Tuesday, September 28, 2010

MI PRIMER VIAJE A GUAYAQUIL


EL TREN, INMENSO GUSANO QUE ATRAVIESA LAS DISTANCIAS Y UNE A LOS PUEBLOS

Esa noche yo soñé con trenes voladores, con muchos niños y sus padres blandiendo sus pañuelos al despedirse en sus viajes por el aire. Chayaguan tenía entonces unos treinta habitantes, y hoy, después de sesenta años debe tener unos cien. Los trenes voladores no han llegado, los barcos tampoco, y no sé si Ricardo los siga esperando, pero lo que sí volaba, y muy alto era la imaginación de Ricardo. Evidentemente Ricardo no debe haber hecho una fortuna prediciendo el futuro. No se si el sigue viviendo en Chayaguan, y si es así, a la edad de ochenta años quizás aún sigue soñando en la grandeza de su terruño, o se ha resignado ya a la humilde pequeñez de su terruño, o quién sabe, aún espera la llegada de los trenes voladores. El gran mérito de Ricardo y de los hombres como él, es que siempre estuvo orgulloso de su origen y echó a volar su imaginación, desde muy joven, aspirando lo mejor para su tierra.
El domingo regresé a Pallatanga al anca del caballo de doña Mercedes, ella, como casi todas las mujeres de su época no montaba en una montura para hombres, lo hacía en una silla especialmente diseñada para mujeres, donde ellas se sentaban con las dos piernas hacia un solo lado, como lo hacen las damas de la nobleza inglesa cuando acompañan a sus maridos en la caza del zorro. Este fue el fin de semana en que comencé a conocer el mundo, más allá de Pallatanga.
Fue por entonces, durante unas vacaciones de la escuela, cuando yo tenía unos seis años que mi mamá decidió llevarme a Guayaquil, en un viaje que hizo para chequear su salud. Fue una experiencia fascinante. Tan emocionado estaba yo por el viaje, que casi no pude dormir aquella noche. A las tres de la mañana mi madre vino a despertarme pero me encontró ya despierto. Había que desayunar y luego emprender el viaje de cuarenta kilómetros y ocho horas, a caballo, hasta llegar a Bucay, la estación más cercana del ferrocarril que nos llevaría a Guayaquil.
El tren mixto (de carga y pasajeros) que venía desde Riobamba, paraba en Bucay para cambiar de locomotora y de tripulación al entrar en el tramo del llano después de descender, a través de los Andes, desde los 2900 metros sobre el nivel del mar en Riobamba, hasta los cien metros de Bucay y seguir su viaje de 100 kilómetros hasta Guayaquil, que está al nivel del mar. Este tren partía desde Bucay a la una y media de la tarde y llegaba a Guayaquil a las cinco y media. Nunca antes había hecho un viaje tan largo en mi vida, jamás había conocido el tren, y, por supuesto, Guayaquil era para mí sólo un nombre que significaba “la gran ciudad”, pero no tenía muy claro lo que eso significaba.
Cuando me subí al anca del caballo que montaba mi papá al empezar el viaje, sentí la emoción de ir a lo desconocido, cada sitio que pasaba era nuevo, fascinante. Los cerros que yo conocía desde mi casa, con el caminar de los caballos iban quedando atrás, dando paso a otros, más grandes, con más bosques, con otra vegetación con horizontes cada vez más extraños. Por momentos sólo veía el camino, un camino de un metro de ancho, el río en lo profundo a la izquierda y, hacia la derecha la montaña, alta, muy alta, majestuosa, casi vertical, llena de palmeras, sólo para más allá, avanzando en el camino, volver a ver el río, igualmente en lo más profundo del abismo pero esta vez a la derecha, y la montaña imponentemente alta a la izquierda, con más montañas a lo lejos, hacia el sur y hacia el oeste.
El camino de herradura que unía a Pallatanga con Bucay, que en su mayor parte no excedía un metro de ancho, era de por sí, un desafío a la valentía de los hombres y mujeres que lo circulaban. Los caballos y las mulas caminaban estrictamente en fila uno tras otro, porque el camino era tan estrecho que no cabían dos animales uno junto al otro. Los jinetes debían anunciar con silbos de alto volumen su presencia en el camino para que los jinetes que venían del otro lado se detuvieran en lugares especiales para poder hacer el cruce. Los caminos eran tan estrechos, y tan al filo del precipicio, que con frecuencia, los animales al andar enviaban pequeñas piedras rodando hacia el río que estaba a doscientos metros abajo del camino. Sentí miedo al pasar por estos lugares, y me aferraba a la espalda de mi padre, cerrando los ojos para no ver el precipicio debajo de mis pies, ni la montaña casi vertical cuando mirábamos hacia arriba, que mostraba claramente las huellas de recientes deslizamientos de tierra que solíamos llamar ”los derrumbes”. Debimos cruzar algunos correntosos ríos sin puente, montados en los caballos a los que les llegaba el agua más arriba de su pecho. Los jinetes pasábamos el río casi tan mojados como nuestras cabalgaduras.
A medida que avanzábamos en el camino, el clima iba cambiando, íbamos descendiendo desde los 1500 metros sobre el nivel del mar de Pallatanga y de su fresco clima de 18 grados centígrados y sin humedad ambiental perceptible, a los 100 metros de altura y 28 grados centígrados en Bucay, donde la humedad pasaba de los 90 grados. La vegetación iba cambiando, los arboles se iban haciendo más altos y más gruesos, el camino se iba haciendo menos angosto y mas pedregoso, el ambiente se tornaba más pesado, empezamos a ver las plantaciones de plátano, las hojas más grandes de la vegetación, el río que en nuestro camino parecíamos seguir, estaba cada vez más cerca de nosotros, era cada vez más caudaloso y seguía descendiendo pero a una velocidad más lenta, la más alta humedad ambiental se podía sentir en nuestros cuerpos, sudábamos y en nuestras caras se podía ver el color rojizo en las mejillas, el “chapudo” característico del habitante de la sierra cuando llega al trópico. Todo nos anunciaba que íbamos llegando a La Costa.



LA LOCOMOTORA, PODEROSA MAQUINA
QUE ARRASTRA UN TREN Y ACORTA LAS DISTANCIAS

Pero lo mejor no había llegado todavía, cuando sólo nos faltaban unos dos kilómetros para llegar a Bucay, se escuchó un sonoro y repetido Uiiii, Uiiii, Uiiii, Uiiiiiii, que jamás antes lo había escuchado, sentí en mi interior una emoción desconocida. Mi padre me confirmó lo que yo había sospechado, ese era el pito del tren, del tren que nos llevaría a Guayaquil. Me enamoré de Bucay y de los sonidos del tren, de su ruidoso chaca chaca chaca, del tren al deslizarse sobre los negros y brillosos rieles, del gran ruido que hacía al acercase, del blanco vapor que despedía la locomotora y que se elevaba al cielo, del sonido de sus pitos, del color y de la inmensidad de sus vagones, del uniforme de los hombres que lo tripulaban, de su poderoso despliegue de fuerza , de la gente que en él viajaba, me enamoré para siempre del tren, ese gigantesco gusano que raudo se desliza sobre el riel y que veloz se desplaza hacia la distancia, llevando en su vagones cientos de toneladas de carga y muchos pasajeros. De pronto comprendí que mi mundo de Pallatanga era diminuto, y que iba llegando a un mundo más grande, más amplio, más moderno, un mundo que hasta entonces se había guardado muchos secretos para mí, pero que yo los iba a ir descubriendo. Después de todo, era tiempo lo que yo más tenía para hacerlo…


LOS RIELES DEL FERROCARRIL, LA RUTA DEL PROGRESO Y EL HILO QUE UNIO A LA NACION

Llegamos a Bucay una hora antes de que el tren partiera hacia Guayaquil, tuvimos tiempo de bañarnos, el calor que yo sentía era sofocante y la ducha fría me hizo sentir mejor. Me pasó el cansancio del viaje de ocho horas a caballo y estaba listo para una nueva y aún más fascinante experiencia.
En mi próxima entrega: A GUAYAQUIL, EN EL TREN

