Friday, April 1, 2011

MI NUEVO COLEGIO

En pocos momentos más, mi padre y yo nos separamos. Lo vi partir por el largo callejón que conducía a la salida principal del colegio, yo me quede parado, con ganas de correr a abrazarle y decirle que lo extrañaría. Me quede allí , viéndolo caminar hacia la puerta, de vez en cuando él regresaba la mirada y con su mano derecha extendida se despedía de mi. Lo vi salir caminando por la puerta principal que un empleado del seminario se la abrió, lo vi doblar hacia la derecha, para dirigirse hacia el lugar donde tomaría un bus que le regresaría al Hotel Guayaquil, desde donde al dia siguiente viajaría en un camión hasta El Tablón, desde donde debía volver a cabalgar para viajar hasta Pallatanga.
Solo puedo tratar de adivinar los pensamientos de mi padre en el viaje de regreso: probablemente el estaba muy feliz porque su hijo quedaba en un buen colegio, pero es aun más probable que su felicidad fuera mayor porque en ese colegio su hijo se iba a preparar para ser un sacerdote. Probablemente en su mente ya sentía la sensación de de ver a su hijo subido a un púlpito y dando un sermón sobre la vida de Cristo, sobre las virtudes y la misericordia de la Virgen María, sobre la bondad de san José, y, claro, debe haber querido llegar pronto a casa para compartir con mi madre lo que había visto y oído en los tres últimos días. Me prometió que me escribiría cada semana y me pidió que le contestara siempre, y así lo hicimos. Mi madre, por su cuenta, debe haber estado muy ansiosa de hablar con mi padre sobre todo lo que había visto y oído, debe haber rezado muchos Rosarios por el bienestar de su hijo y pidiendo la bendición de Dios y de la Virgen para mí y para todos sus demás hijos.
Mientras tanto, yo empezaba una nueva vida. A las tres de la tarde del mismo dia de mi llegada al colegio, el Padre González me presento a mis compañeros. Lo hizo mientras estos estaban en su clase de latín dictada por el Padre Hibrobo. González golpeó la puerta del salón de clases y entró conmigo después de ser autorizado a entrar. Conmigo junto a él, se dirigió a los estudiantes para decirles que tenían un nuevo compañero, que yo venía de un colegio de Guayaquil y que me unía a ellos para el último trimestre del año escolar, que mi intención era unirme a este grupo de estudiantes para continuar en el seminario por los próximos cinco años y que pedía que me recibieran con un aplauso y con mucho cariño. Los estudiantes aplaudieron y casi todos sonreían. Supe desde ese momento que tendría amigos, que no iba a estar solo y que me gustaría el colegio.
A las cuatro de la tarde se terminaban las clases y los estudiantes salieron a las canchas, unos jugaban futbol, otros basquetbol, otros volibol, me incline por acercarme a los que jugaban futbol, y ellos me invitaron a unirme. Así lo hice aunque no tenía los zapatos adecuados. Me gusto el poder patear la pelota con los nuevos compañeros. A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde terminamos el boleo y seguí a los compañeros hacia el piso superior donde todos se lavaban y se preparaban para la cena que se servía a las seis y media. Todo funcionaba casi con un cronómetro, los estudiantes sabían exactamente cuáles eran sus horarios y nadie discutía si esto era muy temprano, o aquello era muy tarde. Para mí esto era nuevo, pero era muy simpático. En nuestra casa, en Pallatanga también había disciplina, pero esta era menos cronométrica, era un poco más flexible. Para las comidas, por ejemplo, era la voz de mi mama la que nos hacía saber cuando había que sentarse en la mesa, su lema era “a comer y a misa una sola vez se avisa”. Sentí que en el Seminario iba a tener que aprender a tener mucha autodisciplina, y mi razonamiento inmediato fue, si estos chicos lo hacen, porqué no yo?
Sentí que me iba a gustar todo esto. Antes de empezar la comida el padre superior dijo una corta oración pidiendo la bendición de Dios para los alimentos que nos íbamos a servir y para la gente que los había preparado, los estudiantes la siguieron con atención y al final todos dijeron “amen” y empezaron a comer sin ansiedad, con disciplina, con respeto. Fue una comida excelente.
Disfruté mucho de la lectura que acompañó a la comida. Supe entonces que era una costumbre invariable de que durante las comidas, excepto el desayuno, tenía que haber una lectura amena, una lectura a cargo de uno de los estudiantes, que se rotaban en orden alfabético. Se leían los cuentos de los hermanos Grimm, que a los estudiantes les mantenía atentos y disciplinados. El comedor era un salón muy grande donde se había colocado mesas suficientes para todos los estudiantes, y donde a la cabecera estaba una mesa grande donde comían el rector y los demás miembros del personal académico. Las mesas estaban cubiertas de un mantel blanco y con un arreglo previo que daba la sensación de orden, de disciplina y de aseo, casi que de distinción. La comida consistía de cuatro platos; una entrada, una sopa, un plato principal y un postre que podía ser una fruta, pero además, siempre se servía pan y había mantequilla en un platito al centro de la mesa. Los estudiantes se encargaban, así mismo, por turno, de servir a sus compañeros y levantar los platos después de las comidas. A las cocineras nunca se las veía en el comedor durante las comidas.
Después de la cena hubo unos quince minutos de descanso que los estudiantes aprovechamos para reunirnos en el patio que separaba el comedor de los salones de clase, luego de lo cual, según era la costumbre creada por la disciplina, los estudiantes podían ir al salón de clases a repasar los libros o las notas tomadas durante las clases. No había deberes, pues todos los trabajos se hacían durante las clases. A las nueve de la noche todo el mundo debía estar en el dormitorio y empezando a dormir, pues nos despertaban a las cinco y media de la mañana para ir a las duchas y estar listos para asistir a la misa a las seis y media. En Riobamba hay que ser muy disciplinado para tomar una ducha todos los días, y nosotros lo hacíamos, no tanto porque nos gustara hacerlo, cuanto porque era parte importante del ritual de la mañana, pero además, era muy saludable. A las siete y media tomábamos el desayuno y a las ocho en punto comenzaba la primera clase.
Los horarios estrictos me causaron cierto grado de incomodidad al principio, pero pronto me acostumbré a ellos.
Mi primer dia de clases fue muy especial, las materias normales del primer año de secundaria no eran un problema para mí, porque eran una simple repetición de lo que ya había visto y aprendido en mi primer año en el Colegio Aguirre Abad, pero las materias que me tomaron totalmente de nuevo fueron las de idiomas. En el Colegio se enseñaban cuatro idiomas aparte del castellano; latín, griego, francés e inglés. El inglés no era un problema porque ya lo había tomado antes, pero de francés y de los idiomas antiguos yo no tenía ni la más mínima idea, así que me tocó empezar de cero, cuando los demás estudiantes ya habían tomado seis meses de clases, por tanto yo tenía un enorme desventaja. Tuve que dedicar las horas de estudio de la noche, después de la cena, para tratar de nivelarme con el resto de la clase. El profesor de francés y griego era el padre González, mientras que el profesor de latín era el padre Hidrobo. Con el latín tuve algo de problema al principio, pero luego empecé a asimilar muy bien la relación que con el castellano tenía el idioma de los romanos, y pude, después de las primeras seis semanas, llegar a equipararme al nivel de aprendizaje del resto de la clase. Con el idioma francés no tuve ningún problema y luego de cinco semanas empecé a tomarle el gusto a este idioma que tiene muchas raíces y muchas palabras parecidas al castellano, con el adicional de que al haber asimilado rápidamente la pronunciación del padre González, pronto el me tomo como ejemplo de como debían pronunciarse ciertas palabras de ese idioma, y en particular aquellas que tenían la letra R que en el francés es muy gutural. Fue menos difícil de lo que yo había creído al principio. El griego era otra cosa, por más que puse todo mi empeño en tomarle el hilo, no pude llegar, al final de ese año escolar al nivel de los demás estudiantes.
En mi próximo capítulo: ME GUSTA EL SEMINARIO

