Thursday, September 20, 2012

FANNY APARECE EN MI VIDA

El 15 de abril de 1968, la familia estaba entusiasmada porque ese día se celebraba el cumpleaños número quince de mi sobrina Chachita (hija de mi hermana Lilita y de mi cuñado Lolo), y sus padres le habían preparado una fiesta a la que asistiría toda la familia y una multitud de amigos. Yo había llegado tres días antes de Nueva York, y claro, inmediatamente me contagié del entusiasmo y me preparé para LA GRAN FIESTA.

La mamá de la quinceañera había preparado una hermosa torta decorada con arte y con mucho amor, el padre estaba nervioso y se paseaba de un lado al otro como tratando de encontrar el mejor sitio para ubicarse, los invitados llegaban poco a poco hasta que a las diez de la noche, el lugar de la fiesta, la terraza de la casa ubicada en la esquina de la calle Abdón Calderón y Pichincha (entonces frente a la vieja Clínica Alcivar y hoy en medio de la inmensa "Bahía"), estaba repleto de hermanos, tíos, tías, primas, primos, y cuanto pariente había sido invitado, además de muchos amigos y amigas de la quinceañera, de sus padres y hermanos.

La quinceañera apareció en el salón caminando acompañada de su caballero de honor, luciendo un hermoso vestido rosado, con flores en su pelo, que realzaban su natural belleza. Era la hora de que todos escucháramos el discurso de la presentación en sociedad a cargo del doctor Gilberto Saltos, un amigo de la familia, gran educador y excelente orador. Este hizo una apología de la belleza y de las demás virtudes que adornaban a la quinceañera, que no eran otra cosa que el reflejo de la belleza y virtudes de su madre y de la formación que sus padres le habían dado desde siempre. Al final de la presentación, el padre de la quinceañera dijo unas pocas palabras de agradecimiento, entrecortadas por la emoción, e invitó a los presentes a beber una copa de champan para dar inicio a la fiesta al son de la linda música que el DJ tenía lista para la ocasión. El baile se inició entonces, como es costumbre, con la quinceañera y su padre bailando a los acordes del bello vals de Johann Strauss, Los Cuentos de los Bosques de Viena.

Mientras el presentador Dr. Saltos hablaba, yo, que me había ubicado en una esquina del salón, empecé a mirar alrededor, tratando de reconocer a los presentes, y saludé con muchos de ellos, de pronto, alcancé a ver casi en la esquina opuesta, una chica muy bonita, muy joven, de pelo negro, piel trigueña, que tenía puesto un vestido verde claro y que escuchaba con atención el discurso. Decidí que yo trataría de hacer “contacto” con ella. Yo no estaba seguro de reconocer a esta chica, así que una vez terminado el discurso, me acerqué a la persona con quien estaba ella, a quien si conocía muy bien (era mi cuñada), y le pedí que me presentara a su acompañante. Mi cuñada Clara entonces me dijo, casi con tono de reproche, “Rafico, no la reconoces?, es mi sobrina Nenita, hija de mi hermana Fanny”. Sólo entonces, con mas vergüenza que sorpresa, me dirigí a la chica y mirándole directamente a sus ojos le dije, mientras le daba un beso en la mejilla “Nenita!, qué sorpresa!, no te reconocí porque no te he visto desde hace algunos años, desde que en verdad eras una nenita, pero ahora eres una bella señorita”, no sabes cuanto me alegra volver a verte, estas muy linda!”. Sorprendida por la familiaridad con que la traté, Fanny (o Nenita), me dijo “es que yo tampoco me acuerdo muy bien de usted”. “Nenita”, le dije, con aplomo, “no debes tratarme de usted, porque yo soy sólo un poquito mayor que ti”. “gracias”, me dijo ella, con una actitud tímida y como sintiéndose incómoda con todo el diálogo. “te invito a bailar la primera música bailable que toque el DJ”, le dije inmediatamente y ella, creo que mas por no pasar por mal educada que porque realmente sentía deseo de bailar conmigo, me dijo “bueno, gracias”.

El DJ empezó la fiesta con “La Pollera Colorá”, esa hermosa y casi inmortal cumbia, que estaba entonces al tope de su popularidad, y yo, tan pronto comenzó, extendí la mano a Fanny para que saliéramos a bailar; ella, tímidamente tomó mi mano y salimos a bailar. Lejos estaba ella por entonces de ser la experta bailarina que hoy es, pero igual, bailamos, y mientras lo hacíamos quise entablar un diálogo, pero, el alto sonido de la música, por un lado, y la timidez de Fanny, por otro, no me hacían las cosas fáciles. Alcancé a decirle casi a su oído (mientras ella discretamente alejaba su cabeza de la mía); que me encantaba haber podido volverla a ver; que estaba muy linda y que me gustaría seguir bailando con ella esa noche.

Su actitud era de absoluta timidez (la misma que hace mucho tiempo desapareció), casi no hablaba, y cuando lo hacía, eran sólo monosílabos los que yo alcanzaba a oír. Bailamos algunas veces, yo siempre insistiendo en conversar, pero ella como con miedo del lobo feroz, discretamente evitando que mientras bailábamos me acercara más de la cuenta, conteniendome con su mano izquierda. La fiesta continuaba mientras yo me había concentrado en conseguir una cita con Fanny para “ir al cine”, porque ese era, en ese entonces, el único lugar donde en esos tiempos se podía conseguir un poco de privacidad y tiempo para dialogar con la chica que a uno le gustara y que estaba “en proceso” de ser conquistada.

Alcancé a conseguir que Fanny esa noche me diera su teléfono, siendo ése mi primer gran logro en el proceso de conquistarla, y, como tratando de armar una estrategia, no la llamé inmediatamente; sin embargo mi deseo de hablar con ella iba en aumento a medida que los días pasaban, así que la llamé unos cuatro días después. “hola Nenita, soy Rafael, cómo estás?”. “He estado pensando mucho en ti”, le dije; Fanny se limitó nuevamente a hablar con frases cortas, dándome la impresión de que se sentía incómoda para contestarme. Intenté entonces establecer un diálogo que me permitiera abrir el camino que me pudiera conducir a hablar de lo que yo realmente quería hablar, así que le hablé de la familia, le dije que yo recién había regresado de Nueva York, que estaba volviendo para continuar mis estudios de economía en la Universidad, etc., y entonces le pregunté sobre sus planes. Fue sólo entonces que se abrió la puerta a un diálogo. Me dijo que hace pocos meses se había graduado de Bachiller en Ciencias de la Educación en el Colegio Normal Rita Lecumberry y que gracias a sus excelentes calificaciones que le habían ganado la Medalla de la Filantrópica y el honor de ser la Abanderada de su Colegio, había conseguido un trabajo como profesora de primer grado en el prestigioso Colegio La Asunción, y que iba a estudiar en la Universidad, en la Facultad de Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología.

Bingo! Ya podíamos conversar! y eso ya era un avance importante. La estrategia empezaba a dar resultados. Por un momento pensé en abordar el tema de que saliéramos juntos, pero, entonces pensé que ese día ya había avanzado bastante en mi propósito de “crear confianza” por lo que preferí diferir esto, y más bien le dije que me permitiera seguirla llamando, a lo cual, ella consintió. Me empezaba a gustar este jueguito, me hacía sentir como el gato en persecución del ratoncito.

Había que estructurar una estrategia que permitiera al gato alcanzar la presa sin asustarla, así que hablé con su tía Luisa, de quien yo era un buen amigo, y le dije que estaba interesado en su linda sobrina, y que le pedía su “colaboración” para enamorarla. La respuesta fue positiva, así que desde ese día yo podía contar con una “aliada estratégica”. Luisa me ayudó desde entonces a conseguir mi propósito, y, sólo dos semanas después logró que la madre de Fanny aceptara permitirle salir al cine conmigo, acompañada de su tía. Las invité a un show de Altemar Dutra en el Teatro Olmedo. Altemar Dutra, un cantante brasileño de música romántica, estaba por entonces de moda en toda Latinoamérica y sus canciones hacían suspirar a muchas jovencitas en la edad de enamorarse.

Una vez en el cine, Luisa, discretamente se sentó a unos tres asientos de nosotros, y entonces pude, al amparo de la obscuridad, por primera vez tomar la mano de Fanny, y fue sólo después de varios intentos que conseguí que ella sostuviera mi mano. Intenté robarle un beso en la boca pero fue en vano, no lo conseguí y sólo tuve que contentarme conque me permitiera darle un par de inocentes besitos en la mejilla.

No obstante que el avance en la primera salida fue muy modesto, me sentí feliz de haberlo alcanzado, y, por supuesto, sabía que el camino para futuras salidas juntos estaba abierto, pese a que por algún tiempo tuvimos que ser acompañados de su tía Luisa que actuaba como la chaperona de La Nenita.

Monday, September 10, 2012

EN LA PISTA Y LISTO PARA DESPEGAR

Pepe García me hizo sentir como en mi casa; me explicó que LA FIRMA estaba abriendo esta nueva oficina en Guayaquil, en anticipación al comienzo de una etapa de oportunidades de negocios en el Ecuador. El país, según me explicaba, estaba a punto de comenzar una era de crecimiento y desarrollo económico, porque, por primera vez en su historia, pronto iba a convertirse en un país exportador de petróleo. Esto, me explicaba Pepe, “hará al país muy atractivo para la inversión extranjera, creará oportunidades de empleo para la gente, especialmente para la gente joven, y traerá prosperidad y bienestar a la población del país en general”. Los hechos posteriores probaron que la percepción de Pepe era absolutamente correcta. La década de los 70 fue una de crecimiento y desarrollo económico sin paralelo en la historia del país.

