Este blog es el vehiculo para contar mis recuerdos a mis hijos, a mis nietos, a mis familiares y mis amigos, para que ellos puedan unirse a mi mientras repito el viaje que por setenta años hice en la "montaña rusa" pasando por los valles profundos de la mas grande probreza, hasta las alturas de la realización personal, pasando por por las suaves praderas de la felicidad de tener una familia maravillosa, unos nietos adorables y amigos entrañables. Bienvenidos a este viaje
Monday, August 27, 2012
DE REGRESO EN GUAYAQUIL
Regresé a Guayaquil volando por Ecuatoriana de Aviación en abril 12 de 1968, trayendo de regreso a mi país, aparte de una maleta llena de esperanzas, mi viejo set de TV de 29 pulgadas (blanco y negro), mi radio de transistores Hitachi y una maleta con mis efectos personales que incluían dos ternos nuevos que me costaron 99 dólares cada uno, media docena de corbatas y unas cuantas camisas de vestir. Bien guardados en un maletín de mano venía la parte más importante de mi equipaje y mi más importante recuerdo de Nueva York, los cuatro mil dólares que pude ahorrar durante el tiempo que viví, trabajé y estudié en esa gran ciudad.
Era casi una fortuna para mi, mi reserva para el tiempo que tomara encontrar un trabajo que me permitiera seguir estudiando mientras esperaba la tan ansiada respuesta de Arthur Andersen. Claro que iba a extrañar a Anita; su voz, su perfume, sus abrazos, sus besos y todo lo que hicimos juntos, pero yo sabía que todo eso iba a quedar atrás, habíamos roto para siempre, y yo no quería ser el que tuviera que mirar hacia atrás. Me prometí a mi mismo que haría mi mejor esfuerzo para mirar hacia adelante, para comenzar una vida nueva, con fe, con decisión, con optimismo, con firmeza, con valentía, sabiendo que no iba a ser fácil.
Por algunos meses después de mi regreso seguí pensando en ella, seguí soñando (dormido y despierto) con ella, ninguna chica que conocía hasta entonces me llenaba como lo hacía ella. A veces pensaba que no iba a poder sobreponerme anímicamente nunca de mi estado de tristeza y añoranza, pero me mantuve firme en mi decisión de olvidarla. Mas temprano que tarde empecé a sentir que mi estado de ánimo iba mejorando y empecé a ver una pequeña luz al final del túnel. Yo ya lo había decidido, pronto tenía que encontrar una chica joven, bonita, inteligente, tierna, alegre en su trato personal (para compensar por mi tristeza) y madura en su forma de ser. Yo era el tipo de persona que sentía la necesidad de tener alguien a quien confiar sus inquietudes, contar sus sueños, compartir sus penas y alegrías.
Fue entonces que empecé a salir con Fanny, la joven tímida, de apenas dieciocho años, que con el pasar de los años se convirtió en la súper mujer que ahora es, mi amada esposa, la que me ayudó a navegar las agitadas aguas de la transición a mi nueva realidad, la que sin saberlo, me ayudó a cruzar el puente entre el pasado y el presente, la que fue testigo de mis inconstancias, de mi inmadurez y mi miedo a comprometerme por casi cinco años, hasta que se le agotó la paciencia y un día me dijo que ya no quería saber nada de mi, que quería terminar conmigo para siempre y se mantuvo firme en ello por mas de dos meses, hasta que yo, triste y arrepentido, hice un acto de contrición y fui a pedirle que me perdonara, que se casara conmigo y que compartiera su vida con la mía. Sólo así logré que me perdonara por mis flaquezas. Nunca he hecho nada más correcto en mi vida que pedirle perdón a Fanny y nunca el premio por haberlo hecho fue tan grande y tan valioso.
Como le dije a mi hija Angie, un día que ella y yo decidimos escarbar hacia lo mas profundo de nuestras memorias: “me siento tan feliz de que las cosas sucedieran de la forma que sucedieron, porque de no haber ocurrido lo que ocurrió, yo no habría tenido la familia que hoy tengo, la mujer que tengo y los hijos que hoy tengo”, le dije. No habría sido tan feliz como he sido por los últimos 39 años de mi vida y como lo soy hoy día. Al final de cuentas, colocar las bases en el edificio de mi vida no fue fácil ni fue rápido, me tomó cerca de cinco años el hacerlo, tuve que madurar primero, pero lo hice con la maestría de un experto constructor, y el resultado está a la vista. El edificio sigue sólido y firme y seguirá estándolo por el resto de mi vida.
Mi madre y algunos de mis hermanos estuvieron a recibirme en el aeropuerto el día que llegué desde Nueva York. Extrañé a mi madre cada día que estuve ausente, su compañía y su sola presencia le daban a mi vida la paz, la calidad, la calidez y la abundancia que sólo su espíritu sereno y su generosa sonrisa podían hacerlo. Nunca había estado alejado de ella por tanto tiempo, me sentí inmensamente feliz de volverla a ver, pero la encontré pálida, débil y triste. Algo me decía que no estaba bien; que su salud, que en los últimos años había sido frágil, estaba en un franco deterioro. No se lo dije a ella, pero se lo dije a mi hermana Lilita y ella estuvo de acuerdo. A pesar de que su adorable sonrisa y sus ojos brillantes estaban aún presentes, ellos estaban, sin duda escondiendo la pena y el dolor que había venido sintiendo su cuerpo por algún tiempo y que pretendía ocultarnos para no causarnos pena ni preocupaciones. Le dije cuando llegué, “mamita, voy a estar con usted, voy a cumplir mi promesa y la traeré a vivir conmigo; voy a tener un lindo trabajo, y ya no va a tener que andar de aquí para allá, sufriendo porque no puede llenar sus necesidades; voy a ser totalmente responsable de que no le falte nada y que su salud sea atendida como es debido”, Era sólo una manera de auto recordarme que esa iba a ser mi responsabilidad, y sólo mía y que la asumiría con amor y con ternura.
Antes de empezar a buscar un apartamento, amoblarlo y mudarme a vivir con mi madre, debía hacer algunos arreglos, pero no quería esperar mas. Renté dos habitaciones en el piso donde vivía mi hermana Letty, en la calle Luque No. 631 y Boyacá, en pleno centro de Guayaquil, y allá nos mudamos inmediatamente con mi madre. El primer paso estaba dado, ella y yo empezamos una nueva vida, suficientemente cerca del resto de la familia como para sentirnos bien pero no tan cerca como para incomodar a nadie.
Las cosas nos iban muy bien, ella y yo teníamos una química muy especial y nos acomodábamos a vivir juntos como la tierra y el sol. El trabajo en Arthur Andersen tuvo que esperar hasta enero del siguiente año, los reclutamientos para el año 1969 ya habían sido hechos, pero, gracias a la ayuda y la recomendación del decano de la Facultad de Economía, el Eco. Enrique Salas Castillo, logré conseguir un trabajo en la compañía ACERO COMERCIAL ECUATORIANO, donde desempeñé las funciones de Jefe de Cobranzas con un sueldo de aproximadamente $200 mensuales, hasta enero del año siguiente.
Era suficiente para mantenerme ocupado, pero además, ayudaba a preservar en alguna medida los ahorros que había logrado traer de Nueva York, que, a propósito, habían sido reducidos materialmente por los préstamos solicitados por mis dos hermanos mayores, uno de los cuales nunca me pagó el suyo ($600), mientras el otro, que había, con el dinero de mi préstamo, convertido parte del solar de su casa en un criadero de pollos, me devolvió el préstamo de $1,000 un año después del plazo originalmente pactado, casi como haciéndome un gran favor al devolverme mi dinero.
En nuestra familia, que ha sido siemprem una parte del Huerto del Señor, se han dado casos increíbles de inaceptable conducta con respecto del dinero. He aquí uno de ellos, quizás el peor de todos, un caso que debe estar haciendo a mis padres ponderar en sus tumbas si sus enseñanzas sobre solidaridad, nobleza personal y honradez, cayeron en un saco roto.
Permítanme este breve desvío del tema, pero esta historia vale la pena contarlo por lo que es casi increíble, pero verdadero:
Capítulo Uno: Hace unos diez años, como en una de esas novelas cursis que hacen llorar a los televidentes un “honorable” miembro muy cercano de nuestra familia a quien prefiero, por obvias razones no nombrar, hizo un préstamo a una sobrina muy querida que deseaba financiar su viaje a España en busca de trabajo. Listo estuvo el primero para prestar el dinero solicitado por nuestra sobrina ($4,000), siempre y cuando ella firmara una hipoteca sobre el único bien patrimonial que tenía (un terreno de diez mil metros cuadrados en un privilegiado sitio muy cerca de Pallatanga), que heredó de nuestra fallecida hermana mayor, Letty. El bien solicitado en garantía tiene un valor comercial equivalente a veinticinco veces el valor del préstamo. La urgencia conque necesitaba el dinero hizo que la persona que lo pedía no tomara nota de la fecha del vencimiento ni de las usurarias tasas de interés sobre el valor tomado en préstamo, estipuladas en la hipoteca.
Capítulo Dos: Tres años después de tomado el préstamo ella regresa al país y se acerca a pagar los cuatro mil dólares recibidos, para encontrarse con la sorpresa de que “el honorable y bondadoso” prestador no le quiso recibir el pago porque argüía que la deuda, a la fecha, era de veinticinco mil dólares y que “ o le pagaba todo, o no le pagaba nada, y se ejecutaría la hipoteca”, esto es, se quedaría con el bien hipotecado cuyo valor, como se dijo antes, era de veinticinco veces el valor prestado.
Capítulo Tres: Intimidada por el tono amenazante de los argumentos del prestamista, la deudora le pide al primero que le acepte en “abono a la cuenta” los cuatro mil dólares que ella había podido acumular después de tres largos años de trabajo y sacrificio, sólo para recibir una rotunda negativa del acreedor: “ya te he dicho que me pagas los veinticinco mil dólares o me quedo con el terreno hipotecado”.
Capítulo Cuatro: la deudora consulta con un abogado sobre su caso y este le aconseja ir a un juez; depositar el pago de los cuatro mil dólares, declarando que es un “abono a la deuda” y que los intereses, una vez liquidados por el juez, “serán pagados oportunamente”. El Juez que conocía la causa, primero se da cuenta de que los intereses que el "prestamista" estaba cargando a su sobrina incluían intereses sobre intereses, un delito que es penado por la Ley, y entonces calcula el valor correcto de los intereses. Despues de esto, la deudora se allana a decisión del juez y paga dichos intereses. El juez además manda en su sentencia que “el acreedor debe recibir el pago y levantar inmediatamente la hipoteca sobre el inmueble dado en garantía”.
Capítulo Cinco: El acreedor, que inmediatamente cobra el dinero, no se allana totalmente a la decisión del juez, y, por el contrario, envía a un sujeto de malos antecedentes, con el título de abogado, a intimidar al abogado de la deudora para que deje de actuar en el caso, “o se atenga a las consecuencias”, claramente amenazándolo con agresiones físicas.
Capítulo Seis: Desde entonces, el juez de la causa se ha venido absteniendo de exigir al acreedor que cumpla con su obligación de levantar la hipoteca y liberar el bien dado en garantía, en una clara evidencia de que él también está bajo algún tipo de presión, sea esta de agresión física o de otro tipo de “presión” a la que usualmente se allanan ciertos jueces.
Capítulo Siete: Continuará…Ya veremos si el juez actúa con “la Ley como la Norma a seguir”, o si se sigue absteniendo de actuar, de esta forma convirtiéndose en cómplice y encubridor de un delito flagrante. Pero lo que queda más claro que el agua es que el "honorable prestamista" nunca estuvo interesado en cobrar el préstamo, sino en quedarse con la garantía, a sabiendas de que eso causaría un grave daño, tal vez un irreparable daño, a la persona que cometió el gravísimo error de confiar en su honestidad (y a su familia). Sujetos de esta clase no se dan en todas las familias, pero, desafortunadamente en la nuestra si ha aparecido uno...
Ahora vuelvo al tema central de estas MEMORIAS: mi madre sufría de hipertensión arterial (que es una de las cosas que he heredado de ella) y necesitaba visitar a su médico personal, su primo el Dr. Joffre Lara Montiel, quien, con paciencia y amor de hijo y competencia de gran médico cardiólogo, mantenía la enfermedad de mi madre bajo control. Gracias a Dios, pensaba yo, ese frente estaba bien cubierto. Pocos meses después, con enorme tristeza constatamos que su salud era más frágil de lo que jamás nos imaginamos.
Chapada a la antigua, y obligada por el hecho de que en nuestra casa no teníamos un refrigerador, mi madre iba al mercado Central tres veces por semana, a comprar las legumbres frescas y la carne o el pollo con que ella preparaba la comida para los dos, esa comida que sólo ella sabía hacer y que hoy, cuarenta y tres años mas tarde aún extraño.
Entre tanto, yo volví a la Universidad, volví con fuerza, con decisión, mas decidido que nunca a graduarme de economista con las mas altas calificaciones, era como si me hubieran dado cuerda, nadie me paraba, los estudios especiales que había hecho en la Universidad en Nueva York me habían preparado, no sólo para ser el mejor, sino para demostrarme a mi mismo que cada paso que di allá había sido un paso seguro, un paso firme, un paso gigantesco hacia adelante en mi formación profesional. Seguí obteniendo, de lejos, el primer lugar entre los estudiantes de mi clase, mis promedios estaban en el orden de 9.8 a 9.9 sobre diez. Quería demostrarle también a Pepe García, el Gerente de Arthur Andersen que no se equivocaría el momento de contratarme para trabajar en su Firma. Ya faltaban pocos meses para enero de 1969, y era en ese mes que Pepe me había dicho que vuelva para contratarme como miembro de su staff de Auditoría.
