Este blog es el vehiculo para contar mis recuerdos a mis hijos, a mis nietos, a mis familiares y mis amigos, para que ellos puedan unirse a mi mientras repito el viaje que por setenta años hice en la "montaña rusa" pasando por los valles profundos de la mas grande probreza, hasta las alturas de la realización personal, pasando por por las suaves praderas de la felicidad de tener una familia maravillosa, unos nietos adorables y amigos entrañables. Bienvenidos a este viaje
Monday, May 21, 2012
LAS COSAS CAMBIAN DRASTICAMENTE
La preparación para el examen de ingreso parecía un campamento de trabajo forzado. Mis amigos y yo decidimos que, como no teníamos suficiente tiempo, íbamos a estudiar en grupo dia y noche, por lo menos 16 horas diarias, y eso fue exactamente lo que hicimos. Boris Pinchevski, Luis Abad, Luis Naranjo, Wilson Vivas y yo, contratamos como nuestro profesor de Contabilidad al economista y profesor de la Universidad, Pepe Flores, para que nos preparara para el gran dia del examen escrito, el que mas temíamos, porque el único de los cinco que tenia conocimientos contables era Lucho Naranjo, quien se había graduado en el bien conocido Colegio Mercantil. Los otros cuatro éramos bachilleres en Humanidades Modernas. Pepe Flores, quien luego se hizo nuestro gran amigo y consejero, resultó ser un excelente maestro de Contabilidad, y , como prueba de ello, al final de las seis semanas de preparación para el examen de ingreso, los cinco teníamos un muy buen conocimiento de lo que eran débitos, créditos, Balances Generales, Estados de Pérdidas y Ganancias, Balances de Comprobación, Estados de Cuentas por Cobrar, etc. El Estado de Cuentas por Pagar lo aprendimos tan bien, que el dinero que le debíamos a Pepe, solo se lo pagamos bastante más tarde, una vez que habíamos aprobado el examen de ingreso! Nuestro profesor de Contabilidad hizo tan buen trabajo, que pasamos con excelentes calificaciones cuatro de los cinco aspirantes. Sólo Wilson Vivas, que venía de colegio Vicente Rocafuerte no aprobó el examen. Lucho Abad y yo nos encargamos de las clases de matemáticas, para lo cual éramos buenos en el colegio, mientras que la preparación en las otras materias era un asunto que lo tomamos como equipo, leyendo y discutiendo cada uno de los capítulos de los libros y ensayos que tuvimos que usar en nuestro esfuerzo por ingresar.
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Matemáticas y Contabilidad, como dije antes, eran las materias para el examen escrito. Mi calificación en ambos exámenes fue de 10 sobre 10 y eso me calificó para ser uno de los ciento cincuenta estudiantes que pasaron a la segunda fase del examen de ingreso, el examen oral, que debía tomarse ante un tribunal compuesto por tres profesores de la Facultad de Ciencias Económicas y debía versar sobre Historia Económica del Ecuador, Geografía Económica Universal y Economía Política. Como los estudiantes eran llamados en el orden de sus apellidos, yo tuve que esperar más de cuatro horas hasta que me llamaran. Hasta ese momento, seis de cada diez estudiantes estaban siendo reprobados en el examen. El grado de nerviosismo en la sala era elevado, sin embargo, yo estaba tranquilo esperando ser llamado. Me sentía muy bien preparado para este examen, estaba como un caballo de carreras a punto de salir a la competencia, esperando la campana para salir a mostrar lo que había aprendido. Estaba totalmente seguro de que pasaría este examen
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Cada uno de los miembros de tribunal debía hacer diez preguntas en su materia. Las treinta preguntas vinieron una tras otra y mis respuestas no se hacían esperar. Después de aproximadamente veinte minutos, el presidente del tribunal, el Economista Juan Cevallos Chevazco se levantó de su asiento y anuncio en voz alta, para que toda la audiencia en la sala lo escuchara, que el estudiante Rafael Romero Montiel había sido aprobado en su examen de ingreso, POR ACLAMACION del tribunal, y pidió un aplauso para mí. Este fue un acto de reconocimiento sin precedentes de parte del tribunal examinador, para un estudiante que había respondido todas y cada una de las preguntas del tribunal en tiempo record. Me emocioné hasta las lagrimas! Y estreché las manos agradeciendo a cada uno de los miembros del tribunal, Me di la vuelta para abandonar la mesa del tribunal y pude ver a mis cuatro compañeros, que ya habían aprobado su respectivo examen, esperándome emocionados para felicitarme con un gran abrazo. Eso fue realmente una demostración de amistad y de solidaridad que nunca he olvidado.
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Al dia siguiente volví a Pallatanga porque estaba pendiente la solución del asunto de mi estado civil. Tenía que explicar a mis padres respecto de mi improvisado matrimonio. Hablar y obtener la aprobación de ellos, o por lo menos su aceptación no iba a ser fácil, pero era algo que debía hacer y hacerlo pronto. Les dije a mis viejos que todo este asunto había sido un tonto error de ambos lados, una locura de jóvenes imprudentes que no nos iba a conducir a ninguna parte, pero que viéndolo desde mi perspectiva no tenía otra solución que el divorcio y cuanto antes mejor. Les hice ver el futuro promisorio que tenía por delante una vez aprobado con tanto éxito el examen de ingreso en la universidad, futuro que no sería posible si estaba casado y tenía que dedicar mis energías a mantener un hogar al que no me sentía inclinado a mantener. Ya mi madre le había tomado cariño a Nancy, y ésta había hecho lo posible por ganarse su buena voluntad, eso hizo más difícil convencer a mi madre, pero al fin terminó aceptando mi posición. Mi padre fue más fácil de convencer y me apoyo casi desde el principio, no sin antes expresar su pena por la chica, a quien también le había tomado cariño en las pocas semanas que vivió con ellos. Ambos concluyeron que en definitiva, yo era el que debía ser el responsable de mi destino y que las decisiones importantes en mi vida, como esta, debían ser tomadas por mi y solo por mí, así como que debía también afrontar sus consecuencias. Me pidieron de manera especial que tratara el asunto con Nancy con el mayor respeto y la consideración que ella merecía y de modo que le causara el menor daño posible. Teníamos un acuerdo.
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El primero y más importante obstáculo había sido superado. Ahora me tocaba hablar y convencer a Nancy. Me tomo un par de días para prepararme mental y emocionalmente para poder hablar de este tema con quien en esos momentos era legalmente mi esposa, y cuando lo hice, lo hice en la forma más simple y sincera.
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Me senté con ella y calmadamente le dije que íbamos a tratar un asunto muy importante que afectaría el resto de nuestras vidas. Le dije que solo me tomó unos pocos días darme cuenta de que los dos habíamos cometido un gran error, que debido nuestra juventud habíamos caído en una trampa de atracción física sin trasfondo de seriedad y de amor duradero, por un lado; por otro, le dije que mi situación económica era muy precaria, que yo no podía mantener un hogar de forma responsable; que vivir juntos nos llevaría a una situación de fracaso y hasta de desprecio del uno para el otro. Le dije que lo que yo más quería era terminar nuestra relación de una manera respetuosa y evitando al máximo herir nuestros sentimientos, le dije que tenía un gran respeto por ella y que si nos separábamos divorciándonos, ambos éramos suficientemente jóvenes y tendríamos la oportunidad de re direccionar nuestras vidas. Hablé con ella sobre mis metas y la imposibilidad de conseguirlas si seguía casado. Mientras yo hablaba, ella empezó a llorar y eso me hacía más difícil llegar a convencerla con mis razonamientos. Me tomé un largo tiempo para calmarla y poder razonar. Finalmente le dije mientras sostenía sus manos en las mías: “Nancy”, “prefiero que me odies por lo que estoy haciendo y por lo que soy ahora, antes que te equivoques y me ames y quieras vivir conmigo por lo que no soy y no puedo hacer”.
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Ella lloró casi inconsolablemente de manera intermitente, en los intermedios hablaba para decirme que no quería que nos divorciáramos, que pudiéramos separarnos, que ella me esperaría pacientemente, pero al fin entendió cada una de mis palabras, las que habían salido de lo más profundo de mi corazón. Después de casi dos horas de dialogo acordamos que ella se iría a vivir con sus padres y que en unos seis meses yo regresaría con la demanda de divorcio, y que entonces ella decidiría si firmarla o no. Así lo hicimos y ella firmó su aceptación a la demanda de divorcio “por mutuo acuerdo”. Fue muy noble de su parte, y gracias a Dios no tuvimos hijos. No he vuelto a ver ni a saber nada de Nancy desde entonces, pero realmente espero que ella haya encontrado a la persona que realmente la haya amado y que la haya hecho feliz.
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Este es un capitulo sobre el cual nunca había hablado con nadie, ni con mi esposa ni con mis hijos. Ellos no habían sabido nada de esta parte de mi vida. Por todos estos años siempre pensé que nunca tendría que hablar de esto con mi familia, pero, dado que me comprometí con mis hijos a escribir MIS MEMORIAS, y porque en estas debo ser fiel a la verdad, decidí que tendría que hablar con ellos sobre este tema, antes que mantenerlo escondido en una esquina de la memoria donde se guardan las cosas que uno no quiere recordar. Por eso, antes de escribir este capítulo hable con ellos, después de cuarenta y ocho años de los hechos, tuve que encontrar el momento y el lugar apropiados para hacerlo. Gracias a Dios, todos ellos entendieron lo que hice y me respaldaron. Gracias a lo que hice en el mes de mayo de 1964, ahora tengo una familia ejemplar, una familia unida en la que todos somos solo uno.
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Cuando me senté a hablar de este asunto con mi esposa Fanny y mi hija Angie hace poco tiempo, les dije que el haberme casado en aquella ocasión fue uno de los peores errores de mi vida, pero al mismo tiempo les dije que gracias a que enmendé mi error a tiempo, pude luego de pocos años, encontrar a Fanny la linda mujer que ha sido la compañera de mi vida y la que me ha dado los tres mejores hijos del mundo, a los que amo con todo el corazón y por los que me siento orgulloso a cada instante. Les dije que si volviera a pasar por esta etapa de mi vida, probablemente haría lo mismo que hice entonces, porque la vida no es la historia de las lamentaciones, sino la crónica de las caídas que dejaron lecciones aprendidas y la forma que escogimos para levantarnos y seguir adelante aplicando lo que aprendimos al caernos y luego levantarnos.
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En Mayo de 1964, la Asociación de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Guayaquil, me entregó una carta de felicitación y un diploma que leía así: A RAFAEL ROMERO MONTIEL, EL ESTUDIANTE CON LAS MAS ALTAS CALIFICACIONES EN LOS EXAMENES DE INGRESO A NUESTRA FACULTAD. Firmaba la carta y el diploma el estudiante de cuarto año de la facultad, Alfredo Mancero Samán, el presidente de la asociación, quien luego sería uno de mis mejores amigos de la facultad.
Ese fue realmente el inicio de una carrera en la Universidad en la que nunca fui segundo de nadie y al finalizarla, obtuve el máximo premio que la Universidad otorga a sus mejores estudiantes en el momento de graduarse. El Premio Contenta al mejor graduado de mi promoción. Empezaba así a cumplir la promesa que le hice a mi madre!
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Mi próximo reto era encontrar un trabajo que me permitiera trabajar el dia y estudiar en la noche, algo para lo cual yo ya era un experto pues lo había hecho durante los últimos cuatro años de la secundaria, desde que tenía catorce años.
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En mi próximo capítulo: LAS COSAS EMPIEZAN A MEJORAR
Thursday, May 10, 2012
A LA UNIVERSIDAD POR PRIMERA VEZ
Mi último año como estudiante secundario comenzó en Mayo de 1962, y, tal como se lo había prometido a mi madre, este fue un año de gran éxito académico. Concluí mis estudios con un promedio de 19 sobre 20. Me gradué con honores en Marzo de 1963, e inmediatamente comencé mi preparación para el difícil examen de ingreso a la facultad de arquitectura de la Universidad de Guayaquil. En mayo de ese mismo año, 350 estudiantes de muchos colegios de la ciudad y del país nos presentamos al examen. Solo trece aspirantes pasaron el examen, uno de esos era yo. Me senti muy orgulloso de mi mismo, porque senti que esto era el comienzo del camino del éxito que me había propuesto obtener y con el cual había venido soñando. Yo quería ser un arquitecto y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para conseguirlo.
No sabía entonces que para ser arquitecto en esos días no solo se necesitaba la voluntad y el esfuerzo para conseguirlo, sino que también se necesitaban recursos financieros que yo no los tenía y que tampoco los podía conseguir. Estudiar arquitectura requería tiempo completo. Las clases comenzaban a las siete de la mañana de lunes a sábado y se prolongaban toda la mañana, y con un descanso de tres horas, se reanudaban a las tres de la tarde para terminar a las siete de la noche. No había lugar para poder trabajar y autofinanciarse los estudios. Pero además, había que comprar materiales de trabajo y libros caros que requerían de recursos financieros adicionales. No había forma de que yo pudiera superar estos obstáculos por los siguientes cinco años, así que decidí agotar mis reservas financieras provenientes de las ventas de libros en Manabí y termine exitosamente el primer año de la universidad, pero me tuve que retirar, repensar sobre mis posibilidades y replantear mis expectativas. Fue por todo esto que me decidí a cambiar de carrera universitaria y en abril de 1964, debía presentarme para el examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas.
En los primeros días de febrero de 1964 fui a visitar a mis padres en Pallatanga. A mediados de ese mes se celebrarían las fiestas más esperadas de mi pueblo, Los Carnavales, fiestas que los niños, jóvenes, adultos y viejos esperaban con ansiedad cada año porque eran fiestas familiares, fiestas para las cuales los pallatangueños ausentes regresaban a juntarse con sus familias para celebrar, con música, cantos, bailes, talco en la cara, comidas, con los infaltables canelazos, con baños de agua fría, etc., en una demostración de casi desenfrenada alegría que duraba toda la semana, y que una vez concluida, dejaba a todo el mundo cansado pero contento, feliz y esperando el carnaval del próximo año…
Era la ocasión esperada por todos para juntar familias, para degustar los más sabrosos platos típicos a partir del infaltable chancho, del pavo, de los cuyes, las gallinas, para hacer los tamales y competir en el más sano sentido de la palabra, en la preparación de estas delicias que se compartían entre familias que en algunos casos solo se visitaban una vez al año. Era Pallatanga en su más amplia expresión, ese era el Pallatanga que yo añoro, que hoy ya solo es historia y sobre el que con nostalgia recordamos sólo los más viejos que aún quedamos vivos. Fue en una de estas reuniones familiares en el carnaval de 1964 que me encontré con una muy atractiva chica de diecinueve años, delgada, de un metro sesenta, piel muy blanca, pelo castaño casi rubio y ojos azules con rizadas pestañas y de cara muy bonita, con la que hicimos excelente contacto visual casi inmediato y empezamos a bailar por varias horas, no sin sentir que los ojos de sus padres y de los míos nos seguían muy de cerca, pero sin que pudieran oír nuestro dialogo de dos jóvenes que era obvio que se atraían mutuamente.
Nancy y yo nos conocíamos desde los primeros años de la escuela primaria, pero habíamos dejado de vernos por los últimos nueve años, la muchachita delgada y casi insignificante que era ella a los diez años de edad, se había convertido en una linda señorita de diecinueve, que me cautivó al instante. A nuestra edad ya estábamos permitidos a tomar uno que otro trago, y así lo hicimos, mientras la fiesta familiar seguía. Arrancando valor en el efecto del alcohol consumido, y encontrando las palabras adecuadas a la ocasión, le propuse que nos “escapáramos de la multitud”, para poder “dialogar con mas intimidad”. No creo haber estado hablando muy en serio, pero ella si pareció tomarlo así. El efecto del trago me hizo en pocos momentos más hablar de cosas más intimas, cosas que estando sobrio, seguramente no me hubiera atrevido siquiera a pronunciar. En la misma medida que el licor seguía entrando en nuestro organismo, así iba fluyendo nuestra conversación, y de repente ya estábamos hablando de nuestro “gran escape”
Nuestro plan era (en teoría) muy simple. Ella se escaparía de su casa con sus pertenencias esenciales la noche siguiente, y nos encontraríamos en un lugar previamente elegido, de allí tomaríamos un bus para dirigirnos a Riobamba a disfrutar de nuestra compañía. Con una imprudencia solo explicable por nuestra juventud y el alcohol que habíamos bebido, ni siquiera pensamos en lo que haríamos después de llegar a Riobamba
El 20 de febrero de 1964 pusimos en marcha nuestro plan. Ella se escapo de su casa a eso de las ocho de la noche y nos encontramos en el lugar previamente acordado. Pasamos la noche escondidos en un molino cercano, donde un amigo nos permitió usar su habitación. Menos de dos horas después de su escape, sus padres habían notado su ausencia y notificaron a la policía y a muchos de sus familiares, quienes habían emprendido una búsqueda frenética alrededor de todo el pueblo, armados hasta los dientes. Era obvio que las intenciones de la familia de Nancy, en caso de habernos localizado aquella noche, no eran las de felicitarme “por haber encontrado el amor de nuestra vida”. Las armas que portaban, no eran precisamente las que se usan para ese efecto. Demás está decir que pasado el dulce momento del primer encuentro a solas, pronto nos dimos cuenta de la gravedad del acto que habíamos cometido y del lio en que nos habíamos metido. Recién entonces empezamos a pensar en una salida
A eso de las tres de la madrugada del dia 21 de febrero, salimos de nuestro temporal escondite en el molino, en medio de una noche totalmente oscura y nos dirigimos hacia la finca de mi padre, situada en Azazan, a unos cinco kilómetros de distancia hacia el noroeste del pueblo, donde solicitamos y obtuvimos posada para el resto de la noche con la familia de campesinos que allí vivía. Muy temprano en la mañana, envié un mensaje a mi tío Antonio Romero, con quien yo tenía una relación muy especial de cariño y de respeto mutuo, pidiéndole que viniera a vernos y que nos ayudara a salir de nuestro problema. A estas alturas era claro que necesitábamos la cabeza fría de un adulto para ayudarnos a encontrar una salida que fuera aceptable para nuestras familias y para nosotros.