Los recursos económicos que vinieron con el petróleo, permitieron a los gobiernos de esa época construir carreteras, escuelas, hospitales, y vivienda popular, pero, desafortunadamente, el mal manejo de los fondos públicos en manos de políticos y tecnócratas corruptos e improvisados, hizo que el crecimiento y el desarrollo económicos se quedaran en la superficie, y que la gran masa de la población pobre del país apenas sintiera un “leve goteo”, que era sólo el sobrante de la lluvia de recursos que llegaban al Ecuador. La burocracia y los recursos que demandaba su mantenimiento, crecieron de manera desproporcionada, llegando en pocos años a crecer tanto, que el país volvió a tener déficits fiscales importantes a mediados de la década de los 70, a pesar de que los recursos petroleros seguían llegando a raudales. Allí comenzó una etapa de “endeudamiento agresivo” que no sólo que frenó el desarrollo del país, sino que lo paralizó en las tres siguientes décadas, que se han conocido históricamente como las “décadas perdidas”

Pepe me presentó a otros dos nuevos miembros del staff, graduados en el Instituto Tecnológico de Monterrey (Raúl Molina y Franklin Mazón) en México, a quienes yo ya había conocido brevemente en su paso por la Escuela de Administración de la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil, y que iban a comenzar a trabajar para AA&Co., el mismo día que yo, el 19 de enero de 1969.

También me presentó Pepe al más antiguo miembro del staff de La Firma, el economista Manuel Alvarado (+), recientemente graduado en la Escuela de Administración de Negocios de la Universidad Getulio Vargas de Sao Paulo, Brasil. Los otros dos miembros del staff de la firma eran: Antonio Sánchez, quien luego se convertiría en (y aun lo es) uno de mis mejores amigos de toda la vida, y Santiago Guime, quienes aún seguían (igual que yo) sus estudios en la Facultad de Economía.

Pepe me dio un tour de la oficina y entonces pude ver que ella tenía una sala grande donde en lugar de escritorios, para el staff habían seis mesas rectangulares de dos metros por uno veinte cada una y que permitían que cuatro personas trabajaran cómoda y simultáneamente en ellas. Evidentemente la oficina tenía bastante espacio para expansión puesto que a la fecha de mi reclutamiento, sólo íbamos a ser seis personas en el staff de auditoría. También tenía una oficina pequeña de unos diez metros cuadrados, en la que se ubicaría al primer senior de auditoría, que estaba por llegar desde Chicago (Jerry Windham), y que sería muy pronto mi primer y más importante tutor.

Entre todo el personal de staff de LA FIRMA, el único soltero era yo. Los demás estaban casados y tenían hijos. Como consecuencia de eso, mis prioridades personales eran sustancialmente diferentes a las de ms colegas. Mientras yo había comenzado a trabajar con la idea de hacer una carrera de largo plazo en Arthur Andersen, dado el prestigio de LA FIRMA, a los demás les preocupaba mucho el sueldo que tenían y estaban a la caza de una oportunidad de trabajo mejor remunerada que les permitiera mantener a sus familias. Eventualmente eso hizo que algunos se fueran a trabajar para la industria y otros se quedaran a la espera de una oportunidad de hacer lo mismo.

El diecinueve de enero, mi primer día de trabajo Pepe nos invitó a un almuerzo, durante el cual tuvimos una amena conversación, en la cual nuestro nuevo jefe nos hizo un poco de historia de LA FIRMA, su fundador, un contador público sueco que había inmigrado a los Estados Unidos durante los años de la Gran Depresión y a quien le tocó superar muchas dificultades económicas antes de ver a su firma surgir como una de las mas importantes del mundo.

También nos habló de las expectativas de la compañía en Ecuador; de los programas de entrenamiento para los nuevos miembros, que incluían seminarios de varias semanas de duración en Cali y Bogotá, en Colombia, y en Ciudad de México. Estos programas estaban diseñados cuidadosamente para poner a los nuevos miembros del staff, a la par en conocimientos teóricos de contabilidad y auditoría, con los miembros más antiguos del grupo de auditores. Estos últimos se encargarían luego, ya en el terreno, en los trabajos con los clientes, de hacer que los nuevos pusieran en práctica, con adecuada supervisión, los conocimientos adquiridos y o reforzados en los seminarios de entrenamiento. Todo estaba previsto para garantizar que el trabajo de LA FIRMA para sus clientes, se hiciera con estándares de calidad comparables a los que se hacían en cualquier otro país donde ella prestaba sus servicios.

Mi entusiasmo por LA FIRMA y mi trabajo en ella iba in crescendo, no sólo que me iban a preparar con entrenamientos especiales antes de empezar a trabajar en un área en la que no me sentía muy bien preparado (contabilidad y auditoría), sino que, además, en el proceso, iba a tener la oportunidad de conocer nuevos lugares, y me pagarían muy bien para ello. Los entrenamientos de grupo en Colombia y México estarían a cargo de personal de nuestras oficinas en esos países y de otras oficinas de LA FIRMA en Miami y Sudamérica.

El entrenamiento in situ, estaría a cargo de experimentados gerentes y seniors que vendrían de oficinas de LA FIRMA en Cali, Bogotá, Lima y Buenos Aires, aparte del senior-residente que estaba pronto a llegar de la oficina de Chicago (Jerry Windham), con quien desarrollé una especialísima relación personal y de trabajo.

Era el mes de enero y los entrenamientos en el exterior no comenzaban sino hasta fines del mes de mayo. Hacia comienzos del mes de febrero asignaron a Jerry Windham, quien no hablaba ni una palabra de español, la supervisión del trabajo de auditoría de la compañía Ecuadorian Rubber, que era la fábrica de llantas GENERAL, localizada en Cuenca. Viajamos a Cuenca, volando en la línea aérea cuencana Saeta y nos hospedamos en el Hotel Cuenca, donde su propietario, un ciudadano suizo afincado en Cuenca por muchos años, nos recibió con la tradicional cortesía de la gente de su país y nos deleitó con sus especialidades culinarias de la cocina francesa.

A las diez y media de la mañana llegamos a las oficinas de nuestro cliente. Una fábrica enorme, con más de trescientos obreros y empleados, produciendo llantas General para todo el Ecuador. Nos asignaron una pequeña oficina cerca del área administrativa y junto a la oficina del contralor de la compañía, un hombre de unos cincuenta años, cuencano, que hablaba un perfecto inglés, bajo cuyo mando trabajaban unas treinta personas. Jerry, mi supervisor hizo la presentación y después de un momento nos asignaron una persona a quien podíamos solicitar cualquier documento o archivo que necesitáramos para hacer nuestro trabajo. Jerry me asignó la tarea de sumar unos larguísimos listados de inventario de llantas y empecé a trabajar en ello usando una sumadora mecánica con un teclado de diez dígitos y una manivela que debía ser halada hacia atrás cada vez que se necesitaba añadir una cifra a la suma.

Debo haber estado haciendo esta suma por alrededor de veinte minutos, cuando mi supervisor se acercó a mi y con cara de gran sorpresa me preguntó en inglés: “qué estas haciendo Rafael?”, sin inmutarme, le contesté, “estoy sumando estos listados, Jerry!”, y él, con una sonrisa medio irónica y medio burlona me dijo, “no, no, no, Rafa, lo que estas haciendo no es una suma de un auditor”, tu estás usando un solo dedo par sumar, y agregó “eso lo hace un carpintero, o un vendedor de helados”, “mira”, me dijo, “vamos a hacer una cosa: Te voy a entregar una guía telefónica y con ella vas a aprender a sumar como lo debe hacer un auditor”, y a continuación me enseñó a usar los cinco dedos, tomando como guía para hacerlo, el pequeño punto saliente que el número cinco tenía en el centro de la tecla, y que no lo tenían las demás. “Debes sentirlo”, me dijo, “tu dedo medio de la mano derecha debe siempre tocar este pequeño punto y pulsar esa tecla y las teclas de los números dos y ocho que están alineadas verticalmente, mientras que tu dedo índice manejará las teclas laterales a la izquierda del centro que tienen los números uno cuatro y siete, en tanto que el dedo de tu anillo debe pulsar las teclas laterales del lado derecho que tienen los números tres seis y nueve. Tu dedo pulgar debe oprimir la tecla grande que se encuentra debajo de las otras nueve teclas y que tiene el dígito cero”. “Ah, y nunca mires al tablero de la sumadora!” me dijo antes de retirarse a su escritorio “Rafael, tienes toda esta semana (era un día lunes) para aprender a usar esta máquina como lo deben hacer los auditores profesionales”, me dijo Jerry y me dejó en mi puesto, abocado a la casi imposible tarea de enseñarles a mis dedos de la mano derecha que cada uno tenía una función específica. Nunca me habría imaginado que en el campo de la auditoría, hasta los dedos debían obedecer las leyes de la división del trabajo.

Al principio mis dedos no respondían a la orden cerebral, eran lentos, tontos, mas que eso, eran torpes, pero a medida que seguía intentándolo, poco a poco fui aflojándolos hasta que a mediados de la semana empecé a sentir que respondían y mi velocidad en la suma era cada vez mayor.

Cada día, a la hora de la cena en el hotel, Jerry me preguntaba como iba mi avance en la tarea de enseñarles a mis dedos su tarea específica, “voy avanzando, lenta pero consistentemente” le contestaba, mientras en mis adentros temía que el tiempo para lograr llegar a mi meta me iba a resultar corto. Finalmente, el viernes al medio día Jerry vino a verme de cerca lo que hacía y sonrió, con una sonrisa de satisfacción. “Buen trabajo Rafi”, me dijo y bromeando agregó que él sabía cual era el total de la suma de todos los números del libraco de la guía telefónica de Guayaquil, que era lo que me había dado a sumar, y que mi resultado coincidía con el suyo. Dos palmadas en mi espalda y un apretón de manos fueron el premio que recibí por haber cumplido satisfactoriamente mi primer “seminario” de auditoría que lo realicé en la ciudad de Cuenca.