El primer día laborable de enero del año 1.969, a las nueve de la mañana me presenté a la entrevista con Pepe García, este vestía un traje azul marino, con camisa celeste y corbata roja, su secretaria me anunció y Pepe salió a recibirme con una sonrisa amplia y un apretón de manos seguido de una palmada en la espalda. “pasemos a mi oficina, Rafael”, me dijo, “Muchas gracias señor García”, le dije, mientras él me contestaba “llámame Pepe solamente”. “Gracias Pepe”, le dije, haciendo un gran esfuerzo para poder llamar por el primer nombre a una persona a quien yo debía el máximo respeto y consideración. Después de todo, esa era la norma que me habían enseñado mis padres en el trato con “los mayores” y “con los superiores.”
Yo vestía un traje gris (que me había comprado en Nueva York poco antes de regresar al Ecuador), con zapatos negros brillantemente lustrados, camisa blanca y corbata azul, con lo cual quería y creía lucir muy profesional en aquel día. Las oficinas de ARTHUR ANDERSEN & Co., estaban ubicadas en la parte oriental del tercer piso del edificio PYCCA, en la calle Boyacá, entre la Avenida Nueve de Octubre y la calle Vélez, junto a lo que entonces era el teatro Ponce. El área de la recepción, la sala de conferencias y la oficina del Senior de Auditoría estaban totalmente alfombradas con una alfombra azul oscuro, que le daba al lugar un carácter muy profesional, elegante pero austero.
La oficina de Pepe García que era de aproximadamente veinte metros cuadrados, estaba elegantemente decorada. Tenía un escritorio de madera lacada de color marrón claro y la silla donde Pepe se sentaba era de cuero con un espaldar alto de color negro. Habían dos sillas con descansa brazos, también de madera, frente al escritorio de Pepe. En una de ellas Pepe me pidió que me sentara una vez que habíamos entrado a su oficina. “Te tomas un café”, me preguntó Pepe y yo le indiqué que no, que prefería un vaso de agua. Después de unas pocas frases de cortesía, comenzó nuestra entrevista, que incluyó una introducción sobre nosotros.
Pepe era un CPA graduado en la Universidad de La Habana, en su nativa Cuba, en los primeros años de la década de los sesenta, mientras que su experiencia en Auditoría y Contabilidad Pública la había hecho enteramente en la oficina de la Firma en Miami. Pepe tenía 36 años, medía aproximadamente 1.80 ms. de estatura, tenía una nariz ligeramente grande, de piel blanca y pelo negro medio ondulado y con muestras de una temprana calvicie, era de vestir elegante y de sonrisa a flor de labios, y una persona que no bien conocerlo, inspiraba confianza.
“Debo admitir”, me dijo Pepe, “que he esperado este día con entusiasmo”, y agregó: “creo que me equivoqué al posponer hasta ahora esta cita, yo debí haberte contratado hace nueve meses, cuando recién llegaste de Nueva York, porque uno de los hombres que había contratado decidió irse antes de los tres meses, y por eso me has hecho falta”, y siguió hablando; “quiero que te incorpores a nuestro staff lo antes posible, mientras más pronto, mejor”, y concluyó diciendo “Bienvenido a nuestra Firma”.
Mientras Pepe hablaba, yo sentía como que estaba viviendo un sueño, cada palabra suya era como música a mis oídos, era como si estuviera en medio de una sinfonía que me transportaba muy lejos, elevándome a lo más alto de mis aspiraciones personales. No atinaba a encontrar las palabras más adecuadas para las circunstancias, estaba medio aturdido de la emoción. Finalmente, y antes de que Pepe empezara a creer que estaba entrevistando a un mudo, le dije: “Pepe, estoy enteramente a sus órdenes, pero deme diez días para entregar mis cosas en orden a mi empleador, y aquí estaré el diecinueve de enero a las nueve de la mañana”, y agregué; “gracias por su confianza, haré lo máximo que esté a mi alcance para no defraudarle”.
Mis responsabilidades, los programas de entrenamiento que la Firma ofrecía a su staff, mi remuneración y otros detalles inherentes a mi incorporación a la Firma, me los explicó Pepe durante el almuerzo al que me invitó ese día.
Nunca me he sentido más feliz que aquel día de enero de 1969. Llegué a mi casa y abrazando fuerte y largamente a mi madre le conté los detalles de lo que había pasado aquella mañana. Ella no cabía en su felicidad y me besó más que nunca, lo hizo como solía hacerlo cuando yo era un niño, como cuando yo era un pedacito de arcilla al que ella, como gran escultora, estaba dando forma cada día.
En mi próximo capitulo: EN LA PISTA Y LISTO PARA DESPEGAR
Tuesday, August 14, 2012
EL FIN DE UN SUEÑO Y EL COMIENZO DE OTRO
PUENTE DE BROOKLYN EN NYC
Esas fueron las horas más felices que pasé junto a Anita. En la noche del fin del año, volvimos a reunirnos en el mismo lugar y con la misma gente que estuvo la noche de la Navidad, pero esta vez ella empezó a hablar de matrimonio, y, a pesar de que no se arruinó la noche, no pudimos pasarla tan bien como la Noche Buena. Nunca más pudimos Anita y yo disfrutar, juntos, de una reunión familiar como la de la Navidad de 1967.
Tal como ocurrió en los últimos meses del año anterior, el Restaurant Canterbury siguió siendo mi segunda casa de martes a viernes. A las tres de la tarde, después de clases, tomaba el tren en la estación de Union Square y llegaba al restaurant antes de las 3:30 PM. Almorzaba y me ponía mi elegante uniforme de trabajo y empezaba a arreglar las mesas para la primera ronda de clientes que comenzaban a llegar pasadas las seis de la tarde. Muchas veces me quedaba tiempo para estudiar. Las horas mas atareadas eran entre las seis y media y las ocho y media de la noche, seguidas de una segunda ola, esta vez menos intensa, con clientes que llegaban a las nueve y media y se iban antes de las once, eran los que salían de los teatros y se servían una comida ligera (supper) y tomaban esta oportunidad para comentar sobre la obra de teatro que habían visto unos momentos antes. Pasadas las diez y media de la noche el restaurant quedaba vacío y nosotros podíamos irnos a los vestuarios a prepararnos para salir. Antes de las once y media de la noche llegaba a mi departamento, tomaba una ducha y me sentaba a ver por lo menos una parte del programa de Johnny Carson, y luego a estudiar hasta la 1:30 AM para dormir unas buenas seis horas y levantarme listo para ir a la universidad.
Anita y yo continuamos viéndonos, ella venía a verme casi todos los domingos y entonces íbamos al cine o visitábamos lugares de interés. A veces me visitaba los sábados, y entonces la visita era mas corta porque yo siempre debía trabajar a las cinco de la tarde. La llevaba entonces de regreso hasta el terminal de buses de la Octava Avenida y la calle 42 W y allí nos despedimos hasta el siguiente día. Los domingos la acompañaba siempre hasta su casa y yo regresaba a Nueva York entre las ocho y nueve de la noche.
EL PARQUE CENTRAL DE NUEVA YORK DESDE EL AIRE
Nuestra relación se estabilizó alrededor del entendimiento mutuo de nuestra disponibilidad de tiempo y la idea de que nuestro futuro dependía de que yo volviera al Ecuador, obtuviera un buen trabajo y mi situación económica se estabilizara primero, y luego se fortaleciera hasta el punto de ser sólida. Siempre fui transparente con ella, mi primera, inmediata y más importante meta era prepararme académicamente para el futuro, consolidar mis primeros logros en Nueva York, con lo cual aseguraríamos estabilidad económica y tranquilidad mental, sin lo cual la felicidad completa no tendría una base sólida. Ella parecía haber entendido todo esto muy bien, o al menos no trató más de cambiar mis prioridades.
Pero, complicando un poco el panorama hacia el futuro, mi situación migratoria me hacía vulnerable a la siempre latente posibilidad de que las autoridades de inmigración me mandaran a mi casa en Ecuador. Conseguí una prórroga de seis meses para mi visa de turista y con ella seguí trabajando y estudiando, no obstante que con la visa que tenía, ninguna de las dos cosas era legalmente permitida. Sin embargo, dado el bajísimo nivel de desocupación de entonces, tengo la impresión de que las autoridades migratorias se hacían un poco de la vista gorda, o no eran tan estrictas como lo son hoy, y, por lo tanto, había muchísima gente (miles como yo) que trabajaban y estudiaban sin el estatus legal adecuado y con relativa tranquilidad.
Seguí trabajando hasta el 10 de abril y estudié hasta terminar el ciclo de invierno, a fines de marzo de 1968. Los tres semestres que estudié en NSSR fueron un fundamento grande y muy valioso para mi posterior formación académica y profesional.
Ya había tomado la decisión de regresarme para reiniciar mis estudios en la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en el ciclo que comenzaba en mayo de ese año y así lo hice. El 12 de abril regresé a Guayaquil. Atrás quedaron Anita, Nueva York, la New School For Social Research y el Canterbury Restaurant; pero traje conmigo una enorme serie de recuerdos del tiempo que viví en la Gran Manzana, la “capital del Mundo”, incluyendo El Play Boy Club y sus conejitas, el Central Park y sus bellas rutas y lagos en medio de los árboles, las Naciones Unidas y su enorme restaurant, los diplomáticos discutiendo la Guerra de los Seis Días, el Club de las Nubes en el Chrysler Building, los trenes subterráneos, los túneles, los históricos puentes, la Estatua de la Libertad, y, desde luego, la gente que allí conocí y que me ayudó a ver el mundo desde una perspectiva diferente.
Jorge Alberto Terreros y Angelita, su esposa, los amigos que me ayudaron desde el primer día quedaron para siempre encasillados en un espacio especial de mis memorias, ellos me dieron todo lo que podían darme y mucho más, me enseñaron a vivir en un mundo distinto, totalmente nuevo y no necesariamente amigable; mi gran amigo y hermano de mis sobrinos Muñoz Romero, “el flaco” César Muñoz y su familia, quienes me hicieron sentir “en mi casa” cuando estaba muy lejos de mi casa, porque me dieron la amistad y el cariño que se siente genuino y se devuelve así mismo con calor humano y sinceridad.
Eran los tiempos de los hippies y de las protestas masivas contra la Guerra de Vietnam en las universidades de todos los Estados Unidos. En nuestra universidad esos movimientos sociales no pasaron inadvertidos. La cultura de la protesta, la rebeldía y la desobediencia habían crecido a enormes proporciones y había penetrado casi todas las universidades de los estados Unidos, las calles y los parques a través de toda la nación americana. Los hippies eran gente mayormente joven que había desarrollado una cultura de rechazo a las enseñanzas de sus mayores y expresaban abiertamente su rebeldía a través de su vestimenta extravagante, de sus gritos, de su falta de limpieza corporal, de su aversión profunda a las “reglas del establishment”. Los hombres no se afeitaban ni se cambiaban de ropa, las mujeres no se peinaban ni se maquillaban, y juntos salían a las calles y a los parques, pero especialmente a las cercanías de las universidades a gritar, a hacer plantones, a mostrar letreros de protesta contra la guerra, contra el gobierno y contra la sociedad tal cual como estaba organizada, y, a fumar mariguana y consumir varias clases de droga, incluyendo cocaína, LSD y morfina. Era la viva expresión de la anti-sociedad y su influencia en la juventud se extendía como un fuego sin control.
Para fines de 1967 y primeros meses de 1968, el Washington Square (o el parque George Washington) y el Greenwich Village y sus alrededores, localizados frente a la Universidad de Nueva York, y muy cerca de mi universidad, habían sido, casi literalmente “tomados” por los hippies y sus simpatizantes. Allí se podían ver, especialmente en las noches, grupos compactos de hippies, hombres y mujeres, con sus banjos, acordeones y tambores, celebrando juntos su juventud y fumando mariguana para refinarse. De 1960 hasta 1968, el número de personas en los Estados Unidos que consumían mariguana había crecido desde unas pocas decenas de miles, hasta más de diez millones. Yo no estuve exento de la tentación, aun cuando me detuve casi al momento mismo de probarla, una experiencia que la repetí ya de vuelta en Guayaquil. No me arrepiento de haberme rehusado a hacerlo. Creo que en definitiva, el haberlo hecho sólo prueba que dentro de mí siempre estuvieron las enseñanzas de mi madre y la fuerza de mi carácter que tiene el mismo origen.
A principios de enero de 1968 visité las oficinas de ARTHUR ANDERSEN & CO. (“AA&CO”), una de las cinco firmas de Contadores Públicos de los Estados Unidos y del mundo y probablemente la mas prestigiosa de ellas, para presentar una aplicación para trabajar en sus oficinas de Guayaquil, las que estaban a punto de abrirse por esos días. Dos meses después, a principios del mes de marzo, recibí una carta de ellos, llamándome e para una entrevista con su departamento de personal para el 24 de marzo. Acudí a la cita, y en ella, un profesional de apellido Brown me entrevistó por más de cuarenta minutos. Salí de esta entrevista muy optimista, primero porque pude conocer la clase de empresa que era AA&CO, y segundo porque me fue muy bien en la entrevista.
Esta fue la primera vez que pude, fuera de la universidad, poner a prueba a un alto nivel, mi inglés recientemente aprendido.
EL MALECON DE GUAYAQUIL POR LA NOCHE
Me sentí orgulloso de mi mismo y con mucha más confianza que nunca sobre lo que podía venir en el futuro para mí. Tres días después de esta entrevista recibí una carta de AA&CO para una nueva entrevista, esta vez para un desayuno con un socio y dos gerentes de la firma. Me fue excelente en esta entrevista, pude responder muy bien a cada pregunta de los entrevistadores y fue entonces que el socio, de apellido McAllister, me dijo que se habían comunicado ya con el señor José García, el hombre que iba a estar a cargo de las oficinas de la Firma en Guayaquil y él había mostrado mucho interés en conocerme y entrevistarme, para, eventualmente ofrecerme una posición en su staff de auditoría, que para entonces sólo estaba en etapa de formación. La entrevista en Nueva York sólo debía ser considerada la antesala de la entrevista definitiva que debía realizarse en Guayaquil.
