este querido primo, y lo hará también con su mujer y sus hijos.

En unos minutos más, tomamos la Avenida Melrose para dirigirnos al departamento de mi hija Angie, guiados por el GPS de mi teléfono. A las dos y media de la tarde nos despedimos con Panchito, con un abrazo muy fuerte y sincero; le agradecí por su hospitalidad y por dejarme conocer un poco de su fascinante viaje por la vida. Pancho es un ejemplo más del cumplimiento del sueño americano, que casi siempre lo consiguen aquellos que se establecen una meta y luego la persiguen con persistente, con indeclinable esfuerzo, cayéndose solo para levantarse y seguir adelante, siempre hacia adelante, sin que los obstáculos del camino los detengan.

Era el día de mi regreso a Orlando, mi vuelo debe salir a las 9:55 de la noche y debo estar en el aeropuerto unas dos horas antes. Angie me había dado las llaves de su departamento y allí la esperé hasta que llegara de su trabajo. Ya habíamos planeado que vendría a las cuatro y así lo hizo, así es ella, siempre puntual. En mi corazón y en mi mente había alegría y tristeza al mismo tiempo. Alegría porque por unas cuatro horas volvería a ver a mi princesita Angie para compartir el poco tiempo que me restaba en Los Angeles, y tristeza porque nuevamente la tengo que dejar, y debo volver a casa, a mi casa vacía, donde nadie me estaría esperando, porque Fanny, mi mujer, la que me ha cuidado y aguantado por cuarenta y un años, la que con el andar del tiempo se ha convertido en la mejor mitad de mi mismo, no estaría esta vez en casa, pues se ha ido a visitar a nuestros nietos en Arabia Saudita y no regresará a casa hasta después de tres semanas.
Llegó Angie a las cuatro de la tarde, mi corazón late de alegría al verla, ya tengo mi maleta lista. El plan es que comeremos juntos la cena en un restaurant japonés, ya desde antes habíamos decidido que comeríamos sashimi y sushi, una combinación gastronómica que nos gusta mucho a los dos. Pero antes, Angie quiere comprarle en el Farmers Market, que queda a solo unos cinco minutos de su departamento, un regalo a su mamá, por el día de las madres.


EL TRANVIA TURISTICO EN EL FARMERS' MARKET,
LOS ANGELES, CALIFORNIA


Al llegar al Farmers Market, nos subimos al segundo piso del elegante y verde tranvía que recorre solo un corto trecho, y que está hecho para que los turistas puedan disfrutar, en poco tiempo de este pequeño pero encantador lugar. Angie compró el regalo para su mami en Nordstrom y salimos de allí directo al restaurant japonés.
La Vita e Bella (la vida es bella), es el nombre de una película italiana ganadora del Oscar de la Academia hace unos quince años, y no encuentro una mejor descripción de mi vida que el nombre de esa película cuando estoy cerca de mi hija, me encanta saber que ella ha establecido sus metas, que ha diseñado la hoja de ruta para llegar a ellas, y que está avanzando con seguridad en el camino para llegar a esas mentas, es dulce y delicada pero firme, es pequeñita pero físicamente fuerte y espiritualmente aún más fuerte, es sencilla pero tiene estilo; pero por sobre todas las cosas es cariñosa con su padre. Ella es Angie, la niña de mis ojos, la que me hace soñar despierto y despertar soñando, contento.
Cierto que me da pena dejarla, pero me fortalece escucharla decir que todo estará bien. Está muy enamorada, y ella sabe que por un par de años va a tener que estar lejos de su amado, hasta que el termine sus estudios superiores; pero sabe también que tiene la fuerza de carácter para resistirlo y lo hará muy bien. No me cabe la menor duda. Hablamos de eso y de muchas otras cosas durante nuestra cena y mientras íbamos hacia el aeropuerto.

Una vez mas, el travieso tiempo se hace corto cuando estoy con ella, han pasado cuatro horas desde que nos volvimos a juntar, pero se han ido sin sentir, cada minuto vale oro. Angie es una experta en el complicado tráfico de Los Angeles y ya estamos en el aeropuerto; la despedida tiene que ser rápida porque estoy con el tiempo apretado. Ella desciende de su coche y nos damos un abrazo fuerte, fuerte, muy fuerte, me besa en la mejilla y me desea buen viaje, “te quiero mucho papito” me dice y yo ya casi no puedo hablar pero puedo articular solo unas pocas palabras ; “te quiebro mucho mijita, cuídate y que Diosito te bendiga”; no puedo decir más porque estoy a punto de llorar, y no lo hago porque ella y yo tenemos un pacto de -no llorar al despedirnos- que lo hemos mantenido ya por algunos años.

Cuando terminé de ubicarme frente al mostrador externo de la aerolínea para registrar mi equipaje y miré hacia donde había dejado a mi hija, ella iba ya saliendo de su espacio de parqueo y se dirigía hacia el carril de circulación; entonces solo pude agitar suavemente mi mano extendida y con mis ojos medio nublados por mis contenidas lágrimas la vi partir manejando su auto y pronto se perdió en el intenso tráfico de la bella y agitada ciudad de Los Angeles…


PENSAMIENTO

"Mientras haya fuego en tu alma y vida en tus sueños, no te rindas, no cedas aunque el frío queme y el miedo muerda; aunque el sol se ponga y se calle el viento, porque estás viviendo la hora y el mejor momento de tu vida".
Jorge Luis Borges

Monday, May 26, 2014

MI VISITA A CALIFORNIA





MI VISITA A CALIFORNIA/ABRIL 2014

PRIMERA PARTE-VISTANDO A MI HIJA ANGIE


PROLOGO
Después de haber dejado de escribir por mas de un año (producto de una combinación de factores que no vale la pena analizar), vuelvo a mi blog para contarles a mis lectores lo que considero uno de los mas bonitos viajes que he hecho en los dos últimos dos años, pero además quiero decirles que volveré a estar con ustedes escribiendo sobre "la montaña rusa" de mi vida.

Bienvenidos de regreso a mi Blog


EL CENTRO DE LA CIUDAD DE LOS ANGELES, CALIFORNIA

Son las nueve y media de la mañana del jueves diecisiete de abril y el piloto del avión D-377 de Delta Airlines, con 250 pasajeros a bordo viniendo de Orlando, anuncia que en quince minutos estaremos aterrizando en el aeropuerto internacional de Los Angeles. Vengo a visitar a mi hija, mi querida, mi mimada y bella Angie.

El viaje se me hizo corto y agradable. Salí de Orlando a las siete de la mañana y después de cinco horas de vuelo he llegado a la bella California cuando eran las nueve y cuarenta y cinco. Hay tres horas de diferencia entre Florida y California. Mientras los californianos recién están llegando a su trabajo, en Florida todos están ya en la hora de su lunch, allá, en Orlando donde yo vivo, son ya las doce del día.

Es un día soleado, casi sin viento, sólo hay unas pequeñas nubes muy blancas navegando lentamente hacia el Este, empujadas por los suaves vientos del Océano Pacífico. En el horizonte ya se divisa la enorme ciudad de Los Angeles; los campos verdes que la rodean y sus autopistas atestadas de tráfico. Poco después el piloto anuncia que ya estamos aterrizando. Lentamente el avión se encamina al hangar y en pocos minutos hemos desembarcado. Al salir del avión, vi al capitán de la nave parado en la puerta de su cabina y lo felicité por habernos dado un lindo vuelo. Su respuesta es parca y muy cortés; “muchas gracias y bienvenido a Los Angeles”

En el medio kilómetro de camino dentro del terminal para retirar mi equipaje, veo el ir y venir de mucha gente que llega desde cientos de orígenes o se va a cientos de destinos, en miles de vuelos, todos marchando apresuradamente al ritmo que les impone su vida en este hermoso país. Esa es una de las cosas que hace tan dinámico y rico a los Estados Unidos de América, es ese imparable movimiento de su gente haciendo su trabajo o buscando sus oportunidades.
California está muy dentro de mi corazón, allí, en Los Angeles, vive mi princesita, mi niña mimada, la dueña de mi corazón, la que con su voz que me suena a música le da luz y alegría a mi vida, la que con un beso me derrite, la que cuando me dice –te quiero mucho papito-, me hace sentir como el Rey del mundo, la que cuando silba una canción me suena al oído como una sinfonía y me transporta a mi infancia y juventud, cuando yo iba por la vida silbado una y otra vez mis canciones favoritas. Silbar, para mi era tan natural y parte de mi vida, casi como lo es para los pájaros del campo, cerca de los cuales nací y me crié.