Como yo era el único miembro del staff de auditoría que hablaba inglés, siempre me asignaban a los trabajos cuyo supervisor era Jerry Windham y cuyo gerente de auditoría era Pepe García, todos los papeles de trabajo de estas auditorías eran en Inglés y de ese modo yo tenía la gran oportunidad de trabajar con un senior de mayor experiencia y que por tanto podía, en el trabajo, transmitirme sus conocimientos a través del “entrenamiento en el campo”. Los otros miembros del staff eran supervisados por seniors de origen colombiano o peruano que no tenían la misma experiencia que Jerry. Para finales del mes de abril de aquel año, yo había ya participado en al menos cinco auditorías, y había tenido la oportunidad de ver el producto final de nuestro trabajo; el Informe de Auditores”, así como el subproducto de ese mismo trabajo llamado “Blue Back” que no era otra cosa que un Resumen de las Recomendaciones de los Auditores para el Mejoramiento de los Controles Internos, Políticas y Procedimientos de la Administración. Para entonces, yo estaba cada vez mas entusiasmado con mi trabajo, mis supervisores estaban muy satisfechos con mi desempeño, y todo avanzaba sobre ruedas.

En mi próximo capitulo: FANNY APARECE EN MI VIDA

Monday, August 27, 2012

DE REGRESO EN GUAYAQUIL


Regresé a Guayaquil volando por Ecuatoriana de Aviación en abril 12 de 1968, trayendo de regreso a mi país, aparte de una maleta llena de esperanzas, mi viejo set de TV de 29 pulgadas (blanco y negro), mi radio de transistores Hitachi y una maleta con mis efectos personales que incluían dos ternos nuevos que me costaron 99 dólares cada uno, media docena de corbatas y unas cuantas camisas de vestir. Bien guardados en un maletín de mano venía la parte más importante de mi equipaje y mi más importante recuerdo de Nueva York, los cuatro mil dólares que pude ahorrar durante el tiempo que viví, trabajé y estudié en esa gran ciudad.

Era casi una fortuna para mi, mi reserva para el tiempo que tomara encontrar un trabajo que me permitiera seguir estudiando mientras esperaba la tan ansiada respuesta de Arthur Andersen. Claro que iba a extrañar a Anita; su voz, su perfume, sus abrazos, sus besos y todo lo que hicimos juntos, pero yo sabía que todo eso iba a quedar atrás, habíamos roto para siempre, y yo no quería ser el que tuviera que mirar hacia atrás. Me prometí a mi mismo que haría mi mejor esfuerzo para mirar hacia adelante, para comenzar una vida nueva, con fe, con decisión, con optimismo, con firmeza, con valentía, sabiendo que no iba a ser fácil.

Por algunos meses después de mi regreso seguí pensando en ella, seguí soñando (dormido y despierto) con ella, ninguna chica que conocía hasta entonces me llenaba como lo hacía ella. A veces pensaba que no iba a poder sobreponerme anímicamente nunca de mi estado de tristeza y añoranza, pero me mantuve firme en mi decisión de olvidarla. Mas temprano que tarde empecé a sentir que mi estado de ánimo iba mejorando y empecé a ver una pequeña luz al final del túnel. Yo ya lo había decidido, pronto tenía que encontrar una chica joven, bonita, inteligente, tierna, alegre en su trato personal (para compensar por mi tristeza) y madura en su forma de ser. Yo era el tipo de persona que sentía la necesidad de tener alguien a quien confiar sus inquietudes, contar sus sueños, compartir sus penas y alegrías.

Fue entonces que empecé a salir con Fanny, la joven tímida, de apenas dieciocho años, que con el pasar de los años se convirtió en la súper mujer que ahora es, mi amada esposa, la que me ayudó a navegar las agitadas aguas de la transición a mi nueva realidad, la que sin saberlo, me ayudó a cruzar el puente entre el pasado y el presente, la que fue testigo de mis inconstancias, de mi inmadurez y mi miedo a comprometerme por casi cinco años, hasta que se le agotó la paciencia y un día me dijo que ya no quería saber nada de mi, que quería terminar conmigo para siempre y se mantuvo firme en ello por mas de dos meses, hasta que yo, triste y arrepentido, hice un acto de contrición y fui a pedirle que me perdonara, que se casara conmigo y que compartiera su vida con la mía. Sólo así logré que me perdonara por mis flaquezas. Nunca he hecho nada más correcto en mi vida que pedirle perdón a Fanny y nunca el premio por haberlo hecho fue tan grande y tan valioso.

Como le dije a mi hija Angie, un día que ella y yo decidimos escarbar hacia lo mas profundo de nuestras memorias: “me siento tan feliz de que las cosas sucedieran de la forma que sucedieron, porque de no haber ocurrido lo que ocurrió, yo no habría tenido la familia que hoy tengo, la mujer que tengo y los hijos que hoy tengo”, le dije. No habría sido tan feliz como he sido por los últimos 39 años de mi vida y como lo soy hoy día. Al final de cuentas, colocar las bases en el edificio de mi vida no fue fácil ni fue rápido, me tomó cerca de cinco años el hacerlo, tuve que madurar primero, pero lo hice con la maestría de un experto constructor, y el resultado está a la vista. El edificio sigue sólido y firme y seguirá estándolo por el resto de mi vida.

Mi madre y algunos de mis hermanos estuvieron a recibirme en el aeropuerto el día que llegué desde Nueva York. Extrañé a mi madre cada día que estuve ausente, su compañía y su sola presencia le daban a mi vida la paz, la calidad, la calidez y la abundancia que sólo su espíritu sereno y su generosa sonrisa podían hacerlo. Nunca había estado alejado de ella por tanto tiempo, me sentí inmensamente feliz de volverla a ver, pero la encontré pálida, débil y triste. Algo me decía que no estaba bien; que su salud, que en los últimos años había sido frágil, estaba en un franco deterioro. No se lo dije a ella, pero se lo dije a mi hermana Lilita y ella estuvo de acuerdo. A pesar de que su adorable sonrisa y sus ojos brillantes estaban aún presentes, ellos estaban, sin duda escondiendo la pena y el dolor que había venido sintiendo su cuerpo por algún tiempo y que pretendía ocultarnos para no causarnos pena ni preocupaciones. Le dije cuando llegué, “mamita, voy a estar con usted, voy a cumplir mi promesa y la traeré a vivir conmigo; voy a tener un lindo trabajo, y ya no va a tener que andar de aquí para allá, sufriendo porque no puede llenar sus necesidades; voy a ser totalmente responsable de que no le falte nada y que su salud sea atendida como es debido”, Era sólo una manera de auto recordarme que esa iba a ser mi responsabilidad, y sólo mía y que la asumiría con amor y con ternura.

Antes de empezar a buscar un apartamento, amoblarlo y mudarme a vivir con mi madre, debía hacer algunos arreglos, pero no quería esperar mas. Renté dos habitaciones en el piso donde vivía mi hermana Letty, en la calle Luque No. 631 y Boyacá, en pleno centro de Guayaquil, y allá nos mudamos inmediatamente con mi madre. El primer paso estaba dado, ella y yo empezamos una nueva vida, suficientemente cerca del resto de la familia como para sentirnos bien pero no tan cerca como para incomodar a nadie.

Las cosas nos iban muy bien, ella y yo teníamos una química muy especial y nos acomodábamos a vivir juntos como la tierra y el sol. El trabajo en Arthur Andersen tuvo que esperar hasta enero del siguiente año, los reclutamientos para el año 1969 ya habían sido hechos, pero, gracias a la ayuda y la recomendación del decano de la Facultad de Economía, el Eco. Enrique Salas Castillo, logré conseguir un trabajo en la compañía ACERO COMERCIAL ECUATORIANO, donde desempeñé las funciones de Jefe de Cobranzas con un sueldo de aproximadamente $200 mensuales, hasta enero del año siguiente.

Era suficiente para mantenerme ocupado, pero además, ayudaba a preservar en alguna medida los ahorros que había logrado traer de Nueva York, que, a propósito, habían sido reducidos materialmente por los préstamos solicitados por mis dos hermanos mayores, uno de los cuales nunca me pagó el suyo ($600), mientras el otro, que había, con el dinero de mi préstamo, convertido parte del solar de su casa en un criadero de pollos, me devolvió el préstamo de $1,000 un año después del plazo originalmente pactado, casi como haciéndome un gran favor al devolverme mi dinero.

En nuestra familia, que ha sido siemprem una parte del Huerto del Señor, se han dado casos increíbles de inaceptable conducta con respecto del dinero. He aquí uno de ellos, quizás el peor de todos, un caso que debe estar haciendo a mis padres ponderar en sus tumbas si sus enseñanzas sobre solidaridad, nobleza personal y honradez, cayeron en un saco roto.

Permítanme este breve desvío del tema, pero esta historia vale la pena contarlo por lo que es casi increíble, pero verdadero:

Capítulo Uno: Hace unos diez años, como en una de esas novelas cursis que hacen llorar a los televidentes un “honorable” miembro muy cercano de nuestra familia a quien prefiero, por obvias razones no nombrar, hizo un préstamo a una sobrina muy querida que deseaba financiar su viaje a España en busca de trabajo. Listo estuvo el primero para prestar el dinero solicitado por nuestra sobrina ($4,000), siempre y cuando ella firmara una hipoteca sobre el único bien patrimonial que tenía (un terreno de diez mil metros cuadrados en un privilegiado sitio muy cerca de Pallatanga), que heredó de nuestra fallecida hermana mayor, Letty. El bien solicitado en garantía tiene un valor comercial equivalente a veinticinco veces el valor del préstamo. La urgencia conque necesitaba el dinero hizo que la persona que lo pedía no tomara nota de la fecha del vencimiento ni de las usurarias tasas de interés sobre el valor tomado en préstamo, estipuladas en la hipoteca.

Capítulo Dos: Tres años después de tomado el préstamo ella regresa al país y se acerca a pagar los cuatro mil dólares recibidos, para encontrarse con la sorpresa de que “el honorable y bondadoso” prestador no le quiso recibir el pago porque argüía que la deuda, a la fecha, era de veinticinco mil dólares y que “ o le pagaba todo, o no le pagaba nada, y se ejecutaría la hipoteca”, esto es, se quedaría con el bien hipotecado cuyo valor, como se dijo antes, era de veinticinco veces el valor prestado.