Friday, March 25, 2011

EN PRESENCIA DEL OBISPO

Mi padre y yo compartimos la cama esa noche, la cama era pequeña, apenas cabíamos los dos, la noche era fría, de un frío helado y eso me puso a pensar en lo que me esperaba de allí en adelante, pero niño al fin, pronto me dormí, abrigado por las pesadas cobijas de lana, dormí plácidamente. Nos levantamos como a eso de las siete de la mañana y pasamos al frente del hotel a desayunar, fue un desayuno abundante, con humitas calientes y café. A las ocho de la mañana estábamos listos para nuestra cita en la Curia, con el Obispo Proaño.

A las nueve en punto fuimos recibidos por Monseñor Proaño, él era un hombre de estatura mediana, probablemente de un metro setenta y unas ciento ochenta libras, de pelo negro empezando a mostrar canas, de frente no muy amplia, de ojos cafés, nariz aguileña, herencia de sus antepasados aborígenes, rostro bondadoso, de pensamiento claro y hablar pausado. Besamos su anillo episcopal y nos inclinamos para recibir su bendición. Poco después nos hizo pasar a una pequeña salita junto a su oficina donde hablamos por cerca de treinta minutos.

No recuerdo el detalle de nuestra conversación, pero el contexto de ella estaba centrado en su idea de formar hombres entregados a Dios y a los pobres, entregados a la justicia y la igualdad, a la solidaridad y al amor al prójimo. Confieso que a mi edad de doce años, esos conceptos eran tan extraños a mi como la ciencia ficción o la exploración submarina, pero hubieron temas que me interesaron mucho en nuestra conversación, entre ellos, la calidad de las instalaciones físicas del Seminario; las duchas con agua caliente; las canchas de voleibol, de futbol y de basquetbol; las clases de idiomas; los cómodos dormitorios con camas individuales; la comida nutritiva a horas pre-determinadas; las lecturas durante las comidas; los paseos al campo en los días sábados, y las clases de educación física, entre otras cosas que me interesaban más que el concepto para mi casi etéreo de la “vocación sacerdotal”, el amor a Dios y la “piedad”. Nuestra reunión duró aproximadamente media hora, me impresionó positivamente el obispo.