GUAYAQUIL, LA BELLA
Mi relación con Anita cambió radicalmente cuando a fines de marzo le hice saber que mi decisión irrevocable era regresar a Guayaquil a mediados de abril, después de terminar mi trimestre en la Universidad. Pese a que en muchas ocasiones discutimos el asunto y que ella parecía haberse hecho a la idea de mi regreso, no le gustó la idea de que me regresara tan pronto. Me acusó de haber estado jugando con ella y de que en el fondo nunca estuve interesado en una seria relación. Nada mas lejos de la verdad, pero me fue imposible convencerla. Desde luego, traté de calmarla, sin éxito.
Mi decisión era irrevocable, volvería al Ecuador y seguiría estudiando en la Facultad de Ciencias Económicas mientras esperaba mi oportunidad en AA&CO, nunca estuve más convencido de estar en lo correcto, aunque me dolía en el alma el tener que romper con la chica que amaba y con quien había tenido una hermosa relación de mas de tres años.
Nada fue suficiente para convencer a Anita de que no había estado jugando con ella, y por eso ella decidió que debíamos romper nuestra relación. Sin regresar a ver, y sin despedirse, descendió las escaleras de la estación del subway en la ruta al bus que la llevaría hasta Hackensack, N.J., donde ella vivía. No la volví a ver y no volví a saber de ella sino hasta muchos años después, cuando de vacaciones ella vino al Ecuador en el año 1977. Nos reunimos en un almuerzo para conversar y hablar sobre nuestras vidas, ella se había casado con un irlandés, de quien se había divorciado sólo un par de años después, tras una amarga experiencia. En su matrimonio ella había tenido una hija, en quien Anita había encontrado la razón de su vida, mientras que yo, que me había casado en 1973 con Fanny, la chica que finalmente escogí para ser mi compañera para el resto de mi vida, era muy feliz con mi familia, ya tenía a mis dos primeros hijos, era el VP ejecutivo de COFIEC, el banco industrial más grande del Ecuador, y simultáneamente era el Gerente de Northwest Ecuador Company, una compañía en proceso de liquidación.
En mi próximo capítulo: DE REGRESO EN GUAYAQUIL
Esas fueron las horas más felices que pasé junto a Anita. En la noche del fin del año, volvimos a reunirnos en el mismo lugar y con la misma gente que estuvo la noche de la Navidad, pero esta vez ella empezó a hablar de matrimonio, y, a pesar de que no se arruinó la noche, no pudimos pasarla tan bien como la Noche Buena. Nunca más pudimos Anita y yo disfrutar, juntos, de una reunión familiar como la de la Navidad de 1967.
Tal como ocurrió en los últimos meses del año anterior, el Restaurant Canterbury siguió siendo mi segunda casa de martes a viernes. A las tres de la tarde, después de clases, tomaba el tren en la estación de Union Square y llegaba al restaurant antes de las 3:30 PM. Almorzaba y me ponía mi elegante uniforme de trabajo y empezaba a arreglar las mesas para la primera ronda de clientes que comenzaban a llegar pasadas las seis de la tarde. Muchas veces me quedaba tiempo para estudiar. Las horas mas atareadas eran entre las seis y media y las ocho y media de la noche, seguidas de una segunda ola, esta vez menos intensa, con clientes que llegaban a las nueve y media y se iban antes de las once, eran los que salían de los teatros y se servían una comida ligera (supper) y tomaban esta oportunidad para comentar sobre la obra de teatro que habían visto unos momentos antes. Pasadas las diez y media de la noche el restaurant quedaba vacío y nosotros podíamos irnos a los vestuarios a prepararnos para salir. Antes de las once y media de la noche llegaba a mi departamento, tomaba una ducha y me sentaba a ver por lo menos una parte del programa de Johnny Carson, y luego a estudiar hasta la 1:30 AM para dormir unas buenas seis horas y levantarme listo para ir a la universidad.
Anita y yo continuamos viéndonos, ella venía a verme casi todos los domingos y entonces íbamos al cine o visitábamos lugares de interés. A veces me visitaba los sábados, y entonces la visita era mas corta porque yo siempre debía trabajar a las cinco de la tarde. La llevaba entonces de regreso hasta el terminal de buses de la Octava Avenida y la calle 42 W y allí nos despedimos hasta el siguiente día. Los domingos la acompañaba siempre hasta su casa y yo regresaba a Nueva York entre las ocho y nueve de la noche.
EL PARQUE CENTRAL DE NUEVA YORK DESDE EL AIRE
Nuestra relación se estabilizó alrededor del entendimiento mutuo de nuestra disponibilidad de tiempo y la idea de que nuestro futuro dependía de que yo volviera al Ecuador, obtuviera un buen trabajo y mi situación económica se estabilizara primero, y luego se fortaleciera hasta el punto de ser sólida. Siempre fui transparente con ella, mi primera, inmediata y más importante meta era prepararme académicamente para el futuro, consolidar mis primeros logros en Nueva York, con lo cual aseguraríamos estabilidad económica y tranquilidad mental, sin lo cual la felicidad completa no tendría una base sólida. Ella parecía haber entendido todo esto muy bien, o al menos no trató más de cambiar mis prioridades.
Pero, complicando un poco el panorama hacia el futuro, mi situación migratoria me hacía vulnerable a la siempre latente posibilidad de que las autoridades de inmigración me mandaran a mi casa en Ecuador. Conseguí una prórroga de seis meses para mi visa de turista y con ella seguí trabajando y estudiando, no obstante que con la visa que tenía, ninguna de las dos cosas era legalmente permitida. Sin embargo, dado el bajísimo nivel de desocupación de entonces, tengo la impresión de que las autoridades migratorias se hacían un poco de la vista gorda, o no eran tan estrictas como lo son hoy, y, por lo tanto, había muchísima gente (miles como yo) que trabajaban y estudiaban sin el estatus legal adecuado y con relativa tranquilidad.
Seguí trabajando hasta el 10 de abril y estudié hasta terminar el ciclo de invierno, a fines de marzo de 1968. Los tres semestres que estudié en NSSR fueron un fundamento grande y muy valioso para mi posterior formación académica y profesional.
Ya había tomado la decisión de regresarme para reiniciar mis estudios en la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en el ciclo que comenzaba en mayo de ese año y así lo hice. El 12 de abril regresé a Guayaquil. Atrás quedaron Anita, Nueva York, la New School For Social Research y el Canterbury Restaurant; pero traje conmigo una enorme serie de recuerdos del tiempo que viví en la Gran Manzana, la “capital del Mundo”, incluyendo El Play Boy Club y sus conejitas, el Central Park y sus bellas rutas y lagos en medio de los árboles, las Naciones Unidas y su enorme restaurant, los diplomáticos discutiendo la Guerra de los Seis Días, el Club de las Nubes en el Chrysler Building, los trenes subterráneos, los túneles, los históricos puentes, la Estatua de la Libertad, y, desde luego, la gente que allí conocí y que me ayudó a ver el mundo desde una perspectiva diferente.
Jorge Alberto Terreros y Angelita, su esposa, los amigos que me ayudaron desde el primer día quedaron para siempre encasillados en un espacio especial de mis memorias, ellos me dieron todo lo que podían darme y mucho más, me enseñaron a vivir en un mundo distinto, totalmente nuevo y no necesariamente amigable; mi gran amigo y hermano de mis sobrinos Muñoz Romero, “el flaco” César Muñoz y su familia, quienes me hicieron sentir “en mi casa” cuando estaba muy lejos de mi casa, porque me dieron la amistad y el cariño que se siente genuino y se devuelve así mismo con calor humano y sinceridad.
Eran los tiempos de los hippies y de las protestas masivas contra la Guerra de Vietnam en las universidades de todos los Estados Unidos. En nuestra universidad esos movimientos sociales no pasaron inadvertidos. La cultura de la protesta, la rebeldía y la desobediencia habían crecido a enormes proporciones y había penetrado casi todas las universidades de los estados Unidos, las calles y los parques a través de toda la nación americana. Los hippies eran gente mayormente joven que había desarrollado una cultura de rechazo a las enseñanzas de sus mayores y expresaban abiertamente su rebeldía a través de su vestimenta extravagante, de sus gritos, de su falta de limpieza corporal, de su aversión profunda a las “reglas del establishment”. Los hombres no se afeitaban ni se cambiaban de ropa, las mujeres no se peinaban ni se maquillaban, y juntos salían a las calles y a los parques, pero especialmente a las cercanías de las universidades a gritar, a hacer plantones, a mostrar letreros de protesta contra la guerra, contra el gobierno y contra la sociedad tal cual como estaba organizada, y, a fumar mariguana y consumir varias clases de droga, incluyendo cocaína, LSD y morfina. Era la viva expresión de la anti-sociedad y su influencia en la juventud se extendía como un fuego sin control.
Para fines de 1967 y primeros meses de 1968, el Washington Square (o el parque George Washington) y el Greenwich Village y sus alrededores, localizados frente a la Universidad de Nueva York, y muy cerca de mi universidad, habían sido, casi literalmente “tomados” por los hippies y sus simpatizantes. Allí se podían ver, especialmente en las noches, grupos compactos de hippies, hombres y mujeres, con sus banjos, acordeones y tambores, celebrando juntos su juventud y fumando mariguana para refinarse. De 1960 hasta 1968, el número de personas en los Estados Unidos que consumían mariguana había crecido desde unas pocas decenas de miles, hasta más de diez millones. Yo no estuve exento de la tentación, aun cuando me detuve casi al momento mismo de probarla, una experiencia que la repetí ya de vuelta en Guayaquil. No me arrepiento de haberme rehusado a hacerlo. Creo que en definitiva, el haberlo hecho sólo prueba que dentro de mí siempre estuvieron las enseñanzas de mi madre y la fuerza de mi carácter que tiene el mismo origen.
A principios de enero de 1968 visité las oficinas de ARTHUR ANDERSEN & CO. (“AA&CO”), una de las cinco firmas de Contadores Públicos de los Estados Unidos y del mundo y probablemente la mas prestigiosa de ellas, para presentar una aplicación para trabajar en sus oficinas de Guayaquil, las que estaban a punto de abrirse por esos días. Dos meses después, a principios del mes de marzo, recibí una carta de ellos, llamándome e para una entrevista con su departamento de personal para el 24 de marzo. Acudí a la cita, y en ella, un profesional de apellido Brown me entrevistó por más de cuarenta minutos. Salí de esta entrevista muy optimista, primero porque pude conocer la clase de empresa que era AA&CO, y segundo porque me fue muy bien en la entrevista.
Esta fue la primera vez que pude, fuera de la universidad, poner a prueba a un alto nivel, mi inglés recientemente aprendido.
EL MALECON DE GUAYAQUIL POR LA NOCHE
Me sentí orgulloso de mi mismo y con mucha más confianza que nunca sobre lo que podía venir en el futuro para mí. Tres días después de esta entrevista recibí una carta de AA&CO para una nueva entrevista, esta vez para un desayuno con un socio y dos gerentes de la firma. Me fue excelente en esta entrevista, pude responder muy bien a cada pregunta de los entrevistadores y fue entonces que el socio, de apellido McAllister, me dijo que se habían comunicado ya con el señor José García, el hombre que iba a estar a cargo de las oficinas de la Firma en Guayaquil y él había mostrado mucho interés en conocerme y entrevistarme, para, eventualmente ofrecerme una posición en su staff de auditoría, que para entonces sólo estaba en etapa de formación. La entrevista en Nueva York sólo debía ser considerada la antesala de la entrevista definitiva que debía realizarse en Guayaquil.
GUAYAQUIL, LA BELLA
Mi relación con Anita cambió radicalmente cuando a fines de marzo le hice saber que mi decisión irrevocable era regresar a Guayaquil a mediados de abril, después de terminar mi trimestre en la Universidad. Pese a que en muchas ocasiones discutimos el asunto y que ella parecía haberse hecho a la idea de mi regreso, no le gustó la idea de que me regresara tan pronto. Me acusó de haber estado jugando con ella y de que en el fondo nunca estuve interesado en una seria relación. Nada mas lejos de la verdad, pero me fue imposible convencerla. Desde luego, traté de calmarla, sin éxito.
Mi decisión era irrevocable, volvería al Ecuador y seguiría estudiando en la Facultad de Ciencias Económicas mientras esperaba mi oportunidad en AA&CO, nunca estuve más convencido de estar en lo correcto, aunque me dolía en el alma el tener que romper con la chica que amaba y con quien había tenido una hermosa relación de mas de tres años.
Nada fue suficiente para convencer a Anita de que no había estado jugando con ella, y por eso ella decidió que debíamos romper nuestra relación. Sin regresar a ver, y sin despedirse, descendió las escaleras de la estación del subway en la ruta al bus que la llevaría hasta Hackensack, N.J., donde ella vivía. No la volví a ver y no volví a saber de ella sino hasta muchos años después, cuando de vacaciones ella vino al Ecuador en el año 1977. Nos reunimos en un almuerzo para conversar y hablar sobre nuestras vidas, ella se había casado con un irlandés, de quien se había divorciado sólo un par de años después, tras una amarga experiencia. En su matrimonio ella había tenido una hija, en quien Anita había encontrado la razón de su vida, mientras que yo, que me había casado en 1973 con Fanny, la chica que finalmente escogí para ser mi compañera para el resto de mi vida, era muy feliz con mi familia, ya tenía a mis dos primeros hijos, era el VP ejecutivo de COFIEC, el banco industrial más grande del Ecuador, y simultáneamente era el Gerente de Northwest Ecuador Company, una compañía en proceso de liquidación.
En mi próximo capítulo: DE REGRESO EN GUAYAQUIL
Thursday, July 26, 2012
YA CUMPLI SETENTA AÑOS
OFICIALMENTE SWEET ENTA
Hace solo tres semanas cumplí SETENTA AÑOS; 25,550 días de vida, cada uno de los cuales ha sido un canto a la vida, un himno a la esperanza y una página de historia que me llena de orgullo. Aun siento las alas en mis pies y el acero en mi corazón, como cuando tenía 26 años y salí al mundo volando, buscando mi futuro, a forjar mi destino, tengo el corazón lleno de ilusiones y esperanzas y el alma plena de orgullo por lo ya hecho y de ilusiones por lo que planeo hacer; de gratitud a Dios, a la vida, a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos y a la vida.