Capítulo Tres: Intimidada por el tono amenazante de los argumentos del prestamista, la deudora le pide al primero que le acepte en “abono a la cuenta” los cuatro mil dólares que ella había podido acumular después de tres largos años de trabajo y sacrificio, sólo para recibir una rotunda negativa del acreedor: “ya te he dicho que me pagas los veinticinco mil dólares o me quedo con el terreno hipotecado”.

Capítulo Cuatro: la deudora consulta con un abogado sobre su caso y este le aconseja ir a un juez; depositar el pago de los cuatro mil dólares, declarando que es un “abono a la deuda” y que los intereses, una vez liquidados por el juez, “serán pagados oportunamente”. El Juez que conocía la causa, primero se da cuenta de que los intereses que el "prestamista" estaba cargando a su sobrina incluían intereses sobre intereses, un delito que es penado por la Ley, y entonces calcula el valor correcto de los intereses. Despues de esto, la deudora se allana a decisión del juez y paga dichos intereses. El juez además manda en su sentencia que “el acreedor debe recibir el pago y levantar inmediatamente la hipoteca sobre el inmueble dado en garantía”.

Capítulo Cinco: El acreedor, que inmediatamente cobra el dinero, no se allana totalmente a la decisión del juez, y, por el contrario, envía a un sujeto de malos antecedentes, con el título de abogado, a intimidar al abogado de la deudora para que deje de actuar en el caso, “o se atenga a las consecuencias”, claramente amenazándolo con agresiones físicas.

Capítulo Seis: Desde entonces, el juez de la causa se ha venido absteniendo de exigir al acreedor que cumpla con su obligación de levantar la hipoteca y liberar el bien dado en garantía, en una clara evidencia de que él también está bajo algún tipo de presión, sea esta de agresión física o de otro tipo de “presión” a la que usualmente se allanan ciertos jueces.

Capítulo Siete: Continuará…Ya veremos si el juez actúa con “la Ley como la Norma a seguir”, o si se sigue absteniendo de actuar, de esta forma convirtiéndose en cómplice y encubridor de un delito flagrante. Pero lo que queda más claro que el agua es que el "honorable prestamista" nunca estuvo interesado en cobrar el préstamo, sino en quedarse con la garantía, a sabiendas de que eso causaría un grave daño, tal vez un irreparable daño, a la persona que cometió el gravísimo error de confiar en su honestidad (y a su familia). Sujetos de esta clase no se dan en todas las familias, pero, desafortunadamente en la nuestra si ha aparecido uno...

Ahora vuelvo al tema central de estas MEMORIAS: mi madre sufría de hipertensión arterial (que es una de las cosas que he heredado de ella) y necesitaba visitar a su médico personal, su primo el Dr. Joffre Lara Montiel, quien, con paciencia y amor de hijo y competencia de gran médico cardiólogo, mantenía la enfermedad de mi madre bajo control. Gracias a Dios, pensaba yo, ese frente estaba bien cubierto. Pocos meses después, con enorme tristeza constatamos que su salud era más frágil de lo que jamás nos imaginamos.

Chapada a la antigua, y obligada por el hecho de que en nuestra casa no teníamos un refrigerador, mi madre iba al mercado Central tres veces por semana, a comprar las legumbres frescas y la carne o el pollo con que ella preparaba la comida para los dos, esa comida que sólo ella sabía hacer y que hoy, cuarenta y tres años mas tarde aún extraño.

Entre tanto, yo volví a la Universidad, volví con fuerza, con decisión, mas decidido que nunca a graduarme de economista con las mas altas calificaciones, era como si me hubieran dado cuerda, nadie me paraba, los estudios especiales que había hecho en la Universidad en Nueva York me habían preparado, no sólo para ser el mejor, sino para demostrarme a mi mismo que cada paso que di allá había sido un paso seguro, un paso firme, un paso gigantesco hacia adelante en mi formación profesional. Seguí obteniendo, de lejos, el primer lugar entre los estudiantes de mi clase, mis promedios estaban en el orden de 9.8 a 9.9 sobre diez. Quería demostrarle también a Pepe García, el Gerente de Arthur Andersen que no se equivocaría el momento de contratarme para trabajar en su Firma. Ya faltaban pocos meses para enero de 1969, y era en ese mes que Pepe me había dicho que vuelva para contratarme como miembro de su staff de Auditoría.

El primer día laborable de enero del año 1.969, a las nueve de la mañana me presenté a la entrevista con Pepe García, este vestía un traje azul marino, con camisa celeste y corbata roja, su secretaria me anunció y Pepe salió a recibirme con una sonrisa amplia y un apretón de manos seguido de una palmada en la espalda. “pasemos a mi oficina, Rafael”, me dijo, “Muchas gracias señor García”, le dije, mientras él me contestaba “llámame Pepe solamente”. “Gracias Pepe”, le dije, haciendo un gran esfuerzo para poder llamar por el primer nombre a una persona a quien yo debía el máximo respeto y consideración. Después de todo, esa era la norma que me habían enseñado mis padres en el trato con “los mayores” y “con los superiores.”

Yo vestía un traje gris (que me había comprado en Nueva York poco antes de regresar al Ecuador), con zapatos negros brillantemente lustrados, camisa blanca y corbata azul, con lo cual quería y creía lucir muy profesional en aquel día. Las oficinas de ARTHUR ANDERSEN & Co., estaban ubicadas en la parte oriental del tercer piso del edificio PYCCA, en la calle Boyacá, entre la Avenida Nueve de Octubre y la calle Vélez, junto a lo que entonces era el teatro Ponce. El área de la recepción, la sala de conferencias y la oficina del Senior de Auditoría estaban totalmente alfombradas con una alfombra azul oscuro, que le daba al lugar un carácter muy profesional, elegante pero austero.

La oficina de Pepe García que era de aproximadamente veinte metros cuadrados, estaba elegantemente decorada. Tenía un escritorio de madera lacada de color marrón claro y la silla donde Pepe se sentaba era de cuero con un espaldar alto de color negro. Habían dos sillas con descansa brazos, también de madera, frente al escritorio de Pepe. En una de ellas Pepe me pidió que me sentara una vez que habíamos entrado a su oficina. “Te tomas un café”, me preguntó Pepe y yo le indiqué que no, que prefería un vaso de agua. Después de unas pocas frases de cortesía, comenzó nuestra entrevista, que incluyó una introducción sobre nosotros.

Pepe era un CPA graduado en la Universidad de La Habana, en su nativa Cuba, en los primeros años de la década de los sesenta, mientras que su experiencia en Auditoría y Contabilidad Pública la había hecho enteramente en la oficina de la Firma en Miami. Pepe tenía 36 años, medía aproximadamente 1.80 ms. de estatura, tenía una nariz ligeramente grande, de piel blanca y pelo negro medio ondulado y con muestras de una temprana calvicie, era de vestir elegante y de sonrisa a flor de labios, y una persona que no bien conocerlo, inspiraba confianza.

“Debo admitir”, me dijo Pepe, “que he esperado este día con entusiasmo”, y agregó: “creo que me equivoqué al posponer hasta ahora esta cita, yo debí haberte contratado hace nueve meses, cuando recién llegaste de Nueva York, porque uno de los hombres que había contratado decidió irse antes de los tres meses, y por eso me has hecho falta”, y siguió hablando; “quiero que te incorpores a nuestro staff lo antes posible, mientras más pronto, mejor”, y concluyó diciendo “Bienvenido a nuestra Firma”.

Mientras Pepe hablaba, yo sentía como que estaba viviendo un sueño, cada palabra suya era como música a mis oídos, era como si estuviera en medio de una sinfonía que me transportaba muy lejos, elevándome a lo más alto de mis aspiraciones personales. No atinaba a encontrar las palabras más adecuadas para las circunstancias, estaba medio aturdido de la emoción. Finalmente, y antes de que Pepe empezara a creer que estaba entrevistando a un mudo, le dije: “Pepe, estoy enteramente a sus órdenes, pero deme diez días para entregar mis cosas en orden a mi empleador, y aquí estaré el diecinueve de enero a las nueve de la mañana”, y agregué; “gracias por su confianza, haré lo máximo que esté a mi alcance para no defraudarle”.

Mis responsabilidades, los programas de entrenamiento que la Firma ofrecía a su staff, mi remuneración y otros detalles inherentes a mi incorporación a la Firma, me los explicó Pepe durante el almuerzo al que me invitó ese día.

Nunca me he sentido más feliz que aquel día de enero de 1969. Llegué a mi casa y abrazando fuerte y largamente a mi madre le conté los detalles de lo que había pasado aquella mañana. Ella no cabía en su felicidad y me besó más que nunca, lo hizo como solía hacerlo cuando yo era un niño, como cuando yo era un pedacito de arcilla al que ella, como gran escultora, estaba dando forma cada día.