Al final de la reunión, el prelado me dio la bienvenida al Seminario, nos dijo que deberíamos ir a él antes del mediodía y hablar con el Padre Superior, quién me asignaría un espacio en el dormitorio y un lugar para poner mi vieja maletita de madera, conteniendo mis ropas y otros escasos efectos personales. Al despedirnos, mi padre respetuosamente se arrodilló delante del obispo Proaño y tomándole su mano derecha volvió a besar su anillo. Yo hice lo mismo, como un reflejo de lo que había visto hacer a mi padre. Esta era la primera vez que yo había estado frente a un obispo de la iglesia.

Muchos años después, ya en la década de los setenta, cuando Proaño se convirtió en un icono de las nuevas corrientes sociales de la Iglesia, en el adalid de la Iglesia Nueva, de una Iglesia Ecuatoriana que por fin se empezaba a emancipar de la tutela de la oligarquía criolla y el era objeto de fuertes ataques de cierta prensa que aun defendía a los herederos de los conquistadores, a los que se apropiaron de la tierra a sangre y fuego, a los que convenientemente aun creían en el derecho divino a reinar sobre la tierra y los hombre que la habitaban, volví a saber del Obispo Proaño, y empecé simpatizar con él. Hoy, casi sesenta años después, ya nadie discute que la obra de Proaño, su obra social de entonces, y en particular su programa de Escuelas Radiofónicas fue el pionero de la emancipación de los indígenas, aunque estos hasta hoy siguen luchando por sus derechos, pero ahora de una forma más organizada, de una forma más consciente.

Antes del mediodía mi padre y yo llegamos al Seminario Menor La Dolorosa, al sur de la ciudad de Riobamba, cerca de la carretera empedrada que conducía a Chambo, y a sólo unos doscientos metros de la cárcel de Riobamba, un edificio deprimente, de una sola planta, que ocupaba casi una manzana, en lo que hasta entonces era el límite sur de la ciudad. Al pasar por este edificio mi padre me hizo un breve comentario de que allí él había estado recluido por cerca de dos años, antes de que yo naciera, al final de la década de los 30. Le cogí fastidio a este lugar, y desde entonces, cada vez que pasaba por allí, lo hacía sin mirarlo. Me causaba desprecio este sitio desde que mi madre nos contó lo mucho que sufrieron ella y mi padre cuando él fue recluido injustamente allí.

Al llegar al Seminario, vi un edificio imponente, de tres pisos, de unos cincuenta metros de largo, con dos alas laterales que formaban una letra C de líneas rectas, con la abertura de la C hacia el lado de atrás del edificio. Las aulas del colegio estaban en el piso inferior, igual que la cocina y el comedor, mientras que la oficina del Rectorado, los dormitorios de los profesores y de los estudiantes, las duchas y los servicios higiénicos estaban en el segundo y tercer piso. El edificio había sido hecho para albergar un máximo de ciento cincuenta estudiantes, pero en la fecha en que yo llegué sólo había diecinueve (porque el colegio recién había comenzado a operar ese año), que conmigo se completaron veinte. Los veinte dormíamos en un solo dormitorio, en dos filas de diez camas cada una.

Cuando el Padre Superior nos recibió en su oficina del segundo piso, era la una de la tarde. El era un sacerdote muy corpulento, debe haber medido 1.80M y pesado unas doscientas veinte libras, su rostro era redondo, muy blanco, que con el frío de Riobamba se había vuelto rojizo, tenía una abundante pero bien afeitada barba, su cabeza empezaba a mostrar signos de calvicie y su escaso pelo comenzaba a hacerse gris hacia el lado de las sienes. Debe haber tenido entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Tenía un cuello muy grueso que le daba la apariencia de un hombre muy fuerte. Su presencia infundía respeto, su palabra era firme, hablaba con un acento español muy pronunciado que le agregaba cierto grado de autoridad a sus palabras. Se disculpó por no habernos podido recibir al mediodía, y a manera de explicación nos dijo que a la hora que llegamos, los estudiantes y el cuerpo docente estaban en el almuerzo. El estaba muy bien enterado de mi caso, había hablado con el obispo y también con el cura de mi pueblo, nada de lo que le decíamos parecía resultarle nuevo.

“Disculpadme por haberos hecho esperar” comenzó diciendo el padre González, “pero aquí me tenéis para daros la bienvenida a nuestro colegio”, agregó. “Vosotros habéis viajado mucho y debéis estar cansados y hambrientos, así que os voy a convidar a almorzar y mientras coméis hablamos de la presencia de Rafael aquí y de su futuro como estudiante”. Mi padre hizo una señal, o quiso decir que no nos importaba el hambre, pero ya González nos guiaba al comedor y pedía a las empleadas de la cocina que nos sirvieran algo de comer. Fue una gran comida, preludio de la que más adelante seria mi comida diaria.