Menos de tres horas después, efectivamente vino a vernos mi tío Antonio con una solución que nos dejaría temporalmente satisfechos a todos. Había conseguido de los padres de Nancy su consentimiento para que ella se casara conmigo, a la vez que de mis padres su consentimiento para que yo me casara con Nancy. Esa misma noche, en la sala de nuestra casa paterna, el teniente político del pueblo nos caso ante la Ley.
Antes de cumplir 22 años, sin un trabajo fijo, con mi ingreso a la universidad aun pendiente y casi sin un centavo en el bolsillo, de repente yo estaba casado. Era obvio que yo me había conducido a mi mismo a una situación muy difícil, probablemente porque a esa edad no estaba usando la cabeza correcta para dirigir mis pasos. Después de la ceremonia del matrimonio, la paz regresó a nuestras familias, pero no a mí.
Sólo había de pasar una semana para que yo “despertara” a la realidad y me diera cuenta del grave daño que había hecho a esta linda chica y que me había infligido a mí mismo. Mi súbita novelería, porque no era, no podía ser, un enamoramiento razonado y serio, me había conducido a una situación que comprometía mi futuro y el de la chica con quien me había casado. Este matrimonio no tenia futuro, yo no tenía un ingreso que garantizara la estabilidad de este matrimonio, ella tampoco, éramos dos irresponsables jóvenes llevados al matrimonio sin ninguna reflexión. Yo estaba comprometiendo seriamente mi futuro, ese futuro con que tanto había soñado y el que le prometí a mi madre diciéndole que nada ni nadie en el mundo iba a impedirme conseguir. Paradójicamente era yo mismo el que se estaba infligiendo esta herida.
Tenía pendiente mi examen de ingreso a la universidad, debía prepararme para él, debía hacerlo de una manera responsable, de una forma compatible con mi capacidad y con la alta meta que me había propuesto. Convertirme en un profesional, abrirme paso en un mundo en que las oportunidades se dan, pero no te esperan, superar las dificultades de la pobreza. Todo esto estaba comprometiéndose si se mantenía mi matrimonio. Estas eran las reflexiones que me hacía en silencio, mientras mi joven esposa aun me mantenía atado a su gran atractivo físico. No me atrevía a hablar con ella de estas cosas porque temía herirle.
Medité mucho, recibí consejos de mis hermanos y hermanas, así como de mis padres. Los primeros me hacían reflexionar sobre lo imprudente de mi conducta y la necesidad de dar marcha atrás, para poder seguir adelante con mis planes a futuro, mientras mis viejos, mas influenciados por sus creencias religiosas y su personalidad conservadora, me pedían que me mantuviera firme en el matrimonio. “ya veremos cómo resuelves tus problemas, pero debes mantener tu matrimonio. Ella es una chica muy buena, de buena familia, muy bonita y sencilla, ustedes hacen una linda pareja”, Dios les va a ayudar a salir adelante”, me decían. Pero la realidad era otra, para mantener mi matrimonio tendría que quedarme a vivir en Pallatanga, como un agricultor o como un comerciante, tal vez como un arriero, y ninguna de esas opciones estaban en sintonía con los planes de largo plazo que me había planteado hace mucho tiempo. Mientras tanto el tiempo corría, el precioso tiempo que yo necesitaba para prepararme para mi examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas estaba corriendo inmisericorde
No tuve más remedio que hablar con mi joven esposa. Le explique que debía irme a Guayaquil, que debía prepararme intensamente para mi ingreso a la Universidad y que no podía llevarla conmigo, le pedí su comprensión y le dije que yo prefería que se quedara con sus padres y no con los míos, pero esto no lo aceptó. Llorando, aceptó quedarse con mis padres mientras me preparaba para el ingreso a la Universidad. “Te esperaré”, me dijo, “te esperaré tanto tiempo como sea necesario hasta que puedas venir a verme para llevarme contigo, estoy dispuesta a pasar necesidades, pero junto a ti, tu eres mi esposo y junto a ti tendré la fuerza necesaria, por el tiempo que sea necesario”. Convinimos que yo regresaría a verla después de los exámenes de ingreso a fines del mes de abril. Regrese a Guayaquil a prepararme para el examen de ingreso, me junté con un grupo de tres amigos con quienes empezamos a estudiar a tiempo completo, casi literalmente dia y noche con la meta de ingresar a la Facultad de Economía. Comenzamos estudiando Contabilidad desde cero, conseguimos, por un honorario razonable, que un profesor de Contabilidad con experiencia, nos diera dos horas diarias de clase y así aprendimos esta materia que en los colegios se enseñaba en cinco años, en menos de dos meses. Fue un verdadero record. Las otras materias que debíamos estudiar eran: Matemáticas, Geografía Económica Universal, Economía Política, e Historia de la Economía del Ecuador. Como estaba previsto, me presente al examen de ingreso junto con más de seiscientos estudiantes de Guayaquil y de todo el país. El examen consistía de dos fases: la primera, de dos materias, Contabilidad y Matemáticas, era un examen escrito para aprobar el cual había que obtener un puntaje del 70% o más. Los aspirantes que aprobaban la parte escrita podían tomar el examen oral de las otras materias.
Sin falsa modestia y con mucho orgullo, debo decir que fui premiado por ser el estudiante con las más altas calificaciones para ingresar a la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en ese año. Obtuve un total de cincuenta puntos sobre cincuenta posibles, y en el examen oral fui objeto de sonoros aplausos de parte del jurado calificador y de todo el público presente en la sala después de que concluí mi exposición sobre la historia y la economía del Ecuador. En mi próximo capítulo:
LAS COSAS CAMBIAN DRASTICAMENTE
No sabía entonces que para ser arquitecto en esos días no solo se necesitaba la voluntad y el esfuerzo para conseguirlo, sino que también se necesitaban recursos financieros que yo no los tenía y que tampoco los podía conseguir. Estudiar arquitectura requería tiempo completo. Las clases comenzaban a las siete de la mañana de lunes a sábado y se prolongaban toda la mañana, y con un descanso de tres horas, se reanudaban a las tres de la tarde para terminar a las siete de la noche. No había lugar para poder trabajar y autofinanciarse los estudios. Pero además, había que comprar materiales de trabajo y libros caros que requerían de recursos financieros adicionales. No había forma de que yo pudiera superar estos obstáculos por los siguientes cinco años, así que decidí agotar mis reservas financieras provenientes de las ventas de libros en Manabí y termine exitosamente el primer año de la universidad, pero me tuve que retirar, repensar sobre mis posibilidades y replantear mis expectativas. Fue por todo esto que me decidí a cambiar de carrera universitaria y en abril de 1964, debía presentarme para el examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas.
En los primeros días de febrero de 1964 fui a visitar a mis padres en Pallatanga. A mediados de ese mes se celebrarían las fiestas más esperadas de mi pueblo, Los Carnavales, fiestas que los niños, jóvenes, adultos y viejos esperaban con ansiedad cada año porque eran fiestas familiares, fiestas para las cuales los pallatangueños ausentes regresaban a juntarse con sus familias para celebrar, con música, cantos, bailes, talco en la cara, comidas, con los infaltables canelazos, con baños de agua fría, etc., en una demostración de casi desenfrenada alegría que duraba toda la semana, y que una vez concluida, dejaba a todo el mundo cansado pero contento, feliz y esperando el carnaval del próximo año…
Era la ocasión esperada por todos para juntar familias, para degustar los más sabrosos platos típicos a partir del infaltable chancho, del pavo, de los cuyes, las gallinas, para hacer los tamales y competir en el más sano sentido de la palabra, en la preparación de estas delicias que se compartían entre familias que en algunos casos solo se visitaban una vez al año. Era Pallatanga en su más amplia expresión, ese era el Pallatanga que yo añoro, que hoy ya solo es historia y sobre el que con nostalgia recordamos sólo los más viejos que aún quedamos vivos. Fue en una de estas reuniones familiares en el carnaval de 1964 que me encontré con una muy atractiva chica de diecinueve años, delgada, de un metro sesenta, piel muy blanca, pelo castaño casi rubio y ojos azules con rizadas pestañas y de cara muy bonita, con la que hicimos excelente contacto visual casi inmediato y empezamos a bailar por varias horas, no sin sentir que los ojos de sus padres y de los míos nos seguían muy de cerca, pero sin que pudieran oír nuestro dialogo de dos jóvenes que era obvio que se atraían mutuamente.
Nancy y yo nos conocíamos desde los primeros años de la escuela primaria, pero habíamos dejado de vernos por los últimos nueve años, la muchachita delgada y casi insignificante que era ella a los diez años de edad, se había convertido en una linda señorita de diecinueve, que me cautivó al instante. A nuestra edad ya estábamos permitidos a tomar uno que otro trago, y así lo hicimos, mientras la fiesta familiar seguía. Arrancando valor en el efecto del alcohol consumido, y encontrando las palabras adecuadas a la ocasión, le propuse que nos “escapáramos de la multitud”, para poder “dialogar con mas intimidad”. No creo haber estado hablando muy en serio, pero ella si pareció tomarlo así. El efecto del trago me hizo en pocos momentos más hablar de cosas más intimas, cosas que estando sobrio, seguramente no me hubiera atrevido siquiera a pronunciar. En la misma medida que el licor seguía entrando en nuestro organismo, así iba fluyendo nuestra conversación, y de repente ya estábamos hablando de nuestro “gran escape”
Nuestro plan era (en teoría) muy simple. Ella se escaparía de su casa con sus pertenencias esenciales la noche siguiente, y nos encontraríamos en un lugar previamente elegido, de allí tomaríamos un bus para dirigirnos a Riobamba a disfrutar de nuestra compañía. Con una imprudencia solo explicable por nuestra juventud y el alcohol que habíamos bebido, ni siquiera pensamos en lo que haríamos después de llegar a Riobamba
El 20 de febrero de 1964 pusimos en marcha nuestro plan. Ella se escapo de su casa a eso de las ocho de la noche y nos encontramos en el lugar previamente acordado. Pasamos la noche escondidos en un molino cercano, donde un amigo nos permitió usar su habitación. Menos de dos horas después de su escape, sus padres habían notado su ausencia y notificaron a la policía y a muchos de sus familiares, quienes habían emprendido una búsqueda frenética alrededor de todo el pueblo, armados hasta los dientes. Era obvio que las intenciones de la familia de Nancy, en caso de habernos localizado aquella noche, no eran las de felicitarme “por haber encontrado el amor de nuestra vida”. Las armas que portaban, no eran precisamente las que se usan para ese efecto. Demás está decir que pasado el dulce momento del primer encuentro a solas, pronto nos dimos cuenta de la gravedad del acto que habíamos cometido y del lio en que nos habíamos metido. Recién entonces empezamos a pensar en una salida
A eso de las tres de la madrugada del dia 21 de febrero, salimos de nuestro temporal escondite en el molino, en medio de una noche totalmente oscura y nos dirigimos hacia la finca de mi padre, situada en Azazan, a unos cinco kilómetros de distancia hacia el noroeste del pueblo, donde solicitamos y obtuvimos posada para el resto de la noche con la familia de campesinos que allí vivía. Muy temprano en la mañana, envié un mensaje a mi tío Antonio Romero, con quien yo tenía una relación muy especial de cariño y de respeto mutuo, pidiéndole que viniera a vernos y que nos ayudara a salir de nuestro problema. A estas alturas era claro que necesitábamos la cabeza fría de un adulto para ayudarnos a encontrar una salida que fuera aceptable para nuestras familias y para nosotros.
Menos de tres horas después, efectivamente vino a vernos mi tío Antonio con una solución que nos dejaría temporalmente satisfechos a todos. Había conseguido de los padres de Nancy su consentimiento para que ella se casara conmigo, a la vez que de mis padres su consentimiento para que yo me casara con Nancy. Esa misma noche, en la sala de nuestra casa paterna, el teniente político del pueblo nos caso ante la Ley.
Antes de cumplir 22 años, sin un trabajo fijo, con mi ingreso a la universidad aun pendiente y casi sin un centavo en el bolsillo, de repente yo estaba casado. Era obvio que yo me había conducido a mi mismo a una situación muy difícil, probablemente porque a esa edad no estaba usando la cabeza correcta para dirigir mis pasos. Después de la ceremonia del matrimonio, la paz regresó a nuestras familias, pero no a mí.
Sólo había de pasar una semana para que yo “despertara” a la realidad y me diera cuenta del grave daño que había hecho a esta linda chica y que me había infligido a mí mismo. Mi súbita novelería, porque no era, no podía ser, un enamoramiento razonado y serio, me había conducido a una situación que comprometía mi futuro y el de la chica con quien me había casado. Este matrimonio no tenia futuro, yo no tenía un ingreso que garantizara la estabilidad de este matrimonio, ella tampoco, éramos dos irresponsables jóvenes llevados al matrimonio sin ninguna reflexión. Yo estaba comprometiendo seriamente mi futuro, ese futuro con que tanto había soñado y el que le prometí a mi madre diciéndole que nada ni nadie en el mundo iba a impedirme conseguir. Paradójicamente era yo mismo el que se estaba infligiendo esta herida.
Tenía pendiente mi examen de ingreso a la universidad, debía prepararme para él, debía hacerlo de una manera responsable, de una forma compatible con mi capacidad y con la alta meta que me había propuesto. Convertirme en un profesional, abrirme paso en un mundo en que las oportunidades se dan, pero no te esperan, superar las dificultades de la pobreza. Todo esto estaba comprometiéndose si se mantenía mi matrimonio. Estas eran las reflexiones que me hacía en silencio, mientras mi joven esposa aun me mantenía atado a su gran atractivo físico. No me atrevía a hablar con ella de estas cosas porque temía herirle.
Medité mucho, recibí consejos de mis hermanos y hermanas, así como de mis padres. Los primeros me hacían reflexionar sobre lo imprudente de mi conducta y la necesidad de dar marcha atrás, para poder seguir adelante con mis planes a futuro, mientras mis viejos, mas influenciados por sus creencias religiosas y su personalidad conservadora, me pedían que me mantuviera firme en el matrimonio. “ya veremos cómo resuelves tus problemas, pero debes mantener tu matrimonio. Ella es una chica muy buena, de buena familia, muy bonita y sencilla, ustedes hacen una linda pareja”, Dios les va a ayudar a salir adelante”, me decían. Pero la realidad era otra, para mantener mi matrimonio tendría que quedarme a vivir en Pallatanga, como un agricultor o como un comerciante, tal vez como un arriero, y ninguna de esas opciones estaban en sintonía con los planes de largo plazo que me había planteado hace mucho tiempo. Mientras tanto el tiempo corría, el precioso tiempo que yo necesitaba para prepararme para mi examen de ingreso a la Facultad de Ciencias Económicas estaba corriendo inmisericorde
No tuve más remedio que hablar con mi joven esposa. Le explique que debía irme a Guayaquil, que debía prepararme intensamente para mi ingreso a la Universidad y que no podía llevarla conmigo, le pedí su comprensión y le dije que yo prefería que se quedara con sus padres y no con los míos, pero esto no lo aceptó. Llorando, aceptó quedarse con mis padres mientras me preparaba para el ingreso a la Universidad. “Te esperaré”, me dijo, “te esperaré tanto tiempo como sea necesario hasta que puedas venir a verme para llevarme contigo, estoy dispuesta a pasar necesidades, pero junto a ti, tu eres mi esposo y junto a ti tendré la fuerza necesaria, por el tiempo que sea necesario”. Convinimos que yo regresaría a verla después de los exámenes de ingreso a fines del mes de abril. Regrese a Guayaquil a prepararme para el examen de ingreso, me junté con un grupo de tres amigos con quienes empezamos a estudiar a tiempo completo, casi literalmente dia y noche con la meta de ingresar a la Facultad de Economía. Comenzamos estudiando Contabilidad desde cero, conseguimos, por un honorario razonable, que un profesor de Contabilidad con experiencia, nos diera dos horas diarias de clase y así aprendimos esta materia que en los colegios se enseñaba en cinco años, en menos de dos meses. Fue un verdadero record. Las otras materias que debíamos estudiar eran: Matemáticas, Geografía Económica Universal, Economía Política, e Historia de la Economía del Ecuador. Como estaba previsto, me presente al examen de ingreso junto con más de seiscientos estudiantes de Guayaquil y de todo el país. El examen consistía de dos fases: la primera, de dos materias, Contabilidad y Matemáticas, era un examen escrito para aprobar el cual había que obtener un puntaje del 70% o más. Los aspirantes que aprobaban la parte escrita podían tomar el examen oral de las otras materias.