En mi próximo capitulo: EN LA PISTA Y LISTO PARA DESPEGAR

Tuesday, August 14, 2012

EL FIN DE UN SUEÑO Y EL COMIENZO DE OTRO

PUENTE DE BROOKLYN EN NYC

Esas fueron las horas más felices que pasé junto a Anita. En la noche del fin del año, volvimos a reunirnos en el mismo lugar y con la misma gente que estuvo la noche de la Navidad, pero esta vez ella empezó a hablar de matrimonio, y, a pesar de que no se arruinó la noche, no pudimos pasarla tan bien como la Noche Buena. Nunca más pudimos Anita y yo disfrutar, juntos, de una reunión familiar como la de la Navidad de 1967.
Tal como ocurrió en los últimos meses del año anterior, el Restaurant Canterbury siguió siendo mi segunda casa de martes a viernes. A las tres de la tarde, después de clases, tomaba el tren en la estación de Union Square y llegaba al restaurant antes de las 3:30 PM. Almorzaba y me ponía mi elegante uniforme de trabajo y empezaba a arreglar las mesas para la primera ronda de clientes que comenzaban a llegar pasadas las seis de la tarde. Muchas veces me quedaba tiempo para estudiar. Las horas mas atareadas eran entre las seis y media y las ocho y media de la noche, seguidas de una segunda ola, esta vez menos intensa, con clientes que llegaban a las nueve y media y se iban antes de las once, eran los que salían de los teatros y se servían una comida ligera (supper) y tomaban esta oportunidad para comentar sobre la obra de teatro que habían visto unos momentos antes. Pasadas las diez y media de la noche el restaurant quedaba vacío y nosotros podíamos irnos a los vestuarios a prepararnos para salir. Antes de las once y media de la noche llegaba a mi departamento, tomaba una ducha y me sentaba a ver por lo menos una parte del programa de Johnny Carson, y luego a estudiar hasta la 1:30 AM para dormir unas buenas seis horas y levantarme listo para ir a la universidad.
Anita y yo continuamos viéndonos, ella venía a verme casi todos los domingos y entonces íbamos al cine o visitábamos lugares de interés. A veces me visitaba los sábados, y entonces la visita era mas corta porque yo siempre debía trabajar a las cinco de la tarde. La llevaba entonces de regreso hasta el terminal de buses de la Octava Avenida y la calle 42 W y allí nos despedimos hasta el siguiente día. Los domingos la acompañaba siempre hasta su casa y yo regresaba a Nueva York entre las ocho y nueve de la noche.

EL PARQUE CENTRAL DE NUEVA YORK DESDE EL AIRE

Nuestra relación se estabilizó alrededor del entendimiento mutuo de nuestra disponibilidad de tiempo y la idea de que nuestro futuro dependía de que yo volviera al Ecuador, obtuviera un buen trabajo y mi situación económica se estabilizara primero, y luego se fortaleciera hasta el punto de ser sólida. Siempre fui transparente con ella, mi primera, inmediata y más importante meta era prepararme académicamente para el futuro, consolidar mis primeros logros en Nueva York, con lo cual aseguraríamos estabilidad económica y tranquilidad mental, sin lo cual la felicidad completa no tendría una base sólida. Ella parecía haber entendido todo esto muy bien, o al menos no trató más de cambiar mis prioridades.
Pero, complicando un poco el panorama hacia el futuro, mi situación migratoria me hacía vulnerable a la siempre latente posibilidad de que las autoridades de inmigración me mandaran a mi casa en Ecuador. Conseguí una prórroga de seis meses para mi visa de turista y con ella seguí trabajando y estudiando, no obstante que con la visa que tenía, ninguna de las dos cosas era legalmente permitida. Sin embargo, dado el bajísimo nivel de desocupación de entonces, tengo la impresión de que las autoridades migratorias se hacían un poco de la vista gorda, o no eran tan estrictas como lo son hoy, y, por lo tanto, había muchísima gente (miles como yo) que trabajaban y estudiaban sin el estatus legal adecuado y con relativa tranquilidad.
Seguí trabajando hasta el 10 de abril y estudié hasta terminar el ciclo de invierno, a fines de marzo de 1968. Los tres semestres que estudié en NSSR fueron un fundamento grande y muy valioso para mi posterior formación académica y profesional.
Ya había tomado la decisión de regresarme para reiniciar mis estudios en la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en el ciclo que comenzaba en mayo de ese año y así lo hice. El 12 de abril regresé a Guayaquil. Atrás quedaron Anita, Nueva York, la New School For Social Research y el Canterbury Restaurant; pero traje conmigo una enorme serie de recuerdos del tiempo que viví en la Gran Manzana, la “capital del Mundo”, incluyendo El Play Boy Club y sus conejitas, el Central Park y sus bellas rutas y lagos en medio de los árboles, las Naciones Unidas y su enorme restaurant, los diplomáticos discutiendo la Guerra de los Seis Días, el Club de las Nubes en el Chrysler Building, los trenes subterráneos, los túneles, los históricos puentes, la Estatua de la Libertad, y, desde luego, la gente que allí conocí y que me ayudó a ver el mundo desde una perspectiva diferente.
Jorge Alberto Terreros y Angelita, su esposa, los amigos que me ayudaron desde el primer día quedaron para siempre encasillados en un espacio especial de mis memorias, ellos me dieron todo lo que podían darme y mucho más, me enseñaron a vivir en un mundo distinto, totalmente nuevo y no necesariamente amigable; mi gran amigo y hermano de mis sobrinos Muñoz Romero, “el flaco” César Muñoz y su familia, quienes me hicieron sentir “en mi casa” cuando estaba muy lejos de mi casa, porque me dieron la amistad y el cariño que se siente genuino y se devuelve así mismo con calor humano y sinceridad.
Eran los tiempos de los hippies y de las protestas masivas contra la Guerra de Vietnam en las universidades de todos los Estados Unidos. En nuestra universidad esos movimientos sociales no pasaron inadvertidos. La cultura de la protesta, la rebeldía y la desobediencia habían crecido a enormes proporciones y había penetrado casi todas las universidades de los estados Unidos, las calles y los parques a través de toda la nación americana. Los hippies eran gente mayormente joven que había desarrollado una cultura de rechazo a las enseñanzas de sus mayores y expresaban abiertamente su rebeldía a través de su vestimenta extravagante, de sus gritos, de su falta de limpieza corporal, de su aversión profunda a las “reglas del establishment”. Los hombres no se afeitaban ni se cambiaban de ropa, las mujeres no se peinaban ni se maquillaban, y juntos salían a las calles y a los parques, pero especialmente a las cercanías de las universidades a gritar, a hacer plantones, a mostrar letreros de protesta contra la guerra, contra el gobierno y contra la sociedad tal cual como estaba organizada, y, a fumar mariguana y consumir varias clases de droga, incluyendo cocaína, LSD y morfina. Era la viva expresión de la anti-sociedad y su influencia en la juventud se extendía como un fuego sin control.
Para fines de 1967 y primeros meses de 1968, el Washington Square (o el parque George Washington) y el Greenwich Village y sus alrededores, localizados frente a la Universidad de Nueva York, y muy cerca de mi universidad, habían sido, casi literalmente “tomados” por los hippies y sus simpatizantes. Allí se podían ver, especialmente en las noches, grupos compactos de hippies, hombres y mujeres, con sus banjos, acordeones y tambores, celebrando juntos su juventud y fumando mariguana para refinarse. De 1960 hasta 1968, el número de personas en los Estados Unidos que consumían mariguana había crecido desde unas pocas decenas de miles, hasta más de diez millones. Yo no estuve exento de la tentación, aun cuando me detuve casi al momento mismo de probarla, una experiencia que la repetí ya de vuelta en Guayaquil. No me arrepiento de haberme rehusado a hacerlo. Creo que en definitiva, el haberlo hecho sólo prueba que dentro de mí siempre estuvieron las enseñanzas de mi madre y la fuerza de mi carácter que tiene el mismo origen.
A principios de enero de 1968 visité las oficinas de ARTHUR ANDERSEN & CO. (“AA&CO”), una de las cinco firmas de Contadores Públicos de los Estados Unidos y del mundo y probablemente la mas prestigiosa de ellas, para presentar una aplicación para trabajar en sus oficinas de Guayaquil, las que estaban a punto de abrirse por esos días. Dos meses después, a principios del mes de marzo, recibí una carta de ellos, llamándome e para una entrevista con su departamento de personal para el 24 de marzo. Acudí a la cita, y en ella, un profesional de apellido Brown me entrevistó por más de cuarenta minutos. Salí de esta entrevista muy optimista, primero porque pude conocer la clase de empresa que era AA&CO, y segundo porque me fue muy bien en la entrevista.
Esta fue la primera vez que pude, fuera de la universidad, poner a prueba a un alto nivel, mi inglés recientemente aprendido.

EL MALECON DE GUAYAQUIL POR LA NOCHE

Me sentí orgulloso de mi mismo y con mucha más confianza que nunca sobre lo que podía venir en el futuro para mí. Tres días después de esta entrevista recibí una carta de AA&CO para una nueva entrevista, esta vez para un desayuno con un socio y dos gerentes de la firma. Me fue excelente en esta entrevista, pude responder muy bien a cada pregunta de los entrevistadores y fue entonces que el socio, de apellido McAllister, me dijo que se habían comunicado ya con el señor José García, el hombre que iba a estar a cargo de las oficinas de la Firma en Guayaquil y él había mostrado mucho interés en conocerme y entrevistarme, para, eventualmente ofrecerme una posición en su staff de auditoría, que para entonces sólo estaba en etapa de formación. La entrevista en Nueva York sólo debía ser considerada la antesala de la entrevista definitiva que debía realizarse en Guayaquil.

GUAYAQUIL, LA BELLA

Mi relación con Anita cambió radicalmente cuando a fines de marzo le hice saber que mi decisión irrevocable era regresar a Guayaquil a mediados de abril, después de terminar mi trimestre en la Universidad. Pese a que en muchas ocasiones discutimos el asunto y que ella parecía haberse hecho a la idea de mi regreso, no le gustó la idea de que me regresara tan pronto. Me acusó de haber estado jugando con ella y de que en el fondo nunca estuve interesado en una seria relación. Nada mas lejos de la verdad, pero me fue imposible convencerla. Desde luego, traté de calmarla, sin éxito.
Mi decisión era irrevocable, volvería al Ecuador y seguiría estudiando en la Facultad de Ciencias Económicas mientras esperaba mi oportunidad en AA&CO, nunca estuve más convencido de estar en lo correcto, aunque me dolía en el alma el tener que romper con la chica que amaba y con quien había tenido una hermosa relación de mas de tres años.
Nada fue suficiente para convencer a Anita de que no había estado jugando con ella, y por eso ella decidió que debíamos romper nuestra relación. Sin regresar a ver, y sin despedirse, descendió las escaleras de la estación del subway en la ruta al bus que la llevaría hasta Hackensack, N.J., donde ella vivía. No la volví a ver y no volví a saber de ella sino hasta muchos años después, cuando de vacaciones ella vino al Ecuador en el año 1977. Nos reunimos en un almuerzo para conversar y hablar sobre nuestras vidas, ella se había casado con un irlandés, de quien se había divorciado sólo un par de años después, tras una amarga experiencia. En su matrimonio ella había tenido una hija, en quien Anita había encontrado la razón de su vida, mientras que yo, que me había casado en 1973 con Fanny, la chica que finalmente escogí para ser mi compañera para el resto de mi vida, era muy feliz con mi familia, ya tenía a mis dos primeros hijos, era el VP ejecutivo de COFIEC, el banco industrial más grande del Ecuador, y simultáneamente era el Gerente de Northwest Ecuador Company, una compañía en proceso de liquidación.