Hace un momento solamente, gracias a la tecnología del skype, he visto y he hablado en la pantalla de mi computador a mis dos nietos, a mi hija y a mi yerno. Ellos estaban a diez mil kilómetros de distancia pero hablamos como si estuviéramos uno frente a otro.
Hace sólo cuatro días he ganado un torneo nacional de golf en el club de mis amores, el Guayaquil Country Club. ¿Cómo no voy a estar enamorado de la vida si hoy puedo hacer cosas que cuando yo nací, nadie podía siquiera imaginarse, y menos yo?. Cómo no voy a estar lleno de esperanzas si a mi edad todavía puedo competir y ganar?
Nací en Pallatanga, un pequeño pueblito de trescientos habitantes en la Provincia del Chimborazo, el treinta de junio de 1942. Literalmente, salí del vientre de mi madre, golpeado, con los ojos hinchados y con hematomas en todo mi cuerpo, como resultado de los golpes recibidos en el viaje de setenta kilómetros que mi padre y mi padre hicieron, a caballo (desde Riobamba a Pallatanga), para que yo pudiera nacer en el pueblo querido, el pueblo de nuestros ancestros, el pueblito de sus amores.
Mi nacimiento fue el preludio de que mi vida no iba a ser fácil, de que estaría llena de dificultades, pero que sobreviviría a todas ellas, y que de cada etapa de mi vida, por difícil que esta fuera, yo saldría más fuerte y mejor preparado para la siguiente. Por eso estoy aquí, delante de ustedes, mis lectores, contándoles mi historia, y cantándoles un himno a la vida, a la esperanza y a la fe en Dios y su infinita capacidad de crear, de fortalecer e impulsar permanentemente a los hombres.
Esta es mi canción a mis hijos y a la vida;
Los años jóvenes han pasado por mi cuerpo
Pero se han quedado en mi alma
Mi cuerpo se niega a obedecer al tiempo
Se atrinchera obstinadamente en mi alma
Y mi alma se fortalece en los recuerdos
Siento intensas ganas de seguir viviendo
Para ver a mis hijos y a mis nietos en la cima
Mi amada Fanny junto a mi, disfrutando de la gloria, y
Desde el Cielo mi madre sonriendo y contemplándonos
Agradeciendo a Dios por su obra en marcha!
Guayaquil, Julio 26, 2012
DILES QUE ME QUIERES!
BRINDANDO POR LA VIDA!
NUEVAS GENERACIONES EN LA FAMILIA
Y NUEVAS ESPERANZAS PARA EL FUTURO
DIOS ME DIO AMIGOS DEL ALMA
Y LOS CONSERVO COMO AL VINO
CON PABLO SALAME
UN AMIGOENTRAÑABLE
COMPAÑERA DE MIS ULTIMOS CUARENTA AÑOS
Y MADRE DE MIS HIJOS
AMIGOS DE MUCHOS AÑOS
Y GOLFISTAS DE TODA LA VIDA
AMIGOS, GRANDES AMIGOS, REQUETEAMIGOS!
LA PRIMA MECHE
CON SU "BELLO" ANTONIO
Thursday, July 5, 2012
FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
Contrario a lo que me pasaba al comienzo del año, época en la cual, yo tenía miedo de abrir mi boca para hablar inglés por temor a no ser entendido, a finales del año 1967, me sentía en Nueva York casi como Pedro en su casa. Hablaba con toda clase de gente, en la universidad, en el tren, con los clientes en mi trabajo, en los almacenes podía comprar lo que necesitaba y quería, y no lo que sólo podía ver a primera vista, sin preguntar a los vendedores por temor a no decir lo que pensaba y comprar lo que no necesitaba. Podía discutir en clase y siempre me quedaba el dulce sabor de la satisfacción interior de poder decir lo que quería hablar, de ser entendido y entender.
Por otro lado, tenía un trabajo muy bien pagado, que se acomodaba a mis necesidades de tiempo como anillo al dedo, podía tener en él dos nutritivas y abundantes comidas entre cinco y seis días a la semana y había completado mis estudios de inglés y dos semestres adicionales en la Universidad con un decente promedio de calificaciones (3.3), y estaba preparándome para mejorar aun mas. En medio de todo esto, sentía la enorme satisfacción de no tener que comer la comida que yo mismo cocinaba y que diariamente me recordaba que no tenía vocación para chef.
Nuestros clientes en el restaurant eran principalmente gente que iba a los teatros vecinos (estábamos localizados en el centro mismo de la famosa área de los Teatros de Broadway), muy cerca de la famosa Times Square. Había entre ellos muchos turistas americanos y extranjeros que venían a la ciudad de Nueva York y no podían perderse una función de sus famosos teatros, también venían a menudo actores y actrices de los mismos teatros y yo tenía la oportunidad de dialogar con muchos de ellos. Algunos se mostraban muy amigables y complacidos de hablar conmigo, y al pagar sus cuentas se mostraban generosos a traves de sus propinas que nunca bajaba del 15% del valor de su cuenta, y a menudo llegaba hasta el 25 y 30 por ciento. Esto era la razón por la cual, al final de la semana, yo estaba ganando un salario (propinas incluidas), de más de $250, o un equivalente en dólares de ahora, de aproximadamente $2500 semanales. Era un platal para un joven como yo, nuevo en Nueva York y apenas en el proceso de adaptarme a la vida de esta linda y generosa ciudad. Como en la legislación tributaria de esos tiempos las propinas sólo eran sujetas a impuestos en la cantidad que el contribuyente deseaba declarar, el valor neto de mi salario era muy cerca del valor bruto.
Tenía como compañero del equipo de servicio en el restaurant a un ciudadano argentino de unos 35 años de edad que había sido algún tiempo atrás un actor secundario en los teatros de Buenos Aires. Se llamaba Horacio Capellatti y era muy ducho en el servicio a clientes como mesero. Horacio hablaba con ese agradablemente especial acento medio italiano de la gente de Buenos Aires, que hace que rápidamente los identifiquemos como “porteños”, ese hablar que pone casi siempre el acento en la última sílaba de las palabras y que arrastra las letras LL y Y, como si fueran una combinación de las letras sha. “Ché Rafael”, me llamaba y yo le decía Ché Horacio.
Era un tipo de lo más simpático, dicharachero, medio fanfarrón, se preciaba de ser un Don Juan con las mujeres, y “guapo”, en el sentido de que se enfrentaba a cualquiera a los trompones en cualquier parte, siempre ganando las peleas. Se pasaba el tiempo tomándole el pelo a todo el mundo y a cada paso sin importarle quien estuviese a su alrededor. Como lo hacen sus lejanos parientes italianos, usaba las manos para gesticular y poner énfasis en casi cada frase que pronunciaba, mientras se movía casi siempre en círculos, como para asegurarse de que su audiencia de todos lados lo escuchaba, le entendía y luego le celebraba sus chistes. Esto era casi una ceremonia que duraba entre media hora y cuarenta y cinco minutos cada día, durante nuestras comidas y antes de vestirnos con nuestros uniformes para empezar nuestro trabajo a las cuatro y media de la tarde. Me caía bien este hombre y la simpatía era mutua. Hacíamos un muy eficiente equipo de trabajo y nunca tuvimos una discusión desagradable en el momento de repartirnos nuestras propinas. Esto último era siempre 50-50 después de entregar a los bus boys su 15% del total.
La noche de la Navidad de 1967, teníamos el restaurant lleno de gente comiendo, casi no teníamos tiempo de hablar entre nosotros los miembros del grupo de meseros, y nuestros cortos diálogos se limitaban sólo a lo indispensable del trabajo; sirve el vino aquí, sirve el postre allá, pásale la cuenta acullá, etc. Los clientes entraban y salían, las propinas de esa noche eran muy generosas y sabíamos que íbamos a salir con mucho dinero para celebrar la Navidad.
Poco a poco fueron saliendo nuestros clientes y el salón principal del restaurant iba quedando vacío, pero nos quedaba un grupo de seis personas en una de la mesas de nuestra área, que seguían consumiendo buen vino y disfrutando su conversación. Horacio, que aparentemente tenía su propio programa para Navidad, estaba poniéndose impaciente y hacía gestos de disgusto con sus manos, mientras pedía que se fuera el ultimo grupo de clientes (sin que estos le vieran u oyeran), cuando ya eran pasadas las once de la noche. Finalmente, como a eso de las once y treinta, uno de los miembros de la mesa pidió que le lleváramos la cuenta, lo cual puso muy contento a Horacio, que inmediatamente les llevó la cuenta. El cliente, presuroso y mirando su reloj, entregó su tarjeta de crédito American Express a Horacio, quien aun más presuroso la llevó a la caja y devolvió la cuenta con la papeleta para la firma del cliente. Este firmó el recibo, y metiendo su mano al bolsillo, sacó un billete de cien dólares y lo dejó como propina en la mesa.
La cara de Horacio era todo sorpresa al ver semejante propina sobre la mesa, abrió sus brazos y sus ojos, y como haciendo la venia de un actor ante su público que le aplaude, se inclinó casi hasta sus rodillas delante del cliente, y en un gesto que nadie esperaba, se sacó de su cabeza la peluca que hasta entonces nadie sabía que tenía y vimos que su cabeza era tan lampiña y brillosa como una bola de billar. En su inglés fuertemente influenciado por el tono de su español de porteño dijo en la voz más alta que jamás le habíamos oído, THANK YOU SIR, THANK YOU MUCH, VERY MUCH AND HAVE A MERRY CHRISTMAS AND A HAPPY NEW YORK, y volvió a repetir su discurso en español, y en italiano…
Tanto los clientes como los pocos empleados que quedábamos en el salón nos echamos a reír a mandíbula batiente sin poder detenernos, y nuestras risas duraron por varios minutos hasta que los clientes, que continuaban mirando sus relojes, siguieron riendo mientras salían por la puerta principal del restaurant a continuar celebrando sus navidades en New York, y nosotros descendíamos a los vestuarios festejando el chiste del ahora “pelado Capellatti” que de allí en adelante se quedó con ese nombre.
Cuando después de varios minutos nuestras risas cesaron y nos dimos cuenta que era casi la media noche, Horacio y yo sumamos las propinas de la noche y después de entregarles a los bus boys un 15% del total y darles $20 extras (dos), nos repartimos el saldo y vimos que nos quedaban alrededor de $160 para cada uno.
IMAGENES DE SANTA CLAUS ESTABAN POR TODAS PARTES
Me sentí esa noche tan rico que decidí tomar un taxi para ir a festejar la Navidad en la casa de Anita en Hackensack, New Jersey, un viaje de casi una hora que me costó $30, que en dólares de hoy hubieran sido unos $300. Mientras el taxi avanzaba por la calle 47 W. y se dirigía hasta la Novena Avenida para luego girar hacia el sur y dirigirse hacia el Lincoln Tunnel, y en medio de por lo menos dos docenas de imagenes de Santa Claus en el camino, yo iba pensando casi en voz alta “QUE FELIZ ME SIENTO; YO TE AMO NEW YORK; FELIZ NAVIDAD NEW YORK, NEW YORK”
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
LA ESTATUA DE LA LIBERTAD. ICONO SOBRESALIENTE DE NUEVA YORK
Mientras atravesaba el Lincoln túnel, pasadas las doce y media de la noche y seguía mi viaje hacia Hackensack, me puse a meditar sobre los imponderables de la vida, me acordé que sólo hacía un año que tuve una de las Navidades mas amargas de mi vida, en mi propia ciudad, en Guayaquil. Esa noche estuve sólo, había perdido mi trabajo a causa de un gobierno demagógico y corrupto que pagaba con empleos en el Estado los favores políticos que debía a sus seguidores, mientras despedía a quien se había ganado su trabajo con perseverancia, inteligencia y esfuerzo.
La noche de Navidad, en el año anterior, yo estuve aturdido, confundido, asustado, con miedo sobre mi futuro, sin saber que hacer para seguir adelante en un país que ofrecía tan pocas oportunidades a la gente joven. Mientras que ahora, esta noche, justo sólo un año después, estaba extremadamente feliz, había tenido una jornada de intenso pero muy productivo trabajo, estaba en camino a ver a mi chica con quien festejaríamos alegremente la Navidad. Pensé entonces que así es la ruleta de la vida, un día te sientes poco menos que un miserable y pisoteado gusano, y el próximo eres como un pájaro madrugador, que vuela feliz, cantándole a la vida…
No creía entonces, como no lo creo ahora, que existe el llamado “destino” o la mala o buena suerte de la gente. Sólo existe la vida que uno mismo se va creando día a día con su esfuerzo, con inteligencia, con perseverancia, pero claro, siempre con Fe en Dios y Su infinita capacidad de escucharte. Pensé entonces que nosotros no somos otra cosa que el resultado de cómo colocamos cada uno de los ladrillos en el edificio de nuestras vidas, siguiendo la invisible pero siempre presente dirección técnica del Gran Arquitecto del Universo.
Cuando llegué a su casa. Anita me estaba esperando, lucía bellísima en su nuevo vestido rojo con un lasito verde a la altura de su corazón. El perfume que ella usaba esa noche era el más dulce y agradable perfume que yo haya olido hasta entonces (y que se grabó en mi mente por muchos años). Llevaba una rosa blanca junto a su oreja, en el lado izquierdo de su corta y hermosa cabellera casi rubia. Sus labios pintados con un brillante rojo hacían que sus hermosos dientes lucieran más blancos y relucientes cuando me sonreía, mientras sus ojos verde esmeralda estaban llenos de felicidad cuando finalmente llegué a su casa a la una y media de la mañana del 25 de diciembre. Tuve que repartir abrazos y deseos de Feliz Navidad a todos y cada uno de los presentes, casi todos eran hermanos y primos de Anita. Mientras tanto, las mujeres se apresuraban a servir la cena que había estado esperando mi llegada y de la cual Anita había sido parcialmente responsable.