Aquí, en la ciudad de Los Angeles vive Angie, el angelito de mi cielo. A ella voy a visitar, con ella voy a pasar unos pocos días, disfrutando de su presencia, de su voz, de su cariño, de su amor, de sus mimos. Quiero llegar pronto para verla, para abrazarla, para besarla para sentirla cerca y para decirle que la quiero más que nunca.
A la hora que yo llego a la ciudad, mi Angie está trabajando y nos veremos a las cuatro de la tarde. Tomo un taxi desde el aeropuerto para llegar a su apartamento que está en West Hollywood, muy cerca de la capital mundial del arte cinematográfico, la siempre imitada pero nunca igualada Hollywood, ambas ciudades son parte de la gran ciudad de Los Angeles.


ANGIE Y FAMILIA EL DIA DE SU GRADUACION
UNIVERSIDAD DE COLORADO-BOULDER MAYO-2002

Al llegar al apartamento de Angie, encuentro que ella me ha dejado preparada una deliciosa sopa de pollo que la caliento y me la tomo inmediatamente porque he llegado con mucha hambre. Mientras espero a Angie, llamo a mis primos Pancho y Mechita Izurieta Barragán, y a su mamá, nuestra querida y recordada Lucha Barragán, quienes han vivido en California por más de cuarenta y cinco años, pero siguen amando y añorando al Ecuador como si hubieran salido de allí hace muy poco tiempo.
Pancho y Mechita pertenecen a una segunda generación de primos por el lado de mi mamá (ella era Montiel-Izurieta), y a ellos ya les había anunciado que vendría a visitarles en su tierra adoptiva. Con ellos hemos mantenido siempre una amistad y un cariño profundos que han trascendido las generaciones, el tiempo y la distancia. Nos queremos con ese cariño que nace en la sangre que corre por nuestras venas y se consolida con la química que nace de nuestro mutuo respeto y admiración. Pancho y Mechita son nietos del tío de mi madre, don Miguel Angel Izurieta, a quien mi madre quería mucho.

Visitaré a ellos por dos días en Palm Springs (una ciudad en medio del desierto, convertida por su gente después de la segunda guerra mundial, en un hermoso oasis lleno de flores, palmeras y de verde y manicurado césped en sus muchas canchas de golf; y que en el invierno desde entonces ha sido refugio de famosos personajes del cine, la TV de la radio y de los ejecutivos de grandes empresas. Allí disfrutaré de la hospitalidad de mis primos y su mamá, de su cariño y de su siempre agradable compañía, que espero poder devolver algún día.


LOS PRIMOS MECHITA Y PANCHO EN SU ADOLESCENCIA EN ECUADOR

El tiempo se me está haciendo largo, debo esperar algunas horas más hasta encontrarme con Angie, mi Princesita, entonces me tomé una siesta para recuperar el sueño que no tuve durante el largo vuelo. Así maté el tiempo hasta que de pronto, cuando eran las cuatro de la tarde, se abrió la puerta y voila!- era Angie, esa personita tan especial y querida y que tanto extraño, si, es ella mismo, está frente a mí, y con su brazos abiertos se acerca y me abraza y me besa, fuerte, fuerte, fuerte, como solo ella sabe hacerlo con su papito. Soy el hombre más feliz del mundo, estoy con mi hija, a quien he venido a ver desde muy lejos, es como un sueño hecho realidad. No encuentro palabras para decirle lo mucho que la quiero, pero mis ojos hablan mejor que mi boca y sus ojos me responden que también ella me quiere por igual.
Hablamos de su mamá, de sus hermanos, de mis nietos que son sus sobrinos y que acaparan la atención de toda la familia, los dos sabemos que ellos vendrán a Ecuador en el mes de junio y entonces ella me dice que también quiere venir a verlos. Hablamos de Jay, el chico con el que ha estado saliendo desde hace un año y medio y del que está seriamente enamorada. En fin, hablamos de todo, poniéndonos al día de muchas cosas, hay momentos de silencio que los tomamos solo para empezar con más fuerza a hablar y hablar, casi sin fin. Con ella es refrescante hacerlo, ella siempre fue una persona más madura que su edad bilógica, y ahora que es una persona completamente adulta, ha profundizado tanto su seguridad que va mucho más allá de lo que uno puede esperar. Angie nunca deja de sorprenderme, ella siempre termina por darme consejos, como si ella fuera mi madre y yo su hijo.

Han llegado las seis de la tarde; sin darnos cuenta han pasado dos horas, el tiempo ha comenzado a volar, así nos trata el travieso tiempo; nunca juega limpio, siempre se acorta cuando estás pasando lindo y se alarga cuando no lo estas. No hay forma de hacerle que marche a nuestro gusto y sabor!
Unos minutos más tarde llega Jay y nos presentamos, él es un joven de 34 años, de mediana estatura, blanco, de ojos azules y pelo castaño claro, peinado a la moderna, él es buen mozo, como dirían en mi pueblo; de sonrisa amplia, de hablar pausado y sereno, es una de esas personas que tan pronto conoces te caen bien; y cómo no me va a caer bien si Angie, mi Angie, la inteligente y madura Angie se ha fijado en el?, no es acaso ese el mejor y más seguro indicador de que estoy frente a una persona que vale la pena conocer, apreciar y aceptar?. Jay viene de una familia de raices irlandesas, rusas y alemanas y ha vivido en Los Angeles por algunos años. En Holliwood ha actuado en papeles secundarios en algunas películas, pero hoy está preparándose para volver a la Universidad y poder luego integrarse al mundo de los negocios.

Los tres hablamos un poco de los planes de Jay para seguir sus estudios y obtener su grado académico de cuarto nivel. Ha sido ya aceptado en la Universidad de Rochester, en el estado de Nueva York y ha sido también invitado a una entrevista en la Universidad de Notre Dame, una de las mejores universidades de los Estados Unidos de América. Él ha estado últimamente preparándose para esa entrevista y en tres días debe viajar para tenerla. Este chico está tomando muy seriamente su futura preparación académica.

Angie sugirió que vayamos a cenar a un restaurant de comida mexicana, ubicado no muy lejos de la casa. Durante la cena seguimos conversando y haciendo planes para el día siguiente. Jay no estará con nosotros durante el día, porque continuará su preparación para la entrevista en Notre Dame, pero nos acompañará a la cena que tendremos frente al mar, en Malibu, donde pasaremos con Angie la mayor parte del día.

Malibu es una larga y ancha playa de arena color marrón claro,de agua muy limpia, muy frecuentada por surfistas, pero suficientemente fría para que Angie y yo, como ecuatorianos acostumbrados a las cálidas aguas de nuestras costas decidiéramos no bañarnos. Esta playa, se extiende por algunos kilómetros al pie de las colinas a la orilla del mar, donde como en competencia por el premio a la más linda, están grandes y hermosas mansiones de propiedad de celebridades del cine, de los deportes y la televisión. La Autopista No. 1, llamada Autopista de la Costa del Pacifico corre al pie de estas colinas y atraviesa todo el enorme estado de California de sur a norte.


SURFISTAS EN LA PLAYA DE MALIBU, CALIFORNIA

Llegamos a nuestro destino a las once de la mañana y en la playa había un sol esplendoroso, no había vientos y en el agua (a pesar de estar muy fría), había gente bañándose y jugando con las olas, mientras muy cerca los surfistas hacían gala de sus habilidades para deslizarse al ritmo de las grandes e incesantes olas. Grandes y blancas gaviotas sobrevolaban la playa a poca altura, a la caza de los pequeños peces que son su alimento cotidiano. Colocamos toallas sobre la arena y Angie y yo nos dispusimos a disfrutar del sol y de la playa leyendo y tomando una siesta.
Cuando habíamos descansado como una hora y media, Angie me hizo notar que hay una ballena desplazándose a unos ciento veinte metros de la playa donde estábamos nosotros. Me pongo los lentes y miro hacia allá, y es cierto, no es una sino que son tres ballenas de color marrón, dos de ellas muy grandes (como de diez metros de largo) y una más pequeña que parece una cría. Las ballenas se quedaron allí, frente a nosotros, jugando en el agua, casi en el mismo sitio, entre diez y doce minutos, como si estuvieran dándonos un show para el cual nos habían elegido como su público. Las ballenas nadaban unos veinte metros con todo su enorme cuerpo sobre el agua, y luego agitando la cola se sumergían para en pocos segundos volver a la superficie, lenta y majestuosamente de forma vertical, sacando al aire casi la mitad de su cuerpo y dejándonos ver el chorro de agua vaporizada que echan al aire como si saliera de una fuente artificial, solo para inmediatamente volver a sumergirse y repetir el ciclo una y otra vez.