En mi próximo capítulo: DE REGRESO EN GUAYAQUIL

Thursday, July 26, 2012

YA CUMPLI SETENTA AÑOS


OFICIALMENTE SWEET ENTA

Hace solo tres semanas cumplí SETENTA AÑOS; 25,550 días de vida, cada uno de los cuales ha sido un canto a la vida, un himno a la esperanza y una página de historia que me llena de orgullo. Aun siento las alas en mis pies y el acero en mi corazón, como cuando tenía 26 años y salí al mundo volando, buscando mi futuro, a forjar mi destino, tengo el corazón lleno de ilusiones y esperanzas y el alma plena de orgullo por lo ya hecho y de ilusiones por lo que planeo hacer; de gratitud a Dios, a la vida, a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos y a la vida.
Hace un momento solamente, gracias a la tecnología del skype, he visto y he hablado en la pantalla de mi computador a mis dos nietos, a mi hija y a mi yerno. Ellos estaban a diez mil kilómetros de distancia pero hablamos como si estuviéramos uno frente a otro.
Hace sólo cuatro días he ganado un torneo nacional de golf en el club de mis amores, el Guayaquil Country Club. ¿Cómo no voy a estar enamorado de la vida si hoy puedo hacer cosas que cuando yo nací, nadie podía siquiera imaginarse, y menos yo?. Cómo no voy a estar lleno de esperanzas si a mi edad todavía puedo competir y ganar?
Nací en Pallatanga, un pequeño pueblito de trescientos habitantes en la Provincia del Chimborazo, el treinta de junio de 1942. Literalmente, salí del vientre de mi madre, golpeado, con los ojos hinchados y con hematomas en todo mi cuerpo, como resultado de los golpes recibidos en el viaje de setenta kilómetros que mi padre y mi padre hicieron, a caballo (desde Riobamba a Pallatanga), para que yo pudiera nacer en el pueblo querido, el pueblo de nuestros ancestros, el pueblito de sus amores.
Mi nacimiento fue el preludio de que mi vida no iba a ser fácil, de que estaría llena de dificultades, pero que sobreviviría a todas ellas, y que de cada etapa de mi vida, por difícil que esta fuera, yo saldría más fuerte y mejor preparado para la siguiente. Por eso estoy aquí, delante de ustedes, mis lectores, contándoles mi historia, y cantándoles un himno a la vida, a la esperanza y a la fe en Dios y su infinita capacidad de crear, de fortalecer e impulsar permanentemente a los hombres.
Esta es mi canción a mis hijos y a la vida;

Los años jóvenes han pasado por mi cuerpo
Pero se han quedado en mi alma
Mi cuerpo se niega a obedecer al tiempo
Se atrinchera obstinadamente en mi alma
Y mi alma se fortalece en los recuerdos
Siento intensas ganas de seguir viviendo
Para ver a mis hijos y a mis nietos en la cima
Mi amada Fanny junto a mi, disfrutando de la gloria, y
Desde el Cielo mi madre sonriendo y contemplándonos
Agradeciendo a Dios por su obra en marcha!

Guayaquil, Julio 26, 2012



DILES QUE ME QUIERES!



BRINDANDO POR LA VIDA!

NUEVAS GENERACIONES EN LA FAMILIA
Y NUEVAS ESPERANZAS PARA EL FUTURO


DIOS ME DIO AMIGOS DEL ALMA
Y LOS CONSERVO COMO AL VINO



CON PABLO SALAME
UN AMIGOENTRAÑABLE



COMPAÑERA DE MIS ULTIMOS CUARENTA AÑOS
Y MADRE DE MIS HIJOS



AMIGOS DE MUCHOS AÑOS
Y GOLFISTAS DE TODA LA VIDA



AMIGOS, GRANDES AMIGOS, REQUETEAMIGOS!


LA PRIMA MECHE
CON SU "BELLO" ANTONIO



Thursday, July 5, 2012

FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK


Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor

Contrario a lo que me pasaba al comienzo del año, época en la cual, yo tenía miedo de abrir mi boca para hablar inglés por temor a no ser entendido, a finales del año 1967, me sentía en Nueva York casi como Pedro en su casa. Hablaba con toda clase de gente, en la universidad, en el tren, con los clientes en mi trabajo, en los almacenes podía comprar lo que necesitaba y quería, y no lo que sólo podía ver a primera vista, sin preguntar a los vendedores por temor a no decir lo que pensaba y comprar lo que no necesitaba. Podía discutir en clase y siempre me quedaba el dulce sabor de la satisfacción interior de poder decir lo que quería hablar, de ser entendido y entender.

Por otro lado, tenía un trabajo muy bien pagado, que se acomodaba a mis necesidades de tiempo como anillo al dedo, podía tener en él dos nutritivas y abundantes comidas entre cinco y seis días a la semana y había completado mis estudios de inglés y dos semestres adicionales en la Universidad con un decente promedio de calificaciones (3.3), y estaba preparándome para mejorar aun mas. En medio de todo esto, sentía la enorme satisfacción de no tener que comer la comida que yo mismo cocinaba y que diariamente me recordaba que no tenía vocación para chef.

Nuestros clientes en el restaurant eran principalmente gente que iba a los teatros vecinos (estábamos localizados en el centro mismo de la famosa área de los Teatros de Broadway), muy cerca de la famosa Times Square. Había entre ellos muchos turistas americanos y extranjeros que venían a la ciudad de Nueva York y no podían perderse una función de sus famosos teatros, también venían a menudo actores y actrices de los mismos teatros y yo tenía la oportunidad de dialogar con muchos de ellos. Algunos se mostraban muy amigables y complacidos de hablar conmigo, y al pagar sus cuentas se mostraban generosos a traves de sus propinas que nunca bajaba del 15% del valor de su cuenta, y a menudo llegaba hasta el 25 y 30 por ciento. Esto era la razón por la cual, al final de la semana, yo estaba ganando un salario (propinas incluidas), de más de $250, o un equivalente en dólares de ahora, de aproximadamente $2500 semanales. Era un platal para un joven como yo, nuevo en Nueva York y apenas en el proceso de adaptarme a la vida de esta linda y generosa ciudad. Como en la legislación tributaria de esos tiempos las propinas sólo eran sujetas a impuestos en la cantidad que el contribuyente deseaba declarar, el valor neto de mi salario era muy cerca del valor bruto.

Tenía como compañero del equipo de servicio en el restaurant a un ciudadano argentino de unos 35 años de edad que había sido algún tiempo atrás un actor secundario en los teatros de Buenos Aires. Se llamaba Horacio Capellatti y era muy ducho en el servicio a clientes como mesero. Horacio hablaba con ese agradablemente especial acento medio italiano de la gente de Buenos Aires, que hace que rápidamente los identifiquemos como “porteños”, ese hablar que pone casi siempre el acento en la última sílaba de las palabras y que arrastra las letras LL y Y, como si fueran una combinación de las letras sha. “Ché Rafael”, me llamaba y yo le decía Ché Horacio.

Era un tipo de lo más simpático, dicharachero, medio fanfarrón, se preciaba de ser un Don Juan con las mujeres, y “guapo”, en el sentido de que se enfrentaba a cualquiera a los trompones en cualquier parte, siempre ganando las peleas. Se pasaba el tiempo tomándole el pelo a todo el mundo y a cada paso sin importarle quien estuviese a su alrededor. Como lo hacen sus lejanos parientes italianos, usaba las manos para gesticular y poner énfasis en casi cada frase que pronunciaba, mientras se movía casi siempre en círculos, como para asegurarse de que su audiencia de todos lados lo escuchaba, le entendía y luego le celebraba sus chistes. Esto era casi una ceremonia que duraba entre media hora y cuarenta y cinco minutos cada día, durante nuestras comidas y antes de vestirnos con nuestros uniformes para empezar nuestro trabajo a las cuatro y media de la tarde. Me caía bien este hombre y la simpatía era mutua. Hacíamos un muy eficiente equipo de trabajo y nunca tuvimos una discusión desagradable en el momento de repartirnos nuestras propinas. Esto último era siempre 50-50 después de entregar a los bus boys su 15% del total.



La noche de la Navidad de 1967, teníamos el restaurant lleno de gente comiendo, casi no teníamos tiempo de hablar entre nosotros los miembros del grupo de meseros, y nuestros cortos diálogos se limitaban sólo a lo indispensable del trabajo; sirve el vino aquí, sirve el postre allá, pásale la cuenta acullá, etc. Los clientes entraban y salían, las propinas de esa noche eran muy generosas y sabíamos que íbamos a salir con mucho dinero para celebrar la Navidad.

Poco a poco fueron saliendo nuestros clientes y el salón principal del restaurant iba quedando vacío, pero nos quedaba un grupo de seis personas en una de la mesas de nuestra área, que seguían consumiendo buen vino y disfrutando su conversación. Horacio, que aparentemente tenía su propio programa para Navidad, estaba poniéndose impaciente y hacía gestos de disgusto con sus manos, mientras pedía que se fuera el ultimo grupo de clientes (sin que estos le vieran u oyeran), cuando ya eran pasadas las once de la noche. Finalmente, como a eso de las once y treinta, uno de los miembros de la mesa pidió que le lleváramos la cuenta, lo cual puso muy contento a Horacio, que inmediatamente les llevó la cuenta. El cliente, presuroso y mirando su reloj, entregó su tarjeta de crédito American Express a Horacio, quien aun más presuroso la llevó a la caja y devolvió la cuenta con la papeleta para la firma del cliente. Este firmó el recibo, y metiendo su mano al bolsillo, sacó un billete de cien dólares y lo dejó como propina en la mesa.