Tuesday, September 21, 2010

MI NIÑEZ




CON EL DANUBIO AL FONDO- FANNY Y YO VISITAMOS BUDAPEST EN EL AÑO 2000

Mi madre se acercó a mí sigilosamente, me abrazó desde atrás, me tapó los ojos con sus encallecidas manos, me besó en la cabeza y me preguntó qué buscaba yo en el horizonte. Me resultó difícil responderle porque yo mismo no sabía lo que estaba buscando, y sin embargo, ella intuyó que yo estaba viajando con mis pensamientos a lugares muy distantes. No le respondí su pregunta, y más bien le hice yo una a ella, “que se necesita para viajar muy lejos”?, y ella me respondió, “primero tienes que hacerte grande, los niños chiquitos, solos no pueden viajar muy lejos”, y añadió, “luego, debes estudiar mucho, mucho, mucho para poder ganar el dinero y poder pagar los gastos de viajar muy lejos”, y, finalmente, agregó, “yo sé que tu lo harás algún día, lo supe desde antes de que nacieras, tu viajarás por el mundo y conocerás mucha gente”, “recuérdalo mijito”. Sus palabras quedaron grabadas en mi mente desde entonces, y, cada vez que viajo, cada vez que estoy lejos de mi patria; en Europa, en la China, en Singapur, en Hong Kong, en Paris, en Nueva York, en Dubái, en Nueva Zelandia, en Argentina, en Chile, en Australia, en alguna parte de África o en Tailandia, siento que ella, mi madre, está conmigo, que ella va junto a mí, disfrutando tanto como yo de mis largos viajes por el mundo, y sonriéndome, con su siempre presente y amorosa sonrisa a flor de labios…
Tengo sólo un leve recuerdo del día en que mis padres lograron construir nuestra casita a unos cincuenta metros de distancia de la casa en que vivíamos gracias a la bondad de doña Mercedes Muñoz (“mama Michi”), madrina de mi madre. Con unos cincuenta sucres que mi hermana Letty le había regalado a mi madre y los ahorros que mi madre logró hacer gracias a su panadería, así como algunos ahorros de mi padre, la familia compró un solar de unos doscientos metros cuadrados en un terreno muy quebrado que limitaba hacia el oeste con una quebrada que en la época de lluvias descargaba aguas hacia un canal que pasaba muy cerca del pueblo; hacia el este con el camino de acceso al pueblo, hacia el norte con terrenos quebrados de la familia Espín, y hacia el sur miraba al pueblo. Se dieron modos mis padres para construir una pequeña casa de madera y techo de cadi, a la orilla de la quebrada donde estaba nuestro solar. Hacia el lado norte de la casa se construyó el horno de adobe, indispensable para la panadería, así como la pequeña cocina de fogón de leña donde mi madre criaba algunos cuyes. Nuestra casa, a unos seis metros de distancia, separada del horno y la cocina, estaba hecha totalmente de madera, de vigas asentadas sobre grandes piedras traídas desde el río, que servían de cimientos. Deben haber sido estructuralmente muy bien hechas estas casas, porque no recuerdo que ninguna se haya caído, a pesar de los temblores que ocasionalmente se sentían en nuestro pueblo.
La casita tenía cinco pequeños cuartos. Dos eran dormitorios, con ventanitas de vidrio con marcos de madera, hacia el barranco, allí cabían dos camas en cada dormitorio, y en esas cuatro camas nos acomodábamos todos los miembros de la familia. Había una salita de unos cuatro metros de largo por dos y medio de ancho donde teníamos cuatro sillas y una banca de madera, el comedor, de tres metros por dos y medio donde habían dos sillas en los extremos y, a los lados dos bancas de madera que permitían sentarse a tres personas. En el portal de la casa, de unos cinco metros de largo por dos de ancho siempre había otro par de bancas de madera, desde donde, sentados, veíamos pasar a los transeúntes que pasaban frente a nuestra casa, y a quienes, muchas veces recibíamos en sus cortas visitas de los domingos.
El comedor a la vez era la sala de trabajo de la panadería de mi madre, quien con nuestra ayuda, hacía el delicioso pan que sólo ella sabía hacer con el arte que aprendió de su abuela Mercedes. Finalmente la otra habitación, de tres por tres, la usábamos para la “tienda”, en la que vendíamos los víveres más básicos que mi padre traía desde Bucay, tales como arroz, azúcar, sal, café, té, canela, jabón de lavar y de tocador, velas de cera, cajas de sardinas, panela, caramelos, galletas, manteca (de cerdo), kerosene y, fósforos “el gallo” y, por supuesto el pan que hacía mi mamá. La tienda era un negocio de mi padre, derivado de su comercio con Bucay y ayudaba en las finanzas y, claro en la alimentación de la casa.
Me contaba mi madre que mis hermanas y hermanos mayores no cabían de la felicidad el día que nos mudamos a nuestra casita propia, y repetían en voz alta “ya tenemos nuestra casita, viva, viva, ya somos dueños de casa”. No lo recuerdo, pero me atrevo a pensar que yo era parte de la fiesta. Entonces no conocíamos (o no estaba a nuestro alcance) la pintura en las paredes. Las paredes de los cuartos que eran de tabla, estaban tapizadas con periódicos pegados a ellas con engrudo hecho con harina de trigo. Aún recuerdo algunos titulares de esos periódicos que por mucho tiempo estuvieron pegados a las paredes de la casa. Algunos tenían que ver con la guerra en Europa y el Pacífico, y recuerdo también los avisos comerciales en esos periódicos, en particular el de la pasta de dientes Kolinos, que decía más o menos así: “Sus treinta y dos dientes, mas blancos que la nieve, usando Kolinos”. Así fue como me enteré que los adultos tenían treinta y dos piezas dentales y me preocupaba que hasta los ocho años yo no llegara sino a veintiséis. Recuerdo también un aviso comercial del famoso “Jabón de Rosas”, jabón que no lo usábamos en nuestro baño porque mi madre nos bañaba siempre con “jabón Águila de Oro”, que era el jabón de lavar ropa, y que, igual que el jabón de rosas, era fabricado por la Jabonería Nacional, de Guayaquil. Evidentemente el jabón de rosas era mucho más caro y, por tanto estaba fuera del alcance del presupuesto de nuestra familia.



EN SHANHAI, CHINA EN EL 2002

Entre mis recuerdos más lejanos hay uno sobre un evento ocurrido unos seis meses después de mi primer día en la escuela primaria, fue en el verano de 1948, cuando yo tenía unos seis años. Era un día viernes, el director de la escuela, don Luis Cadena, organizó una “excursión” a Chayaguan, un recinto a unos siete kilómetros al oriente de Pallatanga, al otro lado de la montaña por donde salía el sol todos los días. Para llegar, debíamos ir por un sinuoso camino de herradura que pasaba por montañas y quebradas, una de ellas llamada “Sal si Puedes” y que nosotros llamábamos “Salí si puedes”. A mi edad, caminar esa distancia, de ida y vuelta el mismo día no era aconsejable. Debido a mi insistencia, mi madre aceptó que yo vaya, pero pidió en una carta a su madrina, doña Mercedes Muñoz (mama Michi), que vivía en Chayaguan, que no me deje regresar y que me aloje en su casa hasta el domingo, día en que ella solía salir a Pallatanga a oír misa y cuando yo debía regresar con ella.