UNA BALLENA MOSTRANDO TODA SU BELLEZA (Foto de CNN)

Jamás habíamos visto semejante espectáculo tan cerca. Poco tiempo después, como sintiendo que habían cumplido con nosotros y buscando otro público para su próximo show, lentamente se alejaron nadando paralelas a la playa. Todos los felices miembros del público en esa parte de la playa (éramos muchos) las despedíamos agitando nuestras manos, como cuando un ser querido se aleja y se pierde en el túnel de abordaje del avión que lo lleva para un viaje sin retorno. Nos quedamos deslumbrados, con el bello recuerdo de esas enormes criaturas marinas que decidieron actuar para nosotros en un show privado que nunca olvidaremos. Gracias Señor Nuestro por enviar estas ballenas a darnos su incomparable show!
Después del show de las ballenas, Angie decidió ir a caminar por la playa mientras que yo volví a tomarme otra siesta disfrutando del incomparable clima de Malibu, que incluía, como si lo hubiéramos pedido a la carta; un brillante sol, 25 grados centígrados de temperatura, casi cero vientos, arena tibia y silencio casi absoluto con gaviotas sobrevolando silenciosamente y oteando el horizonte para detectar los pequeños peces que son su alimento. Se le podrá pedir algo mejor a la vida?, lo dudo, o para conseguirlo habría que viajar muy lejos y pagar muy caro.
Jay ha hecho una reservación para cenar, en un restaurant a la orilla del mar, a las seis y cuarenta y cinco de la tarde. Vamos a disfrutar del gran espectáculo de la puesta del sol en el horizonte del Océano Pacifico. Para hacer tiempo, Angie y yo volvemos al carro y empezamos a circular por la carretera hacia el lado sur, teniendo a la derecha la playa y a la izquierda las verdes y onduladas colinas donde hay una mezcla de mansiones de estilo clásico de herencia española-mexicana, con paredes blancas y techos con tejas rojas u otras de estilo más moderno, pero todas rodeadas de verdes y frondosos álamos y de hermosas flores, donde la buganvilla brilla con luz propia porque es la más abundante y colorida.

A la distancia vemos los edificios modernos y la cúpula de la capilla de la Universidad de Peperdin, una de las más prestigiosas de California y del Oeste de los Estados Unidos.
Volvemos a circular por la Autopista del Pacifico en dirección norte-sur para hacer tiempo y nos detenemos en un muelle de larga espiga, pintado casi todo de blanco muy bien cuidado, desde el cual podemos tener una vista muy amplia hacia el norte, hacia las playas donde un poco más temprano habíamos estado tomando sol y donde los surfistas siguen practicando su deporte. Al final del muelle hay muchas personas pescando con anzuelos y carnada artificial. Una de esas personas evidentemente es un experto pescador y mientras le miramos unos quince minutos, ha logrado pescar unos veinticinco peces pequeños (de los que son alimento de las gaviotas), de unos quince centímetros de largo y que parecen sardinas, que los guarda en un balde rojo, mientras los otros pescadores sólo se conformaban con intentar su pesca, mirando con una mezcla de envidia y admiración al experto pescador.


UN EXPERTO PESCADOR EN UN MUELLE DE MALIBU, CALIFORNIA

Regresamos a tierra y seguimos circulando por la Autopista del Océano Pacifico, tan lentamente como nos lo permite el intenso tráfico, hasta que llegamos al restaurant donde tendremos la cena con Jay, quien ha pasado todo el día estudiando y preparándose para su entrevista en Notre Dame en solo tres días más.
El restaurante es muy grande, con una capacidad de aproximadamente unas ciento veinte personas cómodamente sentadas, y está completamente lleno, pero la reservación hecha por Jay ha funcionado a la perfección. A las 7:50 PM estamos ya sentados, con mirada hacia el poniente, tal como lo había solicitado Jay. Pronto nos atiende nuestro camarero.
Angie y Jay van a comer Halibut, un pez de aguas frías cuya textura es muy parecida a la corvina de nuestros mares del sur, y yo solo voy a comer una porción de sashimi de atún rojo (al estilo japonés). Jay y Angie ordenan un Margarita cada uno y yo les digo que no puedo beber nada con alcohol, pero luego me animo y ordeno también un margarita que lo encuentro delicioso. La cena resulta muy amena pues hemos tenido tiempo de hablar de muchas cosas, más el tema central son los planes de Jay. El tiempo transcurre lenta pero inexorablemente y a las diez de la noche nos dirigimos a la casa. Jay se despide de nosotros y de mí en particular porque ya no nos veremos cuando el regrese de su cita en Notre Dame. Para entonces yo habré partido de regreso a Orlando.

ANGIE, JAY Y YO EN LOS ANGELES, CALIFORNIA, ABRIL DE 2014

Angie y yo hacemos ahora planes para el día siguiente, haremos turismo alrededor de la bella ciudad de Los Angeles y en esos planes Angie incluye al observatorio astronómico Grifith, un icono de la ciudad, situado en la cima de la parte sur del cerro de Holliwood, frente a la colina donde está el enorme letrero que ha identificado a Hollywood desde los años treinta del siglo pasado. También iremos a la Placita de Olvera, el lugar donde los colonizadores españoles fundaron la ciudad de los Angeles en el siglo XVIII. El plan incluye otras actividades, que cumpliremos después visitar la Plaza Olvera.

Al día siguiente desayunamos con bolones de verde (los verdes se los he llevado yo desde Orlando), que yo he preparado para Angie, a quien le gustan mucho porque le recuerdan los sabores de su amado Ecuador.
A las diez de la mañana salimos a nuestro paseo, Angie usa el sistema de posicionamiento geográfico (GPS) de su teléfono para manejar y en unos veinticinco minutos llegamos al pie de la colina donde está el observatorio. Empezamos el ascenso por una carretera de dos carriles, llena de curvas que me recuerda la carretera para llegar a mi pueblo, Pallatanga. La ruta sube, atravesando verdes y floridos bosques con pequeñas quebradas por las que baja agua cristalina que se detiene a trechos para formar pequeñas lagunas que le agregan belleza al paisaje.
Parqueamos nuestro vehículo y solo caminamos unos cincuenta metros para llegar a la cima donde está el Observatorio y allí, para aprovechar la espectacular vista de Monte Holliwood, Angie y yo nos tomamos fotos frente al monumento a los más famosos astrónomos de la humanidad, entre ellos Ptolomeo, Copérnico, Galileo Galilei, Kepler, Isaac Newton, y Edwin Hubble.

Entramos al Observatorio y compramos tickets para el próximo show que comenzaba en media hora en un teatro circular con tumbado ovalado que semeja una noche de cielo despejado, llena de estrellas mostrando la bella inmensidad y complejidad del universo, con sus innumerables constelaciones. En el show una persona narra, en vivo, la formación del Universo y el lento pero continuo avance de la ciencia a través de cientos de años para investigarlo y explicarlo y cómo, muchos hombres desde la antigüedad, desafiando los estereotipos culturales y religiosos de la época, y hasta poniendo en riesgo su vida por ello, fueron haciendo de la astronomía una ciencia que ha logrado llevar al hombre a las inmensidades del espacio, y ha permitido descubrir más y más lejanas constelaciones.

EL OBSERVATORIO ASTRONOMICO DE LOS ANGELES

Al salir del show uno comprende que nuestra tierra no es más que un minúsculo punto en la inmensidad del universo y que debemos agradecer a Dios porque en él vivimos, mientras que ni la más avanzada ciencia ha podido probar que haya otro lugar en la inmensidad del universo donde haya vida equivalente o parecida a la nuestra.
Salimos de este show un poco menos ignorantes de las complejidades del universo, pero también más humildes por estar más conscientes de nuestra pequeñez, a la vez que más agradecidos con Dios por hacernos una parte viva y pensante de este inmenso y bello universo.

Nuestro próximo destino es la Placita de Olvera, el lugar donde en 1780, cuarenta y cuatro personas fundaron (siguiendo órdenes del gobernador español Felipe de Neve) la ciudad de Nuestra Señora de Los Angeles de Porciúncula, en el centro de lo que es hoy la enorme y bella ciudad de Los Angeles.
Nadie, y menos sus cuarenta y cuatro fundadores, tenían la más remota idea de que el pueblito que fundaron entonces, se convertiría con el tiempo en una de las dos metrópolis más grandes e importantes de lo que en el futuro serían Los Estados Unidos de América. La placita tiene en su centro la iglesia de típica arquitectura barroca española, y es muy semejante a las iglesias de esa misma época que existen en Cuenca y Quito en el Ecuador. Muy cerca de la iglesia hay espacios abiertos que se han convertido en parques, con una rotonda al centro donde en el momento que llegamos, una orquesta de mariachis echaba al aire las notas de una canción ranchera, mientras que, después de un rato, en una esquina, había un grupo de tres artistas, cantando también canciones del folklore mexicano.