Sin falsa modestia y con mucho orgullo, debo decir que fui premiado por ser el estudiante con las más altas calificaciones para ingresar a la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil en ese año. Obtuve un total de cincuenta puntos sobre cincuenta posibles, y en el examen oral fui objeto de sonoros aplausos de parte del jurado calificador y de todo el público presente en la sala después de que concluí mi exposición sobre la historia y la economía del Ecuador. En mi próximo capítulo:
LAS COSAS CAMBIAN DRASTICAMENTE
Friday, May 4, 2012
ATRAPADO POR LA POLITICA
Hacia el mediodía de aquel dia de abril, de acuerdo con las noticias de la radio y de la prensa, habían alrededor de doscientas mil personas llenando las calles de Guayaquil, desde el aeropuerto Simón Bolívar hasta la Plaza San Francisco en el centro mismo de la ciudad. Se aseguraba entonces que esta era la mayor masa humana jamás reunida para una manifestación política en la historia del Ecuador.
A eso de la una de la tarde, en un dia soleado y con temperaturas por arriba de los treinta y dos grados, Velasco Ibarra llegó a la Plaza San Francisco, sitio donde en medio de los vítores de la multitud el candidato se ubicó en un balcón desde el cual, con su oratoria, encendería el entusiasmo de las masas que lo habían ido a recibir a su regreso de su autoexilio en Buenos Aires.
Históricamente, el pueblo del Ecuador, tal como sucede en otros países del tercer mundo, y aun en los más desarrollados, siempre ha sido fácilmente cautivado por la oratoria de los caudillos que ocasionalmente aparecen en sus escenas políticas. Los redentores, los salvadores, los que prometen remedio sin costo para todos los males sociales, los demagogos, siempre han encontrado respuesta política favorable de un pueblo que está permanentemente esperando la llegada del líder que le encuentre la solución a sus problemas de pobreza, de falta de educación, de hambre, de justicia y de salud.
Así, Velasco Ibarra, el prototipo del demagogo con gran oratoria, estaba en este dia frente a un pueblo con hambre y sed de justicia social, frente a un pueblo al que ya en dos ocasiones le había fallado en sus promesas, pero un pueblo que estaba dispuesto a darle otra oportunidad con su voto en las próximas elecciones. Este pueblo aun no había aprendido su lección y seguía creyendo en este hombre!
Viejo guerrero de la política, curtido en las lides electorales y conocedor de la idiosincrasia de nuestro pueblo, Velasco Ibarra traía en su maleta de sorpresas, una que no le iba a fallar, una que no le podía fallar, una a la que nadie, ni sus más acérrimos enemigos podían oponerse, so pena de ser proclamados como TRAIDORES A LA PATRIA.
Así que este viejo zorro de la política ni bien comenzó su discurso, sacó de su maleta de sorpresas, la “bomba” que encendió el entusiasmo de las masas; dijo que a partir de ese dia, “el pueblo ecuatoriano declaraba nulo, de nulidad absoluta, el írrito Protocolo de Rio de Janeiro, porque era una afrenta a la soberanía nacional y un insulto al pueblo y a la nación ecuatorianos” , y que él, “como abanderado de las reivindicaciones populares y de los derechos de la nación, estaría de aquí en adelante a la vanguardia en el camino de la recuperación de la Amazonía para la nación. La multitud había llegado al éxtasis tan solo cinco minutos después de iniciado el discurso del candidato. En pocas palabras Velasco Ibarra estaba ofreciéndole al país, la recuperación de más de doscientos mil kilómetros cuadrados de territorio. No había forma de que candidato alguno pudiera rebatir o negar esa aspiración de toda la nación. Velasco se acababa de poner, políticamente hablando, en el bolsillo, a una enorme multitud que deliraba de emoción y de esperanza.
El Protocolo de Rio, un mal llamado “Tratado de Paz, Amistad y Límites”, había sido impuesto a nuestro país en una reunión de cancilleres americanos en Rio de Janeiro, Brasil, en enero de 1942, logrando parar la invasión peruana a las provincias de Loja y El Oro, y evitando la invasión de Guayaquil, mientras el mundo era testigo de la Segunda Guerra Mundial en los campos de Europa y el Pacifico.
Consciente estaba, por supuesto, el candidato Velasco Ibarra de que había tocado con su discurso un nervio muy delicado en el corazón de los ecuatorianos, consciente estaba, por supuesto, que nadie osaría contradecirle, pero debe haber estado también consciente de que su propuesta era jurídicamente impracticable, porque los congresos de ambos países habían, en su momento, ratificado el malhadado tratado. Pero eso no importaba en este momento. Ahora había que ganar las elecciones, después se vería como se salía de este enredo jurídico internacional. Pero eso no era importante para él en ese momento, lo importante era asegurar el voto de la mayoría de los ecuatorianos en las próximas elecciones presidenciales, y eso, por supuesto que lo estaba haciendo ahora al comienzo mismo del proceso electoral, pero además, y como subproducto de su objetivo principal, este candidato estaba “devolviendo a los ecuatorianos el orgullo de que su país era un país amazónico y que con su ayuda recuperaríamos el territorio robado a nuestra patria por los peruanos”, a quienes se nos enseñaba desde mediados de la década de los cuarenta, dia a dia en las escuelas, que debíamos odiar”. Bingo!, estaba matando varios pájaros de un tiro, pero lo más importante , lo inmediato, era que estaba asegurando su triunfo en las elecciones presidenciales de junio.
Mi amigo Luis Abad y yo, habíamos empezado a “escuchar” lo que el candidato decía, primero con una actitud preparada para la crítica, luego con mayor atención, para finalmente, a la altura de la mitad de su discurso, con actitud francamente aprobatoria, aplaudir el encendido discurso del candidato. Velasco Ibarra era como una combinación de mago y alquimista. El sabia como combinar sus ideas en medio del discurso encendido, para hipnotizar a la gente y convencerla de que sus ideas eran las correctas. En las elecciones de junio, el ganó con una suma de votos que era mayor a la suma de todos los votos de sus contrincantes juntos, fue una victoria arrolladora!. Fue sólo treinta y seis años y dos guerras después, que el Ecuador pudo firmar un tratado de paz con el Perú, terminando este asunto, como era de esperarse, sin que nuestro país recuperara ni una fracción del territorio que Velasco prometió recuperar en este dia.
En las elecciones presidenciales de ese año cometí el más grande error político de mi vida voté por Velasco Ibarra, me deje arrastrar por su demagogia, tal como se dejó arrastrar la gran mayoría del pueblo ecuatoriano. Era la primera vez que yo votaba como ciudadano y desperdicie mi voto. Velasco Ibarra llegó a la presidencia de la Republica e hizo un gobierno como todos los demás. La banda de empresarios electorales que le rodeaba, se aprovechó como siempre del poder que les otorgaba el estar cerca del “líder”. Ellos se enriquecieron a costa del pueblo, que a cambio solo recibió más promesas incumplidas, pobreza, falta de educación, de salud y de salubridad. Ah!, pero aprendí una lección que nunca olvidaría, aprendí a votar, no con mi corazón sino con mi cabeza. Nunca más voté por un demagogo y de allí en adelante siempre voté basado en un frio análisis de los méritos y las falencias de los candidatos, sin importarme su afiliación partidaria.
Entretanto, el permanente cortejo de parte de mis compañeros comunistas continuó, sin éxito por un año más y entonces me pusieron el membrete de “reaccionario”, por lo que decidieron que ya no valía la pena continuar tratando de conquistarme para su partido.
En los dos últimos años de colegio en el Cesar Borja Lavayen, retorné a mis anteriores altos estándares de rendimiento académico, llegue a la excelencia en matemáticas, en física; me gustaba mucho y por tanto era bueno para historia y literatura. La biología y la química orgánica no eran mis materias preferidas, pero tuve calificaciones muy buenas. Mi promedio del quinto año del colegio era de dieciocho sobre veinte. Termine el año muy cerca del tope de la clase.
En algún momento del año 1960, la estructura de apoyo financiero que le dábamos a mi madre dejó de funcionar como era necesario, por un lado, y, por otro, mi madre deseaba regresar a Pallatanga porque su intuición le decía que su matrimonio estaba en riesgo al haberse quedado mi padre solo mientras el resto de la familia vivía en Guayaquil. Para colmo de males, mis dos hermanos mayores se casaron y, sin una base financiera solida, cada uno tuvo que buscar la forma de resolver su problema. Me quede solo en Guayaquil, tuve que arrendar un cuarto y comer en un restaurant, mientras mi hermano Guido, el mas pequeño, recibía albergue de parte de mi hermana Flor.
Tomé entonces bajo mi responsabilidad el pago de las pensiones del colegio de mi hermano Guido a quien habíamos matriculado en el Colegio Mercantil, un prestigioso colegio de educación contable, del cual, al graduarse, sus estudiantes salían con el título de “peritos contadores”, y podían aspirar a encontrar un trabajo de oficina, como ayudantes de contabilidad.
Todo parecía marchar al compas de una vida tolerable, yo seguía trabajando y estudiando, vivía solo pero dentro de un ambiente sano donde había respeto para mí y yo respetaba a la familia donde me alojaba.
En agosto de 1960, sintiéndome responsable de lo que mi hermano chico hiciera, decidí averiguar cómo iba Guido en sus estudios e hice una visita a la secretaría del colegio Mercantil. Cuando averigüé por sus calificaciones del primer trimestre, me encontré con la sorpresa de que hacía dos meses que él había dejado de asistir al colegio, y que por tanto, ya lo habían dado de baja de su clase, su año lectivo estaba perdido. Nunca pudimos saber que hacia mi pequeño hermano en el tiempo que estuvo ausente del colegio, porque el salía todos los días de la casa a las siete de la mañana con su talega de libros y cuadernos, y regresaba a las dos de la tarde como si hubiese tenido una jornada completa de clases. Solo Dios debe saber que es lo que Guido hacia fuera del colegio y fuera de la casa en esas largas horas y en esos tres largos meses.
Me hacía falta la vida con mi madre, extrañaba la vida de familia, pero las circunstancias eran tales que no me permitieron seguir juntos. Para entonces yo había madurado lo suficiente para sentirme un adulto y desenvolverme sin problemas en la vida. A estas alturas yo ya había planeado convertirme en un profesional; sabía que tenía la capacidad para hacerlo, y tenía también la firme convicción de que quería y podría hacerlo. Sabía que iba a ser una carrera con muchos obstáculos, pero estaba decidido a seguir hasta llegar a la meta.
En Mayo de 1962, cuando ya tenía casi 20 años, visite a mi madre en Pallatanga, y en una de esas conversaciones muy especiales que ella y yo teníamos, le prometí que estudiaría mucho hasta convertirme en un profesional de éxito: le dije que yo no me resignaría nunca a estar atrás de nadie, y que cuando cumpliera mi meta, la llevaría a ella a vivir conmigo, cómodamente, y que entonces ella podría descansar de su vida tan dura, le prometí que conmigo ella podría ver los frutos de su gran esfuerzo de toda una vida.
No sabía entonces que solo unos pocos años después, y cuando ya casi había llegado yo a la meta deseada y prometida, súbitamente, ella nos dejaría para siempre, víctima de su alta presión arterial y de su debilitado corazón.
En mi próximo capítulo: LLEGO A LA UNIVERSIDAD
Friday, April 27, 2012
EXPUESTO A LA POLITICA
Como había dicho antes, el Colegio al que yo asistía era un Colegio para adultos y yo era solo un chico, sólo un pequeño chico de dieciséis años cuando ingresé, y me tocó desenvolverme en un mundo de adultos, de adultos con todas las virtudes y defectos inherentes a su edad y al medio social en que desenvolvían sus vidas, pero gracias a Dios, casi todos eran gente honesta, trabajadora, responsable, que alargaban su dia para asistir al colegio en la noche, para continuar con su educación, después de haber cumplido una jornada completa de trabajo, todos ellos buscaban mejorar sus vidas a través de la educación, exactamente lo mismo que yo hacía. Todos ellos, yo incluido, pertenecíamos a la clase media baja, a esa clase social que tiene que hacer milagros para vivir decentemente, que no escatima esfuerzo alguno para procurar su salida de la pobreza y alcanzar un mejor nivel de vida. Todos éramos conscientes de que de alguna manera éramos capaces de transformar nuestras vidas por nuestro propio esfuerzo, con el sudor de nuestra frente y casi siempre sin la ayuda de nadie. En ese tiempo no había un estado benefactor, ni nosotros lo necesitábamos. Nos bastaba nuestro esfuerzo. Todo el mundo sabia que trabajar duro y estudiar era el único camino para mejorar nuestras vidas y nadie esperaba bonos de la pobreza ni subsidios de ninguna naturaleza.
Muchos de estos estudiantes, incluido yo, éramos un objetivo permanente para la motivación política, éramos suelo muy fértil para los agitadores profesionales pertenecientes al Partido Comunista, que se llenaban la boca de expresiones estereotipadas como “la necesidad de una revolución que transforme el injusto sistema social del Ecuador, para llegar a una sociedad más justa y equitativa, donde todos los individuos serian tratados con justicia e igualdad”, una retorica que les sonaba como música a los oídos de muchos de mis compañeros estudiantes.
Eran los tiempos en que la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro y el Che Guevara había depuesto al corrupto dictador Fulgencio Batista con su guerrilla de la Sierra Maestra, y esa era una causa con la que casi todos simpatizábamos. Lo que no sabíamos la gran mayoría de los estudiantes, es que Castro no era más que un sirviente del imperio soviético, que poco después instalaría en esa bella isla del Caribe una desastrosa dictadura que acabó con todas las libertades individuales de los cubanos e instaló la más larga y desastrosa dictadura en la historia de las Américas, sumiendo a ese noble pueblo en el hambre, la pobreza, la desesperación y la miseria, y encerrándolo en una prisión tan extensa como toda la isla, sin esperanza de recuperar su libertad.
Cuatro generaciones de cubanos han sufrido ya esta tragedia y sin embargo de las evidencias de su fracaso absoluto como sistema social y económico, aun persisten, increíblemente, algunos admiradores de esa barbaridad social.
En aquellos días, Fidel Castro, un joven e inteligente abogado, que había abrazado una causa justa contra un dictador de pacotilla, y que por tanto gozaba de las simpatías en muchos segmentos de la sociedad de nuestros países latinoamericanos, era un peón ideal de los soviéticos para penetrar en nuestro continente, estableciendo una cabeza de playa en su guerra fría con los regímenes democráticos occidentales y especialmente con los Estados Unidos de América. Hasta entonces, los avances soviéticos en esta parte del mundo se limitaban al control de una pequeña elite de intelectuales, ociosos, soñadores teóricos del Marxismo Leninismo, que habían logrado penetrar solo en la superficie de la clase trabajadora, a través de unos pocos líderes generalmente a sueldo del imperio ruso. Fidel Castro y su revolución les cayeron a los soviéticos como anillo al dedo en su empeño de desestabilizar el continente, y a través de ellos, empezó a llegar a borbotones el financiamiento para los “revolucionarios latinoamericanos”.
En mi colegio había algunos agentes soviéticos, miembros del Partido Comunista del Ecuador, que actuaban como estudiantes, y que se encargaban de reclutar jóvenes para su causa, ofreciéndoles becas para la Universidad Patricio Lumumba de Moscú (Patricio Lumumba fue un líder comunista africano que murió peleando con los belgas por la independencia de su país en los últimos años de la década de los cincuenta), fundada por los soviéticos a finales de la década del 50 con el especifico objetivo de formar nuevas generaciones de miembros del Partido Comunista en los países del Tercer Mundo, quienes se encargarían de esparcir las ideas comunistas en sus medios sociales y académicos.