Era la primera vez que me separaba de mi madre, pero era una aventura, hasta entonces yo sólo había oído hablar de las excursiones y de las aventuras que en ellas se vivía. Yo estaba realmente emocionado. Visitamos el villorio,que consistía de unas diez casitas, casi todas habitadas por miembros de dos familias, los Zabala o los Grannizo. Recogimos “toctes”, una especie de nuez criolla que cuelga de los arboles de nogal, jugamos futbol, nos mojamos y enlodamos en los arroyos del campo, comimos nuestras respectivas “tongas” de arroz con yuca, huevo y pinol, en pleno campo y bajo la sombra de los nogales. Pero llegó la hora de volver, y yo debía quedarme. Por primera vez sentí la nostalgia de la casa querida, me sentí lejos de mi madre, lejos de mis hermanos, me sentí poco menos que desolado. Ricardo, el hijo más joven de doña Mercedes me consolaba diciendo, “Rafico, mañana iremos a la chacra de alverjas, allí veremos los venados y cazaremos tórtolas”. Eso hicimos, en efecto al día siguiente, vi, por primera vez a un venado, en efecto vi a tres, incluyendo un cachorro que apenas podía pararse. Con su horqueta y su elástico, Ricardo cazaba tórtolas y se convirtió súbitamente en mi héroe, pues manejaba su horqueta cual si fuera una pistola, pájaro que apuntaba, pájaro que tumbaba al suelo. Lejos estaba yo entonces de sentir pena o angustia por un pájaro herido. Matar los pájaros era parte de la cultura de nuestro pueblo, la horqueta era para los chicos de Pallatanga, como el arco y la flecha para los niños y adultos de otros lares.



MI FAMILIA EN 1999-CINCO PARA UNO Y UNO PARA CINCO

Pasamos toda la mañana del sábado cazando tórtolas y recorriendo el campo. La imaginación de Ricardo no tenía límites. Sostenía que Chayaguan sería, en pocos años, más grande que Pallatanga (a la que entonces él consideraba poco menos que “su metrópoli”), en efecto, me decía, "Chayaguan será más grande e importante que Guayaquil", y lo decía con convicción. "A Chayaguan", decía Ricardo, "llegarán los trenes por el aire, de aquí saldrán y acá llegarán los barcos más grandes, trayendo gente y carga de otros países, en ellos vendrán muchos gringos que traerán mucha, mucha plata". Chayaguan será, decía Ricardo, “la ciudad mas bonita y grande del Ecuador”
En mi próxima entrega: MI PRIMER VIAJE A GUAYAQUIL

Wednesday, September 15, 2010

LLEGA UNA NUEVA VIDA



PALLATANGA- LA CASA DE MI TIO ANTONIO EN PALLATANGA, TAL COMO ESTA HOY

La familia entera ayuda a mi madre mientras mi padre se ocupa de desensillar a las mulas y desempacar el equipaje. “Lilita”, llama mi madre en alta voz a mi hermana de 14 años, tan pronto se ha bajado de la mula, “mi amor, apúrate mijita, ve volando a traer a doña Rosita Lozano, dile que es urgente, urgentísimo, que venga corriendo porque voy a dar a luz inmediatamente”. Lilita no se hace esperar y corre a cumplir con su mandado y, ciertamente en menos de media hora, y cuando mi madre empezó a sentir los más fuertes dolores del parto, llega la comadrona, doña Rosita, que ha sido la partera que ha atendido a mi madre en seis de los ocho partos anteriores. Ella es una experta, casi todos los niños nacidos en este pueblo en los últimos veinte años han sido atendidos por ella. “Urgente, calienten agua que el parto empieza en quince minutos”, dice doña Rosita, y en efecto, a las diez y media de la mañana se oye un fuerte grito de mi madre, e inmediatamente el llorar intenso del recién nacido que a todo pulmón también expresa su júbilo en la única forma que sabe hacerlo, llorando a todo pulmón…
“Es un varón, es un varón”, dice doña Rosita” alzando al recién nacido tomado de los pies y a quien le da dos fuertes nalgadas, como para darle la “bienvenida” a este mundo; “lo sabía, lo sabía”, dice mi madre, aún muy adolorida, e inmediatamente agrega, “tráiganmelo que quiero abrazarlo, quiero besarlo, quiero decirle que lo quiero a montones” y continúa, “hay que bautizarlo inmediatamente, llamen al cura, hay que bautizarlo, mi niño se llamará Rafael, como mi abuelo, por varón, por valiente, y por buen viajero”.
El recién nacido tenía su carita hinchada, con moretones, con señales de golpes en todo su cuerpo como resultado del maltrato recibido en el viaje, pero sobretodo por los golpes recibidos cuando mi madre se cayó de la mula esa misma mañana. Sin embargo, el recién nacido lloraba a todo pulmón, él también estaba feliz de haber llegado y lo expresaba en el único lenguaje que él sabía y todo el mundo le entendía.
Era el martes 30 de junio de 1942 y el recién nacido era yo…
La salud del niño, muy al contrario de lo que podría haberse esperado, es muy buena, se alimenta exclusivamente del seno de su madre por los primeros seis meses, luego empieza a comer alimentos suaves, después de todo, su madre es una experimentada madre de seis hijos vivos. Nadie esperaba que este niño, de repente, sufriera un serio accidente que puso a toda la familia en emergencia. Muy cerca de que yo cumpliera ocho meses y mientras mi madre planchaba la ropa de la familia, usando la plancha de hierro sólido calentada al fuego de carbón como se usaba en esa época, ocurre un incidente que conmueve a toda la familia.
Yo había comenzado a “gatear” y daba vueltas sin cesar por todo el pequeño espacio de nuestra vivienda. Un día, mi madre había colocado la plancha arrimada en la pared de adobe mientras doblaba la ropa ya planchada. De repente, y sin que mi madre se diera cuenta, he llegado gateando hasta la plancha y esta me ha caído sobre mi mano derecha, produciéndome graves quemaduras en toda la mano derecha. Mis gritos y el llanto de dolor eran conmensurables con el daño que había recibido en toda la mano que ahora parecía una sola llaga, la angustia y la desesperación de mi madre y mis hermanos era enorme, corrían de un lado al otro sin saber qué hacer, hasta que mi madre reacciona y por fin me curan con sábila y clara de huevo, cubriéndome la mano con un paño. No cesaban los llantos y debieron pasar varias horas hasta que el cansancio me permitiera dormir.
Mi padre estaba ausente en uno de sus viajes de trabajo, y por tanto no sabía lo que había ocurrido. Cuando llegó de su viaje, mis hermanas y mi madre se turnaban para sacarme de la casa e impedir que mi padre me viera, porque estaba dentro de lo probable que, debido a su temperamento, buscara culpables y terminara causando un grave incidente familiar encima de la tragedia ya ocurrida. La quemadura poco a poco fue curándose, pero en m i mano quedaron serias cicatrices que dejaron tres de los cinco dedos de mi mano derecha parcialmente unidos. Al principio de mi vida de estudiante en la escuelita primaria esto me causaba cierto grado de dificultad para escribir, pero poco a poco pude superarlo, y para cuando llegué a segundo grado de primaria, ya me había acostumbrado a lidiar con el problema. Pasados los once años de edad y cuando me aprestaba a ingresar al colegio secundario Aguirre Abad de Guayaquil, fui sometido a una operación en el Asilo Mann de Guayaquil, donde los doctores Eduardo Alcivar Elizalde y Jorge Mite reconstruyeron mi mano casi completamente y la dejaron totalmente hábil en la práctica y casi normal en la parte cosmética.