Fue una cena muy al estilo ecuatoriano, con un rico ceviche de camarones como entrada y seguido de un pavo al horno con su respectivo relleno. Hubo vino durante la cena y whiskey después de ella, lo cual nos ayudaba a mantener e incrementar nuestro buen humor y ganas de farrear, y claro que farreamos hasta las cinco de la mañana. Caí agotado a esa hora y me permitieron dormir en un sofá en la sala de la casa de su hermano. Dormí hasta las once de la mañana. Al medio día, Anita y yo tomamos un bus que nos condujo a Nueva York para asistir a la función de gala del Radio City Music Hall con su mundialmente famoso show de Navidad.
En mi próximo capitulo: EL FIN DE UN SUEÑO Y EL COMIENZO DE OTRO
Monday, July 2, 2012
EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK
Ya lo dije antes, a fines de mayo me mudé a mi apartamentito/estudio ubicado en el numero 58 W. de la Calle 72, muy cerca del Parque Central y a solo unos doscientos metros del sitio donde en el año 1980, un loco maniático mató a John Lennon, el más famoso de los cuatro Beattles.
Yo “heredé” este apartamentito cuando unos amigos ecuatorianos que vivían allí, al crecer su familia se mudaron a un apartamento más amplio en el área de Queens. Junto con este pequeño departamento, también “heredé” una cama de tamaño “queen” con sus respectivas sábanas y almohadas, una mesita pequeña a la que le daba el triple uso de escritorio, mesa de estudio y comedor; un colchón inflable para cuando yo tuviera visitas, y un par de sillas. Ese era, inicialmente, todo mi mobiliario en mi “departamento de soltero” en Nueva York, y eso era suficiente, y, consciente de que mi estadía en Nueva York no sería muy larga era más que suficiente para mí y no le agregué mucho después.
Mas tarde compré, por $40 un televisor pequeño, usado, sólo blanco y negro, pues los de color, que ya empezaban a invadir el mercado, aún eran muy caros para mi bolsillo y por tanto eran un lujo que aún no me podía dar. También compré un pequeño tocadiscos y un radio de transistores, y eso me permitía oír la música del Ecuador y de vez en cuando escuchar “la Voz de los Andes” una emisora que desde Quito, daba noticias del Ecuador al mundo.
Siempre fue parte importante de mi vida el mantenerme informado de lo que pasa en el mundo. A los once años, EL UNIVERSO, el gran periódico de Guayaquil era ya parte de mi vida diaria. A través de él yo me enteraba de lo que pasaba en el Ecuador y el mundo, En Nueva York, no dejé de escuchar las noticias, ahora a través de mi nuevo televisor y de mi radio de onda corta. Eso me ayudó además a mejorar mi habilidad para escuchar y comprender el nuevo idioma.
Ver al joven Johnny Carson en su programa “The Tonight Show Starring Johnny Carson” en la NBC, que comenzaba a las once de la noche, un poco antes de la hora en que llegaba de mi trabajo, se convirtió en mi hobby. Al principio me costaba comprender sus chistes y sus agudas pero graciosas críticas al sistema y a los políticos y otros personajes de la época, pero poco a poco fui mejorando mi comprensión y me convertí en un fanático de ese hombre que se mantuvo con un altísimo rating casi hasta 1994 en que decidió abandonar la TV. En los 80’s, viviendo en Salt Lake City, volví a disfrutar del mismo programa, sólo que esta vez tomó un segundo lugar, puesto que mis tres hijos hicieron de “The Smurfs” (Los Pitufos), su programa favorito, y claro, papi y mami tenían que verlo, junto con sus tres hijos, sin recurso de apelación.
Alberto Terreros continuó siendo durante toda mi estadía en Nueva York, mi guía, mi amigo fiel, mi guardián, mi benefactor y mi mentor, en otras palabras, mi “ángel de la guarda”. Él siempre estuvo junto a mí, ayudándome, confortándome, guiándome, consiguiéndome trabajo, y, por supuesto, dándome su apoyo moral y material, enseñándome a desenvolverme en la enorme y complicada ciudad de Nueva York con su extenso y muy eficiente sistema de trenes subterráneos y buses urbanos y suburbanos. Me ayudó a obtener mi licencia de manejo que nunca la usé mientras viví en la Gran Manzana.
Pero, a pesar de su “sabiduría innata” y su gran conocimiento de los detalles relacionados con la ciudad, Alberto no pudo nunca superar las barreras que le imponían su limitado conocimiento del idioma inglés. Muchos años después, en 1979, cuando yo ya era el Director financiero de COFIEC, el más grande banco industrial del Ecuador en esa época, Alberto me visitó en Quito, donde en el piso 10 del edificio del banco yo atendía mis funciones en una enorme oficina esquinera desde la cual se podía ver una gran parte de la ciudad.
Me sentí muy feliz de ver a Alberto, mi gran amigo y guía, y le invité a almorzar en el Hotel Hilton Colón, que estaba frente a mi oficina. En esa ocasión, Alberto me dijo que estaba cansado de vivir en Nueva York, que estaba pensando en regresar al Ecuador, pero que tenía temor de regresar, porque se sentía en Guayaquil como un pez fuera del agua. Pensaba en abrir un restaurante, negocio del cual sabía mucho por sus trabajos en Nueva York. Se me perdió de vista desde entonces, me hubiera gustado continuar con nuestra amistad, poderlo ayudar en su relocalización en Ecuador, pero no supe más de él hasta hace un año, en 2011 en que por fin pude conectarme con mi gran amigo, El está también jubilado, divorciado de su primera esposa, se había vuelto a casar tuvo hijos y nietos, y vive feliz, cerca de su familia…En Nueva York.
Confío en poder volver a ver a Alberto en un futuro cercano, confío así mismo que podré decirle una vez más lo grande que fue para mi el encontrarle en mi camino; lo valiosa que fue su ayuda; lo mucho que aprecio su generosidad y su entrega a la causa de un amigo, yo, y finalmente, lo mucho que su ayuda pesó en mi futuro y el de mi familia.
Así como tuve muchos días y noches felices en Nueva York, también tuve días y noches tristes mientras vivía allá en soledad. Estuve tentado muchas veces a pedir a Anita que se casara conmigo y se fuera a vivir conmigo en Nueva York, lo cual nos habría hecho muy felices, pero resistí la tentación, no quería cometer el mismo error dos veces, y no tengo remordimientos por no haberlo hecho. Extrañaba mucho a Anita, pensaba mucho en ella día y noche mientras viví en Nueva York y muchos meses después de mi regreso a Guayaquil. También extrañaba a mi familia, extrañaba a mi madre, a mis amigos, la música, la comida, los fines de semana remando en El Salado, los viajes a Pallatanga, y, por supuesto extrañaba a mis compañeros de la Universidad.
Mi madre me crio católico y siempre he permanecido católico, tengo ahora y siempre tuve mucha fe en Dios, en Su infinita capacidad de ayuda; en Su inagotable capacidad de perdonar y de dirigir la nave de nuestras vidas hacia puerto seguro; en Su invisible pero siempre perceptible capacidad de enrumbar nuestra barca a las mejores aguas, para pescar en abundancia. Mientras estuve en Nueva York, nunca me perdí la misa del domingo, y si hay algo que sentí siempre dentro de mi, fue la fuerza que EL me daba para afrontar las dificultades con entereza y superar los obstáculos que sin duda aparecían en mi camino. Siempre le pedí Su ayuda; siempre Le pedí por la salud de mi madre y de mi padre; siempre le pedí la fuerza de carácter para no desertar en mi esfuerzo por superarme, de ser mejor, de salir adelante, de superar todas las dificultades, y de permitirme un futuro mejor.
Estuve convencido entonces, como lo estoy ahora, que mis plegarias siempre fueron escuchadas, que mis pedidos no fueron archivados en un perdido file en el cielo, sino que fueron respondidos, mas temprano que tarde, no necesariamente en la forma que yo lo solicitaba, sino en la forma que El creía mas conveniente para mi, la que siempre terminó siendo la mejor respuesta posible. No obstante lo anterior, debo dejar en claro que siempre creí que los logros personales no son obra sólo de la voluntad de Dios, sino que resultan de la combinación de un gran esfuerzo, dedicación, sacrificio individual y persistencia, acompañados de una inquebrantable FE en Dios y de Su capacidad infinita de escuchar a Sus criaturas y darles lo que necesitan. Por eso decidí ser inflexible ante la tentación de una vida fácil y placentera a mi temprana edad, por eso decidí seguir adelante, seguir comprometido con mi mismo y con mi futuro
Mi soledad y mi dura vida de entonces fueron una buena parte de la base del sólido edificio de mi carácter; de mi capacidad de resistencia a la adversidad y de mi temple como adulto, y en definitiva de mi futuro, que nunca estuvo exento de dificultades, pero que se fue trazando con empeño, con decisión, con sacrificio, con tenacidad, tal como se construye una amplia carretera en medio de las dificultades de un terreno quebrado, sinuoso, montañoso, lleno de dificultades…
En marzo de 1968, cuando yo estaba a punto de concluir mi tercer semestre de clases en la Universidad, llegaron a visitarme en Nueva York mis hermanas Letty y Flor y se quedaron por mes y medio conmigo, sentí mucho que debido a mis ocupaciones en el trabajo y en el estudio no pude acompañarles a conocer mejor la Gran Manzana, pero ellas se acompañaban mutuamente, y siguiendo mis indicaciones, pudieron conocer la ciudad y hasta trabajaron un par de semanas en una fabrica de zapatos. Eso les ayudó a recuperar un poco el costo de su viaje. Conocieron, con mi guía, el Museo Metropolitano, la Estatua de la Libertad, el edificio de las Naciones Unidas, el Parque Central, la famosa zona de Times Square con sus esplendorosas luces de neón por la noche, el Brooklyn Bridge, el Zoológico del Bronx; y asistimos a una función del famoso Radio City Music Hall. La pasaron muy bien y me sirvieron de compañía por lo menos por unas pocas semanas. Cuando cruzábamos en un bus el Túnel Lincoln que conecta la ciudad de Nueva York con la vecina New Jersey, mis dos hermanas se pegaron un gran susto (y les costó creerme) cuando les dije que estábamos cruzando el Río Hudson a diez metros por debajo de su lecho.
Cuando ellas se regresaron al Ecuador, dejaron en mi departamento y en mi alma un vacío muy grande. La dulzura de carácter de mi hermana Letty; su habilidad extraordinaria para cocinar nuestra deliciosa comida criolla, y su genuina forma de expresar cariño, fueron para mí como un manto de abrigo temporal para el frío de mi soledad.
Mis hermanas se admiraban de que yo pudiera resistir la presión de un trabajo a tiempo completo y estudiar simultáneamente a tiempo completo, estaban fascinadas de que yo pudiera hablar inglés (un idioma que ellas no entendían), con una facilidad para ellas desconocida. Un día me dijeron que me habían oído hablar en inglés mientras dormía, y, a pesar de que ellas no habían entendido nada de lo que yo hablaba, sabían que yo estaba soñando sobre una discusión en clase, porque las dos eran profesoras y sabían cuando había una discusión académica
Mi capacidad de trabajo había crecido tanto en los últimos doce o catorce meses, que yo no sentía que estaba haciendo un esfuerzo especial, tal era la estamina que tenía dentro de mi cuerpo, que inconscientemente estaba sólo haciendo lo que mi cuerpo me permitía hacer eficientemente. Yo era entonces, igual que ahora, un soldado veterano de guerras ya peleadas y ganadas, solo vale la pena recordar que cuatro de los seis años de mi secundaria y dos de la universidad ya trabajé y estudié a tiempo completo. Crecí peleando para sobrevivir, estaba dentro de mi carácter el ser un luchador para ganar, yo no iba a dejarme ganar por la dureza de las circunstancias sin importar cuales o cuan duras estas fueran.
Claro que me sentía cansado de vez en cuando, recuerdo que algunas veces llegaba a mi departamento a las once y veinte de la noche, cansado y con un fuerte dolor en el lado izquierdo de mi espalda, especialmente en las noches en que me tocaba cargar muchas bandejas llenas de platos para llevar a las mesas y servir a nuestros clientes, pero eso no me causaba gran preocupación, sabía que después una ducha y seis horas de sueño, el dolor se iría y mi cuerpo estaría listo para emprender un nuevo día de trabajo y de estudio. Por otro lado, nunca estuve psicológicamente cansado, siempre estuve listo para continuar persiguiendo mi meta,
Para esa época, Anita comenzó a visitarme en Nueva York casi todos los domingos y la pasábamos muy bien. Paseábamos con frecuencia en el Parque Central que lo teníamos muy cerca, asistíamos a varias clases de shows, al cine y al teatro. También visitábamos los museos, el parque zoológico, la estatua de la Libertad y otros sitios interesantes y divertidos. Fue entonces que ella empezó a hablarme de “casarnos”, una palabra a la que yo le tenía alergia y me causaba escalofríos. Francamente yo prefería que no tocáramos el tema, al menos no en esos momentos, y eso a ella le causaba resentimiento, no obstante lo cual, seguimos saliendo juntos. Yo quería tomarme un poco mas de tiempo, quería conocerla mejor, no quería cometer el mismo error dos veces y casarme sólo porque ella me hacia falta en mi soledad. Además, si bien es cierto que económicamente, juntos podríamos haber sido capaces de llevar adelante un matrimonio, no era este el lugar, ni la situación económica en las que yo aspiraba poder llevar adelante un matrimonio, pero mas que nada, yo me temía que este podría descarrilar mis planes de largo plazo; pero, tampoco quería romper con ella, yo sentía que la amaba, sabía que la extrañaba, me hacía falta cuando estaba ausente. En el fondo de todo esto estaba un profundo temor a equivocarme nuevamente. Yo era un “gato escaldado”. Yo ya me había “quemado” una vez, y le había cogido miedo al fuego.