Dentro de la plaza había una gran cantidad de gente que vestida a la mexicana y hablando como mexicanos, traía consigo sus mascotas (perros, gatos gallinas, iguanas y hasta una pequeña vaquita), para ser bendecidas por el obispo durante una procesión que incluía jinetes sobre hermosos caballos, vestidos a la vieja usanza de los charros mexicanos.
Alrededor de la plaza y en calles típicamente estrechas, los edificios son de estilo clásico español-mexicano, ocupados por restaurantes y tiendas donde se vende casi exclusivamente artesanías mexicanas, y entre vereda y vereda, pequeñas carpas al estilo de la “bahía” en Guayaquil, donde igualmente se ofrecen más artesanías mexicanas. Todo esto le da a la placita el aspecto, el color el idioma y el sabor de México, confirmando que la población de Los Angeles tiene un alto porcentaje de gente de ese origen, que no solo conserva la cultura, el idioma, el acento, las costumbres, el vestido y el folklore de su país natal, sino que le da ha dado a esta hermosa ciudad un toque especial de la cultura hispano americana que la hace casi única en el mundo.

LA PLAZA OLVERA, EN LOS ANGELES

Angie y yo disfrutamos mucho de la Placita de Olvera, de su gente, de su música, de sus espectáculos y de sus colores, y de alguna manera sentimos que a través de nuestra sangre y nuestro idioma estamos ligados a este lugar y a su historia. Concluida nuestra visita a la Placita, decidimos ir a comer comida mexicana. Fuimos a comer en el restaurant El Coyote.
Este día muy agitado durante el cual Angie y yo mantuvimos un dialogo ininterrumpido y siempre agradable, enfocado en la familia, en nuestra optima relación de padre e hija, y en nuestros planes para el futuro. Sus reflexiones maduras e inteligentes y acertadas, siempre las he acogido en todo su valor y así seguirá siendo en el futuro. Ella es y seguirá siendo mi consultora, mi consejera, mi amiga y mi confidente.

Finalmente regresamos a casa a las seis de la tarde. Angie estaba agotada por haber manejado desde muy temprano, por tanto decidió tomar una siesta. Esta no concluyó hasta las diez de la noche, demasiado tarde para salir a comer. Así terminó este día que nos mantuvo cerca, muy cerca, mientras disfrutábamos de nuestra mutua compañía y nunca salimos a cenar. Había que prepararse para el viaje del día siguiente a visitar a mis primos Izurieta y su mamá.

Saturday, April 13, 2013

PARIS, LA BELLA




Con más de dos mil doscientos anios pasados desde su fundación, Paris es una de las ciudades más Viejas de Europa. Los galos, tribus de origen nórdico se asentaron en el territorio en que hoy está Paris entre los anios 200 y 250 AC y establecieron allí sus comunidades de pescadores a las orillas del rio Sena. Eran indomables guerreros que bajo el mando de su legendario héroe Asterisco, resistieron por muchos años la invasión romana. Su asentamiento más importante, ubicado en el sitio donde hoy está Paris tenía el nombre de Lutecia, ciudad que después de largos años de resistencia, llenos de batallas heroicas, fue finalmente tomada por Julio Cesar, el más famoso de los conquistadores romanos en el año 52 AC.



Paris a la que conocemos como la ciudad Luz, es una ciudad de mucha historia, de mucha cultura, es la ciudad de Víctor Hugo y de sus Miserables, de Napoleón y su grandeza militar, de Robespierre y su guillotina, de Luis XIV y su absolutismo, la ciudad de La Bastilla, de la Torre Eiffel, del museo de Louvre, de Los Campos Elíseos, el Palacio de Versalles, del Arco del Triunfo, de la Catedral de Notre Dame, pero también es la ciudad de la mejor gastronomía y de los mejores espectáculos del mundo.


Llegué a Paris en junio de 1972, con una maleta muy ligera, pero con mi corazón lleno de esperanzas por concretar lo que para mi había sido hasta entonces una de mis mas grandes ilusiones, llegué en un tren desde el sur de Alemania, viaje durante el cual mi espíritu campesino continuó deleitándose con la vista de los extensos campos llenos de cultivos casi listos para la cosecha al final de la primavera y comienzo del verano. Siguiendo las direcciones de mi libro “Europa por 20 Dólares Diarios”, me alojé en un pequeño pero inmejorablemente ubicado hotelito, impecablemente limpio, en una habitación de no más de 3 x 4 metros, con solo una pequeña cama de una plaza, un velador y un lavabo pero sin servicio higiénico ni ducha, al más clásico estilo de los viejos y pequeños hoteles europeos de la época y que hasta hoy sobreviven. La habitación solo me servía para dormir, porque decidí que a Paris había que conocerla recorriéndola de norte a sur y de este a oeste, una veces a pie y otras en el metro, ese viejo pero muy eficiente sistema de trenes subterráneos que los franceses han venido usando por cerca de ciento cincuenta años.



Recorrí las calles de Paris dia y noche, visité el Museo de Louvre, el más grande y más famoso del mundo por dos días consecutivos, me deleité mirando las más grandes obras de arte de la humanidad (incluyendo a la Mona Liza, a la que me quedé mirándola por cerca de quince minutos) y, en la noche, con los pies y hasta la espalda adoloridos llegaba al hotel sólo a descansar, para poder emprender un nuevo dia con mas bríos. Caminé por los Campos Elíseos desde Louvre hasta el Arco del Triunfo y de allí a la Torre Eiffel, para volver por la orilla del Sena hasta la Catedral de Nuestra Señora de Paris, y como si esto fuera poco, también asistí al show del más famoso cabaret del mundo, El Lido, un asombrosos show de arte, magia y belleza femenina, combinados para deleitar a turistas de todo el mundo.



Mi asiento en este show estaba a menos de tres metros del escenario principal, vi las mujeres más bellas del mundo, como si estuviera viendo un show en tercera dimensión, tan cerca que casi podía tocarlas, treinta mujeres entre las más bellas talentosas y coquetas, bailando acompasadamente al son de la música tocada por una orquesta de maestros de la música moderna. Llegué a peñizcarme suavemente para asegurarme de que lo que veía era cierto, que no era un sueño y si lo era, prefería no despertar. Paris, Paris, la más bella ciudad del mundo, me enamoré de ella con un amor que no solo ha perdurado en el tiempo, sino que se agranda cada vez que digo su nombre y me acuerdo de ella. La he visitado al menos cinco veces desde entonces, y mi admiración y mi amor por ella se hace cada vez más grande y más firme. Siempre quiero volver a verla y a sentirla…



Tuve tiempo para visitar la tumba de Napoleón, ese controvertido y heroico hombre, el más grande y famoso soldado de Francia que le dio a su país sus más grandes glorias bélicas, pero que también fue el promotor de los modernos códigos civiles del hemisferio occidental. Napoleón, tuvo su más grande gloria militar en Austerlitz donde derrotó a las fuerzas del imperio Austro Húngaro, lo que le dio el control casi total de Europa, pero fue finalmente derrotado por los ingleses en Waterloo, donde fue apresado y luego exiliado a la Isla de Santa Elena, donde murió pobre y abandonado. Los franceses sin embargo lo recuerdan y lo respetan como el más glorioso representante del orgullo galo.



Durante mi visita a Paris, me sorprendí de lo bien que pude comunicarme con los Franceses en su idioma. Yo tomé clases de Francés en los dos primeros años de mi secundaria, en el Seminario Menor La Dolorosa en Riobamba, allá por los anios 50, pero reforcé mis conocimientos de ese idioma en La Alianza Francesa en Guayaquil, donde uno de mis compañeros mas aprovechados era mi gran amigo y colega golfista Pepe Salame con quien siempre nos saludamos en francés y nos reímos de lo poco que nos queda de ese bello idioma. No estar en capacidad de recordar suficientemente mi viejo francés para sostener una conversación es ahora una de mis frustraciones, pero nunca abandonaré mi plan de estudiarlo de nuevo hasta poder volver a hacerlo

Cada vez que regreso a Paris, tengo la inexplicable sensación de estar en un lugar en que he vivido mucho tiempo atrás. Algunas de sus estrechas calles empedradas me recuerdan los callejones por los que Jean Valjean era perseguido por el incansable e imperturbable inspector Javert, y por los que Mario, el joven rebelde enamorado de la bella Cosette y sus heroicos amigos construían las barricadas desde donde peleaban por sus ideales. Paris, Paris La Bella… siempre estarás en mi retina y en mi pensamiento.