El objetivo principal de estos agentes reclutadores eran los estudiantes con buenas credenciales académicas, pero esa era casi una causa perdida, porque ninguno de ellos se interesaba por ir a Moscú o en hacerse un miembro del Partido Comunista, por lo tanto, sus estándares de reclutamiento iban bajando a medida que sus esfuerzos no daban resultados, y así, terminaban reclutando estudiantes mediocres, medio resentidos con la sociedad en que vivían, y que habían abandonado la idea de superarse por su cuenta para mejorar su condición socio económica en un medio que, aunque duro y difícil, seguía premiando a los que más se esforzaban.
Algunos de mis compañeros de clase cayeron en la red tendida por los comunistas y se fueron a Moscú después de graduarse como bachilleres en mi colegio, y fue solo después de varios años, cuando esos estudiantes volvieron graduados en la Patricio Lumumba y no encontraban una plaza decente de trabajo, que se dieron cuenta de que habían sido usados y abusados por el Partido Comunista y por el Kremlin, pero para entonces ya no les quedó más remedio que seguir siendo agentes infiltrados del Parido y de los gobiernos cubano y soviético, en sus cátedras universitarias, en sus lugares de trabajo, o en las organizaciones obreras.
En muchas ocasiones fui invitado personalmente por un estudiante de apellido Riofrío, un compañero de clase, a participar en reuniones del Partido Comunista, en lo que ellos llamaban reuniones de “la Juventud Comunista”. Frente a mi negativa, insistía en que asistir a las reuniones no significaba un compromiso de convertirme en miembro del partido, pero que él me aconsejaba asistir y escuchar las conferencias de líderes del partido, incluyendo legisladores, abogados, líderes sindicales e intelectuales de fuste, sobre eventos contemporáneos y estrategias de la política internacional. Siempre me rehusé de la manera más firme pero cordial a asistir a estas conferencias, siempre encontré una buena excusa para no hacerlo. Mi más efectivo argumento era que tenía demasiado trabajo y demasiadas obligaciones derivadas del estudio y que eso no me permitía el privilegio de escuchar tan sabias conferencias. Confieso que por pura curiosidad, algunas veces estuve a punto de aceptar esas invitaciones, pero, igual que las invitaciones a fumar mariguana, siempre terminé rehusándolas y finalmente nunca asistí a ninguna.
El año 1960 fue uno de enorme actividad política en el país, era un año de elecciones presidenciales en el mes de junio y el más conocido político de las tres últimas décadas era uno de los candidatos. Su nombre, Jose María Velasco Ibarra era sinónimo de luchas políticas, de periodos no concluidos de gobierno, de controversiales actuaciones, de muchos enemigos y muchos partidarios. El era como una marca registrada en las elecciones ecuatorianas, si no era candidato era presidente o viceversa. Había sido ya presidente de la republica por tres veces, la primera comenzando en 1937 y luego en 1944 y en 1952, habiendo concluido en el gobierno solo una de las tres veces, la ultima.
En las otras dos ocasiones había sido depuesto del mando por las Fuerzas Armadas, cuando habiendo inflamado a las masas con su retórica política y llenado de esperanzas a un pueblo siempre en busca de un redentor, una vez en el poder, defraudaba a sus electores entregándose en los brazos de las oligarquías que solo buscaban expandir su poder político y económico sin tener en cuenta para nada al pueblo que los eligió.
A pesar de lo enormes errores del pasado, Velasco Ibarra continuaba siendo un poderoso líder político, grandes segmentos de las masas populares le seguían siendo fieles. Tenía una gran capacidad de enardecer a las multitudes con una encendida oratoria y solía vanagloriarse de eso diciendo que a él solo le bastaba un balcón en cada pueblo para volver a ser presidente de la república. En sus discursos de barricada, ofrecía resolver casi todos los problemas que aquejaban al país, desde la falta de agua potable, hasta escuelas, hospitales, carrereas y puentes, incluyendo puentes allí donde no habían ríos que cruzar, y el pueblo le creía, sólo para fallar flagrantemente en el cumplimiento de sus promesas una vez que llegaba al poder.
Esta vez era candidato nuevamente, ahora venía desde Buenos Aires, Argentina, donde se había auto exiliado la última vez que fue depuesto del poder, y venia en busca del balcón en cada pueblo para regresar a lo que en el fondo él creía que era el puesto que Dios le había asignado, la silla presidencial. En aquellos días no había televisión para transmitir sus discursos y eran las plazas de los pueblos y ciudades los escenarios desde donde, a través de la radio, este veterano político encendía las esperanzas populares que se traducían en votos en las urnas que a la postre le devolvían al poder.
Jose María Velasco Ibarra regresaba esta vez a Guayaquil, una ciudad donde SU pueblo siempre lo esperaba, esta ciudad era su bastión electoral más importante y desde donde sus promotores y empresarios políticos de su candidatura le preparaban una masiva recepción al Líder, como le gustaba que lo llamen. Yo personalmente, estaba en contra de la candidatura de Velasco Ibarra a pesar de que para mi padre este hombre era su ídolo político, yo estaba en contra porque estaba convencido de que sus tres primeras administraciones habían sido un fracaso, una calamidad para el país.
Junto con mi amigo y compañero Luis Abad Ycaza, habíamos planeado asistir a la manifestación de bienvenida a Velasco Ibarra en calidad de observadores pasivos, solo para tener un buen tema de conversación y debate político en nuestro pequeño grupo en el colegio, realmente para poder criticar el discurso y la recepción al candidato, a quien, pese a las evidencias históricas en contrario, esta vez no lo elegiría el pueblo como su nuevo presidente. Muy lejos de mi y de mi amigo estaba la idea de vitorear al candidato y aplaudir su demagogia, nosotros ya habíamos decidido que en junio votaríamos por otro candidato, que en nuestra opinión representaba mejor las aspiraciones del pueblo y de nosotros como estudiantes trabajadores.
A los dieciocho años de edad, yo me consideraba ya un hombre hecho y derecho, consciente como el que más del proceso político que vivía nuestro país, y alerta al proceso político mundial, y estaba convencido que debía participar en el primero activamente, junto con mis compañeros de clase, que siendo mayores que yo, ya eran veteranos de campañas políticas pasadas. Esta sería la primera vez que daría mi voto a un candidato, y quería hacerlo con plena consciencia de mi responsabilidad. Mi padre, pese a ser un campesino con solo educación primaria, siempre fue un hombre atento al acontecer político nacional y mundial, eso influenció en mi formación como individuo, eso me llevó a no ser indiferente al acontecer político. Por eso quería ser un activo participante en este proceso de elecciones y por eso quise analizar cada alternativa antes de tomar una decisión sobre el candidato por quién votaría en las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias.
Fue con esa idea en mente que Lucho Abad y yo decidimos asistir a la recepción al candidato Velasco Ibarra aquel sábado de abril de 1960
En mi próximo capítulo: ATRAPADO POR LA POLITICA
Friday, April 20, 2012
NO FUI UN GRAN VENDEDOR
El año 1969 se fue volando, mi trabajo por un lado, y las muchas actividades extraescolares en las que me vi envuelto tuvieron su costo en mi desempeño académico y perdí el año nuevamente, otra vez en Química Inorgánica, otra vez el maldito sistema de enseñanza, bien secundado por un incompetente profesor que hacía de su cátedra solo un pasatiempo para justificar un sueldo que nunca se mereció, y, claro, con un estudiante que tampoco esta vez tomó muy en serio la materia, dieron el resultado más lógico. No tuve los puntos necesarios para pasar el año en esa materia, y otra vez me vi forzado a repetirlo enterito, a pesar de haber aprobado todas las demás materias. Que le íbamos a hacer?, la ley es dura pero es la ley. Nunca tuvo esta expresión tan cierta una aplicación más severa conmigo que en este caso.
En Mayo de 1960 empecé mi tercer cuarto año y esta vez pasé en todas las materias y para mayo de 1961 ya estaba matriculándome en el quinto año. Pronto iba a cumplir 18 y estaba consciente de que ya era un hombre tanto por edad como por responsabilidades, al fin del ese año, hice mis resoluciones para el siguiente año y me prometí a mis mismo que volvería a mis estándares de excelencia académica y que no dejaría que nadie me supere en nada. Ya había me decepcionado suficiente a mis mismo y, por supuesto a mi madre al perder dos años seguidos, no tenia excusas, y nunca trate de buscar una, simplemente fallé, punto, pero era suficiente y no lo haría más, y no lo hice nunca más!. Nunca me senti cómodo hablando de este tema con nadie, porque sentía vergüenza de hacerlo, aun ahora no me siento bien al hacerlo, pero me ayuda el hablarles a ustedes de esto porque me redime, me saca de un invisible pero tangible purgatorio de frustración. Me hace entender que esto pasó en mis años de adolescente sin guardianes, los años más delicados de la vida de un joven que muy tempranamente se encontró viviendo sólo, cuidándose, o descuidándose sólo, en un mundo de adultos que tenían sus propias responsabilidades y preocupaciones y que no tenían, y no debían tener, ninguna responsabilidad sobre mí.
El lado bueno de eso es que después de ese par de años de crisis, de falta de responsabilidad (solo académica, gracias a Dios), surgió con fuerza mi carácter de hombre responsable, honorable, soñador, realizador, cumplidor, inteligente, serio, solidario, respetuoso, casi el modelo de hombre que mi madre me dijo que quería que yo fuera. De ella nació y a ella le debo mi carácter, mi forma de ser, mi personalidad y toda la fuerza que impulsó mi vida. Ella continua siendo, cuarenta y tres años después de su muerte, la brújula que guía mi camino, el Norte que sigo en mi camino, y a ella, sólo a ella, y a Dios, les daré cuentas de lo que hice con mi vida cuando llegue a estar a su lado.
Y, sin embargo de todo lo dicho, debo admitir que los años 1958 y 1959, los años perdidos, en el colegio, fueron los años en que mas maduré en muchas formas, especialmente en la forma como comencé a percibir el mundo que me rodeaba y mi rol en el mismo. Maduré en muchas aéreas en las que más tarde me desempeñe con excelencia, tales como mi puntualidad, mi responsabilidad en el trabajo, mi respeto a la autoridad y a la Ley, mi solidaridad con los pobres, mi amor por la patria chica y grande, mi respeto a los principios morales, a la ética en el trabajo y en las relaciones interpersonales, sin lo cual nada de lo que aprendí antes ni después me hubieran servido para llegar a donde llegué con tanto sacrificio. Nunca después de esos años, el dinero se convirtió en una meta de mi vida, este fue solo un medio para lograr el auto respeto que es el más importante de todos los respetos, pero para lograr también el respeto de todos aquellos hombres y mujeres con quienes tuve que interactuar en mi vida. Nunca atropellé los derechos de los demás para hacer prevalecer los míos, nunca fui acusado de nada, por nadie ante la justicia, y nunca me aproveché de ella para atropellar los derechos de nadie. Estoy orgulloso de mí mismo y esa es la mayor herencia que voy a dejar a mis hijos y a mis nietos cuando muera.
En 1961 me cambié de ser un cobrador a ser un vendedor de libros. Teóricamente era un ascenso de categoría, la realidad sin embargo chocó fuertemente contra las expectativas. En primer lugar, como vendedor yo debía vestirme más formalmente, con saco y corbata, lo cual afectaba mi presupuesto, en segundo lugar, debía buscar tutoría de gente mayor y con más conocimientos de la materia que no siempre estaba disponible, en tercer lugar, ya no podía desplazarme por la ciudad a pie o en bus, debía usar taxi, y todo eso seguía agregándose a un presupuesto que cada vez mostraba más gastos, sin que por el otro lado tenga algún ingreso asegurado porque los vendedores no teníamos sueldo. La comisión de vendedor era el 12% del valor de la venta y no tenia cuenta de gastos para reposición.
Pero lo que más me afectó, y tengo que admitirlo aunque no me guste, es que se hizo rápidamente evidente que yo no había nacido con el don de buen vendedor. No tenía la capacidad que parece ser innata en muchas personas, de convencer a lo demás sobre la bondad del producto que ofrecen y consiguen rápidamente convencerla de que lo compre. Vender libros no era lo mismo que vender pan caliente o cobrarle una letra a alguien que ya se había comprometido, con su firma, a pagarla a su vencimiento.
Después del primer trimestre como un vendedor, el resultado numérico era deplorable. Había ganado menos de la mitad de lo que ganaba como cobrador en tanto que había duplicado mis gastos. Había comenzado entonces a meterle la mano a mis ahorros de tres años de trabajo, que no eran muchos, pero eran mi más valioso activo, eran las reservas para tiempos malos, los que habían llegado, disfrazados de tiempos mejores, mas rápido de lo que yo me hubiera imaginado. Al final del segundo trimestre de mi actividad como vendedor de libros, llegue a la conclusión de que vender no era mi línea de negocio. Tuve que admitir entonces mis limitaciones y llegue a la conclusión de que yo no era un buen vendedor, por lo menos no un vendedor de libros, y peor en Guayaquil, a gente profesional, a gente de clase media y alta, a gente con educación generalmente alta y por tanto ilustrada, punto. Pero había que llenar el estomago, y para eso había que ganar comisiones vendiendo libros dondequiera que se pueda.
Me decidí por la provincia de Manabí, una provincia mayormente rural, con gente muy noble de sentimientos, con muy buenos ingresos pero de poca educación y por tanto poca ilustración, gente con la que no necesitaba una alta capacidad de vendedor para convencerle de que compre libros, aunque solo sea para adornar la sala de su casa con una enciclopedia y “apantallar” a los amigos intentando mostrar una cultura que aun estaba por llegarles.
Manabí era una provincia agrícola, con poco acceso a las dos grandes ciudades del Ecuador, Quito y Guayaquil, habitada por gente que después de las cosechas recibía mucho dinero por la venta del café que se iba a los mercados internacionales a través del puerto de Guayaquil, gente que a menudo no encontraba una buena forma de gastarse su dinero. Apunté a ese mercado, y no me equivoqué. Tres eran los elementos básicos de mi estrategia de ventas de libros en Manabí; Uno, me enfocaría en los productores cafeteros, los más conocidos en cada ciudad; Dos, me dedicaría a vender solo La Enciclopedia UTHEA, que era como casi un clon de la famosa y bien conocida Enciclopedia Británica a la que solo Google y Wikipedia, y eso muy recientemente, han podido destronar del mercado internacional, y; Tres, me dedicaría a este mercado en periodos de cosecha, cuando la gente de Manabí estaba con dinero sin destino cierto, y cuando mis viajes no interfirieran con mis estudios en el colegio.
No me fue difícil conseguir los nombres de los potenciales clientes para mis enciclopedias, solo tenía que llegar a una ciudad (eran en realidad pueblos pequeños en los que todo el mundo conocía a todo el mundo) y acercarme a la escuela o al colegio de la misma, para averiguar los nombres de los cafeteros más grandes. Esto lo conseguía en minutos. Luego, me acercaba a las casa de los potenciales clientes y les hacia una corta presentación personal, frente a toda su familia les mostraba mis folletos ilustrativos de la enciclopedia UTHEA.
Nunca tuve un problema para conseguir esta reunión familiar con esta gente muy noble e ingenua casi hasta la candidez. En cierto punto de mi presentación hacia un comentario acerca de lo bonito de su casa, de su sala, de sus muebles, de su comedor, y aquí es donde entraba la punta de mi estrategia; les comentaba que les faltaba una biblioteca donde pudieran lucir los libros que la familia leía y donde se mostrara el ancestral respeto de los manabas por el conocimiento, por la cultura y el estudio de las civilizaciones. “estoy seguro que todos ustedes leen, leen mucho pero desafortunadamente después de leer, sus libros a menudo son arrojados a la basura u olvidados en un rincón, esperando que alguien después de mucho tiempo los encuentre y vuelva a leerlos”. No hay nada como un libro para proveer conocimiento y cultura, y no hay nada como una enciclopedia, para resumir el conocimiento contenido en muchos libros, y no hay ninguna enciclopedia como la UTHEA”, agregaba yo, mostrándoles el folleto muy bien presentado a todo color, con los veinte volúmenes de mi enciclopedia, desplegados a lo largo y a lo ancho del folleto que una vez abierto ocupaba buena parte de la mesa del comedor. “Imagínense ustedes como se vería en esta sala esta maravillosa enciclopedia una vez colocada en un lindo mueble”; y continuaba; “seria la admiración de todos; amigos, familiares, autoridades, visitas de dentro y fuera de esta ciudad, y de toda persona que entre en esta casa y se dé cuenta que la gente que vive en esta casa es gente culta, gente ilustrada, gente que lee y que conoce el mundo y sus culturas”. El argumento era casi infalible.