Había una cosa en la que Anita y yo éramos muy distintos; ella no era ambiciosa. Ella hubiera sido feliz si se casaba conmigo y teníamos niños y vivíamos en algún lugar de Nueva Jersey financiados con nuestros sueldos, trabajando en alguna fábrica sin trascendencia. Mientras tanto yo, estaba viviendo momentos en que mis metas eran muy altas, momentos en que para mí sólo el cielo era el límite, y no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños, por nada del mundo. Allí estaba la mayor diferencia entre ella y yo.
En mi próximo capitulo: FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK
Yo “heredé” este apartamentito cuando unos amigos ecuatorianos que vivían allí, al crecer su familia se mudaron a un apartamento más amplio en el área de Queens. Junto con este pequeño departamento, también “heredé” una cama de tamaño “queen” con sus respectivas sábanas y almohadas, una mesita pequeña a la que le daba el triple uso de escritorio, mesa de estudio y comedor; un colchón inflable para cuando yo tuviera visitas, y un par de sillas. Ese era, inicialmente, todo mi mobiliario en mi “departamento de soltero” en Nueva York, y eso era suficiente, y, consciente de que mi estadía en Nueva York no sería muy larga era más que suficiente para mí y no le agregué mucho después.
Mas tarde compré, por $40 un televisor pequeño, usado, sólo blanco y negro, pues los de color, que ya empezaban a invadir el mercado, aún eran muy caros para mi bolsillo y por tanto eran un lujo que aún no me podía dar. También compré un pequeño tocadiscos y un radio de transistores, y eso me permitía oír la música del Ecuador y de vez en cuando escuchar “la Voz de los Andes” una emisora que desde Quito, daba noticias del Ecuador al mundo.
Siempre fue parte importante de mi vida el mantenerme informado de lo que pasa en el mundo. A los once años, EL UNIVERSO, el gran periódico de Guayaquil era ya parte de mi vida diaria. A través de él yo me enteraba de lo que pasaba en el Ecuador y el mundo, En Nueva York, no dejé de escuchar las noticias, ahora a través de mi nuevo televisor y de mi radio de onda corta. Eso me ayudó además a mejorar mi habilidad para escuchar y comprender el nuevo idioma.
Ver al joven Johnny Carson en su programa “The Tonight Show Starring Johnny Carson” en la NBC, que comenzaba a las once de la noche, un poco antes de la hora en que llegaba de mi trabajo, se convirtió en mi hobby. Al principio me costaba comprender sus chistes y sus agudas pero graciosas críticas al sistema y a los políticos y otros personajes de la época, pero poco a poco fui mejorando mi comprensión y me convertí en un fanático de ese hombre que se mantuvo con un altísimo rating casi hasta 1994 en que decidió abandonar la TV. En los 80’s, viviendo en Salt Lake City, volví a disfrutar del mismo programa, sólo que esta vez tomó un segundo lugar, puesto que mis tres hijos hicieron de “The Smurfs” (Los Pitufos), su programa favorito, y claro, papi y mami tenían que verlo, junto con sus tres hijos, sin recurso de apelación.
Alberto Terreros continuó siendo durante toda mi estadía en Nueva York, mi guía, mi amigo fiel, mi guardián, mi benefactor y mi mentor, en otras palabras, mi “ángel de la guarda”. Él siempre estuvo junto a mí, ayudándome, confortándome, guiándome, consiguiéndome trabajo, y, por supuesto, dándome su apoyo moral y material, enseñándome a desenvolverme en la enorme y complicada ciudad de Nueva York con su extenso y muy eficiente sistema de trenes subterráneos y buses urbanos y suburbanos. Me ayudó a obtener mi licencia de manejo que nunca la usé mientras viví en la Gran Manzana.
Pero, a pesar de su “sabiduría innata” y su gran conocimiento de los detalles relacionados con la ciudad, Alberto no pudo nunca superar las barreras que le imponían su limitado conocimiento del idioma inglés. Muchos años después, en 1979, cuando yo ya era el Director financiero de COFIEC, el más grande banco industrial del Ecuador en esa época, Alberto me visitó en Quito, donde en el piso 10 del edificio del banco yo atendía mis funciones en una enorme oficina esquinera desde la cual se podía ver una gran parte de la ciudad.
Me sentí muy feliz de ver a Alberto, mi gran amigo y guía, y le invité a almorzar en el Hotel Hilton Colón, que estaba frente a mi oficina. En esa ocasión, Alberto me dijo que estaba cansado de vivir en Nueva York, que estaba pensando en regresar al Ecuador, pero que tenía temor de regresar, porque se sentía en Guayaquil como un pez fuera del agua. Pensaba en abrir un restaurante, negocio del cual sabía mucho por sus trabajos en Nueva York. Se me perdió de vista desde entonces, me hubiera gustado continuar con nuestra amistad, poderlo ayudar en su relocalización en Ecuador, pero no supe más de él hasta hace un año, en 2011 en que por fin pude conectarme con mi gran amigo, El está también jubilado, divorciado de su primera esposa, se había vuelto a casar tuvo hijos y nietos, y vive feliz, cerca de su familia…En Nueva York.
Confío en poder volver a ver a Alberto en un futuro cercano, confío así mismo que podré decirle una vez más lo grande que fue para mi el encontrarle en mi camino; lo valiosa que fue su ayuda; lo mucho que aprecio su generosidad y su entrega a la causa de un amigo, yo, y finalmente, lo mucho que su ayuda pesó en mi futuro y el de mi familia.
Así como tuve muchos días y noches felices en Nueva York, también tuve días y noches tristes mientras vivía allá en soledad. Estuve tentado muchas veces a pedir a Anita que se casara conmigo y se fuera a vivir conmigo en Nueva York, lo cual nos habría hecho muy felices, pero resistí la tentación, no quería cometer el mismo error dos veces, y no tengo remordimientos por no haberlo hecho. Extrañaba mucho a Anita, pensaba mucho en ella día y noche mientras viví en Nueva York y muchos meses después de mi regreso a Guayaquil. También extrañaba a mi familia, extrañaba a mi madre, a mis amigos, la música, la comida, los fines de semana remando en El Salado, los viajes a Pallatanga, y, por supuesto extrañaba a mis compañeros de la Universidad.
Mi madre me crio católico y siempre he permanecido católico, tengo ahora y siempre tuve mucha fe en Dios, en Su infinita capacidad de ayuda; en Su inagotable capacidad de perdonar y de dirigir la nave de nuestras vidas hacia puerto seguro; en Su invisible pero siempre perceptible capacidad de enrumbar nuestra barca a las mejores aguas, para pescar en abundancia. Mientras estuve en Nueva York, nunca me perdí la misa del domingo, y si hay algo que sentí siempre dentro de mi, fue la fuerza que EL me daba para afrontar las dificultades con entereza y superar los obstáculos que sin duda aparecían en mi camino. Siempre le pedí Su ayuda; siempre Le pedí por la salud de mi madre y de mi padre; siempre le pedí la fuerza de carácter para no desertar en mi esfuerzo por superarme, de ser mejor, de salir adelante, de superar todas las dificultades, y de permitirme un futuro mejor.
Estuve convencido entonces, como lo estoy ahora, que mis plegarias siempre fueron escuchadas, que mis pedidos no fueron archivados en un perdido file en el cielo, sino que fueron respondidos, mas temprano que tarde, no necesariamente en la forma que yo lo solicitaba, sino en la forma que El creía mas conveniente para mi, la que siempre terminó siendo la mejor respuesta posible. No obstante lo anterior, debo dejar en claro que siempre creí que los logros personales no son obra sólo de la voluntad de Dios, sino que resultan de la combinación de un gran esfuerzo, dedicación, sacrificio individual y persistencia, acompañados de una inquebrantable FE en Dios y de Su capacidad infinita de escuchar a Sus criaturas y darles lo que necesitan. Por eso decidí ser inflexible ante la tentación de una vida fácil y placentera a mi temprana edad, por eso decidí seguir adelante, seguir comprometido con mi mismo y con mi futuro
Mi soledad y mi dura vida de entonces fueron una buena parte de la base del sólido edificio de mi carácter; de mi capacidad de resistencia a la adversidad y de mi temple como adulto, y en definitiva de mi futuro, que nunca estuvo exento de dificultades, pero que se fue trazando con empeño, con decisión, con sacrificio, con tenacidad, tal como se construye una amplia carretera en medio de las dificultades de un terreno quebrado, sinuoso, montañoso, lleno de dificultades…
En marzo de 1968, cuando yo estaba a punto de concluir mi tercer semestre de clases en la Universidad, llegaron a visitarme en Nueva York mis hermanas Letty y Flor y se quedaron por mes y medio conmigo, sentí mucho que debido a mis ocupaciones en el trabajo y en el estudio no pude acompañarles a conocer mejor la Gran Manzana, pero ellas se acompañaban mutuamente, y siguiendo mis indicaciones, pudieron conocer la ciudad y hasta trabajaron un par de semanas en una fabrica de zapatos. Eso les ayudó a recuperar un poco el costo de su viaje. Conocieron, con mi guía, el Museo Metropolitano, la Estatua de la Libertad, el edificio de las Naciones Unidas, el Parque Central, la famosa zona de Times Square con sus esplendorosas luces de neón por la noche, el Brooklyn Bridge, el Zoológico del Bronx; y asistimos a una función del famoso Radio City Music Hall. La pasaron muy bien y me sirvieron de compañía por lo menos por unas pocas semanas. Cuando cruzábamos en un bus el Túnel Lincoln que conecta la ciudad de Nueva York con la vecina New Jersey, mis dos hermanas se pegaron un gran susto (y les costó creerme) cuando les dije que estábamos cruzando el Río Hudson a diez metros por debajo de su lecho.
Cuando ellas se regresaron al Ecuador, dejaron en mi departamento y en mi alma un vacío muy grande. La dulzura de carácter de mi hermana Letty; su habilidad extraordinaria para cocinar nuestra deliciosa comida criolla, y su genuina forma de expresar cariño, fueron para mí como un manto de abrigo temporal para el frío de mi soledad.
Mis hermanas se admiraban de que yo pudiera resistir la presión de un trabajo a tiempo completo y estudiar simultáneamente a tiempo completo, estaban fascinadas de que yo pudiera hablar inglés (un idioma que ellas no entendían), con una facilidad para ellas desconocida. Un día me dijeron que me habían oído hablar en inglés mientras dormía, y, a pesar de que ellas no habían entendido nada de lo que yo hablaba, sabían que yo estaba soñando sobre una discusión en clase, porque las dos eran profesoras y sabían cuando había una discusión académica
Mi capacidad de trabajo había crecido tanto en los últimos doce o catorce meses, que yo no sentía que estaba haciendo un esfuerzo especial, tal era la estamina que tenía dentro de mi cuerpo, que inconscientemente estaba sólo haciendo lo que mi cuerpo me permitía hacer eficientemente. Yo era entonces, igual que ahora, un soldado veterano de guerras ya peleadas y ganadas, solo vale la pena recordar que cuatro de los seis años de mi secundaria y dos de la universidad ya trabajé y estudié a tiempo completo. Crecí peleando para sobrevivir, estaba dentro de mi carácter el ser un luchador para ganar, yo no iba a dejarme ganar por la dureza de las circunstancias sin importar cuales o cuan duras estas fueran.
Claro que me sentía cansado de vez en cuando, recuerdo que algunas veces llegaba a mi departamento a las once y veinte de la noche, cansado y con un fuerte dolor en el lado izquierdo de mi espalda, especialmente en las noches en que me tocaba cargar muchas bandejas llenas de platos para llevar a las mesas y servir a nuestros clientes, pero eso no me causaba gran preocupación, sabía que después una ducha y seis horas de sueño, el dolor se iría y mi cuerpo estaría listo para emprender un nuevo día de trabajo y de estudio. Por otro lado, nunca estuve psicológicamente cansado, siempre estuve listo para continuar persiguiendo mi meta,
Para esa época, Anita comenzó a visitarme en Nueva York casi todos los domingos y la pasábamos muy bien. Paseábamos con frecuencia en el Parque Central que lo teníamos muy cerca, asistíamos a varias clases de shows, al cine y al teatro. También visitábamos los museos, el parque zoológico, la estatua de la Libertad y otros sitios interesantes y divertidos. Fue entonces que ella empezó a hablarme de “casarnos”, una palabra a la que yo le tenía alergia y me causaba escalofríos. Francamente yo prefería que no tocáramos el tema, al menos no en esos momentos, y eso a ella le causaba resentimiento, no obstante lo cual, seguimos saliendo juntos. Yo quería tomarme un poco mas de tiempo, quería conocerla mejor, no quería cometer el mismo error dos veces y casarme sólo porque ella me hacia falta en mi soledad. Además, si bien es cierto que económicamente, juntos podríamos haber sido capaces de llevar adelante un matrimonio, no era este el lugar, ni la situación económica en las que yo aspiraba poder llevar adelante un matrimonio, pero mas que nada, yo me temía que este podría descarrilar mis planes de largo plazo; pero, tampoco quería romper con ella, yo sentía que la amaba, sabía que la extrañaba, me hacía falta cuando estaba ausente. En el fondo de todo esto estaba un profundo temor a equivocarme nuevamente. Yo era un “gato escaldado”. Yo ya me había “quemado” una vez, y le había cogido miedo al fuego.
Había una cosa en la que Anita y yo éramos muy distintos; ella no era ambiciosa. Ella hubiera sido feliz si se casaba conmigo y teníamos niños y vivíamos en algún lugar de Nueva Jersey financiados con nuestros sueldos, trabajando en alguna fábrica sin trascendencia. Mientras tanto yo, estaba viviendo momentos en que mis metas eran muy altas, momentos en que para mí sólo el cielo era el límite, y no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños, por nada del mundo. Allí estaba la mayor diferencia entre ella y yo.