“Rafael, sois bienvenido a nuestro colegio” dijo el padre González y agregó: “os va a gustar y lo vais a disfrutar, pero hay una sola condición que debéis cumplir siempre: debéis tener buena conducta, y buen aprovechamiento, porque somos estrictos principalmente en esas dos partes de vuestra vida en el colegio”. “Si sois un buen deportista, os felicito, eso es bueno para el desarrollo intelectual, pero no es una pre-condición ni os va a agregar ni disminuir puntos en nuestra evaluación escolar”. A usted don José, debo decirle que su hijo estará aquí muy bien tratado, será uno más de los estudiantes de nuestro seminario y recibirá el mismo trato que damos a los demás estudiantes. Este periodo de adaptación, de dos meses y medio, debe darle a vuestro hijo una buena idea de lo que le espera en el resto de la secundaria”, y agregó: “dejadlo hoy mismo con nosotros, Rafael será un miembro más de nuestra familia, no debéis preocuparos, el estará muy bien con nosotros. Después de dos días conocerá a todos los estudiantes y se hará amigo de todos ellos. Terminamos el almuerzo y el padre González nos invitó a conocer el colegio. Nos dio un tour por todo el edificio, nos mostro los amplios y cómodos salones de clase, el dormitorio, las duchas, la iglesia que quedaba junto y pegada al colegio, nos mostró las canchas de vóley, de futbol, de basquetbol y al terminar el paseo se dirigió a mi padre y le dijo: “bueno esta es la casa donde vuestro hijo va a vivir los próximos dos o tres meses y esperamos que viva los próximos cinco años escolares” ahora debéis separaros porque Rafael debe ser presentado a sus compañeros de clase.

MI padre estaba abrumado por todo lo que había visto y oído, debe haber estado satisfecho, muy satisfecho de todo, pero aun así, su rostro mostraba algo de ansiedad y de pena porque debíamos separarnos.

En mi próximo capítulo: MI NUEVO COLEGIO

Wednesday, March 16, 2011

EL “MILAGRO”

Cuando después de cuatro horas de cabalgar llegamos a un lugar llamado “el Tablón”, donde debíamos tomar el carro que nos llevaría hasta Riobamba, nos bajamos de nuestros caballos, descargamos los sacos de café y los pusimos muy cerca del camión que esperaba dar la vuelta para subir carga y pasajeros. Los caballos serían dejados a cargo de alguien que mi padre conocía, para recogerlos dos días después cuando regresara a la casa después de dejarme en el internado del colegio. Caminamos unos cien metros esperando la llegada del camión que vendría detrás nuestro, cuando de pronto escuchamos gritos desesperados de alguna gente, “el camioooon, el camioooon, auxilioooo”, gritaban asustados. Regresamos y llegamos al lugar de donde venían los gritos, el camión, al hacer una mala maniobra para dar la vuelta en la estrecha carretera, había caído al río, a unos cuatro metros fuera de la carretera, y estaba ahora dentro del río sin que hubiera una forma inmediata de sacarlo. El chofer estaba ileso, no habían daños a la poca carga que llevaba, pero, definitivamente iba a tomar por lo menos un día sacar al camión del lugar donde estaba, se necesitaría otro camión, o un tractor para pode sacar del río al camión accidentado.

Mi padre vio en el hecho de que no habíamos sufrido ningún daño en este accidente, ni la carga ni nosotros, una señal milagrosa de que Dios estaba con nosotros, de que Dios me daba una bienvenida al Seminario, de que, sabiendo que yo iba camino de hacerme sacerdote, Dios nos empezaba a proteger. Recuerdo sus palabras de gratitud, su resignación a la tardanza en el viaje, su interpretación inequívoca de que este evento no era nada más que una señal de buena voluntad del Cielo. Nunca vi a mi padre tan tranquilo frente a un inconveniente. Su actitud era una muestra de que no sólo que le gustaba, sino que estaba convencido, de que mi ida al seminario era una cosa buena para la familia.

El accidente del camión nos retrasó el viaje, no podíamos seguir adelante hacia Riobamba hasta que el camión fuese rescatado. Mi padre se dirigió hacia el otro lado del río, allí pidió y recibió posada. Esa noche fuimos recibidos con demostraciones de cariño por una familia que vivía en una casa cerca al río. La familia consistía de cuatro personas, el padre, la madre y dos hijos pequeños. A mi papá le llamaban los adultos “compadre Timo”. La casa tenía paredes de bareque, una mezcla de tierra apisonada y carrizo, piso de tierra y techo de paja, tenía una sola habitación. La cocina estaba en una esquina y su fuego calentaba el interior de la casa. El humo de la cocina salía a través del techo de paja y en una esquina, cercados por una precaria pared de adobe de unos veinte centímetros de alto, estaban los cuyes. Pese a que afuera hacía mucho frío, en el interior de la casa la temperatura era agradable. Alumbrados solo por la mortecina luz de un candil, a las seis y media de la tarde nos sirvieron un locro de papas con choclo y queso, luego unas papas con refrito de pan con queso con achiote y un pedazo de cuy a la braza. Fue una deliciosa cena y la comimos con mucha hambre y gran gusto. Después de la cena comenzó una agradable conversación, de ella pude colegir que esta era la misma gente que trece años atrás había alojado a mi madre y a mi padre el día que viajaban a Pallatanga para que mi madre diera a luz. Esta era entonces, la segunda vez que a mí me alojaban, con el mismo cariño, con la misma buena voluntad que el día anterior a mi nacimiento. Poco después de la cena y cuando eran aproximadamente las ocho de la noche, se apagó el candil y nos acostamos a dormir.

Los dueños de la casa nos cedieron su cama. Esta tenía unas pesadas cobijas de pura lana de borrego. Eran muy abrigadas, jamás había dormido con tanto peso sobre mí, tenían un olor muy fuerte a sudor viejo, a humedad, a cuerpos sucios, el cuerpo me picaba, las pulgas y los piojos deben haber tenido una fiesta esa noche en nuestros cuerpos. Me sentí incómodo, pero el cansancio de un día largo y agitado me permitió dormir. El peso de las frazadas me molestaba, me destapé, pero poco después sentí el frío del páramo hasta en los huesos, poco después, a pesar de las pulgas y los piojos me dormí.

A la mañana siguiente nos despertamos muy temprano, casi no había amanecido todavía, pero los gallos hicieron su trabajo de despertadores. Poco después sentí que la dueña de la casa prendía el fuego con el rescoldo del fogón, ella se alistaba a darnos el desayuno y así lo hizo antes de que fueran las siete de la mañana. Hacía mucho frío afuera, pero dentro de la casa el fogón encendido mantenía la temperatura en nivel agradable. Bajamos al río para lavarnos las manos y la cara, hacía mucho frio y el agua estaba helada como para intentar bañarnos. Poco después desayunamos con unas deliciosas tortillas de maíz con queso al achiote, azadas en un tiesto de barro, lo acompañamos con agua de panela caliente que es el café de los pobres.

Poco después bajamos a la carretera, atravesamos un precario puente de dos palos y vimos que había gente esperando un tractor que venía en auxilio del camión accidentado. A las nueve de la mañana el camión había sido rescatado del agua y el chofer empezaba a intentar arrancar el motor, le tomó algún tiempo hacerlo, pero finalmente arrancó, todos nos alistamos a subir al camión y seguir nuestro viaje. Aprovechamos unos instantes para despedirnos de nuestros anfitriones de la noche anterior y agradecerles por su hospitalidad. Era un agradecimiento genuino y profundo a esta gente que no tiene casi nada en la vida pero que lo da todo cuando tiene la oportunidad de hacerlo, lo hace por solidaridad, lo hace porque le sale de su alma noble el hacerlo, sin dudas, sin titubeos, sin cálculos mezquinos. Su generosidad es ilimitada, ese es nuestro pueblo, esa es nuestra gente. Su nobleza es monumental y su generosidad no lo es menos.

El resto de nuestro viaje a Riobamba fue sin más inconvenientes. Llegamos cerca del medio día, nos alojamos en el Hotel Guayaquil, un modesto hotelito en un edificio de dos pisos, de color verde en la calle Guayaquil, frente a la vieja estación del ferrocarril. Nuestra habitación estaba en el segundo piso, era pequeña, muy modesta, con una sola cama. La ducha y el servicio higiénico en la habitación eran lujos que en este hotel no existían. Sobre una pequeña mesa en una esquina de la habitación sólo había una lavacara y un pedazo de jabón, y debajo de la mesa una jarra con agua. El servicio higiénico en un compartimiento y la ducha en otro eran comunes para el piso donde había alrededor de diez habitaciones. No había agua caliente en la ducha, así que bañarse era una proeza que no todo el mundo estaba dispuesto a ejecutar, no tuvimos problemas en ocupar la ducha, desesperadamente necesitábamos bañarnos. Mi padre y yo nos bañamos, nos cambiamos de ropa y salimos inmediatamente al mercado a buscar comprador para los dos sacos de café que habíamos traído con nosotros, no tuvimos problema en encontrarlo. El asunto financiero estaba resuelto, ahora debíamos comprar algunas cosas esenciales para mi internado, entre ellas un par de suéteres, unas medias abrigadas y algo de ropa interior. Listos, ya podíamos al día siguiente ir a visitar al obispo, Monseñor Leonidas Proaño, quien había solicitado conocerme personalmente antes de aprobar mi ingreso al Seminario Menor La Dolorosa, obra episcopal que él consideraba de gran importancia para la formación de las nuevas generaciones de sacerdotes de la diócesis, donde él había comenzado la ciclópea obra de transformar, primero la mente y luego la actitud de la gente hacia los humildes, hacia los desamparados, hacia los millones de indios esparcidos por la Sierra y abandonados a su suerte por un sistema cruel, hipócrita e injusto que les enseñaba a adorar y agradecer a Dios mientras los mataba lentamente de hambre, de ignorancia y de injusticia.

En mi próximo capítulo: EN PRESENCIA DEL OBISPO

Wednesday, March 9, 2011

EL AGUIRRE ABAD O EL SEMINARIO

El colegio Aguirre Abad estaba muy cerca de la casa en que yo vivía con mi hermana Flor, en la calle Luque y Boyacá. Vivíamos en la casa de mi hermana Letty, quien arrendaba a Flor una habitación en el segundo piso, habitación que compartíamos, ella dormía en su cama y yo en un pequeño colchón en el suelo. El colchón era suficientemente cómodo y liviano para alzarlo en las mañanas y desplegarlo en las noches.
Al estar recién llegado de Pallatanga, en Guayaquil todo era novedoso para mí, pero si hay algo que me empezó a fascinar eran las revistas de cómicos que en esa época llegaban mayormente desde México, y que incluían “El Pato Donald”, “el Ratón Miguelito, “El Llanero Solitario”, “El Peneca”, "Superman", "El Conejo de la Suerte" y otras. No podía comprarlas porque mi presupuesto no lo permitía, pero si las podía pedir prestadas a mis compañeros de clase.
Flor solía despertarme muy por la mañana para que me levantara a estudiar. Un día me levanté, me bañé y salí a la terraza de la casa “a estudiar”, pero en realidad estaba leyendo una revista de cómicos. Flor, cuyo sentido del deber ha sido siempre comparable al del inspector Javert de Víctor Hugo, vino silenciosamente desde atrás y me pilló leyendo la revista cómica. Su inmediata reacción fue hacer uso de sus manos para torcerme la oreja hasta causarme un intenso dolor, y, paralelamente me dio un discurso encendido sobre mi irresponsabilidad, amenazándome con enviarme de regreso a Pallatanga si me volvía a pillar con una revista cómica. Confieso que la amenaza realmente no me asustó, porque en el fondo, yo aún extrañaba a Pallatanga, extrañaba a mi madre, extrañaba la comida, extrañaba el campo libre, extrañaba las montañas, extrañaba el clima, y, claro, extrañaba a mis amigos. Más me dolió el jalón de orejas, más me dolió el tener que dejar de leer las revistas cómicas que tanto me gustaban y a las que tanto me había acostumbrado. Pero tuve que hacerlo.
Al final del año, mis calificaciones me permitían pasar al segundo año, excepto en dos materias en las que me quedé “suspenso”, porque no había completado el puntaje para aprobar el año. Las materias eran aritmética y castellano. Con la ayuda de Flor, esas materias las aprobé sin problemas en el mes de abril. Nunca me imaginé que no volvería a ser parte del Colegio Aguirre Abad, al que le cogí mucho cariño.
Fue a comienzos de abril de 1955, cuando yo aún no cumplía trece años y había ya aprobado el primer año en el Colegio Nacional Aguirre Abad de Guayaquil y cuando me aprestaba a comenzar el segundo año, cuando comenzaron mis dudas sobre mi futuro. Confieso que tenía sentimientos encontrados al respecto, pues la disciplina prusiana que me imponía mi hermana Flor, más mi franciscana falta de recursos que me impedía disfrutar de cosas que para otros niños eran parte de su vida cuotidiana, empezaron a hacer mella en mí y en mi entusiasmo por volver a Guayaquil. Coincidiendo con esto, y mientras me encontraba aún en Pallatanga en vacaciones, el sacerdote del pueblo, un cura de apellido Oviedo, se había puesto en contacto con mi madre para proponerle que en lugar de enviarme a Guayaquil, me envíe a Riobamba, a seguir mis estudios en el Seminario Menor La Dolorosa, colegio que recién había sido fundado por el obispo Leonidas Proaño, con el objeto de formar los bachilleres que luego serían enviados al Seminario Mayor, en Quito, para hacerse sacerdotes.
Mi madre, lo había discutido con mi padre, los dos habían coincidido en que les gustaba la idea, pero también habían decidido que el asunto no era para su decisión, ellos creyeron entonces (y más de cincuenta y cinco años después los admiro por eso), que debían consultarme, que quien debía tomar la decisión era yo, y que cualquiera que fuese mi decisión ellos la apoyarían. Hablaron conmigo del tema, pero me dijeron que no esperaban una decisión mía inmediatamente, que ellos pensaban que antes yo debía hablar con el cura y que si después de esto, la idea me interesaba, ellos me apoyarían, y que si no, también ellos respetarían mi decisión. Confieso que nunca antes había sentido ese grado de respeto de mis padres por mi opinión, yo estaba más acostumbrado a la obediencia sin reparos, a la idea de que “aquello que te mandan a hacer tus padres, debes hacerlo, sin objetar”.
Sentí una carga de responsabilidad muy grande. Después de hablar con el cura, no había duda de que yo estaría yendo a una institución de educación de primera calidad, que tanto en el aspecto físico, como en el aspecto académico, el Seminario era una institución muy respetable. El cura me habló de que en el camino yo iría desarrollando una “vocación sacerdotal” que sería indispensable para llegar hasta el Seminario Mayor. Me dijo que el colegio tenía canchas de futbol, de vóley, de básquetbol, que tenía excelente comida, que se enseñaban tres idiomas, en fin, me pintó un excelente cuadro, y confieso que no exageró ni un milímetro.
Siempre me gustaron los deportes, nunca he podido llegar a la excelencia en ninguno (nunca tuve la oportunidad), pero en todos me he desempeñado a un alto grado de autosatisfacción y competitividad, a tal punto que a mis 68 años aún juego golf competitivamente, y espero seguir haciéndolo por más tiempo, hasta cuando mis fuerzas me lo permitan, o hasta que sienta satisfacción de jugarlo. Confieso que probablemente de todo el cuadro que me pintó el cura, el segmento que más me impresionó fue el de la práctica diaria del deporte, y al terminar la entrevista con el sacerdote, yo ya había tomado una decisión. Iría al Seminario…
Mis padres estuvieron a punto de llorar de la emoción cuando les dije que había decidido no regresar al Colegio Aguirre Abad y, más bien iría al Seminario. Creo que para ellos fue como una especie de milagro que esperaban. Conociendo el grado de religiosidad de mi madre, estoy seguro que debe haberle pedido a Dios que me ayude a tomar la decisión de ir al Seminario y, por tanto, debe haber considerado un Milagro el que yo haya aceptado ir. Mi madre Inmediatamente empezó los preparativos para que yo fuera a Riobamba, porque a pesar de que el año lectivo de la sierra ya estaba muy avanzado, el cura había sugerido que yo me integrara inmediatamente al colegio, para familiarizarme con él, con los compañeros, con el clima y con la docencia. Yo estaba totalmente de acuerdo.
Mi madre se apresuró a comprarme y/o hacerme ropa para la sierra, todavía recuerdo con cariño el abrigo de felpa color negro que ella me hizo, a partir de un saco de mi padre. Riobamba es frío, muy frío y yo sólo tenía ropas para el clima cálido de Guayaquil y el templado de Pallatanga. Tomó alrededor de una semana la preparación del viaje, mi madre estaba entusiasmada, creo que en el fondo ella se sentía bendecida por la posibilidad de que un hijo suyo, su hijo Rafico, se pudiera hacer un sacerdote. Mi padre también estaba muy contento, hacía mucho tiempo que no había notado la ternura de la que él era capaz, casi que me trataba como a un amigo, desapareció de pronto de su actitud la aureola de autoridad de decisiones inapelables, comenzó a conversar conmigo, cuando antes generalmente sólo se producían monólogos con nosotros en el lado de escuchar y de decir, si papá, o no papá, bueno papá, enseguida papá. El era como otra persona. El día de viajar a Riobamba, él venía conmigo. Tuvimos que viajar a caballo por unos 20 kilómetros, pues el camino piloto estaba interrumpido, llevábamos poco equipaje, en realidad sólo las ropas mías para tres meses de clases, pues las clases terminarían a mediados de julio y luego tendríamos vacaciones hasta octubre. En una mula que mi padre jalaba, mi padre llevaba dos quintales de café para vender en Riobamba y tener los recursos para pagar la pequeña porción de pensión del colegio que nos tocaba pagar (era solo el 10% del valor total de la pensión), porque en realidad yo iba al seminario casi cien por ciento becado.

En mi próximo capítulo: EL “MILAGRO” Y EL SEMINARIO

Monday, February 28, 2011

MI ADOLESCENCIA

Llegué a Guayaquil para hacer mis estudios secundarios en abril de 1954. Tenía algo más de once años y una curiosidad inmensa por conocer el mundo más allá de Pallatanga. Había terminado la primaria en un pueblito de un poco mas de trescientos habitantes, en una escuelita con grandes limitaciones físicas y de personal, no eran los mejores profesores los que se animaban a ir a vivir en Pallatanga para ejercer su profesión, por eso,cuando llegué a Guayaquil y me matricularon en el Colegio Nacional Aguirre Abad, yo temía que hubieran grandes diferencias de conocimientos entre mis nuevos compañeros de clase y yo. Ese no era realmente un problema. El problema era otro. Mis compañeros eran guayaquileños, eran de la “gran ciudad”, y yo venía, primero, de la Sierra, y segundo, de un pueblito tan pequeño del que nadie había oído hablar. Era como un pollito en una laguna llena de arrogantes patos.
Todos los chicos del primer curso en el Aguirre Abad teníamos alrededor de doce años, unos meses más, o unos meses menos, pero había importantes diferencias de estatura y de peso. Yo era pequeñito, de no más de un metro cuarenta y cinco centímetros, seguramente era medio “chapudito”, porque venía de la Sierra, y, obviamente, hablaba con el inconfundible acento de mi pueblo. Me empezaron a llamar “longo”, que era una forma muy despectiva que usaban mis compañeros, y en general todos los estudiantes, de llamar a sus compañeros serranos. Otras veces me llamaban simplemente “serrano, come papa con gusano”, que era otra forma muy ofensiva que los guayaquileños han usado desde hace muchos años, para molestar a la gente de la Sierra. Nunca me molestó que me llamaran serrano (porque lo soy, y a mucho orgullo), si me molestaba, y mucho, que le añadieran la rima de la papa con gusano… o que me dijeran longo
Al principio tuve, honesto es confesarlo, miedo de reaccionar, y decidí que era prudente esperar por unos días hasta que “les pase la gana de joder”, pero eso no ocurrió. Los muchachos seguían su cantaleta y mi reserva de paciencia se iba agotando. Finalmente, algo así como un mes después de comenzadas las clases, decidí que haría lo que sea necesario para poner freno a las burlas de algunos compañeros. Un día, al salir de clases, un compañero de estatura muy similar a la mía, se me acercó a provocarme, viniendo desde atrás, me tiró de los pelos y me dijo “longo serrano, vas hoy a comer papas con gusano?, mi paciencia se había colmado, sin contestar lo empujé hacia la calle y le caí a puñetes, no le di tiempo de reaccionar, los compañeros nos rodearon y empezaron a azuzarnos a seguir la pelea, pero esta concluyó en pocos segundos, el provocador chorreaba sangre por su nariz y empezó a correr. Algunos compañeros me alzaron en hombros, buena Romerito, gritaban, se la diste, bien hecho, no te joderá más… Y así fue!
De hecho, Maridueña (así se llamaba el provocador), no volvió a molestar. Poco tiempo después un chico más grande que Maridueña comenzó de nuevo la cantaleta, los compañeros volvieron a azuzar por la pelea, ésta se produjo, esta vez hubo más compañeros rodeándonos y gritando por uno u otro de los contendores, la pelea duró más que la primera, pero el resultado fue el mismo, Vicuña (ese era el nombre de mi contendor) sangraba por la nariz y no quiso seguir la pelea, esta vez yo había recibido unos golpes también, tenía un par de chichones en la cabeza, pero gané la pelea y Vicuña se fue a su casa refunfuñando y amenazándome para “la próxima”.

Al día siguiente llegó Vicuña al colegio, acompañado de su tía. Esta pidió audiencia con el inspector general, don Telmo Ollague. Ante él, la tía de Vicuña acusó a un estudiante “grandulón”, de apellido Romero, de haber pegado a su sobrino, abusando de su talla. Ollague me mandó a llamar.
Cuando me presenté ante Telmo Ollague y la tía (aún acompañada de Vicuña), Ollague se echó a reír mientras preguntaba a Vicuña, “es este el grandulón que te pegó?”, Vicuña avergonzado bajó la cabeza y asintió. La tía tomó a su sobrino por la mano, hizo un gesto de disgusto y decepción al mismo tiempo y se lo llevó con ella, allí terminó el interrogatorio. No hubo una próxima pelea con Vicuña ni con nadie. Así me gané el respeto y hasta el afecto de mis compañeros de mi clase “primero-primera” en el Colegio Aguirre Abad, en el año lectivo 1954-1955. Aprendí entonces que en la vida hay ocasiones en que la provocación debe ser parada a raya, que los provocadores no son otra cosa que fantoches, fanfarrones, a menudo son personas con complejo de inferioridad que la disfrazan con arrogancia mal disimulada. Aprendí que a esos fanfarrones hay que ponerlos en su sitio, ellos no pueden disimular más su complejo porque han sido descubiertos, han sido puestos en evidencia.

Pasaron los tres primeros meses, las calificaciones del primer trimestre llegaron, y mi gran temor de no haber respondido a la altura de los compañeros de Guayaquil dejó de serlo, Mis calificaciones no eran brillantes, pero tampoco eran malas, había superado el primer obstáculo en mi educación secundaria, no tenía porqué sentirme más como un pollo en una laguna de agresivos patos. Había aprendido a nadar…
Empecé a tratar de hablar con menos acento serrano, de sustituir las ersres por la erre, de acentuar menos las eses y en general de adecuar mi modo de hablar al de los guayaquileños, no creo que lo conseguí totalmente, pero para fines de ese año escolar, era evidente que había dado grandes pasos en la dirección que intentaba. No es que me avergonzara el hablar con el acento de mi pueblo, pero me hacía menos difícil la vida el hablar con menos acento serrano.

Me gustó el colegio, hice amigos, me gané el respeto y el aprecio de muchos y dejaron de tomarme como objeto de burlas y desprecios. Ya podía contar con amigos, algunos me llamaban Romerito, por mi pequeña estatura, pero también por algo de cariño.
Me gustaban las clases de educación física en la cancha de hockey sobre patines que estaba ubicada donde hoy está el Palacio de Justicia. Algunas veces íbamos a jugar futbol en las canchas del Reed Park, en la Atarazana, desde allí, algunas veces nos escapábamos a recoger ciruelas en las lomas donde hoy se ha extendido el cementerio general, o nos escapábamos al puente del Salado, frente al American Park y alquilábamos botes de remo para ir en busca de ostiones, para lo cual hacíamos una “vaca” y lográbamos reunir un sucre para comprar limones. Desde el puente Cinco de Junio, remábamos hasta cerca de San Eduardo, acercábamos el bote a las rocas de la orilla y allí cogíamos los ostiones, luego nadábamos en El Salado, debajo del puente Cinco de Junio. Otras veces después de las clases de educación física nos quedábamos en el parque Centenario, jugando en los columpios y las resbaladeras de la esquina de Vélez y Pedro Moncayo. Los veinte centavos (“dos reales”) que me daba mi hermana Flor todos los días, me los gastaba en los helados de los carritos que tenían la ruleta. En un día de suerte me comía hasta dos helados. Eran lindos días, yo era evidente e inocultablemente un niño pobre, pero no recuerdo haber sido nunca un niño triste… no recuerdo haber tampoco haber sentido envidia de ninguno de mis compañeros que tenían mas recursos que yo.
El profesor de música, don “Carlitos” González, quien nos enseñaba, entre otras cosas, a cantar tarantelas, me escogió un día para el coro del colegio. Era para mi la gloria, yo, el pequeño Rafico, de Pallatanga, en el coro del Colegio Aguirre Abad, cantando tarantelas?, era casi un sueño. La alegría no me duró mucho, porque cuando nos dijeron que mandáramos a hacer el uniforme del coro, que no era sino un pantalón azul marino y una camisa blanca de manga corta, mi hermana Florcita me dijo, con mucha pena, que no había dinero para eso. Tuve que renunciar al coro! Allí se acabó, antes de nacer, mi carrera de cantante…

En mi próximo capítulo: EL COLEGIO AGUIRRE ABAD