Silencio total en la reunión por unos minutos, por allí de pronto salía una hija o un hijo que decía, “es cierto papá, nosotros deberíamos tener esa biblioteca, mira que los colores de los libros hacen juego con los muebles que compraste recientemente en Guayaquil”, mientras la madre miraba a su alrededor y asentía con la cabeza lo que el hijo o la hija habían dicho. En ese momento yo sabía que la venta estaba hecha y que mi trabajo había dado los frutos esperados. Unos momentos después el padre preguntaba cuanto costaba la enciclopedia y como se podía pagar, en menos de una hora la venta había concluido y yo salía con papeles firmados y con el compromiso de hacerle llegar la enciclopedia en menos de diez días. Muy a menudo mi visita terminaba con una invitación a almorzar o a cenar en la casa, sellando una relación comercial con el comienzo de una relación de amistad y de respeto mutuo.
Mi comisión sobre la venta de una enciclopedia era unos quinientos sucres, el equivalente de casi dos semanas de trabajo como cobrador, en tres o cuatro semanas en viajes a Manabí y vendiendo cinco o seis enciclopedias semanales, estaba generando ingresos por comisiones por unos ocho a diez mil sucres, dinero que era más que suficiente para mantenerme a flote por casi un año, y así pude inmediatamente volver al estándar de vida que tenía antes, solo que esta vez tenía más tiempo para estudiar puesto que mis ingresos y mis gastos habían llegado al punto de equilibrio. Admito que mi técnica de ventas no era enciclopédica, pero me ayudaba a vender mis enciclopedias, y llenaba mi presupuesto, a la vez que ayudaba a mejorar su autoestima a mis clientes de Manabí.
Gané esa batalla y pude dedicar más tiempo a estudiar y a leer. Nuestro profesor de literatura era don Rafael Díaz Ycaza, y su método de enseñanza a través de la lectura requería de mucho tiempo. Fueron esos los tiempos en que leí libros de literatura Universal como Los Miserables, de Víctor Hugo; Los Hermanos Karamasov y Crimen y Castigo de Fiodor Dostoyevsky; Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, El Paraíso Perdido de John Milton; La Ilíada y La Odisea del gran griego Homero, y muchos otros libros de ese calibre y de esa trascendencia literaria. Mi nuevo trabajo me vino de perlas!.
En uno de esos viajes a Manabí, llegue a la ciudad de Bahía de Caraquez, una pequeña ciudad de unos cinco mil habitantes que estaba unida a otra pequeña ciudad manabita, Chone, por una línea ferroviaria atendida por un auto ferro que hacía dos viajes diarios. Había concluido mi visita a Bahía y debía trasladarme a Chone, para lo cual fui a la estación pomposamente llamada Estación del Ferrocarril Bahía-Chone, y me acerque a comprar mi ticket para el efecto. La persona que atendía la ventanilla era un señor de unos cincuenta y cinco años quien me atendió muy cortésmente, indicándome que podía viajar en primera clase y me costaría cinco sucres el pasaje, pero lo podía hacer en segunda clase y el costo sería únicamente dos sucres. Contento por las ventas que había hecho esa semana, ordené un pasaje de primera, y entonces el encargado de la ventanilla me dio el ticket y me dijo:
“Vea señor, el horario oficial del autocarril dice que debe salir a las ocho de la mañana, pero, normalmente la gente empieza a venir a las nueve y media, por eso el tren sale entre las diez y las diez y media, así que usted que va en primera clase puede venir a las diez”. Me pareció medio extraño todo esto, casi me reí de todo esto, pero especialmente de la sugerencia, pero siguiendo el consejo del encargado de la boletería, así lo hice, llegue a la estación a las diez de la mañana y, en efecto, el autocarril salió a las diez y media, el motorista me había reservado un asiento de primera fila, muy cerca del suyo y allí me senté.
Me llamó la atención que no hubiera ninguna división entre los espacios para pasajeros de primera y de segunda, pero yo estaba satisfecho con mi asiento, así que no hice ningún comentario. Después de alrededor de veinte minutos del lento desplazamiento del auto ferro por las hermosas campiñas manabitas, pero cuando llegamos a una loma, este empezó a disminuir su velocidad cada vez mas hasta que se detuvo por completo. Entonces es cuando el motorista en voz alta dijo, “pasajeros de segunda, por favor bajarse a empujar”, y el carro quedó vacío, con solo el chofer y yo sentados, mientras los veinte y tantos pasajeros de “segunda” empujaban el auto ferro cuesta arriba hasta que llegó a una parte plana y pudo seguir su camino usando su propia fuerza propulsora. Este inesperado evento tomó alrededor de diez minutos y me dejó un recuerdo que ha perdurado por décadas y que me ha servido por muchos años para retomar este tema con mis amigos manabitas.
Esa fue la primera y la última vez que yo viaje en primera clase pagando mi propio boleto. Bastantes años después, ya como ejecutivo de varias empresas internacionales, viajé mucho y di algunas vueltas al mundo viajando en primera clase, pero siempre con mi pasaje pagado por mis empleadores, casi siempre con horarios puntuales, y sin que nunca más haya visto que los pasajeros de la calase turista hubieran tenido que empujar los aviones.
Hice un total de cuatro viajes a la hermosa provincia de Manabí en los primeros años de la década de los sesenta, cada uno de ellos fue muy productivo económicamente, pero, aun mas importante que eso, fué mi conocimiento de la gente de Manabí, su carácter noble, su transparencia, su don de gentes, su generosidad y su amor por la tierra que los vio nacer. Algunos de mis mejores amigos de hoy son manabitas de nacimiento, de corazón, de alma, algunos de ellos son también mis lectores.
Los ingresos que obtuve en mis viajes a Manabí me ayudaron a financiar mis últimos años de estudio en el Colegio Cesar Borja Lavayen, y se extendieron hasta que ingrese a la facultad de arquitectura de la Universidad de Guayaquil ese mismo año. Me gradué como bachiller en Humanidades Modernas con brillantes calificaciones el tres de abril de 1963.
En mi próximo capítulo: EXPUESTO A LA POLITICA
En Mayo de 1960 empecé mi tercer cuarto año y esta vez pasé en todas las materias y para mayo de 1961 ya estaba matriculándome en el quinto año. Pronto iba a cumplir 18 y estaba consciente de que ya era un hombre tanto por edad como por responsabilidades, al fin del ese año, hice mis resoluciones para el siguiente año y me prometí a mis mismo que volvería a mis estándares de excelencia académica y que no dejaría que nadie me supere en nada. Ya había me decepcionado suficiente a mis mismo y, por supuesto a mi madre al perder dos años seguidos, no tenia excusas, y nunca trate de buscar una, simplemente fallé, punto, pero era suficiente y no lo haría más, y no lo hice nunca más!. Nunca me senti cómodo hablando de este tema con nadie, porque sentía vergüenza de hacerlo, aun ahora no me siento bien al hacerlo, pero me ayuda el hablarles a ustedes de esto porque me redime, me saca de un invisible pero tangible purgatorio de frustración. Me hace entender que esto pasó en mis años de adolescente sin guardianes, los años más delicados de la vida de un joven que muy tempranamente se encontró viviendo sólo, cuidándose, o descuidándose sólo, en un mundo de adultos que tenían sus propias responsabilidades y preocupaciones y que no tenían, y no debían tener, ninguna responsabilidad sobre mí.
El lado bueno de eso es que después de ese par de años de crisis, de falta de responsabilidad (solo académica, gracias a Dios), surgió con fuerza mi carácter de hombre responsable, honorable, soñador, realizador, cumplidor, inteligente, serio, solidario, respetuoso, casi el modelo de hombre que mi madre me dijo que quería que yo fuera. De ella nació y a ella le debo mi carácter, mi forma de ser, mi personalidad y toda la fuerza que impulsó mi vida. Ella continua siendo, cuarenta y tres años después de su muerte, la brújula que guía mi camino, el Norte que sigo en mi camino, y a ella, sólo a ella, y a Dios, les daré cuentas de lo que hice con mi vida cuando llegue a estar a su lado.
Y, sin embargo de todo lo dicho, debo admitir que los años 1958 y 1959, los años perdidos, en el colegio, fueron los años en que mas maduré en muchas formas, especialmente en la forma como comencé a percibir el mundo que me rodeaba y mi rol en el mismo. Maduré en muchas aéreas en las que más tarde me desempeñe con excelencia, tales como mi puntualidad, mi responsabilidad en el trabajo, mi respeto a la autoridad y a la Ley, mi solidaridad con los pobres, mi amor por la patria chica y grande, mi respeto a los principios morales, a la ética en el trabajo y en las relaciones interpersonales, sin lo cual nada de lo que aprendí antes ni después me hubieran servido para llegar a donde llegué con tanto sacrificio. Nunca después de esos años, el dinero se convirtió en una meta de mi vida, este fue solo un medio para lograr el auto respeto que es el más importante de todos los respetos, pero para lograr también el respeto de todos aquellos hombres y mujeres con quienes tuve que interactuar en mi vida. Nunca atropellé los derechos de los demás para hacer prevalecer los míos, nunca fui acusado de nada, por nadie ante la justicia, y nunca me aproveché de ella para atropellar los derechos de nadie. Estoy orgulloso de mí mismo y esa es la mayor herencia que voy a dejar a mis hijos y a mis nietos cuando muera.
En 1961 me cambié de ser un cobrador a ser un vendedor de libros. Teóricamente era un ascenso de categoría, la realidad sin embargo chocó fuertemente contra las expectativas. En primer lugar, como vendedor yo debía vestirme más formalmente, con saco y corbata, lo cual afectaba mi presupuesto, en segundo lugar, debía buscar tutoría de gente mayor y con más conocimientos de la materia que no siempre estaba disponible, en tercer lugar, ya no podía desplazarme por la ciudad a pie o en bus, debía usar taxi, y todo eso seguía agregándose a un presupuesto que cada vez mostraba más gastos, sin que por el otro lado tenga algún ingreso asegurado porque los vendedores no teníamos sueldo. La comisión de vendedor era el 12% del valor de la venta y no tenia cuenta de gastos para reposición.
Pero lo que más me afectó, y tengo que admitirlo aunque no me guste, es que se hizo rápidamente evidente que yo no había nacido con el don de buen vendedor. No tenía la capacidad que parece ser innata en muchas personas, de convencer a lo demás sobre la bondad del producto que ofrecen y consiguen rápidamente convencerla de que lo compre. Vender libros no era lo mismo que vender pan caliente o cobrarle una letra a alguien que ya se había comprometido, con su firma, a pagarla a su vencimiento.
Después del primer trimestre como un vendedor, el resultado numérico era deplorable. Había ganado menos de la mitad de lo que ganaba como cobrador en tanto que había duplicado mis gastos. Había comenzado entonces a meterle la mano a mis ahorros de tres años de trabajo, que no eran muchos, pero eran mi más valioso activo, eran las reservas para tiempos malos, los que habían llegado, disfrazados de tiempos mejores, mas rápido de lo que yo me hubiera imaginado. Al final del segundo trimestre de mi actividad como vendedor de libros, llegue a la conclusión de que vender no era mi línea de negocio. Tuve que admitir entonces mis limitaciones y llegue a la conclusión de que yo no era un buen vendedor, por lo menos no un vendedor de libros, y peor en Guayaquil, a gente profesional, a gente de clase media y alta, a gente con educación generalmente alta y por tanto ilustrada, punto. Pero había que llenar el estomago, y para eso había que ganar comisiones vendiendo libros dondequiera que se pueda.
Me decidí por la provincia de Manabí, una provincia mayormente rural, con gente muy noble de sentimientos, con muy buenos ingresos pero de poca educación y por tanto poca ilustración, gente con la que no necesitaba una alta capacidad de vendedor para convencerle de que compre libros, aunque solo sea para adornar la sala de su casa con una enciclopedia y “apantallar” a los amigos intentando mostrar una cultura que aun estaba por llegarles.
Manabí era una provincia agrícola, con poco acceso a las dos grandes ciudades del Ecuador, Quito y Guayaquil, habitada por gente que después de las cosechas recibía mucho dinero por la venta del café que se iba a los mercados internacionales a través del puerto de Guayaquil, gente que a menudo no encontraba una buena forma de gastarse su dinero. Apunté a ese mercado, y no me equivoqué. Tres eran los elementos básicos de mi estrategia de ventas de libros en Manabí; Uno, me enfocaría en los productores cafeteros, los más conocidos en cada ciudad; Dos, me dedicaría a vender solo La Enciclopedia UTHEA, que era como casi un clon de la famosa y bien conocida Enciclopedia Británica a la que solo Google y Wikipedia, y eso muy recientemente, han podido destronar del mercado internacional, y; Tres, me dedicaría a este mercado en periodos de cosecha, cuando la gente de Manabí estaba con dinero sin destino cierto, y cuando mis viajes no interfirieran con mis estudios en el colegio.
No me fue difícil conseguir los nombres de los potenciales clientes para mis enciclopedias, solo tenía que llegar a una ciudad (eran en realidad pueblos pequeños en los que todo el mundo conocía a todo el mundo) y acercarme a la escuela o al colegio de la misma, para averiguar los nombres de los cafeteros más grandes. Esto lo conseguía en minutos. Luego, me acercaba a las casa de los potenciales clientes y les hacia una corta presentación personal, frente a toda su familia les mostraba mis folletos ilustrativos de la enciclopedia UTHEA.
Nunca tuve un problema para conseguir esta reunión familiar con esta gente muy noble e ingenua casi hasta la candidez. En cierto punto de mi presentación hacia un comentario acerca de lo bonito de su casa, de su sala, de sus muebles, de su comedor, y aquí es donde entraba la punta de mi estrategia; les comentaba que les faltaba una biblioteca donde pudieran lucir los libros que la familia leía y donde se mostrara el ancestral respeto de los manabas por el conocimiento, por la cultura y el estudio de las civilizaciones. “estoy seguro que todos ustedes leen, leen mucho pero desafortunadamente después de leer, sus libros a menudo son arrojados a la basura u olvidados en un rincón, esperando que alguien después de mucho tiempo los encuentre y vuelva a leerlos”. No hay nada como un libro para proveer conocimiento y cultura, y no hay nada como una enciclopedia, para resumir el conocimiento contenido en muchos libros, y no hay ninguna enciclopedia como la UTHEA”, agregaba yo, mostrándoles el folleto muy bien presentado a todo color, con los veinte volúmenes de mi enciclopedia, desplegados a lo largo y a lo ancho del folleto que una vez abierto ocupaba buena parte de la mesa del comedor. “Imagínense ustedes como se vería en esta sala esta maravillosa enciclopedia una vez colocada en un lindo mueble”; y continuaba; “seria la admiración de todos; amigos, familiares, autoridades, visitas de dentro y fuera de esta ciudad, y de toda persona que entre en esta casa y se dé cuenta que la gente que vive en esta casa es gente culta, gente ilustrada, gente que lee y que conoce el mundo y sus culturas”. El argumento era casi infalible.
Silencio total en la reunión por unos minutos, por allí de pronto salía una hija o un hijo que decía, “es cierto papá, nosotros deberíamos tener esa biblioteca, mira que los colores de los libros hacen juego con los muebles que compraste recientemente en Guayaquil”, mientras la madre miraba a su alrededor y asentía con la cabeza lo que el hijo o la hija habían dicho. En ese momento yo sabía que la venta estaba hecha y que mi trabajo había dado los frutos esperados. Unos momentos después el padre preguntaba cuanto costaba la enciclopedia y como se podía pagar, en menos de una hora la venta había concluido y yo salía con papeles firmados y con el compromiso de hacerle llegar la enciclopedia en menos de diez días. Muy a menudo mi visita terminaba con una invitación a almorzar o a cenar en la casa, sellando una relación comercial con el comienzo de una relación de amistad y de respeto mutuo.
Mi comisión sobre la venta de una enciclopedia era unos quinientos sucres, el equivalente de casi dos semanas de trabajo como cobrador, en tres o cuatro semanas en viajes a Manabí y vendiendo cinco o seis enciclopedias semanales, estaba generando ingresos por comisiones por unos ocho a diez mil sucres, dinero que era más que suficiente para mantenerme a flote por casi un año, y así pude inmediatamente volver al estándar de vida que tenía antes, solo que esta vez tenía más tiempo para estudiar puesto que mis ingresos y mis gastos habían llegado al punto de equilibrio. Admito que mi técnica de ventas no era enciclopédica, pero me ayudaba a vender mis enciclopedias, y llenaba mi presupuesto, a la vez que ayudaba a mejorar su autoestima a mis clientes de Manabí.
Gané esa batalla y pude dedicar más tiempo a estudiar y a leer. Nuestro profesor de literatura era don Rafael Díaz Ycaza, y su método de enseñanza a través de la lectura requería de mucho tiempo. Fueron esos los tiempos en que leí libros de literatura Universal como Los Miserables, de Víctor Hugo; Los Hermanos Karamasov y Crimen y Castigo de Fiodor Dostoyevsky; Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, El Paraíso Perdido de John Milton; La Ilíada y La Odisea del gran griego Homero, y muchos otros libros de ese calibre y de esa trascendencia literaria. Mi nuevo trabajo me vino de perlas!.