En mi próximo capítulo: ITALIA, HISTORIA Y ARTE

Monday, March 25, 2013

EUROPA POR VEINTE DOLARES DIARIOS




Tulipanes en flor en el verano de Holanda

Al terminar mi cuarto dia en Holanda, decidí tomar el tren hacia Stuttgart, en Alemania, donde debía visitar a los suegros de mi amigo y supervisor Jerry Windham, cuya linda esposa alemana, Helga, me había entregado una carta para ellos. Fui a la estación del tren y pedí un boleto para la ciudad de mi destino y la chica que atendía la boletería me lo entregó advirtiéndome en perfecto ingles que debía hacer un cambio de tren en Colony, bien adentro de Alemania. Abordé el tren que salió con puntualidad suiza y empecé a leer un libro mientras el tren se desplazaba raudo por los planísimos territorios que nos conducían a Alemania. Paré de leer mi libro para disfrutar de la belleza de los campos europeos que a ambos lados del tren mostraban sus inmensos cultivos de tulipanes, violetas, girasoles, jazmines, lavanda y mostaza, todos en flor que parecían perderse en el horizonte, pero me mantenía alerta para bajarme en Colony y cambiar de tren.



Tren de Europa

Después de casi tres horas de viaje y cuando habíamos pasado ya algunas estaciones, los campos dejaron de ser planos, desaparecieron los cultivos en flor y entramos en un terreno ondulado, con colinas de lado y lado y casas de apariencia vieja y que mostraban evidente descuido. Noté la diferencia y empecé a pensar que se trataba de alguna región de Alemania que aun no había sido reconstruida después de la gran guerra que había pasado ya hace más de veinticinco años.
De repente se me acercó un oficial del tren a quien entendí que quería ver mi boleto y le mostré el que me había dado la chica de la boletería en Amsterdam. El hombre que vestía uniforme y la inconfundible gorra de ferroviario, me miró con cara de disgusto y me empezó a hablar en alemán. Mientras sus ojos me mostraban una actitud de pocos amigos. Le dije en ingles que yo no hablaba alemán y entonces le pregunté si él hablaba ingles; me indicó con su cabeza que no. Le pregunté si hablaba francés, español, italiano o portugués y a todo me hacia entender son su cabeza que NO!.




Un campo de lavanda en flor en el verano de Europa

Viendo que estaba en medio de una situación difícil, hablando en voz alta pregunté a los taciturnos pasajeros que iban en mi mismo vagón, si alguno hablaba ingles, pero todos sólo sacudían su cabeza en señal negativa, mientras tanto el hombre seguía a mi lado mirándome con ojos de disgusto. Empecé a pensar que algo andaba mal y que iba a necesitar ayuda. Finalmente llegamos a una estación en medio de pequeñas colinas en las cuales se podían ver, esparcidas en el horizonte, algunas casas de campo de evidente construcción antigua. El tren paró y el inquisidor alemán que no se había despegado de mi, tomo en sus manos mi maleta blanca y me hizo señas de me bajara del tren. Entregó mi maleta a un solitario hombre también uniformado con atuendo ferroviario y le dijo algunas cosas en su idioma mientras se subía nuevamente al tren en que habíamos viajado. El tren dio el pitazo de salida e inmediatamente partió raudo mientras yo me quedé sólo, en medio de nada, y acompañado de un hombre que tampoco me entendía. El buen hombre me condujo en el andén hasta donde había un mapa ferroviario y una banca, y quería hacerme entender, mostrándome el mapa, lo que estaba ocurriendo. Tampoco tuvo éxito.



Foto de la hermosa ciudad de Heidelberg, en Alemania

Confundido y preocupado, me senté en la banca del andén de la solitaria estación a esperar, sin saber qué hacer, y cuando había pasado alrededor de media hora, escuché el inconfundible pito de un tren que venía de la otra dirección. En menos de un minuto paró el tren y de él se bajó una sola persona, era un joven de entre veintidós y veinticinco años, blanco, rubio y vestido con apariencia americana. Me acerqué a él y le hablé en ingles, y oh sorpresa, me respondió en perfecto inglés con acento americano!

“ De dónde vienes?”, me preguntó y le contesté que de Guayaquil, Ecuador. El joven me miró con cara de incrédulo y me dijo; “no, no puede ser, me debes estar bromeando, no te creo que vengas del Ecuador!”. Me sorprendió mucho la actitud del joven y le dije que yo no le estaba bromeando, y le pregunté que porqué no me creía que yo viniera del Ecuador. Su respuesta me dejó perplejo; “porque yo nací en Ecuador”, me dijo y agregó; naci en Quito, en el Hospital Vozandes de propiedad de la Misión Evangélica de la cual mi padre era el Jefe en el año 1950”, para luego agregar; “mi padre dirigía la radio más potente del Ecuador y una de las más potentes del mundo, La Voz de los Andes, una radio que hasta hoy se escucha en todo el mundo”. Terminó por convencerme.

Reímos a gusto después de esta breve y curiosa introducción y los dos ponderamos lo pequeño que es este mundo. Inmediatamente después, mi nuevo amigo y “paisano” habló en alemán con el jefe de la estación del ferrocarril donde me dejaron botado del tren en que había venido y me explicó lo que me había pasado. Mi ruta desde Amterdam a Stuttgart requería que yo cambie de tren en Colonia, para seguir rumbo al sur para llegar a mi destino, pero, ignorante del idioma alemán, no me di cuenta que Colonia, en alemán se escribe Koln, y seguí en mi primer tren, en dirección hacia el Este. Había ya pasado la línea divisoria entre Alemania Occidental y Alemania del Este y ya había llegado casi a la ciudad de Leipzig, bien adentro en territorio de la Alemania Comunista. Cómo logré pasar los controles de la Alemania Oriental para entrar en su territorio?, no lo sé, ni lo podré averiguar nunca, lo cierto es que tanto las personas como los paisajes que vi en esa ruta eran extrañamente diferentes, envejecidos y hostiles, en un contraste enorme con la vibrante Alemania occidental que vi entonces y que he visto varias veces despues. . La fragilidad del sistema comunista que regía entonces en la Alemania del este quedo evidenciada solo unos anios después, cuando su régimen colapso como un castillo de naipes en 1989. Después de esto, Alemania volvió a ser el eje de Europa, una sola, floreciente, poderosa, vibrante y rica, y la Alemania comunista es hoy solo un capitulo triste en la Historia del gran pueblo alemán.



Foto del puente sobre el rio Neckar, en Stuttgart, Alemania

Pocos minutos después, al escuchar el pito de un tren que venía de Este a Oeste, el jefe de la estación le dijo a mi amigo que yo debía tomarlo y regresar hasta Koln, para de allí tomar el tren hacia el sur, en dirección a Stuttgart, mi destino original. Un abrazo, un apretón de manos mi agradecimiento a este joven que fué mi Angel de la Guarda y en pocos minutos estaba viajando en la direccion correcta. Llegué a Stuttgart, visité a los suegros de Jerry Windham, mi jefe directo en Ecuador, y 24 horas después retomé mi ruta originalmente planeada que tenía a Paris como mi próxima parada.