PALLATANGA-UNA CASA CONSTRUIDA EN 1942
Y QUE AUN HOY ESTA EN PIE

En el segundo gobierno de Velasco Ibarra, en 1944, mi padre llega a ser, por primera vez, el Teniente Político del pueblo, una suerte de comisario que aparte de tener obligaciones policiales, también tenía a su cargo el Registro Civil (registro legal de nacimientos, matrimonios, divorcios y muertes), que antiguamente lo mantenía la Iglesia Católica, pero que desde 1908, con las reformas legales introducidas por la revolución liberal encabezada por Eloy Alfaro, pasó a ser responsabilidad del gobierno central. Con un sueldo de 120 sucres mensuales, que si bien no llenaba todas las necesidades del hogar, ayudaba a llevar la pesada carga de mantener una familia de siete personas, carga que principalmente mi madre la llevaba sobre sus hombros con el producto del trabajo en su panadería. La Tenencia Política, era el puesto administrativo más codiciado por algunas personas en el pueblo, y, como era de esperarse, muchos la buscaban con tenacidad hasta obtenerla, sin importar que esa búsqueda significara necesariamente también, el pedido tácito de que se despida a quien ostentaba esa dignidad. Usualmente era a través de la amistad con el gobernador de la provincia que se conseguía el premio, y, por tanto, había cambio de teniente Político cada vez que había un nuevo gobernador. Mi padre consiguió su posición debido a su altísima lealtad al Velasquismo, cosa que nunca dejó de ser cierto hasta su muerte, casi cincuenta años después, en 1991
Los párrafos anteriores son producto de mi recuerdo de los diálogos que desde muy joven tuve con mi madre. Ella y yo teníamos un amplio y permanente canal de comunicación. Recuerdo que de vez en cuando me recostaba sobre su pecho y ella acariciaba con sus manos mi cabellera de pelo necio y me contaba sobre su juventud, su escuela, su mentor espiritual el padre Arrieta, sobre mis hermanas, mis hermanos, me contaba historias y cuentos de los hermanos que mucho mas tarde me enteré que eran de los hermanos Grimm y otros, de los viejos libros de lectura españoles que ella usó en su escuela primaria. Muchas veces sus ojos se llenaban de lágrimas mientras hablaba. La emoción que ella sentía era incontenible, también yo me contagiaba de ella…y lloraba. Llorábamos juntos en una comunión espiritual grandiosa que extraño, porque nunca más me he comunicado con nadie de esa forma. Ella, sin embargo, jamás me contó sobre la parte más amarga, de su historia personal, de la violencia doméstica de la ella había sido víctima antes de que los varones de la familia naciéramos


UN EQUIPO DE FUTBOL DE PALLATANGA CON SUS MADRINAS-1944

He sentido siempre que desde antes de mi nacimiento, entre mi madre y yo existió una conexión muy profunda y especial, no digo que yo haya sido el “preferido” de ella, porque no creo que lo fuera, después de todo, ella no hubiera nunca aceptado que amaba a un hijo más que a otro, y, sin embargo, cuarenta y un años después de su muerte, pienso que la conexión que teníamos era mucho más grande que la que mis hermanos y hermanas podrían haber sentido. Aún hoy la siento, casi que la veo, vigilando el bienestar de sus hijos, pidiendo a Dios por nosotros, dándonos aliento para superar dificultades y avanzar siempre hacia adelante en nuestros caminos de la vida. Recuerdo especialmente nuestro diálogo en una ocasión, cuando yo debo haber tenido unos siete años, ella me encontró meditabundo, sentado en el piso de la esquina de la casa, muy cerca de la gran cruz de madera que estaba frente a nuestra casa y que alumbrábamos en honor a la Virgen María, para el primero de mayo, con linternas de kerosene que nos prestaban las familias del pueblo. Yo tenía mi mirada puesta en el horizonte, hacia el suroeste, como queriendo llegar con mi mirada más allá de las montañas, hacia donde yo intuía que estaba Guayaquil, la gran ciudad y hacia donde yo pensaba que se extendía el mundo.
En mi próxima entrega: MI NIÑEZ

Friday, September 10, 2010

SIGUE EL DURO CAMINO


CABALGANDO EN EL PARAMO

A las cinco de la tarde y cuando la neblina empieza lentamente a subir hacia las montañas viniendo desde la costa, pero mezclandose con el viento helado del páramo, llegan a Pangor, un pueblito de no mas de veinte casas, habitado por gente muy humilde, mestizos, casi indios puros. Allí es donde mis padres planean pasar la noche pidiendo posada a esa gente pobre, muy pobre, pero generosa, de un corazón inmenso, que nunca le niega una posada y un bocado de comida a quien lo necesita. Ayudar al viajero es considerado por esta humilde gente casi como una obligación religiosa. Este es un pueblo de veinte casitas de adobe, pisos de tierra y techos de paja, sus habitantes viven para criar ovejas, chanchos, gallinas y cuyes, pero además cultivan papas, habas, mellocos y ocas. Nunca se quejan del frío, porque este es su eterno compañero, y porque además, siempre usan un pesado poncho de lana que ellos mismo la tejen. Sienten frío sólo cuando se bañan en las aguas gélidas del vecino río que trae aguas del páramo. Se bañan tres o cuatro veces al año y nunca lo hacen con entusiasmo. Así es su vida, se han acostumbrado a ella y casi nunca se quejan por sus limitaciones.
Los olores dentro de la casa son una mezcla de ropas y cuerpos sucios, de sudores repetidos, de excretas y orines de los cuyes que comparten el espacio dentro de la casa con sus humanos criadores, y de pesadas cobijas de lana que sólo se lavan una vez cada seis meses. Pulgas y piojos habitan en abundancia en este ambiente tan propicio para ellos. Es en este lugar donde la madre que espera a su hijo en un par de días, y su marido, deben, mas bien tienen, que pernoctar. Mi madre, religiosa como es, reflexiona y piensa que la madre de Jesús, y su esposo, José, debieron acampar en un pesebre, y compartir el espacio con ovejas y vacas en lechos de paja. Hace una profunda reflexión y concluye que debebería sentirse feliz de compartir este destino con la Santa Madre de Dios y su Familia. Es, sin duda, una formidable forma de buscar alivio, qué mejor destino puede haber para una madre cristiana?, ella mismo se pregunta y su respuesta, sin palabras, es una tácita aceptación de las humildes condiciones en que debe acampar, y entonces decide que quedarse esa noche es lo más razonable, más no llega al punto de considerar siquiera el quedarse a dar a luz allí.
El cansancio es enorme, han cabalgado por más de doce horas subiendo y bajando el páramo y están a sólo unas seis horas de llegar a su destino, la hospitalidad de la gente de Pangor es inmensa, ellos comparten sin remilgos su pobreza de cuya dimensión no parecen estar plenamente conscientes. Con una generosidad admirable, brindan su casa, su cama, su comida, su abrigo, pero más que todo eso, su enorme simpatía y solidaridad humanas. Ellos invitan a sus huéspedes a quedarse, le sugieren a mi madre que se quede a dar a luz a su hijo en su casa. Mi madre les agradece su bondad y su generosidad pero les dice que ha decidido avanzar hasta Pallatanga donde su familia la espera. Ellos lo comprenden, pero tienen dudas sobre si mi madre podrá lograr su propósito.
En otras condiciones habría sido imposible para mis padres descansar, peor dormir, pero su cansancio es tan grande que, poco después de las siete de la noche se quedan dormidos, a sabiendas de que hay una jornada más, no tan larga ni tan dura como la anterior, pero que hay que hacerla, sobre todo porque hay un día menos para el parto.
Igual que el día anterior, a las cuatro de la mañana vuelven a emprender el viaje, las mulas han descansado también y, aunque mi madre empieza a sentir los primeros síntomas del parto, los dos emprenden la segunda y definitiva jornada para llegar a Pallatanga. Es una madrugada oscura y llena de neblina, la esplendorosa noche anterior ha sido reemplazada por una helada llovizna y con visibilidad casi nula. Mi padre conoce bien este camino, lo ha recorrido a pie decenas de veces reparando la línea del telégrafo, y sin embargo, siente que hay riesgo, la obscuridad es casi total, el camino es tan estrecho que en él sólo cabe un animal a la vez, no hay forma de hacer el viaje uno junto a otro, hay que ir en fila, así que él se adelanta para actuar como guía, sintiendo y oyendo el paso de la mula que le sigue, que es la que lleva el poco equipaje de la pareja, y de la que cabalga mi madre. Camina despacio para no distanciarse. Así caminan más de media hora, pero, de pronto escucha un grito desesperado de mi madre: “Timoooo, auxilioooo, por Dios, estoy en el suelo, ayuuudameee!”.