En uno de esos viajes a Manabí, llegue a la ciudad de Bahía de Caraquez, una pequeña ciudad de unos cinco mil habitantes que estaba unida a otra pequeña ciudad manabita, Chone, por una línea ferroviaria atendida por un auto ferro que hacía dos viajes diarios. Había concluido mi visita a Bahía y debía trasladarme a Chone, para lo cual fui a la estación pomposamente llamada Estación del Ferrocarril Bahía-Chone, y me acerque a comprar mi ticket para el efecto. La persona que atendía la ventanilla era un señor de unos cincuenta y cinco años quien me atendió muy cortésmente, indicándome que podía viajar en primera clase y me costaría cinco sucres el pasaje, pero lo podía hacer en segunda clase y el costo sería únicamente dos sucres. Contento por las ventas que había hecho esa semana, ordené un pasaje de primera, y entonces el encargado de la ventanilla me dio el ticket y me dijo:
“Vea señor, el horario oficial del autocarril dice que debe salir a las ocho de la mañana, pero, normalmente la gente empieza a venir a las nueve y media, por eso el tren sale entre las diez y las diez y media, así que usted que va en primera clase puede venir a las diez”. Me pareció medio extraño todo esto, casi me reí de todo esto, pero especialmente de la sugerencia, pero siguiendo el consejo del encargado de la boletería, así lo hice, llegue a la estación a las diez de la mañana y, en efecto, el autocarril salió a las diez y media, el motorista me había reservado un asiento de primera fila, muy cerca del suyo y allí me senté.
Me llamó la atención que no hubiera ninguna división entre los espacios para pasajeros de primera y de segunda, pero yo estaba satisfecho con mi asiento, así que no hice ningún comentario. Después de alrededor de veinte minutos del lento desplazamiento del auto ferro por las hermosas campiñas manabitas, pero cuando llegamos a una loma, este empezó a disminuir su velocidad cada vez mas hasta que se detuvo por completo. Entonces es cuando el motorista en voz alta dijo, “pasajeros de segunda, por favor bajarse a empujar”, y el carro quedó vacío, con solo el chofer y yo sentados, mientras los veinte y tantos pasajeros de “segunda” empujaban el auto ferro cuesta arriba hasta que llegó a una parte plana y pudo seguir su camino usando su propia fuerza propulsora. Este inesperado evento tomó alrededor de diez minutos y me dejó un recuerdo que ha perdurado por décadas y que me ha servido por muchos años para retomar este tema con mis amigos manabitas.
Esa fue la primera y la última vez que yo viaje en primera clase pagando mi propio boleto. Bastantes años después, ya como ejecutivo de varias empresas internacionales, viajé mucho y di algunas vueltas al mundo viajando en primera clase, pero siempre con mi pasaje pagado por mis empleadores, casi siempre con horarios puntuales, y sin que nunca más haya visto que los pasajeros de la calase turista hubieran tenido que empujar los aviones.
Hice un total de cuatro viajes a la hermosa provincia de Manabí en los primeros años de la década de los sesenta, cada uno de ellos fue muy productivo económicamente, pero, aun mas importante que eso, fué mi conocimiento de la gente de Manabí, su carácter noble, su transparencia, su don de gentes, su generosidad y su amor por la tierra que los vio nacer. Algunos de mis mejores amigos de hoy son manabitas de nacimiento, de corazón, de alma, algunos de ellos son también mis lectores.
Los ingresos que obtuve en mis viajes a Manabí me ayudaron a financiar mis últimos años de estudio en el Colegio Cesar Borja Lavayen, y se extendieron hasta que ingrese a la facultad de arquitectura de la Universidad de Guayaquil ese mismo año. Me gradué como bachiller en Humanidades Modernas con brillantes calificaciones el tres de abril de 1963.
En mi próximo capítulo: EXPUESTO A LA POLITICA
Saturday, April 14, 2012
MI PRIMERA EXPERIENCIA SEXUAL
Como a las doce de la noche, cuando el trío dejó el escenario con aplausos no muy entusiastas de la audiencia, comenzó realmente el show. Bajo estruendosos aplausos del público, dos hermosas y muy jóvenes chicas de alrededor de 21 años, vestidas con muy escasa y sugestiva ropa, salieron al escenario bailando al son de la música tropical tocada por el conjunto, movían sus cuerpos sugestivamente mostrando sus jóvenes y bien formados cuerpos. Las luces de colores y en movimiento resaltaban el humo de los cigarrillos que casi todos los presentes nerviosamente fumaban y que todos aspirábamos. La poca ropa que las chicas llevaban al comenzar el show iba haciéndose aun más escasa a medida que los minutos avanzaban y la emoción del público subía, era un show de strip tease, al estilo de las mejores películas francesas que por aquellos tiempos se exhibían en el teatro Apolo del cual yo era ya un asiduo espectador.
Me sentía algo nervioso pero estaba emocionado al máximo, hasta entonces solo había visto un espectáculo como este en el cine y pensé para mis adentros “esto sí que es un verdadero espectáculo para adultos”, tenía una cerveza pequeña en mis manos y me la bebí en menos de cinco minutos. Ni bien me había terminado mi cerveza mis amigos habían ordenado otra para ellos y también para mi, esta también me la tomé cual si fuera agua. En pocos minutos empecé a sentir mi cabeza muy ligera, escuchaba la música como si estuviera más lejos de lo que en realidad estaba, y de pronto una chica muy joven se sentó a mi lado y empezó a hablarme.
De aproximadamente un metro cincuenta y cinco de estatura, ella era trigueña, de ojos cafés y de largas y risadas pestañas, en su cabeza, una coqueta colita de caballo sostenía su pelo hacia atrás mientras un simpático mechón le llegaba a la frente, haciéndola mas atractiva. Con zapatos de taco muy alto, Elisa (dijo que se llamaba), vestía una mini falda de color azul pastel con un escote que dejaba buena parte de su hermoso pecho a la vista, así como buena parte de sus bien torneadas piernas, siempre dejando lo mejor para la imaginación. Sus labios estaban pintados con un color rojo encendido que el brillo de las luces que intermitentemente pasaban por su rostro, le agregaba aun más belleza a su hermosa cara. Media hora mas tarde, el show de las chicas del strip tease había terminado y comenzó la orquesta a tocar música para que el público bailara con las jóvenes y atractivas chicas del lugar.
Mientras me hablaba, Elisa se me acercaba cada vez más en el asiento, casi empujándome y me decía cosas sin que yo pudiera oírle por el ruido de la música; solo pude escuchar que me decía algo así como “cariño, quiero que bailemos”, en tanto que yo suavemente me retiraba con una mezcla de temor y de vergüenza. Nunca había tenido a una chica así tan cerca y menos tan insinuante, no sabía cómo reaccionar, sentía una mezcla de vergüenza, de placer y de temor y seguí retirándome en el asiento hasta que no tuve más espacio para hacerlo. En este punto y después de superar mis dudas, decidí que debía “cooperar” con ella. Tomé su mano derecha y nerviosamente le di un beso. Ella retornó mi muestra de “coraje” con un beso en mi cuello, dejando en él una marca roja de sus labios y enviando a todo mi cuerpo algo una descarga de corriente eléctrica de alta tensión, que me estremeció totalmente hasta la confusión total. Ella continuó tomándome de las manos y sobándolas, abrazándome, acariciándome y besándome, mientras trataba de iniciar una conversación que cada vez se me hacia mas difícil por mi timidez y por el ruido de la música.
Yo tenía una enorme confusión que me llevaba a la consecuente indecisión sobre si le seguía la corriente o me echaba para atrás, arruinando una situación que me gustaba, que en realidad me fascinaba, pero que no sabía a dónde me iba a llevar ni como debía manejarla. Ella continuó acariciándome y pidiéndome que le devolviera sus besos, lo que al fin hice, y al hacerlo sentí una satisfacción indescriptible de estar entrando en el mundo de los adultos, en un mundo que me lucía cada vez más fascinante pero que al mismo tiempo me causaba gran temor. Entretanto, mis amigos bailaban alegremente con sus respectivas parejas y de vez en cuando nos miraban y socarronamente sonreían.
Después de alrededor de media hora, mis amigos pararon de bailar y con sus parejas volvieron a nuestra mesa, sudaban y deseaban tomar un descanso mientras me animaban a salir a bailar con mi pareja que había continuado su “cortejo” hasta que logró convencerme. Yo no sabía bailar y debo haber parecido un palo de escoba moviéndome alrededor de ella. Solo bailamos dos canciones y le pedí que regresáramos a la mesa, donde mis amigos reían y se divertían a rabiar con sus amigas de esa noche, mientras bebían su cerveza.
De repente, el “flaco” Flores, el mayor de nuestro grupo y líder de la expedición de esta noche, pidió a mi amiga que saliera a bailar con él, lo cual ella hizo sin dudar. Me senti algo incomodo con eso, especialmente cuando note que “el flaco” le hablaba a Elisa en el oído; tal vez yo estaba celoso (hasta entonces no sabía lo que eran los celos), porque creía que ya había establecido yo un vínculo especial con ella y me sentía casi como con derecho de propiedad sobre esta chica (por lo menos por esa noche).
Me moría de ganas de saber que era lo que el flaco le decía, llegue a pensar que era desleal de parte de mi amigo sacar a bailar a mi amiga y flirtear con ella, cuando el tenia su propia pareja, pero supe guardar mi compostura y sonreí cuando regresaron a la mesa y ella tomó mi mano nuevamente y la volvió a acariciar. Estaba confundido y no sabía si decirle a ella sobre mis celos o simplemente dejar que este evento no dañara la diversión de esta noche. Escogí lo segundo.
Un minuto más tarde Elisa me pidió que saliéramos a bailar un bolero que tocaba la orquesta y esta vez decidí que cooperaria con ella de principio a fin, pero antes, no pude detener las ganas de preguntarle sobre qué conversaba con mi amigo mientras bailaban. “nada importante, cariño” me dijo, “eres tu quien me gusta, y para demostrártelo, quisiera irme a la cama contigo esta noche, para que veas cuanto me gustas”, y siguió; “olvida a tus amigos”, ellos tienen sus propias parejas y nosotros hagamos lo nuestro”. La sangre se me fue a la cabeza, estaba realmente entusiasmado, pero sabía que esto no era gratis, por más que ella era muy bonita, bien vestida y agradable, era una prostituta, y yo no tenía plata, pero además tenía miedo, sería mi primera vez, y no estaba seguro si debía hacerlo y más importante aún, si podría hacerlo.
Me había metido en una situación difícil, quería hacerlo, pero a la vez temía hacerlo, pero más importante aún, no podría hacerlo si no tenía dinero para pagar a la chica, y así se lo dije en un momento en que mi deseo era muy grande pero se golpeo contra la enorme pared de la realidad; “Elisa, cariño, deseo con toda el alma estar contigo esta noche, pero no tengo dinero para pagarte, no puede ser esta noche, tendrá que ser otro dia, te lo prometo”. “No te preocupes cariño”, me dijo, y agregó; “no lo haré por dinero, lo haré porque me gustas”, y concluyó “no te preocupes, todo va a estar bien, te va a gustar, ya lo vas a ver”. La conversación continuó por otros diez minutos hasta que sentí que mi carne era más fuerte que mi cerebro, senti que esta moderna Eva me había finalmente convencido para comerme la manzana, sin importar las consecuencias.
Unos minutos después nos dirigíamos a una habitación en la parte trasera del club, donde una cama matrimonial muy limpia ocupaba buena parte del espacio. Dos lámparas de luz muy tenue a los lados de la cama alumbraban la habitación, lo suficiente para permitirme ver como lenta y sensualmente Elisa se desvestía ante mis ojos mientras yo sentía que toda la sangre de mi cuerpo se me iba a la cabeza y me transportaba a espacios y sensaciones jamás antes sentidas pero esperadas casi con desesperación.
Bailamos tango horizontalmente por cerca de una hora, era mi primera experiencia sexual con una mujer adulta, y fue la gloria, era como tocar el cielo con mis manos, era como si hubiera abierto la puerta del paraíso para poder ver adentro la vida en todo su esplendor. Después de ese momento, mentalmente bajé del cielo y me dije, “ya soy un hombre adulto” un adulto hecho y derecho, un adulto extremadamente feliz…
Lo hicimos dos veces y después de diez minutos yo quería mas, pero Elisa debía seguir las reglas de la casa, había pasado ya una hora y debía ceder la habitación. Me dijo que yo la había dejado exhausta y que ella lo había disfrutado tanto como yo, y al fin, muy a mi pesar, tuve que ducharme y vestirme para regresar al salón principal donde debían estar esperándome mis amigos.
Lo que yo no sabía, y ni siquiera lo había sospechado, es que mis amigotes habían sido testigos de todo a través de un hueco en la pared, desde donde se podía ver todo lo que pasaba en la habitación de madera donde había hecho mi debut. Tampoco me sospechaba que ellos habían pagado a la chica para que “graciosamente” me insinuara primero y luego me insistiera, que vayamos a la cama sin que tuviera que pagarle. Le habían dicho que yo era sexualmente virgen y que a ella le vendría bien “comerse un virgo” mientras a ellos les divertiría presenciar el espectáculo.
Mis “amigos” reían a más no poder mientras regresábamos en el taxi a nuestros domicilios, la satisfacción que sentían de que su “mascota” que era yo, hiciera un buen papel, bien había valido el precio que habían pagado. Al principio no me divirtió saber lo que habían hecho, y se los dije, casi enojado, pero finalmente terminé riendo con ellos y festejando el resultado.
Aprendí entonces que algunas veces uno puede y debe reírse de sí mismo sin lastimar su auto estima. Era una noche de un crudo invierno del año 1959, cuando yo aun no había cumplido los diecisiete años de edad pero ese dia había llegado a ser un adulto en toda la extensión de la palabra.
En mi próximo capítulo: YO NO FUI UN GRAN VENDEDOR
Me sentía algo nervioso pero estaba emocionado al máximo, hasta entonces solo había visto un espectáculo como este en el cine y pensé para mis adentros “esto sí que es un verdadero espectáculo para adultos”, tenía una cerveza pequeña en mis manos y me la bebí en menos de cinco minutos. Ni bien me había terminado mi cerveza mis amigos habían ordenado otra para ellos y también para mi, esta también me la tomé cual si fuera agua. En pocos minutos empecé a sentir mi cabeza muy ligera, escuchaba la música como si estuviera más lejos de lo que en realidad estaba, y de pronto una chica muy joven se sentó a mi lado y empezó a hablarme.
De aproximadamente un metro cincuenta y cinco de estatura, ella era trigueña, de ojos cafés y de largas y risadas pestañas, en su cabeza, una coqueta colita de caballo sostenía su pelo hacia atrás mientras un simpático mechón le llegaba a la frente, haciéndola mas atractiva. Con zapatos de taco muy alto, Elisa (dijo que se llamaba), vestía una mini falda de color azul pastel con un escote que dejaba buena parte de su hermoso pecho a la vista, así como buena parte de sus bien torneadas piernas, siempre dejando lo mejor para la imaginación. Sus labios estaban pintados con un color rojo encendido que el brillo de las luces que intermitentemente pasaban por su rostro, le agregaba aun más belleza a su hermosa cara. Media hora mas tarde, el show de las chicas del strip tease había terminado y comenzó la orquesta a tocar música para que el público bailara con las jóvenes y atractivas chicas del lugar.
Mientras me hablaba, Elisa se me acercaba cada vez más en el asiento, casi empujándome y me decía cosas sin que yo pudiera oírle por el ruido de la música; solo pude escuchar que me decía algo así como “cariño, quiero que bailemos”, en tanto que yo suavemente me retiraba con una mezcla de temor y de vergüenza. Nunca había tenido a una chica así tan cerca y menos tan insinuante, no sabía cómo reaccionar, sentía una mezcla de vergüenza, de placer y de temor y seguí retirándome en el asiento hasta que no tuve más espacio para hacerlo. En este punto y después de superar mis dudas, decidí que debía “cooperar” con ella. Tomé su mano derecha y nerviosamente le di un beso. Ella retornó mi muestra de “coraje” con un beso en mi cuello, dejando en él una marca roja de sus labios y enviando a todo mi cuerpo algo una descarga de corriente eléctrica de alta tensión, que me estremeció totalmente hasta la confusión total. Ella continuó tomándome de las manos y sobándolas, abrazándome, acariciándome y besándome, mientras trataba de iniciar una conversación que cada vez se me hacia mas difícil por mi timidez y por el ruido de la música.