En mi próximo capitulo: FELIZ NAVIDAD EN NUEVA YORK
Thursday, June 14, 2012
DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD
EDIFICIO DE LAS NACIONES UNIDAS EN NUEVA YORK
LA PAZ DEL MUNDO DEPENDIA DE LO QUE AQUI SE HICIERA
La paz mundial estaba en enorme riesgo, los impredecibles gobernantes soviéticos eran capaces de reaccionar agresivamente a la vergonzosa derrota que los judíos habían propinado a sus pupilos árabes armados en mar, tierra y aire hasta los dientes, con el más moderno y sofisticado arsenal ruso de la época, y entrenados por la flor y nata de las fuerzas armadas soviéticas. Por eso, el edificio de la ONU estaba lleno con la presencia de los más altos representantes diplomáticos del mundo, y esa gente comía en ese mismo edificio, en el mismo lugar donde yo trabajaba limpiando mesas, sirviendo el pan y el agua, y en algunos casos el vino. Por eso, yo pude hablar, uno a uno, personalmente, con algunos de los hombres mas importantes del planeta en ese entonces, entre ellos el secretario General de la ONU, U Thant; el secretario de Estado de los Estados Unidos William Rogers; el Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética Alexei Kosygin; el Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Abba Eban, el embajador británico en la ONU Lord Carradon (autor de la Resolución 242) y a una larga lista de otros diplomáticos de élite cuyos nombres se me han olvidado después de 45 años.
Estos días vividos en New York en su calidad de “Capital del Mundo”, han quedado grabados en mi mente como uno de los períodos más interesantes de mi vida y se quedarán allí para siempre en mi recuerdo. Nunca más, a pesar de las altas funciones que llegué e desempeñar en cuatro de los cinco continentes del mundo, estuve tan cerca de un evento tan importante como el que se llevaba a cabo en esos días en el salón del Consejo de Seguridad de la ONU en junio de 1967.
Esa guerra “caliente” en el Medio Oriente, que el mundo entonces llamó “la Guerra de los Seis Días”, en efecto se detuvo imediatamente, no tuvieron que morir más soldados árabes ni israelitas en ese conflicto, pero la “Guerra Fría” no se detuvo. El mundo siguió viviendo por casi dos generaciones más, un delicado balance de fuerzas entre las dos superpotencias, balance que de vez en cuando provocaba importantes guerras regionales, incluyendo una en el mismo lugar y con los mismos actores que la “guerra de los Seis días”, guerra que se llamó entonces la “Guerra del Yom Kippur, en Octubre de 1973, sólo seis años después de la guerra anterior. En esta nueva guerra, Siria, Egipto, Jordania e Irak, junto con el movimiento Palestino y por supuesto con el apoyo y armas Soviéticas, volvieron a invadir Israel. Esta vez, la guerra duró cerca de veinte días y el resultado final fue casi exactamente igual que el de la guerra anterior. Los invasores fueron forzados por Israel a batirse en retirada y los soviéticos tuvieron que volver a sufrir el deshonor de haber auspiciado una vez más una guerra en la que sus clientes árabes volvieron a perder…
La paz en el Medio Oriente sigue sin conseguirse. La intransigencia de los actores principales hace casi imposible una reconciliación de árabes y judíos. En el año 2012, cuarenta y cinco años después de la guerra de los seis días, los mismos países, con distintos líderes siguen enfrentados sin encontrar una solución definitiva a su conflicto.
Mientras tanto, la noche de 30 de junio de 1967, el día de mi cumpleaños número 25, en el Playboy Club de Nueva York, como si fueran las frutillas y la crema sobre la torta de mi cumpleaños, seis conejitas me cantaban el “happy birthday” y se tomaron una foto conmigo. Este si que fue un feliz cumpleaños para Rafico…En realidad no hubo una “torta” de cumpleaños, pero si un rico pedazo de cake que una de las conejitas me entregó después de ella comerse un pedacito del mismo. La foto que fue tomada por una de las conejitas, la conejita fotógrafa, se ha perdido y yo pagaría cualquier cosa por recuperarla. Mi esposa Fanny jura que no tiene que ver nada con esa desaparición, y yo le creo, por supuesto…
A finales de mayo de 1967, concluí mis clases de inglés en la NSSR y junto con mis demás compañeros del sexto nivel, tomé el examen que nos permitiría ingresar a estudios académicos en la misma Universidad. Aprobamos el examen los 10 estudiantes de mi curso y eso nos permitía matricularnos para estudios superiores en la misma universidad. Como resultado de esto, decidí mantener mi trabajo nocturno en el Playboy Club y continuar estudiando en el horario diurno.
Hago una breve historia de la Universidad en la que estudié mientras estuve en Nueva York:
ESTA ES LA ZONA DONDE SE ENCUENTRA LA NEW SCHOOL FOR SOCIAL RESEARCH EN NUEVA YORK
La NSSR (New School for Social Research) fue fundada en 1919, por un grupo de profesores “pacifistas” de la Universidad de Columbia que habían tomado una actitud de franca oposición a la participación estadounidense en la Primera Guerra Mundial, y a la política exterior del presidente Wilson, y que por lo mismo fueron censurados por el presidente de dicha universidad.
Estos profesores reaccionaron a su censura renunciando a sus cátedras y fundando una nueva universidad (la NSSR) dirigida a gente adulta, en el distrito de Chelsea en la ciudad de Nueva York. En esta universidad, sus alumnos podrían discutir libremente sus ideas, no sólo entre ellos y con sus profesores, sino con otros académicos, políticos y artistas de la época que representaban un amplio espectro de orientaciones intelectuales, políticas y sociales.
A través de las varias décadas desde su fundación (ahora casi cien años), esta universidad ha podido mantener el espíritu original, y “la Libertad de Pensamiento” de sus fundadores es el principio fundamental que la orienta. Uno de los mas influyentes diarios de los Estados Unidos, coloca a esta universidad entre las primeras diez escuelas “no tradicionales”. Entre los estudiantes mas destacados que han pasado por esta universidad están Shimon Peres el ex primer ministro y presidente de Israel; Eleanor Roosevelt, la esposa del gran Presidente americano Franklin D. Roosevelt y el famoso dramaturgo Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams III), autor del libro Un Tranvía Llamado Deseo.
En la época en que yo ingresé a esta universidad, La New School for Social Research tenía (y creo que aun lo mantiene), un sistema de “programa de estudio dirigido por el estudiante” (student directed curriculum), que no requería que el estudiante tomara cursos de educación general. En su lugar, a los estudiantes se les alentaba a “explorar” antes de escoger una especialización, seleccionando tópicos que eran de su mayor interés, en otras palabras, los estudiantes tenían la oportunidad de ser los “diseñadores” de su propia e individualizada educación. Me aproveché de esta oportunidad, y decidí enfocar mis estudios en Economía, Economía de la Empresa, Organización y Administración de Negocios.
Decidí “probar las aguas” tomando un dieciséis horas de clase, y a fines de agosto, después de las clases de verano, estaba en buen camino. En el área de economía, los estudios incluían una amplia gama de “escuelas de pensamiento”, incluyendo la escuela Keynesiana (fundada por John Maynard Keynes, que destaca el papel del gobierno en la regularización de la economía, el empleo y los ciclos económicos), las escuelas post Keynesianas, así como también las clásicas teorías económicas de Smith, Ricardo y Marx. Terminé mi ciclo de verano con un promedio de 3.3 sobre 4, que me calificaba para una asistencia financiera que equivalía al 30% del costo de mis estudios. Esto, por supuesto me ayudó enormemente a sobrellevar el peso financiero de mis estudios. En los siguientes semestres, esta ayuda no sólo se mantuvo, sino que se elevó a casi el 50% del costo total.
Para el mes de octubre, y gracias a mi buen inglés, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros me sugirió que era hora de que yo aplicara para un trabajo como mesero (“waiter”) para el turno de la noche en el restaurant donde él trabajaba ya desde hace algunos meses, el “Canterbury Restaurant”, un restaurant medio exclusivo, de tipo inglés, situado en la calle 47 West y Broadway, en el piso bajo del Hotel Edison, y en el corazón del área de Times Square, el distrito de los más famosos teatros de Nueva York. La clientela de este restaurant era casi exclusivamente compuesta por gente que iba a respectar las funciones de teatro.
Pese a que cambiarme de trabajo implicaba dejar atrás a las muy queridas y admiradas “conejitas del Playboy”, llené la solicitud de trabajo y me presenté a una entrevista con el gerente del restaurant y su Maître d’. Después de las entrevistas, mi solicitud de trabajo fue aceptada e inmediatamente comencé a trabajar allí. Ahora me tocó vestir un elegante uniforme de pantalón negro, camisa blanca, corbatín negro y chaqueta roja con un escudo de armas del castillo de Canterbury en la chaqueta, a la altura del corazón. Mi horario de trabajo sería desde las tres de la tarde hasta las once de la noche.
Para entonces, ya me había “independizado” y vivía en un apartamento pequeño, de un dormitorio en la calle 72, del lado oeste de Manhattan, muy cerca de la intersección con Broadway y la avenida Amsterdam. Tenía una estación de tren a sólo una cuadra y el Parque Central de Nueva York a sólo un largo bloque de distancia. Desde entonces, ese parque se convirtió en mi lugar preferido para caminar, por eso, cada vez que voy a Nueva York, el viaje no es completo si no camino por los sinuosos, ondulantes, verdes y bien cuidados senderos de este maravilloso parque.
En mi nuevo trabajo tenía la ventaja adicional de estar a sólo veinte minutos en tren desde la universidad de donde salía a la una de la tarde, y a solo otros veinte minutos de tren hasta mi departamento, pero, además, podía llegar después de mis clases y almorzar la comida que para los empleados se preparaba en el restaurant. En el intermedio entre la hora de la cena y la hora del “supper” podía comer también mi propia cena. Era una situación ideal. Ahora ya no tenía que cocinar en mi departamento. Para el desayuno, sólo comía un poco de cereal (corn flakes) con leche. Mi alimentación no sólo que había mejorado sustancialmente, sino que su costo se había reducido casi a cero. Además, entre una y treinta de la tarde y once de la noche, tenía al menos tres horas para estudiar. Era casi una situación ideal. Siempre pensé que Mi Dios protegía y guiaba cada uno de mis pasos, pero esta en particular, era una época en que me sentí especialmente protegido y guiado por El.
Comencé a ganar mas dinero del que jamás había pensado, yo era ya, después de sólo diez meses de mi llegada a Nueva York, un neoyorkino más, y mis horizontes se estaban abriendo mas rápido de lo que pudieran haberme sugerido mis sueños mas ambiciosos; mi espíritu me decía que las vías estaban abiertas para que yo pudiera subir aun más.
Pero no todo era perfecto, mi querida Anita empezó a quejarse de que yo no la visitaba lo suficiente. Ella vivía en Hackensack, en la vecina New Jersey, a solo una hora de viaje en bus desde Nueva York, y yo sólo la estaba viendo los domingos, cuando ni yo ni ella trabajábamos. No era que yo me despreocupaba de ella, pero mi calendario de trabajo y mis actividades entre estudio y trabajo no me daban más tiempo para verla. No era la situación ideal, pero era lo que yo podía hacer bajo las circunstancias que entonces vivía. A ella le resultaba duro entender esto.
Retrocediendo un poco en el tiempo, cuando llegué a Nueva York en enero de 1967 y la visité por primera vez en su casa, ella se puso muy feliz. Hablé con ella de mis planes, que incluían aprender inglés y luego asistir a la universidad, pero le hice también saber que mi idea no era quedarme a vivir en los Estados Unidos, yo había decidido que mi futuro estaba en el Ecuador. Le pedí que no le hiciera saber a su padre que yo estaba en Nueva York, y ella estuvo totalmente de acuerdo. También acordamos que yo la visitaría sólo los fines de semana y los días festivos, con lo que ella también estuvo de acuerdo.
Unas semanas después, cuando ya estaba tomando mis cursos de inglés, le sugerí que también ella tomara clases de inglés en la misma universidad, en el horario de los sábados, y así lo hizo, pero su estamina y su deseo de mejorar su inglés no eran iguales a los míos, así que en sólo un mes renunció a sus clases a pesar de que su inglés era sólo muy básico y de que en su trabajo no tenía oportunidad de mejorarlo, puesto que ella trabajaba como obrera en una fabrica de perfumes, ganando un salario de $44 por semana y donde el 95% del personal de la fábrica eran hispano parlantes (mayoritariamente exiliados cubanos) con quienes no necesitaba hablar inglés.
En mi próximo capítulo: EL DULCE Y AMARGO SABOR DE NUEVA YORK
CONOCIENDO AL MUNDO A TRAVES DE NUEVA YORK
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
Pese a que en mi mente estuvo presente por algún tiempo el prejuicio mas que latino, ecuatoriano, de que lavar platos no era una tarea de la que pudiera sentirme orgulloso, y sobre la cual podría yo hablar abiertamente con mi familia, lavé platos por casi dos meses en la International House of Pancakes ganando un salario de menos de $50 a la semana. Mientras tanto ya había emprendido, casi con obsesión, la ardua tarea de aprender inglés por mi cuenta, usando mis libros de ingles de la universidad y siempre con un diccionario de bolsillo a la mano.
Emprendí la tarea de desenterrar el inglés que tenia escondido en alguna parte de mi cerebro, que lo había aprendido en el colegio así como en la universidad, y que nunca lo había usado, porque nunca necesité hacerlo. Para fines de febrero de 1967, esto es, sólo un mes después de mi llegada a Nueva York, ya me sentía menos incomodo en Nueva York, porque empezaba a entender un poquito lo que la gente hablaba y empezaba, con dificultad, a querer formar oraciones cortas tomadas de mis libros, para hacerme entender de la gente que me rodeaba, especialmente en mi trabajo.
Fue en este punto que el primero de marzo decidí visitar The New School for Social Research, ubicada en la calle 14 del Bajo Manhattan, para solicitar información acerca de los cursos de Inglés como Segunda Lengua que ellos ofrecían y que comenzarían en la segunda quincena de ese mes. Ofrecían clases de cuatro horas de inglés en la mañana, en la tarde y en la noche con un costo por cada tres meses de $265. Me matriculé inmediatamente para las clases nocturnas, y asistí a un examen de admisión que se tomaría esa misma semana, después del cual, la Universidad me ubicaría en el nivel que me correspondiera, de acuerdo con los resultados obtenidos en el examen.