CERCA DE PANGOR, EN EL VIAJE A PALLATANGA

La obscuridad es casi total, pero mi padre tiene una linterna de mano. Se baja de su montura, amarra a su mula y regresa enfocando su linterna buscando a mi madre. Unos veinte pasos atrás encuentra a la mula en que ella cabalgaba, la amarra y sigue buscando a mi madre, veinte pasos más hacia atrás y la encuentra en el suelo, tratando de incorporarse, adolorida y quejándose de dolores de parto. Cuando mi padre por fin la encuentra, ella dice, con palabras llenas de angustia, “por Dios, ayúdame, me muero del dolor, mi hijo está en peligro, he perdido de vista a la mula, me duele mucho mi vientre, estoy empezando a sangrar, por Dios, por lo que más quieras, por favor, ayúdame, casi no soporto este dolor, me he golpeado la cabeza y el vientre, me duele todo el cuerpo”, y agrega “Timo, por el amor de Dios, sigamos, vuelve a subirme a la mula, debemos llegar pronto, no hay tiempo que perder”. “Luquita”, dice mi padre, “creo que debemos esperar aquí a que amanezca para poder seguir el viaje, en una hora habrá salido el sol y podremos seguir nuestro camino con más seguridad”. “no, Timo, por favor, no, no” dice mi madre, “una hora es demasiado tiempo, debemos seguir para encontrar ayuda, pronto dejará de lloviznar y al amanecer empezará a abrigar, por favor, sigamos nuestro camino”. Su determinación no deja espacios para discusión, el viaje se reanuda en medio de intermitentes quejidos mezclados con palabras de aliento hacia mi padre y esporádicos monólogos dirigidos al niño por nacer. “Aguante un poquito más mijito, usted es valiente, ya mismo llegamos, no se me adelante, ya llega el día, la luz, el calorcito de Pallatanga y sólo entonces usted debe llegar, ni un minuto antes”. Era una manera de auto animarse y animar a mi padre que estaba a punto de rendirse.
Al continuar el descenso desde la sierra hacia el valle de Palltanaga, el cielo se despeja y llega la mañana con el sol primero tímidamente asomando sobre las montañas de oriente y alumbrando las cimas de la cordillera al occidente, y luego esplendoroso, alumbrando todas la montañas en ese maravilloso e interminable repetir diario de su camino de veinticuatro horas, las nubes han pasado ya en su viaje a las alturas, de pronto, mi madre exclama eufórica "timo, ya estamos por llegar, ya casi lo hemos logrado" si, allí, a la distancia se puede ver las casitas esparcidas del pueblo de Pallatanga, el pueblito querido, el pueblito de los viejos, el pueblito de los hijos, el pueblito del niño que está por llegar, el pueblito que parece un nido de pájaros allá, abajo, en el abrigado y querido valle.

PALLATANGA, COMO UN NIDO DE PAJAROS EN EL ABRIGADO Y QUERIDO VALLE

Mi madre está muy alegre en medio de sus dolores, y casi gritando dice; “benditos sean Dios y la Virgen Santísima”, mi madre no se puede aguantar la emoción y lo grita a todo pecho, “timo, lo vamos a lograr, lo vamos a lograr, mi hijo va a nacer en Pallatanga”, “alabado sea el Señor”.
Después de una hora más de cabalgar en el lento pero seguro paso de las mulas llegan a Pallatanga. Lilita, Florcita, el varón de cuatro años, y Pancho de dos, salen jubilosos a recibir a los viajeros, se oyen gritos de alegría, “mamita” gritan los chicos, “qué me ha traído mamita” grita el mayor de los varones. Mi madre contesta, “un ñañito”, y agrega, “pero debes esperar un ratito más hasta que nazca, lo hará ya mismo”. Pancho, que en su media lengua repite todo lo que oye a su hermano, dice, “que me me me tajite mamita? Y los dos rodean a su madre para abrazarla y besarla. Es una escena de suprema felicidad, la madre y sus hijos abrazados, ella casi llorando de la emoción, ellos, felices porque ya no van más a estar sin su madre. Letty, la hija mayor de la familia no está, ella ya se ha casado y vive en Guayaquil, sólo están, a cargo de los chicos y de la casa, Lilita, de 14 años y Florcita de 11.

En mi próxima entrega: LLEGA UNA NUEVA VIDA

Sunday, September 5, 2010

LOS CAMINOS DE UNA NUEVA VIDA



TUTUPALA, UN DESOLADO LUGAR A DONDE MI HERMANA LETTY LLEVA LA ESPERANZA

Fue por esa época que Letty, la mayor de mis hermanas, que había obtenido en Riobamba un título de profesora de tercera clase, consigue emplearse como profesora en la aldea indígena de Tutupala, en lo más alto del páramo serrano, cerca de Guamote en la provincia del Chimborazo, a unos 3500 metros de altura, donde sólo viven la pobreza y la desesperación, encarnadas en los pobres indios.

Tutupala era un recinto habitado exclusivamente por indios guasipungueros cuyas paupérrimas viviendas estaban esparcidas en el páramo y vivían en la más abyecta pobreza. Esta pobre gente vio en la llegada de una “profesora” a sus ancestralmente abandonadas tierras, como una pequeña luz al final del eterno y obscuro túnel de su desesperante abandono, pobreza e ignorancia, y por eso le entregan su “mejor casa” para que la profesora viva, porque ellos intuyen que al aprender a leer y escribir, sus hijos podrán aspirar a una mejor vida que la suya. La “casa” que los indios ofrecen a mi hermana es una pequeña choza de paredes de adobe, piso de tierra y techo de paja del páramo, con una sola habitación que servía de sala, comedor, dormitorio y un fogón en el suelo como cocina. Sólo había en esta rudimentaria casa una pequeña mesa de madera con cuatro taburetes, y dos tarimas para ser usadas como camas. La casa era muy pobre, pero la mejor que los indios de Tutupala podían dar a la profesora de sus hijos, y lo habían hecho con todo su cariño.
Los indios vieron a mi hermana como al ángel que han estado esperado por siglos para educar a sus hijos y por eso le brindan cariño y le hacen sentir bienvenida. Pero Letty es muy joven y vivir sola en este desolado páramo es un riesgo que mis padres no creen que deba correrse, por eso deciden que mi madre “acompañe” a Letty. Mi padre mientras tanto se quedó en Pallatanga con Lilita y Florcita, mis dos hermanas, quienes cuidan a mis hermanos más pequeños, Pepe y Pancho.