En mi próximo capítulo; PARIS, LA BELLA

Monday, March 18, 2013

QUIERO QUE ME DEVUELVAN MI DIENTE…




Lunes 4 de febrero de 2013

Son las seis de la mañana. Hay que despertar a los niños para que se preparen para ir a la escuela, voy a verlos en su dormitorio y Matteo ya está despierto. Se levanta al verme y me arrodillo para abrazarle, me abraza fuerte, pegando su carita a la mía, con esa bella ternura que sólo los niños pueden dar sin pedir nada a cambio. Le levanto en mis brazos mientras le beso y me dice que quiere ir al baño, le aviso a su abuelita Fanny y ella se encarga del tema, ya que el niño esta aun pasando por la etapa de entrenamiento en el WC.
Entretanto, Carlito ha despertado también y se levanta y medio dormido se dirige a la sala, enciende la TV y empieza a navegar con el control remoto hasta que encuentra el programa que le interesa, es el que contiene noticias del futbol europeo y hay muchas noticias de ese tipo. Sabe que dentro de ocho días su equipo, el Manchester United se enfrentara en Madrid al Real Madrid y mira y escucha la noticia con la mayor atención. “Aleuito”, me dice, “ya falta poco para el partido más importante, y quiero que gane mi equipo”, yo le sigo la corriente y le digo que va a ser un partido muy difícil para los dos contendores y cuando me pide que le diga quién creo que va a ganar, le digo que no me atrevería a vaticinarlo. Mientras mira la TV y se actualiza con las noticias sobre otros deportes, yo le cambio de ropa, le pongo su uniforme escolar y le preparo para que se siente a desayunar. Su desayuno de cereal con leche se lo ha dejado su abuelita servido mientras atiende a Matteo.
De pronto escucho a Matteo que desde el servicio grita “Abuelitaaaa, I need a biiiiiiig premio, I have just made a big giant one... (Necesito un graaaaaan premio porque he hecho una bien grande!). Cuando llega donde estaba Matteo, la abuela se suelta a reír y le dice también en voz muy alta para nosotros la oigamos, “sí, claro Matteo, realmente es muy grande!, te mereces un gran premio y lo vas a tener”, y se dirige a nuestro closet donde tiene escondidos los M&M que les hemos llevado desde los Estados Unidos, toma una fundita de ellos, que contiene unos diez caramelitos de chocolate y se los entrega, diciéndole “toma, bien merecido es tu premio, Matteo”.
Un par de minutos más tarde suena el teléfono y Fanny contesta, es Mariuxi, llamando desde Marruecos para averiguar de sus hijitos. Ni bien ha empezado a hablar Fanny, Matteo que exuda felicidad y orgullo por “su gigantesca obra”, se acerca y le dice a su abuela “dile a mi mami que hoy he hecho una caca gigantesca y que por eso me he ganado un gran premio”, se da la vuelta y como quien no ha dicho nada, se sube a su asiento de la mesa y se prepara para que su abuelita le ayude a comer el desayuno. De allí en adelante se pasó el dia repitiendo su “slogan”, orgulloso por la gran hazaña que había hecho en la mañana.



Puntualmente llevé a los dos niños a tomar su bus del colegio y regresé después de despedir a Matteo, a desayunar y luego a tomar una siestita que me ayude en el proceso de recuperarme del cambio horario, así lo hice durante las siguientes tres semanas de mi estadía en Dubai.
A las 13:40 volví con el chofer a recoger a los niños en el colegio y repetimos la rutina del dia anterior. Una vez en la casa Carlito volvió a prender la TV, y mientras buscaba sus canales favoritos empezó quejarse de un dolor en la boca, le pedí que la abriera e inmediatamente me di cuenta que le salía un poquito de sangre y tenia uno de sus dientes inferiores muy flojo. Al mirar más cuidadosamente noté que junto al diente flojo le faltaba uno de sus dientes y por eso sangraba. Llamé a Fanny y le dije lo que estaba pasando y entonces Carlito se dio cuenta que le faltaba su diente. Empezó a llorar. “I want my tooth back” repetía sin parar de llorar mientras con suaves servilletas de papel tratábamos de secarle la sangre que le seguía fluyendo de su boquita. Nunca encontramos el diente, seguramente se lo había tragado y no lo sintió. Al dia siguiente, en la escuela pregunté a la profesora si se había dado cuenta de que a Carlito le faltaba un diente en algún momento de su clase y me dijo que no.
Recordando los viejos tiempos en que, siguiendo la tradición que viene de nuestros padres y quizá de nuestros propios abuelos, tratamos de consolar a Carlito hablándole de que un ratoncito se habría llevado su diente mientras dormía y que en la noche seguramente le iba a dejar un regalo para compensarle por su diente perdido. De poco consuelo sirvió nuestra historia, porque Carlito seguía reclamando que le devolvieran su diente. Un poco más tarde llamó Mariuxi y le contamos lo que había pasado con su hijito, y ella nos dio la idea de que le habláramos de la “tooth fairy” (el hada de los dientes), que es una tradición anglosajona y que más o menos va en el mismo sentido que la nuestra del ratoncito. Mariuxi me pidió que le dijera a Carlito que su tooth fairy le dejaría suficiente dinero esa noche, debajo de su almohada, para que él comprara lo que más deseara, y así lo hice; a la mañana siguiente Carlito encontró el dinero y pidió que con eso le compráramos unos zapatos de futbol de color amarillo, como los de Leo Messi, su ídolo en el futbol.



Mientras Carlito dormía, en efecto su “tooth fairy” le dejó dinero debajo de su almohada y en la mañana, muy sonriente lo encontró. Su deseo se cumplió ese mismo dia cuando fuimos con él al mall de Dubai y le compramos unos zapatos Addidas como los que me había pedido. Carlito no volvió a reclamar más que le devuelvan su diente, y un par de días después se le cayó el diente que estaba flojo. Esta vez le dijimos que su hada de los dientes le había dejado dinero para que se tomara unos helados con su hermano y sus abuelitos en Haagen Dazs, su heladería favorita.
Esa tarde, después de superada la tormenta del diente, igual que todas las demás tardes durante las tres semanas siguientes mientras estuve en Dubai, Carlito me invitó a jugar con él en su terraza, nuevamente jugamos futbol, básquetbol y tenis, otra vez lo hicimos con y sin Matteo que intermitentemente ingresaba a la cancha a jugar a favor o en contra de uno de nosotros, siempre discutiendo las decisiones del árbitro y siempre haciéndonos reír con sus chistes improvisados.
Durante mi estadía en Dubai pude participar de muchas de las actividades de mis nietos: asistí a una de las clases de futbol de Carlito. En un campo de césped fresco y bien cuidado, con delineaciones perfectas de una cancha de futbol para niños, un profesor inglés, con dos asistentes, dictaban una clase eminentemente práctica de futbol a unos veintidós niños que divididos en dos equipos recibían las enseñanzas de tácticas de ataque y de defensa, la forma de patear la pelota, la forma de detenerla, los pases hacia atrás y hacia adelante, etc. Una clase completa. Todo se hacía en una forma amena que mantenía alegres y ocupados a todos los niños. Al final de la clase, un buen helado le esperaba a Carlito, quien sudaba y estaba cansado pero feliz...


Un dia que fuimos a recoger a Carlito en su escuela, Ifty Khar le entregó un paquetito largo envuelto en una manta blanca de algodón y pidió al niño que lo abriera, advirtiéndole que sería una sorpresa. Los grandes ojos negros de Carlito se llenaron de emoción al abrir el paquete y encontrar un bate de cricket. Ifty le dijo que un amigo suyo se lo había traído el dia anterior desde Pakistán, y que era un regalo de su hijo para su amigo Carlito. Mi nieto no paró de hablar con Ifty sobre cricket en el viaje hacia el colegio de Matteo y le prometió que jugaría con su abuelito comenzando ese mismo dia. Así lo hizo, y desde entonces, y por los siguientes diez días, agregamos este deporte a nuestra olimpiada diaria en el patio de la casa. Obviamente, tampoco en este deporte pude ganarle un partido.
Este pequeño gran gesto de Ifty hacia mi nieto me hizo cambiar radicalmente mi opinión sobre la gente de Pakistán. En lugar de ser los aliados de Al Qaeda que yo siempre pensé que eran la mayoría de ellos, encontré a este sencillo hombre que con su generoso gesto hacia mi nieto, me dio una lección de que todos los seres humanos somos esencialmente tiernos y buenos y que solo podemos dañarnos en el camino de nuestras vidas, si nuestros líderes nos conducen a ello.
Todos y cada uno de los días que estuve con mis nietos fueron llenos de felicidad, pero hubo uno que fue excepcionalmente divertido, fue el dia que celebramos el cumpleaños de Matteo. Su mamá había dejado para el sábado 16 de febrero esta celebración, para que su abuelito estuviera presente en el evento, ya que el real dia del cumpleaños fue el 17 de enero, fecha en la que yo no estaba en Dubai. Mariuxi había contratado un lugar especialmente dedicado a este tipo de fiestas infantiles, un lugar en el habían espacios dedicados a incentivar la creatividad, el ingenio y la alegría de los niños. Había laberintos, espacios y materiales para construir, maquinas para elevar pesos por medio de varios mecanismos que los niños debían descubrir mientras jugaban, aguas saltarinas, bailes, payasitos, comida, globitos, concursos, etc., etc.
Matteo se interesó especialmente en los espacios y materiales para construir puertas y ventanas, así como en la máquina para elevar pesos usando palancas que debían descubrirse, una tras otra, a medida que se iban levantando las bolas con los pesos. Terminó por manejar la máquina y todas las palancas a su antojo, y solo se desprendió de allí cuando le llamamos para que participe en el baile que ya había comenzado y el “santo” no aparecía por ningún lado.



Hablando de baile, creo que mi nieto va a llegar a ser un maestro de este arte. Cuando apareció entre los niñitos que ya bailaban, Matteo comenzó a hacerlo con tal ritmo, con tal gracia y con tales movimientos, que yo me quedé absorto, pasmado e incrédulo. “Es este mi nieto de tres años?” dije para mis adentros y no podía creerlo, a la vez que me proyectaba en el tiempo y me lo imaginaba bailando con chicas de su edad, a los dieciocho años, rompiendo corazones con su pinta y su increíble capacidad de divertir y pasar bien. Por algo todos dicen que se parece muchísimo a su abuelito materno…
En medio de la diaria gran emoción de estar con mis nietos, pasaron los días a una velocidad increíble, me puse a pensar en la contradicción de que mientras yo quería un dia más para disfrutarlos, ese dia era un dia menos para estar con ellos, así que decidí disfrutar cada dia como si fuese el último de mi visita a estos hombrecitos que llevan mi sangre en sus venas y que con ella me atraían cual si fuese un enorme imán, así, no me perdí ni un instante de este deleite espiritual, de esa enorme satisfacción de saber que estoy gozando de su compañía y de que finalmente me llevaré conmigo, a mi casa, en mi cabeza y en mi alma, el precioso recuerdo de estos días.



Eso calmó la ansiedad que sentía por el rápido correr del tiempo, así que el 20 de febrero, un dia antes de mi viaje de regreso, cuando Carlito notó que habíamos empezado a empacar y me preguntó con carita triste; “cuando te vas a ir aleuito?”, le contesté bastante calmado “me voy mañana Carlito, pero no me voy a ir triste, porque sé que pronto, en el mes de julio, tu vas a venir al Ecuador, y allí vas a estar conmigo muchos días, allí vamos a volver a jugar futbol, jugaremos basquetbol, tenis y GOLF!.
Mi nieto no pudo evitar que sus ojitos brillaran por la pena(tal como los ojitos de su mami brillan a punto de llorar cada vez que nos despedimos) y, agachando su cabeza sobaba sus ojitos con su mano derecha, mientras yo me daba la vuelta para no dejarle notar que con un nudo en la garganta, también yo estaba a punto de llorar.

Al dia siguiente, a las siete y quince de la noche me despedí silenciosamente, de mis adorados nietos, con besitos en su frente, mientras ellos dormían, y a las diez de la noche, Mariuxi y Carl, su esposo, nos llevaron al aeropuerto para empezar nuestros vuelos de regreso; tres vuelos intercontinentales, uno de Dubai, en Asia, a Amterdam en Europa, otro de allí a Nueva York en América y finalmente de allí a Orlando, a nuestra casa de invierno.
Bendito sea Dios por habernos enviado a nuestros nietos.

Sunday, March 10, 2013

LOS ABUELOS A CARGO DE LOS NIETOS




Domingo 3 de febrero 2013:
Anoche nos acostamos a las diez y Fanny me pide que le ponga el despertador a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana porque hay que preparar a los niños para su primer dia de clase de la semana (en Dubai el domingo es un dia de normal actividad, pues el fin de semana comienza el viernes y termina el sábado). Me levanto a las seis pero ya encuentro a Mariuxi y Fanny adelantadas en su tarea. Mariuxi ha vestido a Carlito y esta vestida para irse al aeropuerto pues tiene un viaje de ocho horas hasta Marruecos. Su vuelo sale a las 10 de la mañana y tiene que estar en el aeropuerto a las ocho, pero quiere acompañar a Carlito hasta que tome el bus escolar que lo llevara a la escuela a las siete en punto de la mañana

Es una mañana fresca, varios niños abordan su bus escolar en el mismo sitio donde nosotros esperamos el de Carlito, con vista al edificio más grande del mundo, el Burj Khalifa, que Matteo ha rebautizado como Burj Matteo. Mariuxi, que nos ha acompañado, levanta a Carlito en sus brazos y lo besa muchas veces y se despide de nosotros con la ternura de una madre que va a extrañar a su hijo; con sus ojos brillándole, como a punto de llorar por la pena de dejar a su hijito, pero ella da la vuelta y se va antes de que Carlito lo note; la quedamos mirando y ella camina unos veinte pasos y desde allí se despide de nosotros con su mano abierta. Son las siete en punto, puntual como reloj suizo, el bus recoge al niño, que se despide de mi con un beso y un abrazo mientras me dice “bye aleuito”.

Me he quedado solo, parado en el mismo sitio y por un instante me pongo a meditar; entre otras cosas sobre lo bello que es sentirse abuelo cuando los nietos estan cerca; sobre lo mucho que me han hecho falta sus caritas alegres, sus vocecitas, su alegría y sobre la distancia que me separaba de ellos hace solo cuarenta y ocho horas, y sobre lo mucho que voy a disfrutar de su compañía en las tres semanas que voy a estar cerca. Una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando pienso en lo lindo que voy a pasar en Dubai las próximas tres semanas.

Regreso inmediatamente al departamento, porque recuerdo que no queda mucho tiempo para atender a Matteo, el más pequeñito de los dos nietos, el más expresivo, el que habla hasta por los codos, el de la carita de pillo, pero también el más cariñoso, el más alegre y el más difícil para alimentar; el que termina comiendo, pero dando guerra sin cuartel. Su bus lo debe recoger a las siete y cuarenta y cinco y hay que vestirle. La abuelita lo tiene sentado en la mesa, esta bregando con el pilluelo para que desayune, esquiva la boca, discute sobre la comida, pide algo diferente y cuando le traen, tampoco lo come. Solo está quemando tiempo para no comer, se las sabe todas. Es una batalla sin cuartel, pero la abuelita, que hace mucho tiempo peleo ya estas batallas y en ellas aprendió las tácticas y las técnicas para vencer, finalmente gana esta también y Matteo está listo para que el abuelito le termine de vestir y le ponga los zapatos.



La mochila acarreable de Matteo, es casi tan alta como él, está ya lista, con todos los implementos escolares que debe llevar, incluyendo su cajita plástica con el lunch. Son las siete y cuarenta, le pongo una chompita abrigada para protegerle del frio y bajamos a esperar el bus que debe llegar a las siete y cuarenta y cinco. Matteo corre por el corredor que conduce al ascensor y lo llama, cuando este se abre, marca inmediatamente el piso bajo y al llegar abajo intenta abrir la puerta, pero no alcanza a hacerlo porque el seguro está muy alto para su alcance, entonces me pide que lo alce, porque el quiere abrir la puerta, y así lo hago. Llevo la cámara fotográfica conmigo porque quiero tomarle fotos antes, durante y después de que tome su bus.



Nos paramos a esperar el bus, y, mientras viene y le pregunto el nombre del edificio altísimo que esta a nuestra vista y a solo unas tres cuadras detrás de unas palmeras que estan junto a nosotros. “Burj Matteo” (edificio Matteo), me dice y sonríe con picardía, sabiendo que le está cambiando el nombre al edificio más grande del mundo, por el suyo. Le tomo varias fotos con ese edificio al fondo, y no tiene ningún inconveniente en posar como un artista consumado.



Llega el bus del colegio y como si fuera un adulto saluda a quienes vienen en él, “good morning” dice al abordar el bus después de darme un beso en la mejilla y se dirige a su asiento. Se despide agitando sus manitos “bye abuelito”, me dice y la encargada del bus cierra la puerta. Matteo se va, pero desde adentro sigue agitando sus manitos. Me dan ganas de seguir al bus para esconderme en un rincón donde el no me vea y poder ver lo que hace cuando se junta en su clase con el resto de sus compañeritos. Me siento tan feliz que no hay palabras para describirlo!
Regreso al departamento y la abuelita Fanny me espera con el desayuno. Carl, el papá de los niños, se ha ido al gimnasio y regresa a las ocho y cuarto para desayunar y prepararse para viajar. Su vuelo sale a las diez y media para Riyadh, la capital de Arabia Saudita donde en junio irá como Gerente General de su compañía. Fanny y yo nos quedaremos como dueños de casa, con los dos nietos solo para nosotros, para disfrutarlos sin la “interferencia” de sus padres. Esto está saliendo mejor de lo que me imaginaba. Mariuxi regresará el jueves en la noche y Carl el miércoles también, muy tarde en la noche y no lo veremos sino hasta el siguiente dia.
Debo esperar hasta la una y veinte de la tarde para acompañar al chofer que recoge a los niños en sus colegios y aprovecho, después del desayuno, para dormir una hora y media y seguir el proceso de recuperarme del jet lag producido por el largo viaje para llegar a Dubai. Son nueve las horas de diferencia entre Orlando y esta Ciudad-Estado de 2 millones cien mil habitantes que esta frente al Océano Indico, en la entrada del Golfo Pérsico y a solo una hora y media de vuelo de Bagdad; muy cerca de otras capitales árabes. Dubai se ha convertido en los últimos diez años en la ciudad más moderna y bella del Medio Oriente y el eje económico del mundo árabe.

Salimos con Fanny a la una y veinticinco, acompañándole al chofer contratado para traer a los niños de sus colegios. Llevamos puesto en el cuello un collar que nos identifica como familiares de los niños, sin el cual no podemos ni siquiera entrar al inmenso y moderno Colegio Americano de Dubai, donde nuestro nieto estudia en el kínder. Sigo a Fanny hasta la clase de Carlito quien esta esperándonos para salir. Nos saluda brevemente y nos lleva a los columpios donde nos pide que le ayudemos a columpiarse por unos diez minutos, concluidos los cuales sale tranquilo hasta donde nos espera el vehículo.
IFty Khar es el nombre del conductor, a quien ya conocimos a la venida. Es un ciudadano de Pakistán, que habla bastante buen inglés con acento árabe. Carlito lo saluda muy educadamente y le pregunta como esta hoy, IFty le contesta que bien y a su vez le pregunta cómo fue su dia en la escuela. “bastante bien”, le contesta e inmediatamente, mientras avanzamos hacia la escuela de Matteo que queda a quince minutos yendo por una autopista, Carlito comienza a preguntarle sobre su último juego de cricket y sin esperar la contestación de IFty, sigue preguntándole si al ganar su próximo partido pasarán a la semifinal del campeonato en que participa, y si espera ganar esa semifinal para quedar campeones.

IFty, medio abrumado por el cuestionario, contesta que en su liga son muchos los equipos que participan y que hay algunos muy buenos y otros regulares, pero que espera que su equipo pueda calificar para la siguiente etapa. Carlito le dice que desea que avance lo máximo posible en el torneo y le agrega que no se olvide de mantenerle al tanto. “así lo haré, Carlito” le dice IFty mientras dibuja una sonrisa de simpatía y agradecimiento. Muy adentro en su alma, IFty debe estar pensando en su hijito de cinco anios que ha dejado en Pakistan,a quien le fascina el cricket y con quien me cuenta que habla por teléfono todos los días. “Carlito, te gusta el criquet”, pregunta IFty y mi nieto le constaste que sí, que le gustaría poder jugarlo.
A las dos y quince llegamos a la escuelita de Matteo, un pre-kínder al que asiste desde septiembre del 2012 y al que Carlito había asistido los dos años anteriores. Cuando entramos, todo el mundo saluda a Carlito por su nombre y el sonríe y saluda con la mano. Vamos a la clase de Matteo y allí lo encontramos, en medio de una clase de aproximadamente doce niñitos de su edad. Matteo nos ve y sale corriendo hacia nosotros arrastrando su mochila. IFty nos espera afuera del colegio y cuando llegamos, cuidadosamente coloca a Matteo en su asiento especial para infantes mientras le pregunta cómo fue su dia de clase; “bien" le contesta y comienza a conversar con su hermano sobre temas deportivos.

A las tres de la tarde estamos de regreso en la casa y la abuela, que les conoce la rutina, deja que Carlito prenda la TV. Está muy preocupado por los resultados del futbol inglés, del tenis, del beisbol y del basquetbol. Cambia de canales con un conocimiento pleno de donde encontrar la información que le interesa. Luego de una media hora de ponerse al tanto de los asuntos de deporte internacional, Carlito se cambia de ropa, se pone la pantaloneta y la camiseta del Manchester United con el número 10 de Rooney y me pide que le acompañe a la cancha a jugar futbol con él.

Jugamos una media hora y, después de ganarme nuevamente (ahora el score es 7-6), decide cambiar de deporte. Ahora quiere jugar basquetbol. En su terraza hay la canasta para hacerlo y comienza el partido, con una destreza increíble emboca una y otra vez desde una distancia de más de cuatro metros, a poco rato me lleva una ventaja enorme porque mis bolas no entran al cesto, entonces decide darme una clase de cómo lanzar la bola para poder encestar. La clase da muy buen resultado y entonces comienzo a descontar la ventaja. “Estas jugando mucho mejor aleuito”, me dice y se preocupa que me estoy acercando mucho a su score; entonces decide (cuando el tenía cuarenta y seis puntos y yo cuarenta, que el que llegue primero a cincuenta puntos será el ganador; su intuicion le dice que hay que acortar el partido para no poner en riesgo la victoria.



El termina ganando 50-46. Ganeeeé, ganeeeé, grita eufórico al encestar para llegar a 50, mientras da la vuelta a la cancha alzando las manos en señal de victoria. Le doy la mano, le abrazo y le felicito por su victoria mientras le digo “no te puedo ganar Carlito, eres demasiado bueno para mí” y mi nieto efusivamente me devuelve el abrazo. Estoy en la gloria…

Mientras tanto, Matteo se ha quedado en la sala viendo dibujos animados, pero, de pronto aparece en la terraza y quiere jugar también. Nuevamente jugamos futbol, pero esta vez Matteo es mi compañero de equipo y jugamos los dos contra Carlito. Yo me quedo atrás, cuidando el pórtico y como defensa, mientras Matteo es el encargado de driblar en intentar los goles. Partido peleado, con reglas de juego que cambian a cada rato de acuerdo al criterio de Carlito quien se inventa fauls, tiros de esquina y penales.



Luego Carlito y Matteo juegan un partido de tennis. Matteo es un espectaculo, se para a recibir el saque del hermano, con la pose de un campeon de Wimbledon. Matteo discute, vuelve a hablar con el invisible árbitro pero no hay caso, aquí las reglas las pone Carlito, le guste a quien le guste y pésele a quien le pese.

Volvemos a jugar Futbol, Matteo y yo de un lado y Carlito del otro. Vamos perdiendo el partido 6-5, pero entonces Matteo decide cambiarse de equipo. Me quedo sólo contra dos estrellas del futbol, y termino perdiendo 10-8. Son las cinco de la tarde y la abuelita nos llama a la cena. Pese al lindo clima y la temperatura de 22 grados, estoy totalmente sudado, he jugado dos partidos de futbol y uno de básquet, perdí los tres, pero estoy ganando dos amigos para toda la vida, mis nietos…

Antes de cenar, Matteo, el relajoso, arma un juego en el que participan su abuelo, él y su hermano. Se revuelcan sobre mí, se suben y se bajan, hacen del abuelo su juguete del dia y este responde con todo el amor que ha tenido guardado durante todo un año. Es maravilloso todo esto y me elevo a alturas insospechadas de felicidad. Ya había olvidado lo lindo que es jugar con los niños, no en vano mi hija más joven ya tiene 32 anios



Cenamos a las cinco y media de la tarde y después de un ratito de TV para que Carlito se ponga al dia de los torneos internacionales, bañamos a los niños y los preparamos para el siguiente dia de clases. A las siete de la noche es tiempo de acostarles. Debo contarles cuentos para que se duerman, les digo que les voy a contar el cuento de Caperucita Roja y los dos, en coro, me dicen que ya se lo saben, entonces les digo que les contaré el cuento de Hansel y Grettel, y me dicen que también se lo saben, mi memoria no me ayuda mucho, han pasado más de treinta anios desde que estuve en este negocio de contar cuentos a los niños, pero se me ocurre sugerirles el cuentito de Juanito y La Habichuela Mágica, y entonces los dos me aceptan escucharla. Comienzo a contarles y mi cansancio es tan grande que empiezo a dormirme mientras balbuceo algunas palabras, entonces escucho a Matteo que con su vocecita gruesa me dice “abuelito, te estás durmiendo, despierta y sigue contándonos el cuento”, entonces sigo contándoles y de pronto nos hemos quedado dormidos los tres, a eso de las siete y quince los soldaditos estan profundamente dormidos.

Silencio en la casa…mañana comienza un nuevo dia y debo estar preparado para disfrutarlo tanto o más que hoy.

En mi próximo capítulo: QUIERO QUE ME DEVUELVAN MI DIENTE…