Yo tenía una enorme confusión que me llevaba a la consecuente indecisión sobre si le seguía la corriente o me echaba para atrás, arruinando una situación que me gustaba, que en realidad me fascinaba, pero que no sabía a dónde me iba a llevar ni como debía manejarla. Ella continuó acariciándome y pidiéndome que le devolviera sus besos, lo que al fin hice, y al hacerlo sentí una satisfacción indescriptible de estar entrando en el mundo de los adultos, en un mundo que me lucía cada vez más fascinante pero que al mismo tiempo me causaba gran temor. Entretanto, mis amigos bailaban alegremente con sus respectivas parejas y de vez en cuando nos miraban y socarronamente sonreían.
Después de alrededor de media hora, mis amigos pararon de bailar y con sus parejas volvieron a nuestra mesa, sudaban y deseaban tomar un descanso mientras me animaban a salir a bailar con mi pareja que había continuado su “cortejo” hasta que logró convencerme. Yo no sabía bailar y debo haber parecido un palo de escoba moviéndome alrededor de ella. Solo bailamos dos canciones y le pedí que regresáramos a la mesa, donde mis amigos reían y se divertían a rabiar con sus amigas de esa noche, mientras bebían su cerveza.
De repente, el “flaco” Flores, el mayor de nuestro grupo y líder de la expedición de esta noche, pidió a mi amiga que saliera a bailar con él, lo cual ella hizo sin dudar. Me senti algo incomodo con eso, especialmente cuando note que “el flaco” le hablaba a Elisa en el oído; tal vez yo estaba celoso (hasta entonces no sabía lo que eran los celos), porque creía que ya había establecido yo un vínculo especial con ella y me sentía casi como con derecho de propiedad sobre esta chica (por lo menos por esa noche).
Me moría de ganas de saber que era lo que el flaco le decía, llegue a pensar que era desleal de parte de mi amigo sacar a bailar a mi amiga y flirtear con ella, cuando el tenia su propia pareja, pero supe guardar mi compostura y sonreí cuando regresaron a la mesa y ella tomó mi mano nuevamente y la volvió a acariciar. Estaba confundido y no sabía si decirle a ella sobre mis celos o simplemente dejar que este evento no dañara la diversión de esta noche. Escogí lo segundo.
Un minuto más tarde Elisa me pidió que saliéramos a bailar un bolero que tocaba la orquesta y esta vez decidí que cooperaria con ella de principio a fin, pero antes, no pude detener las ganas de preguntarle sobre qué conversaba con mi amigo mientras bailaban. “nada importante, cariño” me dijo, “eres tu quien me gusta, y para demostrártelo, quisiera irme a la cama contigo esta noche, para que veas cuanto me gustas”, y siguió; “olvida a tus amigos”, ellos tienen sus propias parejas y nosotros hagamos lo nuestro”. La sangre se me fue a la cabeza, estaba realmente entusiasmado, pero sabía que esto no era gratis, por más que ella era muy bonita, bien vestida y agradable, era una prostituta, y yo no tenía plata, pero además tenía miedo, sería mi primera vez, y no estaba seguro si debía hacerlo y más importante aún, si podría hacerlo.
Me había metido en una situación difícil, quería hacerlo, pero a la vez temía hacerlo, pero más importante aún, no podría hacerlo si no tenía dinero para pagar a la chica, y así se lo dije en un momento en que mi deseo era muy grande pero se golpeo contra la enorme pared de la realidad; “Elisa, cariño, deseo con toda el alma estar contigo esta noche, pero no tengo dinero para pagarte, no puede ser esta noche, tendrá que ser otro dia, te lo prometo”. “No te preocupes cariño”, me dijo, y agregó; “no lo haré por dinero, lo haré porque me gustas”, y concluyó “no te preocupes, todo va a estar bien, te va a gustar, ya lo vas a ver”. La conversación continuó por otros diez minutos hasta que sentí que mi carne era más fuerte que mi cerebro, senti que esta moderna Eva me había finalmente convencido para comerme la manzana, sin importar las consecuencias.
Unos minutos después nos dirigíamos a una habitación en la parte trasera del club, donde una cama matrimonial muy limpia ocupaba buena parte del espacio. Dos lámparas de luz muy tenue a los lados de la cama alumbraban la habitación, lo suficiente para permitirme ver como lenta y sensualmente Elisa se desvestía ante mis ojos mientras yo sentía que toda la sangre de mi cuerpo se me iba a la cabeza y me transportaba a espacios y sensaciones jamás antes sentidas pero esperadas casi con desesperación.
Bailamos tango horizontalmente por cerca de una hora, era mi primera experiencia sexual con una mujer adulta, y fue la gloria, era como tocar el cielo con mis manos, era como si hubiera abierto la puerta del paraíso para poder ver adentro la vida en todo su esplendor. Después de ese momento, mentalmente bajé del cielo y me dije, “ya soy un hombre adulto” un adulto hecho y derecho, un adulto extremadamente feliz…
Lo hicimos dos veces y después de diez minutos yo quería mas, pero Elisa debía seguir las reglas de la casa, había pasado ya una hora y debía ceder la habitación. Me dijo que yo la había dejado exhausta y que ella lo había disfrutado tanto como yo, y al fin, muy a mi pesar, tuve que ducharme y vestirme para regresar al salón principal donde debían estar esperándome mis amigos.
Lo que yo no sabía, y ni siquiera lo había sospechado, es que mis amigotes habían sido testigos de todo a través de un hueco en la pared, desde donde se podía ver todo lo que pasaba en la habitación de madera donde había hecho mi debut. Tampoco me sospechaba que ellos habían pagado a la chica para que “graciosamente” me insinuara primero y luego me insistiera, que vayamos a la cama sin que tuviera que pagarle. Le habían dicho que yo era sexualmente virgen y que a ella le vendría bien “comerse un virgo” mientras a ellos les divertiría presenciar el espectáculo.
Mis “amigos” reían a más no poder mientras regresábamos en el taxi a nuestros domicilios, la satisfacción que sentían de que su “mascota” que era yo, hiciera un buen papel, bien había valido el precio que habían pagado. Al principio no me divirtió saber lo que habían hecho, y se los dije, casi enojado, pero finalmente terminé riendo con ellos y festejando el resultado.
Aprendí entonces que algunas veces uno puede y debe reírse de sí mismo sin lastimar su auto estima. Era una noche de un crudo invierno del año 1959, cuando yo aun no había cumplido los diecisiete años de edad pero ese dia había llegado a ser un adulto en toda la extensión de la palabra.
En mi próximo capítulo: YO NO FUI UN GRAN VENDEDOR
Sunday, March 11, 2012
ENTRANDO AL MUNDO DE LOS JOVENES ADULTOS
Fui un cobrador de la Editorial González Porto por tres años seguidos, probablemente los años más productivos y valiosos de mi vida hasta ese momento, porque en ese periodo aprendí la sabiduría de la calle y aprendí a diferenciar entre lo bueno, lo malo y lo feo de la gente con quien trataba. Conocí la ciudad de Guayaquil de cabo a rabo, conocí cada esquina de cada calle, cada línea de buses y su recorrido. Cada sitio importante de la ciudad era como parte del patio de mi casa, aprendí a amar a mi ciudad tanto como a Pallatanga, al pueblito donde nací y donde viví hasta los once años. Por eso me siento orgulloso de sentirme guayaquileño como el que más, porque amo a Guayaquil, porque amo sus calles, sus parques y sus plazas, amo “El Salado” como amo al Rio Guayas, y como amo al Cerro Santa Ana y al Cerro del Carmen, por eso siento y siempre le digo a Guayaquil como en la canción, “me gusta todo lo tuyo, todo me gusta de ti”, por eso, me gusta ir a Guayaquil cada verano y pasar unos meses en mi ciudad, disfrutando de mis familiares cercanos, de mis amigos, de mi club, de mi deporte favorito, de la deliciosa comida guayaquileña, de los cangrejos, del arroz con menestra con carne y patacones, de la guatita, el encebollado de pescado, etc., etc.
Los tres años de trabajo en González Porto fueron un extraordinario periodo de transición entre mi niñez prematuramente concluida, mi adolescencia casi imperceptible, mi juventud y mi temprana entrada al mundo de los adultos cuando apenas había cumplido diecisiete años. Paralelamente estos fueron tres años en que mi formación académica formal tuvo un pequeño retraso, del cual hablaré más adelante.
Ingrese al Colegio Cesar Borja Lavayen casi simultáneamente con mi cambio de trabajo desde la panadería La Delicia a la Editorial González Porto. Me convertí en el estudiante más joven del colegio a pesar de ingresar al cuarto año de secundaria, porque de acuerdo con los reglamentos vigentes, a este colegio Nocturno solo podían ingresar estudiantes mayores de dieciocho años y yo solo tenía dieciséis. Conseguimos una dispensa especial del Ministerio de Educación para que yo pudiera ingresar, después de presentar certificados de trabajo y de afiliación al Seguro Social.
Mis compañeros adultos, algunos de hasta cuarenta años de edad, pero en promedio, mayores de veintidós, me adoptaron como su “mascota”, por mi edad y por mi estatura.
Muchos de mis compañeros eran casados y tenían una familia con hijos, algunos de ellos eran excelentes jefes de familia, eran hombres hechos y derechos que podían servir de modelos de gente decente y trabajadora, pero también había de los otros, de los que se gastaban gran parte de su sueldo en cerveza o en trago y no habían madurado lo suficiente para enrumbar sus vidas por la ruta más correcta, algunos hacían alarde de haber probado y de que les gustaba la mariguana. La mayoría eran gente muy buena, alegres, fiesteros, parranderos, mujeriegos y hacían alarde de ello. Ellos eran solteros de entre 22 y 30 años, hombres adultos con trabajos de toda clase, desde mensajeros de bancos y de otros negocios, hasta profesores de primaria y vendedores de toda clase de artículos. Tres de mis compañeros eran calificadores de banano en el puerto de Guayaquil, un trabajo muy bien remunerado y en el que tenían la oportunidad de ganar “propinas” que no eran otra cosa que “mordidas”, para calificar la fruta que pasaba a ser exportada. Estos eran los que ganaban más dinero y los que más se divertían también. Con ellos probé por primera vez, y confieso que no me gustó, la cerveza. En una noche de juerga, ellos intentaron hacerme fumar mariguana mientras ellos lo hacían. El olor del humo que ellos echaban eran tan desagradable que me rehusé a probar el “pito”, y nunca lo hice. Varios años después, en la Universidad, en Nueva York, otros compañeros intentaron lo mismo y me volví a rehusar. Simplemente no lo encontraba atractivo y no lo hice. Nunca me arrepentiré de no haberlo hecho!
Lo que si me interesó desde el principio fueron las fiestas, y, desde luego, en ellas el flirteo con las chicas. Mi clase era un microcosmos de una sociedad en proceso de maduración, con todas sus virtudes y defectos, y en ese microcosmos entré cuando aún era un niño y allí me mantuve hasta que prematuramente me hice un adulto. En el proceso fui afectado tanto positiva como negativamente. Mi rendimiento como estudiante dejó de ser bueno y empezó a ser mediocre, o menos que eso. A pesar de que seguía siendo un muy buen estudiante en ciencias exactas y especialmente en Matemáticas y Física, perdí dos años seguidos en la materia de Química Inorgánica.
Confieso que me sentía extremadamente incomodo con esa materia y por tanto no le ponía interés, pero también es cierto que el profesor no era exactamente un motivador. Era un medico mediocre que no hacía otra cosa que repetir en clase las áridas explicaciones del libro, sin una pisca de interés por la comprensión de los estudiantes, nunca, jamás ni siquiera se menciono en esta clase la palabra “laboratorio”, no me explico entonces como diablos se esperaba que los estudiantes aprendiéramos algo de química. Lección tras lección eran sus clases, y eso termino por aburrirme hasta el límite de mi interés por la materia. No fueron años del todo perdidos, porque maduré mucho, porque durante ese tiempo me hice hombre, me hice más consciente del mundo que me rodeaba, aprendí a valorar el tiempo y las consecuencias de no usarlo adecuadamente, aprendí a conocerme a mí mismo y al mundo que me rodeaba. Por eso, cuando finalmente me gradué de bachiller en el año 1963, lo hice de forma brillante. Todavía recuerdo con mucha nostalgia la felicitación de mis maestros de Matemáticas, de Literatura, de Historia, quienes abrazándome para despedirse me decían que me deseaban lo mejor, porque estaba preparado para ello. No se equivocaron.
Uno de mis compañeros de clase era Jorge Bravo Landin, un hombre de entre cuarenta y cinco y cincuenta años de edad, completamente ciego. El grababa todas las clases en una pequeña grabadora portátil, mientras tomaba notas en su tableta de Braille, escribía tan rápidamente que iba al mismo ritmo que el resto de estudiantes. Jorge tocaba muy bien la guitarra, el acordeón, la armónica, el piano y la flauta. Cantaba con una suave y acompasada voz; tenía un sentido extraordinario para la música, y le gustaba complacernos cuando algunas noches le invitábamos a salir a dar serenatas a nuestras enamoradas, a pesar de las pesadas bromas que a veces le jugábamos, abusando su condición de ciego.
Un dia, después de clases (estas terminaban a las once de la noche), salimos con Jorge a dar una serenata a la enamorada de nuestro común amigo “motita” Calderón en la calle Santa Rosa, intersección con Clemente Ballen. Esa noche Jorge llevó su guitarra con el y canto una serie de románticos boleros debajo de la ventana de la novia de nuestro amigo, pero habíamos preparado una sorpresa para Jorge: antes de que catara su última canción, nosotros (un grupo de cuatro), nos alejamos un poco del balcón de la “Julieta” de la ocasión, y nos escondimos detrás de las columnas de la casa vecina, simulando habernos ido del lugar. Terminada la canción, Jorge Bravo empezó a hablarnos sin encontrar respuesta, silencio total. Cuando Jorge empezó a caminar (tanteando con su bastón) en la dirección donde debía esperarnos el taxi que nos trajo, no encontró al taxi ni nos encontró a nosotros. Después de aproximadamente cinco minutos, Jorge se empezó a poner nervioso y comenzó a hablar en voz alta llamándonos: "Caaarlosss", nada; "Migueeeel", ninguna respuesta; "Rafaeeeel", nada. Luego, en una combinación de desesperación y furia empezó a gritar, “no me dejen solo carajo”; “no sean malos, sarta de hijueputas, no me hagan esto!”; “si no vienen enseguida les juro que nunca más, en sus putas vidas les acompañaré en su serenos” .
"Basta ya, paremos esta broma", dijimos casi al unísono y regresamos, riéndonos a donde Jorge estaba furioso y descompuesto; tan pronto regresamos en medio de las risas, Jorge también se soltó en una sonora carcajada y nos dijo aun riendo; "que hijueputas son ustedes, maricones, mamadores, nunca más me hagan esto!". Regresamos al taxi y seguimos festejando con Jorge nuestra broma y su asustada reacción. Así era de grande nuestra amistad con Jorge y así era de grande su nobleza.
Jorge Bravo era el más adulto de nuestro grupo, y sin embargo también era el más joven de todos; de él aprendimos su amor por la música (aun cuando no su talento), su solidaridad, su gran sentido del humor, su apego al trabajo y su monumental sentido de la amistad.
Jorge se graduó junto con nosotros como bachiller en 1963, y siguió sus estudios universitarios, se graduó de abogado y fue un exitoso defensor de los humildes y desamparados, sin dejar nunca de ser un caballero y sin dejar nunca de tocar el melodio en la Iglesia del Sagrario, junto a la Catedral de Guayaquil. Siguió siempre como profesor de la Escuela Municipal de Ciegos que estaba ubicada cerca del Parque Forestal en Guayaquil, hasta que le nombraron rector. Jorge se caso unos pocos años después y tuvo dos hijos con una mujer que lo amaba y lo admiraba, ellos eran una pareja feliz, muy feliz, sin que nunca supieran de otra abundancia que no sea su amor por sus hijos y su solidaridad con la gente pobre y los que como él, habían perdido el sentido de la vista. Jorge fue mi gran héroe, un modelo a seguir, un gran compañero, otro inolvidable amigo…
Después de unas cortas vacaciones, volvimos a clases en mayo de 1959. Encontré mis clases (excepto las de Literatura), extremadamente aburridas, porque a excepción de la materia de Química Inorgánica en la que había perdido el año, yo había aprobado todas las demás clases, pero el obsoleto e injusto sistema en vigencia, me obligaba a repetir el año en todas las materias. Tenía entonces ya casi diecisiete años y ganaba suficiente dinero para darme ciertos “lujos”, como invitar a mi enamorada al cine los domingos y luego llevarla a comer algo ligero y tomar un helado mientras conversábamos, haciendo tiempo para llevarla de regreso a casa y llegar a tiempo para no causarle una reprimenda de su madre. También podía algunas veces llevarla a la playa un domingo (siempre acompañada de alguna amiga) y disfrutar del sol y el agua del mar, para lo cual debíamos tomar un bus en el Parque La Victoria y regresar antes de las siete de la noche para estar en paz con su mamá. Otras veces armábamos paseos a la playa con los compañeros de clase y nuestras amigas, y en esos casos viajábamos el sábado temprano y regresábamos el domingo por la tarde, en esos casos, todos dormíamos en el Hotel Arenas (que era como llamábamos a la playa mismo), porque no teníamos dinero suficiente para pagar un hotel de verdad. Nos divertíamos a más no poder, porque armados con un radio de transistores, bailábamos en la playa hasta las once o doce de la noche que era la hora en que las chicas se retiraban a dormir en un hotelito cercano. Luego dormíamos hasta que el sol empezaba a quemarnos y la playa empezaba a llenarse de gente en el nuevo dia.