Me ubicaron en el tercer nivel de un total de seis y empezamos las clases a mediados de marzo. Nuestro profesor era un hombre especializado en enseñanza de leguas en la Universidad de Columbia. Durante la primera semana empecé a sentir que mis clases eran relativamente fáciles. El lunes de la tercera semana, en medio de una de mis clases una funcionaria de la Universidad me solicitó salir de ella e ir a la administración porque necesitaban hablar conmigo. Me asusté porque creía que me hablarían sobre mi situación de inmigración, sin embargo, después de unos pocos minutos de espera, sentado fuera de la oficina de la funcionaria, muy gentilmente ella me invitó a pasar y fue directo al grano. En perfecto español, pero con acento de gringa, me pidió disculpas porque según la evaluación de nuestro profesor, mis conocimientos de ingles no correspondían al nivel en que me habían ubicado. En mi mente rápidamente empecé a pensar que me bajarían de nivel y me sentí un poco triste, pero ese no era el caso, la señora me explicó que mi profesor creía que yo debería estar en el QUINTO nivel.
La sangre me volvió al cuerpo, me tranquilicé y siguiendo las instrucciones que me dieron, esperé la hora de descanso y me pasé a la clase del quinto nivel, donde mi nueva profesora (una dama que hablaba inglés con un acento especial, entonces desconocido para mi y que luego me enteré que era de Inglaterra), ya me esperaba. Pronto me di cuenta que las clases aquí iban a ser infinitamente mas difíciles que las que había venido tomando. Las clases incluían muchos deberes (homework), eran muy interactivas, e incluían conversación, comprensión, lectura y discusión de la lectura, aparte de dos horas de laboratorio de comprensión los días sábados. Éramos diez estudiantes de diferentes países, incluyendo Japón, Alemania, Dinamarca, Francia, Hungría, Polonia, Italia, Argentina e Israel. Solo éramos dos estudiantes latinos que hablábamos español. No se permitía hablar en clase en ningún otro idioma que no fuera inglés. Algunos de los compañeros estudiantes, incluyendo el argentino, eran miembros de las delegaciones de sus países a las Naciones Unidas y tenían, por tanto, rangos diplomáticos.
Mis clases de inglés pronto empezaron a darme dividendos. Para los primeros días de abril, ya empecé a tener una mejor comunicación con la gente con quien interactuaba, tanto en el trabajo como en la universidad. Una excelente prueba de mi evidente mejor inglés vino de forma inesperada y hasta jocosa un día que llegaba a mi trabajo a las siete de la mañana. Como de costumbre, al encontrarme con mi compañero de trabajo, Joe, un joven afroamericano de unos veinte años, le saludé con un sencillo “Hi Joe”, él me contestó con su acostumbrado “Hi Rafael”, pero agregó la pregunta “what’s new?” (Qué hay de nuevo?), a lo que le di una respuesta para esa especifica pregunta, que había yo aprendido de mis libros y en mi clase el día anterior: le dije “nothing in particular, Joe” (nada en particular). No fue mas, Joe se echó a reír a carcajadas repitiendo varias veces “nothing in particular, ja, ja, ja, ja”, nothing in particular, ja, ja, ja., se agarraba el estómago y hasta lagrimeaba de la risa.
El caso es que, como lo entendí después, mi respuesta era en un inglés muy formal, mas bien de mas alto nivel, y, claro, Joe, un joven negro de clase trabajadora y humilde, no estaba acostumbrado a este tipo de respuesta, que era adecuada dentro de un dialogo de gente con mayor nivel cultural. Nunca olvidaré ese día y ese especial momento. “Donde aprendiste eso Rafael?”, me preguntó luego mi amigo Joe, mientras continuaba riéndose de mi y de mi respuesta tan formal. Le expliqué que estaba asistiendo a la universidad para aprender inglés y que estaba usando una expresión que había aprendido el día anterior de mi profesora inglesa. La expresión de Joe cambió de repente de la risa a la admiración, me dio un abrazo y se disculpó, él estaba avergonzado de lo que había hecho. “no tienes porqué preocuparte Joe”, le dije, “somos amigos y nos podemos hacer bromas, no es así?” Ese fue el primer día en que me di cuenta de lo rápido que estaba asimilando el nuevo idioma y de cómo eso me estaba elevando en la escala social. Eso, eso mismo era lo que yo perseguía!.
Desde entonces, y por el mes siguiente, Joe se convirtió en mi gran amigo y cada día me preguntaba que es lo que había aprendido el día anterior, se sorprendía de lo rápido que yo iba en mi aprendizaje del idioma y me felicitaba por ello. Cuando un mes después cambié de trabajo y me despedí de Joe, este me miró con una cara triste, me dio un abrazo, me deseó buena suerte y me dijo en inglés; “So long Rafael, you´ll do good, I´m sure you will¨ (hasta siempre Rafael te va a ir bien, estoy seguro de eso”). Joe no era un profeta, pero siempre lo he recordado como lo más cercano a uno de ellos.
Las ocho meseras del restaurant hicieron fila para despedirse de mi, cada una mas cariñosa que la otra, todas eran señoras de mas de cincuenta años, todas eran madres, y algunas eran abuelas, con todas me llevé muy bien y de ellas aprendí algo del arte de servir bien en una mesa, arte que luego de algunos meses habría de servirme mucho para mejorar mis ingresos y mi relación con la gente. Esta gente era típicamente neoyorquina, trabajaba muy fuerte, vivían muy lejos de su lugar de trabajo, gran parte de sus vidas debajo del suelo viajando en el tren subterráneo (“metro”) de mañana y tarde y estaban orgullosas de lo que hacían en su trabajo y de lo que podían hacer con sus ingresos. Sus hijos iban a la universidad o ya eran profesionales, eran parte importante de lo que se llama “el sueño americano”. Y yo empezaba a ser parte de este duro pero fascinante mundo. Yo también, a mi manera, perseguía mi sueño americano!
Para el mes de abril de 1967, mi amigo Alberto Terreros (mi ángel de la guarda) había conseguido un trabajo nuevo como bus boy (ayudante de meseras) en el famoso club nocturno Playboy de Nueva York e inmediatamente me consiguió uno igual en el mismo club, con el mismo horario y la misma remuneración. Eso me permitió dar el salto desde la International House of Pancakes (IHOP) y de lavador de platos, al mismísimo club donde las meseras eran chicas muy lindas de entre 23 y 28 años, de esculturales cuerpos y caras de muñeca, vestidas de conejitas, reclutadas personalmente por el señor Hugh Hefner el ya famoso dueño de la Revista Playboy y de los clubes del mismo nombre, con su exquisito gusto por las mujeres bonitas y la gran vida, y dueño de un imperio de la diversión.
UNA BUNNIE (CONEJITA) DEL PLAY BOY CLUB
El Playboy Club de Nueva York estaba situado casi en la esquina de la calle 59 y Park Ave., frente al inmenso edificio de la General Motors y diagonal al famoso Hotel Plaza, a solo unas pocas cuadras del gran Museo Metropolitano de la ciudad. La esquina sur oriental del Parque Central de Nueva York estaba solo a unos cincuenta pasos. Mi trabajo era ayudar a las conejitas a arreglar y limpiar mesas principalmente para servir cocteles a los socios del club y sus invitados. Mi salario subió de cuarenta y cuatro dólares semanales a $75 más la propina que el club entregaba cada quince días, con lo cual empecé a ganar un promedio de $160 dólares semanales, casi cuatro veces lo que ganaba lavando platos en IHOP, era un platal para mi, y empecé a ahorrar. Amaba mi trabajo porque empecé a interactuar con otro tipo de gente; podía usar más frecuentemente mi inglés; trabajaba con las bellas conejitas y como bono especial, al menos dos noches por semana podía ver (entre servicio y servicio), los fantásticos shows que en el “Playroom” se presentaban para deleite de los clientes del Playboy Club.
Tuve que cambiar mis clases de inglés al horario diurno y ahora ellas comenzaban a las nueve de la mañana y terminaban a la una de la tarde. Como resultado, llegaba a mi trabajo a las dos y media de la tarde, comía con los empleados y tenía tiempo para hacer deberes y descansar. Me esperaba una jornada de ocho horas de trabajo. Me gustaba mi trabajo, mi horario, mi sueldo, me fascinaban las conejitas a las que veía tan de cerca que hasta podía tocarlas (pero nunca lo hice), era casi un sueño!
A mediados de mayo, cuando las clases de la universidad llegaron al fin del trimestre, otra vez mi amigo Alberto Terreros me consiguió un nuevo trabajo, a tiempo parcial en el “Clouds’ Club” (Club de las Nubes) en la calle 42 de Manhattan, en el piso ochenta del segundo edificio mas alto de Nueva York, el Chrysler Building.
Esta foto de Nueva York es cortesía de TripAdvisor
EL CHRISLER BUILDING EN NUEVA YORK, EL "CLUB DE LAS NUVES ESTABA EN EL PISO 82
Mi trabajo allí era otra vez como bus boy (ayudante de mesero) exclusivamente para la hora del lunch, de 11AM a 2PM. El salario era el mínimo, pero las propinas que nos daban las meseras (15% de las suyas) eran atractivas y se agregaban a la suma que recibía del Playboy Club. En este trabajo de “altura” solo duré dos semanas, porque otra vez, mi “ángel de la guarda”, Alberto Terreros consiguió para él, y también para mí un trabajo de bus boy a tiempo parcial (11 Am a 3PM) en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo edificio de la ONU, en la orilla del Rio East, en la intersección con la calle 42 en el lado Este de La Gran Manzana.
Sólo unos pocos días después de que yo comencé a trabajar en el restaurant principal de la ONU, a comienzos del mes de junio, una coalición de países árabes que incluía a Egipto, Jordania y Siria, con el apoyo logístico, político y económico de casi todo el mundo árabe, sorpresivamente invadió Israel y estalló la guerra en el Medio Oriente.
Los dos primeros días de la guerra los invasores hicieron avances importantes en su intento por aniquilar a Israel, sin embargo, cuando las fuerzas de defensa israelitas, al mando del general Moshe Dayan (el del ojo derecho tapado), lograron reagruparse y contra atacar, los invasores fueron rápidamente repelidos y en los siguientes tres días, rompiendo totalmente la resistencia de los ejércitos árabes, penetraron profundamente en los territorios de los países invasores, tomando total control de la Península del Sinaí al sur, de Las Colinas del Golán al norte y de Judea, Samaria y la Franja de Gaza al este y sureste.
MOSHE DAYAN, DERROTO A LOS INVASORES ARABES EN LA GUERRA DE LOS SEIS DIAS
Esto se convirtió entonces en la victoria más espectacular de la historia, de un ejército de defensa, sobre varios ejércitos invasores que numéricamente le superaban en una proporción de casi cinco a uno.
La Unión Soviética (que apadrinaba a los países invasores), y que en los dos primeros días de la guerra se había negado a apoyar una Resolución pidiendo el cese al fuego, al ver que sus ahijados árabes estaban a punto de ser aniquilados, pidió con urgencia la reunión del Consejo de Seguridad para que se obligue a las fuerzas israelíes a replegarse a sus posiciones de antes del conflicto. El cese de la guerra era vital para los soviéticos, porque su continuación hubiera significado la aniquilación total de los invasores y el desprestigio total de la Unión Soviética y de sus armas utilizadas por los ejércitos árabes.
Las Naciones Unidas se convirtieron entonces en el centro de atención de todo el mundo, y los cancilleres no solo de los países beligerantes, sino de muchos otros países miembros de la ONU llegaron a Nueva York y se reunieron en el salón del Consejo de Seguridad, para discutir una formula urgente de arreglo al conflicto. En esos mismos momentos yo estaba, como si fuera un sueño, trabajando en el edificio de las Naciones Unidas, en el restaurant de las Naciones Unidas, en el mismísimo lugar donde los personajes más importantes del mundo se reunían para discutir y resolver asuntos de transcendental importancia histórica para toda la humanidad.
Esto era increíble. Yo, este muchachito nacido en Pallatanga, de una familia humilde, que había estado en Nueva York lavando platos en un restaurante, que estaba recién aprendiendo el idioma inglés, estaba ahora en medio de los diplomáticos mas importantes del mundo, claro, mientras ellos discutían sobre la guerra y sobre la paz, yo les servía el pan y el agua en las mesas del comedor de la ONU. Conocí entonces personalmente a algunos de esos personajes, y hable con ellos, mientras les servía el agua o el pan en sus mesas. Me sentía en la cumbre del mundo!
En el sexto día de la guerra, y cuando el ejército Israelí estaba a punto de penetrar en las capitales de los países invasores y literalmente aniquilar a sus ejércitos, el Consejo de Seguridad, a través de su Resolución 242, adoptada por unanimidad, ordenó el cese al fuego, la retirada de los ejércitos a sus posiciones antes de la guerra y a todos los países a trabajar para el establecimiento de una paz duradera entre los vecinos árabes y el estado de Israel.
Israel se vio obligado a retroceder, pero no lo hizo a la posición pre-conflicto. Se quedó en la Península del Sinaí, en la Franja de Gaza, en las Colinas del Golán y en la orilla Oeste del Río Jordán. Estos territorios se convirtieron entonces en los amortiguadores de posibles invasiones futuras, pero al mismo tiempo en el posible detonante de un polvorín que en cualquier momento pudiera destruir al mundo.
Sólo Egipto y Jordania recuperaron muchos años después, mediante tratados de paz separados firmados con Israel, los territorios perdidos en “la guerra de los seis días”. Las Colinas del Golán, que pertenecían a Siria, aún son retenidas por Israel, como una zona de amortiguación y de protección contra futuros ataques por sorpresa al estado judío.
El no cumplimiento pleno de esta resolución y de otras posteriores similares, por parte de los países en conflicto, ha significado que éste no sólo se mantenga, que se intensifique y se agrave, sino que haya llegado a un punto en que el mundo de ha acostumbrado a vivir con él, pensando que no tiene solución posible, pero también consciente de su gravedad y de su peligrosidad para la paz mundial.
En mi próximo capítulo: DE NUEVO A LA UNIVERSIDAD
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