La cara de Horacio era todo sorpresa al ver semejante propina sobre la mesa, abrió sus brazos y sus ojos, y como haciendo la venia de un actor ante su público que le aplaude, se inclinó casi hasta sus rodillas delante del cliente, y en un gesto que nadie esperaba, se sacó de su cabeza la peluca que hasta entonces nadie sabía que tenía y vimos que su cabeza era tan lampiña y brillosa como una bola de billar. En su inglés fuertemente influenciado por el tono de su español de porteño dijo en la voz más alta que jamás le habíamos oído, THANK YOU SIR, THANK YOU MUCH, VERY MUCH AND HAVE A MERRY CHRISTMAS AND A HAPPY NEW YORK, y volvió a repetir su discurso en español, y en italiano…

Tanto los clientes como los pocos empleados que quedábamos en el salón nos echamos a reír a mandíbula batiente sin poder detenernos, y nuestras risas duraron por varios minutos hasta que los clientes, que continuaban mirando sus relojes, siguieron riendo mientras salían por la puerta principal del restaurant a continuar celebrando sus navidades en New York, y nosotros descendíamos a los vestuarios festejando el chiste del ahora “pelado Capellatti” que de allí en adelante se quedó con ese nombre.
Cuando después de varios minutos nuestras risas cesaron y nos dimos cuenta que era casi la media noche, Horacio y yo sumamos las propinas de la noche y después de entregarles a los bus boys un 15% del total y darles $20 extras (dos), nos repartimos el saldo y vimos que nos quedaban alrededor de $160 para cada uno.
IMAGENES DE SANTA CLAUS ESTABAN POR TODAS PARTES

Me sentí esa noche tan rico que decidí tomar un taxi para ir a festejar la Navidad en la casa de Anita en Hackensack, New Jersey, un viaje de casi una hora que me costó $30, que en dólares de hoy hubieran sido unos $300. Mientras el taxi avanzaba por la calle 47 W. y se dirigía hasta la Novena Avenida para luego girar hacia el sur y dirigirse hacia el Lincoln Tunnel, y en medio de por lo menos dos docenas de imagenes de Santa Claus en el camino, yo iba pensando casi en voz alta “QUE FELIZ ME SIENTO; YO TE AMO NEW YORK; FELIZ NAVIDAD NEW YORK, NEW YORK”

Fotos de Nueva York
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
LA ESTATUA DE LA LIBERTAD. ICONO SOBRESALIENTE DE NUEVA YORK

Mientras atravesaba el Lincoln túnel, pasadas las doce y media de la noche y seguía mi viaje hacia Hackensack, me puse a meditar sobre los imponderables de la vida, me acordé que sólo hacía un año que tuve una de las Navidades mas amargas de mi vida, en mi propia ciudad, en Guayaquil. Esa noche estuve sólo, había perdido mi trabajo a causa de un gobierno demagógico y corrupto que pagaba con empleos en el Estado los favores políticos que debía a sus seguidores, mientras despedía a quien se había ganado su trabajo con perseverancia, inteligencia y esfuerzo.

La noche de Navidad, en el año anterior, yo estuve aturdido, confundido, asustado, con miedo sobre mi futuro, sin saber que hacer para seguir adelante en un país que ofrecía tan pocas oportunidades a la gente joven. Mientras que ahora, esta noche, justo sólo un año después, estaba extremadamente feliz, había tenido una jornada de intenso pero muy productivo trabajo, estaba en camino a ver a mi chica con quien festejaríamos alegremente la Navidad. Pensé entonces que así es la ruleta de la vida, un día te sientes poco menos que un miserable y pisoteado gusano, y el próximo eres como un pájaro madrugador, que vuela feliz, cantándole a la vida…

No creía entonces, como no lo creo ahora, que existe el llamado “destino” o la mala o buena suerte de la gente. Sólo existe la vida que uno mismo se va creando día a día con su esfuerzo, con inteligencia, con perseverancia, pero claro, siempre con Fe en Dios y Su infinita capacidad de escucharte. Pensé entonces que nosotros no somos otra cosa que el resultado de cómo colocamos cada uno de los ladrillos en el edificio de nuestras vidas, siguiendo la invisible pero siempre presente dirección técnica del Gran Arquitecto del Universo.

Cuando llegué a su casa. Anita me estaba esperando, lucía bellísima en su nuevo vestido rojo con un lasito verde a la altura de su corazón. El perfume que ella usaba esa noche era el más dulce y agradable perfume que yo haya olido hasta entonces (y que se grabó en mi mente por muchos años). Llevaba una rosa blanca junto a su oreja, en el lado izquierdo de su corta y hermosa cabellera casi rubia. Sus labios pintados con un brillante rojo hacían que sus hermosos dientes lucieran más blancos y relucientes cuando me sonreía, mientras sus ojos verde esmeralda estaban llenos de felicidad cuando finalmente llegué a su casa a la una y media de la mañana del 25 de diciembre. Tuve que repartir abrazos y deseos de Feliz Navidad a todos y cada uno de los presentes, casi todos eran hermanos y primos de Anita. Mientras tanto, las mujeres se apresuraban a servir la cena que había estado esperando mi llegada y de la cual Anita había sido parcialmente responsable.

Fue una cena muy al estilo ecuatoriano, con un rico ceviche de camarones como entrada y seguido de un pavo al horno con su respectivo relleno. Hubo vino durante la cena y whiskey después de ella, lo cual nos ayudaba a mantener e incrementar nuestro buen humor y ganas de farrear, y claro que farreamos hasta las cinco de la mañana. Caí agotado a esa hora y me permitieron dormir en un sofá en la sala de la casa de su hermano. Dormí hasta las once de la mañana. Al medio día, Anita y yo tomamos un bus que nos condujo a Nueva York para asistir a la función de gala del Radio City Music Hall con su mundialmente famoso show de Navidad.

En mi próximo capitulo: EL FIN DE UN SUEÑO Y EL COMIENZO DE OTRO

Monday, July 2, 2012

EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK

Ya lo dije antes, a fines de mayo me mudé a mi apartamentito/estudio ubicado en el numero 58 W. de la Calle 72, muy cerca del Parque Central y a solo unos doscientos metros del sitio donde en el año 1980, un loco maniático mató a John Lennon, el más famoso de los cuatro Beattles.

Yo “heredé” este apartamentito cuando unos amigos ecuatorianos que vivían allí, al crecer su familia se mudaron a un apartamento más amplio en el área de Queens. Junto con este pequeño departamento, también “heredé” una cama de tamaño “queen” con sus respectivas sábanas y almohadas, una mesita pequeña a la que le daba el triple uso de escritorio, mesa de estudio y comedor; un colchón inflable para cuando yo tuviera visitas, y un par de sillas. Ese era, inicialmente, todo mi mobiliario en mi “departamento de soltero” en Nueva York, y eso era suficiente, y, consciente de que mi estadía en Nueva York no sería muy larga era más que suficiente para mí y no le agregué mucho después.

Mas tarde compré, por $40 un televisor pequeño, usado, sólo blanco y negro, pues los de color, que ya empezaban a invadir el mercado, aún eran muy caros para mi bolsillo y por tanto eran un lujo que aún no me podía dar. También compré un pequeño tocadiscos y un radio de transistores, y eso me permitía oír la música del Ecuador y de vez en cuando escuchar “la Voz de los Andes” una emisora que desde Quito, daba noticias del Ecuador al mundo.

Siempre fue parte importante de mi vida el mantenerme informado de lo que pasa en el mundo. A los once años, EL UNIVERSO, el gran periódico de Guayaquil era ya parte de mi vida diaria. A través de él yo me enteraba de lo que pasaba en el Ecuador y el mundo, En Nueva York, no dejé de escuchar las noticias, ahora a través de mi nuevo televisor y de mi radio de onda corta. Eso me ayudó además a mejorar mi habilidad para escuchar y comprender el nuevo idioma.

Ver al joven Johnny Carson en su programa “The Tonight Show Starring Johnny Carson” en la NBC, que comenzaba a las once de la noche, un poco antes de la hora en que llegaba de mi trabajo, se convirtió en mi hobby. Al principio me costaba comprender sus chistes y sus agudas pero graciosas críticas al sistema y a los políticos y otros personajes de la época, pero poco a poco fui mejorando mi comprensión y me convertí en un fanático de ese hombre que se mantuvo con un altísimo rating casi hasta 1994 en que decidió abandonar la TV. En los 80’s, viviendo en Salt Lake City, volví a disfrutar del mismo programa, sólo que esta vez tomó un segundo lugar, puesto que mis tres hijos hicieron de “The Smurfs” (Los Pitufos), su programa favorito, y claro, papi y mami tenían que verlo, junto con sus tres hijos, sin recurso de apelación.

Alberto Terreros continuó siendo durante toda mi estadía en Nueva York, mi guía, mi amigo fiel, mi guardián, mi benefactor y mi mentor, en otras palabras, mi “ángel de la guarda”. Él siempre estuvo junto a mí, ayudándome, confortándome, guiándome, consiguiéndome trabajo, y, por supuesto, dándome su apoyo moral y material, enseñándome a desenvolverme en la enorme y complicada ciudad de Nueva York con su extenso y muy eficiente sistema de trenes subterráneos y buses urbanos y suburbanos. Me ayudó a obtener mi licencia de manejo que nunca la usé mientras viví en la Gran Manzana.

Pero, a pesar de su “sabiduría innata” y su gran conocimiento de los detalles relacionados con la ciudad, Alberto no pudo nunca superar las barreras que le imponían su limitado conocimiento del idioma inglés. Muchos años después, en 1979, cuando yo ya era el Director financiero de COFIEC, el más grande banco industrial del Ecuador en esa época, Alberto me visitó en Quito, donde en el piso 10 del edificio del banco yo atendía mis funciones en una enorme oficina esquinera desde la cual se podía ver una gran parte de la ciudad.