Letty y mi madre salen de Tutupala después de cerca de dos años en que la familia se sustenta con los escasos ingresos de mi padre y el sueldo que mi hermana tenía como profesora. Este helado purgatorio se termina cuando mis padres aceptan que mi hermana se case con un joven de Guayaquil que viajó hasta Tutupala a pedir su mano y se la lleva, ya casada, a Guayaquil. Letty había conocido a su futuro esposo cuando ella vivió en Guayaquil en casa de nuestra tía Mercedes Montiel y mientras estudiaba en el Normal Rita Lecumberry
Pero, la pobreza y la desesperación siguen siendo permanentes compañeras de nuestra familia. Fue por el año 1939 que vuelve mi padre a conseguir empleo como guarda de estancos y lo destinan a Riobamba. Con cinco hijos y con poco o ningún entusiasmo por el cambio, mi madre se traslada a la capital de la provincia, obligada por las circunstancias. A ella no le agrada Riobamba, la considera una ciudad fría, “de gente indiferente, hipócrita, chismosa y de tacañería ancestral, ciudad y gente fría, exageradamente fría, de clima de sentimientos y de alma. Mi madre ama Pallatanga, por su clima, por su gente, por su negocio que le permite ganar dinero y mantener a su familia, eso le daba además un grado importante de independencia económica. Pero, esposa obediente y fiel a su juramento de acompañar a su marido en las buenas y las malas, al fin, acepta el cambio y se va a vivir otra vez en la sierra para cumplir con su deber de esposa y madre.
Hacia fines de 1941, nuevamente esta mi madre encinta, esta vez ella sabe que es un varón por la similitud de su embarazo con los dos anteriores. A comienzos de junio de 1942, mi madre se dirige a su marido y le dice “Timo, sé que va a ser un varón”, y agrega, “pero quiero que volvamos a Pallatanga, tengo miedo de esta ciudad, no quiero que mi hijo nazca aquí, donde hemos sufrido y llorado tanto, en esta ciudad de sufrimiento, con gente indiferente, donde hemos derramado tantas lágrimas y hemos recibido tan poco consuelo”. “Yo quiero que mi hijo nazca en mi pueblo, en el calor de la familia, de mis amigos, de nuestro clima y de nuestra tierra”. Mi padre trata, dado el avanzado estado del embarazo, de disuadir a mi madre de hacer el largo viaje a caballo (75 kilómetros de montaña), pero la decisión de mi madre es irreversible y el argumento de mi padre es en vano, ella no acepta la idea de que su hijo nazca en esta tierra de frío, de dolor, de amargura, de desolación, de desconsuelo, de penas, de llantos, de enfermedades y hasta de hambre. Finalmente mi padre comprende que no hay forma de disuadirla, y pide el traslado a Pallatanga.
Después de tres semanas se lo conceden, pero falta menos de una semana para el día que mi madre debe dar a luz y, finalmente la madrugada del 28 de junio de 1942, mi padre consigue tres mulas y emprenden el largo y penoso viaje hacia Pallatanga. Son las cuatro de la mañana, el cielo está lleno de estrellas y la luna ilumina el estrecho y empinado camino hacia las montañas. Hay que ascender hasta 4,000 metros de altura para comenzar el descenso hacia Pallatanga, la primera jornada debe demorar por lo menos doce horas. La temperatura en la montaña llega muy cerca de cero grados centígrados, lúgubre sopla el viento del páramo semejando al aullido de los lobos, o el ulular de las palomas, las mulas siguen por el estrecho y aún oscuro camino, cual si fueran alumbradas por el viento, pero es sólo su instinto el que les hace caminar seguras, por un camino que aún con luz del día es escabroso y difícil para el ser humano.
A las seis de la mañana el sol comienza a alumbrar la ruta, la temperatura es aún muy fría, pero la luz ayuda y el paso de las bestias se acelera, a medida que pasan las horas, y a pesar de que el camino sigue subiendo a las alturas andinas, hay menos viento y mas sol, la incomodidad del viaje se hace algo menos severa, mi madre resiste estoicamente, sin la menor queja y el niño que lleva dentro de su vientre parece comprender la urgencia del viaje y no muestra síntomas de sentirse incómodo. A las once de la mañana han andado ya un poco más de la mitad de la distancia planeada para la primera jornada, todo subiendo la gran montaña, todo en camino estrecho y zigzagueante, todo en medio de la soledad del páramo, donde hasta las aves se refujian del frío y dejan de cantar por su tristeza.


EL PARAMO, INHOSPITO PERO OBLIGADO PASO PARA IR DE RIOBAMBA A PALLATANGA

Cerca del mediodía mi madre pide un descanso y con ayuda de mi padre ella desciende de la mula, se sienta, acaricia su vientre y siente un fuerte movimiento del bebé por nacer que aprovecha el descanso también para estirarse después de haberse mantenido casi inmóvil durante todo el camino, tan inmóvil que por momentos su madre llega a temer, sin decirlo, que el niño no esté bien. “Timo” dice mi madre, “este niño va a ser valiente, ha resistido todo esto mejor que nosotros, y agrega “parece que disfruta el viaje, seguro que va a ser un gran viajero”, mi padre sonríe y como agregando un comercial contesta, “va a ser tan valiente como su padre”, los dos ríen mientras sentados aprovechan el descanso para comer la tonga de arroz con papas y refrito, hecho con pan viejo, queso y cebollas.



EL CHIMBORAZO, IMPONENTE "REY" DE LOS ANDES

El descanso es aprovechado también para mirar el verde casi infinito de las montañas, a lo lejos y gracias a que el día es esplendorosamente claro, ambos divisan las nieves eternas del Chimborazo y del Altar, dos colosos de la cordillera Andina que parecen mirar curiosamente a la pareja de viajeros en lo mas alto del páramo. El majestuoso Chimborazo, el “Rey de los Andes”, con su cono blanco descendiendo desde su cima cual gigantesco velo de una novia, muestra sus faldas pobladas de llanuras cultivadas que semejan inmensas alfombras multicolores tendidas al sol, muestra también los riachuelos que nacen de sus nieves y corren serpenteando a través de montañas, colinas y valles, a formar los ríos que llegarán a los dos mas grandes océanos, no sin antes haber brindado, generosamente, sus aguas para calmar la sed de los hombres y fertilizar sus campos. Sin duda, esta es una escena que alivia el cansancio de sus cuerpos a Timo y Luquita, y les refresca la mente, les fortalece su fe en Dios y les prolonga la esperanza. Un poco hacia occidente también ven El Altar, esa otra gigantesca montaña que como su nombre lo dice, semeja un monumental sitio de adoración, desde donde Los Andes rinden tributo a su Creador, al Arquitecto del Universo, Nuestro Gran Dios.


EL ALTAR, BELLA MONTAÑA DE LOS ANDES ECUATORIANOS

Los viajeros han descansado casi una hora, mi madre sugiere reanudar la marcha, faltan unas cinco horas para llegar a Pangor, ahora casi todo el camino será en descenso y por tanto ligeramente más incómodo para los jinetes, tendrán que AVANZAR más lentamente. La ilusión de ver a su hijo nacer en Pallatanga le da a ella las fuerzas que necesita para seguir. Timo, contagiado por la energía de su mujer, sabe que debe continuar, no hay como dar un paso atrás, ya los dados han sido lanzados, sólo se puede seguir adelante en el camino y eso es precisamente lo que hacen.

En mi próxima entrega:SIGUE EL DURO CAMINO

Sunday, August 29, 2010

MÁS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS



PALLATANGA, EL LUGAR QUE MIS PADRES TANTO AMARON Y DONDE NACIMOS CASI TODOS SUS HIJOS

Transcurren cinco años y dos niños más nacen y mueren antes de cumplir dos años, otra niña a la que nuevamente le nombraron Violeta, y, por fin, el primer varón a quien le ponen el nombre de mi padre. Pero, oh ironías del destino, por fin llegó, después de cinco mujeres el varón tan esperado, pero este también muere afectado por la gastroenteritis, el flagelo que en esa época causaba la mayor parte de la mortalidad infantil en el Ecuador, especialmente en la población pobre. Mi padre lloró inconsolable, al fin llegó el varón que tanto había esperado, el que llevaba su nombre, su quinto hijo, y se muere. Su tristeza y la de mi madre son desoladoras, nada hay que los consuele, pero dos años después, en 1938 vuelve a nacer un varón a quien le ponen el mismo nombre que al primero, el nombre de mi padre, y esta vez el niño es saludable y vive, ese es mi hermano Pepe que hoy tiene 72 años. Pepe, un niño de color moreno, de carácter taciturno, solitario, poco comunicativo y que siempre pareció sentirse tanto más cómodo cuanto menor era el número de personas a su alrededor. El tenía un notable parecido físico, excepto por el color de su piel, con mi padre. Pepe desde muy joven mostró su inclinación por los negocios, probó su suerte como comerciante, como criador de aves, y como agricultor, pero nunca dejó de luchar por obtener una educación superior y de buscar el bienestar de su familia. Se casó muy joven, a los 22 años y cuando tenía ya tres hijos decidió volver a la Universidad, se graduó de economista y luego desempeñó funciones muy importantes en el área contable y financiera en varias empresas y también en el sector público. Finalmente, siguiendo su instinto de empresario, en 1976 fundó una firma de Contadores Públicos que llegó a ser la numero cuatro en el país, y es hasta hoy, muy importante.



PAREJA DE VIEJOS PALLATANGUEÑOS QUE CONOCIERON Y RECUERDAN A MI MADRE

Pepe siempre amó el campo, la agricultura, la ganadería y un poco también la soledad, y ellas han seguido siendo parte esencial de su vida. Hoy, como propietario de dos haciendas ganaderas, es un pionero de la ganadería lechera moderna en Pallatanga. Ama la naturaleza y a los animales, adora los caballos y tiene en sus establos los más hermosos caballos de la región. Siempre ligado a Pallatanga, ha intentado por dos veces, ser su alcalde. Tal vez sea su espíritu solitario, que sólo lo acerca a la gente en época de elecciones, lo que ha impedido a Pallatanga tenerlo como alcalde, o quizás sea que Pallatanga y su gente no están listos para tener un alcalde con sus méritos y su experiencia administrativa y gerencial. Cualquiera que sea el caso, él sigue amando a y viviendo en Pallatanga. Esa es la vida que le gusta, esa es la vida que ha escogido, una vida de sacrificio, de soledad y de trabajo en el campo. Uno de los sueños de Pepe es construir un asilo de ancianos pobres para Pallatanga, una obra que él la ha venido madurando desde hace algún tiempo, y que la quiere hacer en memoria de nuestra madre, a quien, el recuerda, igual que todos su hijos, como una mujer dedicada a ayudar a los necesitados. Su plan es construir el asilo en los terrenos donde vivieron nuestros ancestros paternos, en Azazán, a tres kilómetros al noreste de Pallatanga


LA CALLE PRINCIPAL DE PALLATANGA- AUN HAY CONSTRUCCIONES DE LA EPOCA DE MI NIÑEZ

En 1940 nació mi hermano Pancho, el más guapo chico que Pallatanga haya visto nacer hasta entonces. Blanco, de ojos azules, alto como los abuelos maternos, de pelo rubio, ensortijado, cara ancha y cachetón, frente más bien pequeña, con una permanente sonrisa a flor de labios y equipado con una capacidad inagotable de “caerle bien” a todo el mundo por sus bromas, su ironía, su capacidad innata para el chiste, para la burla graciosa y el sarcasmo burlón que le resbalaba a la víctima sin herirla, mientras divertía a la audiencia, cualquiera que esta fuera. Pancho se sentía a gusto en todas partes, lo mismo le daba tomarse un whisky con sus amigos de Guayaquil como un coctel con la más refinada de las compañías, un canelazo con sus amigos de Pallatanga, o una chicha con los indios de los recintos cercanos a su pueblo. Todos lo querían por eso, por su espontaneidad, por su gracia, por su carisma. Su mera presencia imponía respeto y despertaba simpatía simultáneamente.
Pancho podía, sin ningún esfuerzo, mantener la atención y hacer reír a todo el mundo en una reunión, en cualquier parte y a cualquier hora, tanto como también podía arengar a su pueblo a reclamar sus derechos y exigir justicia.
Por otro lado, Pancho hizo de su vida un homenaje a la aventura, nunca hizo planes de largo plazo para su vida, todo lo improvisaba, esperando que su capacidad de sortear riesgos le permitiera salir airoso de los más graves peligros. Se casó muy joven, a los dieciocho años, con una mujer dos años mayor que él, compañera de colegio, ambos sin mayor preparación para la vida, porque sólo llegaron a cuarto año de colegio secundario, por eso él se vio precisado a improvisar habilidades y a buscar empleos aquí y allá, viviendo siempre apretado en el presupuesto familiar, siempre fiando y con dificultades para pagar sus deudas. Vivió y murió en su ley, pero, amó a Pallatanga como lo han amado sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. Gracias a él y a sus amigos en el Congreso Nacional, Pallatanga se hizo cantón, se ubicó en el mapa político de la República del Ecuador y Pancho fue su primer Alcalde (entonces Presidente Municipal). Pancho murió a causa de un terrible accidente en el que el vehículo que él manejaba regresando de inspeccionar obras municipales en un alejado recinto perteneciente a su jurisdicción, se despeñó por una ladera de doscientos metros de profundidad. Su sepelio fue una masiva pero dolorosa demostración del amor que le tenía la gente de su pueblo. Acercándose a su sarcófago lloraban los indios de las montañas, diciéndole “taita Panchito porqué te vas”, También lloraban los habitantes del centro parroquial, tanto como sus hijos, sus hermanos y sus amigos de Guayaquil, Riobamba y Quito. Pallatanga lloró la muerte de Pancho y su pueblo lo sigue amando y recordando todos los días.
Mi madre siempre nos dijo que, aunque ella recordaba poco a su propio padre, a Pancho lo consideraba como “el vivo retrato de su padre". “Este muchacho es puro Montiel” solía decir ella. El nacimiento del segundo hijo varón, Pancho, casi terminó por calmar completamente las ínfulas machistas de mi padre, pues él dejó de beber y de jugar a los naipes y a los dados y se volvió más hogareño y respetuoso de su familia. Sin embargo, si bien ya no causaba susto y temor a sus hijos cuando llegaba a la casa, él no necesariamente promovía el diálogo y la alegría. Su palabra era la ley y no dejaba espacios para discrepar. El tenía un látigo colgado en una de las paredes del comedor, usualmente lo señalaba en presencia de nosotros para hacer énfasis en su autoridad. Con frecuencia lo usaba, sólo contra sus hijos varones, para castigar lo que consideraba faltas dignas de castigo, que no eran otra cosa que nuestras travesuras de chicos. Promovía la obediencia como norma suprema y no alentaba la discusión aunque esta fuera razonada. Su razonamiento era más o menos equivalente a “mi palabra es la ley”. Sería tal vez por eso que su compañía nos hacía sentir seguros, porque nos sentíamos cerca del "poder". Nos gustaba cabalgar con él, aunque sea al anca de su caballo. Mi padre tenía, sin embargo, sus maneras de mostrarnos su cariño, por ejemplo, a la vuelta de sus frecuentes viajes a Bucay, nos traía plátanos oritos, piña, plátanos morados, y en la temporada de mangos, nos traía mangos de chupar, que eran nuestra mayor golosina.

A mediados de la década de 1930, se produjo un evento que dejaría marcas indelebles en la vida de toda la familia. Mi padre fue acusado de haber violado a una mujer en el pueblo de Chambo, cerca a Riobamba, fue enjuiciado y condenado a una pena de cinco años de prisión. Mi madre y sus seis hijos quedaron desamparados, sin su marido, sin trabajo, sin sustento, sin amigos, con la vergüenza, el hambre, la miseria y el frío como únicos compañeros en la desgracia. No había nadie que se apiade de nuestra familia, “parece que hemos sido abandonados hasta por Dios”, llegaría a decir mi madre en un momento de desesperación. Para colmo de males, mi madre se enfermó con la peste de la “viruela”, una enfermedad temible y muchas veces mortal, que a los que la sobreviven, les deja en su cuerpo las huellas indelebles de su paso, en forma de cicatrices de las ampollas reventadas.
Mi madre sobrevive a la peste, pero su bella cara queda marcada por las huellas de la viruela. Milagrosamente recuperada de la viruela, mi madre se ganaba la vida lavando ropa a familias de Riobamba, trabaja doce horas diarias en esto, solo para ganar lo suficiente para la alimentación de ella y sus tiernos hijos. Por poco tiempo y como una forma de tener cerca a su marido, también trabaja en la proveeduría de la cárcel, de donde consigue algo de alimento para su familia.
Pasa un año y medio en este desamparo, pero no es verdad que Dios haya abandonado a nuestra familia, sólo le ha asignado una pesada cruz para cargar. Finalmente el verdadero violador es capturado, confesó su crimen e indica además que se tomó el nombre del “guarda Romero” para cometer su delito. Mi padre es absuelto definitivamente y sale de la cárcel, le devuelven su empleo y la vida comienza a dar la semblanza de normalidad.


En mi próximo capítulo: LOS CAMINOS DE UNA NUEVA VIDA

Monday, August 23, 2010

LA FAMILIA CRECE, VUELVE LA VIOLENCIA


MI FAMILIA EN 1947
UN FOTOGRAFO DE MANGA VENIA A PALLATANGA UNA VEZ AL AÑO

La vida sigue tan dura como siempre, mi madre sigue trabajando incansablemente para llevar adelante a nuestra familia que sigue creciendo, mi padre hace lo que honestamente le es posible para ayudar a llevar el peso de la casa, pero su éxito es limitado.
Cada vez que me acuerdo de sus esfuerzos de limitado éxito , me acuerdo de mis lecciones de economía en la U en NYC, cuando estudiábamos a uno de los mas famosos economistas del siglo XX, John Maynard Keynes, ingles, autor de la “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”, quien sostenía que en épocas de recesión, había que activar la economía a través de la demanda, incrementando el empleo, aunque esto tuviera que hacerse a través de obras públicas en que se cavaran huecos que luego había que volver a tapar, porque esto generaba ingresos a la gente, ingresos que luego se usaban para demandar bienes y servicios que ponían a trabajar a las empresas,que a su vez creaba mas empleo, y por lo tanto más demanda.
Mi padre siempre se mantuvo ocupado, muy ocupado en muchas cosas, aunque casi ninguna de ellas era productiva y por tanto no generaba ingresos. Era casi como cavar huecos y volverlos a tapar, pero sin obtener un salario por ello.
La familia seguía creciendo, mis hermanas, Lilita y Florcita, nacidas en 1929 y 1931, respectivamente, ayudaban a mi madre llevando pequeñas canastas de pan para vender en el pueblo los sábados y domingos. Con su arduo trabajo, mi madre se convirtió en el principal sostén de la familia. Mi padre, por su lado, entró en un hibrido de actividades comerciales, agrícolas y de servicios, en ninguna de ellas con demasiada suerte y, por tanto con poco éxito. Compraba granos (alverja, lenteja y frejoles) a los agricultores de la zona, también compraba aves, principalmente gallinas, pollos, pavos y hasta ganado vacuno a los campesinos de Pallatanga y los vendía en Bucay. También cultivaba la tierra en Azazán, en la finca de la abuela y en otros terrenos, trabajando a medias con los dueños de los predios, y, finalmente volvió a conseguir empleo como “reparador” de las líneas del telégrafo entre Pallatanga y Pangor (un pueblo infestado de pulgas, como lo llamaba mi mamá). El trabajo de mi padre consistía en dar mantenimiento y ejecutar reparaciones a la línea del telégrafo, la única conexión de Pallatanga con el mundo exterior, en un segmento puramente montañoso, frío y agreste de aproximadamente 30 kilómetros, que separaba Pallatanga de Pangor y que demandaba trasladarse a pie y cargando los implementos de trabajo, que incluían cables y herramientas con un peso de alrededor de treinta libras, cada vez que el telegrafista del pueblo, que era su jefe, le hacía saber que la línea estaba fuera de servicio. Trabajo agotador y sin horario fijo, que incluía noches de dormir fuera de casa, a la intemperie y en el gélido frío del páramo.
Cuando mi padre regresaba de sus frecuentes viajes de trabajo, mi madre no lo dejaba entrar a la casa sin haberse bañado y haber lavado su ropa para desinfectarla y evitar que las pulgas, los piojos y otros insectos del campo entrasen en su casa y la infestaran. De hecho, mi madre hervía la ropa de mi padre, antes de ponerla a secar y llevarla a la casa. La vida, siendo dura, muy dura para la pareja, había mejorado respecto de los primeros años del matrimonio. Los ahora esporádicos arranques de violencia doméstica desatados por mi padre eran cada vez mas espaciados, pero no menos temibles, la violencia sólo entraba en cortos períodos de descanso, para después regresar con más fuerza…
Fué por esa época que, después de llegar de uno de sus viajes, arremetió contra mi madre mientras esta dormía, con látigo en mano, la azotó hasta el cansancio y la dejó en el suelo, con su espalda y casi todo su cuerpo sangrando, casi inconsciente. Esta es quizás, la más violenta de sus arremetidas contra su esposa y compañera, pero tal vez la última, porque al haberla presenciado mis hermanas, ellas le imploraron que pare los azotes y, a riesgo de ser ellas también atacadas, le reprocharonn su conducta, llenas de miedo pero envalentonadas por su desesperación, llegan hasta a intentar quitarle el látigo conque mi padre atacaba.

Tardarían varias semanas en sanar las llagas en la espalda de mi madre, pero ella jamás comentó el incidente con nadie, y sólo consoló el llanto de sus hijas enjugándolo con su propio llanto y resistiendo el inmenso dolor que por todo su cuerpo sentía. Miguel Ángel Izurieta, tío de mi madre, quien era el Teniente Político de Pallatanga y la única autoridad del pueblo, tomó conocimiento de este bárbaro acto de violencia doméstica, pero archivó el caso por considerarlo “cosas entre marido y mujer”.
Tal era la cultura machista de ese entonces, cultura que aun hoy se da en ciertos segmentos de la sociedad ecuatoriana. Hay una dosis de cinismo en nuestra sociedad, condenamos la bestialidad de los Talibanes y criticamos el trato que dan a sus mujeres, pero esa conducta poco difiere de la que hasta ahora existe en esta parte del mundo. No se trata de un asunto de religión, es mas bien un asunto cultural, de una cultura perversamente anquilosada en nuestros pueblos, que sigue sobreviviendo al progreso y al avance de la civilización.

Profundamente cristiana como era, mi madre probablemente llegó a la conclusión de que esa era la cruz que le tocó cargar, y que más valía la integridad de su familia que todo el sufrimiento del mundo que debía soportar. A nosotros los hijos varones, los más jóvenes de la familia, nuestra madre nunca nos habló de esa carga tan violenta y pesada que le tocó llevar por tantos años. Creo que a la postre eso fue preferible, porque ello evitó que sus hijos pudiéramos rebelarnos contra nuestro padre con consecuencias no predecibles, o guardarle rencor aún después de su muerte.

Mi madre murió llevándose su secreto a la tumba, y mi padre nunca buscó la ocasión, ni tuvo el valor para contarnos esta negra etapa de su vida. Que Dios lo perdone por lo que hizo, mi madre seguramente lo perdonó mucho antes de morir, y, yo, como su penúltimo hijo, después de escribir sobre este drama familiar, dejo a su alma en paz, sabiendo que antes de morir, mi padre probablemente se arrepintió mil veces de estas faltas contra la mujer que tanto lo amó, contra la madre de sus hijos que él también amó. Tal vez era ese el perdón que mi padre le pedía a mi madre cuando su cuerpo aún estaba en el ataud, con palabras que no alcancé a escuchar, mezcladas con lágrimas, el día de su sepelio, el 25 de julio de 1969, antes de que sus hijos la lleváramos a su última morada en el Cementerio General de Guayaquil.

Hoy, después de 41 años de la muerte de mi madre y de 19 de la muerte de mi padre, sus cenizas reposan juntas para siempre, en una misma urna en la Iglesia de María, Madre de la Iglesia, en Puerto Azul, en Guayaquil, allí los visito siempre y les agradezco con mucho amor, a los dos, por haberme dado la vida…

En 1930 nació otra niña en la familia, a la que le ponen el nombre de Violeta, quien, afectada por una severa gastroenteritis, muere antes de cumplir un año. Nunca pude saber cómo era ella. En 1931 nace otra bella niña, blanca, pelo castaño, casi rubio con ojos también verdes aceituna, herencia de los abuelos maternos a quien le ponen por nombre Flor (la llamamos Florcita). Al principio no le hizo muy feliz a mi padre esta niña que viene a ser la tercera mujer en un mundo machista que valora y aprecia a las niñas, tanto menos cuanto mayor es su número en la familia. Su actitud negativa sin embargo cambió pronto y Florcita se convirtió en su mimada, en la niña de sus ojos.
En mi próxima publicación: MAS DOLOR, SUDOR Y LÁGRIMAS
Publicado en Agosto 23 de 2010