El año transcurrió sin más eventos importantes, excepto que comencé a tomar clases de judo después de las clases diarias que terminaban a las once de la noche. El profesor Ortega era un gran judoca de cinturón negro. Las clases se suspendieron poco después por falta de alumnos y solo llegue a tener cinturón anaranjado, que era como un equivalente de certificado de haber completado el jardín de infantes del judo. Luego de esto, comencé a jugar basquetbol, un deporte para el cual no estaba especialmente preparado (por mi baja estatura), pero que lo practicaba porque me habían dicho que me ayudaría a crecer. Por eso, compré una pelota de básquet, porque como dueño de la bola siempre podría jugar.
Fue a mediados de ese año escolar que mis compañeros Biacino Laprea (21), Ezequiel Flores Romeo (23) y Ballardo Arellano Raffo (23) me invitaron una noche a ir con ellos a un night club del cual eran asiduos “clientes”.
Los cuatro tenían trabajos bien remunerados en la calificación de banano para exportación, y por eso disponían de dinero más allá de sus necesidades básicas. Su trabajo era controlar la calidad del banano que llegaba en camiones a los muelles del Rio Guayas, desde las plantaciones, antes de que fuera trasladado por medio de transportadores de cadena, hacia las bodegas refrigeradas de los barcos que llevarían la fruta a los mercados internacionales. De ellos dependía que la fruta que llegara a las bodegas del barco cumpliera con los requisitos mínimos de calidad en cuanto a peso, tamaño y color, y que no estuviera golpeada o averiada. De ellos dependía por tanto, el volumen de fruta que finalmente se exportaba y el que se rechazaba, este ultimo representaba perdidas para el dueño de la fruta, puesto que solo se vendía localmente a precios irrisorios.
Esta iba a ser la primera vez que yo entraba a un club nocturno. Este se llamaba “la Villa Ivonne” y estaba ubicado en la calle Calicuchima entre Octava y Novena, en el suburbio oeste de Guayaquil. Llegamos a eso de las once y media de la noche y el lugar estaba ya ocupado por unas cuarenta personas que fumaban y bebían cerveza. Pronto nos asignaron una pequeña mesa, no muy lejos del escenario, donde a esa hora solo había un hombre que con voz lastimera y acompañado de su guitarra, cantaba un bolero que entonces estaba de moda. Había poca iluminación interior, pero unas luces también bajas, pero de colores y en movimiento, que apuntaban principalmente al escenario, ayudaban a reconocer el lugar y orientarse. En una esquina del salón, sentadas y mirando al escenario habían unas quince mujeres jóvenes y atractivas que esperaban que alguno de los clientes viniera por ellas y las llevara a su mesa.
A alrededor de la media noche comenzó el show con un trío en el que había un cantante y dos guitarristas que interpretaban boleros de “Los Panchos” y valses peruanos de “Los Embajadores Criollos”. Esto era solo el comienzo, pues más adelante había un show en el que dos chicas muy jóvenes y bonitas bailaban en trajes muy ligeros que más adelante se volvían aun más ligeros, al ritmo de alegre música caribeña como el cha cha cha, la rumba y la guaracha, tocada por un conjunto musical de cinco personas.
En mi próximo capítulo: MI PRIMERA EXPERIENCIOA SEXUAL
Los tres años de trabajo en González Porto fueron un extraordinario periodo de transición entre mi niñez prematuramente concluida, mi adolescencia casi imperceptible, mi juventud y mi temprana entrada al mundo de los adultos cuando apenas había cumplido diecisiete años. Paralelamente estos fueron tres años en que mi formación académica formal tuvo un pequeño retraso, del cual hablaré más adelante.
Ingrese al Colegio Cesar Borja Lavayen casi simultáneamente con mi cambio de trabajo desde la panadería La Delicia a la Editorial González Porto. Me convertí en el estudiante más joven del colegio a pesar de ingresar al cuarto año de secundaria, porque de acuerdo con los reglamentos vigentes, a este colegio Nocturno solo podían ingresar estudiantes mayores de dieciocho años y yo solo tenía dieciséis. Conseguimos una dispensa especial del Ministerio de Educación para que yo pudiera ingresar, después de presentar certificados de trabajo y de afiliación al Seguro Social.
Mis compañeros adultos, algunos de hasta cuarenta años de edad, pero en promedio, mayores de veintidós, me adoptaron como su “mascota”, por mi edad y por mi estatura.
Muchos de mis compañeros eran casados y tenían una familia con hijos, algunos de ellos eran excelentes jefes de familia, eran hombres hechos y derechos que podían servir de modelos de gente decente y trabajadora, pero también había de los otros, de los que se gastaban gran parte de su sueldo en cerveza o en trago y no habían madurado lo suficiente para enrumbar sus vidas por la ruta más correcta, algunos hacían alarde de haber probado y de que les gustaba la mariguana. La mayoría eran gente muy buena, alegres, fiesteros, parranderos, mujeriegos y hacían alarde de ello. Ellos eran solteros de entre 22 y 30 años, hombres adultos con trabajos de toda clase, desde mensajeros de bancos y de otros negocios, hasta profesores de primaria y vendedores de toda clase de artículos. Tres de mis compañeros eran calificadores de banano en el puerto de Guayaquil, un trabajo muy bien remunerado y en el que tenían la oportunidad de ganar “propinas” que no eran otra cosa que “mordidas”, para calificar la fruta que pasaba a ser exportada. Estos eran los que ganaban más dinero y los que más se divertían también. Con ellos probé por primera vez, y confieso que no me gustó, la cerveza. En una noche de juerga, ellos intentaron hacerme fumar mariguana mientras ellos lo hacían. El olor del humo que ellos echaban eran tan desagradable que me rehusé a probar el “pito”, y nunca lo hice. Varios años después, en la Universidad, en Nueva York, otros compañeros intentaron lo mismo y me volví a rehusar. Simplemente no lo encontraba atractivo y no lo hice. Nunca me arrepentiré de no haberlo hecho!
Lo que si me interesó desde el principio fueron las fiestas, y, desde luego, en ellas el flirteo con las chicas. Mi clase era un microcosmos de una sociedad en proceso de maduración, con todas sus virtudes y defectos, y en ese microcosmos entré cuando aún era un niño y allí me mantuve hasta que prematuramente me hice un adulto. En el proceso fui afectado tanto positiva como negativamente. Mi rendimiento como estudiante dejó de ser bueno y empezó a ser mediocre, o menos que eso. A pesar de que seguía siendo un muy buen estudiante en ciencias exactas y especialmente en Matemáticas y Física, perdí dos años seguidos en la materia de Química Inorgánica.
Confieso que me sentía extremadamente incomodo con esa materia y por tanto no le ponía interés, pero también es cierto que el profesor no era exactamente un motivador. Era un medico mediocre que no hacía otra cosa que repetir en clase las áridas explicaciones del libro, sin una pisca de interés por la comprensión de los estudiantes, nunca, jamás ni siquiera se menciono en esta clase la palabra “laboratorio”, no me explico entonces como diablos se esperaba que los estudiantes aprendiéramos algo de química. Lección tras lección eran sus clases, y eso termino por aburrirme hasta el límite de mi interés por la materia. No fueron años del todo perdidos, porque maduré mucho, porque durante ese tiempo me hice hombre, me hice más consciente del mundo que me rodeaba, aprendí a valorar el tiempo y las consecuencias de no usarlo adecuadamente, aprendí a conocerme a mí mismo y al mundo que me rodeaba. Por eso, cuando finalmente me gradué de bachiller en el año 1963, lo hice de forma brillante. Todavía recuerdo con mucha nostalgia la felicitación de mis maestros de Matemáticas, de Literatura, de Historia, quienes abrazándome para despedirse me decían que me deseaban lo mejor, porque estaba preparado para ello. No se equivocaron.
Uno de mis compañeros de clase era Jorge Bravo Landin, un hombre de entre cuarenta y cinco y cincuenta años de edad, completamente ciego. El grababa todas las clases en una pequeña grabadora portátil, mientras tomaba notas en su tableta de Braille, escribía tan rápidamente que iba al mismo ritmo que el resto de estudiantes. Jorge tocaba muy bien la guitarra, el acordeón, la armónica, el piano y la flauta. Cantaba con una suave y acompasada voz; tenía un sentido extraordinario para la música, y le gustaba complacernos cuando algunas noches le invitábamos a salir a dar serenatas a nuestras enamoradas, a pesar de las pesadas bromas que a veces le jugábamos, abusando su condición de ciego.
Un dia, después de clases (estas terminaban a las once de la noche), salimos con Jorge a dar una serenata a la enamorada de nuestro común amigo “motita” Calderón en la calle Santa Rosa, intersección con Clemente Ballen. Esa noche Jorge llevó su guitarra con el y canto una serie de románticos boleros debajo de la ventana de la novia de nuestro amigo, pero habíamos preparado una sorpresa para Jorge: antes de que catara su última canción, nosotros (un grupo de cuatro), nos alejamos un poco del balcón de la “Julieta” de la ocasión, y nos escondimos detrás de las columnas de la casa vecina, simulando habernos ido del lugar. Terminada la canción, Jorge Bravo empezó a hablarnos sin encontrar respuesta, silencio total. Cuando Jorge empezó a caminar (tanteando con su bastón) en la dirección donde debía esperarnos el taxi que nos trajo, no encontró al taxi ni nos encontró a nosotros. Después de aproximadamente cinco minutos, Jorge se empezó a poner nervioso y comenzó a hablar en voz alta llamándonos: "Caaarlosss", nada; "Migueeeel", ninguna respuesta; "Rafaeeeel", nada. Luego, en una combinación de desesperación y furia empezó a gritar, “no me dejen solo carajo”; “no sean malos, sarta de hijueputas, no me hagan esto!”; “si no vienen enseguida les juro que nunca más, en sus putas vidas les acompañaré en su serenos” .
"Basta ya, paremos esta broma", dijimos casi al unísono y regresamos, riéndonos a donde Jorge estaba furioso y descompuesto; tan pronto regresamos en medio de las risas, Jorge también se soltó en una sonora carcajada y nos dijo aun riendo; "que hijueputas son ustedes, maricones, mamadores, nunca más me hagan esto!". Regresamos al taxi y seguimos festejando con Jorge nuestra broma y su asustada reacción. Así era de grande nuestra amistad con Jorge y así era de grande su nobleza.
Jorge Bravo era el más adulto de nuestro grupo, y sin embargo también era el más joven de todos; de él aprendimos su amor por la música (aun cuando no su talento), su solidaridad, su gran sentido del humor, su apego al trabajo y su monumental sentido de la amistad.
Jorge se graduó junto con nosotros como bachiller en 1963, y siguió sus estudios universitarios, se graduó de abogado y fue un exitoso defensor de los humildes y desamparados, sin dejar nunca de ser un caballero y sin dejar nunca de tocar el melodio en la Iglesia del Sagrario, junto a la Catedral de Guayaquil. Siguió siempre como profesor de la Escuela Municipal de Ciegos que estaba ubicada cerca del Parque Forestal en Guayaquil, hasta que le nombraron rector. Jorge se caso unos pocos años después y tuvo dos hijos con una mujer que lo amaba y lo admiraba, ellos eran una pareja feliz, muy feliz, sin que nunca supieran de otra abundancia que no sea su amor por sus hijos y su solidaridad con la gente pobre y los que como él, habían perdido el sentido de la vista. Jorge fue mi gran héroe, un modelo a seguir, un gran compañero, otro inolvidable amigo…
Después de unas cortas vacaciones, volvimos a clases en mayo de 1959. Encontré mis clases (excepto las de Literatura), extremadamente aburridas, porque a excepción de la materia de Química Inorgánica en la que había perdido el año, yo había aprobado todas las demás clases, pero el obsoleto e injusto sistema en vigencia, me obligaba a repetir el año en todas las materias. Tenía entonces ya casi diecisiete años y ganaba suficiente dinero para darme ciertos “lujos”, como invitar a mi enamorada al cine los domingos y luego llevarla a comer algo ligero y tomar un helado mientras conversábamos, haciendo tiempo para llevarla de regreso a casa y llegar a tiempo para no causarle una reprimenda de su madre. También podía algunas veces llevarla a la playa un domingo (siempre acompañada de alguna amiga) y disfrutar del sol y el agua del mar, para lo cual debíamos tomar un bus en el Parque La Victoria y regresar antes de las siete de la noche para estar en paz con su mamá. Otras veces armábamos paseos a la playa con los compañeros de clase y nuestras amigas, y en esos casos viajábamos el sábado temprano y regresábamos el domingo por la tarde, en esos casos, todos dormíamos en el Hotel Arenas (que era como llamábamos a la playa mismo), porque no teníamos dinero suficiente para pagar un hotel de verdad. Nos divertíamos a más no poder, porque armados con un radio de transistores, bailábamos en la playa hasta las once o doce de la noche que era la hora en que las chicas se retiraban a dormir en un hotelito cercano. Luego dormíamos hasta que el sol empezaba a quemarnos y la playa empezaba a llenarse de gente en el nuevo dia.
El año transcurrió sin más eventos importantes, excepto que comencé a tomar clases de judo después de las clases diarias que terminaban a las once de la noche. El profesor Ortega era un gran judoca de cinturón negro. Las clases se suspendieron poco después por falta de alumnos y solo llegue a tener cinturón anaranjado, que era como un equivalente de certificado de haber completado el jardín de infantes del judo. Luego de esto, comencé a jugar basquetbol, un deporte para el cual no estaba especialmente preparado (por mi baja estatura), pero que lo practicaba porque me habían dicho que me ayudaría a crecer. Por eso, compré una pelota de básquet, porque como dueño de la bola siempre podría jugar.
Fue a mediados de ese año escolar que mis compañeros Biacino Laprea (21), Ezequiel Flores Romeo (23) y Ballardo Arellano Raffo (23) me invitaron una noche a ir con ellos a un night club del cual eran asiduos “clientes”.
Los cuatro tenían trabajos bien remunerados en la calificación de banano para exportación, y por eso disponían de dinero más allá de sus necesidades básicas. Su trabajo era controlar la calidad del banano que llegaba en camiones a los muelles del Rio Guayas, desde las plantaciones, antes de que fuera trasladado por medio de transportadores de cadena, hacia las bodegas refrigeradas de los barcos que llevarían la fruta a los mercados internacionales. De ellos dependía que la fruta que llegara a las bodegas del barco cumpliera con los requisitos mínimos de calidad en cuanto a peso, tamaño y color, y que no estuviera golpeada o averiada. De ellos dependía por tanto, el volumen de fruta que finalmente se exportaba y el que se rechazaba, este ultimo representaba perdidas para el dueño de la fruta, puesto que solo se vendía localmente a precios irrisorios.
Esta iba a ser la primera vez que yo entraba a un club nocturno. Este se llamaba “la Villa Ivonne” y estaba ubicado en la calle Calicuchima entre Octava y Novena, en el suburbio oeste de Guayaquil. Llegamos a eso de las once y media de la noche y el lugar estaba ya ocupado por unas cuarenta personas que fumaban y bebían cerveza. Pronto nos asignaron una pequeña mesa, no muy lejos del escenario, donde a esa hora solo había un hombre que con voz lastimera y acompañado de su guitarra, cantaba un bolero que entonces estaba de moda. Había poca iluminación interior, pero unas luces también bajas, pero de colores y en movimiento, que apuntaban principalmente al escenario, ayudaban a reconocer el lugar y orientarse. En una esquina del salón, sentadas y mirando al escenario habían unas quince mujeres jóvenes y atractivas que esperaban que alguno de los clientes viniera por ellas y las llevara a su mesa.
A alrededor de la media noche comenzó el show con un trío en el que había un cantante y dos guitarristas que interpretaban boleros de “Los Panchos” y valses peruanos de “Los Embajadores Criollos”. Esto era solo el comienzo, pues más adelante había un show en el que dos chicas muy jóvenes y bonitas bailaban en trajes muy ligeros que más adelante se volvían aun más ligeros, al ritmo de alegre música caribeña como el cha cha cha, la rumba y la guaracha, tocada por un conjunto musical de cinco personas.
En mi próximo capítulo: MI PRIMERA EXPERIENCIOA SEXUAL
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