Me sentí muy feliz de ver a Alberto, mi gran amigo y guía, y le invité a almorzar en el Hotel Hilton Colón, que estaba frente a mi oficina. En esa ocasión, Alberto me dijo que estaba cansado de vivir en Nueva York, que estaba pensando en regresar al Ecuador, pero que tenía temor de regresar, porque se sentía en Guayaquil como un pez fuera del agua. Pensaba en abrir un restaurante, negocio del cual sabía mucho por sus trabajos en Nueva York. Se me perdió de vista desde entonces, me hubiera gustado continuar con nuestra amistad, poderlo ayudar en su relocalización en Ecuador, pero no supe más de él hasta hace un año, en 2011 en que por fin pude conectarme con mi gran amigo, El está también jubilado, divorciado de su primera esposa, se había vuelto a casar tuvo hijos y nietos, y vive feliz, cerca de su familia…En Nueva York.

Confío en poder volver a ver a Alberto en un futuro cercano, confío así mismo que podré decirle una vez más lo grande que fue para mi el encontrarle en mi camino; lo valiosa que fue su ayuda; lo mucho que aprecio su generosidad y su entrega a la causa de un amigo, yo, y finalmente, lo mucho que su ayuda pesó en mi futuro y el de mi familia.

Así como tuve muchos días y noches felices en Nueva York, también tuve días y noches tristes mientras vivía allá en soledad. Estuve tentado muchas veces a pedir a Anita que se casara conmigo y se fuera a vivir conmigo en Nueva York, lo cual nos habría hecho muy felices, pero resistí la tentación, no quería cometer el mismo error dos veces, y no tengo remordimientos por no haberlo hecho. Extrañaba mucho a Anita, pensaba mucho en ella día y noche mientras viví en Nueva York y muchos meses después de mi regreso a Guayaquil. También extrañaba a mi familia, extrañaba a mi madre, a mis amigos, la música, la comida, los fines de semana remando en El Salado, los viajes a Pallatanga, y, por supuesto extrañaba a mis compañeros de la Universidad.

Mi madre me crio católico y siempre he permanecido católico, tengo ahora y siempre tuve mucha fe en Dios, en Su infinita capacidad de ayuda; en Su inagotable capacidad de perdonar y de dirigir la nave de nuestras vidas hacia puerto seguro; en Su invisible pero siempre perceptible capacidad de enrumbar nuestra barca a las mejores aguas, para pescar en abundancia. Mientras estuve en Nueva York, nunca me perdí la misa del domingo, y si hay algo que sentí siempre dentro de mi, fue la fuerza que EL me daba para afrontar las dificultades con entereza y superar los obstáculos que sin duda aparecían en mi camino. Siempre le pedí Su ayuda; siempre Le pedí por la salud de mi madre y de mi padre; siempre le pedí la fuerza de carácter para no desertar en mi esfuerzo por superarme, de ser mejor, de salir adelante, de superar todas las dificultades, y de permitirme un futuro mejor.

Estuve convencido entonces, como lo estoy ahora, que mis plegarias siempre fueron escuchadas, que mis pedidos no fueron archivados en un perdido file en el cielo, sino que fueron respondidos, mas temprano que tarde, no necesariamente en la forma que yo lo solicitaba, sino en la forma que El creía mas conveniente para mi, la que siempre terminó siendo la mejor respuesta posible. No obstante lo anterior, debo dejar en claro que siempre creí que los logros personales no son obra sólo de la voluntad de Dios, sino que resultan de la combinación de un gran esfuerzo, dedicación, sacrificio individual y persistencia, acompañados de una inquebrantable FE en Dios y de Su capacidad infinita de escuchar a Sus criaturas y darles lo que necesitan. Por eso decidí ser inflexible ante la tentación de una vida fácil y placentera a mi temprana edad, por eso decidí seguir adelante, seguir comprometido con mi mismo y con mi futuro

Mi soledad y mi dura vida de entonces fueron una buena parte de la base del sólido edificio de mi carácter; de mi capacidad de resistencia a la adversidad y de mi temple como adulto, y en definitiva de mi futuro, que nunca estuvo exento de dificultades, pero que se fue trazando con empeño, con decisión, con sacrificio, con tenacidad, tal como se construye una amplia carretera en medio de las dificultades de un terreno quebrado, sinuoso, montañoso, lleno de dificultades…

En marzo de 1968, cuando yo estaba a punto de concluir mi tercer semestre de clases en la Universidad, llegaron a visitarme en Nueva York mis hermanas Letty y Flor y se quedaron por mes y medio conmigo, sentí mucho que debido a mis ocupaciones en el trabajo y en el estudio no pude acompañarles a conocer mejor la Gran Manzana, pero ellas se acompañaban mutuamente, y siguiendo mis indicaciones, pudieron conocer la ciudad y hasta trabajaron un par de semanas en una fabrica de zapatos. Eso les ayudó a recuperar un poco el costo de su viaje. Conocieron, con mi guía, el Museo Metropolitano, la Estatua de la Libertad, el edificio de las Naciones Unidas, el Parque Central, la famosa zona de Times Square con sus esplendorosas luces de neón por la noche, el Brooklyn Bridge, el Zoológico del Bronx; y asistimos a una función del famoso Radio City Music Hall. La pasaron muy bien y me sirvieron de compañía por lo menos por unas pocas semanas. Cuando cruzábamos en un bus el Túnel Lincoln que conecta la ciudad de Nueva York con la vecina New Jersey, mis dos hermanas se pegaron un gran susto (y les costó creerme) cuando les dije que estábamos cruzando el Río Hudson a diez metros por debajo de su lecho.

Cuando ellas se regresaron al Ecuador, dejaron en mi departamento y en mi alma un vacío muy grande. La dulzura de carácter de mi hermana Letty; su habilidad extraordinaria para cocinar nuestra deliciosa comida criolla, y su genuina forma de expresar cariño, fueron para mí como un manto de abrigo temporal para el frío de mi soledad.

Mis hermanas se admiraban de que yo pudiera resistir la presión de un trabajo a tiempo completo y estudiar simultáneamente a tiempo completo, estaban fascinadas de que yo pudiera hablar inglés (un idioma que ellas no entendían), con una facilidad para ellas desconocida. Un día me dijeron que me habían oído hablar en inglés mientras dormía, y, a pesar de que ellas no habían entendido nada de lo que yo hablaba, sabían que yo estaba soñando sobre una discusión en clase, porque las dos eran profesoras y sabían cuando había una discusión académica

Mi capacidad de trabajo había crecido tanto en los últimos doce o catorce meses, que yo no sentía que estaba haciendo un esfuerzo especial, tal era la estamina que tenía dentro de mi cuerpo, que inconscientemente estaba sólo haciendo lo que mi cuerpo me permitía hacer eficientemente. Yo era entonces, igual que ahora, un soldado veterano de guerras ya peleadas y ganadas, solo vale la pena recordar que cuatro de los seis años de mi secundaria y dos de la universidad ya trabajé y estudié a tiempo completo. Crecí peleando para sobrevivir, estaba dentro de mi carácter el ser un luchador para ganar, yo no iba a dejarme ganar por la dureza de las circunstancias sin importar cuales o cuan duras estas fueran.

Claro que me sentía cansado de vez en cuando, recuerdo que algunas veces llegaba a mi departamento a las once y veinte de la noche, cansado y con un fuerte dolor en el lado izquierdo de mi espalda, especialmente en las noches en que me tocaba cargar muchas bandejas llenas de platos para llevar a las mesas y servir a nuestros clientes, pero eso no me causaba gran preocupación, sabía que después una ducha y seis horas de sueño, el dolor se iría y mi cuerpo estaría listo para emprender un nuevo día de trabajo y de estudio. Por otro lado, nunca estuve psicológicamente cansado, siempre estuve listo para continuar persiguiendo mi meta,

Para esa época, Anita comenzó a visitarme en Nueva York casi todos los domingos y la pasábamos muy bien. Paseábamos con frecuencia en el Parque Central que lo teníamos muy cerca, asistíamos a varias clases de shows, al cine y al teatro. También visitábamos los museos, el parque zoológico, la estatua de la Libertad y otros sitios interesantes y divertidos. Fue entonces que ella empezó a hablarme de “casarnos”, una palabra a la que yo le tenía alergia y me causaba escalofríos. Francamente yo prefería que no tocáramos el tema, al menos no en esos momentos, y eso a ella le causaba resentimiento, no obstante lo cual, seguimos saliendo juntos. Yo quería tomarme un poco mas de tiempo, quería conocerla mejor, no quería cometer el mismo error dos veces y casarme sólo porque ella me hacia falta en mi soledad. Además, si bien es cierto que económicamente, juntos podríamos haber sido capaces de llevar adelante un matrimonio, no era este el lugar, ni la situación económica en las que yo aspiraba poder llevar adelante un matrimonio, pero mas que nada, yo me temía que este podría descarrilar mis planes de largo plazo; pero, tampoco quería romper con ella, yo sentía que la amaba, sabía que la extrañaba, me hacía falta cuando estaba ausente. En el fondo de todo esto estaba un profundo temor a equivocarme nuevamente. Yo era un “gato escaldado”. Yo ya me había “quemado” una vez, y le había cogido miedo al fuego.

Había una cosa en la que Anita y yo éramos muy distintos; ella no era ambiciosa. Ella hubiera sido feliz si se casaba conmigo y teníamos niños y vivíamos en algún lugar de Nueva Jersey financiados con nuestros sueldos, trabajando en alguna fábrica sin trascendencia. Mientras tanto yo, estaba viviendo momentos en que mis metas eran muy altas, momentos en que para mí sólo el cielo era el límite, y no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños, por nada del mundo. Allí estaba la mayor diferencia entre ella y yo.
En mi próximo capitulo: FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK